LAS MARAVILLAS DEL MODELO IRLANDES

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Jun 7, 2006, 10:38:44 AM6/7/06
to américa_debate
Por: César Aching Guzmán
http://cesaraching.blogspot.com/
http://puntodevistaypropuesta.blogspot.com/

Bien vale la pena una lectura concienzuda del artículo "MARAVILLAS
DEL MODELO IRLANDES", del periodista y escritor argentino Marcos
Aguinis. Es un espejo en el cual debemos mirarnos para avanzar a la
modernidad y desarrollo no excluyente, para no cometer los errores del
pasado. El Dr. Alan García Pérez ha recibido ese mandato del pueblo
peruano, al negar con su votación las recetas fracasadas que
proponían Hugo Chávez y el militar retirado Ollanta Humala Tasso.


26 de Mayo de 2005
Maravillas del modelo irlandés

Por: Marco Aguinis
http://www.aguinis.net/articulos.htm


El embajador de Irlanda en la Argentina, Kenneth Thompson, se resiste a
utilizar la palabra "modelo" para referirse a la metamorfosis que
ha tenido lugar en su patria, llevándola del último puesto a uno de
los primeros en el crecimiento de Europa.

Para los sufrientes países de América latina, sin embargo, y en
especial para el nuestro, magullado por conflictos tan traumáticos
como estériles, Irlanda es un espejo al que debemos tener el coraje de
mirar con atención. Se nos parecía en mucho. Igual que nosotros, se
convulsionaba en el barro de actitudes e ideas antiguas que, en vez de
encauzar el crecimiento, la hacían rodar hacia una eterna decadencia.

Se lo consideraba el país enfermo de Europa, periférico y atrasado,
condenado a la pobreza, con hambrunas en el pasado y desesperanza en el
futuro. Cuando, en 1922, ganó su independencia, no supo qué hacer de
ella. La mitad de su población vivía en las zonas rurales, dedicadas
a una agricultura carente de tecnología moderna. Más al sur se
viajaba, más zaparrastrosa era su gente. La industria no lograba
despegar de forma intensa, como si su destino fuese permanecer pequeña
y precaria, apenas concentrada en el Norte, donde sólo se destacaban
los astilleros (el Titanic fue construido en Belfast, y es un dato que
marca la excepción a la regla).

Irlanda, antes de adoptar las decisiones impresionantes que cambiaron
de forma radical su destino, estaba agobiada por su tasa de
endeudamiento. La deuda se elevaba como un monstruo imposible de vencer
o expulsar; era el cancerbero de largos colmillos que nunca los
dejaría avanzar hacia una pradera más confortable.

Hasta los años 50 predominaron las barreras arancelarias más
extremas, cuyo desmesurado fanatismo pretendía generar el crecimiento
interno y hasta una autosuficiencia soñada con fervor. Por eso las
empresas locales eran protegidas de la competencia internacional con
vacías consignas patrióticas y brillaba la casi total ausencia de un
pensamiento mínimamente crítico. Irlanda seguía pobre y a nadie se
le ocurría martillar con que esa pobreza radicaba en errores que se
consideraban virtudes. Aparecieron libros cuyos títulos eran la
patética variación de un mismo tema: ¿por qué estamos tan mal? No
lo lograban comprender, como tampoco los argentinos, latinoamericanos y
africanos comprendemos las razones de nuestra tenaz decadencia.

Hace tiempo que en la Argentina se acuñó el horrible chiste de que la
mejor salida de nuestra juventud es Ezeiza. Pues bien: lo mismo se
decía en Irlanda, pero en vez de Ezeiza, el paraje de fuga se llamaba
"puertos", en especial, los que miraban hacia los Estados Unidos.
Ahora hay más irlandeses en Estados Unidos que en la misma Irlanda;
son tantos que su fecha nacional es la única conmemoración extranjera
que se celebra en la Casa Blanca.

Esa emigración tenía lugar pese a que la sociedad se aferraba a
principios conservadores, con familias sólidamente constituidas. Pero
el conservadurismo no sólo incluía bellas tradiciones, sino
prejuicios demoníacos. Los prejuicios frenaban el despegue. Ahora se
refieren al pasado como "las décadas perdidas". Pero, a diferencia
de los argentinos, ya saben por qué fueron perdidas.

