Presentación del tema: "LA TRAMPA DEL INDIGENISMO"

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May 28, 2006, 10:36:49 AM5/28/06
to américa_debate
Por: César Aching Guzmán
http://cesaraching.blogspot.com/
http://puntodevistaypropuesta.blogspot.com/

El presente es un trabajo de Marcos Aguinis, publicado en
bolivia.indymedia.or/ el 27/05/2006. Lo propagamos por ser un tema
sumamente actual, nos compete a todos los latinoamericanos que venimos
desde la emancipación buscando confundidos un camino de justicia y paz
no excluyente.

Como sostiene el articulista: "impulsar el indigenismo hacia el
pasado es una trampa que sólo beneficia a demagogos, ignorantes y
populistas. Lleva hacia conflictos ingobernables, derramamiento de
sangre y un aumento de la pobreza". Algo así como el que el militar
retirado Ollanta Humala Tasso nos ofrece en el Perú.

No puede haber desarrollo si los que pretenden gobernar proponen a
nuestros pueblos recetas fracasadas del pasado; el pasado es necro,
corresponde al mundo de lo muerto, es simplemente un referente, lo
único que podemos construir es el presente y proyectar el futuro. No
se construye equidad gobernando para beneficio de grupos, sean
minoritarios (como los que vivimos) o mayoritarios como los actuales
movimientos indigenistas en Bolivia y los marginados y excluidos como
pretende Humala en el Perú.

El mundo actual con toda la experiencia acumulada demanda
administraciones de concertación con los actores sociales y
económicos. Nuestros países requieren gobiernos que beneficien a
todos los ciudadanos, cuya gestión debe traducirse en la calidad de
vida promedio de todos los habitantes; haciendo que los que más tienen
paguen sus tributos en función a su patrimonio y los que nada tienen
accedan a puestos de trabajo de calidad con ingresos que les permitan
vivir como corresponde, entre otras acciones que bien puede concertarse
y conducirnos a un armónico desarrollo nacional.


LA TRAMPA DEL INDIGENISMO
Marcos Aguinis (27/05/2006 10:50)

Lectura obligatoria para todos los intelectualoides que fabricaron a
evo morales, cuando se propusieron hacer de un indigena Presidente,
pero apartaron para ellos el poder y decisiones del gobierno.

Acaban de inaugurar la nueva autopista del aeropuerto a la ciudad y
atravieso como una flecha los espectaculares ocho kilómetros que
corren por debajo del río Mapocho. Es un túnel que serpentea por todo
el centro, descongestiona el tránsito y revela que Chile -gracias al
sólido Estado de Derecho que garantizan sus sucesivos gobiernos-
estimula inversiones multimillonarias que aceleran el crecimiento del
país con botas de siete leguas.

El encuentro internacional al que concurro ha sido organizado por la
Fundación Libertad y Desarrollo en celebración de sus fecundos quince
años de existencia. Me habían encomendado disecar un tema perturbador
de nuestro continente: el indigenismo.
Concurrían expertos de Canadá, España, Estados Unidos, China, Perú,
Venezuela y Bolivia para tratar ése y otros ígneos asuntos de nuestro
tiempo. Sin más rodeos, paso a sintetizar lo que allí expuse.

Mis primeras palabras consistieron en recordar que los indígenas son
considerados, con justicia, los primeros dueños de esta tierra, cuyas
culturas y protagonismo fueron reprimidos sin misericordia. Con
diferencias de un país a otro, en muchos aún forman comunidades
importantes y en otras han alcanzado un mestizaje intenso. El problema
actual consiste en ayudarlos a encontrar un camino de verdadera
reparación y ascenso, o permitir que se los desvíe hacia la trampa de
zanjones regresivos y totalitarios, como sucede ahora en Bolivia. Es
muy fácil confundir. Y en ese punto centré mi advertencia.

