Falta de acción de los gobiernos latinoamericanos En un editorial publicado en el ‘Miami Herald’, el renombrado periodista Andrés Oppenheimer aborda la preocupante cuestión de los presos políticos en Cuba y critica la falta de respuesta de los gobiernos latinoamericanos. El comentario de Oppenheimer pone de relieve el marcado contraste entre las medidas adoptadas por Estados Unidos, la Unión Europea y los países latinoamericanos en relación con esta acuciante crisis de derechos humanos. Un llamamiento a la rendición de cuentas Oppenheimer plantea una preocupación significativa: aunque han pasado dos años desde las históricas protestas antigubernamentales en Cuba en julio de 2021, en las que más de 700 personas fueron encarceladas por participar en manifestaciones mayoritariamente pacíficas, la mayoría de los gobiernos latinoamericanos han optado por guardar silencio sobre esta cuestión. El autor afirma inequívocamente que esta inacción es descorazonadora e inaceptable, e insta a los líderes latinoamericanos a reconocer y abordar el escándalo de derechos humanos que se está produciendo en Cuba. Enfoques contrapuestos En marcado contraste con el silencio de los gobiernos latinoamericanos, Oppenheimer destaca la firme postura adoptada por Estados Unidos y la Unión Europea al exigir la liberación de los presos políticos en Cuba. El autor elogia al Secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, y a la Unión Europea por su apoyo inquebrantable a la hora de abogar por la liberación inmediata de todos los presos políticos. Esta marcada divergencia de planteamientos pone de manifiesto la discrepancia entre los países latinoamericanos y sus homólogos internacionales a la hora de abordar las violaciones de los derechos humanos. Cuestionar el silencio
Oppenheimer plantea una pregunta que invita a la reflexión: ¿Por qué los gobiernos latinoamericanos no han condenado las acciones de la dictadura cubana ni exigido la liberación de los presos políticos? El autor señala a los defensores del régimen cubano, como el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, que condecoró al gobernante de Cuba con la máxima medalla mexicana para extranjeros. Este gesto cuestionable es emblemático de la cuestión más amplia que nos ocupa: la reticencia de los líderes latinoamericanos a denunciar las acciones opresivas de la dictadura cubana. La necesidad de solidaridad y rendición de cuentas
En un poderoso llamamiento a la acción, Oppenheimer subraya la importancia de la solidaridad de los gobiernos, artistas e intelectuales latinoamericanos para exigir el fin de los abusos de los derechos humanos en Cuba. El autor sostiene que no hay excusa para hacer la vista gorda ante el encarcelamiento masivo de manifestantes pacíficos y artistas que simplemente ejercen su derecho fundamental a la libertad de expresión. Oppenheimer concluye con un llamamiento a los gobiernos latinoamericanos para que rompan su silencio, condenen la dictadura cubana y se solidaricen con sus homólogos cubanos injustamente encarcelados. A través de su análisis, Oppenheimer destaca de forma convincente la urgencia de abordar la difícil situación de los presos políticos en Cuba, al tiempo que subraya la necesidad de que los gobiernos latinoamericanos adopten una postura más firme y enérgica contra las violaciones de los derechos humanos que se están produciendo. Su comentario en el ‘Miami Herald’ es un recordatorio de la importancia de exigir responsabilidades a los regímenes opresores y de reclamar justicia para aquellos cuyas voces han sido silenciadas. |
| | | | | La oscura crónica de la Causa 1/89 |
