Por Julio Moreira.
Siendo sincero conmigo podría decir que lo vi
venir. Quizás me cegué a la idea de que
el acto fuera perpetrado por ese particular ejecutor, pero conociendo a mis
perseguidores creo que fue una ingenuidad de mi parte, peor aún, tengo los ojos
para ver y los cierro, o me dejé seducir tanto que los cerré a doble mano
extasiado en el aroma de jazmín que tiene U. Fijé mi
atención aquella noche en el suelo de madera, en el resto de mi pieza del viejo
hostal, en esas amorfas figuras que parecían adquirir vida propia dentro del
cuarto invadido por la niebla, cerca de la cima del Cerro... me perdí en ese
aroma a jazmín que traía la bruma, el cual volvería a sentir en un corto tiempo,
sin poder intuir la premonición que cargaba ese aire. Sin
embargo pude esconder los manuscritos, bajo una llave que había creado y
esconderlos de mi perseguidor.
Yo me recluí en el cerro hace seis meses, desde que “suicidaron”
a Fournier sentí temor (después de que publicó “La clave de los símbolos” y “El
secreto de las cavernas” se había vuelto un perseguido, las obras son claves en
el estudio del Principio; un asesino sin rostro simuló un robo y de paso le
puso un tiro justo en medio de la frente, sin duda obra de la secta[1])
y después de que murió Medrano (petrificado por sus miedos hechos golems en
aquella casa de playa, un caso extrañísimo) supe que no había más remedio
para ganar algo de tiempo que internarme aquí en el cerro y buscar una manera
de librarme del destino infausto que se advenía. Decidí convertirme en un eremita casi por
completo y estudiar los textos. No
tenía muchos lazos con el mundo exterior.
Por seguridad me deslindé de mis hermanas, únicos parientes cercanos; y
salvo por unas cuantas noches con U cuando venía irregularmente a dejarme víveres, tabaco
y papel, corté todo lazo con el mundo exterior.
Me mantenía en mi afán de
terminar de explicarme el Principio,
descifrando textos tan variados entre sí como letras de canciones, ensayos de
física cuántica, tratados esotéricos, notas de diarios, pentagramas musicales,
literatura, poemas, y por supuesto los manuscritos de Medrano.
U es mi asistente, un pequeño puesto de Sub-director
del Departamento de Difusión Cultural en la Universidad; me daba esos pequeños
lujos. La ayuda de U se
extendía más allá de sus funciones, cosa que siempre me pareció en suma curiosa
y me llevaba a desconfiar de ella, aunque descarté cualquier sospecha (en un comienzo) al conocer su voracidad por
las letras; era lógico que quisiera inmiscuirse con algún escritor, la tomé a
la ligera, no la sentí como amenaza (o sea
un agente encubierto de la secta[2]),
yo casi no había publicado; si acaso un libro de cuento, un par de poemarios
además de unos cuantos ensayos y ficciones cortas esparcidas por ahí. Tenía
una modesta acogida en ciertos círculos nacionales, en esos/estos tiempos la
mayoría de las lecturas que atraen a la gente carecen de esa esencia proteínica
que tiene el arte. Pasó un tiempo antes
de volverse mi amante, confieso que mi relación con U no podía
ser mejor. Era una mujer inteligente, de ojos negros
grandes y labios carnosos que me ayudaba a revisar mis trabajos (los no secretos)
y además era una leona en la cama.
Durante mi encierro pasamos el tiempo entre el escritorio, el colchón y
el vino tinto. Algo que era como una
astilla en el ojo era su molesta constancia de querer revisar mis documentos
sobre la secta (nunca le dije sobre qué trataban[3]). No se
los mostré por la misma razón que me alejé de mis hermanas, pero luego solo fue
por desconfianza. Cuando traté de
explicárselo, lo mejor que pude sin hacer referencias directas al tema de los
manuscritos y sin revelar mi suposición paranoica sobre ella y sus intenciones,
me argumentó con una seguridad fatalista que yo no tenía por qué temer por su
seguridad, “tengo algo especial que me cuida”, me susurró al oído, azuzando mi
incertidumbre. Luego me miró y sonrió sutilmente para
entonces besarme el cuello y envolverme en su hechizo de carnes café con leche. Después
de la delicia de la esas pequeñas muertes volvió al tema, hasta que yo me
ofusqué con su insistencia y entonces ella desistió, por el momento. Durante un mes entero me fue tratando de
sacar información de los manuscritos. Empezaba como de costumbre, seduciéndome. Semanas después, bajo los efectos de dos
botellas de tinto y una hora en la cama, me hechizó con una mezcla de tabaco y
hachís para que le dijera mi teoría sobre la petrificación de Medrano y la
extraña marca de seis puntas en la frente del petrificado[4];
suceso que una vez por error le mencioné, y el cual solo podía hacerme
contárselo en trance. Mientras fumamos,
recuerdo que empecé a narrarle los hechos que precedieron el desenlace fatal de
mi amigo: el encierro en la casa de playa, los meses febriles de creación, mis
visitas casi semanales, las visitas de N la misteriosa amante del poeta en esos años. Mis
visitas eran excusas para divagar sobre los avatares de la literatura, teorizar
sobre la creación, la miseria del escritor por jugar a dios, castigo del que yo
descreo; lo más importante: conocer aquellos métodos poderosos para hacer
frente a los agentes de la secta, pero esto no se lo dije a U, noté
que esas elipsis la ofuscaban, pero algo que buscaba en mí o de mí la obligaba
a contener su ira.
