Carlos Luis Fallas visto por Rosibel Morera Agüero y Alfonso Chase

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jmarincr

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Feb 2, 2009, 10:58:29 PM2/2/09
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Fallas: Esa luz en sus palabras

Alfonso Chase

Celebramos este año el centenario del nacimiento de Carlos Luis Fallas (1902-1966), una de las figuras señeras, sin roce con el “imaginario” social de Costa Rica, en la literatura, la política y con contextura de líder entre los obreros de nuestro país, desde que en 1932 empezara su largo perigranaje al lado de la clase trabajadora de Costa Rica. Siendo un hombre de naturaleza discreta, en hablar de sus orígenes y su formación, es, sin embargo, el escritor que trazó con manos propias los primeros rasgos de su biografía.

Desde su nacimiento en El Llano de Alajuela, hasta algunos apuntes finales, cuando tuvo conocimiento certero de su enfermedad, en Rusia, allá por los meses finales de 1964.

Todos esos rasgos biográficos los podemos encontrar explícitos en sus obras literarias, dos o tres conferencias, algunas entrevistas en la prensa cubana, posterior a 1959, cuando en la cúspide de su gloria, percibida modestamente por él, podía codearse con Pablo Neruda, Nazim Hikmet, Nicolás Guillén o cartearse con Miguel Ángel Asturias, Ilya Ehrenburg, Konstantin Fedin o Mario Monteforte Toledo.

Se dice, a manudo, que la resonancia literaria de Carlos Luis Fallas se debió solamente a su importancia como miembro del Buró Político del Partido Comunista de Costa Rica. Pero si revisamos la prensa de la época, 1940 principalmente, podemos comprobar que por esa misma militancia se le excluyó de las obras que iban a ser premiadas en el concurso sin ser siquiera tomada en cuenta, particularmente por sus contenidos sociopolíticos, al ser una de las primeras obras contra el poder y las actuaciones de la United Fruit Company, y cuando al fin fue editada, en 1941, la mayoría de sus lectores estuvieron seguros de que era una obra relevante y sujeta a una lectura diferente a como se tenía la idea de lo que eran las obras de contenidos nacionales o costumbristas. Fue Emilia Prieto, en el periódico “Trabajo” de ese año, quien escribió el artículo más brillante, independiente y lúcido sobre la obra de Fallas y sus personajes, en el cual dijo, para la posteridad, que Fallas había construido allí, la posibilidad de tener y darle forma a una patria intelectual.

Detalles olvidados, dignos de tener en cuenta. Según el propio autor lo definió en entrevistas, dos personas le ayudaron a mejorar su “prosa”, como él decía, con sorna y humildad expresiva: Carmen Lyra, que lo obligó a escribir Mamita Yunai en 25 días y Adolfo Herrera García, “Gentes y Gentecillas” en tres meses. Para escribir ambas se le liberó un poco de sus labores y se le dejó en libertad para darle forma a la estructura de sus obras, más las correcciones propias al lenguaje, su lucha contra las palabras, contando él que muchas veces le sangraban los dedos, de aporrear, era su término, las teclas de su maquinilla, en la segunda versión de sus obras.

Podemos decir que Mamita Yunai caminó sola desde 1942 cuando se inició su difusión internacional. Neruda le dio el gran espaldarazo al citar al personaje Calero en su “Canto Gereal”, pero ya había recibido elogiosos comentarios en Chile, Cuba, México y Venezuela y don Vicente Sáenz la usaba como texto para sus estudiantes, en México, así como en Argentina era conocida y citada junto a otras novelas.

A diferencia de lo que se supone fue la novela “Gentes y Gentecillas (1947)”, la que afirmó el gran valor literario de Carlos Luis Fallas, logrando, como obra emblemática del primer Festival del Libro Latinoamericano, y escogida por Alejo Carpentier, un tiraje cercano al millón de ejemplares, pocas veces alcanzada esa cifra por un autor centroamericano (1962).

Como dirigente político, líder de la clase trabajadora de Costa Rica, intelectual sólido y apreciado por todas las clases sociales a partir de los años sesenta, Fallas definió su importancia, desde la Gran huelga Bananera de 1934, su participación, relevante, en los hechos políticos de 1948, y luego en la etapa de ilegalización del Partido Vanguardia Popular. Además, su propia labor como político de plaza Pública, las relaciones respetuosas que supo establecer con todas las clases sociales, salvándole la vida a específicas personalidades de nuestra burguesía, valorando la nobleza de carácter antes que los antagonismos políticos.

