¿SALVARSE MEDIANTE BUENAS OBRAS?
“Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia” (Isaías 64:6).
Muchas personas piensan que las buenas obras las salvan del castigo que merecen por sus pecados, y que cuando comparezcan ante el juicio, Dios pondrá las buenas acciones en uno de los platillos de la balanza y las malas en el otro. Según el peso de unas y otras, se decidirá su suerte eterna. Pero, ¿sabemos cuánto pesa cada pecado? ¿Cuánto pesa una mentira? ¿Cuánto pesarán las mentiras de una vida entera? ¿Cuál es el peso de la inmoralidad, de la falta de honradez y de todos los demás pecados?
¡Tienen un peso horripilante si los miramos a la luz de la santidad de Dios!
Ahora, ¿qué valor tienen nuestras buenas obras, incluso las religiosas?
A menudo están estropeadas por el orgullo o el secreto deseo de que nuestros semejantes nos feliciten. Además, hacer buenas obras no es, en realidad, algo meritorio a los ojos de Dios. Las buenas acciones son una conducta normal ante Dios, no borran en nada nuestros pecados y no compensan las malas acciones. Si alguien mata a un hombre es un asesino, incluso si ha hecho muchas buenas obras. Y sigue siendo un asesino, aunque nuevamente haga muchas buenas obras. Si un hombre hubiese cometido un solo pecado, de todas formas sería un pecador.
“Por gracia sois salvos por medio de la fe… es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).
¿Es una situación desesperada? No, aún queda la gracia de Dios que trae el perdón por la obra de Jesús.
“Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad:
Dios fue manifestado en carne… predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1ª Timoteo 3:16).
“Indiscutiblemente”, dice la Biblia, “grande es el misterio de la piedad”.
¿Cuál es ese misterio?
Es lo que Dios reveló para que el hombre pudiese volver a tener una buena relación con él. Eso empieza por la primera venida de Cristo a la tierra, cuando, “Dios fue manifestado en carne”. A esto llamamos encarnación.
“Aquel Verbo fue hecho carne” (Juan 1:14).
La venida de Dios a la tierra, en Cristo, en un cuerpo de hombre, parece algo sorprendente, difícil de creer. Sin embargo ello nos muestra que Dios ama a los hombres con un amor que va más allá de lo que podemos comprender, con un amor que descendió del cielo a la tierra.
Cuando Dios creó al hombre, tenía una relación estrecha con él, pero esa relación se rompió debido al pecado.
¿Aplicaría Dios su justicia exterminando a todos los pecadores?
No, al contrario, se acercó a ellos con dulzura. Jesús quiso ser nuestro prójimo.
Esta imagen puede ayudarnos a comprender qué es la encarnación: Un rey solía ir vestido con ropa sencilla por las casas de los pobres para no impresionarlos, con el objetivo de informarse sobre sus necesidades. Admiramos que una persona de tanto rango tenga un comportamiento así. Pero Dios, nuestro creador, es infinitamente más elevado. Siendo santo, se revistió de nuestra humanidad.
¡Qué misterio!
En su nobleza infinita vino a habitar entre nosotros bajo la forma de un hombre sin pecado, Jesús. ¡Cuánto nos amó!