Columna “Pensamiento Crítico”
Hemos
explicado desde esta columna cómo sucedió que el mundo exterior más
allá de nuestros hogares y hasta del país se ha visto sometido sin mucho
aviso ni preparación a los duros embates de las aperturas de mercados y
la globalización. Desde inicios de la década de 1980 se fue tornando
más peligroso, incierto e inestable. Fue dando pábulo a la omnipresencia
del temor en la vida cotidiana de los productores y consumidores, unos
reales, otros imaginarios, pero igualmente angustiantes. Y mucho más,
cuanto más azotan las conocidas crisis del capitalismo las cuales nunca
se han enfrentado trasladando sus costos y penurias a los ricos sino a
los pobres y más desprotegidos. Esto ha agravado los peligros que
sobrevienen de repente así como la sensación de estar siempre expuestos a
ellos y de tener medios para enfrentarlos.
En general, en los
últimos cuarenta a treinta años hemos visto a los políticos y altos
funcionarios de la burocracia pública asumir la teoría y práctica del
neoliberalismo para deshacer las instituciones y empresas que
garantizaban la seguridad ciudadana, tomada ésta en un sentido integral y
no solo como seguridad pública por la vía policial; todo ello con el
afán desmedido de que los recursos estatales funcionen al servicio de
los intereses privados del mercado desregulado, la banca agiotista y el
libre comercio, lo cual se supuso generaría un nuevo orden plagado de
riqueza, empleo y mejor bienestar para todos. Nada de eso sucedió y hoy
vivimos las consecuencias: el surgimiento de lo que hemos denominado la
“Sociedad del Miedo”.
El Neo-institucionalismo en acción
Al
principio de la poda del Estado social se insistió en que las medidas
se tomaban para atacar la corrupción en sus raíces y acabar con la
ineficiencia del “gran elefante blanco” (el Estado Social). Se redujo
así su tamaño, muchas de sus funciones se transfirieron a manos de
mercaderes particulares, y vimos aplicar la llamada movilidad laboral
para disminuir el monto de la planilla. A eso se le llamó en los años 90
del siglo pasado la “Reforma del Estado” y se la hizo parte de los
Programas de Ajuste estructural”, o PAES.
Pero, desde inicios de
este siglo eso se detuvo la poda y el énfasis fue puesto en utilizar el
aparato estatal (o lo que de él no había sido arrasado) para apoyar
directamente la gestión de los negocios empresariales y disponerlo, vía
diversas reingenierías, a que dentro de él mismo pudieran fusionarse
intereses públicos y privados, convirtiéndolo de tal modo en un espacio
de mercado abierto para negocios turbios, la mayoría ilícitos; por lo
que ahora resulta difícil distinguir a un funcionario de un empresario o
su representante, tal el grado de la imbricación que venimos
observando.
Claro está, que el resultado de la anterior tendencia
–llamada “Neo-institucionalismo” por el Banco Mundial- ha sido producir
una indiferenciación entre lo público y la privado en beneficio de este
último; pero asimismo ha servido para sembrar hacia adentro y hacia
afuera del Estado la incertidumbre e inestabilidad típica de los
mercados incontrolados; también para crear inesperados desbalances de
“ganadores” y “perdedores” por doquier, conforme la competencia
mercantilista se ha ido imponiendo y universalizando, en especial cuando
distintos sectores del empresariado y grupos corporativos se disputan
el control del espacio estatal para sus fines particulares – los
llamados “choques inter-burgueses”.
La ciudadanía atolondrada
El
resultado de ese novedoso Neo-institucionalismo ha sido un gran
desorden, un caos, una inestabilidad y una incertidumbre nunca antes
vistos, acompañados de una corrupción planificada que no parecen tener
fin; en medio de todo lo cual se debate una ciudadanía desconcertada, la
que no termina de entender lo que ha pasado, anda muy desorientada y se
halla cada vez más alejada de los centros de decisión que han pasado a
manos empresariales o de tecnócratas neoliberales que viven y gobiernan
para sus adentros.
Y no es que se haya instaurado una dictadura
al estilo de la de Pinochet en Chile a favor de voraces minorías
empresariales, sino que en Costa Rica el ataque al estatus y
supervivencia de los sectores populares ha sido impuesto manteniendo la
fachada de una democracia formal y representativa. El expediente
utilizado ha sido el de una “dicta-blanda” o “democra-dura”, o mejor
dicho por los Arias, una “tiranía en democracia”.
No es pues de
extrañar que esa ciudadanía esté sometida a una fuerte dosis de
inseguridad y temor, falta de confianza y desespero; una forma de estrés
cotidiano realzado por no saber cómo enfrentarlo ni quienes deben
hacerlo y por no poder asumir en el plano individual lo que antes era
gestionado como seguridad colectiva y pública en su beneficio, aceptada a
modo de un “salario social” que ahora los neoliberales a diario buscan
cómo reducir a cero junto a otros beneficios o “pluses laborales”,
mientras prosiguen cultivando el lucrativo riesgo de la desprotección y
la inseguridad, bajo el cual no hay bienestar personal ni social
posible, pero sí fructíferos negocios privados.