| | | | | Prólogo: Una detención silenciosa La noche del 29 de mayo de 1989 marcó el inicio de un acontecimiento inédito y perturbador en la historia de la revolución cubana. La detención de uno de los héroes de la revolución, Arnaldo Ochoa, quedó envuelta en un manto de silencio. Los cargos: promiscuidad sexual y, aún más inquietante, vínculos con el cartel de Medellín. Este hecho fue conocido por apenas veinte personas en todo el país. Capítulo 1: La caída de los héroes Solo un día después, el 30 de mayo, Tony de la Guardia fue sustituido en MC, el misterioso departamento Moneda Convertible, del Ministerio del Interior de Cuba. Para el 12 de junio, Fidel Castro se encontraba en la encrucijada de la reforma o la represión. Finalmente, la segunda opción prevaleció. El 13 de junio, a las 8:30 de la noche, la trama comenzó a desplegarse con el arresto de Ochoa en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Prácticamente al mismo tiempo, los mellizos de la Guardia también fueron detenidos en el Ministerio del Interior. A raíz de estos arrestos, se activó la Operación Bandera Roja. Un estado de alta alerta militar fue impuesto en todas las principales unidades del Ministerio del Interior. Capítulo 2: Maniobras oscuras La gestión de MC estuvo a cargo del coronel Antonio “Tony” de la Guardia, uno de los más destacados personajes de la nomenclatura cubana. Fidel lo mimó desde principios de los años 60 y era considerado un auténtico James Bond de la revolución. Tony acumuló un historial impresionante: en 1971, se le encomendó asesorar al presidente Salvador Allende con tropas especiales; en 1973, viajó a Madrid para secuestrar a Fulgencio Batista, quien murió la noche que De la Guardia llegó a España. En 1975, llegó a Suiza con 60 millones de dólares conseguidos por los Montoneros argentinos al secuestrar a los industriales Jorge y Juan Born; más tarde, se involucró en el comercio de piedras preciosas robadas por el Frente Democrático Popular de Palestina. En 1976, asesoraba al nuevo gobierno de Jamaica, y en 1978, aterrizó en Nicaragua para proporcionar armas al Frente Sur de los Sandinistas, liderado por Edén Pastora, y donde combatían muchos comunistas chilenos. En 1986, De la Guardia estableció las bases de MC en Panamá, bajo la dirección del mayor Amado Padrón. Contrató a contrabandistas para llevar mercancías ilegales a Cuba, muchos de los cuales también transportaban drogas; y utilizó a lavadores de dinero para encubrir a sus socios en Estados Unidos, que también trabajaban para los cada vez más poderosos cárteles colombianos de la marihuana y la cocaína. En ese momento, La Habana permitía que los aviones con droga volaran por el espacio aéreo cubano y depositaran paquetes con cocaína en el mar, que luego eran recogidos por lanchas de alta velocidad y llevados a las costas de Florida. A cambio, a los contrabandistas se les solicitaba que transportaran armas para las guerrillas que el Departamento América del Partido Comunista Cubano (PCC), liderado por Manuel “Barbarroja” Piñeyro, fomentaba en América Latina. De la Guardia había desempeñado con éxito esta tarea durante más de una década, implicando en ella a empresarios de múltiples nacionalidades, incluyendo a varios chilenos que ayudaban a multiplicar los intereses cubanos fuera de la isla. Más tarde, el 28 de junio, José Abrantes fue destituido como ministro del Interior, pero, sorprendentemente, todavía “gozaba de toda la confianza”, según el periódico ‘Granma’. Capítulo 3: El viaje hacia el cadalso A mediados de junio de 1986, las oficinas de MC en la Ciudad de Panamá fueron visitadas por un cubano en exilio, Reinaldo Ruiz. Este empresario, operador de una agencia de viajes que vendía visas a cubanos por un precio de 2500 dólares cada una, se encontraba en una posición estratégica que generaba divisas tanto para La Habana como para Manuel Noriega, la figura dominante de Panamá. Las