Los editores estaban extasiados con los escritos de Medrano;
creaciones[5]
tan vivas que desgarraban el papel que las sostenían, prácticamente respiraban,
sangraban, reían, lloraban y gemían. Me
sorprendí de tanta fuerza, hasta que supe su método, conocimiento que era
prácticamente la marca de los disidentes de la secta[6] (y a la vez sentencia). Su
último trabajo no había sido encontrado.
U me
preguntó sobre qué trataba, guardé silencio y seguí con la historia. Sospeché
la pregunta sin fundamentos para dicha sospecha. Dije que no sabía. Le
expliqué que de ese trabajo en particular hablamos más abstracto que sobre los
otros. Pareció creerme. Le conté a U el sueño
de Medrano; él se veía a sí mismo dentro de un espacio blanco, del cual surgían
una a una letras y números en muchos idiomas…infinitos, me dijo Medrano en tono
solemne y parco… se volvían una melaza oscura que iba condensando sobre si misma
todas las variantes del Principio
hasta que el espacio se volvía un prisma y le mostraba todo el espectro del
color, de las formas, hasta que sólo quedaba el Nombre. A
medida que repetía el nombre las formas cobraban vida, el espacio se expandía y
se convertía en un universo. Vio una silueta adornada por una túnica roja
que lo acechaba en el momento que Medrano sentía descubrir el Principio,- ¿qué es el Principio?- preguntó U, me hice
el sordo y proseguí con el sueño. Medrano
veía a ese ente vestido de rojo manipulando sus creaciones con unos tentáculos
que parecían salir del vientre, haciéndolas salirse de control, sometiéndolo a
él también como una parte más de lo creado, justo cuando las formas daban la
impresión de infringirle el horror mortal ordenado por ese vil ente Medrano
despertaba y olvidaba el Nombre[7]; notó
que el agudo olor a jazmín de N lo
perturbaba y causaba una inexplicable nausea que sentía en el sueño por igual,
cercenó todo contacto con esa amante y no supe más de ella. Medrano fue apuntando una a una las 99
letras que configuraban aquella invocación hasta que pudo completar la grafía,
la cual nunca me confesó. Le mentí.
Le conté los detalles superfluos
sobre las últimas visitas, en las cuales perdí la esperanza de que Medrano conociera
el método para contrarrestar a la secta y a su veneno (propio de su
deformación del Principio), ponzoña que hizo saltar de las páginas los
peores miedos de Medrano (reconocí en los brazos de Medrano las mordidas de
“los perros güegüenses”, tenía el pecho lacerado con las “uñas rojas”, y los
ojos de “ahorcado”, 3 ficciones terroríficas de mi amigo). U tomó un
cigarrillo y preguntó si yo sabía el paradero del manuscrito de Medrano, le
dije que no. Me preguntó si tenía
alguna idea, quizás lo envió a algún editor, o quizás lo destruyó dije lacónicamente
para zanjar la conversación.
La última llamada que recibí de Medrano fue la
confirmación de mis sospechas acerca del avance de su trabajo, 112 páginas de
ensayo denunciando la deformación del Principio
el cual era moldeado por la ilusión del ego, y según la teoría de Medrano, era
la venda impuesta sistemáticamente mediante un lenguaje sonoro-audiovisual, el
cual era posible erradicar con la atención de la conciencia[8]. Medrano
era un peligro para los jerarcas de la secta, el ensayo era un manual de
supervivencia para los vicios del deseo, descubierto en su experiencia, con una
atinada interpretación simbolista, creado como una barca y para aquellos que
encontraran lo sacro en esas líneas. Le había costado seis meses de trabajo y
encierro. Días antes, casi histérico, me confesó que sus
escritos previos habían sido sólo una tentativa, que había descifrado el Nombre
completo, decía poder narrar lo inenarrable, revelar lo que no se puede
nombrar, el sólo hecho de esa afirmación me asustó, la secta contaba con un
servicio de inteligencia infalible enfocado a buscar y cazar cualquier autor y
texto que revelara la esencia del Principio. A la
semana fue encontrado por su arrendador. La casa
hecha pedazos, lo más curioso para mí eran las paredes, de arriba abajo decoradas
con un dripping de letras, frases, números,
versos, encriptados en siete idiomas reconocibles, algunos muertos o casi, una
locura absurda, la cual fotografíe, él estaba en el suelo, en medio de la sala,
petrificado con una grieta de seis puntas en la frente.
