1816
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Durante las numerosas conversaciones que sostuvieron estos dos hombres en los primeros días de 1816, Bolívar bos quejó sintéticamente a Pétion el estado de la revolución. Cartagena había caído y los españoles amenazaban Colombia. No obstante, Bolívar juraba que libertaría a Venezuela y al con tinente entero. Solicitó a Pétion la ayuda que le había sido negada en Jamaica: dinero, armas, municiones, barcos y ali mentos. Su plan parecía alocado y desesperado, pero, como de costumbre, Bolívar sabía cómo hacer para que lo imposible pareciese posible. Convenció a Pétion. El Presidente prometió su ayuda con todos los medios a su alcance, pero puso una condición. Bolívar debía darle su palabra de que otorgaría la libertad a los esclavos de todos los Estados que liberase. Bolívar así lo hizo sin dudar un instante. Años antes había emancipado a sus propios esclavos y desde entonces había abandonado todo pensamiento consciente sobre cuestiones de clase. Su perspectiva abarcaba a todo un hemisferio. Mediante este acuerdo para emancipar a los esclavos, Pétion y Bolívar cobraron importancia histórica mundial. Antes de que Abra ham Lincoln hubiese alzado su voz en el mundo anglosajón, estos dos hombres, en una pequeña isla del Caribe, proclama ron la aplicación de los principios de libertad e igualdad a una multitud anónima de esclavos.
Bolívar quería conceder el mérito de los decretos que habrían de liberar a los esclavos al Presidente Pétion y levantar
así un monumento al carácter bondadoso del Presidente de Haití, pero Pétion no quiso que se le mencionara. Escribió
a Bolívar: «Usted conoce mis sentimientos hacia la causa cuya
defensa ha tomado en sus manos y los que personalmente usted me inspira. Debe compenetrarse de mi ardiente deseo de que sean emancipados todos los que sufren bajo el yugo
de la esclavitud.» Sin embargo, Haití estaba en una posición difícil. La mitad de la isla era todavía colonia española y Pé
tion debía tener en cuenta asimismo a los Estados Después de Sutherland, la figura más importante entre los amigos y protectores de Bolívar era Luis Brion. Brion era un próspero comerciante de Curaçao, que había puesto su for tuna a disposición de la independencia sudamericana. Mitad pirata y mitad empresario, pertenecía a esa clase de mercade res temerarios que, en tiempos de crisis, encuentran salidas pródigas para su pasión de jugadores y su amor a la aventu ra. En Jamaica, Bolívar ya lo había llamado el primero de sus protectores y el más libre de los hombres. En Haití, su contribución a la causa de la revolución cobró la mayor im portancia. Brion había fletado una pequeña flota de cuya ayuda dependía el éxito de toda expedición al continente. Su participación trajo aparejado un cambio completo en la estrategia revolucionaria. Al morir Brion en 1821, Bolívar es cribió: «El almirante Brion tiene un altar de gratitud en todos los corazones colombianos.» Durante los primeros días de su estancia en Port au Prince, Bolívar se dirigió a Brion en busca de ayuda para unir las distintas facciones. Creía que los dos juntos podrían trazar un plan de ataque efectivo contra el continente. ¿Cuáles eran estas facciones? Y, en realidad, ¿con qué material humano podía contar Bolívar para ganar sus batallas? Varios funcionarios venezolanos habían buscado refugio en Haití junto con Bolívar. Numerosos políticos y soldados perseguidos llegaban diariamente de Cartagena. Habían prefe rido huir en pequeños barcos antes que arrostrar la muerte segura a manos de los españoles. Bajo el mando de un francés, Luis Aury, también arribó a Haití una flotilla que había lu chado por Cartagena. Pétion se cuidó de que estos desgracia dos no partiesen hambrientos. Bolívar se abocó a la tarea de organizarlos tanto política como militarmente. Bolívar regresó de la capital a Aux Cayes con una carta que le abrió todas las puertas que pudiesen significar una ayuda en la provincia. Su misión consistía en preparar el ataque sobre el continente. De inmediato nombró su cuerpo de generales. Sin embargo, todo ataque al régimen español en Sudamérica constituía un acto