¿Qué predominaba en esas décadas? La tendencia a poner afuera la
culpa de todas las desgracias (¿nos suena familiar ese hábito?). Para
colmo, tenían la mala suerte de que su vecina, Gran Bretaña, les
había hecho la vida muy difícil por centurias y echarle la culpa de
todo era fácil y convincente. Pero llegó un punto de saturación y se
empezó a comprender que estaban exagerando, que era un mecanismo
cargado de perversidad, porque impedía descubrir los propios errores y
aplicarse a corregirlos.

No fue fácil abrir los párpados y ver que Irlanda estaba resentida y
expresaba su dolor con racionalizaciones fuertes, pero infecundas. De
súbito apareció la toma de conciencia de que ellos, los irlandeses,
daban la espalda al mundo y de que el mundo no les daba la espalda,
sino que los ignoraba. Las teorías conspirativas se empezaron a rajar.


Sólo en la década de los años 60 empezaron a soplar con más fuerza
los vientos de una genuina renovación. Voces al principio débiles
denunciaron el vicio de poner siempre la culpa afuera (Gran Bretaña,
el imperialismo, el capitalismo, los demás países europeos, la
ausencia de solidaridad internacional).

Por primera vez, surgieron críticas sonoras contra las industrias no
rentables que el gobierno debía subsidiar y contra las empresas
estatales, que generaban pérdidas incontrolables porque brindaban
irritantes beneficios corporativos. Se denunció el cultivo de ideas
paranoides. Se tuvo la osadía de cuestionar la eterna agitación
social que exigía subas de salarios que, por otra parte, nunca
alcanzaban un nivel satisfactorio. Con la guerra interna sólo
aumentaba la miseria, como nos sucede a los argentinos. Se dieron
cuenta.

Fue duro vencer el miedo a los cambios estructurales. Las inversiones
extranjeras eran un tabú que compartían con los demás países
atrasados del mundo, como si Irlanda no estuviese en Europa. Se las
trataba con desconfianza porque -suponían- hasta harían naufragar
la independencia tan difícilmente lograda. Se temía que esas
inversiones encubrieran el objetivo secreto de arrancarle al país
lonjazos de su soberanía y hasta harían desaparecer los pocos
recursos naturales que poseían su tierra y su mar.

El miedo a estas inversiones -consideradas un desembarco enemigo,
como aún lo creen muchos políticos de la Argentina- se expresaba
con consignas estridentes y se fortalecía con la demora que revelaban
esas inversiones en conseguir resultados positivos. Hasta los más
audaces reconocen ahora que andaban aterrados. Incluso casi se produjo
un desvío del camino correcto cuando algunas empresas, hartas de
huelgas, decidieron trasladarse al mercado que nacía en Europa
oriental.

Por fin, las bases sólidas de la metamorfosis se cimentaron en 1973,
con el ingreso en la Unión Europea. Ese ingreso exigía múltiples y
urticantes ajustes. Por eso gran parte de la sociedad, de las
dirigencias políticas y sindicales, de los intelectuales, manifestaron
su oposición. No era fácil tragar la amarga pócima de medidas
correctoras. Muchas empresas locales, acostumbradas al subsidio y el
privilegio, tuvieron que cerrar. El desempleo aumentó hasta el 17% en
un país donde las mujeres aún no trabajaban fuera del hogar; de lo
contrario, se hubiera multiplicado casi por dos esa cifra.

A la Unión Europea no la conmovían reclamos de piedad: ordenaba
macizas reformas fiscales, presupuestarias, tributarias, laborales,
regulatorias. Exigía que las sucesivas administraciones las
mantuvieran a rajatabla, aunque entre ellas hubiera discrepancias
ideológicas. Esas discrepancias podían canalizarse en cualquier
sentido, menos en sostener las normas reclamadas por la Unión.

Por ejemplo, era decisivo que si en Irlanda desembarcaba una importante
inversión extranjera, tuviera un exacto cuadro de situación de lo que
le esperaba en lo inmediato y en las décadas por venir. De esa forma,
llegarían más inversiones y -lo más importante- permanecerían,
y los empresarios volverían a invertir.

Ni hablar de la importancia que se daba a la validez de los contratos,
a la seguridad jurídica, a la independencia de la Justicia, a los
controles contra la corrupción, a las serias medidas de todo tipo que
estimularan más y más la inversión (¿nos dice algo respecto a
nuestra Argentina?).