conexiones familiares se volvieron cruciales, ya que Reinaldo resultó ser primo de Miguel Ruiz Poo, encargado de la empresa fachada de MC, Interconsult. La solicitud de Ruiz a su primo era simple, pero intrigante: varios computadoras IBM y dos decodificadores de cablevisión. En poco tiempo, la relación de negocios se convirtió en personal. Durante una cena, los primos empezaron a planificar operaciones comerciales más complejas. El vínculo de Reinaldo con el peligroso mundo del narcotráfico se hizo evidente a través de su esposa colombiana, quien estaba conectada con Gustavo Gaviria, primo y principal asesor financiero de Pablo Escobar, el infame líder del Cartel de Medellín. El pacto que emergió de esta red de conexiones fue aparentemente obvio: Reinaldo podía facilitar el transporte de cocaína a Estados Unidos a través de Cuba. Si se le proporcionaban ciertas facilidades, las ganancias prometidas serían lucrativas para todas las partes involucradas. No pasó mucho tiempo antes de que Reinaldo se encontrara en La Habana, exponiendo su audaz plan a Tony de la Guardia, quien, tras considerarlo, dio su aprobación y garantizó que todo se llevaría a cabo bajo su control. Sin embargo, fue en Panamá, hacia finales de 1986, donde las cosas realmente empezaron a tomar forma. Allí, Jorge Martínez Valdés, el ayudante de campo del general Arnaldo Ochoa, estableció una conexión crucial. Entró en contacto con el colombiano Fabel Pareja, empleado de Pablo Escobar, quien le informó sobre las actividades de Tony de la Guardia y le propuso una entrevista con el jefe del Cartel de Medellín. La iniciativa tomó varios meses para concretarse. Martínez necesitaba la autorización de su superior, el general Ochoa, quien en ese momento estaba al frente de las tropas cubanas y soviéticas en Angola. Una vez obtenido el permiso, Martínez, armado con un pasaporte falso proporcionado por MC, viajó a Medellín en mayo de 1988 para la tan esperada reunión con Escobar. Acordaron el envío de cocaína a Estados Unidos a través de Cuba, con los funcionarios cubanos recibiendo una paga de $1200 por kilo de droga. A finales de 1988, la trama comenzó a desentrañarse. Un piloto de las rutas de cocaína de Colombia a La Habana resultó ser un informante de la agencia antidrogas de Estados Unidos, la DEA. Con este informante y otros recursos a su disposición, los agentes estadounidenses rastrearon y documentaron cada movimiento del cartel cubano asociado con MC. Pronto, Washington acumuló suficiente evidencia para implicar a Fidel Castro en un complot internacional de narcotráfico, en alianza con los cárteles colombianos y mexicanos. Mientras tanto, en Cuba, la red de Tony de la Guardia detectó la infiltración de los Estados Unidos, y rápidamente comenzaron a cerrar todas las operaciones. Pero ya era demasiado tarde. El cerco se estaba cerrando sobre Manuel Noriega, y Ronald Reagan había iniciado una ofensiva total contra el narcotráfico que amenazaba con desestabilizar el continente. A medida que 1989 comenzaba, el escándalo estaba a punto de estallar. Capítulo 4: El juicio El 7 de julio, el Tribunal Militar Especial dictó sentencia. La pena de muerte fue dictada para el general Arnaldo Ochoa, el coronel Antonio de la Guardia, el mayor Amado Padrón Trujillo y el capitán Jorge Martínez Valdés. A Patricio de la Guardia y a los oficiales de MC se les impusieron 30 años de prisión, mientras que otros tres miembros de MC, recibieron condenas de 25 años. En un giro retorcido de la ley cubana, donde el narcotráfico es castigado, en el peor de los casos, con 12 años de privación de libertad, los hombres fueron acusados de traición. Este fue uno de los momentos más audaces de manipulación cubana: el uso del cargo de narcotráfico para evitar un desacreditador