político tanto como militar. Bolívar convocó a una sesión para delinear el nuevo Gobierno de Venezue la. Concurrieron a esta reunión los hombres más influyentes de la revolución: Mariño, Bermúdez, Piar, Leandro Palacios, Brion, Aury, el escocés Mac Gregor, el francés Ducoudray Holstein y Zea. Bolívar inauguró este «parlamento» de los desposeídos con un discurso. Señaló que el objetivo que tenía a la vista era la liberación del continente. No ocultó a sus colegas los peligros de la expedición, pero proclamó su fe implícita en el triunfo final de la libertad. Declaró que el requisito previo de la vic toria era la creación de un Gobierno cuyos poderes no tuvieran límite. Un solo hombre debía administrar el Estado. Era el viejo plan de Bolívar: una dictadura en tiempos de necesidad. La asamblea no mostró su acuerdo sin presentar alguna resis tencia. Aury propuso la formación de un triunvirato. Bolívar replicó que, aunque nada había en su propia persona que sugiriese que era el hombre más capaz para erigirse en dictador, jamás consentiría en una división de poderes que pusiese fá cilmente en peligro el éxito de cualquier empresa militar. Brion puso fin al apasionado debate. Ofreció los servicios de su flota a condición de que Bolívar fuese designado jefe indiscutido de la expedición. Y así se convino en esto. Pero la resistencia a Bolívar como líder no quedó quebrada por esta decisión. Surgieron nuevamente rivalidades nimias entre los jefes, que en años anteriores habían impedido que la revolución siguiese adelante. Se acusó a Bolívar de incompetencia y cobardía. Fue retado a un duelo. Por último, Bermúdez y Aury se unieron para impedir su partida. Como se acercaba el día de la despedida de Bolívar, Aury ordenó que se le diese la goleta La Constitución y declaró que atacaría a México sin ayuda alguna. Bolívar apeló ante las autoridades del país: primero al gobernador y finalmente al propio Presidente. Pétion dio entonces otra prueba de su sagacidad política. Com prendió que cualquier tipo de desunión entre los refugiados podía perjudicar a la causa de la libertad. Prohibió el ataque a México y reafirmó su fe en Bolívar, asegurando que quienes no deseasen aceptar su mando estarían obligados a permanecer en el puerto de Haití. La Constitución fue devuelta a Bo lívar para que no se perdiese ni un solo momento en esta hora histórica para el mundo. Protegido de este modo contra la rebeldía en su propio campo, Bolívar designó a Mariño su representante. Brion fue de signado primer almirante de la República y Zea administra dor en jefe. Los rebeldes se habían retirado del ejército. Una vez más retornó Bolívar a la capital para despedirse de Pétion. Con lágrimas en los ojos, el más viejo de los dos hom bres dijo: Que le bon Dieu vous benisse dans toutes vos entreprises. Los demás funcionarios de Haití quedaron encanta dos por el tacto y la cortesía demostrados por el Libertador en tan conmovedora circunstancia. Il a été d'une courtoisie remarquable dans cette circonstance. Bolívar había necesitado tres meses para reorganizar un ejército. El 31 de marzo de 1816 la pequeña flota dejó las aguas de Santo Domingo y puso velas en dirección a Venezuela. En conjunto, la fuerza expedicionaria de Bolívar se componía de 250 hombres escasos, que en su mayoría eran oficiales. Para muchos la travesía parecía como un viaje por mar con Don Quijote y existían dudas graves en cuanto al éxito de tan temeraria empresa. Bolívar portaba armas para seis mil hom bres. También llevaba consigo una imprenta, pues esperaba levantar a la población esclavizada mediante la distribución de folletos. Los barcos eran pequeños y ni siquiera numerosos: seis goletas y una balandra constituían toda la flota, que apenas exce día en su conjunto las mil toneladas.
Bolívar tenía que sortear los buques de guerra que guarda ban Puerto Rico. Sin embargo, encontró tiempo y oportunidad para embarcar a la mujer de su corazón, Josefina Machado. Esta acción demoró considerablemente el viaje. Brion se vio obligado a realizar en treinta y dos días un recorrido que tomaba por lo general diez. El 2 de mayo los patriotas llegaron a aguas venezolanas.
