AZABACHE
Boletín Ideoteórico del Centro de Estudios e Investigaciones Sociales Afrocolombianas, CEISAFROCOL, Personería Jurídica No.093 de 1.986, marzo de 2024.
CARLOS MARX Y SUS PUNTOS DE VISTA SOBRE LA ESCLAVITUD CAPITALISTA, Y EL CASO DE HAITÍ.
Por: José Eulícer Mosquera Rentería.
Al cumplirse los 141 años de fallecimiento del más grande científico social que ha tenido la humanidad y quien le legara la ideología más humanista que haya podido existir, Carlos Marx, es preciso recordar algunas de sus enseñanzas de mayor vigencia. En el Manifiesto el Partido Comunista, el primer tomo de El Capital y otros escritos, Carlos Marx dejó claro que bajo el sistema capitalista la esclavitud no se acaba, sino que se disfraza con el trabajo asalariado, la plusvalía y la farsa de la “democracia” capitalista. Y que el capitalismo, bajo determinadas situaciones históricas, continuaría recurriendo a formas de opresión arcaicas y crueles para mantener sus procesos de acumulación de capital, como la esclavización de africanos del siglo XVI al XIX.
Manifestación de pueblo haitiano por la democracia y la justicia social, y contra las intervenciones imperialistas.
Al respecto, el filósofo e investigador social italiano, Diego Fusaro*, acaba de publicar una obra que aborda esta temática con profunda objetividad y contextualizada con la realidad del mundo actual, titulada: “Marx y la Esclavitud”. La conclusión central de Fusaro es que el modo de producción capitalista consiste en la explotación de una fuerza de trabajo que, desde el punto de vista jurídico-formal, ha sido vendida “libremente” por su poseedor, el trabajador. Pero es preciso decir que Marx también presenta textos informales en los que presenta el capitalismo como un sistema de esclavitud. El capitalismo es una más de las distintas formas específicas de dominación del hombre sobre el hombre, aquella que precisamente ha “perfeccionado” al máximo el juego de apariencias y realidades. Es un sistema que aparentemente garantiza una libertad contractual del individuo, sea éste pobre o rico, pero al mismo tiempo, este es “un sistema que permite exprimir el jugo a la sustancia humana laborante sin por ello recurrir a la coacción extraeconómica”. Pues se trata de personas pertenecientes a familias despojadas violentamente de los medios de producción y, por ende, obligadas a vender su fuerza de trabajo, mediante un contrato, para poder sobrevivir. Es una libertad limitada y condicionada por la situación social a que ha sido obligado históricamente.
Tras el esclavismo antiguo o la servidumbre feudal, siempre estaba presente la violencia como espada de Damocles, la coacción no económica que garantizaba, no obstante, réditos, ventajas económicas y de otro tipo al esclavista o al señor dominante. Pero la “esclavitud” capitalista no necesita recurrir al látigo o a otras coacciones extraeconómicas para obtener plusvalía de la fuerza de trabajo explotada. La propia condición jurídico-formal del obrero, sujeto “libre” e “igual” al confrontarse con el contrato y con el señor, es requisito esencial para que el obrero sea explotado.
Pero Fusaro en su libro deja claro que en realidad, la explotación puramente económica lograda por el capitalismo es un “tipo ideal”, una especie de arquetipo o núcleo central que identifica este modo de producción frente a los anteriores, no obstante, el capitalismo desde sus inicios hasta hoy nunca ha renunciado del todo a la esclavitud en sentido estricto, es decir, a la dominación extra-económica, violenta y coactiva que estuvo presente en sus orígenes, como la expulsión violenta de los granjeros de las Islas Británicas durante los primeros siglos de la Edad Moderna, convirtiendo las tierras cultivables en eriales, cotos de caza o de pasto para ovejas con el fin de generar violentamente la clase proletaria que acudiera en masa a la ciudad en busca de trabajo y de esta manera poderle ofrecer los más bajos salarios y condiciones de trabajo y de vida degradantes. Por otra parte, recurrió a la agresión imperialista-colonialista sobre tierras y pueblos de fuera de Europa con el fin de integrarlos forzosamente al sistema capitalista mundial, como territorios extractivos de materias primas y mano de obra esclava o cuasi-esclava y, posteriormente, como mercados compradores de las mercancías de las industrias de las metrópolis, para hacer efectiva la plusvalía extraída a los trabajadores de sus industrias. Y en todos estos casos, la violencia y la esclavitud estricta aparecen. De esta manera fue impuesto y se sostiene el sistema capitalista mundialmente.
