La infecunda mansedumbre

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Sep 16, 2008, 1:45:14 PM9/16/08
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La infecunda mansedumbre

Gustavo D. Perednik



De la obsecuencia ante el odio, y de su inutilidad



Decapitar a quienes insultan al IslamCuando Israel cumplió medio
siglo, el Secretario General del Hezbolá, Hasán Nasrallah, transmitió
al mundo un diáfano quejido por «la catástrofe histórica del
establecimiento en la tierra de Palestina del Estado de los nietos de
monos y cerdos».



En efecto, la equiparación de judíos con animales es frecuente no sólo
en la literatura nazi, sino también en el actual mundo árabe-musulmán,
que a veces busca su fundamento en tres suras del Corán (2:65, 5:60, y
7:166), según las cuales Alá habría penado a los judíos
transformándolos en bestias.



El insulto es transmitido también desde Indonesia, donde la radio Al-
Manar difunde la plataforma del Hezbolá. En agosto pasado, miles de
australianos escucharon en dicha radio la letanía de que «los judíos
son descendientes de cerdos», por lo que se pidió una aclaración de
parte del presidente del Consejo Árabe-Australiano, Roland Jabbour.



Podía esperarse que este dirigente condenara inequívocamente la
invectiva racista, ya que, dentro de la Comisión de Derechos Humanos e
Igualdad de Oportunidades del gobierno australiano, es miembro del
Comité de Antirracismo. Pero Jabbour optó por justificar la agresión.
En un reportaje al diario The Age (22 de agosto de 2008), insistió en
que la chanchada es legítima, que la culpable es la política israelí,
y que por ello tampoco hay que objetar que rabinos sean presentados
como asesinos de niños cristianos, sedientos de sangre infantil para
sus ritos pascuales. A la fiereza de sus declaraciones, Jabbour agregó
una defensa de «la libertad de expresión», siempre y cuando, huelga
aclararlo, ésta no ofenda al Islam.



Abd Al-Rahman Al-Sudais, imán de Al-Haraam



La equiparación entre judíos y cerdos no es condenada en la prensa
europea, aunque es reiterada por líderes árabes. La pregonan en sus
mezquitas jeques como Saíd Tantawi, de Al-Azhar, y el saudí Abd Al-
Rahman Al-Sudais, imán de Al-Haraam, la principal mezquita de La Meca.



Sudais pidió «que Alá aniquile a los israelitas», y exhortó a los
árabes para que «abandonen sus iniciativas de paz con los judíos,
porque son la escoria de la raza humana, las ratas del mundo,
violadores de pactos, asesinos de profetas y descendientes de monos y
cerdos».



Esta «opinión» no impidió que, en aras de una supuesta armonía
interreligiosa, el rabino inglés Jonathan Sacks asistiera al sermón
que Sudais pronunció en la mezquita del East London, en junio de 2004.



El profesor Mordejai Nisán, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, en
su libro Las minorías en Oriente Medio (2002), denomina al fenómeno el
"síndrome del dhimmi": la sumisa actitud que, ante el agresor,
adoptaban los «tolerados» por los regímenes islámicos. El dhimmi
oprimido o violentado se limitaba a pedir disculpas a su victimario, o
a hacerle obsequios.



Precisamente, este hábito de mansedumbre judía se cruzó en Australia
con la puerca tradición mencionada al comienzo. Aunque los dirigentes
judeoaustralianos protestaron ante el Ministro Stephen Conroy debido a
la violación por parte de Jabbour del Acta de Discriminación Racial,
uno de ellos, Peter Wertheim, se apresuró a señalar que cuando trabajó
con Jabbour éste «hizo grandes esfuerzos para ser amistoso, e incluso
sugirió que hay muchas otras áreas en las que podrían cooperar» (acaso
Jabbour habrá explicitado aquellas áreas en las que los descendientes
de monos son útiles).