proceso político, y la posterior transformación de este cargo en traición para justificar la ejecución. En las semanas siguientes, el general José Abrantes, ministro del Interior, fue destituido. Poco después, su deceso en prisión bajo circunstancias enigmáticas marcó otro giro inquietante en la trama. Capítulo 5: La despedida En una íntima y dolorosa reunión en Villa Marista, el centro de instrucción de la Seguridad del Estado, el 11 de julio, dos días antes del fusilamiento, los hermanos de la Guardia se abrazaron por última vez. El 12 de julio, Ochoa recibió su última visita familiar. Le dijo a su hija Yamira que iba a ajustar la aguja roja de su Rolex Explorer II para marcar la hora en que vendrían “a buscarlo”. Sus últimas palabras antes de besar a su hija fueron: “Yo no puedo. La historia se encargará de explicar los hechos”. Capítulo 6: El fusilamiento Al amanecer del 13 de julio, la tragedia se consumó. Arnaldo Ochoa, Antonio de la Guardia, Amado Padrón y Jorge Martínez fueron fusilados por un pelotón de seis hombres liderado por el coronel José Luis Mesa Delgado. El lugar de ejecución: un campo adyacente a la pista de aterrizaje de la base aérea de Baracoa, al oeste de La Habana. Contra el procedimiento militar habitual, todos los fusiles en el pelotón de ejecución estaban cargados con balas vivas. La ejecución fue rápida y brutal, y terminó con los tiros de gracia dados por el coronel Mesa Delgado. Las últimas palabras de Ochoa frente al pelotón de fusilamiento fueron: “Ustedes, muchachos, son como hijos míos. Tírenme al pecho, que van a matar a un hombre”. Epílogo: La historia y sus consecuencias El general José Luis Mesa Delgado fue ascendido después de los sucesos. Su ascenso estuvo directamente relacionado con la necesidad de contar con un general obediente y profesional, que pudiera ejecutar tareas despiadadas sin vacilar. La oscura cronología de estos eventos permanecerá como un testimonio desgarrador de la brutalidad y la manipulación en la Cuba revolucionaria. En la mirada retrospectiva, las palabras de Ochoa resuenan con amarga ironía: “La historia se encargará de explicar los hechos”. Pero, ¿se ha hecho justicia a su historia? ________________________ Fuentes: Gonzalo Celorio, “Abogado del diablo. El juicio al general Arnaldo Ochoa”, en https://letraslibres.com Manuel Salazar Salvo, “La conexión cubana (extracto de ‘Conexiones Mafiosas’)”, en https://interferencia.cl. Norberto Fuentes, ‘Nunca digas morir’, Cuarteles de Invierno, 2022. |
| | | | | El naufragio del Remolcador 13 de Marzo: Un intento desesperado por la libertad |
| | | | | El 13 de julio de 1994, un grupo de 72 personas de nacionalidad cubana se embarcaron en un arriesgado y desesperado intento de escapar de la isla con dirección a los Estados Unidos. A bordo del remolcador “13 de Marzo”, su escape pronto se convirtió en una pesadilla mortal cuando, de acuerdo con los testigos supervivientes, fueron perseguidos y finalmente hundidos por barcos de propiedad estatal cubana, pertenecientes a la Empresa de Servicios Marítimos del Ministerio de Transportes. La tragedia, que costó la vida a 41 personas, entre ellas 10 menores de edad, aún hoy suscita preguntas inquietantes sobre la respuesta y responsabilidad del gobierno cubano. La huida y la emboscada Desde el puerto de La Habana, el remolcador “13 de Marzo” zarpó en la madrugada, pero su viaje a la libertad fue abruptamente interrumpido cuando, aproximadamente a siete millas de distancia de las costas cubanas, dos embarcaciones equipadas con tanques y mangueras de agua, aparecieron y embistieron al viejo remolcador. Según los supervivientes, las embarcaciones estatales “Polargo 2” y “Polargo 5” bloquearon y atacaron al “13 de Marzo”, lanzando agua a alta presión sobre las