El que esto escribe, resumiendo la labor artística, literaria, política y social de Carlos Luis Fallas, tuvo el honor de proponerlo para el Premio Magón 1965, asunto que no tuvo discusión alguna entre nosotros los jurados, hasta que el elemento mediático, bajo la ominosa frase: “La dignidad democrática de nuestros premios nacionales”, puso sobre el tapete el asunto político y los contenidos de la obra y la vida de Fallas en la cultura costarricense, en una polémica absurda y un resultado injusto para nuestro autor, todo esto por una infidencia, no perversa, pues en el ámbito periodístico se informó, antes de que ocurriera, que el premio le había sido otorgado. Eso dio por sentado cinco largas votaciones en que se declaró empatado, entre Carlos Luis Fallas y el ilustre historiador don Hernán G. Peralta, ignorantes los dos de lo que allí estaba ocurriendo.

Estas y muchas otras cosas se pueden dar a conocer en el año del centenario de Carlos Luis Fallas, que si se recogieran en libros darían para una vasta obra, tal como iniciaron Víctor Arroyo y Emilia Prieto, en los detalles de la petitoria para el otorgamiento del galardón. La respuesta a este reconocimiento fue una de las más bellas expresadas por autor alguno en Costa Rica. Hizo suyas las frases de su maestro, Máximo Gorki, con las siguientes palabras:
“El corazón del escritor debe ser una campana de amor y todos los corazones vivos del país escucharán sus sabios y potentes sones”.

Me imagino que por eso estamos aquí, esta noche. Y lo estaremos siempre ante el escritor, el dirigente, el amigo fraterno, benemérito de nuestras letras patrias. Con todos los dolores, angustias y restricciones sociales de sus héroes, que han sido y serán los mejores hombres y mujeres del pueblo de Costa Rica.

 

 

 


 

PAPÁ DE MARCOS RAMÍREZ Y PIEDRA EN EL ZAPATO DE MAMITA YUNAI

Rosibel Morera Agüero

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Mamá me presentó a Carlos Luis Fallas con timidez y sonrojo: camisa blanca, traje café, sin corbata, el saco de “corduroy”, los zapatos sin cordón, limpios, impecables, el cabello negro peinado hacia atrás. Era enorme, pero no amenazante. Se veía cálido, honesto y protector. En mis escasos 11 años de existencia, aparte de mi padre biológico (tendría un año cuando se divorciaron), era el segundo novio que le conocía. Valga decir que Zahyra Agüero no era mujer de novios ni de amores, a pesar de su codiciada belleza. Era más bien mujer de inteligencias, enamorada de la palabra culta y de cuanto oliera a nuevos conocimientos. Calufa era, pues, el indicado. “Se parece a papá -decía ella- en lo valiente, lo caballeroso, lo solidario, y en lo orgulloso de su hombría”.

Alguien más en la casa

Cuando se casaron, Calufa vino a vivir con nosotros. Desde la casona de los Fallas, allá en La Agonía de Alajuela, como hombre divorciado que era, trajo lo poco que le pertenecía: escritorio, máquina de escribir, colección de discos y biblioteca.

Nuestra sala (esas habitaciones que solo utilizaban las visitas) se transformó en su estudio, y nuestro comedor en sala-comedor. Un carpintero los dividió con una armazón barnizada para poner adornos. Fallas cupo bien, como si nuestra modesta casa lo estuviera esperando. La televisión no se volvió a encender. A cambio, la voz de ambos, alternada, se escuchaba por horas, reclinados sobre la cama, leyendo los autores que Calufa había seleccionado para ella. Le hacía notar las imágenes bellas, la maestría con que el portugués Eca de Queiros lograba sus descripciones, el terror que se filtraba despacio, serpenteando, en La Anaconda de Horacio Quiroga.

Años después yo misma me sorprendería, no por éstos y otros autores, sino por Calufa, al observar sus propios paisajes: Mamita Yunai y Gentes y Gentecillas transpiran vegetación, no solo verdad humana. Nunca me atreví a interrumpir aquella mezcla de Eros y Logos (Amor y Palabra) que eran sus horas de descanso.

