Las nueve razones del atentado a la AMIA

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Jul 23, 2008, 12:24:16 PM7/23/08
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Las nueve razones del atentado a la AMIA

Palabras pronunciadas por el Rabino Daniel Goldman en el Acto de
Memoria Activa en Plaza Lavalle frente a los Tribunales en Buenos
Aires, Argentina

Si quisiésemos superficializar lo que nos pasó hace 14 años, nos
alcanza con decir que el arma más poderosa de la que disponen los
acomodados es la globalización, que el mundo manifiesta una peligrosa
combinación entre vacío y omnipotencia, y que el hombre nunca ha
tenido en la historia tanto poder, unido a tan poca capacidad
conductora para su utilización. Con esto basta para fundamentar y
definir que un atentado solo “atenta” y es como un accidente:
imprevisible. Y que fue el arribo de un acto fundamentalista y que
como si fuese la fisura en una pared se coló un conflicto de afuera. Y
que los sospechosos están en otro continente y que hay que traerlos
para saber algo más. Todo esto es verdad.

Pero es una verdad expiatoria, una verdad como si fuese una factura
que hay que cobrársela a otro. Una verdad pequeña, que en realidad
oculta la Verdad con mayúscula que no podemos socavar.

En verdad, la Verdad con mayúscula se pregona sosteniendo que para que
haya tal demolición edilicia que produzca un dolor tan agudo y
constante y que haga emitir un grito tan grave que te hace pasar por
todos los estadios (la pena, la bronca, la tristeza, la caída de
espaldas, levantarse, la impasividad, la credulidad, la incredulidad,
la paciencia, la impaciencia, los testigos falsos, y los cassettes
nunca grabados)... para que haya tal demolición edilicia se precisa de
una gran verdad: “la demolición ética de una sociedad”, porque en
materia de calamidades, que esto haya pasado expone el obsceno
testimonio de que ésta no es una sociedad inocente. Esta es una
sociedad que permite que los monstruos puedan seguir conviviendo con
nosotros en las calles y plazas, en los bares, los edificios públicos
y privados, los ascensores y pasillos, los templos y casas de estudio.
Casi todos los monstruos son impunes. Y son impunes por algunas
razones.

1ª razón
Somos una sociedad con características dictatoriales. Nuestra historia
de dictaduras dejó resabios. Marcas, huellas indelebles. Invadieron
con terror de Estado a toda una generación que no está en el estar. Y
sobre esto hay que hablar en cada acto de denuncia, como lo es el de
este día. Hay una línea ideológica muy clara entre lo que pasó en la
dictadura militar y lo que ocurrió en el menemato. No hay
contradicción entre un caso y otro. Hay únicamente complementariedad.
Las amenazas no desaparecieron. Desaparecieron los seres humanos en el
’76 y la humanidad de los seres en el ’94. Venimos de una cultura
inaudita en la que cada tanto nos quieren hacer comprar que los
crímenes de lesa humanidad fueron simples errores producto de una
guerra sucia pero guerra al fin, que los robos de bebés fueron meros
excesos. Del mismo modo que la bomba pudo haber sido una autobomba.
Argumentos execrables.

2ª razón
Si bien se han hecho denodados esfuerzos por cambiar, tuvimos un
aparataje de seguridad que fue un semillero de odio, de insolvencia
profesional, sobre el cual claramente debe caer la sospecha de
protagonismo y colaboración en el ataque perpetrado a la AMIA. Cadetes
del Ejército que en la década del ’90 todavía memorizaban poemarios
procesistas con un hedor antisemita que podía olerse en los cuarteles.
El patetismo de quienes nos debían cuidar los transformó en
monstruosos y deformados seres temerarios, porque ellos son también el
producto de una sociedad fascista.

3ª razón
Somos una sociedad corrupta. Si podías pasar containers de tela sin
declarar, y aparatos electrónicos sin declarar, ¿por que no podrías
pasar explosivos sin declarar?
Obviamente la valoración es distinta. Los primeros dos rubros no son
nocivos. Pero lo común que tienen los tres casos es que el acto es
nocivo. Es corrupción. Somos todos cómplices de una sociedad que se
maneja con parámetros de corrupción. El cortoplacismo de la corrupción
significa tautológicamente que nos conviene ser cómplices de una
sociedad corrupta. Pero el largoplacismo significa el deterioro
salvaje de nuestra dignidad humana. En la corrupción todo vale. En la
corrupción la vida no se preserva y la muerte termina siendo moneda
corriente.

4ª razón
Somos una sociedad injusta. Esta semana, nomás, murieron dos nenes en
una casilla de madera. Somos una sociedad que permite la masacre de
los más débiles y la considera solamente una falta social. Una
sociedad que abandona la garantía de los derechos y que muchas veces
se convierte en gendarme de la injusticia.
Como dice Alberto Morlachetti, estos pibes, que murieron quemados
vivos, son víctimas de mecanismos que desconocen, pero que los
sentenciaron a muerte.
Estos pibes, que murieron quemados vivos, ni siquiera se enteraron de
los memorables debates alrededor de la resolución 125. Y para ellos la
retención falló porque no pudimos retenerles la vida. Una sociedad que
permite que se sentencie a pibes pobres, y que del mismo modo se
preocupa frívolamente de encontrar a la escoria que provocó el acto de
lesa humanidad del ‘94, es una sociedad injusta que refleja una
sostenida brutalidad.

