LOS SALMOS IMPRECATORIOS
Salmos imprecatorios
La reacción ante los enemigos en algunos casos inspira al salmista las más duras imprecaciones (Salmos 35:1-8; 58:6-9; 59; 69:22-28; 137:8 ss.). El lenguaje es tan crudo que para muchos lectores constituye una piedra de tropiezo. ¿cómo podían personas profundamente piadosas abrigar sentimientos tan despiadados y proferir execraciones tan atroces?
La respuesta no es fácil; pero una ponderación adecuada de los textos desde el punto de vista existencial, lingüístico y teológico nos ayuda a leer esos salmos bajo otra perspectiva.
En primer lugar debe tenerse presente la situación angustiosa, a menudo horrible, a que el piadoso era sometido por sus acosadores. Recuérdese lo expuesto en el punto anterior. En tal situación, cualquier reacción, aun la más airada, resulta explicable. En nuestros días, después de veinte siglos de cristianismo, todavía las grandes injusticias y la crueldad encienden en nosotros la indignación y el deseo de que quienes las practican sufran un duro castigo. ¿Podía esperarse un comportamiento más atemperado en hombres que nadan sabían del sermón del monte y sus máximas de amor hacia el enemigo y que, por el contrario, habían respirado la atmosfera de una sociedad en la que se consideraban normales las venganzas más crueles?
También ha de tomarse en consideración el carácter hiperbólico que frecuentemente adquiere el lenguaje poético. Ese carácter se acentuaba entre los orientales cuando se enardecían sus emociones. Si esto sucedía como consecuencia del mal infligido por los enemigos, se recurría a las frases más duras para expresar la indignación. Al parecer, existían fórmulas de maldición que servían de vehículo a estos sentimientos. Algunos autores han pensado que los salmistas usaron esas fórmulas como pauta para sus composiciones imprecatorias. En su lenguaje debe verse el trasfondo cultural de una época muy lejana a la nuestra.
Pero en el contexto teológico el que mejor puede iluminar los pasajes en cuestión. No parece que lo esencial en ellos sea un sentimiento personal de venganza. David demostró su magnanimidad en relación con su gran adversario, Saúl, y con su propio hijo rebelde, Absalom. El “ojo por ojo y diente por diente” no era el único principio que regía el comportamiento en situaciones de conflicto. La jokmah (sabiduría) de Israel incluía otro precepto: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer, si tiene sed, dale de beber” (Proverbios 25:21). Pero en el caso de los salmos imprecatorios no se trata simplemente de ofensas personales. Los enemigos del orante, son también enemigos de Dios. Son hombres injustos que menosprecian cínicamente las leyes divinas; su conducta constituye una gran provocación y una amenaza para el orden moral. Sobre ellos debe recaer el juicio divino previsto en las maldiciones del pacto (Deuteronomio 27:15 ss.; 28:15 ss.). Lo que en el fondo parece pedir el salmista es que el honor de Dios sea reivindicado. Tal es el sentir que se expresa en Salmo 139:19-22. Los enemigos del salmista lo son porque son enemigos de Dios. Ésta es la razón por la que los aborrece y desea su muerte, justa retribución a su impiedad. Como hacemos notar en nuestro tratado de Hermenéutica, “orar por la destrucción del injusto equivalía a pedir la condenación de la injusticia. Aquél era visto como la encarnación de ésta. Para un israelita era inimaginable el exterminio de la maldad sin el castigo ejemplar de los malos a ojos de los demás humanos. Su visión escatológica no era aún muy clara. Si la justicia de Dios había de resplandecer, había de ser “aquí y ahora”, en el mismo escenario terrenal en que los malvados habían practicado sus iniquidades” (José M. Martínez, Hermenéutica Bíblica, CLIE, 1984, p. 332).
Antes de estremecernos con un sentimiento de horror y reprobación ante las imprecaciones de algunos salmos, deberíamos situarnos en el contexto histórico de sus autores y, al mismo tiempo, asegurarnos que nuestra pretendida magnanimidad está exenta de hipocresía, de que nuestras manifestaciones de mansedumbre no enmascaran una actitud de falsa tolerancia y lenidad. Al final de su comentario sobre el Salmo 137, añadió Maclaren unas frases dignas de reflexión: “Quizá no haría ningún daño a los tiernos de corazón modernos tener un poco más de hierro en su ternura y reconocer en lo más íntimo que el Rey de paz ha de ser primeramente Rey de justicia y que la destrucción del mal es el complemento de la preservación del bien”.
Cabe hacer una última observación. En los salmos imprecatorios se pone de manifiesto que el orante no piensa ni por un momento en tomarse la justicia por su mano. Encomienda su causa a “Aquel que juzga justamente”, y espera en Él (Salmo 37:5-9). Este ejemplo sería plenamente revalidado por Cristo (1ª Pedro 2:23). Y es todo un reto para nosotros hoy.
SALMOS ESCOGIDOS
José M. Martínez
***