Otros ejemplos



Tan mansas como ésas fueron las reacciones frente al diálogo
interreligioso que patrocinara en Madrid Arabia Saudí (17 de julio de
2008). Este país, que prohíbe absolutamente toda expresión religiosa
no-islámica, pésimo candidato puede ser para liderar un diálogo de
mutuo respeto. Sin embargo, ello no obstó para que cristianos y judíos
participaran del acto sin protestar.



Con todo, lo más grave no fue que no se denunciara la brutalidad saudí
en materia religiosa, ni el boicot antiisraelí que impidiera que se
invitara a dignatarios israelíes a asistir al evento, sino el hecho de
que hubo quienes se dedicaron a difundir y celebrar la iniciativa
saudí, publicando sus fotos con el rey judeófobo e islamista, o
proclamando que el autócrata es un heraldo del diálogo.



Así, el rabino Michael Lerner sostuvo que «para aquellos de nosotros
que desesperamos porque el cristianismo y el judaísmo pierden su
camino… la noción de que el Islam pueda ser la chispa que genere un
nuevo renacer religioso basado en el respeto recíproco… puede ampliar
nuestro entendimiento del inacabable potencial divino para
sorprendernos».



Ramón Falcón, La Recoleta, Buenos Aires



Si no es para soslayar la índole del agresor o minimizar sus más
virulentos ataques, la mansedumbre actúa para rendir una pleitesía que
nos autojustifique. Un excelente ejemplo de ésta puede verse en una
tumba del aristocrático cementerio de La Recoleta en Buenos Aires: la
de Ramón Falcón, el jefe de policía asesinado en esa ciudad el 14 de
noviembre de 1909. Ocurre que el asesino de Falcón (y de su ayudante
Alberto Lartigau) fue un joven de 17 años, de origen judío y
militancia anarquista, que cometió el atentado el mismo año en que
inmigró a Argentina desde la Rusia zarista.



Ramón Falcón, La Recoleta, Buenos Aires



La comunidad israelita argentina, alarmada por la posibilidad de que
la judeidad del asesino generara una persecución judeofóbica, decidió
dedicar un monumento (el único con caracteres hebreos en dicho
cementerio) en el que se honra la memoria del jefe policial «mártir
del deber… un noble y grande que ha caído en este día», y la de su
joven asistente con una bíblica endecha sobre el príncipe Jonatan. La
prevención y el miedo de la comunidad hebrea no pudieron evitar que,
al poco tiempo, se produjera el primer pogromo en Argentina.



Cabe traer un ejemplo adicional, esta vez español. Martín Varsavsky,
escribe una justa y tardía reacción contra la judeofobia del diario El
País. En su texto, el autor necesita asegurarse el permiso de criticar
por medio de impecables credenciales contra Israel: que criticó al
país hebreo, donó fondos para la reconstrucción de El Líbano, y
financia la publicación de escritos antiisraelíes de palestinos e
iraníes. Como si los medios no estuvieran superpoblados de
antiisraelismo y no hiciera falta, precisamente, que se estimulen las
páginas que muestren «la voz judía», como intenta hacer esta columna.



Martín VarsavskyLa lógica de Varsavsky es típica: «A veces son los
israelíes los que cometen atrocidades y otras los palestinos». Aunque
no podría dar un solo ejemplo de «atrocidades israelíes» –que son un
mito manipulado frecuentemente por los medios– lo más notable es que
admite que para él «el conflicto entre israelíes y palestinos no tiene
buenos y malos, sino malos y malos».



Ahora bien: o esa frase tiene aplicabilidad para todos los conflictos
del mundo (y en ese caso es una redundante perogrullada) o es
específica del conflicto en Oriente Medio, y en este caso es falsa.
Porque las guerras en general no se producen «entre buenos y malos»
sino entre agresores y agredidos. Y el agredido de esta región es uno
solo: el único candidato a ser borrado del mapa, el no reconocido,
demonizado y deslegitimado con la aquiescencia europea.



El odio es odio. Tal vez no se apague enfrentándolo, pero
decididamente no se aplacará legitimándolo.



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