UN ESPÍRITU AFABLE Y APACIBLE
“Asimismo vosotras, mujeres… Vuestro atavío no sea el externo… sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1ª Pedro 3:1-3).
El feminismo ha influido tanto en la actitud de las mujeres de nuestras iglesias que es muy difícil distinguir entre el pensamiento de una mujer que pretende ser cristiana y una del mundo. En nuestras iglesias simplemente no se leen pasajes como este, dirigidas directamente a la mujer. Aquí Pedro enseña que la mujer santa es una que espera en Dios y se sujeta a su marido; se distingue de una del mundo en su manera de vestirse y en sus actitudes. No se viste para llamar la atención, sino con modestia (1 Tim. 2:15). Su actitud interna es “de un espíritu afable y apacible”. La del mundo, aunque vaya a la iglesia, choca con lo que la Biblia dice a la mujer: “Vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos” (1 Ped. 3:1), y “Quiero que sepas que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo” (1 Cor. 11:3). La mujer del mundo quiere participar en el culto vestida como una de la calle, y si se le llama la atención, se enfada. Es defensiva, orgullosa, agresiva, petulante, respondona y obstinada en sus opiniones. ¡Hermanas, este no es un espíritu apacible! Y no agrada a Dios.
Esta mujer agresiva no saca sus opiniones de la Biblia. No le importa lo que la Biblia enseña, se va a mantener en sus trece, y no recibirá ninguna admonición, corrección o enseñanza de parte de los pastores, ¡o de Dios mismo!, en cuanto a su lugar como mujer, o su comportamiento, o su papel como esposa y madre, aunque pretende ser cristiana. Se ha rebelado contra Dios. No acepta que Él la creó para ser mujer y ha definido su papel como tal. Su Biblia tiene tres Testamentos: el Antiguo, el Nuevo y el Actual, escrito por los medios de comunicación. Y luego se dice creyente. ¿Qué cree? Cree la parte de la Biblia que está de acuerdo con su manera de pensar, porque ella está por encima de la Palabra de Dios, y de Dios mismo. Ella es una diosa y Dios es su siervo para atenderle en lo que ella quiere. Esto es idolatría.
Hermana, si esta es tu postura, corres un gran riesgo en el Día Final, cuando te presentes delante de Dios, de oír las palabras devastadoras: “Apártate de mí; nunca te conocí” (Mat. 7:23). Todavía estás a tiempo de rectificar. Humíllate delante de Dios. Sujétate a su Palabra, a sus apóstoles y obedéceles. No son salvos los que oyen la palabra, sino los que la ponen por obra (Santiago 2:24). Sé reverente con las cosas de Dios y respetuosa. Pablo dice: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Cor. 11:1) y “Yo recibí del Señor lo que también os he enseñado” (1 Cor. 11:23), no solo con respecto a este capítulo, sino a todo el Nuevo Testamento que incluye: Ef. 5:33; Col. 3:18; 1 Tim. 2:12; Tito 2:4, 5. Lee los textos dirigidos a la mujer. Medita en ellos. Y no te conformes al mundo, sino cambia tu mentalidad para estar de acuerdo con la Palabra de Dios (Rom. 12:2), y serás aprobada por Dios, “como obrera que no tiene de que avergonzarse” (2 Tim. 2:15). Serás una mujer afable y apacible, de gran estima delante de Dios, humilde y obediente, como tu Salvador, el Señor Jesús (Fil. 2:5) quien no siguió sus propias ideas y opiniones, sino que se sometió al Padre y fue a la cruz para tu salvación. Niégate a ti misma, toma tu cruz y síguele (Lu. 9:23), y Dios te recibirá en gloria, orgulloso de ti.
Devocionales Margarita Burt
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