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(IVÁN): ALABANDO A DIOS en ORACIÓN

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IVAN VALAREZO

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Mar 7, 2007, 9:49:55 AM3/7/07
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sábado, 03 de marzo, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)

ALABANDO A DIOS en ORACIÓN

Hemos sido creados en las manos y en el Espíritu del SEÑOR,
para alabar y para orar por siempre a Él, en el nombre
sagrado de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo!, para que nuestras
vidas sean rectas y llenas de las riquezas de su Espíritu y
de su Árbol de vida, en el paraíso y en su nueva creación
infinita. Y sólo Lucifer desea que nosotros no caminemos por
el camino de la verdad y de la vida eterna, el Árbol de Dios,
el Señor Jesucristo, como lo hizo con Adán y Eva, en el
paraíso, por ejemplo. Para que jamás conozcamos la verdad que
nos creo en el principio de toda las cosas, en el más allá.
(Cuídate, pues, Satanás está enojado con tu única verdad
infinita, la de tu alma eterna, ¡el Señor Jesucristo!)

Ya que, hemos sido creados del polvo de la tierra, en manos
santas y puras, para vivir la verdad de nuestro Padre
Celestial y de su Hijo amado, y no vivir jamás la mentira del
espíritu de error de Lucifer y de sus ángeles caídos, por
ejemplo. Como hoy en día sucede con todo hombre y mujer que
aun no conoce su única vida, su verdad infinita, al Señor
Jesucristo. A pesar de todo, nosotros hemos de vivir la
verdad de Dios de su Hijo amado, y no la vida de la mentira,
como hoy en día, por ejemplo, en toda la tierra, porque hemos
salido de su única verdad infinita, para vivir sólo la nueva
vida eterna del nuevo reino de los cielos.

Por ello, todo aquel que vuelve a nacer de Dios, entonces
sólo nacerá del Espíritu de la verdad infinita de nuestro
Padre Celestial y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!
Porque de otra verdad, el hombre, la mujer, el niño la niña
de la humanidad entera, no podrá nacer jamás. Es por eso,
también, que para nuestro Dios no existe otra verdad, en el
paraíso o en la tierra, que no sea su Árbol de vida eterna,
su Hijo amado, el Cristo de Israel y de la humanidad entera.

Por lo tanto: ¡Benditos todos los que habitan en la tierra y
en el paraíso, en la casa de nuestro Dios eternamente y para
siempre! Porque ellos continuamente le alabarán en el
espíritu viviente de su presencia sagrada. Puesto que, aunque
el Espíritu de Dios esté en todos los lugares de la tierra,
por su omnipresencia, pues en la casa del SEÑOR está su "celo
infinito" por el nombre y por toda la palabra de la boca y de
la Ley Eterna de nuestro Dios y de sus pueblos eternos,
también. Por eso, hoy más que nunca, llénate del Espíritu de
Dios, con la ayuda del Señor Jesucristo y de nuestro Padre
Celestial, para que crezcas por siempre aun mucho más alto
que las tinieblas más altas del más allá.

Y es éste Espíritu, de verdad y de justicia, por el celo de
nuestro Dios y de su vida santa, el que nos llena de gozo día
y noche y por siempre. Del gozo viviente de la presencia
sagrada de nuestro Dios, en la tierra y así también en el
paraíso y en su nueva eternidad venidera, para todo ángel del
cielo y para todo hombre mujer, niño y niña de la humanidad
entera. Porque el Espíritu Santo nos ha de llenar de su
presencia santa, como siempre lo ha hecho con Dios y con su
Árbol de vida eterna y cada uno de sus seres creados del
cielo, por ejemplo.

Y, hoy en día, éste gozo de vida y de salud infinita ha
llegado a tu vida, también, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, por el poder de la palabra y del nombre del Señor
Jesucristo, para que honres y alabes al Dios y Fundador de tu
vida, en el cielo y por toda la tierra, también, para la
eternidad. Sólo tienes que acercarte a Él, por medio de su
verdad, su camino y su vida infinita, la de su Árbol de vida
eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque si te
acercas en otra verdad, que no sea la que ha salido de la
boca de Dios, de su Hijo y de su Espíritu Santo, entonces
estás en profundas tinieblas del más allá; y tu alma peligra
ya, entre las llamas eternas del infierno, por tu ceguera
espiritual y por juicio infinito de Dios.

Porque todo lo que Dios es (y ha de ser) por siempre por los
siglos de los siglos venideros, en el más allá de su nuevo
reino celestial, realmente, ha sido entregado a ti, como
parte de tu nueva vida eterna. Ha sido entregado a ti todo:
cada una de las bendiciones y cualidades divinas de nuestro
Dios, como te entrego su imagen y su semejanza santa, en el
día de tu formación en el paraíso, para que vivas cada
momento de tu vida, como Él mismo sólo la puede vivir, en
absoluta santidad y en perfecta armonía celestial.

Es decir, para que vivas día a día, de la misma manera que Él
siempre ha vivido su vida santa, sin pecado y sin tinieblas,
a través de los siglos y hasta nuestros tiempos, por ejemplo,
en el amor sobrenatural de su Hijo amado, ¡el Cristo de
Israel y de la humanidad entera! Porque si Dios te ha
entregado de su misma imagen y de su misma semejanza, en el
día de tu Creación, pues hoy, también, le ha complacido
entregarte no sólo la vida santa de su Hijo amado, sino
también toda su verdad, justicia, santidad, perfección,
sabiduría, poder, deidad y hasta su mismo reinado celestial,
de su nuevo reino infinito.

En donde, sólo sus ángeles juntos con sus seres santos han de
vivir eternamente felices, en la vida misma de su Espíritu
Santo, con cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, sólo de los que han creído en Él, por medio del
espíritu de fe, del nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, por supuesto. Porque en su nuevo reino celestial
todos sus seres santos, creados por sus palabras, por su
nombre y por sus manos santas, le han de rendir gloria y
alabanza infinita, por los poderes y deidades sobrenaturales
de su Espíritu Santo, para gloria y para honra infinita de su
nombre, en su nueva eternidad venidera del nuevo más allá.

SÓLO DIOS OYE LA ORACIÓN DEL HOMBRE

Y, hoy en día, como en el ayer, por ejemplo, todo ser creado,
en el cielo y así también en la tierra, acudirá a nuestro
Dios por llamado divino, al trono de su gracia y de su
misericordia infinita, para recibir sus más ricas y gloriosas
bendiciones de vida y de salud perdurable. Porque es sólo Él,
nuestro SEÑOR y Fundador de nuestras vidas, quien oye
nuestras oraciones en su lugar santo, como en su altar
celestial y en su trono santísimo, por ejemplo.

Entonces si hoy mismo, en esta hora crucial para tu vida, mi
estimado hermano y mi estimada hermana, deseas orar al SEÑOR,
creador de tu vida y de toda tu eternidad venidera, entonces
lo puedes hacer muy bien y con gran confianza en el nombre
sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, puesto que
Él te oye. Así es, nadie más que Él oye tu oración, en la
tierra y en el cielo, también.

Pues los ángeles celestiales desearían oír tus oraciones o
las (oraciones) de todo hombre, mujer, niño o niña de la
humanidad entera, pero no pueden. Porque ninguno de ellos
tiene la potestad divina, la santidad perfecta, la pureza de
un corazón santo y noble, para hacerlo así, en su corazón y
en todo su cuerpo celestial, por más santa que sea su vida
delante de Dios.

Porque la realidad es que sólo nuestro Dios es quien recibe
la oración de los ángeles y así también de cada hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera. Por lo tanto, con
confianza y sin temor alguno en tu alma, mi estimado hermano
y mi estimada hermana, tú muy bien podrías elevar tus
oraciones, plegarias, alabanzas, honras, intercesiones,
ruegos, solicitaciones, exclamaciones hacia lo alto, hacia
donde tu Padre Celestial está sentado en su trono de gloria,
en los cielos, para que te oiga y te llene de bendiciones.

Dado que, sólo nuestro Padre Celestial es juez justo del
paraíso y de toda la tierra, también, por lo tanto, recibirá
tu voz, tus deseos y tu clamor hacia Él, hechas siempre en el
nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para
proveerte de todo lo que le pidas siempre, y así nunca te
falte ningún bien. Por eso, toda oración hecha en el corazón
y con los labios de los ángeles del cielo y los hombres,
mujeres, niños y niñas, de la humanidad entera, sólo han de
ser oídos por nuestro Dios, y jamás por nadie más. Porque las
oraciones, como las alabanzas a su nombre santo, son sagradas
y se encuentran en copas de oro sobre su altar, delante de su
presencia santa, para memoria eterna, para mirar siempre al
pasado de sus siervos y siervas, con gozo y gran alegría en
su corazón santísimo.

Es por esta razón, que nuestro Dios jamás ha deseado que el
corazón del hombre confíe en sus ídolos e imágenes de talla,
sino todo lo contrario, para que su Ley no sea rota ni menos
deshonrada jamás. Porque nuestro Dios no desea ver el pasado
de adoración de ídolos e imágenes de talla de ninguno de sus
hijos e hijas en toda la tierra. Por eso, nuestro Dios sólo
desea que confíen siempre en Él, como su Dios y como único
Salvador de sus vidas, en el nombre sagrado de su Árbol de
vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque
ningún ídolo e imagen de talla jamás ha oído la voz de Dios,
pero sin embargo el hombre si. Y aun por más pecador que sea
el hombre, Dios le habla a su vida de una manera u otra por
su palabra o por su nombre santo.

