Lo único cierto parece ser la incertidumbre tras la debacle electoral
republicana del año pasado, de la expulsión de Donald Rumsfeld y de la
busca de una nueva política hacia Irak que nadie sabe cuál podrá ser.
Pero de la derrota puede surgir una nueva ofensiva inesperada.
En la década del ''70, en plena furia de la guerra de Vietnam, se
necesitó un ritmo de muertes mensuales de 3.000 soldados
estadounidenses reclutados por servicio militar obligatorio, a lo
largo de un conflicto que se prolongó por 15 años, y que totalizó más
de 50.000 bajas norteamericanas en combate, para que las calles se
EE.UU. se prendieran fuego, los políticos tiraran la toalla, y la
postrera, indecorosa imagen del último helicóptero norteamericano
despegando de la terraza de la embajada de Estados Unidos en Saigón,
con civiles y militares colgándose de él, diera la vuelta al mundo, y
simbolizara la derrota más humillante que el ejército norteamericano
hubiera sufrido, y sufriría, en mucho tiempo. En los nuestros, alegres
y postheroicos '00, bastaron menos de cuatro años, menos de 3000
muertos de un ejército profesional, voluntario, y una aplastante
derrota republicana que entregó el poder a los demócratas en el Senado
y la Cámara de Representantes para que el presidente George W. Bush
exigiera (de manera igualmente indecorosa) la renuncia inmediata del
secretario de Defensa Donald Rumsfeld (el funcionario públicamente más
asociado con la invasión a Irak), escuchara los consejos de retirada
escalonada de tropas, negociaciones con Irán y Siria y semipartición
del país entre la mayoría chiíta y las minorías sunnita y kurda
emitidos por parte de un panel que parecía importado por el túnel del
tiempo de la administración de su padre, George W. H. Bush (como los
ex secretarios de Estado James Baker y Lawrence Eagleburger, entre
otros) y designara como nuevo jefe del Pentágono (y lograra su
aprobación por el Congreso con velocidad de relámpago) del inobjetable
Robert Gates, un ex subdirector de la CIA bajo Ronald Reagan y Bush
Sr., director bajo Bill Clinton y personalidad a años luz del estilo
tan deslumbrante como provocador, irritativo y arrogante de Rumsfeld.
De hiperpotencia única, Estados Unidos pasó de la noche a la mañana a
parecerse a una especie de supermercado político electoralero.
Frases repetidas
Porque hubo más, mucho más. Después de las recomendaciones de la
Comisión Baker, pareció que el presidente estaba dispuesto a oír
hablar del repliegue escalonado de sus tropas, del inicio de
negociaciones con Irán y Siria y del taparrabos del fortalecimiento de
unas "fuerzas de seguridad iraquíes" que en realidad constituyen el
eslabón más débil de la ocupación y el blanco más frecuente de la
resistencia iraquí autóctona y del terrorismo exportado por Irán y
Siria. Pero no: ya al día siguiente Bush estaba repitiendo su mantra
de que EE.UU. está ganando, que no tiene fechas para dejar a Irak y
que la única condición para hacerlo era la victoria. En esto fue
contradicho sin rodeos por su propio, flamante secretario de Defensa,
quien en una audiencia del Congreso declaró de plano que Estados
Unidos no estaba ganando la guerra, y replicó a quienes -como el
senador, héroe de Vietnam y precandidato presidencial republicano John
Mc Cain y sectores de la derecha republicana-, pedían el envío de más
tropas, diciendo: "No hay más tropas". Y, lo que es más importante:
"No hay dinero". Con lo cual se creó otra enredadera de confusiones:
si lo que valía era lo que había dicho Bush, ¿para qué lo había echado
a Rumsfeld, que decía exactamente lo mismo? Si lo que valía era lo que
había dicho Gates, ¿cómo evitar que un retiro, por más escalonado que
fuera, terminara siendo visto por todos los terroristas y
antiimperialistas del mundo como un triunfo sobre el Gran Satán? Si lo
que valía era lo dicho por la Comisión Baker, ¿cómo evitar que Irán y
Siria se lanzaran a una guerra por los riquísimos y estratégicos
despojos de lo que queda de Irak, del mismo modo que las negociaciones
de París fueron sólo el camino diplomáticamente elegante para que el
Vietcong se devorara sin piedad a Vietnam del Sur? Y ¿en qué clase de
semipartición voluntaria, con distribución equitativa de la renta del
petróleo, podrán confiar los sunnitas, carentes del crudo en que
abundan los chiítas y kurdos, después de un conflicto que ha dejado
más de 100.000 muertos iraquíes? Y si lo cierto es lo que dice McCain,
¿de dónde van a sacar las tropas, el dinero y el tiempo para
entrenarlas que requeriría su envío a lo que ya es un país en llamas?