El embajador Thompson refiere que la gratitud que ahora experimentan
por aquellos ácidos deberes impuestos de forma radical por la Unión
Europea se expresa en este momento en el orgullo de ser el único país
anglohablante que utiliza el euro. Me ha recordado que hasta no hace
mucho, hasta la década de los 80, sin embargo, estuvo su país
atravesado por una tempestad de conflictos entre los que querían
seguir con el cambio y los que preferían retroceder al viejo statu
quo. Las huelgas paralizaban por meses enteros gruesas áreas de la
producción. Se gritaba "pobres pero dignos", "pobres pero
solidarios" y hasta "pobres pero felices". Las racionalizaciones
dan para todo...

Hacia finales de esa década, terminó por imponerse la renovación. Se
quebró en forma definitiva esa compulsión a la repetición que
engrilla hasta a los mejores espíritus. Se decidió mirar a las
naciones exitosas y dejar de lamentarse por la leche derramada. Fue
abandonado el masoquista papel de víctima para asumir el del éxito.

El acuerdo celebrado por la sociedad irlandesa fue más osado y
patriótico que el Pacto de la Moncloa. Lo explico. El gobierno se
comprometía a reducir los impuestos de manera drástica; los
empresarios, a un lento pero continuo aumento de los salarios, así
como a una producción de excelencia, competitiva. Los trabajadores se
comprometieron a respetar una paz social absoluta, sin transgresiones.
Ese pacto fue, al principio, objeto de críticas, burlas y
resistencias. Su renovación anual reabría fijaciones ideológicas
arcaicas, pero su éxito cada vez más compacto terminó por
convertirlo en una presencia que ahora sólo impugnan los imbéciles.


La reducción de impuestos, en particular los personales, quería
generar una nueva sensación ciudadana: que si el individuo ganaba
más, esa ganancia era legítima y el Estado no se la quitaría. Se
estimulaba, de esa forma, la inversión en el país.

También, al reducirlos, se ampliaba la base de contribuyentes y
serían los mismos habitantes los que aplicarían la condena social a
los familiares y amigos que no cumplieran con su deber de
contribuyentes.

Pero la audacia más notable consistía en conquistar las grandes
inversiones extranjeras. En efecto: en lugar de considerarlas un
enemigo que viene a quitar riqueza, se las vio como un bien que debe
quedarse y multiplicarse dentro del país. En otras palabras: con esa
reducción drástica de impuestos, las ganancias de esas empresas no
iban a ser repatriadas: convenía reinvertir en Irlanda.

Semejante golpe de inteligencia no sólo fue asombroso, sino que ahora
empiezan a imitarlo en Europa oriental, sedienta también de
inversiones. No hizo falta la compulsión, sino pensar en el interés
de todas las partes.

Irlanda ha abierto los mercados, diversificó la producción, aumentó
la calidad competitiva y aumentó las exportaciones con ritmo febril.
Estas exportaciones son fundamentales para un territorio cuyo mercado
interno es minúsculo. Irlanda ya tiene el endeudamiento más bajo de
Europa. Y el crecimiento más acelerado. Su población ha crecido de
tres millones, en 1970, a 4,5 millones, en la actualidad. Ya nadie se
quiere ir de Irlanda.

Por supuesto que existen pequeños bolsones de pobreza, porque nada es
perfecto en este mundo. Pero no es la pobreza de antes, asociada al
hambre, la enfermedad y la ausencia absoluta de esperanzas. El nivel de
vida ha crecido para la inmensa mayoría y muchos irlandeses no saben
qué hacer con su dinero; antes, esa inmensa mayoría debía resignarse
a carecer de los beneficios que se multiplicaban a pocos kilómetros,
en una Europa tan cercana en la geografía y tan distante en el
progreso. Temida y envidiada.

La omnipresencia del Estado, que hacía eterna la pobreza mediante la
"cultura del subsidio" a ricos y pobres, cayó en el descrédito.
Se privatizaron las telecomunicaciones, la energía, los seguros
médicos. Y se seguirá con otras áreas, pero sin caer en la
aberración cometida en la Argentina de los 90, cuando se pasó del
monopolio estatal al monopolio privado.

El incremento de la cultura del esfuerzo y de la responsabilidad se
manifiesta por doquier. Se respetan más las leyes, disminuyó la
anomia (¿nos recuerda a la Argentina?).


A todo lo que acabo de describir el embajador Thompson no querrá
llamarlo "modelo", pero para los argentinos lo es. Si aún tenemos
a mano una brújula, advirtamos que el Norte es un país como Irlanda.
No perdamos el tiempo. No arruinemos esta década al transformarla en
otra que también se llame "perdida".

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