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Fallas: Esa luz en
sus palabras
Alfonso
Chase
Celebramos este año el centenario del nacimiento
de Carlos Luis Fallas (1902-1966), una de las figuras señeras, sin roce
con el “imaginario” social de Costa Rica, en la literatura,
la política y con contextura de líder entre los obreros de nuestro país,
desde que en 1932 empezara su largo perigranaje al lado de la clase
trabajadora de Costa Rica. Siendo un hombre de naturaleza discreta, en
hablar de sus orígenes y su formación, es, sin embargo, el escritor que
trazó con manos propias los primeros rasgos de su biografía.
Desde su nacimiento en El Llano de Alajuela,
hasta algunos apuntes finales, cuando tuvo conocimiento certero de su
enfermedad, en Rusia, allá por los meses finales de 1964.
Todos esos rasgos biográficos los podemos
encontrar explícitos en sus obras literarias, dos o tres conferencias,
algunas entrevistas en la prensa cubana, posterior a 1959, cuando en la
cúspide de su gloria, percibida modestamente por él, podía codearse con
Pablo Neruda, Nazim Hikmet, Nicolás Guillén o cartearse con Miguel Ángel
Asturias, Ilya Ehrenburg, Konstantin Fedin o Mario Monteforte Toledo.
Se dice, a manudo, que la resonancia literaria
de Carlos Luis Fallas se debió solamente a su importancia como miembro del Buró Político del Partido Comunista de Costa Rica.
Pero si revisamos la prensa de la época, 1940 principalmente, podemos
comprobar que por esa misma militancia se le excluyó de las obras que
iban a ser premiadas en el concurso sin ser siquiera tomada en cuenta,
particularmente por sus contenidos sociopolíticos, al ser una de las
primeras obras contra el poder y las actuaciones de la United Fruit
Company, y cuando al fin fue editada, en 1941, la mayoría de sus lectores
estuvieron seguros de que era una obra relevante y sujeta a una lectura
diferente a como se tenía la idea de lo que eran las obras de contenidos
nacionales o costumbristas. Fue Emilia Prieto, en el periódico
“Trabajo” de ese año, quien escribió el artículo más
brillante, independiente y lúcido sobre la obra de Fallas y sus
personajes, en el cual dijo, para la posteridad, que Fallas había
construido allí, la posibilidad de tener y darle forma a una patria
intelectual.
Detalles olvidados, dignos de tener en cuenta.
Según el propio autor lo definió en entrevistas, dos personas le ayudaron
a mejorar su “prosa”, como él decía, con sorna y humildad
expresiva: Carmen Lyra, que lo obligó a escribir Mamita Yunai en 25 días
y Adolfo Herrera García, “Gentes y Gentecillas” en tres
meses. Para escribir ambas se le liberó un poco de sus labores y se le
dejó en libertad para darle forma a la estructura de sus obras, más las
correcciones propias al lenguaje, su lucha contra las palabras, contando
él que muchas veces le sangraban los dedos, de aporrear, era su término,
las teclas de su maquinilla, en la segunda versión de sus obras.
Podemos decir que Mamita Yunai caminó sola desde
1942 cuando se inició su difusión internacional. Neruda le dio el gran
espaldarazo al citar al personaje Calero en su “Canto
Gereal”, pero ya había recibido elogiosos comentarios en Chile, Cuba,
México y Venezuela y don Vicente Sáenz la usaba como texto para sus
estudiantes, en México, así como en Argentina era conocida y citada junto
a otras novelas.
A diferencia de lo que se supone fue la novela
“Gentes y Gentecillas (1947)”, la que afirmó el gran valor
literario de Carlos Luis Fallas, logrando, como obra emblemática del
primer Festival del Libro Latinoamericano, y escogida por Alejo
Carpentier, un tiraje cercano al millón de ejemplares, pocas veces
alcanzada esa cifra por un autor centroamericano (1962).
Como dirigente político, líder de la clase
trabajadora de Costa Rica, intelectual sólido y apreciado por todas las
clases sociales a partir de los años sesenta, Fallas definió su
importancia, desde la Gran
huelga Bananera de 1934, su participación, relevante, en los hechos
políticos de 1948, y luego en la etapa de ilegalización del Partido
Vanguardia Popular. Además, su propia labor como político de plaza
Pública, las relaciones respetuosas que supo establecer con todas las
clases sociales, salvándole la vida a específicas personalidades de
nuestra burguesía, valorando la nobleza de carácter antes que los
antagonismos políticos.