Porque, sin olvidar que EE.UU. vive desde hace al menos cinco años de
prestado (y de prestado de China, a la que considera su futuro rival
estratégico, pero que ha empezado a diversificar sus compras de bonos
en dólares en favor de euros, ante lo que parece un déficit
norteamericano imparable), el entrenamiento de un soldado para Irak
lleva más de un año -cuando todo puede ya haber terminado-, y una cosa
era abrumar el país de tropas en 2002, cuando empezó la invasión, que
ahora, cuando parece haber empezado el desbande. (La última voltereta
en esta charada es el anuncio del presidente Bush de que enviará
20.000 tropas adicionales -se necesitaría alrededor de 10 veces ese
número para hacer una diferencia, no se sabe si esas 20.000 no serán
usadas para rotar fuerzas actualmente en Irak- y que el compromiso
norteamericano en Irak no es "por tiempo indefinido", lo que el
temblor en la mano del aspirante a emperador ya debería haber hecho
claro para todo el mundo).
Compleja sitaución
Comenzar a desenredar esta madeja requiere un corto viaje al pasado.
Rumsfeld, el vicepresidente Dick Cheney y la plétora de
neoconservadores de que llenaron en el primer período de Bush Jr. los
consejos de asesores del Pentágono han sido ingenuamente descriptos
por sus enemigos, tanto los de izquierda como los de derecha, como un
turbio conciliábulo de hombres fríos, pesimistas, con una visión
oscura y hobbesiana del mundo, donde "el hombre es el lobo del
hombre", la única pasión es el miedo y todo se basa en la ley del más
fuerte, las relaciones de fuerza y el empleo del conservadorismo más
extremo en su modo y contenido de ejercicio del poder. En realidad,
nada está más lejos de la verdad. Los nuevos hombres del Pentágono
eran revolucionarios, optimistas, idealistas, casi "trotskystas de
derecha". Gente que se propone (por más motivos económicos y
geopolíticos ulteriores que tuvieran) exportar la democracia
occidental a un país árabe sin ninguna experiencia de ella, oprimido
primero por el Imperio Otomano, luego por el Británico, finalmente por
el torturador y gaseador Saddam Hussein, y cuyas fronteras de
"independencia" fueron trazadas con regla y compás por un Foreign
Office siempre preocupado por establecer la dictadura económica y
militar de la minoría sobre las mayorías, de modo de crear una
inestabilidad y un juego de poder intermitantes que lo favorecieran
("Jordania fue una idea que se me ocurrió un día de primavera, a eso
de las 5 de la tarde", bromeó una vez Winston Churchill), merece la
acusación de ingenuidad, por lo menos. Por eso Rumsfeld tuvo razón
contra sus generales en el uso de una fuerza liviana, de 140.000
hombres más o menos, para capturar Bagdad y el resto del país en una
blitzkrieg de unas tres semanas; pero por eso mismo sus generales
tuvieron razón contra él cuando insistieron que la ocupación del país
iba a depender al menos de 500.000 hombres. Rumsfeld rompió toda la
estructura de Saddam (incluyendo el imprudente desbande de todo su
ejército, cuando lo más seguro hubiera sido cooptar a su mayor parte,
para evitar el pase a la resistencia de unos hombres sólo entrenados
para pelear y para matar). Pero el resultado fue dejar en su lugar a
la anarquía y el caos, lo más lejano que puede imaginarse a una típica
opresión colonial. Y fue peor, porque si Rumsfeld, Cheney y los otros
imaginaban al "nuevo Irak" como trampolín y cabecera de playa para la
desestabilización democrática de las dictaduras vecinas, lo que
ocurrió fue lo exactamente opuesto: el vecino Irán chiíta y terrorista
empezó a armar y a instruir a sus hermanos chiítas del vecino sur
iraquí, y Siria hizo lo propio al avivar la feroz resistencia de los
sunnitas del centro del país, que eran los que más tenían que perder
de la ocupación. Los pentagonistas aseguraban que los iraquíes
recibirían a los norteamericanos tirándoles flores desde las ventanas;
en lugar de eso, el primer acto político importante tras la caída de
la tiranía saddamista fue la vista de millares de chiítas
autoflagelándose ensangrentados en un peregrinaje religioso largamente
prohibido por Saddam. Alguien debió haberse percatado de que el
desemboque de ese peregrinaje no sería la democracia. (Es cierto que
luego se votó libre y masivamente y bajo la amenaza terrorista de Al-
Qaida y grupos asociados, pero se lo hizo sobre líneas sectarias; los
sunnitas boicotearon la primera votación; luego, al advertir su error,
participaron en la segunda, pero sus resultados no excedieron el 20
por ciento de la población que constituyen, y el resto fue un embrollo
de negociaciones de división de poderes cada vez más arcanas para el
hombre de la calle a medida que los coches bomba se sucedían y la
muerte y la violencia se volvían realidad cotidiana en el país).
