Desde el año 26 a.C venía gobernando la zona, (las provincias de Judea, Samaria e Idumea) el prefecto romano Poncio Pilatos, al parecer de origen español.
Vivía el prefecto en la ciudad de Cesarea Marítima, una de las ciudades construídas por Herodes El Grande. Su esposa era Claudia Prócula, de quien se habla en el Nuevo Testamento como intercesora ante Pilatos a favor de Yeshúa, en el proceso que sobre este hombre se llevó a cabo.
A través de una criada fenicia y debido a sus contactos frecuentes con los seguidores de Yeshúa, quedó vivamente impresionada con las doctrinas de este personaje que atraía tras de sí a multitudes y se hizo élla seguidora también, rechazando las creencias de la mitología romana.
Al prefecto Pilatos no le gustaba vivir en Jerusalém, y se sentía molesto cuando debía trasladarse allí, pues las costumbres, el ambiente, y el contínuo hedor de las carnes quemadas en los sacrificos, le repugnaban, pero en los días de las grandes festividades se trasladaba a la Capital de los judíos, para evitar las revueltas que podrían llegar a producirse debido a la enorme afluencia de peregrinos.
Se ayudaba de los 4.500 soldados auxiliares de la guarnición, aunque en caso de emergencia podía recurrir al Legado de Siria, donde se hallaban estacionadas las legiones romanas, que podrían proveer de unos refuerzos providenciales.
Los soldados auxiliares no eran legionarios, sino reclutados entre samaritanos, sirios y griegos, divididos en "cohortes" y "alas".
Uno de los cometidos del prefecto era "meter en cintura" y tener bien controladas a las autoridades judías, a quienes responsabilizaba del orden y de evitar las revueltas, al tiempo que les encargaba la recaudación de los impuestos. En resumen: era una figura poco popular entre los judíos.
Los judíos eran un pueblo difícil de gobernar, un pueblo de dura cerviz, que no podía aceptar verse sometido, desde que en el año 60 a.C. Pompeyo ocupara este reino y lo incorporara al Imperio Romano. Por las calles de Jerusalém deambulaban bandidos subversivos, (desde la óptica romana, claro), dispuestos a subvertir el orden y devolver la libertad a Israel a través del uso de la fuerza, (sionismo) y los grupos de zelotes que estaban dispuestos a degollar a los soldados romanos a poco que éstos se descuidaran.
Esperaban un Mesías que los condujese a la batalla y a la victoria contra Roma. Un líder espiritual y guerrero que los condujese a la libertad y se cumpliesen en él las promesas de Yavéh al pueblo de Israel.
En estas condiciones difíciles tenían que gobernar las autoridades romanas que debían mostrarse duras y poco complacientes con los judíos.
Poncio Pilatos estuvo como prefecto diez años, cuando lo normal era que estuviesen tres, lo que hace suponer que no lo haría tan mal como se acostumbra a decir.
Santo para unos y villano para otros, Pilatos no fue, seguramente, ni lo uno ni lo otro, y seguro que en la mayoría de ocasiones se limitó a obedecer órdenes.
Tuvo que soportar muchas protestas de los judíos, sobre todo cuando se le ocurrió colocar las insignias de su tropa en Jerusalém, junto con el estandarte del emperador, acompañando este estandarte con las águilas imperiales.
Esto constituía una provocación intolerable, y una gran multitud fue hasta Cesarea y se apostaron ante la casa del prefecto, día y noche, dando grandes voces e insultos de todo tipo. Así estuvieron por espacio de cinco días, amenazándoles Pilatos con lanzar sobre éllos a sus soldados. Los judíos respondieron desnudando y ofreciendo sus cuellos para que los degollasen, pues preferían morir antes que consentir aquellas imágenes en la Ciudad Santa.
Viendo que se las tenía que lidiar con un pueblo fanático, con el cual no iba a poder fácilmente, Poncio Pilatos decidió retirar las enseñas e imágenes de la ciudad.
Tuvo otro encontronazo, cuando para financiar las obras del acueducto mediante el cual se iba a proveer de agua a la ciudad, trayéndola desde las afueras de Belén, se le ocurrió meter la mano en las arcas del Templo.
Nueva revuelta, que resolvió enviando soldados de paisano, con un garrote oculto entre sus ropas. Estos soldados se mezclaron entre la multitud, y a una señal se pusieron a dar garrotazos a las gentes, muriendo muchos judíos. Otros muchos murieron, también, pisoteados en la huída del lugar por las estrechas calles.
A Poncio Pilatos le tocó llevar a cabo el juicio y posterior condena a un personaje que habría de ejercer gran influencia y marcar la historia de gran parte de los pueblos de la Tierra.
Este hombre se llamaba Yeshúa ben Yosef, ben David, es decir: Yeshúa, hijo de José, hijo de David.
Sobre este personaje se han escrito muchas y contradictorias hipótesis y teorías, muchas de las cuales son auténticas estupideces y otras están marcadas por la ignorancia y por el odio.
Sea como fuere, Yeshúa ben Yosef, ben David, ha pasado a la Historia como el Mesías que habría de procurar la salvación del género humano, según indicaban todas las profecías bíblicas, y que al parecer se cumplieron en él.
Hasta aquí hemos descrito el escenario con mayor o menor exactitud, donde se desarrollaron los hechos que hicieron que la Pésaj o Pascua del año 33 fuera diferente a la de otros años.
Pero veamos cómo y cuándo comenzaron esos hechos. Remontémosnos para éllo al primer año de nuestra Era.
Continuará...
Saludos.
Angel Rodriguez, (GEIFO).
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