personas que estaban en cubierta. El remolcador se hundió, dejando a 41 personas ahogadas y a 31 supervivientes a la merced del mar. La tragedia ignorada En los días posteriores al naufragio, los familiares de las víctimas solicitaron a las autoridades cubanas rescatar los cuerpos que yacían en el fondo del mar. Sin embargo, su petición fue desestimada bajo el argumento de la falta de buzos especializados para realizar tal operación. De igual manera, las peticiones de la organización “Hermanos al Rescate” para sobrevolar el lugar del naufragio y ayudar en el rescate fueron rechazadas. A día de hoy, los cuerpos de los fallecidos siguen sin ser recuperados, un recordatorio del naufragio del remolcador “13 de Marzo”. Una condena internacional El hundimiento del remolcador “13 de Marzo” y la falta de acción por parte del gobierno cubano para prevenir la tragedia o rescatar a los fallecidos ha sido objeto de condena a nivel internacional. Organizaciones de derechos humanos, como Amnistía Internacional, han afirmado que existen pruebas suficientes para indicar que se trató de una operación oficial y que las personas que murieron podrían ser consideradas víctimas de ejecución extrajudicial. La respuesta del gobierno cubano El gobierno cubano, por su parte, ha mantenido que el incidente fue un accidente y no ha llevado a cabo ninguna acción legal contra los presuntos responsables. Esta postura ha sido objeto de críticas, dado que el código penal cubano establece sanciones para delitos cometidos por imprudencia. Respuesta de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos La Comisión Interamericana de Derechos Humanos consideró tras el análisis de los acontecimientos —Informe nº 47/96. caso 11.436. “Víctimas del barco remolcador ‘13 de Marzo’ vs. Cuba”, del 16 de octubre de 1996—, “que el Estado cubano está en la obligación de reparar el daño causado e indemnizar a los familiares de las víctimas y sobrevivientes del remolcador ‘13 de Marzo’”, además, concluyó: «El Estado de Cuba es responsable de la violación del derecho a la vida —artículo I de la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre— de las 41 personas que naufragaron y perecieron como consecuencia del hundimiento del barco remolcador «13 de Marzo», hechos ocurridos a siete millas de distancia de las costas cubanas, el 13 de julio de 1994. Las personas que fallecieron aquella madrugada son: Leonardo Notario Góngora, Marta Tacoronte Vega, Caridad Leyva Tacoronte, Yausel Eugenio Pérez Tacoronte, Mayulis Méndez Tacoronte, Odalys Muñoz García, Pilar Almanza Romero, Yaser Perodín Almanza, Manuel Sánchez Callol, Juliana Enriquez Carrasana, Helen Martínez Enríquez, Reynaldo Marrero, Joel García Suárez, Juan Mario Gutiérrez García, Ernesto Alfonso Joureiro, Amado Gonzáles Raices, Lázaro Borges Priel, Liset Alvarez Guerra, Yisel Borges Alvarez, Guillermo Cruz Martínez, Fidelio Ramel Prieto-Hernández, Rosa María Alcalde Preig, Yaltamira Anaya Carrasco, José Carlos Nicole Anaya, María Carrasco Anaya, Julia Caridad Ruiz Blanco, Angel René Abreu Ruiz, Jorge Arquímedes Lebrigio Flores, Eduardo Suárez Esquivel, Elicer Suárez Plascencia, Omar Rodríguez Suárez, Miralis Fernández Rodríguez, Cindy Rodríguez Fernández, José Gregorio Balmaceda Castillo, Rigoberto Feut Gonzáles, Midalis Sanabria Cabrera, y cuatro víctimas más que no pudieron ser identificadas. »El Estado de Cuba es responsable de la violación a la integridad personal —artículo I de la Declaración Americana— de las 31 personas que sobrevivieron al naufragio del barco remolcador ‘13 de Marzo’, como consecuencia del trauma emocional resultante del mismo. Las víctimas sobrevivientes son: Mayda Tacoronte Verga, Milena Labrada Tacoronte, Román Lugo Martínez, Dasy Martínez Findore, Tacney Estévez