Por Ariel Moreno (este cuento aparecerá dentro de poco en la
antología de Talleres en Panamá y del Diplomado Internacional de
Creación Literaria versión
2011. El primer programa fue llevado a cabo por la Fundación para la
Gestión del Arte y AFP Cooperación Cultural, y contó con el apoyo de la
Embajada de España en Panamá y de la Agencia Española de Cooperación
Internacional para el Desarrollo, AECID. El segundo programa fue
llevado a cabo en el marco de
la Universidad Latina de Panamá).
Íbamos caminando la muerte,
tú y yo. Intentaba ignorarla, su compañía nunca fue de mi agrado. Tú y yo solíamos bromear sobre
su parca presencia. Pero ella siempre fue demasiado altiva, demasiado segura,
conocedora de antemano de que nuestras bromas eran un intento desesperado por no
recordar que a pesar de llevar tantos años caminando a nuestro lado era la
única que podía separarnos.
Su charla era amena, sabia, consiente -como
deberíamos de serlo todos- que
este mundo es apenas un suspiro, un paso breve y efímero y que
-No vale la pena aferrarse a demasiadas
"cosas" pues pasan y solo queda la esencia- solía decirnos. Solía
también apantallarnos (sobre todo a ti) con sus grandes relatos, enmarañadas
historias e increíbles descripciones. Conocía a todo gran personaje que paso
por este mundo y solía echárnoslo en cara cada cierto tiempo.
-Ale no era
homosexual, solo un poco amanerado, pero hay que ver como volaban los chismes
en Grecia- contestó cuando le
preguntaste por Alejandro Magno.
Obviamente lo de "Ale" no era
más que para darse aire.
A ratos la muerte desparecía
por completo y solo éramos tú y yo.
Valoraba esos momentos con toda mi alma aunque debo reconocer que mi
personalidad se quedaba corta ante la
muerte pues como dice aquel refrán, "más sabe el diablo por
viejo...". Habría que pedir dedos prestados a todas las personas para
contabilizar los años que llevaba la muerte rondando por este mundo (y el
otro). Mis anécdotas e historias mucho más vánales (siendo sincero) solían
aburrirte.
Me esforzaba por impresionarte. De vez en
cuando pensaba tener pequeños avances pero cuando la muerte llegaba con su aire
tétrico y su apenas perceptible olor a podredumbre; traía consigo también las
más geniales historias que te hacían reír o pensar, inclusive algunas veces las
dos cosas al mismo tiempo y yo quedaba relegado a un segundo plano efímero y
mortal.
Le temíamos (yo más que tú) pero también le
admiráramos (tú más que yo) y algunas veces hasta le envidiamos (yo). Mis aires
de escritor frustrado, deseaban con
vehemencia el saco de historias que cargaba la muerte. Sobre todo aquellas que
introducía con la frasecilla: "Esta bien, os lo contare pero no se lo
digáis a nadie" era entonces cuando se explayaba en las más increíbles
narraciones, que de haber tenido esa autorización de ultratumba, estoy seguro
bien habría podido escribir mi primera novela.
Pero sobre todo envidiaba
la manera en que la mirabas, tan absorta, tan asombrada. Hubiera dado cualquier
cosa porque alguna de mis historias te
hiciera quedar así. Hubiera matado porque tus ojos me miraran de la misma manera
en que le mirabas a ella. Pero matar hubiera sido darle un poco más de ventaja.
Íbamos caminando la muerte
tú y yo cuando te hizo el ofrecimiento. Fue claro y sencillo.
-En la vida hay tres
momentos para decidir si vienes conmigo o si te quedas- dijo con su gélido aire
y con la tranquilidad de quien habla sobre llover.
-Por lo general las tres oportunidades pasan
sin que nadie lo note y de pronto ¡chaz! otro funeral más, pero contigo será
diferente, esta es tú primera oportunidad, será rápida e indolora y solo me
acompañaras al otro lado, sin más estarás con todos aquellos de los que te he
contado y podrás comprobar por ti misma todos mis relatos-
Yo la mire horrorizado.
¿Cómo se le ocurría pensar que tú te separarías de mi así nada más? Me miraste
con aire indeciso casi disculpándote y
en aquel instante supe tu decisión.
-¿Yo también puedo ir?-
pregunté desesperado aun temiendo una respuesta negativa.
-Aun no es tu hora y lo
sabes bien- fue toda su respuesta.
Intenté argumentar algo
pero pensé lo estúpido que sería discutir con ella. Tú balbuceaste algunas
palabras sobre seguir con mi vida y volver a amar otra vez. Apenas te escuché y
ahora me arrepiento, cuanto me gustaría atesorar ahora aquellas palabras.
La muerte no mintió, te tomo de la mano y sin
nada de dolor para ti, te desapareció de mi vida. Pasaron algunos meses y la
siguiente vez que llego la muerte le pregunté por ti. Me dijo que parte de su
política era no hablar de seres queridos, que si no me interesaba saber algo
más sobre Atila o sobre Cesar Augusto sería un placer contarme un par
de secretos. Inclusive me ofreció dejarme escribir algo de aquello pero si tú
no leías mis historias ¿Para qué iba yo querer escribir?
Le pregunté cuanto tiempo me faltaba para ir
contigo. Su política también le impedía decirme eso. Pregunté entonces si me
permitía escribirte algo. Empezó a decir algo sobre su política, pero luego
apiadándose de mi dijo que haría una excepción extraordinaria de la que nadie
debía de enterarse. Me entregó entonces un bolígrafo y el papel que debes tener
ahora en tus manos. (¿Tienen manos en aquel lado?)
Solo quería recordar los
buenos ratos, y contarte que la vida (y la muerte) no es lo mismo sin ti. Que
las historias no saben igual y los miedos ahora son más grandes y reales,
contarte que de alguna forma la muerte ya no me impresiona. Solo quería
contarte que aun recuerdo aquellos días cuando caminábamos la muerte, tú y yo.
--
Publicado por Blogger para
NUEVOS AUTORES el 7/02/2012 06:20:00 AM