¿Quiénes son los “antisemitas” del siglo XXI?

17 views
Skip to first unread message

red.Bibliotecaria

unread,
Jun 4, 2008, 8:56:09 AM6/4/08
to Archivos01
miércoles, 04 de junio de 2008
¿Quiénes son los “antisemitas” del siglo XXI?

La islamofobia, etapa superior del antisemitismo
¿Quiénes son los “antisemitas” del siglo XXI?
Fernando Arjovsky
Contracultural


Un debate actual

La reciente polémica suscitada por las declaraciones del Papa, sobre
el Profeta Mahoma, con sus repercusiones en todo el mundo árabe y
musulmán, así como otros hechos recientes como el impasse del régimen
israelí en su invasión al Líbano y yendo a nuestro país, las
acusaciones de “antisemitismo” contra sectores importantes de la
izquierda argentina por parte de intelectuales del sistema, políticos
derechistas y la prensa burguesa, nos mueven a todos quienes estamos
por la liberación de trabajadores y los pueblos oprimidos del mundo, a
una campaña de desagravio y respuesta contra la tergiversación
histórica.

El término “antisemitismo” es muy polémico. A menudo se esgrime como
un insulto equivalente a lo que antes se denominaba “judeofobia”, es
decir, odio hacia los judíos. Aun hoy los partidarios incondicionales
del Estado de Israel, de su política interior y exterior, acusan con
frecuencia a los críticos de dicho Estado de “antisemitas”,
pretendiendo sugerir que los críticos de dichos Estado lo hacen por
judeofobia racista. Demostraremos sin embargo que los antisemitas
reales son quienes gobiernan en la Casa Blanca (el imperialismo
norteamericano) y en Israel (los sionistas) y sobre todo (aunque suene
a más de uno paradójico) todos aquellos que agitan con histeria el
fantasma de un “nuevo antisemitismo”, esta vez proveniente parte de
árabes y musulmanes.

El odio a los judíos no es nuevo en la historia, eso es cierto, tiene
un fundamento muy arraigado en el mundo cristiano e incluso en la
Europa antigua pagana. Sin meternos a considerar las causas de dicho
odio durante siglos, causas religiosas, económicas y sociales entre
ellas, debemos aclarar ante todo que lo que sí es nuevo es el término
“antisemitismo”. El término “antisemitismo” fue inventado en el siglo
XIX por un nacionalista alemán llamado Wilhelm Marr, quien declaraba
que el problema con los judíos ya no era su religión como en los
siglos anteriores, sino su raza, e inclusive el problema del
determinismo biológico que hacía que el judío fuera antes que nada
esencialmente judío. Nada que haga el judío (convertirse al
cristianismo, hablar alemán, etc, etc.) podía alterar su naturaleza
perversa. Esta formulación aparentemente novedosa se inscribe en un
contexto donde los filólogos, y los orientalistas, acompañando la
expansión colonial europea sobre Oriente Medio, habían descubierto las
familias lingüísticas. De esta manera se agrupó al hebreo, al árabe,
al fenicio, al arameo, al siríaco, etc, como lenguas semíticas, en
oposición a las lenguas indoeuropeas, que habrían nacido en la antigua
Persia de la mano de los “arios” y cuya culminación civilizada es el
idioma germánico, todo lo cual derivó en teorías raciales al respecto.
Los judíos alemanes y otros judíos europeos, a partir de entonces
fueron tratados como extranjeros en su propio país, como “semitas”
procedentes de Canaan-Israel-Palestina, y considerados una raza
inferior. Toda esta mitología iniciada por diversos intelectuales y
agitadores alemanes y franceses, como Drumont iba acompañada de una
justificación económica y política. Los judíos eran tildados
simultáneamente de especuladores bursátiles y de agitadores
comunistas. La situación social secular de los judíos, ya
desaparecida, ayudó a darle cierto barniz de realidad al mito. Nos
referimos en este caso a la selección social que transformó durante
siglos a los judíos de Europa en un pueblo clase de comerciantes y
usureros, papel en que en parte han jugado por una tendencia histórica
intrínseca (en Palestina los antiguos hebreos al igual que los
fenicios eran comerciantes) como por una tendencia extrínseca (dado
que en el cristianismo se prohibía el préstamo a interés los judíos
fueron obligados a hacer esto por los cristianos)

