“Yo creo que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que los ejércitos permanentes”. Thomas Jefferson

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fernando

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Feb 8, 2010, 9:18:12 AM2/8/10
to asadetes

“Permítanme emitir y controlar la moneda de una Nación y no me ocuparé
por quien haga las leyes”.

Meyer A. Rothschild


Historia crítica del Banco Central
La autoridad monetaria no es un templo sagrado con sacerdotes que lo
vigilan. Es una institución que estuvo desde su nacimiento al servicio
de distintos proyectos. Un recorrido desde la Década Infame hasta el
Bicentenario.

Hace exactamente 77 años, un 7 de febrero de 1933, la Argentina
firmaba con Inglaterra lo que se dio en llamar el Pacto Roca-Runciman,
que para muchos políticos de entonces, entre ellos el senador Lisandro
de la Torre, y para gran parte de la historiografía argentina
constituyó una de las negociaciones más vergonzosas de nuestros 200
años de historia. Los términos del arreglo deparaban, sin embargo, una
sorpresa más: una cláusula secreta que se conoció tiempo después y que
hoy cobra una sugerente actualidad: la creación en la Argentina de un
Banco Central Mixto donde se le otorgaba a la banca privada de capital
predominantemente británico el control financiero del país.

¿Cómo se llega a esta situación? Luego de la crisis económica mundial
de 1930 los mercados internacionales se cerraban sobre sí mismos y el
gobierno de Agustín P. Justo, que había participado en el
derrocamiento del presidente Hipólito Yrigoyen, estaba decidido a
conceder al Imperio Británico grandes ventajas comerciales,
financieras y legales a cambio de poder seguir vendiéndoles productos
agropecuarios. Eran los tiempos de la llamada “Década Infame”
caracterizada por altos niveles de corrupción, fraude electoral y
represión. Luego de largas décadas de prosperidad, el modelo
agroexportador que tanto había beneficiado a los grandes exportadores
se veía amenazado, y llegar a un acuerdo con Gran Bretaña se les
tornaba desesperantemente necesario. Las exigencias inglesas para
comprar carne argentina abarcaban temas tan diversos como monopolio
del transporte público, monopolio de los frigoríficos y privilegios
financieros.

El gobierno argentino le encargó a Sir Otto Niemeyer, director del
Banco de Inglaterra, el proyecto de creación del BCRA, incluida su
Carta Orgánica. El 31 de mayo de 1933 se aprobó la ley que pone al
banco en funciones. De esta forma pasa a quedar sin efecto la Caja de
Conversión, herramienta institucional que regía las finanzas
argentinas desde 1890 junto al Banco Nación, que a partir de entonces
resigna su rol y queda subordinado. El Banco Central que se creó le
impuso al Estado obligaciones (debía poner la mitad de los capitales)
pero no derechos: no tenía poder de decisión (sólo cinco directores
entre doce) ni la capacidad de tomar préstamos para el gobierno
nacional, provincial o municipal. En suma, protegía los intereses
privados para que el Estado no los perjudicara, y a la vez favorecía
el endeudamiento externo del país.

Su primer director general fue Raúl Prebisch, quien guió la
institución hasta 1943.

En marzo de 1947, durante el gobierno de Juan Domingo Perón, se operó
el primer gran golpe de timón: por Ley 12.962 se nacionalizó el Banco
Central y todo el sistema bancario argentino. Esta medida implicó un
cambio profundo respecto del rol del BCRA en los lineamientos
económicos generales y por ello la idea de autonomía y control privado
fue abandonada.

Los planes y las ideas económicas del gobierno que asumió en 1946 no
eran compatibles con las pautas liberales con las que el banco fue
fundado. Al respecto las declaraciones de Juan Domingo Perón no
dejaban lugar a dudas: “La economía y el libre mercado son sólo
afirmaciones para el consumo de los tontos e ignorantes. La economía
nunca es libre, o la controla el Estado en beneficio del pueblo, o la
controlan las grandes corporaciones en perjuicio de éste”.