Y, además, también, ningún ídolo e imagen de talla ha oído
jamás la oración de nadie, en la tierra ni menos en el más
allá. Porque los ídolos e imágenes de talla, desde el primero
hasta el último, tienen oídos, pero no oyen; tienen narices,
pero no huelen; tienen ojos, pero no ven; tiene manos, pero
no saben hacer nada con ellas; tienen piernas, pero no
caminan; ni tiene sentimientos de amor, paz, gozo, felicidad,
bondad, sino que sólo tienen nada, así como son nada e
inútiles. Es más, no saben, ni menos conocen, si hay un Dios
Eterno y Todopoderoso en el cielo; ni menos saben si Dios
tiene un Hijo o un gran rey Mesías para la humanidad entera y
para su nuevo reino celestial, en la tierra y en el cielo,
también, por ejemplo,

Y a lo único que se parecen los ídolos e imágenes de talla
son a los muertos, porque no tienen vida ni ningún movimiento
alguno para hacer nunca nada por ellos mismos, ni menos por
nadie en la tierra ni en el más allá, tampoco. Entonces
cuando hacemos nuestras oraciones, suplicas, ruegos,
solicitaciones, alabanzas de gloria y de honra a nuestro
Dios, realmente se lo estamos haciendo directamente a Él,
desde la tierra y hasta entrar en el cielo, también, a su
lugar santo y sumamente glorioso, como su altar celestial y
su trono de gran gloria y de gran honra infinita, por
ejemplo.

Porque sólo nuestro Padre Celestial es el Eterno y, además,
tiene la única potestad posible para oír nuestra voz de
nuestros corazones, de nuestras almas y de nuestros labios,
para perdonar nuestros pecados y así entonces bendecirnos
grandemente para suplir nuestras necesidades, cualquiera que
sean ellas, hoy y eternamente para siempre, en la eternidad
venidera de su nuevo reino celestial. Por esta razón, sólo a
Él alabamos y oramos día y noche a su nombre santo, en el
nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, en
nuestros corazones y en todas nuestras vidas, también, para
cumplir con Él con su verdad, con su santidad, con su
justicia y con su amor infinito.

Nuestro Dios se ha de glorificar en tu vida, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, como en la vida de cada
hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra, así como se
glorifico grandemente, en su día, en la vida sagrada de su
Gran Rey Mesías, ¡el Señor Jesucristo! Pues alaba a tu Dios
con tus oraciones, en el nombre del Señor Jesucristo para que
los dones sobrenaturales de su Espíritu Santo, entonces
comiencen a hacer grandes maravillas, prodigios y milagros
constantes en tu vida y en la vida de los tuyos, también,
para gloria y para honra infinita de su nombre santo.

(Los siguientes libros son muy importantes para entender en
nuestros corazones, como debemos alabar a nuestro Padre
Celestial, para que nos conteste cada una de nuestras
alabanzas, oraciones, ruegos, peticiones, peticiones,
intercesiones, y así sus dones de maravillas, milagros y
prodigios se manifiesten día y noche en nuestras vidas
terrenales y celestiales, también, como en el paraíso, para
una nueva eternidad.)


Libro 147

ALABANDO A DIOS

El alabar y honrar a nuestro Padre Celestial es medicina,
para nuestro corazón y para nuestro cuerpo en general. Y la
única manera que nosotros podremos realmente alabar y honrar
a nuestro Dios, ha de ser por medio del Señor Jesucristo:
invocando en oraciones, ruegos, suplicas, alabanzas,
exaltaciones, peticiones e intercesiones su nombre santo y
sobrenatural del cielo y de la tierra, ¡el Señor Jesucristo!
Por eso, ésta fue la primera alabanza de gloria y de honra
que Dios requirió de Adán, después de haberlo creado en el
paraíso, como un ser hecho serafín, perfecto y santo, en su
imagen y conforme a su semejanza divina, también.

En realidad, el parecer de Adán era tan idéntico a Dios y a
su Árbol de vida, su Hijo amado, que cuando los ángeles los
veían, entonces no sabían quien era quien, porque hasta en su
manera de hablar eran iguales delante de ellos, en todo reino
de los cielos. Y esto fue lo primero que Lucifer odio en el
hombre, el que él sea igual a Dios, en su imagen y en su
semejanza celestial.

Y es así que Dios nos ha querido ver a cada uno de nosotros,
de todos los descendientes de Adán, en nuestros millares, de
todas las razas, familias, pueblos, linajes, tribus y reinos
de toda la tierra, como su Jesucristo, perfectos en santidad
eterna. Es decir, que nosotros tenemos que no sólo ser tan
santos como Adán, como en el día que Dios lo termino de
formar en sus manos santas, sino mucho más que esto.

Realmente, nuestro Dios desea ver a Adán y a cada uno de sus
descendientes en toda la tierra y en el reino celestial
igual, ni más ni menos, en la perfección infinita de santidad
y de gloria como su Hijo amado, como sus ángeles, como su
Espíritu Santo y hasta como Él mismo si fuese posible hacerlo
así, por ejemplo. Y todo esto es posible sólo con creer en
nuestros corazones y así confesar con nuestros labios: el
nombre sagrado de su Hijo amado, su fruto de vida y de
medicina eterna para el corazón y para el alma viviente de
cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, hoy
en día y por siempre, en la eternidad venidera del nuevo
reino de los cielos.

Porque así como nuestro Dios es santo, entonces nosotros
también somos santos y Lucifer es el único mentiroso que muy
pronto ha de ir a su lugar eterno, en el más allá del más
allá, al lago de fuego, su segunda muerte final de su
espíritu malvado. Y esta muerte final del ángel de la muerte
y de Lucifer, como también de cada uno de sus ángeles caídos,
es el Señor Jesucristo.

Porque el Señor Jesucristo fue quien le dijo a Lucifer, en el
día que triunfaba sobre él y su reino inicuo: "Muerte, Yo soy
tu muerte". Porque todo lo que no es santo ha de morir, tarde
o temprano, pero finalmente muere, para que no vuelva a
existir jamás para ofender a Dios. Por lo tanto, el fin de
todo pecado ha llegado al hombre y también a todos los impíos
del más allá, como Lucifer y cada uno de sus ángeles caídos,
en sus millares, como en el bajo mundo del infierno, por
ejemplo. Y sólo los que alaban y honran a su Dios por
Jesucristo, han de vivir, ángeles del cielo y hombres del
paraíso y de la tierra, de siempre.

Por lo tanto, nuestro Dios es santo, porque por siempre ha
habitado entre las alabanzas de su pueblo y de los que aman
el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!
Porque nuestro Dios está en los cielos y nosotros en la
tierra. Por eso, él ve día y noche todo lo que sucede con el
nombre de su Hijo amado, en nuestros corazones y en nuestras
vidas, porque para nuestro Dios no hay nada oculto debajo del
cielo ni menos en la tierra, sino que todo está expuesto
claramente ante sus ojos.

Y es Él quien busca día y noche que los corazones de los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera,
honren y exalten su nombre santo, con sus corazones llenos
del espíritu de fe, del nombre sagrado de su Hijo amado. Para
Él entonces poder bendecirlos a cada uno de ellos, con
grandes poderes sobrenaturales del cielo, de su nueva vida
infinita del más allá, como la nueva ciudad del gran rey
Mesías, su Árbol de vida, ¡el Señor Jesucristo!

Ya que, así como los ángeles del cielo tienen que ser
bendecidos por los poderes sobrenaturales de los dones de su
Espíritu Santo, pues así también todo aquel que le ame, en el
espíritu y en la justicia redentora de su fruto de vida
eterna, el Señor Jesucristo, su Hijo amado. Por ello, todo
aquel que desee "encontrarlo en su vida", entonces lo ha de
encontrar en las alabanzas de glorias y de honras de su
corazón, levantadas hacia el cielo, hacia el trono sagrado de
su Dios y Creador de su vida, ¡el Todopoderoso de Israel y de
la humanidad entera!, para que bendita su vida eternamente y
para siempre.

En vista de que, el Dios del cielo y de la tierra ha de venir
a la vida del hombre y ha de entrar en él o en ella, si tan
sólo le alaba y le honra con su corazón, lleno del nombre
sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque para
nuestro Padre Celestial no existe mayor alabanza, gloria y
honra del ángel del cielo y así también del hombre, de la
mujer, del niño y de la niña de toda la tierra, que no sea
únicamente ¡el Señor Jesucristo!

Por lo tanto, el que desee exaltarle a Él, como a su Dios y
salvador de su vida, en la tierra y en el paraíso, también,
para miles de siglos venideros, en el nuevo reino de Dios y
de sus huestes celestiales, entonces tiene que hacerlo por el
amor sobrenatural de su Árbol de vida eterna, el Señor
Jesucristo. Porque sólo así, o de esta manera única, ha de
llegar al corazón y a la vida del hombre nuestro Dios y su
Hijo amado, el Señor Jesucristo, para entrar y quedarse con
cada uno de ellos, en sus millares, en toda la tierra.

