Una mañana mientras cortaba rosas de su jardín, Florentino Ariza no
pudo resistir la tentación de llevarle una en la próxima visita. Fue
un problema difícil en el lenguaje de las flores por tratarse de una
viuda reciente. Una rosa roja, símbolo de una pasión en llamas, podía
ser ofensiva para su luto. Las rosas amarillas, que en otro lenguaje
eran las flores de la buena suerte, eran una expresión de celos en el
vocabulario común. Alguna vez le habían hablado de las rosas negras de
Turquía, que tal vez fueran las más indicadas, pero no había podido
conseguirlas para aclimatarlas en su patio.
Después de mucho pensarlo se arriesgó con una rosa blanca, que le
gustaban menos que las otras, por insípidas y mudas: no decían nada. A
última hora, por si Fermina Daza tenía la malicia de darles algún
sentido, le quitó las espinas.
Fue bien recibida, como un regalo sin intenciones ocultas, y así se
enriqueció el ritual de los martes. Tanto, que cuando él llegaba con
la rosa blanca ya estaba preparado el florero con agua en el centro de
la mesita de té. Un martes cualquiera, al poner la rosa, él dijo de un
modo que pareciera casual.
- En nuestros tiempos no se llevaban rosas sino camelias.
- Es cierto –dijo ella-, pero la intención era otra, y usted lo sabe.
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