La modernidad liberal/burguesa ofrece una libertad aparente, hipócrita, desde la Revolución Francesa, cuando los mismos revolucionarios liberales asesinaron en la guillotina a Olympe De Gouge, la abanderada de la lucha por la igualdad, incluida la libertad de los africanos y sus descendientes en condición de iguales.
Además, no se puede olvidar que existieron y existen otras formas de esclavitud similares a las “casas de trabajo” inglesas, donde muchas familias, incluidos los niños, eran secuestradas para obligarles a trabajar casi gratis para ciertos patronos; los secuestros de niños huérfanos o desconectados de sus padres, así como chicas desamparadas, seres humanos, todos ellos, enviados a las fábricas o a las colonias, en condiciones de esclavitud similar y en algunos casos peor que las de los africanos/negros; lo mismo el trabajo de convictos. La esclavitud estricta o formal es consustancial a la otra esclavitud, material o asalariada, que es la que Marx estudió y combatió a profundidad y con vehemencia.
Marx también dejó claro que, por su naturaleza colonialista e invasora, el capitalismo lleva implícito el racismo y la discriminación racial, que ha aplicado con mayor intensidad a los pueblos africanos/negros para convertirlos en fuerza laboral súper barata y hasta gratis, para con ello abaratar lo que los capitalistas denominan el mercado laboral a nivel mundial, donde la fuerza de trabajo es una mercancía más.
Hoy sigue existiendo la trata de persona sea como fuerza de trabajo de las industrias y empresas capitalistas, para el negocio de la prostitución, mulas del narcotráfico – en el entendido de que los narcotraficantes lo que constituyen son empresas capitalistas -, el mercenarismo militar y otras modalidades; y el desarrollo de la virtualidad y la digitalización en todos los ámbitos de la vida, pueden traer nuevas y más terribles formas de esclavitud estricta y formal que las conocidas, y por efectos del consumismo, las manipulaciones ideológicas y mediáticas de los centros de poder imperiales, podemos estar alcahueteando inconscientemente la implantación de nuevas cadenas esclavistas que no son metálicas.
De acuerdo con Marx, la contradicción económica, que tiene su origen en la relación obrero-patronal, se convierte en contradicción política que a su vez genera y justifica la lucha de clases por el control del poder.
Desde hace décadas atrás, las potencias neocolonialistas europeas y los Estados Unidos de América vienen imponiendo la esclavitud estricta/formal y material a diferentes pueblos de África, Asia y Oceanía a través de la provocación de guerras intestinas y civiles, e invasiones militares, donde el genocidio del pueblo de Palestina, para lo cual están utilizando a su sub imperialismo sionista, Israel; el caso del conflicto provocado entre Ucrania y Rusia en aras de apoderarse de sus territorios ricos en recursos naturales estratégicos, de sus economías y avances científicos y tecnológicos heredados del socialismo soviético; el conflicto interno y la miseria de Haití, y las invasiones militares permanentes de Estados Unidos a este país caribeño, son muestras elocuentes del oscuro destino hacia donde están llevando estas potencias capitalistas a la humanidad, con lo cual están dando vigencia a las afirmaciones marxistas.
En el caso particular de Colombia, es necesario entender que las oligarquías dominantes que emergieron del colonialismo ibérico y, últimamente, de la corrupción y del narcotráfico, no dejaron de ser esclavistas ni colonialistas y hoy apoyadas en el narco paramilitarismo y en prácticas neocoloniales, despojan a las comunidades de sus territorios y les imponen modos de vida esclavistas.
En el caso de Haití, fueron varios movimientos sociales e independentistas que iniciaron a comienzos del siglo XVI y tomaron su mayor auge en 1790, donde se combinaron levantamientos de esclavizados negros y de mulatos libertos influenciados por la Revolución Francesa, de 1789, en su lucha contra el esclavismo, la exclusión social y por la independencia nacional. En estas luchas se destacó Toussaint Louverture como el máximo líder y quien a la postre se convirtió en padre de la independencia haitiana, redactó una Constitución tomando como modelo la francesa, que era una constitución liberal/burguesa, puso andar un programa económico de empoderamiento popular al cual se opusieron vehementemente la clase esclavista/colonialista local y las clases altas de la sociedad francesa, con su gobierno y sus poderosas fuerzas armadas.
