Ya que éllos no podían aplicar la pena de muerte, pensaron en pasar el problema a la autoridad romana, cargando de esa forma Roma con la responsabilidad de esa ejecución.
Era un mal día, con un viento bastante molesto y frío y una lluvia persistente que daba un aspecto triste y melancólico a la ciudad.
Por las callejuelas de Jerusalém los ánimos andaban revueltos, pese a lo temprano de la hora. La lluvia iba formando pequeños arroyos de agua sucia, serpenteantes. La voz había corrido por toda la ciudad como la pólvora:
Habían prendido a Barrabás, Gestas, Dimas y ahora Yeshúa, el Nazareno. Se trataba de una redada de sediciosos.
Todos querían asistir al juicio, temerosos algunos de que si Poncio aplicaba torturas a los detenidos, y éstos hablaban, media ciudad iría a parar a los fosos de la Torre Antonia, acusados de actividades anti-romanas.
Salieron los sacerdotes con sus turbantes y sus tiaras, muy engolados. Detrás de éllos iba Yoséf Caifás, llamado también Cayafás.
Acompañado de algunos sanedritas se dirigieron solemnemente hacia la fortaleza de los romanos.
Yeshúa iba escoltado por varios guardias que se abrían paso entre la multitud a golpes y con grandes gritos. Nadie parecía preocuparse por la lluvia.
El cortejo llegó ante la fortaleza romana, fuertemente custodiada por los auxiliares que pertenecían a la guarnición de Jerusalém.
-"¡Alto!. ¿Quiénes sóis y qué queréis?".
Los representantes del Sanedrín se identificaron y advirtieron al soldado que traían a un preso para ser juzgado, previo acuerdo con el prefecto romano, con quien se había formalizado su presencia a horas muy tempranas.
Como era la víspera del Gran Sábado de Pascua, los sacerdotes no podían entrar en la fortaleza romana, para no contaminarse y poder comer el cordero pascual, por lo que pidieron que Poncio saliera y les atendiera en las escalinatas de entrada.
Una vez ante Poncio Pilatos, los sacerdotes le explicaron los motivos por los que deseaban que fuese juzgado y condenado el Nazareno.
Así pues, acusaron a Yeshúa no sólo de blasfemia, que era lo que a éllos les importaba realmente, pero que a una autoridad romana le importaba muy poco, sino de algo que sí merecía la atención de un prefecto como Poncio Pilatos: de rebelión contra Roma.
Sin embargo Pilatos no tragó el anzuelo, y enseguida se dio cuenta de que este hombre no era culpable.
-"Hemos hallado a éste clamando que es Cristo Rey, alborotando al pueblo, prohibiendo que se paguen los impuestos al César. Es un peligro para nosotros y para Roma".
Pilatos dio una vuelta lentamente en torno al prisionero y le preguntó:
-"¿Eres tú el Rey de los judíos?".
Jeshúa le miró a los ojos y Pilatos sintió un escalofrío. Le contestó:
-"¿Dices eso por tí mismo o por que te lo han dicho otros de mi? - añadiendo a continuación:
-" Yo soy".
Poncio tenía claro que el problema era tan sólo religioso, y que no tenía ante sí a un enemigo de Roma, por lo que les dijo a los sacerdotes:
-"En verdad que yo no veo en este hombre delito alguno. Este hombre es inocente de culpa alguna".
Protestaron los del Sanedrín, diciendo que alborotaba a las masas desde Galilea hasta Jerusalém.
Cuando Poncio supo que era galileo, de la jurisdición de Herodes Antipas, que estaba esos días en Jerusalém, se lo envió para que fuera él quien lo juzgase, quitándose el problema de encima. En estos detalles se ve una de las facetas de Pilatos, es decir, la cobardía, pues no enfrentaba el problema directamente, con su autoridad, sino que se lo endosaba a otra persona.
Herodes se alegró mucho de ver a Yeshúa, pues hacía mucho tiempo que deseaba hablar con quien se decía que era el Mesías. Estaba deseoso de oirle y de presenciar alguno de sus prodigios de los que tanto se comentaba, pero pese a que le realizó muchas preguntas, Yeshúa se limitó a guardar un silencio absoluto.
Visto que no iba a sacar nada de la situación, Herodes, enojado, decidió vestir a Yeshúa con una vestimenta lujosa, y después de despreciarle y burlarse de él, lo remitió nuevamente a Pilatos.
Continuará...
Saludos.
Angel Rodriguez, (GEIFO).
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