Por Carolina Fonseca
(este cuento aparecerá dentro de poco en la antología del Diplomado Internacional de Creación Literaria, versión 2011, programa llevado a cabo por la Fundación para la Gestión del Arte y la Universidad Latina de Panamá).
El día de tu jubilación te ves parada en la acera sosteniendo
una caja con todo lo que había ocupado tu escritorio; sola
y sin saber qué hacer. Tu imagen reflejada en
la vitrina de enfrente: la imagen de una
mujer vieja con una caja en los brazos y con esa expresión de desamparo. Miras a la derecha... a
la izquierda... sabes que da lo mismo; tan solo una cuadra más hasta la entrada del metro. Viras a la
izquierda -no porque lo hayas decidido- y sigues el flujo de gente que a esa
hora sale a la calle rumbo a su casa. Caminas sintiendo el peso ridículo de cuatro bolígrafos, dos agendas, y unos cuantos
adornos que te hacían sentir cómoda cuando llegabas a tu trabajo, y que
ahora en esa caja, fuera del espacio que ocuparon, carecen de sentido. Pasas de
largo el cruce a la estación por primera vez en todos
esos años -sin decidirlo tampoco-,
porque sabes que a diferencia de cualquier otro momento de tu vida, se te han
roto los mapas y todos los esquemas que te conducían de tu pequeño apartamento de mujer-de-clase-media-solterona,
a la oficina de recepción de Sucre & Asociados, y
de allí, de vuelta, cada día, de lunes a viernes, de 8:30 am a 5
pm. Ahora nada te espera; tomar el vagón de las 5:20 de la tarde no tiene
importancia, como no la tiene ese reloj que no recuerdas haberte quitado en años y que mirabas a menudo para llenar de
propósito tus días con un sin fin de actividades y
gestos sin trascendencia. Te dejas llevar por las curvas de la acera en un
estado que te es desconocido como te son desconocidas las grietas que han hecho
las raíces de los robles en el
pavimento y la inclinación que va hacia el puente
angosto y alto de la calle 6. Llegas al centro de ese puente y viras para
apoyarte en la baranda de metal que hubieras querido sentir más firme, menos baja; tus brazos apoyados
con esa carga inútil, y te asomas, atraída por un vacío que reconoces después de tantos años; atraída por los carros que pasan a gran
velocidad, una velocidad que ahora te es ajena y que produce un ruido
ensordecedor que hace temblar la baranda, tus brazos, la caja. Entonces la
sueltas, y ves como va cayendo hasta estrellarse pequeña allá abajo; la pobre debajo de las ruedas de
un carro... de otro... de otro, hasta que se aquieta; y por primera vez sonríes y dejas de mirarla, de pensar en
ella, la pobre. Te yergues, y un poco más ligera, caminas; y el ruido ese que
producen los carros, tan molesto, se va acallando mientras te alejas.
La imagen fue extraída de Zarrapastroso.com
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NUEVOS AUTORES el 7/02/2012 06:01:00 AM