En respuesta a la actitud patriótica y libertaria del pueblo haitiano, Napoleón envió un poderoso ejército en 1801, con la misión de derrotar y destruir el proyecto patriótico del pueblo haitiano, retomar el control sobre este territorio y sociedad colonial, con su nuevo proyecto de constituir un gran imperio de Francia en América, al unir Haití con Luisiana, localizada en las riveras del rio Mississippi en la América del norte.
Toussaint después de duras batallas fue capturado con engaño por el poderoso ejército francés, conducido a una cárcel en Francia, donde lo condenaron a muerte por hipotermia, bajo un intenso invierno. Pero el proceso de liberación, independentista y de reivindicación social haitiano continuó con mayor fuerza, bajo el liderazgo de Jean Jacques Dessalines, desatando la guerra a muerte que condujo a la declaración de la Independencia Definitiva el 1° de enero de 1804. Pero los poderes coloniales europeos encabezados por Francia, nunca perdonarían a Haití ni reconocerían su independencia y se empeñaron en hacerle pagar caro su osadía.
Los gobernantes haitianos Dessalines y Petión en varias oportunidades dieron su apoyo material, consejos y orientaciones a Francisco de Miranda y a Simón Bolívar para la lucha independentista en las colonias del sur de América. Lo cual se convirtió en otra razón de las potencias coloniales para condenar a Haití a la pobreza, la miseria y el sufrimiento sin límites, con lo cual contemporizaron de manera inconsecuente y traidora los gobiernos de los países que emergieron en las Américas con el logro de las independencias.
Al llegar el siglo XX irrumpió Estados Unidos como poder imperial mundial y bajo la doctrina Monroe, asumió el compromiso de hacer pagar a Haití su osadía de querer ser libre y soberano, y de esta manera ha contribuido a que se convierta en el país más empobrecido y violento del hemisferio occidental.
A partir de 1910, Estados Unidos inició una serie de intervenciones e invasiones militares sobre Haití, Destacándose la de 1915, cuando el presidente demócrata Woodrow Wilson ordenó la invasión de Haití, poniendo su gobierno, ejército, aduanas y finanzas bajo administración de Washington y convirtiendo al país en una colonia de Estados Unidos, donde sus fuerzas armadas permanecieron en el país por 18 años hasta 1933, y durante este tiempo asesinaron a miles de haitianos y cometieron toda clase abusos con la población, en particular con las mujeres, y se le impuso a Haití una Constitución redactada en Washington, que desde luego garantizaba los intereses colonialistas del nuevo imperio y de Francia.
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Toussaint Louverture |
Olympe De Gouge |
Durante los primeros 25 años de control de Estados Unidos, reinó la inestabilidad en el país, hasta que en 1957 con base en acuerdo con Francia, impusieron en el poder a François Duvalier, quien gobernó como presidente vitalicio, con una crueldad desbordante contra el pueblo haitiano y en particular contra quienes manifestaban ideas de izquierda o diferentes a las suyas y contrarias a los intereses imperiales, cometiendo muchas masacres, asesinatos selectivos, desapariciones, destierros, detenciones arbitrarias, torturas y persecuciones, con el respaldo de los gobiernos de Estados unidos y sus organismos policivos y militares.
A la muerte de François Duvalier, lo sucedió su hijo, Jean-Claude Duvalier, quien dio continuidad a las políticas de su padre, hasta que fue derrocado en 1986, y se fue a vivir entre sus mansiones y negocios de Francia, Estados Unidos y Canadá, dejando a su pueblo en la pobreza absoluta y sumido en la peor violencia.