Y así habitar con cada uno de ellos, como su Dios y Fundador
real de sus vidas celestiales, de la misma manera que Él ha
habitado con sus ángeles, arcángeles, serafines, querubines y
demás seres santos del reino de los cielos, en el más allá,
por ejemplo, desde los primeros días de la antigüedad y hasta
nuestros días. Es por esta razón, también, que los cielos
hablan de la gloria infinita de nuestro Padre Celestial, y su
inmensidad confirma del poder y de la sabiduría sobrenatural
de la mente y de las manos de Él y de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo.

En la medida en que, todo lo que nuestro Dios ha creado en
los cielos y en la tierra, también, lo ha hecho con la
presencia y asistencia constante de su Espíritu Santo y de su
Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque sin Él, nada de lo
que Dios ha creado por su palabra y con sus manos, pudo haber
sido posible jamás, en el reino de los cielos con los ángeles
y en la tierra con todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso,
por ejemplo, por supuesto.

Puesto que, Adán fue la primera obra perfecta de las manos de
nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, para darle de
comer y de beber en su día y sin más demora alguna, de su
perfecta alabanza infinita, de su Árbol de vida, su Hijo
amado, el Señor Jesucristo. Es por esta razón, que cada uno
de los descendientes de adán, en sus millares, en toda la
tierra, comenzando con Eva, en el paraíso, por ejemplo, ha
sido creado por Dios para que coma y beba día y noche, sólo
de su alabanza perfecta.

Y esto es del espíritu de la comida y de la bebida, de la
alabanza de gloria y de honra eterna de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo, para que su nueva tierra con nuevos cielos,
como su gran ciudad celestial, La Gran Jerusalén Infinita,
entonces sea llena sólo de nueva vida glorificada y honrada
de sus hijos e hijas. Porque Dios ha estado buscando en los
ángeles y así en la humanidad entera, nuevas glorias y honras
infinitas para su nombre en su nueva vida infinita, de su
nuevo reino celestial, en el más allá.

Y es aquí, en donde nosotros tenemos que estar para Él, para
su Hijo amado y para su Espíritu Santo, rodeado por siempre
de las alabanzas de gloria y de honra a su nombre santo, de
los corazones de los ángeles del cielo y así también de los
corazones de los hombres y mujeres de toda la tierra. Fue por
esta razón, también, de que nuestro Dios buscando nuevas
glorias y nuevas honras para su nombre santo, entonces la
encontró en un rey impío de Babilonia, llamado Nabucodonosor,
por ejemplo.

En aquellos días, éste rey Nabucodonosor deseaba engrandecer
el nombre de una de su estatua grande y hecha en oro, como el
dios soberano de sus tierras y de las naciones en su derredor
también. Y todo aquel que no rindiese honra y alabanzas a su
estatua de oro, entonces seria echado al fuego candente de
uno de sus hornos. Pero en este horno muy candente, Dios se
le manifestó a su vida, maravillosamente, en medio de
aquellos que quería destruir (a los hebreos), porque no le
habían obedecido a su mandato de arrodillarse y de honrar a
su estatua de oro.

Y en aquel momento, cuando Mesac, Sadrac y Abed-negó eran
echados al fuego del horno, por los hombres fuertes del rey
babilonio, entonces se visualizo que había estado con sus
siervos, los hebreos, el Hijo de Dios, todo el tiempo y hasta
en el mismo ardor terrible del horno, para destruir sus
vidas. Pero cuando el fuego era aun más fuerte que antes, los
hombres verdugos murieron carbonizados, pero los hebreos no
murieron y danzaban alabando al Dios del cielo y de la tierra
junto con su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Entonces como "Nabucodonosor vio" al Hijo de Dios con sus
propios ojos, no murió en aquel día, sino que decidió cambiar
su corazón para servirle a su nuevo Señor y salvador de su
vida, el Hijo de Dios, el Cristo de la antigüedad y de
siempre de Israel y de la humanidad entera. Y en este día,
Nabucodonosor estableció una ley de que todo hombre, mujer,
niño y niña de su reino y de las naciones en toda la tierra,
tenían que alabar y honrar en sus corazones y en sus vidas
"al Hijo de Dios", que había conocido en medio del fuego,
como Moisés le conoció, por ejemplo, en el Sinaí.

Porque sólo el Hijo de Dios podía salvar al hombre del fuego
del horno y así también de la muerte eterna del infierno, por
lo tanto, él es el Cristo de Israel y de los hebreos, como
Mesac, Sadrac y Abed-negó, que fueron redimidos por el poder
de Dios, en aquel momento tan crucial de sus vidas o de
muerte. Por ello, hoy en día, si tan sólo alabas y honras al
SEÑOR del cielo y de la tierra, con tu corazón y con tus
labios, entonces su Hijo amado ha de estar junto a ti y a los
tuyos, también, para redimirte de todo mal del pecado y del
poder de la muerte, como del fuego eterno del infierno.

Porque el poder del nombre y de la vida sagrada de nuestro
Padre Celestial jamás ha cesado en esta vida ni (cesara) en
la venidera tampoco, para todos los que le aman y le alaban
día y noche, en sus corazones y en sus almas eternas,
también. Es por eso, que si hoy en día necesitas de tu Dios y
Creador de tu vida, entonces debes buscarlo a Él, entre el
fuego del horno, de los problemas y dificultades de tu vida,
para que el Hijo amado de Dios se haga visible en tus ojos y
en los (ojos) de los que te conozcan, también.

Porque nuestro Dios es real y verdadero, en esta vida y en la
venidera, también, así como lo eres tú con los tuyos, pues
así, el Hijo de Dios, el Señor Jesucristo, lo ha de ser
contigo, infinitamente verdadero, desde hoy mismo y por
siempre, en la eternidad venidera, del nuevo reino de los
cielos, en el más allá. Es por eso, que el nombre de tu Dios
y salvador de tu vida, como el Hijo de Dios, por ejemplo,
debe de ser alabado, desde el levantamiento del sol y hasta
cuando se esconde en el horizonte de cada noche de tu vida.
Porque al amanecer del día siguiente se volverá a manifestar
con poder, como siempre, para que alaben el nombre sagrado de
su Creador, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad
entera!

ALABADO SEA DÍA Y NOCHE EL NOMBRE DE NUESTRO DIOS

Desde el nacimiento del sol y hasta donde se pone, sea
alabado el nombre del Todopoderoso, en el corazón de sus
ángeles y así también en los corazones de todos los hombres,
mujeres, niños y niñas de toda la tierra. Porque todo lo que
ha creado nuestro Dios, ha sido para que su nombre sea
exaltado en la gloria y en la honradez perfecta, de los dones
sobrenaturales de su Espíritu Santo y de la vida celebre de
su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Es por eso, que los ángeles del cielo alaban desde siempre el
nombre de nuestro Dios, porque es lo mejor para sus corazones
y para sus espíritus celestiales, en el cielo y por toda la
creación; es más, no hay nada mejor para ellos que deseasen
hacer además de exaltar y de honrar el nombre Creador de sus
vidas celestiales. En verdad, el vivir para Dios, es lo mejor
para el espíritu de los ángeles, serafines, querubines,
arcángeles y demás seres santos del cielo; y si no pudiesen
vivir para su Dios, exaltando y honrando su nombre sagrado en
todas las alturas del reino de los cielos, entonces sus vidas
no serian interesantes, ni gozasen de felicidad alguna,
tampoco.

Realmente para ellos todo seria monótono, como si les faltase
algo en sus vidas, para poder seguir viviendo, delante de su
Dios y de su creación santa y perfecta en el cielo, así como
el pecador y la pecadora de la tierra, de hoy y de siempre.
Es más, los ángeles no fuesen ángeles, ni tampoco existirían,
sino que serian parte de la nada, de donde Dios los saco, en
el día de su creación, como el hombre, por ejemplo, que Dios
lo saco de la tierra. Pero gracias a Dios, porque los
ángeles, en sus diferentes rangos de gloria y de grandeza
infinita, si conocen el propósito de día a día de sus vidas,
delante de Dios y de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo,
como los seguidores del SEÑOR, en todos los lugares de la
tierra y, hoy en día, en el paraíso, también.

Es por eso, que los ángeles jamás han deseado abandonar a su
Dios ni menos a su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo,
para seguir sirviéndole a Él y a su nombre santo, para miles
de siglos venideros en su nueva eternidad celestial, como su
nueva gran ciudad santa y eterna: La Nueva Jerusalén del
nuevo reino infinito. Es por esta razón, que los ángeles del
cielo son realmente felices con su Dios y con su Espíritu
Santo, porque sus corazones son bendecidos cada vez más que
antes, por la gloria y por la honra infinita que genera el
alabar y el honrar el nombre bendito de Dios día y noche en
la tierra santa del cielo.

Es decir, también, que para los ángeles no existe otra manera
posible para que sus corazones y sus espíritus celestiales
sean por siempre felices, en sus vidas eternas en el reino de
los cielos, de Dios y de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor
Jesucristo! Por lo tanto, ésta felicidad de los corazones de
los ángeles de Dios es tan grande y tan profunda, como los
mismo cielos y nuestro universo en su anchura, profundidad y
altura infinita, por ejemplo, llena de estrellas, planetas y
sus lunas por doquier, visibles e invisibles, a la vez.