En efecto, su reivindicación ya es importante. No sólo hay una
revisión de la historia, sino proyectos que incluyen utopía y
epopeya. Los indígenas han pasado a convertirse en las grandes
víctimas del continente, lo cual no es ajeno a la verdad. Pero el
énfasis distorsiona, simplifica e idealiza su pasado. Más grave aún:
pretende convertir el pasado en modelo. Eso no está bien, porque es
reaccionario y letal. Como ejemplo, bastaría reflexionar sobre la
exigencia de Sendero Luminoso a los campesinos peruanos con el fin de
"liberarse" de la opresión europea: cultivar sólo productos
anteriores a la Conquista, tales como papa, quínoa y maíz. En cambio,
descartar las venenosas importaciones llamadas trigo, cebada, centeno,
avena, arroz, caña de azúcar y vid; no criar animales malditos, como
la vaca, la oveja, el cerdo, la cabra, el conejo y las aves de corral.
Para no dejar de ser coherente -agrego yo- habría que abandonar la
rueda, el caballo, el buey, el hierro, el vidrio y el arado. Buen
futuro, ¿no? El líder indigenista Felipe Quispe ha dicho que si una
parte de la sociedad usa ojotas y otra zapatos, que todos usen ojotas.
Es decir, igualar para abajo, porque confunde justicia con miseria. En
la mitificación de numerosos historiadores se han llegado a considerar
los levantamientos indígenas de la Colonia como antecedentes de la
gesta emancipadora. Pero lo que deseaban no era la independencia ni
asemejarse a las repúblicas modernas, sino retornar al tiempo incaico
o incluso preincaico, que no fue un paraíso, sino un eterno campo de
batalla con masacres, guerras de dominio e incontables sacrificios
humanos.

La rebelión aymara de Túpac Katarí, en 1782, por ejemplo, no sólo
agredió a los criollos, sino a los mestizos y a los quechuas. Esos
levantamientos, aunque heroicos, no significaron un proyecto superador,
sino regresivo. Y tuvo el final de todos los movimientos regresivos,
como los esclavos en la Antigüedad o los campesinos en la Edad Media.
Podemos conmovernos con su heroísmo, pero no considerarlos un
paradigma. Los indígenas estaban aterrorizados ante el nuevo orden,
que, entre otras cosas, tendía a dejar atrás la etapa primitiva del
colectivismo. Los actuales "bolivarianos" deberían recordar que Simón
Bolívar firmó, con su puño y letra, en el año 1824, un decreto que
establecía la propiedad privada de la tierra. Acertó en considerar la
propiedad comunal un resto arcaico, un modo de producción infecundo.
Esto fue trágicamente comprobado por la dictadura izquierdista del
general Velazco Alvarado, quien intentó resucitarlas en la década de
los años 70: produjo hambre y empobrecimiento acelerado. Ahora se
intenta probarlo otra vez. La idealización contaminó incluso a
marxistas como Carlos Astrada, quien no tuvo náuseas en utilizar
conceptos acientíficos nazis sobre el vínculo de los pueblos con la
tierra y la sangre. En esa línea, posteriores movimientos populistas y
tercermundistas usaron a los indios para construir sus artificiales
teorías sobre una identidad nacional opuesta al centralismo europeo y
a Occidente (este último, odiado por los reaccionarios con patente de
progresistas que se fastidian ante las aperturas de la modernidad, la
democracia genuina, los derechos individuales y otras abyecciones). La
revolución bolchevique, incapaz de construir un socialismo próspero y
democrático, había impuesto concepciones estatistas que permitían el
control de las masas y su impúdica manipulación "en nombre" del
proletariado. De ahí que sus seguidores y simpatizantes hayan
celebrado la civilización incaica como un antecedente del socialismo
moderno (¡!). No les importaba la maciza estratificación de clases ni
la opresión que padecían los de abajo. Tampoco los derechos humanos,
porque para estos fascistas de izquierda, el Estado merece todo y cada
hombre no es más que una molécula anónima. Aunque hubo maravillas en
las civilizaciones precolombinas, tenían un atraso de cuatro mil años
respecto de la Europa del Renacimiento. Esto no justifica, por
supuesto, la tábula rasa que se efectuó con sus riquezas y
tradiciones. Es otro tema.

