El mundo entre comillas

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Oct 17, 2008, 1:25:36 PM10/17/08
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El mundo entre comillas

Por: Pablo Lerner

Un judío puede abandonar la Diáspora, pero no puede abandonar su
lengua natal. Esto es una obviedad (cualquiera que haya vivido en
Israel lo sabe). Sin embargo, cabe preguntarse: Qué queremos decir con
“abandonar su lengua natal”? En rigor, la persona “que huye de su
lengua” puede dejar de hablarla, y si es escritor, puede incluso dejar
de escribir en ella. Dejar de escucharla ya no depende sólo de su
voluntad, pero con las debidas precauciones, es posible. Lo que es
imposible es dejar de pensar en la lengua natal. Y no sólo pensar.
También sentir. Como explica el escritor checo Milan Kundera (un
emigrado lingüístico al francés), uno sólo puede sentir verdadero
pudor en la lengua natal. Los insultos y el lenguaje de la intimidad
pierden su aura al ser pronunciados en otra lengua que no sea la
materna.

Imre Kertesz, cuya lengua natal es el húngaro, decidió (la propia
palabra tiene un valor relativo) no abandonar Hungría durante
cincuenta años por su condición de escritor “en húngaro” (ya que no
“húngaro”). Su “atadura” al lugar era la lengua húngara, una lengua a
la que llamaba “extranjera y materna”. No podía sino sentirse
“huésped” en una lengua hablada mayoritariamente por antisemitas, en
la cual la palabra “zsidó” (“judío”) es casi un insulto, y en la que
existe incluso un verbo, “zsidozni”, que significa (con un matiz
travieso, inocente) “hablar mal de los judíos”. Y sin embargo, como
escritor, sólo podía escribir en húngaro, y la manera “natural” de
hacerlo (y de publicar lo que escribía) era permanecer en Hungría.



Esta “naturalidad”, por supuesto, tiene sus bemoles. Yosef Haim
Brenner, el escritor hebreo de comienzos del siglo XX, escribió en esa
lengua sus dos primeras novelas viviendo en Lvov y Londres, antes de
emigrar a Palestina, es decir sin ningún público lector numeroso a la
vista. Y hoy en día, con el auge de las comunicaciones (y de las
migraciones), el hecho de que un escritor escriba en una lengua que no
es la de su entorno inmediato es algo habitual. Pero hay una
diferencia entre Brenner, por seguir con el ejemplo, y Kertesz. El
primero escribía mirando “hacia adelante”, hacia una experiencia
nacional que estaba en el futuro (incluso cuando ese futuro era mirado
con pesimismo). Desde esa perspectiva, lo que escribiera en el exilio
podía siempre ser el alba de lo que siguiera en Eretz Israel. Kertesz,
en cambio, miraba “hacia atrás”, no quería abrir un capítulo sino
cerrarlo, y ese ajuste de cuentas con la realidad (y con sus
“compatriotas”) debía ser in situ.



A pesar de residir y publicar en Hungría, el lugar de Kertesz dentro
de la literatura húngara, antes de recibir el Premio Nobel en 2002,
era inexistente. Hoy en día ese lugar es marginal y molesto, otra
“provocación” judía contra el sufrido pueblo magyar. Es cierto que el
escritor húngaro contemporáneo más importante, Peter Esterházy,
reconoce a Kertesz y ha escrito incluso un relato basado en su cuento
“Expediente”. Pero la situación básica no cambia por ello: Kertesz,
como autor “monotemático” (el tema sería Auschwitz) no habla “como
húngaro” ni “para los húngaros” sino más bien contra ellos.