Y nuestro Padre Celestial nos ha creado en sus manos santas a
cada uno de nosotros, en nuestros millares, en toda su
creación, celestiales y terrenal, comenzando con Adán y Eva,
en el paraíso, por ejemplo, para que gocemos junto con Él y
con sus huestes de ángeles celestiales de ésta felicidad
santa e infinita, en nuestras vidas para siempre. Porque el
corazón que nuestro Dios ha puesto en nuestros pechos es un
corazón como el de Él mismo, ni más ni menos; por lo tanto,
nosotros tenemos un corazón tan grande como su nombre santo,
para recibirlo y retenerlo eternamente y para siempre, en la
eternidad venidera de su nueva vida infinita para todos, los
que le aman fielmente.

Es decir, que nuestro corazón es grande, profundo, ancho y
capaz de traspasar aun más allá del infinito, como el corazón
de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para
sentir sólo amor y vida infinita, para servirle y amarle por
siempre, tal como Él es amado por sus ángeles del cielo. Y
así gozar por siempre, llenos de amor, paz, gozo, felicidad,
vida, poder, sabiduría y deseo perfecto de servir y de
exaltar a nuestro Dios y Padre Celestial que está en los
cielos día y noche y por siempre en el más allá, en su nuevo
reino celestial, de su Hijo amado y de sus millares de
huestes angelicales.

Es por esta razón, también, que todas las cosas creadas por
Dios en el cielo y así también en la tierra, han sido para
alabar día y noche el nombre sagrado de nuestro Dios y Padre
Celestial que está en los cielos. Porque las estrellas y los
planetas con sus lunas, a pesar de sus grandes y profundas
distancias en la inmensidad, alaban y honran al nombre
sagrado de nuestro Dios, a toda hora de su tiempo universal y
sin parar jamás, por ninguna razón.

Es más, hasta podríamos decir también que así como las
estrellas, los planetas y sus lunas del universo alaban y
honran el nombre de nuestro Dios y de su Jesucristo, entonces
de igual forma todas las cosas que existen en todos los
lugares de nuestra tierra, en sus alturas, en sus
profundidades y en sus anchuras, le alaban sin cesar. Por lo
tanto, día y noche las nubes al pasar por las alturas de
nuestras montañas, como bañándolas con su sustancia, su humo
celestial, por ejemplo, alaban y honra la gloria infinita del
nombre sagrado, de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, sin que nadie se de cuenta, sólo Dios y sus
huestes celestiales del cielo.

Y así también de las montañas, los ríos que bajan de sus
praderas para terminar en los grandes mares, alaban y honran
el nombre de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, a la misma vez. Así las aves de las alturas, como
los animales terrestres y los peces y monstruos marinos de
los océanos alaban y honran día y noche: el nombre bendito de
Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para que ésta
misma alabanza de gloria y de honra eterna a nuestro Dios y a
su Jesucristo llegue al hombre también.

Es decir, para que el espíritu de alabar y de honrar a
nuestro Dios entonces llegue a todo pecador que mora en la
tierra y así despierte su corazón de sus profundas tinieblas,
para que no sufra y muera más, sino que vea la vida eterna de
su Dios y de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo. Porque la
lucha de la creación de Dios y de sus muchas cosas, grandes y
pequeñas del cielo y de la tierra, es para escapar de las
profundas tinieblas, del espíritu de mentira y de gran error
de Lucifer y de sus ángeles caídos y así entonces despertar a
la luz verdadera del cielo y del mundo, ¡el Señor Jesucristo!

Y la única manera que toda la creación ha de escapar los
poderes terribles de las profundas tinieblas del más allá,
como las de Lucifer y de sus ángeles rebeldes, ha de ser que
alaben y honren sin cesar, el nombre bendito de nuestro Dios
y de su Hijo amado, el Árbol de la vida eterna, el Señor
Jesucristo. Porque de otra manera, toda la creación ha de
seguir sumergida bajo el poder de las profundas tinieblas,
del espíritu de error de Lucifer y de sus ángeles caídos,
para seguir haciendo más daño al nombre santo de nuestro
Dios, en el corazón de todos sus seres creados.

Seres creados, como ángeles del cielo y hombres y sus reinos
de animales de toda la tierra, en sus diferentes géneros del
aire, de la tierra y del mar, también. Fue por esta razón,
que nuestro Dios comenzó a derramar del Espíritu de vida, de
la sangre santa de su Árbol de vida, desde su lugar santo del
reino, como desde el paraíso, por ejemplo, génesis 1:2, para
subyugar a cada una de estas profundas tinieblas, de gran
mentira y de gran maldad que habita en la tierra.

Profundas tinieblas del más allá que habitan, por ejemplo, en
muchos lugares de la tierra, y las nubes de los cielos, como
las montañas, los árboles, plantas, aves del aire, animales
terrestres y peces del mar, desean escapar de cada una de
ellas, hacia la luz bendita de nuestro Dios y de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, para vivir. Para entonces sólo
ver y vivir la luz y la gran bendición celestial de día a día
de nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos,
hacia cada una de todas sus cosas creadas en los cielos, en
los mares y en toda la tierra, también.

Porque la alabanza al nombre santo de nuestro Dios y de su
Hijo amado, el Señor Jesucristo, trae día y noche a nuestras
vidas más y más bendiciones de maravillas, de milagros y de
prodigios en los cielos y en la tierra, para que nuestros
corazones sean benditos en todo momento de nuestras días por
la tierra. Y así entonces poder bendecir el nombre de nuestro
Dios mucho más que antes en nuestras vidas, para alcanzar más
gloria y más honra para nuestro Dios y para el nombre sagrado
de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Es por esta razón, que el honrar y exaltar el nombre bendito
de nuestro Dios día y noche, en nuestros corazones y en
nuestras almas eternas, es de suma importancia para el
crecimiento espiritual, corporal e intelectual de nuestras
vidas, en la tierra y así también en el reino de los cielos,
como en el paraíso, por ejemplo. Y nuestro Dios ha de
bendecir tu vida, mi estimado hermano y hermana, ni más ni
menos, en la vida perfecta, y llena de su Espíritu, de su
Jesucristo, para que tú mismo (y no otro) bendigas su nombre,
desde el día que tienes uso de razón y hasta aun más allá de
tu nueva vida gloriosa del cielo.

Y esto ha de ser realmente en tu nuevo lugar eterno, junto
con los ángeles que Dios ha creado por ti, en su nueva vida
infinita de su nuevo reino celestial, como en su nueva gran
ciudad del más allá, La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del
cielo, por ejemplo. En donde mora la nube celestial de Dios y
de su Árbol de vida, la que llena de gloria la casa de Dios y
de sus fieles en el paraíso y en toda la tierra, también,
como en tu mismo corazón, hoy en día, mi estimado hermano y
mi estimada hermana, si tan sólo le amas a Él, por
Jesucristo.

LA SHEKINAH (NUBE DEL MÁS ALLÁ) MANIFIESTA LA GLORIA DE DIOS

Entonces cuando los que tocaban las trompetas y los que
cantaban hicieron oír su voz en unísono alabando y dando
gracias a nuestro Padre Celestial; y cuando elevaron la voz
junto con las trompetas, los címbalos y otros instrumentos de
música los israelitas, en los días del Tabernáculo, en el
desierto, por ejemplo, entonces se sentía poder de lo alto. Y
cuando alababan a nuestro Dios, diciendo con sus voces en
unión, también, o como un solo hombre: "Porque Él es bueno,
porque para siempre es su misericordia", entonces la casa de
nuestro Dios, en medio de los israelíes, se llenaba con una
nube gloriosa, no de nuestro mundo, sino del más allá, como
del reino celestial, por ejemplo.

Y, en aquel momento, los israelitas no podían continuar
sirviendo a su Dios, por causa de la misma nube, de acuerdo a
los rituales de ceremonia espiritual, de gloria y de honra
hacia su nombre sagrado, en su tabernáculo santo del desierto
de Egipto. Porque ésta nube era gigante, mucho mayor y
gloriosa que las nubes que solemos ver por nuestros cielos y,
además, llenaba todo en su derredor de la misma luz
sobrenatural, llena de vida y de la gloria infinita del reino
de Dios, por ejemplo.

Además, ésta luz divina es la misma que siempre habita en las
alabanzas a nuestro Dios, de parte de sus ángeles santos, en
el reino de los cielos, cada vez que se unen para honrar y
para exaltar su nombre sagrado. Pues así también, en aquel
día, ésta misma nube (y no otra) era la que estaba sobre la
casa de nuestro Padre Celestial, en el campamento israelí,
para honrar la sangre del pacto que se había derramado sobre
su altar, con alabanzas santas y honradas al "Cordero de
Dios" que quita el pecado de Israel y de la humanidad entera.

Todo era gloria, en aquella tarde: Los sacerdotes levitas
deseaban aun mucho más que antes servir y alabar el nombre
sagrado de nuestro Dios, pero ninguno de ellos podía. Porque
la gloria de la nube celestial era demasiado grande y
gloriosa entre ellos, en el Tabernáculo del SEÑOR, en el
desierto de Egipto. Por lo tanto, en aquella hora, y delante
de los ojos de los israelíes, y de los pueblos a la redonda,
vieron como la gloria de Dios llenaba la tierra santa del
reino de los cielos, cada vez que los ángeles alaban y honran
su nombre sagrado.