Resulta curioso que al indigenismo regresivo lo empezaran a fogonear
blancos descendientes de europeos, sin advertir que adoptaban el camino
racista que pretendían combatir. En los 70, el boliviano Fausto
Reinaga, inspirado en el black power, preconizó la "revolución india"
y las luchas entre blancos e indios; la indianidad debía servir para
la toma del poder y limpiar el continente de las etnias invasoras (en
la Argentina no quedaría casi nadie). El peruano Guillermo Carnero
Hoke afirmó que "nuestra razón de ser desde el fondo de los siglos es
la razón colectivista". "El pensamiento de nuestros abuelos del
Tawantisuyo era justo, moral, científico y cósmico, es decir
insuperable" (¡!).

Expresiones como ésas parecían minoritarias. Pero el Primer Congreso
de Movimientos Indios celebrado en el Perú, en 1980, proclamó que los
indígenas eran la única alternativa redentora, no sólo de ellos
mismos, sino de la humanidad. Pasaban a ocupar el trono que el marxismo
había atribuido al proletariado, con un condimento horrible: suponer,
como los nazis, que las razas puras son mejores. El problema indígena
no es de raza ni de cultura: es social. Los indígenas no tienen que
retroceder a un pasado inviable ni limitarse a la economía de
subsistencia.

Pueden y deben cultivar sus tradiciones, su acervo lingüístico y sus
leyendas, por supuesto, pero sin aislarse ni repudiar los beneficios de
la modernidad. Si resisten la modernidad se condenan a permanecer como
un sector inferior, aislado, débil y carente de real protagonismo. Por
el contrario, tienen derecho a dejar de ser las comunidades que dan
lástima, resentidas y marginales. Tienen derecho a concurrir a buenas
escuelas y universidades, participar en los partidos políticos y
asociaciones profesionales. El indio Benito Juárez, que llegó a
presidente de México, no se dejó intimidar por quienes lo
consideraron un traidor. Para tomar perspectiva, deberían discutirse
las experiencias de la comunidad negra en los Estados Unidos, por
ejemplo. Salió de la esclavitud legal, pero continuó sometida a una
severa discriminación. Surgieron reacciones como el black power y
manifestaciones racistas invertidas, entre las que adquirieron renombre
las del primer Malcolm X. A la vez, hubo intentos de vencer los
prejuicios mediante el intercambio de estudiantes que provenían de
barrios blancos y barrios negros, lo cual no dio frutos. Luego, avanzó
la propuesta fraternal de Martin Luther King, que terminó por
conquistar a la mayoría de la nación. No alcanzaba, empero, y se
sancionó la "discriminación positiva" o affirmative action, mediante
la cual se impulsó el ingreso de negros en los centros de estudio y su
mejor posicionamiento en el trabajo. Ahora ya existe una amplia clase
media negra con infinidad de profesionales, jueces, diplomáticos,
académicos y empresarios. Dos sucesivos secretarios de Estado fueron
negros y la actual, además, es una mujer. La affirmative action se ha
imitado en muchos países para elevar la cuota de presencia femenina en
la política, por ejemplo. Pero considero que este recurso sólo debe
utilizarse para cambiar la tendencia, no para durar eternamente. De lo
contrario emponzoñaría la igualdad de derechos que debe primar en una
verdadera democracia. En resumen, impulsar el indigenismo hacia el
pasado es una trampa que sólo beneficia a demagogos, ignorantes y
populistas. Lleva hacia conflictos ingobernables, derramamiento de
sangre y un aumento de la pobreza.


Habría que reflexionar, en cambio, sobre medidas racionales, como la
affirmative action, para que todos los indígenas de América latina,
sin perder sus raíces, tengan por fin cómodo acceso al progreso
cultural, económico y social.

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