5ª razón
Somos una sociedad sin justicia. Añadiendo a lo que mis amigos de
Memoria Activa dijeron, en estos años se fraguó una conjura para
ocultar datos, confundir pistas y sellar complicidades criminales. Los
eslabones que habrían podido delatar a los culpables de manera directa
fueron desarticulados por los mismos aparatos de la Justicia que
debían perseguir y castigar. Nada garantiza de ahora en adelante que
la verdad y la ley se impongan en juicios que por la falta de pruebas
y simplemente por formalidad prometen ser ceremonias incompletas para
acabar de una vez por todas con el estruendo y las molestias del caso.
Como decía en esta plaza Tununa Mercado: “Cerrar es el verbo, cerrar,
es decir legitimar una matanza cuyo signo antijudío de alguna manera
contenta a fascistas de arriba y de abajo, y aun a ese 17 por ciento
que prefiere no tener vecinos judíos”. Sepamos que el verdadero acto
de solidaridad es únicamente la justicia.

6ª razón
Somos una sociedad individualista. Que critica la injusticia que se
comete con mi ombligo, pero que no le interesa la injusticia que se
produce con el otro. Y si puedo sacar ventaja de la injusticia del
otro, mejor. El “no te metás” nos ha constituido como nación. Para
salir al profundo encuentro de la vida, como sociedad todavía nos
falta mucho para conjugar con plenitud la palabra nosotros. La ley
bíblica dice “no matarás”, pero presume que nos debemos hacer
responsables de cada asesinato y denunciarlos hasta que se aclaren.

7ª razón
Somos una sociedad que vive solo el presente como si fuese perpetuo, y
ni siquiera considera propia la sociedad que heredarán sus hijos.
Sin nostalgias, las generaciones anteriores trabajaban con gran
esfuerzo por las ulteriores. Hoy invertimos todo y las generaciones
futuras terminan trabajando a favor de la actual. Cuando somos
indiferentes a la injusticia del presente, lo que hacemos es expropiar
el futuro. Cuando los problemas más agudos, ligados a dolores
actuales, se arrojan hacia delante, ni más ni menos que para aliviar
los compromisos del presente, arruinamos el acontecer de nuestros
hijos. Instalamos la inmoralidad presente con la gravedad de dejar sin
porvenir moral a lo que viene.

8ª razón
Somos una sociedad que discrimina. Da la sensación de que nuestra
identidad en vez de constituirnos nos diferencia. Somos especialistas
en limitar, clasificar y segregar al otro. Colocamos al otro no como
“nuestro” sino como lo amenazante y a veces y sólo a veces le damos al
otro el sitio que la ley le asigna. Cuando la otra identidad parece
amenazadora, discriminar implica la incapacidad de aceptar las formas
de ser de otras personas y la imposibilidad de respetar sus culturas.
Toda actitud de discriminación en su caso agudo deriva en genocidio.
Somos una sociedad que no asume al otro, al diferente, al
supuestamente distinto, al que tiene una piel extraña, al que es más
gordo o más desgarbado, para ahí derivar a otro tipo de diferencias,
las sexuales, las de religión, o las políticas. En el caso del
antisemitismo, mi maestro Marshall Meyer solía decir: “el enemigo del
judío es el enemigo de la libertad”. Aquellos que organizan el pogrom
de hoy, sin duda atacarán mañana las verdaderas bases de la libertad.
La historia prueba que la estatura moral de una nación que mantiene
silencio frente al antisemitismo colabora en la preparación de su
propia esclavitud.

9ª razón
Somos una sociedad desmemoriada. No existe peor castigo que el
desarraigo de la memoria. Antiguamente desheredar significaba dejar a
alguien sin apellido, y dejar a alguien sin apellido implicaba el
pesado lastre de dejarlo sin pasado. Una sociedad que no encuentra la
necesidad de ejercitar la memoria es una sociedad a la que la vida no
le significa. Decía Meyer que la falta de memoria lleva al alma a
vivir prisionera de un pasado condenado a la eterna repetición en el
cual sentimientos, emociones, frustraciones, errores y dolor están
destinados a ser repetidos, donde los árboles no tienen raíces y la
identidad es artificialmente fabricada.
La sangre de nuestros seres amados que no están corre por las venas de
nuestra memoria. Olvido es sinónimo de impunidad. La lucha por
recapturar la memoria del ayer es el motor que nos impulsa a conseguir
la justicia que tendremos en el mañana.
Y por eso hay esperanza.

La esperanza es un concepto etéreo y vacío si hay gente que está
dispuesta a no cambiar las cosas. Nuestra sociedad está llena de
personas heridas. Pero hay algo más grave: nuestra sociedad está llena
de personas dañadas en su ser más íntimo.
Y por ellos, y por la memoria de los que no están, no debemos dejar
anestesiar nuestra capacidad de amor, de lucha por la justicia, no
debemos abandonar nuestro sentido de solidaridad. Porque hay
esperanza. Porque hay movimientos sociales, porque hay gente que cree
en algo y en mucho, Y fundamentalmente porque las cosas deben cambiar.

Siempre que alguien luche por denunciar con memoria, y siempre que
haya un corazón que escuche las confidencias con memoria, las cosas
pueden cambiar.
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