Nota en NI A PALOS - La Larga Marcha

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Gustavo Koenig

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Jul 17, 2011, 9:09:26 PM7/17/11
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La larga marcha

0 Comentarios 15 Julio 2011

La larga marcha

Se unieron en 2008, en pleno conflicto por la 125, pero sus reivindicaciones tocan el origen mismo del esquema productivo y social argentino. A favor de un nuevo modelo agropecuario y dispuestos a dar su apoyo a la profundización del proyecto nacional y popular, el Frente Nacional Campesino caminó 1700 kilómetros desde Chaco a Buenos Aires para reclamar por la tierra y acompañar el proceso político en marcha. Con ustedes: “el otro campo”.

Intercambios en nuestra historia hubieron muchos; así, rápido, los cronistas recordamos la correspondencia Perón-Cooke: la conducción estratégica y la conducción táctica tratando de surfear el post 1955. También hubieron de los otros, donde personas que no juegan estrictamente en el mismo equipo se cruzaron y que, justamente, por los contrapuntos, quizás sean de los más jugosos: desde las cartas Quillotanas que iban y venían de Sarmiento a Alberdi, hasta el debate televisivo Rucci-Tosco de 1973. Hace unos meses, en el diario Página/12, se produjo otro bien interesante entre Mempo Giardinelli y Gustavo Grobocopatel.
En una esquina el poeta, novelista, periodista y chaqueño, hombre de la “Argentina profunda” como gusta decir a la presidenta. En la esquina de enfrente Grobo, el máximo exponente de esa clase fallida que llamamos burguesía nacional; hombre de Carlos Casares y, sin dudas, uno de los mayores símbolos de los ganadores por arriba del modelo. Sobre qué versó la tertulia, sobre el campo después del campo.
Dos meses después del voto no positivo, pedía su quiebra el Lehman Brothers y cambiaba radicalmente el escenario político internacional y nacional: sale “campo” entra “finanzas”. Ello, acompañado del buen desempeño de las cotizaciones de los granos, la demanda sostenida de la locomotora China, Tata Dios aportando sus lluvias, y el cierre del ciclo de sequía con la política de sintonía fina desplegada por el nuevo Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca.
El vértigo de la realidad, así, casi de la noche a la mañana, se llevaba puesto el mayor conflicto social y político que había atravesado a la sociedad argentina y a su sistema político quizás desde la reapertura democrática. Pero, como decía el compañero Freddy Mercury, el show debe continuar, y sobre esa continuidad se cruzaron Mempo y Grobo, porque “hay vida después de la 125”, hay tensiones y conflictos sociales en el mundo rural, hay debates sobre los modos del desarrollo, la cuestión medioambiental, los desalojos y la extranjerización de la tierra. Ese intercambio, digamos teórico, en esta semana de cierre de campaña, tuvo encarnadura social. El campo –esta vez en su versión plebeya- volvió a la ciudad.