La flotilla se dirigió a la isla Margarita, cercana a la costa oriental. En un breve encuentro con los barcos españoles que bloqueaban la isla los patriotas alcanzaron la victoria y cap turaron dos buques españoles. El 3 de mayo Bolívar ancló en el pequeño puerto de la isla. Y entonces comenzó la tercera época de la República. Bolívar anunció que era la reconstruc ción y no la conquista lo que habría de liberar a Venezuela. Su programa era éste: unificación del pueblo, creación de un Gobierno central y convocatoria de un Congreso. Había que evitar los errores del pasado.
Los venezolanos no podían ser al mismo tiempo hombres libres y esclavos.
La Tercera República correspondía todavía a un futuro distante. Antes de que pudiese resurgir, Venezuela debía sacudir el yugo español. ¿Cómo pretendía hacerlo Bolívar? ¿Cuáles eran sus planes de acción? Cuando dejó Haití vislumbrando una rápida victoria, había prometido al gobernador de Aux Cayes que le enviaría caballos de la mejor raza tan pronto como tomara posesión de Angostura y La Guayana.
Sin embargo, Angostura y La Guayana implicaban el Orinoco. Este imponente río significaba la entrada no sólo a Venezuela, sino también a grandes extensiones de territorio en el interior. Era navegable mucho trecho corriente arriba; podía llegarse a Nueva Granada por esta gran arteria. Las vas tas planicies del Orinoco, con sus caballos y su ganado, podían mantener fácilmente a todo un ejército. Podían obtenerse fru tas tropicales río abajo hacia la costa del Atlántico y allí canjearse por armas y municiones. Un ejército que operase en la región del Orinoco no podía ser derrotado sin ayuda de una flota, ni tampoco podía defenderse sin su protección.
Bolívar había logrado deslizarse entre las patrullas españolas. ¿Por qué punto esperaba abrirse paso a través del cin turón de seguridad de las fortificaciones españolas? ¿En qué basaba su plan para atacar las regiones del Orinoco?
En Venezuela oriental la revolución aún estaba latente. Las tropas dispersas del derrotado ejército de la Segunda Repú blica habían huido a las llanuras. Habían surgido nuevos líderes para dirigir una vez más a estos hombres indomables contra los españoles, sin más esperanza que mantener el esta do de guerra. Por el momento eran pocas las esperanzas de derrotar al enemigo. Bolívar quería llegar al Orinoco porque allí estaban acuarteladas las guerrillas patriotas. Puede que supiese poco sobre ellas, pero podía proporcionarles armas y aumentar su ejército con sus hombres. La isla Margarita ha bría de ser sólo un trampolín para lanzarse al ataque sobre el continente. La pequeña isla se había rendido a Morillo en 1815 cuando prometió una amnistía general. Pero la política de conciliación no duró mucho. En septiembre de 1815, Arismendi, líder político y militar de los margariteños, escapó de las garras españolas y desató otra vez el levantamiento. La guerra se desarrolló con gran crueldad por ambas partes. Arismendi había instigado a matar prisioneros en Caracas en 1814. Su esposa y su pequeño hijo quedaron en manos de los espa ñoles, y los monárquicos amenazaron con matarlos como represalia.
Sin embargo, Arismendi se mostró insensible y cuando llegó Bolívar, no tardó en reconocer al Libertador como a su jefe supremo.
En Margarita se convocó de inmediato una reunión para confirmar las resoluciones de Haití. Bolívar pudo actuar en consecuencia con algunos visos de legalidad. Los españoles, sorprendidos, abandonaron la capital y se retiraron a un pequeño fuerte. Pero en él lograron resistir. Bolívar exigió su rendición y prometió solemnemente que por su parte pon dría fin para siempre a la guerra a muerte. Los españoles rechazaron la propuesta. Negaron ser culpables del aspecto horrible de la guerra y declararon que era su intención resistir el sitio de Bolívar. Después de varios intentos infructuosos, el Libertador admitió que sólo podía perder tiempo en el caso de ocuparse personalmente de la ofensiva. Arismendi podía tener en jaque a los monárquicos mientras Bolívar pasaba al continente en busca de provisiones y hombres.
Bolívar se lanzó al mar en dirección al continente el 26 de mayo, con una flota compuesta por once unidades. A los seis días llegó a Carúpano. El desembarco se llevó a cabo con éxi to, mientras los cañones de los buques de guerra cubrían la operación. L' s primeras tropas bajo el mando de Soublette y Piar pisaron la tierra de su patria nativa y el comandante es pañol fue derrotado con todas sus fuerzas. Los patriotas capturaron un botín considerable.