Estuvieron detrás de Medrano, como lo estuvieron
detrás de Fountier, como lo están de mí.
Recibí el paquete con el
manuscrito y con una carta de Medrano, tomé una licencia, fui a que me cerraran
el cuerpo y me retiré al cerro a estudiar el texto. U no ha venido más, yo dejé de llamarla, han pasado dos
semanas desde que le narré el sueño de mi amigo y divagué sobre su final. Para
ese momento no necesitaba su carne, comía poco, bebía poco, lo estudié a fondo
y luego descubrí el secreto del Principio. Escondí
los textos sobre el Principio, la
llave puedo decir fue mi creación, se necesitan dos componentes en dos planos
distintos para abrir la cerradura. Revisé
la carta y encontré un separador de páginas que había pasado desapercibido, tenía
una advertencia: “cuídate del olor a
jazmín. Es el aviso de la máscara de la muerte que
martillará con su tentáculo la fatalidad en la frente de los enemigos de la
secta.” En el instante que alcé la
mirada el viento rugió, una bruma roja entró por debajo de la puerta y nubló mi
visión de la pieza, sólo sentí un puñal entrando en mi vientre, tenía un sabor
a madera Tucum. Después me desplomé y mi sangre brotó sin
remedio, apenas pude alzar la vista para ver a U vestida
de rojo, sonriendo sutil y macabra, a la vez que movía sus húmedos tentáculos, uno
tenía el puñal de madera que violentamente enfilaba al centro de mi frente
mientras los otros buscaban frenéticos los manuscritos de Medrano que logré
esconder de los tentáculos de secta dentro de un cuento diseñado sólo para
cierto tipo de lector.
Texto
reproducido de “La Enciclopedia Nova del Mundo Desconocido”; 3era edición
Madrid, España, 1999; Volumen VII: Crónicas Apócrifas de Mesoamérica; Sección:
Panamá; Autor: Anónimo y de paradero desconocido.
[1] "La secta de los escribas
es tan arcana como su arte. Nació con
las enseñanzas de la Madre de los dioses.
Los conflictos entre sus facciones beligerantes que como mafias, buscan
el dominio y la manipulación del Principio,
nacen desde la génesis de la secta.
Algunos renegados tratan de buscar maneras para liberar el Principio de esa cadena, la resistencia
es escasa pero continua.”
Del libro “La clave de los símbolos”, Jean Paul
Fountier, Pág. 136 – 1890.
[2] “Algunas veces somos parte
inconsciente, otras no somos parte de nada, otras somos agentes de su lado más
vil; la secta desde hace 15,000 años ha tenido el control de los secretos y del
Principio deformándolos en dogmas
abominables.”
Del libro “El secreto de las cavernas”, Jean
Paul Fountier, Pág. 31 – 1900.
[3] “La palabras y el secreto son
el concepto, la llave del Principio que guardan celosos para su propia gloria;
de ahí que los disidentes sean tildados de blasfemos que deben ser cazados por
el hecho de r-e-v-e-l-a-r.” (Ídem)
[4] “La guerra sucia sectaria
secreta se libra en varios escenarios, en numerosos frentes y en tantas
dimensiones como la teoría permite, pues el Principio
que conocen los más sublimes escribas traspasa la apariencia de la forma, del
tiempo y del espacio.”
Del libro “El caleidoscopio y las puertas
abiertas de fuego (tratados etéreos)”, Salomón Medrano, Pág. 43 – 1984.
[5] “El acceder al poder creativo
en plenitud, inherentemente coloca al sujeto dentro del terreno de la secta,
más no revela el Principio, pero
encamina a su descubrimiento y al néctar de la etéreo.” (Ídem)
[6] “Conocemos a cabalidad la
relación entre el fuego, la luz, la sombra, y lo eléctrico; comprendemos a
plenitud la relación entre el observador y lo observado, la premisa: EL VERBO CREA, está tatuada en nuestra
frente y es la seña incandescente que nos marca como blancos móviles ante los
agentes de la secta, pero conocemos el Nombre que ellos ambicionan invocar.”
Del libro “Los vigilantes del fuego”, Salomón
Medrano, Pág. 52 – 1969.
[7] “Cualquier intento de liberar
la sabiduría de esa horrible condena oscura tiene consecuencias fatales.”
(Ídem)
[8] Ese afán por ocultar las
virtudes del Principio ha dado como resultado los actuales sistemas de
control. No se discute entre los
renegados los engranajes sociales, religiosos, económicos, psicológicos, además
de la influencia de las políticas de salud y nutrición, que desde la antigüedad
han estado en función de mantener en el poder a la vil facción. Solo la Mente libera a la Mente, todo
procede de ella, incluso la esclavitud.
La Mente es la llave.”
Del libro “Los ahorcados”, Salomón Medrano, Pág.
81 – 1990.
Imágen extraída de búsqueda de imágenes relacionadas con sectas, número 247_5_46d0a980ec7f6.
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