Los dueños de la tierra
“En el 2008, cuando surge todo esto del conflicto por la 125, nosotros veíamos que algunas cuestiones técnicas estaban muy mal manejadas, y nos daba pena esa situación porque veíamos a un gobierno decidido a avanzar en la profundización del modelo y que, por primera vez, alguien se animaba a plantear la cuestión de que aquellos que más dinero ganan, principalmente con los recursos naturales de Argentina, tengan que aportar más para el bienestar general”. El que habla es Benigno López, dirigente del Movimiento Campesino de Formosa (MOCAFOR) y uno de los principales referentes del Frente Nacional Campesino, organización que agrupa a distintos movimientos de chacareros y pequeños productores agropecuarios de la región extra pampeana y que, en abril de 2008, luego de ver cómo sus viejos compañeros de la Federación Agraria versión Buzzi, rompían el Foro de Agricultura Familiar y salían prestos a corretear en busca de una silla en la Mesa de Enlace, decidieron reunirse para alzar en conjunto sus banderas. Con 200 años de fuste y represión a sus espaldas, no sólo sabían, por experiencia propia, que sus reclamos caían en el saco roto de las patronales del agro, sino que también se abría un momento único para escaparle a la condena de los márgenes. “Fundamos el Frente con una postura política bastante clara que es de una actitud moderada, si se quiere de centroizquierda, apoyando el proyecto nacional y popular y en el marco de la construcción del bloque regional de poder latinoamericano con los gobiernos progresistas de América Latina. Nosotros creemos que el gobierno de Cristina está en ese marco, que el proyecto nacional está en ese marco y es así que humildemente, los pocos que somos, en lo débil que somos, decidimos aportar lo poco que podemos ya que veíamos que el modelo estaba muy amenazado y al mismo tiempo decirle al gobierno nacional y a los gobiernos provinciales “existimos, queremos participar, queremos ser protagonistas, somos invisibles, queremos ser visibles”.
Benigno es uno de los tantos invisibilizados del campo que el 4 de abril de este año partió en una larga movilización desde el Chaco con destino Buenos Aires en la llamada “Marcha por un nuevo modelo agropecuario y por la profundización del proyecto nacional y popular”. Peregrinación que tomó como punto de partida el mítico Fortín Belgrano, trinchera chaqueña fundada en el siglo XIX por un grupo de blancos e ilustrados colonizadores que, pronto, tuvieron que rajar ante la firmeza de sus habitantes: los pueblos originarios dueños de esa tierra boreal. Atravesando a pie Salta, Formosa, la mítica ciudad santafesina de Villa Constitución -cuna de aquella “guerrilla fabril” que denunciaba el Chino Balbín en el 75-, todo el cordón industrial del Paraná y el Gran Buenos Aires, llegaron finalmente a la Capital esta semana luego de 91 días de caminar más de 1700 kilómetros de suelo argentino.
Con un acto frente al Congreso, en el que no faltaron chacareras ni el despliegue de una inmensa bandera mural de 12 metros, brindada por la Red Cultural Sudakas y creada por el artista Lucas Quinto, los campesinos hicieron llegar un petitorio de cuatro puntos: titularización de las tierras, apoyo técnico y económico para la producción y comercialización, ley para la suspensión de los desalojos y ley de propiedad de la tierra. Todo en el marco de una Mesa de Enlace que se guarda a la espera de mejores condiciones climáticas para la batalla, de un Ejecutivo que puso sobre la mesa un proyecto contra la extranjerización de la tierra y un sin fin de desalojos que, impulsados por las grandes corporaciones agropecuarias, con la anuencia de no pocos dirigentes y jueces provinciales, azota cotidianamente a los pequeños productores. Allí se inscribe ese apoyo a la profundización del modelo: el momento, dicen, es ahora.

El arriero va
“El Frente se forma porque faltaba una organización de representación a nivel nacional”, detalla Matáis Berger, sociólogo, investigador del CIEL-PIETTE-CONICET y referencia de lujo para entender cómo se organiza este frente campesino que al tiempo que no abandona ni da el brazo a torcer en sus reivindicaciones, inscribe su lucha en un acompañamiento a contramano de esa falsa intuición que supone que, luego de la 125, no hay campesino que no sea furiosamente antikirchenrista. “Antes de 2008 había muchas organizaciones de base, bastante fuertes, que venían de un período de mucha crisis social y de mucha protesta, pero que también empezaban, así como pasó con las organizaciones territoriales del Gran Buenos Aires, a vincularse y articularse con un Estado que cambiaba alguna de sus orientaciones: un Estado que empezaba a abrir sus puertas para conversar con sectores con los que antes dialogaba poco o nada”, reflexiona.
Berger es un formoseño egresado de la UBA, que luego de encontrarse en 2004 con una protesta campesina en su tierra natal, volcó todas sus fuerzas en hacer de su tesis de doctorado (“Formas de interacción y participación política en el proceso de organización del MOCAFOR”) tanto una herramienta de articulación como una oportunidad para entender los métodos de participación campesina en un contexto de grandes avances populares, y de fuertes confrontaciones patronales, mientras el modelo productivo, a ambos lados del mostrador, parece una vaca sagrada que todos miran con recelo pero nadie se anima a carnear. “Hay un eje de la discusión que está basado en el acceso, tenencia y manejo del recurso tierra y de los recursos naturales anexos a la tierra, que para mí es el eje principal de esta discusión. Que no tiene que ver todavía con lo productivo, pero que en realidad en muchos casos se vincula. Porque cuando vos tenés sólo la posesión del suelo pero no tenés la titularización y la tenencia no podés ser sujeto de crédito, te cuesta mucho más inclusive ser sujeto de políticas públicas”, aclara Berger, y agrega: “creo que el eje de lo que puede ser una propuesta importante a nivel nacional, no es incompatible, a priori, aunque siempre los intereses en algún punto se chocan, con la economía agroexportadora. Son discusiones que se pueden dar en paralelo sin necesidad de suplantar una por otra. Acá el proyecto que hay que construir, y no es sencillo, es un fuerte apoyo para producir y fundamentalmente para comercializar la producción. Y lo importante es darle espacio al campesino, al sujeto invisibilizado en este debate porque es el que no siempre tiene representación o una silla en la mesa”, concluye.