Martínez, Susana Rojas Martínez, Raúl Muñoz García, Janette Hernández Gutiérrez, Modesto Almanza Romero, Fran Gonzáles Vásquez, Daniel Gonzáles Hernández, Sergio Perodín Pérez, Sergio Perodín Almanza, Gustavo Guillermo Martínez Gutiérrez, Yandi Gustavo Martínez Hidalgo, José Fabian Valdés, Eugenio Fuentes Díaz, Juan Gustavo Bargaza del Pino, Juan Fidel Gonzáles Salinas, Reynaldo Marrero Canarana, Daniel Prieto Suárez, Iván Prieto Suárez, Jorge Luis Cuba Suárez, María Victoria García Suárez, Arquímedes Venancio Lebrigio Gamboa, Yaussany Tuero Sierra, Pedro Francisco Garijo Galego, Julio César Domínguez Alcalde, Armando Morales Piloto, Juan Bernardo Varela Amaro, y Jorge Alberto Hernández Avila. »El Estado de Cuba es responsable de la violación del derecho de tránsito y del derecho a la justicia —de las 72 personas que intentaron huir de Cuba—, consagrados en los artículos VIII y XVIII de la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre». El legado del Remolcador 13 de Marzo A pesar de los años transcurridos desde el trágico incidente, la memoria del remolcador “13 de Marzo” sigue viva. Para los críticos del gobierno cubano, la tragedia sirve como un doloroso recordatorio de las extremas medidas que algunos ciudadanos cubanos han tenido que tomar en su desesperado intento por alcanzar la libertad. Por otro lado, también refleja las preocupantes alegaciones de violaciones de los derechos humanos por parte del gobierno cubano. En resumen, el naufragio del remolcador “13 de Marzo” no es sólo un suceso trágico, sino que también es un poderoso símbolo de las luchas y dificultades a las que se enfrentan aquellos que buscan escapar de la opresión política en su búsqueda de la libertad. |
| | | | | ‘A Day in the Life’ (sueño de verano con la baronesa Sacher-Masoch) |
| | | | | | | En el video, restaurado y remasterizado, de la grabación —una grabación “arquetípica” e “ilusoria”, claro está— de A Day in the Life, de The Beatles, existe —es muy obvio— una suerte de precursora y muy juguetona “voluntad de videoclip”. Estas cosas acaecen, igual que lo kafkiano antes de Kafka, o el sexo entre demiboys antes —entrevisto en El Satiricón, de Petronio— de que lo descubriéramos en Pornhub o XNXX. Será una “voluntad de videoclip” instintiva, precoz e indirecta, pero allí hay una orquesta sinfónica con cerca de 40 músicos —la mayoría usando máscaras de animales, exageradas narices de goma y extravagantes espejuelos de sol con armaduras de colores, como los que usaba Salvador Dalí en sus anuncios— dirigidos por George Martin y Paul McCartney, más un grupo de invitados que parlotean, ríen y miran a la cámara de vez en vez. Diálogos, bromas, muecas y una célebre canción —que es lo único que se escucha— cuya letra es callejera, absurda, adherente, rara, provocativa. Lo que recoge el video es una fiesta sobre una canción. Una pieza lúdicra y celebratoria. McCartney, hiperconsciente de su importancia, quería disponer de 90 músicos. Veo de nuevo el video, que dura 5 minutos y 13 segundos. No es más que una colección de secuencias “ficcionalizadas” de los numerosos ensayos, montadas sobre la canción definitiva, que es la última de la cara B de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, octavo álbum de estudio de la agrupación. Diálogos, bromas, muecas y una célebre canción. Me entero, por habladurías que escucho desde el balcón, de que los huevos —la cuota correspondiente a mayo— al fin han llegado a la carnicería. Son casi las 5 p.m. y el sol se manifiesta tan inclemente como el propio contexto sonoro del barrio. Aun así me visto, dejo de examinar un texto sobre Alejandro Jodorowsky donde me he sumergido —John Lennon era admirador de Jodorowsky: tendré eso en cuenta— y bajo la escalera rumbo a la carnicería.
