EL LIBRO DE LOS MÁRTIRES (290)
Por John Foxe
HISTORIA DE LOS MÁRTIRES CRISTIANOS
Surgimiento y progreso de la religión protestante en Irlanda; con un relato
de las bárbaras matanzas de 1641
Continuación:
Fue tan oportunamente que se descubrió este complot tan sólo pocas horas antes de que la ciudad y el castillo de Dublin fueran a ser sorprendidos, que los Lores Justicias apenas si tuvieron tiempo de prepararse, junto con la ciudad, en una posición defensiva adecuada. Lord M'Guire, que era allí el principal cabecilla, fue, junto con sus cómplices, detenido aquella misma noche en la ciudad; en sus viviendas se encontraron espadas, azuelas, hachas, mazos, y otros instrumentos de destrucción preparados para la destrucción y el exterminio de los protestantes en aquella parte del reino.
De esta manera la capital fue felizmente preservada; pero la sanguinaria parte de la tragedia tramada ya no se podía impedir. Los conspiradores estaban ya sobre las armas temprano por la mañana del día señalado, y todos los protestantes que encontraron en su camino fueron asesinados de inmediato. No se perdonó ninguna edad, ni sexo ni condición. La mujer llorando por su marido destripado, y abrazando a sus indefensos hijos, era traspasada junto a ellos, muriendo todos a la vez. Los viejos y jóvenes, los vigorosos y los débiles, sufrieron la misma suerte y se confundieron en una misma ruina. En vano salvaba la huida de un primer asalto; la destrucción asolaba por doquier, y se enfrentaban con las perseguidas víctimas en cada recodo. En vano se quiso reunir a parientes a compañeros, a amigos; todas las relaciones estaban disueltas; y la muerte caía de la mano de aquellos a quienes se imploraba protección y de quienes se esperaba. Sin provocación, sin oposición, los atónitos ingleses, viviendo en la mayor paz, y, pensaban ellos, plena seguridad, fueron asesinados por sus más cercanos vecinos, con los que habían mantenido durante mucho tiempo una continuada relación de bondad y buenos oficios. Pero la muerte fue el más suave de los castigos infligidos por estos monstruos en forma humana; todas las torturas que pudiera inventar la más voluntariosa crueldad, todos los prolongados tormentos del cuerpo y angustias de la mente, las agonías de la desesperación, no podían saciar una venganza carente de motivos, y cruelmente salida de ninguna causa. La naturaleza depravada, incluso la religión pervertida, aunque alentadas por la licencia más desenfrenada, no pueden llegar a un mayor paroxismo de ferocidad que el que se manifestó en estos inmisericordes salvajes. Incluso las representantes del sexo débil, naturalmente tiernas ante sus propios sufrimientos y compasivas ante los de los demás, emularon a sus fuertes compañeros en la práctica de toda crueldad. Los mismos niños, enseñados por el ejemplo y la exhortación de sus padres, aplicaban sus débiles golpes a los cadáveres de los indefensos hijos de los ingleses.
Continuará>
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