El que esto escribe, resumiendo la labor
artística, literaria, política y social de Carlos Luis Fallas, tuvo el honor
de proponerlo para el Premio Magón 1965, asunto que no tuvo discusión
alguna entre nosotros los jurados, hasta que el elemento mediático, bajo
la ominosa frase: “La dignidad democrática de nuestros premios
nacionales”, puso sobre el tapete el asunto político y los
contenidos de la obra y la vida de Fallas en la cultura costarricense, en
una polémica absurda y un resultado injusto para nuestro autor, todo esto
por una infidencia, no perversa, pues en el ámbito periodístico se
informó, antes de que ocurriera, que el premio le había sido otorgado.
Eso dio por sentado cinco largas votaciones en que se declaró empatado,
entre Carlos Luis Fallas y el ilustre historiador don Hernán G. Peralta,
ignorantes los dos de lo que allí estaba ocurriendo.
Estas y muchas otras cosas se pueden dar a
conocer en el año del centenario de
Carlos Luis Fallas, que si se recogieran en libros darían para una vasta
obra, tal como iniciaron Víctor Arroyo y
Emilia Prieto, en los detalles de la petitoria para el otorgamiento del galardón. La
respuesta a este reconocimiento fue una de las más bellas expresadas por
autor alguno en Costa
Rica. Hizo suyas las frases de su
maestro, Máximo Gorki, con las siguientes palabras:
“El corazón del escritor debe ser
una campana de amor y todos los corazones vivos del país escucharán sus sabios y
potentes sones”.
Me imagino que por eso estamos aquí, esta noche.
Y lo estaremos siempre ante el escritor, el dirigente, el amigo fraterno,
benemérito de nuestras letras patrias. Con todos los dolores, angustias y
restricciones sociales de sus héroes, que han sido y serán los mejores
hombres y mujeres del pueblo de Costa Rica.
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PAPÁ DE
MARCOS RAMÍREZ Y PIEDRA EN EL ZAPATO DE MAMITA YUNAI
Rosibel Morera Agüero
Mamá me presentó
a Carlos Luis Fallas con timidez y sonrojo: camisa blanca, traje café, sin
corbata, el saco de “corduroy”, los zapatos sin cordón, limpios,
impecables, el cabello negro peinado hacia atrás. Era enorme, pero no
amenazante. Se veía cálido, honesto y protector. En mis escasos 11 años de
existencia, aparte de mi padre biológico (tendría un año cuando se
divorciaron), era el segundo novio que le conocía. Valga decir que Zahyra
Agüero no era mujer de novios ni de amores, a pesar de su codiciada belleza. Era
más bien mujer de inteligencias, enamorada de la palabra culta y de cuanto
oliera a nuevos conocimientos. Calufa era, pues, el indicado. “Se
parece a papá -decía ella- en lo valiente, lo caballeroso, lo solidario, y en
lo orgulloso de su hombría”.
Alguien más en la casa
Cuando se casaron, Calufa vino a vivir con nosotros.
Desde la casona de los Fallas, allá en La Agonía de Alajuela, como hombre divorciado que
era, trajo lo poco que le pertenecía: escritorio, máquina de escribir,
colección de discos y biblioteca.
Nuestra sala (esas habitaciones que solo utilizaban
las visitas) se transformó en su estudio, y nuestro comedor en sala-comedor. Un
carpintero los dividió con una armazón barnizada para poner adornos. Fallas
cupo bien, como si nuestra modesta casa lo estuviera esperando. La televisión
no se volvió a encender. A cambio, la voz de ambos, alternada, se escuchaba
por horas, reclinados sobre la cama, leyendo los autores que Calufa había
seleccionado para ella. Le hacía notar las imágenes bellas, la maestría con
que el portugués Eca de Queiros lograba sus descripciones, el terror que se
filtraba despacio, serpenteando, en La Anaconda de Horacio Quiroga.
Años después yo misma me sorprendería, no por éstos
y otros autores, sino por Calufa, al observar sus propios paisajes: Mamita
Yunai y Gentes y Gentecillas transpiran vegetación, no solo verdad humana. Nunca
me atreví a interrumpir aquella mezcla de Eros y Logos (Amor y Palabra) que
eran sus horas de descanso.