Tengo trabajo pendiente, pero cuando la voluntad se une a la necesidad y al deber, surge, bajo risotadas sarcásticas, el tipo de carácter que identifica —en parte, solo en parte— al homo socialismus mutatus. Uno piensa, además, en el Dr. Jekyll y su Mr. Hyde. Y aquí pido excusas por mi latín, tan vulgar como filológico. En el video, de 1967, los muy jóvenes Mick Jagger y Keith Richards figuran entre los invitados. Intercambian, se mueven y expresan, independientemente de su fama, cierta timidez que no empaña su entusiasmo. La que sí no deja de actuar con consciencia de estar siendo filmada es Marianne Faithfull. Por ese tiempo, jovencísima y hermosa como una vestal corrompida, era pareja de Jagger. Los chismes y las afirmaciones —apócrifas o no— subrayan en ella una efímera infidelidad con Richards. Pero tanto este como Jagger ya eran —iban a serlo incluso hasta hoy— el núcleo duro e irrompible de The Rolling Stones. La primera extrañeza del día, a una hora en que el carnicero, aburrido y molesto, tiene ganas de regresar a su casa —a no ser que lo invada la alegría de haber vendido 2 o 3 cartones de huevos a 2000 CUP—, se manifiesta cuando, en mitad de la cola —tan solo de unas 8 o 9 personas—, distingo a un joven con un pulóver inconfundible: enrojecida entre azules y naranjas, la lengua de Jagger se le incrusta en el pecho. El joven no tiene aspecto de ser un fervoroso seguidor de The Rolling Stones. Tendrá unos 19 o 20 años. Su juventud contrasta con la edad promedio de quienes estamos ahí. Jovencísima y hermosa como una vestal corrompida. La realidad real es que, de 50 personas que hoy te encuentras en una cola, si acaso unas 10 son realmente jóvenes. El resto suele estar, en principio, en los 40, los 50 y mucho más allá.
El del pulóver con la lengua de Jagger tiene en la mano una bolsa de tela, realmente insólita en un país de jabitas plásticas. Usa chancletas de goma y un shortpan que no es más que un jeans recortado. Fija su mirada en el interior de la carnicería. De él se desprende una aquiescencia y una serenidad inauditas. No lleva teléfono celular, ni auriculares. Nada. Se me antoja pensar que no es sino una auténtica singularidad. Y así, mientras escudriño el pulóver, que obviamente ha sido lavado ya varias veces, soy testigo de un gesto que siempre me parece tan pintoresco como imponente: el joven se agarra el bulto del sexo, apretándolo al descuido, como quien no tiene la menor idea de lo que hace. En Cuba eso es bastante normal. En medio de un diálogo en una calle de barrio, ves esas autocaricias —mecánicas y/o desprovistas de intención—, y es igual que ver un bostezo donde reina la pereza. Un tipo puede trincarse los huevos durante una conversación sobre la inminencia de la lluvia o el precio de los tomates, por ejemplo. Y es así y todo normal. Cuando veo la mano del joven medio crispada apretujando aquello, comprendo que está acomodando, ¡realmente absorto!, aquello, y de súbito empiezo a pensar en Marianne Faithfull, descendiente de Leopold von Sacher-Masoch. La mujer que en 1967 era aún amante de Jagger, es hija de la baronesa Eva von Sacher-Masoch. Y, cuarenta años después de asistir a la filmación de la película a partir de la cual A Day in the Life se transforma en un mito de la historia de la música, accede, ya con 60 años, a protagonizar un impar y excéntrico largometraje: Irina Palm (2007), dirigido por Sam Garbarski. ¿Quién es esa mujer, Irina Palm? Tengo “a la vista” el recuerdo del joven con su pulóver y su paciencia y su bulto —de cierto modo engrandecido tras el apretujamiento, y que Zeus me mande un rayo si falto a la verdad—. Vuelvo a escuchar la entrada de la voz de John Lennon cuando dice, antes de que los violines la disuelvan, apagándola, una frase que, sin embargo, se distingue bien: I‘d love to turn you on. Es una frase alargada —y amortiguada— por 4 compases. Cantada así, en ese tipo de melodía ascendente y boscosa, la frase deviene un mantra. Lennon dice: “Me gustaría excitarte”. Irina Palm, masturbadora profesional en un puticlub de Londres, piensa únicamente en hacer bien su trabajo. Y no solo bien, sino de manera insuperable. “Me gustaría excitarte”. Irina, seudónimo de la protagonista, Maggie (una abuela viuda que necesita dinero), tiene la mejor mano derecha de la ciudad. Hay largas colas esperando por sus caricias. Ni ella misma sabe cuál es el origen de su éxito. Cuando, a través de un agujero, agarra una pinga en su mano, los hombres concuerdan en decir que lo que viene después es el Paraíso en la Tierra. Irina Palm, masturbadora profesional en un puticlub de Londres. El caso es que Irina Palm, celebridad desconocida, tiene un nieto que necesita ser tratado médicamente en Australia. Y la familia no tiene dinero para costear el viaje ni el tratamiento. La madre del niño, al enterarse de lo que Maggie está haciendo por él, le agradece. En cambio, el hijo de Maggie le grita: “Por Dios, mamá, ¡no puedo creer que a tu edad te hayas convertido en una puta!”.