"América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve
a ser un imperio", decía el Borges más conservador en la década del
'70. Estados Unidos tiene poder de fuego, de ataque y de conquista sin
rival; no así de permanencia. Esto fue profundizado por, precisamente,
la guerra de Vietnam, cuyo desenlace con la construcción de un
ejército de voluntarios terminó convirtiendo a este último en poco más
que una oficina de reparto de becas universitarias gratuitas, o casi
gratuitas, para jóvenes que no podrían pagarlas de otro modo, a cambio
de lo que podría calificarse como poco más que trabajo voluntario. La
feminización de la sociedad norteamericana y su conversión en una
clase única de negociantes y comerciantes después del movimiento de
Woodstock, de "paz y amor", de "hagamos el amor y no la guerra" y
otras cruciales herencias de los años '60 también tuvieron algo que
ver con esto.
Pero la política externa es continuación de la política interna.
Después del resplandeciente (y justo, y justificado) triunfo en
Afganistán en represalia por la voladura de las Torres Gemelas,
Rumsfeld y Bush empezaron a evolucionar en una dirección cada vez más
extraña, más anómala. Primero, con la invasión de Irak, país del que
todo el mundo sospechaba que tenía armas de destrucción masiva (aunque
no se encontraron nunca) pero del que casi todo el mundo también sabía
que no había tenido nada que ver con los ataques de Osama bin Laden
contra Nueva York y Washington. Pero pronto se vislumbró el verdadero
móvil en la idea de "nation building", de construir una nación donde
no la había, una noción repelente hasta para el más idealista de los
wilsonianos. Es cierto que Alemania y Japón fueron reconstruidas con
ayuda norteamericana, pero Alemania y Japón habían sido naciones
constituidas y exitosas por muchísimo tiempo antes de su derrota, con
homogeneidad cultural, histórica y de valores; Irak era sólo una
arenosa colcha de retazos poscoloniales. En ese sentido, siempre hubo
un encantador pero irreal parecido a Trotsky en lo de Rumsfeld y los
suyos: en la intención voluntarista de quemar las etapas históricas,
de acelerarlas artificialmente con su "revolución permanente", de
dejar atrás el pasado y promover el futuro, fuera con la democracia, a
punta de pistolas o a bombazos de los B-52s.
Conclusión
En otras palabras, la invasión a Irak fue una anomalía, que el cuerpo
político norteamericano no demoraría en rechazar, si los resultados no
procedían con la velocidad de un pueblo acostumbrado al zapping y al
fast-food. Pero el hecho tiene consecuencias geopolíticas serias, que
exceden de lejos el rencoroso conventillerismo de la política interna
norteamericana: el envalentonamiento de los terroristas y países
opuestos a EE.UU. (como Rusia, China, Irán, Corea del Norte, etc.), y
el correlativo distanciamiento de los países que EE.UU. podría llegar
a considerar sus aliados para guerras futuras. Gran Bretaña (definida
por el estratega militar estadounidense Edward Luttwak como "la última
nación guerrera de Occidente"), que fue ex potencia colonial en Irak,
y cuya zona de ocupación en el sur del país no casualmente resultó la
relativamente más tranquila del país, vacilará antes de conceder su
apoyo a alguna nueva alianza pedida por su poderoso primo
transatlántico. Y sin el "primo británico", que es el aliado más fiel
de EE.UU., la estrategia norteamericana en Europa (la vieja o la nueva
Europa, según cómo las clasifique ahora Rumsfeld) tambalea. Ya Tony
Blair ha vuelto a insistir en el derecho de los palestinos a tener un
Estado, y a pedir a Bush que presione a Israel a tal efecto. Ese
arabismo es normal, es política tradicional del Foreign Office; lo que
no era normal era Tony Blair, porque Tony Blair era otra anomalía.
Pero, por esa lógica paradójica de la estrategia que tanto le gustaba
subrayar a Karl von Clausewitz (y, más contemporáneamente, a Edward
Luttwak), éste puede no ser el final de esta historia. Negros
nubarrones de guerra vuelven a cernirse sobre el Golfo Pérsico, pero
esta vez en una dirección diferente: Irán. Una gran concentración de
fuerzas aeronavales se está concentrando de frente a la desacreditada
teocracia terrorista, con el objetivo presunto de lanzar un ataque
preventivo contra las instalaciones nucleares de un país que niega el
Holocausto y se ha juramentado a destruir a Israel. El razonamiento de
Bush (y de Rumsfeld, cuyo alejamiento del Departamento de Defensa
empieza a parecer cada vez más una mascarada) sería: ya que no tenemos
nada que perder, ¿por qué no ir a la raíz del asunto? Fuentes de
inteligencia consultadas por este periodista sitúan las posibilidades
de un ataque preventivo de este tipo (considerando, claro, la
dispersión y ocultamiento de los procesos nucleares iraníes) en un
"fifty-fifty". Y coinciden en apuntar a una fecha: marzo.
Por último, Japón y Corea del Sur van a tener que empezar a pensar
cada vez más seriamente en sus propias defensas y a confiar cada vez
menos en un "paraguas nuclear" estadounidense que se ha probado lleno
de agujeros. Pero Israel, de cara a un Líbano en nueva preguerra civil
donde las facciones prosirias se hacen cada vez más fuertes, sólo
puede quedar favorecida por las perscpectivas de un ataque contra su
principal enemigo.
* Analista internacional.