El más siniestro símbolo de ese Islam opresor es el velo de la mujer,
el hiyab, por no hablar ya del niqab que cubre el rostro, o el burka que cubre
el cuerpo. Por lo que significa de desprecio y coacción social: si una mujer no
acepta los códigos, ella y toda su familia quedan marcados por el oprobio. No
son buenos musulmanes.
Arturo Pérez Reverte
XLSemanal - 29/9/2014
Vaya por Dios. Compruebo que hay algunos idiotas -a ellos iba dedicado
aquel artículo- a los que no gustó que dijera, hace cuatro semanas, que lo del
Islam radical es la tercera guerra mundial: una guerra que a los europeos no
nos resulta ajena, aunque parezca que pilla lejos, y que estamos perdiendo
precisamente por idiotas; por los complejos que impiden considerar el problema
y oponerle cuanto legítima y democráticamente sirve para oponerse en esta clase
de cosas.
La principal idiotez es creer que hablaba de una guerra de cristianos
contra musulmanes. Porque se trata también de proteger al Islam normal,
moderado, pacífico. De ayudar a quienes están lejos del fanatismo sincero de un
yihadista majara o del fanatismo fingido de un oportunista. Porque, como todas
las religiones extremas trajinadas por curas, sacerdotes, hechiceros, imanes o
lo que se tercie, el Islam se nutre del chantaje social. De un complicado
sistema de vigilancia, miedo, delaciones y acoso a cuantos se aparten de la
ortodoxia. En ese sentido, no hay diferencia entre el obispo español que hace
setenta años proponía meter en la cárcel a las mujeres y hombres que bailasen
agarrados, y el imán radical que, desde su mezquita, exige las penas sociales o
físicas correspondientes para quien transgreda la ley musulmana. Para quien no
viva como un creyente.
Por eso es importante no transigir en ciertos detalles, que tienen
apariencia banal pero que son importantes. La forma en que el Islam radical
impone su ley es la coacción: qué dirán de uno en la calle, el barrio, la
mezquita donde el cura señala y ordena mano dura para la mujer, recato en las
hijas, desprecio hacia el homosexual, etcétera. Detalles menores unos, más
graves otros, que constituyen el conjunto de comportamientos por los que un
ciudadano será aprobado por la comunidad que ese cura controla. En busca de
beneplácito social, la mayor parte de los ciudadanos transigen, se pliegan,
aceptan someterse a actitudes y ritos en los que no creen, pero que permiten
sobrevivir en un entorno que de otro modo sería hostil. Y así, en torno a las
mezquitas proliferan las barbas, los velos, las hipócritas pasas -ese morado en
la frente, de golpear fuerte el suelo al rezar-, como en la España de la
Inquisición proliferaban las costumbres pías, el rezo del rosario en público,
la delación del hereje y las comuniones semanales o diarias.
El más siniestro símbolo de ese Islam opresor es el velo de la mujer,
el hiyab, por no hablar ya del niqab que cubre el rostro, o el burka que cubre
el cuerpo. Por lo que significa de desprecio y coacción social: si una mujer no
acepta los códigos, ella y toda su familia quedan marcados por el oprobio. No
son buenos musulmanes. Y ese contagio perverso y oportunista -fanatismos
sinceros aparte, que siempre los hay- extiende como una mancha de aceite el uso
del velo y de lo que haga falta, con el resultado de que, en Europa, barrios
enteros de población musulmana donde eran normales la cara maquillada y los
vaqueros se ven ahora llenos de hiyabs, niqabs y hasta burkas; mientras el
Estado, en vez de arbitrar medidas inteligentes para proteger a esa población
musulmana del fanatismo y la coacción, lo que hace es ser cómplice,
condenándola a la sumisión sin alternativa. Tolerando usos que denigran la
condición femenina y ofenden la razón, como el disparate de que una mujer pueda
entrar con el rostro oculto en hospitales, escuelas y edificios oficiales -en
Francia, Holanda e Italia ya está prohibido-, que un hospital acceda a que sea
una mujer doctor y no un hombre quien atienda a una musulmana, o que un imán
radical aconseje maltratos a las mujeres o predique la yihad sin que en el acto
sea puesto en un avión y devuelto a su país de origen. Por lo menos.
Y así van las cosas. Demasiada transigencia social, demasiados paños
calientes, demasiados complejos, demasiado miedo a que te llamen xenófobo. Con
lo fácil que sería decir desde el principio: sea bienvenido porque lo
necesitamos a usted y a su familia, con su trabajo y su fuerza demográfica.
Todos somos futuro juntos. Pero escuche: aquí pasamos siglos luchando por la
dignidad del ser humano, pagándolo muy caro. Y eso significa que usted juega
según nuestras reglas, vive de modo compatible con nuestros usos, o se atiene a
las consecuencias. Y las consecuencias son la ley en todo su rigor o la sala de
embarque del aeropuerto.
En ese sentido, no estaría de más recordar lo que aquel gobernador británico en la India dijo a quienes
querían seguir quemando viudas en la pira del marido difunto: «Háganlo, puesto
que son sus costumbres. Yo levantaré un patíbulo junto a cada pira, y en él
ahorcaré a quienes quemen a esas mujeres. Así ustedes conservarán sus
costumbres y nosotros las nuestras».