La primera preocupación de Bolívar fue el ejército. Rápidamente organizó una pequeña fuerza de reclutas. Los regimien tos fueron bautizados con los viejos y gloriosos nombres de Girardot, Araure y Cumaná. Bolívar envió a los generales Mariño y Piar al puerto de Guiria para armar a la población y reclutar soldados para el campamento principal. El éxito dependía ahora de la posibilidad de mantener a sus soldados aprovisionados y las islas británicas de Trinidad y Barbados eran depósitos naturales para preparar la invasión al continente. Trinidad dominaba la zona costera oriental hasta la desembocadura del Orinoco. Pero las autoridades inglesas trataron a los patriotas con fría animosidad. Bolívar apeló ante los gobernadores de ambas islas y solicitó el reconocimien to de su flota, que llevaba la bandera de Venezuela. Para el resto tenía preparado el viejo cebo que atraía a los ingleses; un cebo que esperaba se tragasen más temprano o más tarde. «Nuestras relaciones con Inglaterra serán siempre amistosas y ventajosas para el comercio británico.» Durante estas semanas cumplió asimismo la palabra que le había dado a Pétion. Libertó a los esclavos. Por supuesto, Bolívar impuso una con dición. Todo hombre apto entre los catorce y los sesenta años tenía que ingresar en el ejército; los que se negaran a hacerlo permanecerían esclavos, lo mismo que todas sus familias. El efecto de esta medida revolucionaria estuvo lejos de ser el que esperaba Bolívar; sólo unos pocos cientos se incorporaron al ejército. La mayoría siguió a la bandera española.
En general, la posición de Bolívar era difícil e iba empeorando día tras día. Se había puesto un precio de diez mil pesos a su cabeza; el pueblo se mostraba hostil; las provisiones eran escasas. Los españoles presionaban otra vez sobre Campano. Bolívar sólo podía detenerlos con su artillería; había per dido toda movilidad. Había creído que Mariño y Piar le en viarían ayuda, pero tuvo que desengañarse. Quizá no estaban en condiciones de hacerlo; quizá simplemente no lo quisie ron. Fuese cual fuese la razón, lo cierto es que Bolívar quedó solo. El cerco que formaban los españoles se estrechaba cada vez más y la flota de esa nacionalidad amenazaba cortar la re tirada por el mar. Bolívar tenía que actuar con rapidez si que ría escapar a la trampa. Recurrió a su viejo método de derrotar al enemigo antes de que pudiese concentrar sus fuerzas. Quería atacar a la flota española y, luego de derrotarla, lanzar rápidamente sus fuerzas sobre Cumaná. Pero también en esta oportunidad le fallaron las herramientas. Los marineros de los barcos no constituían una tripulación experimentada. En realidad no tenían interés en el movimiento emancipador. Sólo la esperanza del botín los había impulsado a seguir a Bolívar. Hasta ese momento estos piratas no habían podido adueñarse de nada de valor y la pobre comida que recibían a bordo de sus barcos aumentaba su descontento. Se reían de las solemnes promesas de Bolívar, y cuando éste anunció su plan de atacar a los barcos españoles, se negaron a luchar. No le quedaba a Bolívar otra cosa que ceder y renunciar al ataque.
Parecería como si el fracaso de la flota hubiese tenido un efecto desastroso sobre sus intenciones originales. Doquiera dirigiese su ataque necesitaba del apoyo de Brion y sus barcos. En esto descansaban todas sus esperanzas de llevar adelante la invasión. Si la situación iba de mal en peor, eran éstos los instrumentos del rescate. Con su ayuda podría bus car otra vez refugio en las Antillas. Confiando en la flota, había planeado el ataque a las líneas españolas en el Orinoco y esto era exactamente lo que el enemigo esperaba.
Para su desgracia, Bolívar abandonó su intención original. Dejó de lado el ataque sobre el Orinoco y en su lugar se deci dió a llevar la lucha al corazón de Venezuela. Caracas se con virtió entonces en su meta. Resolvió evacuar Carúpano y embarcarse con sus tropas. En una carta a Arismendi confesó que lo impulsaba a hacer tal cosa más la fuerza de las circunstancias que sus propios deseos. Y como si se diese cuenta del carácter suicida de su nuevo plan, agregaba: «Si la suerte me abandona, no puedo perder más que mi vida. Es siempre gran de intentar lo heroico.» Se embarcó con un millar de hombres y cuanto poseía en materia de armas y municiones.