Es evidente que el nacionalismo de los Marr o los Drumont ya no era un
nacionalismo progresivo, como aquel que fue el fundamento ideológico
de la burguesía ascendente y se basaba en la conquista de un mercado
interno y la superación de las barreras feudales (esto es la tendencia
a hermanar etnias y clases diversas en un estado nacional común con
una tendencia a la homogeneidad ante todo lingüística) sino un
nacionalismo de tinte racista, supremacacista blanco, fundamento
ideológico del naciente imperialismo y de la expansión europea sobre
Africa y Asia. El hecho de que los judíos ashkenazíes (provenientes de
Europa Central y Oriental) tuvieran con frecuencia la tez blanca e
incluso rasgos germanos o eslavos, no importaba a los antisemitas que
estaban empeñados en excluir a los judíos a toda costa e impedir su
asimilación. Por el contrario, la “invisibilidad” aparente del judío
lo convertía en un enemigo aún más peligroso, capaz de “infiltrarse”
en la Nación Alemana y “contaminarla” de “impura” sangre semítica.

Es en este contexto que nace el sionismo político, como reacción
frente al antisemitismo europeo cada vez más violento que tuvo su
corolario en el caso Dreyfuss (el oficial francés de origen judío
acusado calumniosamente de espía aleman y traidor). El proyecto
sionista deriva como su nombre lo indica de Sión, colina de Jerusalén
y sinónimo con frecuencia de la ciudad santa del judaísmo. Su
precursor ideológico fue Moses Hess, filósofo alemán, quien en su
“Roma y Jerusalén” proclamaba el retorno de los judíos a su “antigua
patria” (Palestina/Israel) como símbolo del advenimiento de la promesa
mesiánica, y como respuesta a la persecución de los judíos por los
gentiles. Pero el sionismo político alcanzó su notoriedad con Theodor
Herzl, un judío vienés asimilado que estaba en París en el momento del
caso Dreyfuss. Periodista y organizador de talento, Herzl tomó en sus
riendas la formación de la Organización Sionista Mundial, una
organización cuyo objetivo era crear un Estado Nacional Judío. Sus
folletos más importantes fueron “El Estado Judío” y
“Altneuland” (Vieja-Nueva Tierra). A diferencia de muchos
intelectuales europeos de extracción izquierdista o democrática, como
Emile Zolá quien escribió su “Yo acuso” frente al caso Dreyfuss y
quienes iniciaron una campaña militante contra el antisemitismo, Herzl
y sus compañeros consideraban inútil toda campaña contra el
antisemitismo. Para el doctor Leo Pinsker, uno de los promotores del
sionismo “La judeofobia es una enfermedad; y como enfermedad
congenita, es incurable”.

Es decir, los sionistas aceptaban al antisemitismo como una reacción
natural de los pueblos europeos frente a la existencia de una diáspora
judía importante en el Viejo Continente. Como judíos asimilados
potencialmente, los primeros sionistas de Europa Occidental comenzaron
a dudar de la posibilidad, e incluso de la deseabilidad de una
completa asimilación a los pueblos que vivían, dado que encontraban
prejuicios y barreras contra los cuales no tenían el coraje de luchar.
Esto se explica por la base social del sionismo pionero perteneciente
a la burguesía semi-asimilada de Europa occidental, temerosa de perder
sus posiciones adquiridas en sus países. La actitud consiguiente hacia
los judíos de Europa Oriental, los Ostjuden, era de un desprecio
mezclado con el paternalismo. Había que evitar a toda costa la
emigración de los judíos este-europeos a Alemania, a Francia, a
Inglaterra, que al aumentar el peligro del antisemitismo y la
xenofobia amenazaba las posiciones de la burguesía judía de estos
países, logradas por el impulso de la revolución Francesa. Nada mejor
entonces que asociarse a los antisemitas europeos en su proyecto de
sacarse a sus “hermanos” del Este de encima y llevarlos lo más lejos
posible, a la “tierra de sus ancestros”, Palestina/Israel.

El sionismo coincidió desde siempre con los puntos de vista de las
potencias imperiales del momento, sin importar que a su frente
estuvieran antisemitas notorios. “En palabras de Herzl, seremos la
avanzada de Europa frente a Asia, un bastión de la civilización frente
a la barbarie”. La meta del sionismo fue siempre crear y después
defender un estado occidental-“blanco” en el mundo árabe-“oscuro”.
Vale decir liberar a los judíos europeos del estererotipo semita,
convirtiéndolos en una “Nación dentro de las Naciones [europeas]”;
irónicamente el sionismo constituyó, pese a sus declaraciones contra
la Asimilación, la más paradójica de las asimilaciones, y como veremos
luego, la peor. Los judíos europeos (tan despreciados, por primitivos,
orientales semitas) por primera vez se convertirían en verdaderos
europeos… en el Cercano Oriente.