Imagino a una Irina Palm anisonógama, fijándose, con sorpresa y arrobo inevitables, en el jovencito del pulóver que ostenta una lengua bien conocida por ella. No es la muchacha de 21 años que acompaña a Jagger en la aventura de A Day in the Life, pero sí podría ser, ¿por qué no?, quien habría conseguido acariciar el pene del jovencito después de decirle esa frase de Lennon: I’d love to turn you on. También imagino al joven, por supuesto. ¿Acaso las prácticas sexuales en la Cuba de ahora mismo no constituyen un abismo, perturbador o no, saturado de sobresaltos, delicias, corroboraciones y pequeños infiernos? La vida diaria en la ínsula de la piñeriana “maldita circunstancia” puede describirse gracias a las testificaciones y también gracias a ese realismo lógico que se apoya en la experiencia y la presunción lícita. Hablo con jóvenes, trato de informarme cuidadosamente. Pocas excepciones aparte, no conozco a ninguno que no fantasee —¿candor entusiasmado?— con la idea de tener sexo con una mujer madura. La cola avanza, tarareo —en mi mente— algunas partes de A Day in the Life, y el joven pasa a unos centímetros de mí con su carga de huevos. Y deja un aroma que no logro identificar, pero que es el de alguna colonia feliz, por así llamarla. Cuando ya me toca comprar, veo que solo son 15 huevos (5 por cada integrante del núcleo familiar). El carnicero me ofrece 30 (un cartón) a 2 000 CUP. —Tú nunca me has comprado, embúllate —murmura chispeante. —Muy caro —le digo. —Es cierto… ¡Pero señor!, al menos una vez en la vida, ¿no? —contesta y ríe. El cerebro se me ilumina. “Un día es un día, un día en la vida”, admito y me encojo de hombros. A Day in the Life. Y empiezo a contar mi dinero. Pero todavía no he encontrado un establecimiento donde haya gloryholes y empleadas —o empleados— como Irina Palm. El realismo lógico me impulsa a pensar en positivo, con esperanza, aunque me tilden de presuntuoso y novelero. No conozco a ninguno que no fantasee con la idea de tener sexo con una mujer madura. De ese reino del lingue transitorio, donde se da el milagro del habla ausente, del lenguaje ocluido, solo tengo, en el palacio de mi memoria —sobre esto mucho sabía San Agustín—, el recuerdo de un baño público mexicano, en Guadalajara.
Pero la baronesa Sacher-Masoch, alias Irina Palm, alias Maggie, alias Marianne Faithfull, no estaba —ni estaría— allí, en ese avatar del inframundo azteca. Sin embargo, soy optimista. La Habana ha de encontrarse ya entre las cuatro o cinco ciudades más secretas y transformistas del mundo, y las pulsiones de vida, sexo y muerte son aquí, en mitad de un descojonamiento grandioso, la mejor cortesía de la metástasis. |
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