Hay un clima generalizado de angustia y temor
Si
vemos al panorama total de nuestra maltrecha sociedad tica, la gran
mayoría de los entrevistados para una reciente encuesta de la firma
Unimer (un 53,8 %) se hallan “preocupados” por caer bajo los trances del
desempleo, los bajos ingresos, la pobreza, el alto costo de la vida, la
inflación y, en general, los efectos del mal estado de la economía y la
sociedad, antes de bien-estar, ahora del mal-estar. A ese gran grupo de
ciudadanos confusos se suma un 18% que señaló la inseguridad personal o
ciudadana como principal problema, pensando seguramente en el impacto
del crimen y la delincuencia, que los puede golpear en cualquier momento
y lugar.
Como hemos dicho en un análisis anterior (ver en este
diario la columna del 21 de marzo titulada “LA ENCUESTA DE UNIMER Y EL
MIEDO DE LOS TICOS“) subyaciendo tales “preocupaciones” de los
ciudadanos lo que realmente se mueve es una gran inseguridad acerca del
presente y el futuro, derivada de factores que hacen peligrar su estatus
social y económico, especialmente en cuanto a poder mantener sus
empleos, sus ingresos y demás medios de vida indispensables para
sobrevivir con seguridad y dignidad. Un clima típico de lo que hemos
denominado una “Sociedad del Miedo”, una formación no anunciada ni
prevista por los defensores e impulsores de la neoliberalización y
globalización incontrolada del país en las últimas décadas.
Como
vemos, todos esos ítems de la encuesta apuntan hacia aspectos o factores
de un entorno inquietante, peligroso y poco confiable, una especie de
“hueco negro” donde para nada es placentero entrar y no se puede salir.
Un agujero de formidable poder de atracción socio-gravitacional del cual
pocos (los más ricos y acomodados) pueden hoy día escapar. Es ciego y
caprichoso, difuso y poco perceptible, insensible a lo humano e
incorregible.
El agujero puede tragar ciudadanos imprevistamente
individualmente o en masa, lo que lo hace una enorme y monstruosa
fuente subrepticia de amenazas externas que les generan (o les pueden
llegar a generar en algún momento del futuro inmediato) un desgarrador
malestar; y sobre todo un inconmensurable e incontrolado temor a caer en
el vacío. Un temor que ni ellos ni sus familias están en condiciones de
afrontar, sea para defenderse o para ponerse a salvo de sus asaltos
reales o imaginarios, todos ellos derivados de riesgos y peligros
generalizados que ponen o pueden llegar a poner en jaque el estilo y
nivel de vida, y, por ende, la supervivencia de todos los que caen en su
campo gravitacional.
Las mayores amenazas: precariedad laboral, desigualdad y exclusión social
Si
todavía nos fijamos más debajo de la superficie denotada por las
respuestas dadas por la mayor parte de los ciudadanos a la encuesta de
Unimer, podríamos decir que lo más temido gira alrededor de la
precariedad del mercado laboral, muy castigado por el desempleo (va
llegando casi al 10% de la población económicamente activa), el
subempleo (se aproxima al 13%), y la flexibilización laboral que no es
otra cosa que la violación sistemática a los derechos consagrados por
las Garantías Sociales y el Código de Trabajo.
Y muy en relación
con lo anterior, existe el temor a verse lanzados en el “hueco negro
social” tanto por debajo del “límite de la pobreza” (o mera subsistencia
social) como hacia un extremo de la curva de distribución de los
ingresos donde espera el ancho campo de la desigualdad social, a la par
del cual se halla el de la exclusión social definido como lo hace la
Unión Europea: “Exclusión social es un proceso que relega a algunas
personas al margen de la sociedad y les impide participar plenamente
debido a su pobreza, a la falta de competencias básicas y oportunidades
de aprendizaje permanente, o por motivos de discriminación. Esto las
aleja de las oportunidades de empleo, percepción de ingresos y
educación, así como de las redes y actividades de las comunidades.
Tienen poco acceso a los organismos de poder y decisión y, por ello, se
sienten indefensos e incapaces de asumir el control de las decisiones
que les afectan en su vida cotidiana.”
La exclusión social es,
así definido, un proceso regresivo profundo, para generar el cual se
entrecruzan los problemas y efectos combinados de la precariedad laboral
(empleo, subempleo, inestabilidad en el puesto) con los de la pobreza y
la indigencia (medidas como una insuficiencia del ingreso personal o
familiar para satisfacer necesidades básicas y alimentarias), y con los
provenientes de la marginación y la discriminación (producidas cuando se
elevan barreras legales y culturales contra la participación o
integración en la sociedad que exacerban el aislamiento, la segregación
espacial y, no menos importante, la alienación política (entendida como
carencia de poder o influencia política).
He allí los caudales
que alimentan y retroalimentan las vertientes más o menos encubiertas y
silenciosas, pero fatales, del “hueco negro social” que no es otra cosa
que el modelo de “la Sociedad del Miedo” para los perdedores en la
furiosa competencia de los mercados y la lucha por la existe3ncia y
sobrevivencia de los más aptos y astutos “à la Darwin”, un escenario tan
alejado como pocos del de la “Sociedad de las Oportunidades”, el que
precisamente nos ofrecieran el neoliberalismo y los pregoneros de la
globalización para vendernos su proyecto de vida social y personal, o
más bien, de muerte?
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