Una realidad que tanto sionistas como antisemitas obvian
concientemente es que los judíos no constituyen una raza. La mayoría
de los judíos ashkenazim de Europa del Este descienden en gran medida
de eslavos convertidos al judaísmo mediante el proselitismo que el
reino turco khazar, convertido al judaísmo en la Alta Edad Media, hizo
entre pueblos que dominaba y que le rendían tributo. Basta ver un
judío polaco con aspecto de eslavo y compararlo con un judío yemenita
con aspecto semita o con un judío negro etíope, para demostrar que la
raza judía es un mito, y como todos los mitos creados y que se
prolongan un mito interesado. La idea entonces de los judíos del mundo
tienen un ancestro en común o que descienden de Abraham o de los
antiguos hebreos, por lo tanto, no resiste el menor análisis.

Por otra parte es poco sabido, pero bastante probable que los
palestinos actuales, tanto musulmanes como cristianos desciendan de
los antiguos hebreos, convertidos al Islam en su mayoría durante la
conquista árabe. Por lo tanto el mito sionista pangermanista de la
“sangre y el suelo” basándose en un pasado ancestral que se remonta a
2000 años atrás se cae solo, por lo cual si un pueblo tiene derecho a
la tierra de Canaán- Palestina-Israel, es el pueblo árabe autóctono
que fue despojado y expulsado por los sionistas mediante una
planificada limpieza étnica y que mantiene una presencia
ininterrumpida en el lugar.

Cuando los sionistas emulan a los cruzados con la diferencia de que
los primeros establecen una especie reino europeo secular en
Palestina, debemos recordar que actúan con una típica arrogancia
antisemita, la misma con la cual los cruzados cristianos masacraron a
las comunidades judías y musulmanas de Tierra Santa. La misma
arrogancia y el mismo desconocimiento acompañan la tan difundida
falsedad de la “cultura judeo-cristiana”, cuando la religión judía y
la cristiana son incompatibles en casi todos los aspectos y hay más
similitud entre el judaísmo y el Islam que entre el judaísmo y el
cristianismo. Esta creencia en una cultura judeo-cristiana occidental
en oposición binarica al Islam y a Oriente está tan difundida entre
los intelectuales, universitarios e incluso teóricos de la izquierda
que no perciben que se trata de un mito orientalista tendiente a
demonizar el Islam, luego de que la caída del stalinismo y el fracaso
del nacionalismo burgués panarabista, convirtió a esta religión de
“opio de los pueblos” para expresar la frase tan mal entendida de
Marx, en factor de “protesta contra el orden social existente”.

La explotación del Holocausto

Los sionistas explotan el genocidio de los judíos sufrido en la II
Guerra para justificar sus acciones. Pero como dice acertadamente
Pierre Vidal Naquet: “que una ideología [en este caso, el sionismo] se
apodere de un hecho, no suprime la verdad de este último”.
Ahmadinejad, al igual que muchos musulmanes indignados, supone que
negando la realidad del Holocausto, suprime la necesidad de crear un
Estado sionista en Palestina, cuando en realidad el Estado sionista no
se justifica ni aún después del genocidio. Es evidente que los
Palestinos, que nunca persiguieron a su minoría judía no tienen por
que pagar el precio por el asesinato planificado de los judíos
europeos. Por otro lado hay que recordar que la ideología sionista con
su pretensión de conquistar la Palestina árabe precede al Holocausto;
Auschwitz y Treblinka fueron una aparente victoria ideológica de los
sionistas sobre sus adversarios judíos, ya sean judíos practicantes, o
socialistas y comunistas de extracción judía. Decimos una aparente
victoria ideológica porque el genocidio aparentemente les dio la
razón: los judíos no pueden vivir en la Diáspora normalmente. Por eso
vemos a los sionistas especialmente a través de la Guerra de los Seis
Días justificar sus pretensiones de extensión de su territorio bajo el
pretexto de que los árabes quieren “tirar a los judíos al mar”.