Pues así era, en aquellos días, la gloria de nuestro Dios
había llenado su casa de oración para Israel y para las
naciones, como se suele llenar el lugar y el altar santo de
nuestro Dios en el reino de los cielos, por ejemplo, cuando
los ángeles, en sus millares y en unísono: alaban y honran su
nombre sagrado. Pues así es también en la vida de todo
hombre, mujer, niño o niña del mundo, que realmente alabe y
honre a su Dios en su corazón y con sus labios, la nube de la
gloria de Dios y de sus ángeles ha de manifestarse en su
vida, con grandes poderes de gloria y de honra infinitas,
aunque sea invisible.

En realidad, la gloria de Dios es su Hijo amado, como
siempre, en el paraíso, en el reino y en toda la tierra,
también. Y ha de manifestarse en la vida del hombre día y
noche para proteger su vida (y la de los suyos) y, a la vez,
llenarla de muchas de las ricas bendiciones de la tierra y
del más allá, también, para que su alma crezca eternamente y
para siempre, en toda verdad y en toda justicia celestial de
su Dios. Y esto ha de ser en él (o en ella) desde sus
primeros días de vida, en la tierra y hasta una más allá de
la nueva eternidad venidera, porque el alma del hombre no
tiene limites para crecer, corporalmente e espiritualmente,
también.

El alma del hombre puede desarrollarse y crecer
indefinidamente en la tierra y en el paraíso, también, para
que su vida sea grande ante su Dios y Creador de su vida
celestial, el Todopoderoso de Israel y de la humanidad
entera. Entonces cada vez que el nombre de nuestro Padre
Celestial que está en los cielos es alabado y honrado, por
nuestros corazones y por nuestros espíritus humanos, al
momento lluvias de bendiciones espirituales y terrenales
llegan a nuestras vidas del Espíritu Santo de Dios, para
ayudarnos a desarrollar y crecer en nuestras vidas
infinitamente, para engrandecer su nombre santo eternamente.

Ya que, así como los ángeles del cielo, los hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera, comenzando con Adán y
Eva, en el paraíso, por ejemplo, fueron formados sólo para
honrar y alabar el nombre del Señor Jesucristo, en el paraíso
y en toda la creación, como en la tierra de nuestros días,
por ejemplo. Es decir, para que cada uno de ellos, tanto
ángeles del reino y hombres de la tierra, honren y alaban por
siempre el nombre sagrado de nuestro Dios, por medio de su
Hijo amado, el Señor Jesucristo, "porque esto es felicidad y
gozo infinito para nuestro Dios que está sentado en su trono
santo, en el cielo".

Es por esta razón, que nuestro Dios nos ha entregado de su
Espíritu Santo y sin medida alguna, también, para llenar
nuestros corazones y nuestras almas eternas de su presencia
sagrada y del nombre honrado de nuestra salvación infinita,
el Señor Jesucristo. Por lo tanto, la riqueza de la presencia
del Espíritu de Dios, llena de sus dones con sus poderes
sobrenaturales, es de suma importancia, en nuestras vidas de
día a día, en el paraíso y en todos los lugares de la tierra
y aun hasta en la nueva eternidad venidera, del nuevo reino
de los cielos, también.

Y estos son muchos de los dones de milagros, de maravillas y
de prodigios celestiales y terrenales, que vienen
directamente de nuestro Dios, para ayudarnos en todo momento,
para lo que necesitemos de Él, en aquel día o aquella hora de
nuestras vidas, y entonces superar cualquier situación. Y
sólo así le podamos rendir gloria y honra al Él, desde hoy
mismo y para la eternidad venidera, en su nueva vida infinita
de su Gran Jerusalén Santa del cielo, para todo ángel que ama
a su Dios y Creador de su vida celestial y así también para
todo hombre, mujer, niño y niña, de la humanidad entera.

Ahora, si hoy en día, tú, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, crees en Dios y comienzas a alabar su nombre santo y
salvador de su Hijo, el Señor Jesucristo, entonces ésta misma
nube del cielo, llamada la Shekinah, Shekhinah ó Shechinah,
por los antiguos israelíes y por el mismo SEÑOR, ha de
visitar el templo de tu corazón. Ha de visitar el templo de
tu mismo corazón, sin duda alguna, el SEÑOR y su Jesucristo,
para llenarte de la gloria de su Espíritu y de sus muchos
dones sobrenaturales, para enriquecer tu vida, como jamás
hayas sido enriquecido por nada ni por nadie, en todos los
días de tu vida por la tierra, hasta hoy mismo, por ejemplo.

Y una vez que esta nube celestial del reino de los cielos
llega a tu vida, en verdad, jamás ha de abandonarte en todos
los días de tu vida ni hasta que entres a tu nuevo lugar
infinito, en el reino de los cielos, para comenzar a vivir tu
nueva vida celestial, en el más allá. Porque en tu nuevo
lugar de vida eterna, realmente, has de vivir con Dios y con
su Árbol de vida, llena de los frutos de vida para tu alma y
para los millares de las huestes angelicales y de gentes,
pueblos, naciones, tribus y reinos de mundos pasados de la
humanidad entera de la tierra, que aun viven.

DIGNO DE SUPREMA GLORIA Y HONRA ES NUESTRO DIOS

Y en el cielo, así como en la tierra, en todos los días de tu
vida, desde el día que comenzaste a creer en tu Dios y
Creador de tu alma, por medio del Señor Jesucristo, entonces
has de alabar y de honrar el nombre sagrado de tu Dios, para
que bendiga tu vida cada vez mucho más que antes. Y le dirás
así al SEÑOR, en el poder y en la llenura de su Espíritu
Santo, en tu corazón y en tu vida, con los ángeles del cielo
y almas redimidas, por la sangre de Cristo, en tu derredor: ¡
Grande es Jehová y digno de suprema alabanza, en la ciudad de
nuestro Rey, en el monte de su santuario!

Además, has de gozarte como los ángeles, por ejemplo, en
exaltar y en honrar el nombre sagrado de nuestro Dios, de la
misma manera que los ángeles lo han venido haciendo así en
sus vidas, desde el día de la creación de los cielos y de
toda la tierra, por ejemplo. Porque sólo nuestro Padre
Celestial es digno de suprema gloria, desde de nuestros
corazones y hasta miles de siglos venideros, en su nueva vida
infinita de su gran ciudad celestial, La Nueva Jerusalén
Santa e infinita del cielo, por ejemplo.

Y esta gloria de nuestros corazones hacia nuestro Dios y
Fundador de nuestras vidas no se la merece nadie más que Él,
que está sentado en su trono de la gracia y de la
misericordia infinita, en el cielo. Porque la gloria que ha
de salir de nuestros corazones y de nuestras almas redimidas,
por la sangre de Cristo, del poder del pecado y de la muerte
eterna, de las palabras llenas de mentira y de engaño eterno
del corazón y de los labios perdidos de Lucifer, es realmente
mayor que la de los ángeles del cielo.

Por lo tanto, nuestra salvación eterna de nuestras almas
vivientes habla mucho más de lo que nosotros podríamos hablar
con nuestro espíritu y con nuestra alma humana, de la gracia
redentora de la sangre bendita del Señor Jesucristo, hacia
nuestro Dios y a hacia su Espíritu Santo que están en los
cielos, por ejemplo. Es más, ésta obra sobrenatural del Señor
Jesucristo, la cual fue llevada acabo en su día, sobre la
cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en
Israel, realmente habla mucho más que nuestras propias
palabras, de la verdad y de la justicia eterna, de la vida
gloriosa y sumamente honrada de nuestro salvador celestial, ¡
el Señor Jesucristo!

Entonces la obra del Señor Jesucristo en nuestros corazones y
en nuestras vidas alaban y honran día y noche el nombre
sagrado de nuestro Padre Celestial, en esta vida y en la
nueva vida venidera del nuevo reino de los cielos, aunque
jamás nos demos cuenta de esta alabanza, honra y adoración de
nuestro espíritu hacia nuestro Padre Celestial. Es por esta
razón, que nuestros corazones y nuestras almas eternas
siempre han sentido un sentir mutuo, de llegar a conocer a
nuestro Dios y a nuestro salvador de nuestras vidas (del
poder del pecado y de la muerte del castigo eterno, como el
infierno o como la segunda muerte de nuestras vidas, por
ejemplo, en el lago de fuego).

Pero nuestro Dios no nos ha creado para la gloria del fuego
eterno del más allá, del infierno o del lago de fuego, por
ejemplo, sino para la vida eterna del cielo. Realmente,
nuestro Padre Celestial nos ha creado en la imagen y conforme
la semejanza sagrada de su Árbol de vida, su gran rey Mesías,
el Cristo de Israel y de las naciones, para gloria y para
honra celestial de su nueva vida venidera, en el más allá, de
su nuevo reino imperecedero de ángeles y de naciones de
gentes eternas. Y estas gentes eternas de Dios somos todos
nosotros, hoy en día y por siempre, en toda la tierra, sólo
por medio de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Entonces nuestro Dios es digno de suprema alabanza y de gran
gloria y honra infinita, de nuestros corazones y de nuestras
almas eternas, día y noche en la tierra y por siempre en la
eternidad venidera, de su nueva era de vida celestial del más
allá. Porque para esto nuestro Dios nos ha levantado y nos ha
llamado, a la vez, de las profundas tinieblas de la tierra y
del más allá, también, cuando estábamos completamente ciegos
y sin vida alguna en toda nuestra sustancia, viviendo en el
polvo de la muerte eterna, sin que nadie jamás se
compadeciese de nosotros, para nada.