Y sin embargo, Kertesz no sólo dice gustar de la lengua húngara, sino
también de la literatura de “su” país. Admira la prosa simbolista de
Gyula Krudy y la reflexión aristocratizante de Sándor Márai (ambos
gentiles). Lee con atención las memorias del liberal conde Szécheny.
Se diría incluso que se identifica más con estos autores “húngaros”
que con los escritores judíos ultra-magyares Antal Szerb (novelista e
historiador de la literatura) y Miklós Radnóti (poeta) -ambos fueron
asesinados por los nazis húngaros después de haber jurado en vano una
y mil veces lealtad a la patria-, de los que habla con cierta
causticidad, la misma que reserva a los judíos comunistas Béla
Balazs (teórico del cine) y Gyorgy Lukács (filósofo del arte).



En cualquier caso, Kertesz no es ajeno a la producción cultural de
Hungría, ni pasada ni presente. Si bien frecuenta en sus lecturas la
lengua y la filosofía alemana, no busca exiliarse “culturalmente” de
Hungría: se sabe exiliado por judío, sabe que “no le compete a él”
exiliarse, la decisión ya ha sido tomada por otros. Y aún así actúa
sin despecho, como muestra una entrada de sus diarios: “La
importancia de la tradición. No alcanza con no pertenecer. Es
necesario saber exactamente a donde no pertenecemos”.



La distancia con la lengua húngara, entonces, no es una distancia para
con el idioma ni con la tradición, sino una distancia para con el uso
falsificador del lenguaje que hace el Poder (a través del lenguaje
burocrático, policial, propagandístico) y su extensión a los
hablantes singulares como efecto del miedo, el odio (y auto-odio) y
la costumbre. Tanto en la forma oral como en la escrita, el mundo que
rodea a Kertesz es un mundo que falsifica y difama mediante la
corrupción y el anquilosamiento de las palabras, un mundo que nunca
parece encontrar “la palabra apropiada” para nada, y que por ello se
debate en interminables rodeos y aclaraciones. Un mundo de
funcionarios “intachables” y expedientes con interminables apartados
e incisos (cuyas consecuencias suelen ser letales). Es un mundo lleno
de mala conciencia, que no puede comunicar directamente su ansia
destructora.



La ley de ese mundo (que, recordemos, es el mundo antisemita y
totalitario de un país de Europa del Este) es entonces el eufemismo,
la palabra sustitutiva, y la violación de la ley es, simplemente, la
palabra del odio, el llamado a la discriminación, al asesinato, a
Auschwitz. El lenguaje de las cruces flechadas (los nazis húngaros)
respondería a esta violación de la ley, mientras que el lenguaje del
comunismo (y de la actual derecha populista húngara), permanecería
dentro del marco del eufemismo: los comunistas no denunciaban “judíos”
sino “agentes del sionismo”, y la actual derecha húngara se refiere a
los “extraños”, a los “especuladores”, a los “cosmopolitas sin
raíces” para referirse -una vez más- a nosotros, los judíos.



Kertesz no pierde demasiado tiempo en desmontar la difamación
antisemita ni en profundizar en estos eufemismos. Da por sentada la
mala fe con que son formulados, y esa mala fe le da nauseas. Lo
que le interesa, en cambio, es el lenguaje con el que la gente (y en
especial los intelectuales) escapa de sí misma. Así, cuando estos
intelectuales dicen que “creían” en el régimen comunista, Kertesz se
pregunta por el significado del verbo “creer”. De manera análoga,
cuando los alemanes vecinos a Auschwitz decían que no “sabían” lo que
estaba ocurriendo, Kertesz se pregunta por el significado del verbo
“saber”. En ambos casos los verbos carecen de sentido, son comodines,
soluciones de compromiso con la memoria y la conciencia. No tienen
valor de verdad, sino que evidencian una moral acomodaticia y una
falta de auto-examen.



