Queridos hermanos en la fe y amigos, de Amor Fraterno.
Continuamos con el estudio de la Biblia, la Palabra de Dios.
Un estudio de todos los libros de la Biblia, que en su versión original se llama: “Thru the Bible” (A través de la Biblia). Preparado por el teólogo y profesor de Biblia, J. Vernon McGee. En la versión española, traducido, adaptado, y presentado por Virgilio Vangioni, profesor de Biblia.
Si dispones de unos minutos, te aconsejamos que leas o escuches estos mensajes sobre la iglesia primitiva. Hará bien a tu vida, porque además de adquirir conocimiento, crecerás en sabiduría en la Palabra de Dios.
Dios bendiga Su Palabra en tu corazón.
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TESTIMONIO DE PABLO ANTE FESTO Y AGRIPA
HECHOS 26:2-3
Volviendo a nuestra escena, vemos que se abrió la puerta de aquella gran sala del trono, y un preso fue introducido a esta escena llena de colorido. Estaba vestido con ropa de presidiario y permanecía encadenado entre dos guardias. Su apariencia personal era poco llamativa, más bien insignificante. Éste era el hombre que enseñaba y predicaba sobre la muerte, la sepultura y la resurrección de Cristo a favor de los seres humanos, porque eran pecadores y necesitaban un Salvador. Éste era el que verdaderamente podía hablar con autoridad acerca de aquel nuevo Camino. Y sin duda, todos estaban dispuestos a escuchar a este hombre porque sabía cómo expresarse y porque era un orador inteligente. La luz del cielo brillaba en su rostro. Ya no era Saulo de Tarso, sino Pablo el apóstol.
¡Qué contraste debe haber habido entre Pablo y esa multitud ebria de nobleza y frivolidad que se congregaba allí!
Festo contó cómo los judíos habían tratado de matar a Pablo. Cómo le aborrecían, y que sin embargo, no presentaban ninguna acusación fiable contra él. Toda esa multitud miró a Pablo con curiosidad, y creemos que él debió recorrer con su vista a la multitud con una expresión de dignidad. Ahora, Pablo no era una personalidad deslumbrante. Algún crítico incluso se ha expresado con desprecio sobre su carácter. Bueno, es posible que en el Imperio Romano eso también fuera lo que pensaran de él. Recordemos lo el Señor Jesús había dicho en el capítulo 15 del evangelio según San Juan, versículo 18:
“Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros”.
El apóstol Pablo había sido fiel al Señor Jesús y por tanto el mundo le despreciaría. Realmente, aquellas palabras no parecían presagiar la popularidad futura de los propagadores del Evangelio.
Francamente no creemos que Pablo fuera atractivo físicamente. Sin embargo, tenía la clase de carisma y atracción dinámica que solo la gracia de Dios puede da a una persona. El Espíritu Santo le dio las energías que necesitaba.
Estimado lector, esto es lo que quiso decir Pablo en su carta a los Gálatas, cuando en el capítulo 2, versículo 20 dijo:
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.
Ahora, destacamos el gran contraste entre Agripa y Pablo, los dos hombres que sobresalían en medio del atractivo y el resplandor de la ocasión. ¡Qué contraste! Mientras uno de ellos se vestía de púrpura, el otro lucía la ropa de un preso. Uno se sentaba en el trono, y el otro estaba encadenado. Uno llevaba una corona y el otro solo cadenas. Agripa era un rey, pero viviendo en la esclavitud del pecado. Pablo, en cambio, era un preso encadenado, pero disfrutando de la libertad de tener los pecados perdonados, es decir, de la libertad que hay en Cristo Jesús. Agripa era un rey terrenal que no podía liberar a Pablo, ni a sí mismo. Pablo, por su parte, era embajador de un Rey que le había liberado a él y que podía liberar a Agripa también de la condena y poder esclavizador del pecado.
Ahora, recordemos que el rey Agripa era miembro de la familia de Herodes. Pertenecía a la familia más perversa y corrupta que se conozca. Fue la familia más malvada que se mencionó en la Biblia. Agripa era un hombre inteligente y un gran personaje, a pesar de sus antecedentes. Conocía la ley de Moisés. Por lo menos la conocía en un sentido literal. Y Pablo se alegraba de este acontecimiento porque le dio la oportunidad de hablar a un hombre educado, que comprendería la naturaleza de las acusaciones.