Ni menos para darnos vida y su bendición celestial, como
nuestro Dios lo ha hecho con cada uno de nosotros, en
nuestros millares, en todos los lugares del paraíso y de toda
la tierra, de nuestros días, también, por ejemplo, para que
habitemos sus tierras y así aprendamos a vivir con Él y con
su Árbol de vida infinita. Es decir, vivir con su Árbol de
vida eterna, rodeado por siempre de su Espíritu Santo y de
sus huestes de ángeles, arcángeles, serafines, querubines y
demás seres santos, de la vida sagrada, del nuevo reino
celestial, como su nueva Gran Ciudad Santa e Infinita, en
donde todo lo que tiene vida alaba su nombre santo,
eternamente y para siempre.

Y esta es La Jerusalén Eterna, la cual nuestro Dios siempre
soñó vivir en ella, con sus hijos e hijas de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la
tierra; y libre por siempre de los males del pecado, de
Lucifer y de sus ángeles caídos y de la gente de la mentira
eterna, también. Porque en esta ciudad celestial e infinita
no habitara jamás la palabra de mentira de ningún rebelde,
como Lucifer ni como ningún pecador o pecadora de toda la
tierra, del ayer o de siempre, por ejemplo.

Porque por allá, sólo se ha de oír las alabanzas de los
millares de hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad
entera, junto con los ángeles del cielo, alabando y honrando
por siempre el nombre de nuestro salvador eterno, nuestro
Padre Celestial. Y nuestro Dios ha deseado desde siempre, que
cada uno de sus seres creados sea ángel del cielo u hombre de
la tierra, que comience a honrarle y a exaltarle a Él, en el
nombre sagrado de su Hijo, el Señor Jesucristo, como ha de
ser diariamente en su nueva vida infinita de su nuevo reino
celestial, por ejemplo.

Porque el que le ama a Él, en el espíritu y en la verdad
viviente de su Hijo amado, entonces debería comenzar a
hacerlo desde hoy mismo, desde el momento que comenzó a creer
en su Dios y Creador de su vida, por medio de su palabra viva
y del nombre bendito del Señor Jesucristo, en su corazón.
Porque sólo por medio, de la vida sagrada y el nombre bendito
de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, entonces
nuestro Dios ha de ser exaltado y honrado, a la vez, por los
siglos de los siglos, en su nueva eternidad venidera de sus
nuevas tierras con nuevos cielos, del más allá.

Ciertamente un Dios gigantesco y todopoderoso nos ha creado
en sus manos, para que le conozcamos a Él, en el espíritu de
amor y de vida infinita de Jesucristo, y sólo así entonces
comencemos a honrarle y a exaltarle en su espíritu de amor y
de justicia celestial, desde nuestros corazones profundos y
hasta aun más allá de la eternidad. Por lo tanto, entendemos
muy bien en nuestros corazones, que nuestro Padre Celestial
es digno de suprema alabanza y de mucha gloria y honra a su
nombre santo, el cual ha tenido por siempre un lugar muy
especial en lo profundo de nuestros corazones, desde el día
de nuestra formación (espiritual y corporal) y hasta nuestros
días, por ejemplo.

Y esto ha sido algo muy especial para Dios y para su
Jesucristo, por lo cual Lucifer ha intentado cambiar en
nuestras vidas, con sus palabras de mentira y de muerte
eterna, también, en el paraíso y en todos los días de
nuestras vidas por la tierra, desde el día que nacimos en
ella y hasta hoy mismo, por ejemplo. Pero nuestro Dios nos ha
guardado por siempre, a pesar de los ataques de Lucifer y de
su espíritu de error, el enemigo eterno de su vida sagrada y
de la vida implacable del Señor Jesucristo, porque nos ama
tanto, y nos perdona nuestros pecados, como desde el mismo
día que nos saco del lodo de la tierra.

Por esta razón, el Espíritu de Dios lucha día y noche, desde
los días del génesis de todas las cosas, para que no sea así
con ninguno de nosotros, para que no perdamos nuestros
corazones en las mentiras usuales de Lucifer, sino todo lo
contrario. Y esto que cada uno de nosotros, retengamos ese
lugar muy especial de nuestros corazones para el nombre de
Dios, en nuestros millares, de todas las familias, razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, para
finalmente muy pronto alcanzar nuevas glorias y santidades
perfectas para nuestro Dios, desde nuestros corazones hacia
la nueva eternidad venidera.

JESUCRSITO HABITA EN MEDIO DE NUESTRA ALABANZA

Nuestro Padre Celestial es ciertamente santo. Y como Él no
hay otro igual, en el cielo ni en la tierra. Y desde tiempos
antiguos: ¡Sólo Él es quien realmente habita entre las
alabanzas de Israel y de todo su gentío por toda la tierra!
Porque nuestro Padre Celestial es quien se mueve
sobrenaturalmente y poderosamente entre los pueblos de la
tierra, especialmente como aquellos que aman y adoran su
nombre santo y su Ley Inmortal, como Israel, desde los días
de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo.

De verdad, nuestro Dios es santo, y cada gloria y honra que
se levanta hacia Él, hacia el cielo más alto que su reino
celestial, del corazón de los ángeles y así también del
corazón de los hombres, mujeres, niños y niñas, es sumamente
santo para nuestro Dios y para su Hijo amado, el Señor
Jesucristo. Y ésta es una gloria y una honra, que nuestro
Padre Celestial jamás ha de compartir con ningún otro ser
viviente concebido, por sus palabras, por su nombre o por sus
manos santas, por ejemplo, como ángeles del cielo u hombres
del paraíso o del mundo.

Esta gloria y honra sólo pueden verdaderamente salir del
corazón y del espíritu de ángeles y de hombres y de las
mujeres de la humanidad entera para honrar y para exaltar el
nombre de nuestro Dios que está en los cielos, si sólo
creemos en su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo
en Jesucristo están todos los poderes de alabanzas y de
glorias infinitas para nuestro Padre Celestial que está en
los cielos, gozando por siempre de la presencia de su
Espíritu Santo y de sus huestes de ángeles gloriosos y
eternos.

En otras palabras, cada gloria y cada honra de nuestros
corazones que se levanta hacia nuestro Dios, es sólo para
exaltar y para honrar mucho más que antes la perfección, la
santidad y la gloria infinita de su nombre, en el cielo más
alto que el reino de los ángeles y de la humanidad de la
tierra, también, como ejemplo. Y cuando esta gloria y honra
de nuestro salvador llega a la presencia santa de nuestro
Padre Celestial, de parte de cada uno de nuestros corazones,
entonces Dios muy bien la recibe con gran gozo y alegría en
su corazón y en su alma santísima, para jamás olvidarnos
eternamente y para siempre, en la eternidad venidera de su
gran reino celestial.

Y al instante, Dios mismo transforma estas glorias y honras
en muchas bendiciones para nuestras vidas y para mucha más
gente en todos los lugares de la tierra, que están
necesitados y esperando por Él, por ejemplo, para que alivie
sus problemas y dificultades de sus vidas. Y nuestro Dios
hace todas estas cosas, y muchas más que nuestras alabanzas
de gloria, de exaltación y de honra infinita a su nombre
santo, para que entonces nosotros no sólo le sigamos
sirviendo y rindiéndole gloria y honra a Él y a su nombre
eterno, sino que mucho más que esto.

Nuestro Padre Celestial realmente sabe muy bien en su corazón
sagrado, que otros también, que no le servían ni le conocían,
entonces le han de comenzar a conocer y a rendirle glorias y
honras de alabanzas y exaltaciones infinitas, para su vida y
para su nombre santo, por ejemplo, en el cielo y por toda la
tierra, también. Y así cada una de las tinieblas de las
mentiras de Lucifer y de su muerte eterna del ángel de la
muerte, en la tierra, en el infierno y en el lago de fuego,
entonces son poco a poco, pero seguro, destruidas, para
liberar al hombre, de todo mal del pecado y de su muerte
eterna, también.

Pues destruidas son las profundas tinieblas de las mentiras
del pecado mortal de Lucifer y de su espíritu de error, por
ejemplo, para que jamás se vuelvan a interponer en contra de
las alabanzas y de las glorias eternas, en nuestros corazones
y en nuestras vidas celestiales, como la del paraíso, para
nuestro Dios y para su nombre santo. Y sólo así entonces
nuestros corazones y nuestros espíritus humanos han de ser
como los espíritus celestiales de los ángeles del reino de
los cielos, libres por siempre para honrar y para exaltar el
nombre de nuestro Padre Celestial, en el nombre glorioso y
sumamente honrado del Señor Jesucristo.