Su punto de destino era Ocumare, pequeña ciudad situada entre La Guaira y Puerto Cabello. Bolívar creyó que podría tomar Caracas en ocho días; después quería regresar al Este. Desde el comienzo, las probabilidades se concertaron en su contra. Esperaba una ayuda más activa de la población del Oeste que la que había encontrado en el Este. Pero esta ventaja habría de ser contrarrestada por las numerosas tropas es pañolas y la mayor vigilancia con que los españoles defendían su dominio más importante.
La flotilla llegó a Ocumare el 6 de julio. El comandante español se retiró. Bolívar envió la mayor parte de sus tropas bajo el mando de Soublette contra Maracay. Quería organizar por sí mismo otro ejército con amigos y patriotas, pero no había contado con los españoles. Bolívar recibía en el Oeste tan pocas adhesiones como en el Este. El gobernador de Ca racas había sido lo suficientemente astuto para invalidar por adelantado la propaganda de Bolívar.
Morillo había delegado en Morales, el hombre del terror, la jefatura de Venezuela. El 13 de junio Morales atacó a Soublette y después de una batalla que duró tres horas y me dia los independientes fueron derrotados. Soublette temió la superioridad de su adversario y retrocedió ordenadamente. Bolívar, que se había apresurado a ir en su ayuda, llegó demasiado tarde para impedir la derrota de sus soldados. Cuando Bolívar reanudó la persecución al día siguiente y marchó so bre Ocumare encontró la ciudad y el puerto desiertos. Abandonados a lo largo de la playa estaban los pertrechos de los patriotas: mil cañones, sesenta mil balas, pedernal y lanzas: en pocas palabras, todo lo que Pétion había entregado a Bolívar para su expedición. «La cuadrilla de criminales que ya se creían dueños de Venezuela se desvaneció como el humo», dijo Morales triunfalmente. ¿Qué había pasado?
Desde el principio mismo, Bolívar no había logrado darse cuenta de la inutilidad de su empresa. Los informes que había recibido sobre la fuerza y los movimientos de los españo les habían sido falsos. Pensó que tenía toda la costa para él y que sería tarea fácil apoderarse de Puerto Cabello o Caracas, de modo que permitió el desembarco de toda su sección de transporte. Entonces ocurrió algo totalmente inesperado. La flota se negó a permanecer fuera de Ocumare, aparentemente por la falta de provisiones. En realidad, la razón era que los piratas habían llenado los barcos de frutas tropicales en Ocumare y deseaban venderlas con ganancias en C ura çao; el pro pio Brion dirigió la mayor parte de la flota hacia ese puerto. Sólo se quedaron tres de los barcos más pequeños. Por lo tanto, la expedición de Bolívar perdió su movilidad. Este se vio obligado a dividir sus tropas, de modo que los pertrechos que había guardado la flota no quedasen sin protección.
Tal era la situación en la mañana del 14 de julio. Cuando las tropas que habían sido derrotadas por Morales regresaron a Ocumare, todo fue terrible confusión. Había que resolver dos puntos: ¿qué hacer con el ejército y qué con los irreemplazables pertrechos? Morales estaba sobre los talones de los patriotas. Se reunió un consejo de guerra y resultó evidente para todos que los tres pequeños barcos no tenían capacidad suficiente para llevar a salvo al ejército a través del mar. Los oficiales habían decidido no zarpar; no querían abandonar, a sus hombres. Pensaron que podrían abrirse paso entre las líneas españolas y refugiarse luego en los llanos, donde tendrían oportunidad de unirse a las pequeñas bandas de guerrilleros que luchaban allí. Sin embargo, no deseaban que Bolí var los acompañase porque los peligros que entrañaba este plan eran tremendos. En el caso de que Bolívar pudiese salvarse, siempre quedaría enhiesta la esperanza de liberar el suelo natal. La conferencia se desarrollóen el alojamiento de Bolívar. Los oficiales le suplicaron que zarpara, pero Bolívar no quiso oírlos. Envió al puerto su pesado equipaje y pre paró una pequeña caja, para poder acompañar al ejército en su marcha.