En el mes de junio de 1988 se realizaron elecciones en las que salió electo Leslie Manigat, constituyéndose en el primer presidente elegido democráticamente en más de 30 años, pero muy pronto fue derrocado y se inició un periodo de gobiernos militares golpistas y obedientes a Washington, hasta que en 1991 fue elegido Jean Bertrand Aristide, un político y sacerdote salesiano militante de la teología de la liberación, quien también fue derrocado y gracias a la presión internacional se reinstaló en el gobierno, sin embargo, en 2004 cuando el país conmemoraba el bicentenario de su independencia, Estados Unidos organizó un Golpe de Estado derrocando a Aristide, porque exigió que tanto Francia como USA repararan a Haití y que particularmente Francia iniciara por devolverle los recursos cobrados a su país por el reconocimiento de su independencia, lo cual llevó a que Haití se sumiera en la violencia sin límites, en una gran crisis de inestabilidad integral, humanitaria y de la seguridad, que ha durado hasta la fecha y que posiblemente se va a extender si no se logra una adecuada intervención de organismos internacionales y multilaterales, en aras de recuperar la democracia, la soberanía nacional, la convivencia pacífica e instaurar un sistema de justicia social.
Estados Unidos con sus intervenciones, genero la intensificación de la violencia y la inestabilidad en Haití, al secuestrar a Aristide utilizando destacamentos de sus ejércitos y policía, sacándolo del país violentamente para finalmente abandonarlo en Sudáfrica.
Posteriormente, las Naciones Unidas crearon una fuerza militar de ocupación con más de 11.000 efectivos, militares y policías de 20 países, que denominó Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití, MINUSTAH, que no ha cumplido con su misión fundacional y, al contrario, según denuncias de voceros del pueblo haitiano y de periodistas de medios internacionales, este contingente de la ONU se dedicó a cometer masacres, asesinatos selectivos y violaciones a mujeres haitianas. La masacre sobresaliente fue la realizada en la ciudad de Soleil, en 2005, con decenas de asesinatos, que incluyeron muchos niños y mujeres.
Para agudizar el sufrimiento del pueblo haitiano, en enero de 2010, se produjo un terremoto que dejó más de 300 mil víctimas fatales, 350 mil heridos, un millón y medio de personas sin hogar y casi totalmente destruida la débil infraestructura del país.
Sin embargo, la ayuda internacional solo alcanzó para paliar la crisis humanitaria que amplió y profundizó el terremoto y, a la vez, fue aprovechada por Estados Unidos para una nueva intervención con 20 mil marines, que se dedicaron a cometer nuevos actos de violencia, abusos y atropellos contra el pueblo haitiano.
Papel nefasto jugo la familia Clinton, del expresidente de USA, quien se propuso como administradora de la mayor parte de estas ayudas a través de su fundación y, finalmente, se quedó con buena parte de ellas, según auditorias internacionales.
Es necesario tener claro que, la situación socioeconómica y política de un pueblo básicamente está determinada por el sistema socioeconómico asumido o puesto andar en la respectiva sociedad. Los líderes afrodescendientes de Haití desde el triunfo de su revolución de 1790, asumieron el sistema liberal/capitalista, mezclado con algo de feudalismo, lo cual llevó a que naciera una clase burguesa negro/mulata que por afinidad de clase, terminó conciliando y uniéndose a las clases y gobiernos burgueses e imperialistas de Francia, Estados Unidos y otras potencias colonialistas europeas, dedicándose en forma indolente para con su pueblo a acumular riquezas con base en actividades empresariales expoliadoras, en la corrupción y el narcotráfico, y para controlar la protesta y la rebeldía del pueblo haitiano, recurrieron a la violencia y a la persecución política con el apoyo material e ideológico de las citadas potencias capitalistas, situación que hoy tiene sumido a ese país hermano en una compleja crisis humanitaria que lo está llevando a su auto destrucción y genocidio. Pues, cada una de las pandillas o bandas pertenece y recibe órdenes de un cacique político haitiano, en la mayoría de casos ligado al narcotráfico y la corrupción, muy poderoso económicamente y que vive entre sus mansiones de Europa, Canadá y Estados Unidos, y solo se asoman al país cuando les interesa hacerse elegir como presidente o parlamentario o a exigir su cuota presupuestal y de poder al mandatario de turno.
Tras el asesinato del presidente Jovenel Moise el 7 de julio de 2021, por mercenarios colombianos contratados por mafias estadounidenses, haitianas y suramericanas, se tomó el poder Ariel Henry, con el respaldo de Estados Unidos y bajo el compromiso de convocar a elecciones unos meses después, un neurocirujano y político que el 5 de julio de 2021 había sido seleccionado para ser primer ministro de Haití y 2 días después, el presidente Moïse es asesinado.