Ya el mismo nombre de Holocausto aplicado al genocidio nos parece
incorrecto, es transformar al crimen no sólo en algo santificado, sino
también excepcional e incomparable con crímenes anteriores. Este
término polémico fue aplicado por Elie Wiesel quien pronto se
transformó en un sionista devoto. En el Tanakh Holocausto es un
Sacrificio, como el de Abraham al cordero en lugar de su hijo Isaac.
Llamar Holocausto al crimen sin precedentes de los judíos europeos, es
volver incomprensible la matanza, es rodearla de una aureola de
necesidad divina, y es justificar en última instancia todo lo que
hagan los dirigentes sionistas para prevenir al “pueblo judío” de un
“Segundo Holocausto”. Así el derecho básico al retorno de los
palestinos a sus casas de donde fueron expulsados hace medio siglo, es
negado porque hay que prevenir un Segundo Holocausto. La destrucción
del Estado sionista, que presupone acabar con el estatus privilegiado
de apartheid donde los judíos europeos tienen todas las riendas, es
comparado por la burguesía judía y los burgueses cristianos y la
opinión publica mundial, a un segundo Holocausto.

Consecuencias catastróficas de la explotación del Holocausto

Así como el antisemitismo europeo fue el catalizador para el asesinato
planificado no sólo de seis millones de judíos, sino también de
gitanos, comunistas, y pueblos eslavos, de la misma manera el
antisemitismo euro-sionista-norteamericano del siglo XXI prepara la
invasión (previa demonización) de cualquier país islámico que pueda
resistirse a sus pretensiones. Sabemos que el Islam político no era
demonizado cuando se trataba de combatir a las “hordas de ateos
comunistas” en Afganistán, cuando Israel financiaba el Hamas para
combatir a la OLP, o cuando los Hermanos Musulmanes de Egipto eran
apoyados contra el nacionalismo laico panarabe de Nasser. Por el
contrario luego, del fracaso del nacionalismo de contenido burgués en
combatir consecuentemente al imperialismo, las banderas del
antiimperialismo pasaron a tener un contenido religioso, que en el
mundo musulmán es un signo de identidad mayor que en la Europa
secularizada. Irónicamente nunca se caracterizó a los musulmanes
albanokosovares o bosnios de fundamentalistas. Mientras estos grupos
sufrían una limpieza étnica de parte de Milosevic, similar a la
cometida por el naciente Estado de Israel contra los palestinos, es
irónico ver como islamófobos de cubierta “progresista” o “democrática”
justificaban las acciones de los guerrilleros kosovares, mientras que
condenaban a los guerrilleros palestinos. Claro, en el caso de los
albanokosovares se trataba de musulmanes “blancos”. Aquí también se
hace patente el antisemitismo. Como sostiene Edward Said:

“Poco después de la guerra de 1973 [la del Yom Kippur], los árabes
empezaron a perfilarse como una gran amenaza. Aparecían constantemente
dibujos que mostraban a un sheij árabe de pie al lado de un surtidor
de gasolina. Estos árabes, no obstante, eran claramente “semitas”; sus
agudas narices de gancho y su malvada sonrisa bajo el bigote
recordaban (a una población no semita) que los “semitas” estaban
detrás de “todos” nuestros problemas. En este caso el problema era
principalmente la escasez de petróleo. El ánimo popular antisemita se
transfirió suavemente del judío al árabe ya que la figura era más o
menos la misma”. [Orientalismo, Edward Said]

La conclusión que se desprende de todo ello es que quienes hoy
proclaman a los cuatro vientos por encima de todo la lucha contra el
antisemitismo, y en nombre del dicha lucha defienden el enclave
israelí, son los promotores de un neoantisemitismo mucho más peligroso
todavía que el anterior. Porque ahora se trata de la defensa y la
apología del imperialismo “democrático” y “laico” y sus masacres en
Medio Oriente y en Asia Central. Si anteriormente fueron ejecutados
6.000.000 de judíos en nombre de la pureza racial y el antisemitismo
abierto, hoy se bombardea poblaciones civiles, se condena poblaciones
enteras al hambre, todo ello en nombre de la “democracia” y de abortar
un Segundo Holocausto. Con el cinismo que los caracteriza los
“civilizadores” le cierran el camino a los que se civilizan, cuando
quieren luchar contra la colonización los llaman antisemitas. Aquellos
judíos que quieran combatir al antisemitismo sinceramente deben
enfilar sus armas intelectuales, ideológicas y políticas contra el
Estado sionista que usurpa el nombre de Israel. La emancipación de los
judíos hoy está profundamente ligada la emancipación de la sociedad
israelí con respecto al sionismo






Envía esta noticia
Publicado por RESURGIR @ 14:44 | Articulos
Reply all
Reply to author
Forward
0 new messages