Quedaba pendiente de solución otro problema: la protección del equipo. Bolívar decidió tomar a su cargo el embarque de los pertrechos. Se apresuró a dirigirse al puerto y se vio en vuelto en una confusión indescriptible. El día tocaba a su fin y en la oscuridad que caía Bolívar pudo observar que la playa estaba repleta de hombres y mujeres que pugnaban por sal varse. Frente a ellos estaba desparramado el costoso material de guerra que los marineros no podrían o no querrían transportar a bordo. Nunca podrá aclararse suficientemente lo que ocurrió en esos momentos. Uno de los testigos principales de los acontecimientos, el general Soublette, nos ha dejado estas palabras ambiguas: «En estos hechos entró en juego el amor... Marco Antonio, haciendo caso omiso al peligro en que se encontraba, perdió un tiempo precioso al lado de Cleopatra.» Sabemos que Bolívar nunca dejó de tener consigo a una mujer en los campamentos de guerra. Es muy probable que encontrara a Pepita o a otra de sus amigas en el puerto de Ocumare. Nunca se sabrá si trató de rescatarla, perdiendo así, al decir de Soublette, un tiempo precioso, o si ella le rogó que la llevase con él. Una cosa es cierta: en medio de aquella confusión, Bolívar tuvo noticias de que Morales ya había ocupado Ocumare. El informe era falso, pero con el pánico general que reinaba nadie pensó en verificarlo. Bolívar y sus hom bres saltaron al cúter; y al levar anclas partió el último barco que quedaba.
En el ínterin, los oficiales que estaban en Ocumare esperaron en vano el regreso de Bolívar. No habían recibido ór denes; sólo llegó hasta ellos la noticia de su huida. Ahora se veían obligados, bajo su propia responsabilidad, a iniciar su marcha hacia el interior, pero no pudieron salvar sus precio sos pertrechos. Estos quedaron sobre la playa, de donde el victorioso Morales los recogió al día siguiente.
Ningún acontecimiento de la vida de Bolívar fue objeto de tantas críticas amargas como la catástrofe de Ocumare. El mismo Bolívar pensó más tarde en ello como en algo absolu tamente incompatible con su carrera militar. Cuando en sus últimos meses de vida planeó dejar un relato escrito de sus hazañas, dijo: «Nunca di un paso durante la guerra que pudiese calificarse de cobarde.» Pero se hizo característico en él mencionar la noche de Ocumare como el único ejemplo que podría utilizarse para contradecir su afirmación. Incluso varían sus propios relatos sobre el particular. Inmediatamente después de su huida aseguró a sus amigos que su preocupación por los pertrechos lo había obligado a abandonar Ocumare. En años posteriores sostuvo que su ayudante lo había traicionado con un informe falso, y que había estado a punto de matarse cuando a último momento un amigo lo empujó a uno de los botes. Bolívar jamás admitió que este incidente fatal había tenido su origen en su interés por una mujer, pero las implicaciones del relato de Soublette no pierden importancia por ello.
Desde un punto de vista militar, la conducta de Bolívar en esa noche fue inexcusable. La expedición se llevó a cabo bajo su responsabilidad y por su propia inspiración. Es imperdonable que, después del desastre, Bolívar desertase de su ejér cito sin salvar siquiera su equipo vital. Fue más el fracaso del general que del hombre; más una falta de autodominio y de pensamientos claros que una falta de coraje. No fue el primer incidente de este tipo en la vida de Bolívar, ni habría de ser el último. Otros generales y estadistas tuvieron esos momentos de debilidad. Federico el Grande en Mollwitz, Napoleón el 18 de Brumario y Richelieu muchas veces en su carrera. Y Bolívar era un hijo del trópico, un genio del momento, tanto para mal como para bien.
La pequeña flota que dejó el puerto de Ocumare consistía en dos barcos mercantes y en un buque de guerra. En vano trató Bolívar de persuadir al capitán para que se dirigiese al cercano puerto costero de Choroní y pudiese así reunirse con sus tropas. El capitán se negó y puso proa hacia la peque ña isla de Bonaire, cerca de Curaçao. Bolívar ordenó al bu que de guerra que disparase sobre los mercantes, pero éstos tenían demasiada ventaja. Todo lo que Bolívar pudo hacer para salvar las armas fue seguir a los mercantes. En Bonaire, Bolívar encontró a Brion quien, gracias a su posición, pudo dirimir la pelea con los piratas. Bolívar convenció al almirante de la necesidad de establecer contacto con las tropas que habían quedado atrás, en el continente. Al siguiente día na vegó con Brion hacia la costa, pero hallaron todos los puertos ocupados por el enemigo y supieron por medio de espías que las tropas republicanas habían marchado hacia el interior.