Le interesa también a Kertesz la posibilidad de explotar
estéticamente el lenguaje falsificador del Poder, en especial el
lenguaje de la burocracia, el lenguaje conmemoratorio, el lenguaje
protocolar y el lenguaje de la policía secreta. Excepto este último,
los otros tres registros tienen una larga tradición en Hungría
(pensemos en el Imperio Austro-Húngaro), pero después de Auschwitz -a
la luz de Auschwitz- su legitimidad, a oídos de Kertesz, es nula.
Peor que eso: Se revelan para el autor esencialmente como discursos de
ocultamiento, facilitadores del programa criminal de turno. Los
diarios de Kertesz (“Diario de la Galera”, y esa suerte de diario de
viaje que es “Yo, Otro”) están llenos de itálicas y comillas, en una
especie de batalla tipográfica por expurgar al lenguaje de sus
expresiones engañosas. Lo mismo ocurre en la primera parte de la
novela “Fiasco” (“A kudarc”, en el original húngaro, es decir “El
fracaso”), que está plagada de paréntesis, en lo que sería una
parodia a los expedientes policiales, a la necesidad de aclaración
constante frente a la posible acusación. El intento insano de
exactitud mediante el uso de paréntesis aclaratorios redunda en un
efecto a la vez exasperante y cómico.



La novela “Sin Destino”, donde Kertesz ficcionaliza su experiencia
en los campos, presenta también un “trasvasamiento del lenguaje”:
donde esperamos un lenguaje épico, dramático o sentimental,
encontramos un lenguaje despojado que linda con la abulia. Nuevamente
debemos ver en esta elección un elemento reactivo, en este caso contra
un Poder (el régimen comunista) que quiere revestir a Auschwitz de un
tono de epopeya antifachista, hacer de Auschwitz una historia
desjudeizada, ocultando la verdadera naturaleza del evento: una
gigantesca maquinaria totalitaria, enferma de irracionalismo
antisemita y al mismo tiempo lo suficientemente racional como para
operar burocráticamente.



Vemos entonces que la obra de Kertesz no es en primer lugar una lucha
por la expresión de ciertos contenidos o valores sino una lucha por la
forma, por el registro adecuado, por la palabra no condicionada. Hemos
visto que la palabra estaba condicionada por su uso (su manipulación)
oficial. Pero podemos preguntarnos hasta qué punto no existía para
Kertesz un problema “mayor” con la propia lengua húngara, incluso en
su uso no oficial, por su condición de judío. Veamos: Una lengua es
un sistema de signos afectivizado. Los afectos (y principalmente los
odios) de dicha nación se incrustan en las palabras de esa lengua
hasta tornarse parte inseparable de ellas (“zsidó” sería un ejemplo
extremo). Hablar una lengua gentil, pensar en ella, sentir en ella, es
una pequeña vergüenza que un judío diaspórico no desea confesar ni a
sí mismo. Los intentos por apropiarse de una lengua gentil,
confitándola de palabras en ídish o hebreo, sólo prueban que,
hospedados en casa ajena, buscamos decorar nuestro cuarto con los
pocos adornos que cabían en la valija.



Creo que Kertesz tenía conciencia de que su hospedaje en Hungría no
difería de su hospedaje en la lengua húngara. Aún así, tuvo la
humildad de confesar su amor a esa lengua que no le pertenecía. Ignoro
que habrá sentido Kertesz al ser traducido al hebreo. Decía Agnón que
una obra escrita por un judío en cualquier idioma que no fuera el
hebreo, sólo podía “estar bien guardada” al ser traducida a la lengua
santa. Me gustaría saber qué le contestaría Kertesz. Él sabía que
escribía en una lengua minoritaria, el húngaro, una lengua no indo-
europea que casi nadie -excepto los propios húngaros- entiende. Desde
el vamos apostó a la traducción, en especial a la traducción al
alemán. Pero no creo que le preocupase estar “bien guardado”. Intuyo
que siempre supo que la experiencia de la Diáspora debía ser escrita
en una lengua no judía, y que así como la batalla de la supervivencia
judía en la diáspora se libra en campo ajeno, la batalla por la
palabra no condicionada, por la palabra genuina y digna, también sería
en lengua ajena.
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