Música y discusiones teológicas
En cuanto a mí -una preadolescente llena de
preguntas- Fallas me ofrecía libros suficientemente ateos como para equilibrar
mi indomable misticismo y conversaciones de sobremesa que ponían al rojo mis
convicciones religiosas. Como buenos comunistas, ambos eran ateos. Por el
contrario, yo planeaba una vida monjil al estilo de Sor Juana Inés de la Cruz: rodeada de libros,
propios y ajenos. En un esfuerzo por salvar mi alma de los comunistas, mi
familia paterna había exigido que estudiara en el Colegio María Auxiliadora,
y Calufa hervía de vergüenza cuando presentaba a “su hija” y ésta
vestía el uniforme de un colegio religioso. Luego de tres años de discusiones
filosóficas, acepté cambiarme al Colegio Castella.
Pero las dos mujeres de la casa no solo leímos Así
se templó el acero, o los textos de marxismo que nos obsequió. También nos
inició en la literatura simple y pura, y en la música clásica fácil al
corazón: Grieg, Brahms, Gershwin, Chopin, Tchaikovski. A todo pulmón
coreábamos Madame Butterfly y Los Gavilanes. Antes de Calufa nuestro hogar
era menos literario, y mucho más silencioso. Porque le gustaba cantar.
Mientras mamá conducía, le daba serenatas en el auto, sonriéndole con los
ojos y rodeándole el cuello con el brazo. Él le llevaba 12 años, así que
parte del concierto era a veces una explicación sobre el compositor o el
cantante. En el fondo, le gustaba enseñar. Nunca lo vi detrás de un volante. Se
prohibió manejar desde que, por eludir un perro, casi atropella a alguien.
Un hombre a lo John Wayne.
Hoy pienso que Calufa se parecía a Hemingway y a los
personajes que caracterizaba en el cine de su época John Wayne. Para él la
hombría significaba algo fuerte y recio hecho para proteger al débil, y que
tenía sus códigos: el hombre verdadero era honesto, recto, otra cosa
implicaría debilidad y cobardía para enfrentar la vida. Un valiente no
engañaba para sobrevivir, vencía su circunstancia. Se extasiaba ante una caña
de pescar. Ante los anzuelos artificiales por la inteligencia con que se
diseñaban para engañar a los peces. Ante un arma. Tenía registradas una
Beretta y una carabina de caza a las que elogiaba, limpiaba y aceitaba
colocándolas en partes sobre la mesa. Ante una herramienta eléctrica. En el
garaje mandó construir un banco de carpintería, y su colección de
herramientas era tema obligado de conversación con amigos y camaradas. Una
vez nos llevó a cazar, de noche. Aterrorizadas, solo se veían los ojillos de
los animales encandilados por la lámpara que Calufa llevaba en la frente. Otro
día fuimos de pesca. No pudo convencernos de meter las lombrices en el
anzuelo, ni de la colorida belleza de los anzuelos artificiales, ni de
repetir semejantes aventuras.
Cuando enfermó, mamá y él viajaron a Moscú. Estuvieron
varios meses allá. Al regreso, la muerte, pálida, le nublaba el rostro. En
sus últimas fotos, en pijama, parece mirar hacia dentro.
En la Clínica Bíblica firmó, en el protocolo de
Manuel Mora y con Jaime Cerdas como testigo, la cesión a mi madre de los
derechos de autor de sus libros, como pago por una deuda de gratitud y otra
de dinero que no sé si era real o imaginaria. Fue su manera de asegurar su
varonil voluntad de protegerla.
Hombre de Letras y de Partido
Calufa murió con un deseo insatisfecho: que el
Partido le diera unos meses sabáticos para contar la revolución del 48. Sus
dos pasiones eran la
Literatura y el Partido, y utilizó ambos para luchar, aunque
siempre se cuidó de no confundir la una con el otro. La Literatura no era
panfleto pero si reflejaba al mundo como en verdad era, por sí sola bastaba
para denunciar lo que estaba mal.
Hay nombres que surgen espontáneos al mencionar
países: William Shakespeare y Oscar Wilde al decir Inglaterra; Miguel Ángel
Asturias al decir Guatemala; Jorge Luis Borges al decir Argentina; Rubén
Darío al pensar en Nicaragua, Gabriela Mistral y Pablo Neruda al mencionar a
Chile. Cuando pensamos en Costa Rica, surge una lista de autores-icono en la
que inevitablemente aparece Carlos Luis Fallas, Ca-Lu-Fa, rodeado de sus
personajes inolvidables.
En el centenario de su nacimiento (21 de enero,
2009), quise recordar públicamente al hombretón recto, bueno y generoso que
asoma sonriendo en mi memoria.
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