Ahora, dijimos antes que no pudimos menos que deducir que Pablo se había puesto algo impaciente durante estos dos de encarcelamiento en Cesarea. Había comparecido ante la multitud enfurecida en Jerusalén, ante el comandante, y luego ante Félix; con Félix en público y varias veces en privado. Y luego compareció ante Festo. Ahora, lo vemos ante Agripa. Ninguno de esos hombres había comprendido plenamente los antecedentes de las acusaciones contra Pablo. Tampoco entendieron el evangelio. Esto fue cierto incluso del comandante romano en Jerusalén. Resulta sorprendente que estos personajes pudieran haber vivido en esa región, expuestos a los cristianos, habiendo escuchado al apóstol Pablo, y todavía no entendieran el evangelio, o si lo entendieron, no estuviesen dispuestos a aceptarlo Sin embargo, ésa era su situación.
La súplica de Pablo al rey Agripa para que se convirtiese a Cristo fue magnífica. Fue lógica, inteligente y apasionada. Más que una defensa, fue una declaración del evangelio. Y leemos aquí los versículos 2 y 3 de este capítulo 26 de los Hechos, en los cuales Pablo, en medio del silencio y la expectativa de todos comenzó a hablar, diciendo:
2—Me tengo por dichoso, rey Agripa, de que pueda defenderme hoy delante de ti de todas las cosas de que soy acusado por los judíos. 3Mayormente porque tú conoces todas las costumbres y cuestiones que hay entre los judíos; por lo cual te ruego que me oigas con paciencia.
Ahora Pablo por fin le hablaba a un hombre que entendía lo que él estaba diciendo.
Como ya hemos dicho, Agripa era un hombre inteligente, que conocía la ley de Moisés y las costumbres judías. Pablo en verdad estaba satisfecho de tener esta oportunidad de hablar a un hombre tan capacitado para comprender la verdadera naturaleza de este asunto. Es que Pablo también era un judío que había sido bien instruido en la ley mosaica, pero Pablo, además, se había encontrado con Cristo. Ahora la ley tenía un nuevo significado y sentido para él. Su alma había sido inundada por una nueva luz. Ahora veía que la ley se cumplía en Cristo para que fuesen declarados justos todos los que tuviesen fe. Ahora sabía que Dios había suplido lo que él mismo había exigido. Él sabía que Dios es bueno y que por medio de Cristo, Dios muestra Su bondad y su misericordia. Y Pablo quiso que el rey Agripa también conociese todo esta verdad. Una pasión consumada llenaba el alma del apóstol Pablo mientras hablaba. Y aquí, una vez más, creemos que este discurso fue su obra maestra. Su discurso en el Areópago en Atenas había sido sobresaliente, pero, no creemos que pueda compararse con este discurso.
Aunque posiblemente había centenares reunidos en aquella corte para escuchar este mensaje, creemos que Pablo se dirigió hacia un solo hombre, y ese hombre era el rey Agripa. Pablo trató de ganar a este hombre para Cristo. Ahora, Pablo comenzó con una introducción muy cortés, diciéndole a Agripa cuánto se alegraba de tener esta oportunidad. Luego, continuaría dando al rey Agripa una breve reseña de su juventud y de sus antecedentes. Y después le contaría acerca de su conversión. Finalmente, realizó su intento final para alcanzar a este hombre para el Señor Jesucristo.
Estimado lector, al despedirnos le rogamos que lea sin interrupción todo este discurso. Pasando por alto las peculiaridades de aquella situación, este mensaje, que es universal, se personaliza ante cada ser humano. Porque Dios le habla a cada uno de acuerdo con su necesidad. Le habló de una manera a san Pablo, y de otra muy diferente a este rey. Le invitamos pues a abrirle al Señor, al Salvador, las puertas de su vida, para que Él pueda asumir el control, para transformarle y convertirle en una nueva persona.
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"Venid a mí,
todos los que estáis cansados y cargados,
y yo os haré descansar" Mateo 11:28