Para que entonces muchas de las bendiciones, si no todas, que
no podían llegar a nuestras vidas, por culpa de las tinieblas
de nuestros pecados, ante Dios y ante su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, pues entonces ahora el Espíritu Santo nos las
entregara en su momento justo y sin más demora alguna.
Ciertamente el Espíritu Santo nos las ha de entregar una a
una cada día y cada noche de nuestras vidas por la tierra y
hasta que finalmente entremos de lleno, a nuestras vidas
reales del nuevo reino de los cielos, como en el paraíso o
como en nuestra nueva ciudad celestial, La Jerusalén Santa e
Infinita del cielo.

Y estas son bendiciones celestiales, que nuestro Padre
Celestial nos ha entregado a nosotros, para disfrutarlas día
y noche en nuestros corazones y en nuestras vidas de nuestro
diario vivir por la tierra, para que seamos felices con Él y
con su palabra santa, si tan sólo creemos en Él, por medio de
su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Y así cada uno de
nosotros, en nuestros millares, de todas las familias, razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, podríamos
realmente servir y alabar por siempre a nuestro Dios y a su
Hijo amado, el Señor Jesucristo, en nuestros corazones y en
nuestras almas, para entonces poder vivir nuestras vidas,
como se vive en el cielo, por ejemplo.

De otra manera, seguiríamos viviendo en nuestros pecados para
finalmente caer en nuestro mal eterno, en la tierra y en el
infierno también, en el más allá. Y Dios no nos ha creado a
nosotros, ni menos nos ha entregado de su imagen y de su
semejanza santa, para ser luego echados al mundo de los
muertos, de las almas perdidas eternamente y para siempre en
sus maldades y en sus muchos pecados, en contra de Dios y de
su Hijo amado, el Señor Jesucristo.

Porque la verdad es que nuestro Dios nos ha creado para que
seamos como sus ángeles santos, pero con mayores poderes de
honra, de santidad y de gloria infinita, para exaltar y para
honrar su nombre santo, en la tierra y en el paraíso,
también, hoy en día y para siempre, en la eternidad venidera
del nuevo reino celestial. Porque nuestro Dios ha estado
buscando desde siempre mayores glorias de santidades y de
honras a su nombre sagrado, jamás alcanzadas por los ángeles,
del reino de los cielos, pero esta vez las ha encontrado en
la tierra.

Esta vez, con los hombres, mujeres, niños y niñas, de toda la
tierra, fieles a Él, por medio de la vida y del nombre
sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, instalado en
sus corazones, entonces esto ha de ser posible, hoy y por
siempre, en la eternidad venidera, del nuevo reino celestial,
alcanzar nuevas glorias del más allá. Entonces grande es
nuestro Dios y digno de suprema alabanza y honras eternas,
desde lo profundo de nuestros corazones, para traspasar
cielos y horizontes de la nueva eternidad venidera de nuestro
Dios y su Árbol de vida eterna, rodeada de ángeles y de su
humanidad infinita.

Infinita humanidad del cielo, redimida por el espíritu de fe,
de la sangre santísima del pacto eterno, entre Dios y el
hombre de la tierra, porque el hombre y la mujer que Dios ha
creado con todos sus hijos e hijas, no ha de morir jamás,
sino todo lo contrario. Cada uno de ellos ha de ver la vida
eterna, para honrar y para alabar a su Dios y Fundador de su
vida, por los siglos de los siglos, en la tierra y en el
nuevo reino de los cielos, como los ángeles lo han hecho a
través de los siglos y hasta nuestros tiempos, por ejemplo.

LA CREACIÓN ANUNCIA LA OBRA DE LAS MANOS DE DIOS

Es por eso, que los cielos cuentan la gloria de Dios, y el
firmamento anuncia la obra de sus manos sagrada día y noche
ante la vista atónita de los ángeles del reino y de todos los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, en
toda la tierra. Porque aun el universo con sus millares de
estrellas, planetas, lunas y demás seres celestiales del
infinito no se cansan jamás de contar de la gloria de Dios, a
todos los que los ven desde la distancia de la tierra y hasta
donde su vista los pueda divisar en toda la inmensidad
celestial, por ejemplo.

En realidad, estos seres celestiales de la inmensidad: alaban
y honran al Rey de reyes y SEÑOR de Señores, ¡el Señor
Jesucristo! Porque todo lo que ha sido hecho fue hecho por
medio de Él, y nada de lo que ha sido hecho, en el cielo y en
la tierra, en verdad, no ha sido hecho jamás sin Él. Porque
sólo en Él está la verdad, la vida, el camino, la sabiduría,
la honra, el poder, la alabanza, el triunfo, la victoria, la
adoración, la autoridad y la inteligencia perfecta para hacer
todas las cosas de las que se ven y de las que no (se ven) en
el cielo y por toda la tierra, también.

Es por esta razón, que nuestro Padre Celestial en el día que
decidió crear al hombre de la tierra con sus manos santas,
entonces le dijo a su Hijo amado, el Señor Jesucristo con su
Espíritu Santo: Descendamos a la tierra y hagamos al hombre
en nuestra imagen y conforme a nuestra semejanza. Y así fue,
en aquel día histórico nuestro Dios crea al hombre con sus
manos santas, por medio de aquel que vive en el cielo y en la
tierra, el Santo de Israel y de la humanidad entera, ¡el
Señor Jesucristo!

Es por eso, que los apóstoles y así también toda la gente y
los discípulos, cuando veían a Jesucristo, no veían en él a
un extraño, sino a alguien en su imagen y en su semejanza
humana, con quien se identificaban mutuamente, sin ninguna
dificultad visible. Pues así es nuestro salvador celestial,
el mismo del ayer, de hoy y de siempre, en el paraíso, en la
tierra y hoy en día, otra vez en el nuevo reino del cielo.
Pero está vez, en nuevas tierra con nuevos cielos adornado
con mansiones celestiales, para todos los hombres, mujeres,
niños y niñas de la tierra, que aman a su Dios y Creador de
sus vidas, por medio de Él, su Hijo amado, el Árbol de la
vida, ¡el Señor Jesucristo!

Y, hoy en día, como en años anteriores, nuestro Padre
Celestial ha deseado formar una nueva vida celestial para sus
hijos e hijas de todas las familias, razas, pueblos, linajes,
tribus y reinos de la tierra, para que le sirvan y le adoren
por siempre, por medio de su Hijo amado, el Señor Jesucristo.
Porque todo lo que nuestro Dios ha de crear de nuevo, ha de
ser como siempre, como en el principio de todas las cosas, en
el cielo y en la tierra, por medio de la vida y del nombre
sagrado de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!

Y sin Jesucristo, nada de lo que Dios desee crear en el cielo
y en la tierra lo podrá lograr jamás. Es por esta razón, que
el Señor Jesucristo es de suma importancia en el corazón y en
la vida, de cada uno de los ángeles y así también de todos
los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera,
para entonces Dios mismo poder regenerarnos, reformarnos, y
darnos una nueva vida infinitamente feliz, como la de sus
sueños, como ejemplo.

Y esta es una nueva vida, totalmente llena de verdad y de
justicia celestial, para vivirla para nuestro Dios y para su
gran rey Mesías, su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en la
tierra y en su nuevo reino celestial, en el más allá. En
donde los que habitan allí, desde tiempos antiguos y hasta
nuestros días, por ejemplo, honran y adoran el nombre sagrado
de nuestro Dios y de nuestro Señor Jesucristo, para
glorificar sus vidas por siempre sólo en la verdad de la
palabra viva y de la gran obra infinita y sobrenatural de
redimir a la humanidad entera, de la muerte infernal.

Porque es muy importante que día y noche, el nombre sagrado
de nuestro Dios sea honrado y exaltado, en nuestros corazones
y en nuestras vidas, para que las fuerzas de las profundas
tinieblas, entonces dejen de ser en todos los lugares de la
tierra: y la tierra sea igual que el cielo en vida, ni más ni
menos, para siempre. Y sólo así entonces nuestros corazones y
nuestras almas eternas sean libres para servir y para amar
mucho más que antes a nuestro Dios y a su Hijo amado, el
Señor Jesucristo, todos los días de nuestras existencias, en
la tierra y en el paraíso también, para miles de siglos
venideros de su nueva eternidad celestial, por ejemplo.

Es por esta razón, también, que los cielos y sus seres
celestiales, de los que se ven y como de los que no (se ven),
en sus millares e incontables, en toda la inmensidad,
anuncian en todo momento de la grandeza y de la gloria
infinita de su Fundador, el Todopoderoso, el Omnipotente.
Para que los ángeles del cielo y así también los hombres,
mujeres, niños y niñas, entonces reciban éste gran ejemplo,
de honrar y de exaltar aquel que los creo y los puso en su
curso de vida, para que verdaderamente conozcan la vida real
de su Hacedor, no en las tinieblas del enemigo, sino en la
luz de su Hijo.

Entonces todos los seres creados por Dios, como ángeles del
reino y así también hombres, mujeres, niños y niñas del
mundo, están llamados, desde el momento de su creación, como
seres vivientes, ha honrar y ha exaltar el nombre de su Dios,
para que sus vidas crezcan no en las tinieblas del enemigo,
sino en la luz de su Jesucristo. Y, por todo ello, no hay
mejor manera de exaltar y de honrar a nuestro Padre
Celestial, sino no es creyendo en Él, por medio de la vida y
de la sangre bendita de su pacto eterno, ¡el Señor
Jesucristo!