El incidente parece tomado de una novela de aventuras, y, en realidad, durante esas semanas, la vida de Bolívar se asemejó a la de un bucanero. El mar del Caribe, etapa brillante de los grandes ladrones del mar, Drake y Morgan, contempló cómo el Libertador de Sudamérica se trasladaba de puerto en puerto y de isla en isla. Pero por fin pudo encontrar un míni mo de pertrechos y víveres y así decidió aventurarse a cruzar hacia la costa oriental y Guiria. Pero si pensaba poner térmi no allí a su deambular, habría de sufrir un amargo desengaño.
Había transcurrido un mes desde la catástrofe de Ocumare y los jefes del movimiento emancipador en Guiria hacía mucho que habían sido informados sobre el particular. Todos culparon a Bolívar. El general Mariño, que estaba en Guiria, aspiraba desde el comienzo de la revolución a ocupar el más alto rango. Bermúdez, a quien Bolívar había excluido de la expedición en Haití y que en realidad tenía prohibido hasta poner sus pies en suelo venezolano, también estaba allí. Am bos hombres creyeron llegado el momento de ajustar sus cuen tas con Bolívar. Desde el momento mismo de su desembarco le habían negado el derecho a dar órdenes y ello originó apa sionados altercados. Bermúdez y Mariño calificaron a Bolívar de desertor y traidor y lo declararon licenciado. Bolívar los acusó de insurgentes. Ambos bandos tenían armas y sólo los esfuerzos de unos cuantos hombres que mantuvieron la sereni dad impidieron la lucha abierta. El ejército estaba dividido. Una parte reconocía todavía la autoridad de Bolívar; la otra seguía a Mariño y Bermúdez. Bolívar comprendió que esta si tuación no dejaba otra alternativa que la guerra civil. Por tercera vez en el curso de dos años sus propios compañeros le habían asestado una puñalada por la espalda. En 1814 fue Ribas; en 1815, Castillo, y ahora eran Mariño y Bermúdez. Haría entonces lo que había hecho antes; si su presencia era causa de división entre los patriotas, se exiliaría de nuevo.
Después de seis días se dispuso a abandonar Guiria. Pero el odio de sus adversarios era tan grande que ni siquiera aprobaron esta decisión. Bermúdez estaba resuelto a capturar a Bolívar y lo persiguió, daga en mano, hasta el puerto. Bolívar se vio obligado a abrirse paso hasta el barco con su espada. Había abrigado la esperanza de que por lo menos unos cuantos de sus soldados lo seguirían y que así podría intentar la invasión en otro punto de la costa oriental. En tales circunstancias, tuvo que abandonar este proyecto, de modo que se dirigió a la isla Margarita. Sin embargo, aquí fue la flota española la que se interpuso en su camino. Cambió de destino y navegó rumbo al pequeño puerto de Jakmal. Durante tres días su barco se vio envuelto en una terrible tormenta y al fin buscó refugio en Port au Prince, que había dejado seis meses an tes. Por segunda vez tuvo que pedir ayuda a Pétion.
Pétion seguía siendo un amigo fiel. Tuvo confianza instintiva en que el Libertador no fracasaría por segunda vez y ofre ció de nuevo su colaboración. No obstante, Bolívar se sintió amargamente humillado. «Cuando un hombre es desgraciado —escribió entonces— nunca tiene razón. No es sorpren dente que yo también esté sujeto a esta ley universal.» Planeó publicar un manifiesto en el que describiría los recientes acontecimientos y su grado de responsabilidad en ellos. Sin em bargo, no descendió a la contemplación introspectiva. No todo estaba perdido. Se habían conquistado puntos importantes en la costa. Ahora se planteaba justamente el problema de recaudar nuevos fondos para una segunda expedición que significaría la liberación final de Venezuela. «Esta vez asestaremos el golpe definitivo.»