Música y discusiones teológicas

En cuanto a mí -una preadolescente llena de preguntas- Fallas me ofrecía libros suficientemente ateos como para equilibrar mi indomable misticismo y conversaciones de sobremesa que ponían al rojo mis convicciones religiosas. Como buenos comunistas, ambos eran ateos. Por el contrario, yo planeaba una vida monjil al estilo de Sor Juana Inés de la Cruz: rodeada de libros, propios y ajenos. En un esfuerzo por salvar mi alma de los comunistas, mi familia paterna había exigido que estudiara en el Colegio María Auxiliadora, y Calufa hervía de vergüenza cuando presentaba a “su hija” y ésta vestía el uniforme de un colegio religioso. Luego de tres años de discusiones filosóficas, acepté cambiarme al Colegio Castella.

Pero las dos mujeres de la casa no solo leímos Así se templó el acero, o los textos de marxismo que nos obsequió. También nos inició en la literatura simple y pura, y en la música clásica fácil al corazón: Grieg, Brahms, Gershwin, Chopin, Tchaikovski. A todo pulmón coreábamos Madame Butterfly y Los Gavilanes. Antes de Calufa nuestro hogar era menos literario, y mucho más silencioso. Porque le gustaba cantar. Mientras mamá conducía, le daba serenatas en el auto, sonriéndole con los ojos y rodeándole el cuello con el brazo. Él le llevaba 12 años, así que parte del concierto era a veces una explicación sobre el compositor o el cantante. En el fondo, le gustaba enseñar. Nunca lo vi detrás de un volante. Se prohibió manejar desde que, por eludir un perro, casi atropella a alguien.

Un hombre a lo John Wayne.

Hoy pienso que Calufa se parecía a Hemingway y a los personajes que caracterizaba en el cine de su época John Wayne. Para él la hombría significaba algo fuerte y recio hecho para proteger al débil, y que tenía sus códigos: el hombre verdadero era honesto, recto, otra cosa implicaría debilidad y cobardía para enfrentar la vida. Un valiente no engañaba para sobrevivir, vencía su circunstancia. Se extasiaba ante una caña de pescar. Ante los anzuelos artificiales por la inteligencia con que se diseñaban para engañar a los peces. Ante un arma. Tenía registradas una Beretta y una carabina de caza a las que elogiaba, limpiaba y aceitaba colocándolas en partes sobre la mesa. Ante una herramienta eléctrica. En el garaje mandó construir un banco de carpintería, y su colección de herramientas era tema obligado de conversación con amigos y camaradas. Una vez nos llevó a cazar, de noche. Aterrorizadas, solo se veían los ojillos de los animales encandilados por la lámpara que Calufa llevaba en la frente. Otro día fuimos de pesca. No pudo convencernos de meter las lombrices en el anzuelo, ni de la colorida belleza de los anzuelos artificiales, ni de repetir semejantes aventuras.

Cuando enfermó, mamá y él viajaron a Moscú. Estuvieron varios meses allá. Al regreso, la muerte, pálida, le nublaba el rostro. En sus últimas fotos, en pijama, parece mirar hacia dentro.

En la Clínica Bíblica firmó, en el protocolo de Manuel Mora y con Jaime Cerdas como testigo, la cesión a mi madre de los derechos de autor de sus libros, como pago por una deuda de gratitud y otra de dinero que no sé si era real o imaginaria. Fue su manera de asegurar su varonil voluntad de protegerla.

Hombre de Letras y de Partido

Calufa murió con un deseo insatisfecho: que el Partido le diera unos meses sabáticos para contar la revolución del 48. Sus dos pasiones eran la Literatura y el Partido, y utilizó ambos para luchar, aunque siempre se cuidó de no confundir la una con el otro. La Literatura no era panfleto pero si reflejaba al mundo como en verdad era, por sí sola bastaba para denunciar lo que estaba mal.

Hay nombres que surgen espontáneos al mencionar países: William Shakespeare y Oscar Wilde al decir Inglaterra; Miguel Ángel Asturias al decir Guatemala; Jorge Luis Borges al decir Argentina; Rubén Darío al pensar en Nicaragua, Gabriela Mistral y Pablo Neruda al mencionar a Chile. Cuando pensamos en Costa Rica, surge una lista de autores-icono en la que inevitablemente aparece Carlos Luis Fallas, Ca-Lu-Fa, rodeado de sus personajes inolvidables.

En el centenario de su nacimiento (21 de enero, 2009), quise recordar públicamente al hombretón recto, bueno y generoso que asoma sonriendo en mi memoria.

 

 

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