El pueblo haitiano continúa luchando por recuperar su dignidad y sus derechos, por liberarse nuevamente del sistema de esclavitud capitalista o de la modernidad que le impusieron Estados Unidos y las potencias colonialistas de Europa, y en contra de la pretensión del presidente títere últimamente impuesto por Estados Unidos, de prolongar ilegalmente su ejercicio del poder, sustentado en la fuerza y la represión que llevan a cabo las organizaciones paramilitares creadas para reprimir y desviar cualquier insurrección popular por transformaciones estructurales y revolucionarias.
En su libro, Fusaro llama también la atención con respecto a la necesidad de la época, de saber distinguir las izquierdas. Que una cosa es la izquierda liberal/capitalista que nació en el proceso de la Revolución Francesa, que a comienzos del siglo XX en Europa se denominó “socialdemocracia” y que hoy se denomina “Progresismo”, de la izquierda socialista y comunista, la de los verdaderos revolucionarios de esta época, la de Marx, Engels, Lenin, Mandela y Fidel Castro, llamada a realizar los cambios estructurales y sistémicos que demandan los pueblos y su realidad histórica, en aras de su reivindicación y redignificación históricas. Pues el progresismo termina solo maquillando al capitalismo con algunas propuestas sociales copiadas del socialismo real, pretendiendo humanizarlo, lo cual es imposible, porque el sistema capitalista por su naturaleza expoliadora y acumuladora de fortunas sin límites, siempre será cruel y salvaje con los pueblos, por lo cual Marx afirmo que este sistema “nace y muere manando sangre y lodo hasta por los poros”, mucho más ahora que se encuentra herido de muerte. Que el único camino de salvación que le queda a la humanidad, y particularmente a los pueblos negros y de la africanía, es el socialismo que, de acuerdo a las conclusiones marxistas, muchos años después debe conducir a una sociedad comunista. Unas sociedades que se basen en la solidaridad, la sana emulación y el humanismo antes que, en la competencia, la explotación y la supremacía de unos sobre los otros.
Que el capitalismo es un sistema que evoluciona de la libre competencia a los monopolios. Desde la época de Lenin vivimos bajo el capitalismo monopolista e imperialista, donde un reducido grupo de capitalistas a niveles nacionales e internacionales, se apropia de la mayor parte de las riquezas y recursos de toda índole imponiéndose por las buenas o por las malas, para lo cual cuenta con apabullante poder militar y policivo, por lo cual bajo este sistema le queda casi que imposible a los pueblos, comunidades y países históricamente descapitalizados por los colonialismos, como los africanos y sus descendientes, lograr un desarrollo que los redignifique y los haga verdaderamente libres y soberanos.
Por todo lo anterior, Haití merece la solidaridad de los demás pueblos del mundo, especialmente la de los países que emergieron de la Gran Colombia, y la reparación histórica de las potencias coloniales de Europa y de Estados Unidos que han saqueado sus recursos naturales y expoliado su fuerza de trabajo en aras del bienestar y desarrollo opulentos de esos países.
Algo similar a lo ocurrido a Haití por haber sido el primer país en instaurar una sociedad libre y soberana gobernada por ex esclavos, está ocurriendo a la Federación Rusa por haber sido el primer país en instaurar el socialismo, dirigido por representantes de las clases trabajadoras y que prestó solidaridad militante a otros pueblos para que se defendieran y se liberaran de la barbarie capitalistas, hoy todas las potencias colonialistas de Europa y Estados Unidos pretenden ponerla de rodillas y aplastarla. Azabache, marzo de 2024.
*Diego Fusaro: Nacido en Turín, Italia, en 1983, es director de filosofía política en el Instituto de Altos Estudios Estratégicos y Políticos de Milán. De su amplia producción de publicaciones se destacan los textos traducidos al español: "Todavía Marx, El Espectro que Retorna" (2017); “Antonio Gramsci, La Pasión de estar en el mundo" (2018) "Idealismo o barbarie”, “Para una filosofía de la acción" (2018); "Historia y Conciencia del Precariado”; “Siervos y Señores de la Globalización" (2021), entre otros. Es colaborador habitual de varios diarios y revistas de Europa.