Para satisfacer las necesidades del comercio externo e interno se
propuso organizar un mecanismo de crédito que permitiera al gobierno
contar con medios de financiación que no estuvieran supeditados a
intereses de bancos particulares ni a empresas extrajeras. Por ello se
dispuso la nacionalización de los depósitos bancarios que, en lo
sucesivo, fueron recibidos por el Banco Central, por cuenta de la
Nación. Los bancos no podían disponer libremente de los depósitos que
recibían y, para ello, necesitaban la autorización del Banco Central.
Para muchos políticos y economistas de la época, opositores al
peronismo, estas medidas resultaban un avasallamiento del Banco
Central y las instituciones. Incluso no faltó quien tildo al peronismo
de comunista. Sin embargo, esta política había sido votada por el
Congreso y refrendada en la reforma constitucional de 1949 en su
artículo 39.

En septiembre de 1955 el golpe militar que destituyo a Perón tomó
drásticas y predecibles medidas económicas.

Como si nuestra historia fuera un péndulo, los avatares políticos van
delineando nuevas relaciones de fuerza que se plasman claramente en la
economía y los intereses que se imponen. Resulta fuertemente simbólico
el regreso de Raúl Prebisch al poder. El plan que lleva su nombre
inicia un camino que nos resulta conocido.

En efecto, en 1956, mientras se fusilaba a los militares nacionalistas
fieles al gobierno constitucional y se perseguía y reprimía a los
trabajadores, Argentina entraba en el Fondo Monetario Internacional;
se suprimió el control nacional del Banco Central, y se lo sometió a
las normas del Banco de Inversiones de Basilea, cuya sede está ubicada
en la ciudad suiza del mismo nombre, y funciona como un Banco Central
de Bancos Centrales.

Al grito de ¡Autonomía! Se proclamó la independencia del banco
respecto al Poder Ejecutivo pero se lo puso bajo la supervisión y
normativa de un banco privado supranacional propiedad de los Bancos
Centrales de los países industrializados. Por ese entonces aparece la
amarga queja de Arturo Jauretche, quien escribe un libro cuyo título
hace innecesario sumar comentarios: el Plan Prebisch. Retorno al
coloniaje.

El rol que ha tenido el endeudamiento externo en nuestra economía de
la mano del asesoramiento del FMI es ya por demás conocido. Pero en
esta breve historia crítica del BCRA no se puede dejar de revisar la
etapa de la última dictadura militar, en la que la institución fue una
herramienta clave para el descontrolado aumento de la deuda externa,
de la que increíblemente no hay registros contables, como demostró la
comisión investigadora del Congreso de la Nación y la Justicia por
medio del fallo del juez Jorge Ballesteros.

Como símbolo máximo de la inequidad y arbitrariedad queda el paso de
Domingo Cavallo como presidente del BCRA en 1982. En el que mediante
un seguro de cambio le garantiza a grandes empresas privadas la
nacionalización de la deuda que habían contraído en el exterior,
algunas incluso, con sus propias casas matrices. Generando un
crecimiento exorbitante de la deuda pública.

El debate que se nos presenta va mucho más allá de Redrado, y el modo
en que se lo eyectó. Con más de 47.000 millones de dólares de
reservas, una de las cifras más imponentes que se recuerden, la
discusión es claramente política y no sólo económica o metodológica.
¿Qué hacer con esos recursos?

El Banco Central no es un templo sagrado con sacerdotes que lo
vigilan. Es una institución que estuvo desde su nacimiento al servicio
de distintos proyectos.

En este año del Bicentenario se va a hablar mucho de historia. Si de
algo puede servirnos pensar nuestro pasado es para poner sobre el
tapete qué proyecto de Nación nos encolumna de cara al futuro y, desde
esa línea, sin dogmas indiscutibles y sin tecnicismos falsamente
neutros decidir qué sentido, qué forma y al servicio de qué intereses
ponemos a instituciones como el Banco Central.


Sergio Wischñevsky

* Historiador y profesor de la UBA.

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