Había indicios en Haití que confirmaban que la dominción española sobre Sudamérica se estaba extinguiendo. Bolívar se encontró con el español Javier Mina, que había luchado por la libertad de los americanos en México. Tuvo noticiasde Jamaica en el sentido de que uno de los pioneros más viejos de la revolución, el canónigo Cortés Madariaga, había buscado refugio allí. Sin más demora, Bolívar lo invitó a cooperar en el restablecimiento del orden político en Venezuela. En el ínterin, solicitó ayuda a Pétion, que precisamente por ese entonces había sido electo Presidente vitalicio de Haití. Para retornar a Venezuela, Bolívar necesitaba la flota de Brion, quien había zarpado precisamente para los Estados Unidos en busca de material de guerra y de ayuda. La demora consiguien te significó, no obstante, una ventaja para Bolívar. En el campamento patriota establecido en el continente se había producido una reacción a favor del Libertador. Los malos tratos y el oprobio de que había sido objeto en Guiria eran bien conocidos. Los hombres más reflexivos consideraron que esto sólo implicaba el aumento de las desgracias y la confusión que afligían al país. Los oficiales que no habían parti cipado en el levantamiento se negaban a reconocer a cualquier otro caudillo. En octubre de 1816 un consejo de guerra pre sidido por Piar lla mó otra vez a Bo lívar para que asumiese el mando en jefe. Los habitantes de la isla Margarita y Arismen di apoyaron esta demanda. El colombiano Francisco Antonio Zea fue enviado a Haití como portavoz de los patriotas.
Bolívar no vaciló. Si lo necesitaban, estaba pronto. Sólo esperó el arribo de Brion para despedirse de sus amigos hai tianos.
El 21 de diciembre de 1816 puso rumbo, una vez más, hacia Venezuela.
El hecho de que perdonase no implicaba necesariamente que hubiese olvidado. Su axioma de que «el arte de la victoria sólo se aprende por medio de la derrota» le ayudó a disi par las tinieblas del año 1816. Las experiencias desgraciadas adquiridas en su vida errante fueron tanto militares como políticas. El desastre de Ocumare había enseñado a Bolívar que cualquier ataque a la costa norte de Venezuela siempre estaría cerca de constituir un suicidio militar. La captura de Caracas sólo podía ser el fin —jamás el principio— de una campaña victoriosa. La costa oriental, por otra parte, estaba menos custodiada y era de más fácil acceso. Para penetrar en Venezuela desde el Este tenía que tomar la línea del Ori noco y aumentar allí sus fuerzas.
La organización era la segunda gran lección de estos meses y tenía un carácter político. El fracaso de Bolívar en 1816 no sólo debe atribuirse a factores militares; antes que nada fue el resultado de una política. Sus derrotas en Carúpano y Ocumare y la fatalidad de Guiria tuvieron su origen en la des integración general producida en los campamentos de los patriotas. Anarquía en el ejército, anarquía entre los líderes y anarquía en la flota: éstas eran las características de la situa ción. Cada hombre, impulsado por motivos particulares, fuesen ellos la gloria, la ambición o la avaricia, actuó por inicia tiva propia y se enfrentó el uno con el otro. Si Venezuela deseaba ser libre, era imperativo que se estableciese un Gobierno central y se reconociese una sola autoridad.
«Las armas destruirán en vano a los tiranos —escribía Bolívar a fines de 1816— a menos de crear un orden político que pueda sacar provecho de los daños de la revolución. El sistema militar es un sistema de fuerza, y la fuerza no crea gobiernos.»
Esta opinión sintetiza el programa de Bolívar para el futuro.
La revolución sólo podía alcanzar éxito si reconocía en un hombre a su personificación, si se comprometía a seguirlo y ponía toda su autoridad en sus manos. Y que él, Bolívar, es taba capacitado para desempeñar ese papel, nunca lo dudó, pese a todos los contratiempos. En Venezuela, y en esos mismos momentos, había hombres que habían realizado mayores hazañas, pero él era el único cuya personalidad comprendía la inteligencia y la capacidad militar; el único capaz de estable cer un Gobierno, de formar una nación y de dar vida a todo un hemisferio. Pese a todas sus debilidades y fracasos, era el genio de la revolución sudamericana. El problema que se le presentaba tenía dos aspectos: para libertar a América tenía que derrotar a España; para derrotar a España tenía que someter a su voluntad a los americanos. ¿Encontraría los me dios de dar forma al caos? |