Treinta años después de su reunión en Bogotá, vuelve a celebrarse en
Colombia, esta vez en nuestra Cartagena de Indias, la Asamblea General
del Banco Interamericano de Desarrollo, fecunda institución regional
constituida para servir los nobles ideales que su nombre sugiere e
indica.
Oportunidad estatutaria para el balance de sus actividades y logros,
lo es también para mirar a las situaciones y vicisitudes de los
países, no siempre afortunados en la tarea de alcanzar las metas
propuestas.
Banco de las ideas nuevas se le llamó por su inclinación original a
valerse de instrumentos inéditos para despertar la esperanza de los
pueblos, enmendar sus carencias y procurar su bienestar. No habría
cartabones rígidos a todos aplicables, ni desconocimiento de sus
variadas circunstancias, sino examen desprevenido de sus realidades y
fórmulas flexibles para contemplarlas y manejarlas.
Quizá fuera a raíz de la crisis de la deuda cuando este criterio
tendiera a modificarse en otros escenarios y niveles. Lo cierto es que
cundió la idea consagrada en el Consenso de Washington , bajo el
patrocinio de John Williamson de que una serie de medidas uniformes e
inter-relacionadas harían el milagro de proyectar a las naciones
latinoamericanas hacia la prosperidad y el crecimiento de sus ingresos
per cápita.
Merced a su influencia, apoyada con recomendaciones coercitivas, vino
la ola impetuosa de liberaciones y privatizaciones, de minimización
del Estado y alquimia monetarista, en el convencimiento de que
acarrearía otra de transferencias tecnológicas y financieras. Aquí se
hizo la apertura indiscriminada hacia adentro, con menosprecio del
desarrollo hacia afuera. La globalización de las economías todo lo
explicaba y justificaba.
Aparte del escrutinio de resonantes crisis de México primero y ahora
de los países emergentes del Asia falta todavía por realizar la
evaluación de la nueva etapa, en Colombia en particular y en América
Latina en general. Si bien los análisis individuales se han ensayado
sobre la marcha de los acontecimientos, convendría intentar el de
conjunto, militando como militan en la actualidad factores nuevos y
generalizados de inquietud y costo social. Entre nosotros, la
violencia es causa de graves perturbaciones pero asimismo efecto y
resultado de las de otro origen.
En lo positivo, se hallará el fortalecimiento del comercio intra-
regional que al porfiado empeño de integración latinoamericana
corresponde. Sus mecanismos han sufrido reveses y exigido
rectificaciones, pero a la postre han salido indemnes. La mayor la
constituyó la crisis de la deuda, sorteada por Colombia en forma
airosa, cumpliendo rigurosamente sus compromisos y sin necesidad de
apelar a traumáticos expedientes.
Financiación de la capacidad de compra El problema radica en la
incompatibilidad de la lucha contra la pobreza y el incremento
sistémico del desempleo. Las liberaciones comerciales y financieras
ilimitadas han parado en que nuestras economías específicamente la
colombiana pasan del énfasis en la estructura productiva y el
aprovechamiento de las propias energías a la condición de consumidoras
netas, dependientes del crédito extranjero y de las transferencias de
capital.
En otras épocas, tales recursos se utilizaban para fines de
desarrollo, como lo hiciera Estados Unidos a raíz de su Independencia
con los empréstitos holandeses. En nuestros días, se obtienen en
fuentes privadas y se destinan en buena parte a cubrir la brecha entre
importaciones acrecidas y exportaciones rezagadas. Con el aditamento
de que a su turno retroalimentan, por razón de su servicio, el déficit
de la cuenta corriente de la balanza de pagos, si mal no estamos del
5.5 por ciento del Producto Interno Bruto. Los recursos del crédito se
encargan de suplir y mantener la capacidad de compra.
La liberación comercial suponía la financiera. En efecto, a la una
siguió la otra, sin reparar en sus interioridades, lícitas o ilícitas.
En un primer período, los ingresos superaron ventajosamente los
egresos y la tasa de cambio se erigió en ancla de la estabilidad de
los precios internos. Acogiéndose a esa facilidad, cuantiosas
utilidades del narcotráfico se lavaron sin tropiezos o se recataron en
el contrabando. Por golpe de gracia providencial, se había hallado una
herramienta incógnita para vencer la escasez de recursos de cambio
exterior, distinta de las exportaciones.
Costo social La crisis de México puso al descubierto la fragilidad del
andamiaje. No era posible subordinar inversiones permanentes a dineros
sumamente volátiles. En adelante, los países deberían limitar el
endeudamiento a cortísimo plazo y las operaciones financieras de
índole análoga. Pero el problema de fondo subsistió, en cuanto los
consumos continuaron incentivándose y sosteniéndose con endeudamiento.
No fuera tan grande el costo social, el sistema podría prolongarse
indefinidamente si los susodichos créditos generaran hipótesis no
realizada los recursos indispensables para servirlos y amortizarlos.
Pero resulta que el estrangulamiento de la producción nacional se
traduce en desempleo y éste en estímulo a la violencia.
Cuando un país como Colombia pasa de importar un millón de toneladas
de alimentos a cinco millones, deja millares de brazos cesantes,
provoca migraciones desesperadas, suscita más conflicto social y se
expone a la proliferación de los cultivos ilícitos. Si a ello se
agrega el fenómeno del cierre de tantas manufacturas en las ciudades,
singularmente de empresas medianas y pequeñas, se tendrá completo el
cuadro del desajuste social.
Muchos de esos productos alimenticios, si no la mayor parte, son
subsidiados por las naciones industriales de origen o sea que poseen
capacidad competitiva incontrastable. Sobre los demás, se afirma que
es cuestión de educarse y prepararse para competir en un mundo
globalizado. No se explica, sin embargo, qué hacer mientras tanto con
los desocupados y con sus extinguidos medios de subsistencia.
En Colombia, el Consenso de Washington se ha acompañado de
reminiscencias de las políticas de un ministro de Hacienda de la
pasada centuria, históricamente calificadas de anti-nacionales. En su
nombre, el de don Florentino González, se defienden y prohijan,
atribuyendo a deformaciones adventicias las consecuencias del modelo:
caída del ritmo de crecimiento económico, brotes recesivos, desempleo,
pauperización, atascamiento productivo, concentración de la riqueza.
Aquí, la pregunta de Rodrik: Se habrá ido demasiado lejos en el
proceso de globalización? Lleguen estas reflexiones al foro benemérito
del Banco Interamericano, con nuestros votos cordiales por que su
ilustre presidente, Enrique Iglesias, sus gobernadores y funcionarios
tengan grata y feliz estada en tierra colombiana
Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
14 de marzo de 1998
Autor
ABDON ESPINOSA VALDERRAMA