El otro campo
No vamos a decir nada nuevo. Hablar de campo -campo agrícola pero, también, campo político- a esta altura de la historia implica dar cuenta de un sinnúmero de salvedades. ¿Hay un sólo campo? “Esto es por el derecho a la tierra, contar con la propiedad del suelo. Nosotros creemos realmente que la tierra y los recursos naturales tienen que estar al servicio del bienestar de todos los argentinos, nosotros no compartimos que los recursos naturales sean propiedad exclusiva del bienestar de un grupo de empresarios y que millones de argentinos estemos excluidos de disfrutar de estos recursos extraordinarios con que cuenta la Argentina”, afirma Benigno. Y José Luis Livotti, del Movimiento Campesino de Liberación, añade: “El acceso a la tierra, su uso social, debe ser un derecho humano”.
Y aunque se trate de reclamos de larga data, de protestas ancladas casi en el origen mismo de los tiempos argentinos, lo que parece dejar en principio esta larga marcha campesina es un aroma a espíritu de época, a vientos de cambio que soplan allí donde cada uno de los actores de este lado del mostrador se hacen eco de esa misión de “profundizar el modelo” y que, por suerte, entienden que la verdadera tarea es poner cada uno, cada sector, su propia definición al significado político de profundizar. “En los últimos años la población campesina ha disminuido bruscamente en nuestro país y los más expulsados son los jóvenes -reflexiona Benigno-. Pero a pesar de eso, en los grupos que nosotros coordinamos, hay mucha presencia juvenil, de hombres y mujeres, tal es así que en la caminata, por ejemplo, fueron mayoritariamente jóvenes. Hay compañeros acá que tienen 18, 21 ó 26 años. Y yo lo siento como un resurgir. Diez años atrás era muy difícil hablar del derecho a la tierra porque veníamos de una paliza que nos dio la dictadura militar, donde la gente no podía olvidarse que sus dirigentes jóvenes eran secuestrados, torturados, encarcelados y asesinados. Y eso se fue superando con mucho trabajo. Estamos reclamando el derecho a la tierra y hoy muchos jóvenes encuentran su espacio de participación en el ámbito de las organizaciones y ven que si antes la política era algo prohibido, demasiado sucio, hoy es un instrumento de transformación de la realidad injusta que padecemos”.
Si hay un hecho maldito del país agroexportador, ése es el campesino. Trazar su historia es sumergirse en décadas -muchas- de explotación y abusos, de sangre derramada para cultivar ese suelo que, como reza el lema frigio y magnánimo de la Sociedad Rural, sirve a la patria. ¿Hay campo después del campo? El arribo esta semana a Buenos Aires del otro campo, luego de recorrer miles de kilómetros por las provincias más postergadas del agro, allí donde abundan más márgenes que relucientes Massey Ferguson o silos desbordados de soja parece decir que sí. O mejor, además de “El Campo”, hay otro campo. Invisible pero organizado.

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