Porque ha sido su Hijo amado, el Señor Jesucristo, quien
realmente ha cumplido toda su voluntad perfecta para bien de
muchos y alabanzas santas a su nombre sagrado, en la tierra y
en el paraíso, también. Por lo tanto, ha sido el Señor
Jesucristo, la alabanza perfecta de nuestras almas eternas,
quien verdaderamente se ha "levantado victorioso" en el
Tercer Día de la resurrección, para darle vida y salud eterna
en abundancia, a todo aquel que crea a su Dios, por medio del
Señor Jesucristo, únicamente.

Ya que, fuera del Señor Jesucristo, entonces no hay alabanza
alguna posible para el corazón del ángel del cielo y así
también para el corazón del hombre, de la mujer, del niño y
de la niña de la humanidad entera. Entonces hoy más que
nunca, nuestro Dios desea que todos nosotros aprendamos de su
creación y de su firmamento en general, los cuales nos llaman
día y noche y sin cesar, ha servirle y ha honrarle a Él, en
el espíritu y en la verdad de su vida santa y eternamente
honrada de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Por cuanto, hemos sido creados por su corazón santo, para que
le seamos por siempre sólo obedientes a Él, por medio de su
Jesucristo. De otra manera, jamás podríamos obedecerle a Él y
así cumplir su más santa y perfecta voluntad en nuestras
vidas, en el paraíso, en la tierra y de nuevo de regreso al
paraíso, a nuestra nueva vida infinita de su nuevo reino
celestial, como en su flamante tierra nueva con nuevos
cielos, La Gran Jerusalén del cielo, por ejemplo.

Y los antiguos entendían muy bien a nuestro Dios, y como
llevar acabo su voluntad santa y perfecta en sus corazones,
para alcanzar una vida mejor y superior en la tierra y en el
paraíso, también, de regreso otra vez a la presencia de Dios
y de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo. Pues así
nuestro Padre Celestial ha redimido del poder del pecado y de
su muerte eterna, a todo pecador y a toda pecadora de la
humanidad entera. Y, hoy en día, si tú le obedeces también a
Él, como los demás lo han hecho a través de los tiempos y
hasta nuestros días, por ejemplo, entonces tú mismo has de
ver al Hijo de Dios en cualquier día, como Nabucodonosor lo
vio en su día.

EL REY DE BABILONIA VIO AL HIJO DE DIOS Y SE SALVO

Por ejemplo, vemos como Nabucodonosor, rey de Babilonia,
alababa, exaltaba y glorificaba al Rey de los cielos, porque
todas sus obras eran para Él, verdad infinita y sus caminos
justicia para todos los hombres, mujeres, niños y niñas de
sus tierras y de la humanidad entera, de aquellos días y de
siempre, también. Porque sólo nuestro Padre Celestial puede
humillar a los que andan con soberbia delante de su presencia
santa, en el paraíso y por toda la tierra, también.

Realmente, Nabucodonosor era un hombre impío, desde los
primeros días de su reinado; él no conocía a Dios en su
corazón, porque "nadie le había enseñado la verdad y la
justicia infinita de su corazón de creer, en el Hijo de Dios,
para ser redimido de sus pecados y de su muerte segura en el
infierno, en el más allá". Nabucodonosor creía que todo lo
que tenia en su reino se lo merecía muy bien, porque había
trabajado por todo ello, en toda su vida; además, había
derrotado a naciones y a sus ejércitos por doquier, como a
Israel, por ejemplo; por lo tanto, su reino era grande y
fuerte entre los pueblos de la tierra, en aquellos días.

Pero Nabucodonosor jamás se había tropezado con siervos de
Dios, que verdaderamente amaban su palabra y su nombre
sagrado, a pesar de cualquier oposición, por más terrible que
fuese, en la tierra y aun hasta del más allá, también. Y a
ellos, Nabucodonosor quiso hacerlos sus siervos, para que
adorasen a su estatua de oro puro. Esta era una estatua muy
grande que había enviado a sus escultores ha construir,
porque la había visto en uno de sus sueños.

Por lo tanto, su corazón estaba fascinado por ella, y deseaba
tener una igual en todo su reino, como la adoración única de
su corazón equivocado (y eternamente perdido sin Cristo en su
vida). Para que todos los que vivan con él, entonces se
arrodillen ante ella y le rindan gloria y honra, como uno de
sus dioses (o el dios de sus propias vidas), por ejemplo,
cuando lo contrario era la verdad. Y esto era que sólo el
Dios del cielo y de toda la tierra es realmente el Dios
soberano de toda vida del hombre y de toda la tierra y de sus
cosas, también, así como en el reino de los cielos, desde los
días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo.

Entonces los Babilonios, como gentiles que eran, tenían que
obedecer al mandato de Nabucodonosor, para no ser condenados
a muerte; es más, ellos no podían quejarse ni menos escapar
éste decreto tan apremiante para sus vidas, especialmente
para los judíos que se encontraban en cautiverio entre ellos,
en aquellos días, por ejemplo, y con la Ley Celestial en sus
corazones. Y unos judíos, como todos los demás, no quisieron
obedecer el edicto del rey; ellos pensaban que aunque estaban
en cautiverio, sólo tenían que seguir y servirle al Dios de
sus padres, es decir, al Dios de Abraham, de Isaac y de
Jacobo, por ejemplo.

Ya que, este es uno de los primeros mandamientos de sus Ley
Divina, no arrodillarse ante ningún ídolo en toda la tierra,
por ejemplo, para honrarle como a su Dios. Porque sólo un
Dios tienen en sus vidas, en el paraíso y en la tierra; y
este es el SEÑOR Fundador del cielo y de la tierra; también,
conocido como el Señor Todopoderoso, por ejemplo, por todos
los hebreos de la antigüedad y de toda la vida, también. Por
lo tanto, cuando Sadrac, Mesac y Abed-negó se negaron
rendirle honor a la estatua de oro, del rey de Babilonia,
entonces él se enoja con ellos; no sólo con Sadrac, Mesac y
Abed-negó, sino con todos los hebreos y hasta con el Dios del
cielo y de la tierra, también.

Por lo tanto, Nabucodonosor quería ver que se negasen a
obedecer su edicto delante de su presencia y de sus
oficiales, también. Entonces los mando a buscar, para ver si
desobedecían su palabra delante de su presencia y de su
trono, como rey supremo de todo el reino de Babilonia. Y
cuando Sadrac, Mesac y Abed-negó llegaron ante Nabucodonosor,
entonces los oficiales les quisieron hacer que ellos
admitiesen que iban a obedecer el edicto del rey.

Y ellos les respondieron, diciéndole a Nabucodonosor, que no
podían obedecer su ley, de humillarse ante su estatua de oro,
porque es contrario a la Ley del Dios del cielo y de la
tierra. Y cuando el rey oyó estas palabras de los labios de
los tres hebreos, entonces se enojo mucho más que antes; y
ordeno de inmediato a sus oficiales a que calentaran mucho
más que antes el horno, para echarlos a ellos en él, por
haber desobedecido su mandato.

No importa, les contestaron los hebreos al rey Nabucodonosor,
por cuanto más ordenes calentar tu horno, por haber
quebrantado tu edicto, nosotros vamos a seguir sirviéndole al
Dios de nuestros padres aun entre el fuego candente de tu
horno, señor rey de Babilonia. Y el horno fue calentado siete
veces más que antes, que cuando los soldados babilonios los
tomaron en sus manos para echarlos, a los tres hebreos, en el
fuego del horno, entonces por el poder del fuego ellos fueron
consumidos y muertos inmediatamente, pero no los hebreos.

Los hebreos entraron en el fuego del horno y caminaban con
aquel que los protegía del mal de sus enemigos; éste ser era
"el Cordero de Dios", a quien le habían ofrecido sus ofrendas
de paz y de amor a su Dios en el cielo; éste es aquel de la
sangre del pacto eterno de Israel y del mundo entero. Y
cuando Nabucodonosor veía a sus hombres muertos en el suelo y
a los hebreos con una cuarta persona, que danzaba y alaba
dentro del fuego del horno al Dios del cielo, entonces se
maravillo mucho; y no podía creer lo que veía con sus ojos.

Entonces Nabucodonosor les pregunto a sus oficiales: ¿No
hemos echado tres hebreos al fuego del horno? Y si lo hemos
hecho así: ¿Por qué entonces veo un cuarto ser moviéndose con
ellos en el fuego? Y éste cuarto pararse ser como el Hijo de
Dios. Porque ni él ni los tres hebreos se queman en el fuego,
sino que siguen danzando y alabando el nombre de su Dios,
como si no estuviese sucediéndole nada malo con ninguno de
ellos.

Al momento, Nabucodonosor se acerca más al horno, pero el
fuego no le hace daño tampoco, como a sus hombres que
murieron al instante calcinados, ante la intensidad del ardor
del fuego, por ejemplo, en donde habían echado a Mesac,
Sadrac y Abed-negó, sin piedad alguna en sus corazones, a sus
muertes seguras del horno extremadamente violento. Entonces
Nabucodonosor se queda parado en su lugar, a la entrada del
horno, mirando hacia los hebreos y el cuarto de entre ellos,
que se parecía como al Hijo de Dios en sus ojos y en su
corazón, también, pero no sufría daño alguno por causa del
fuego aun cuando ardía violentamente para quitarle la vida al
momento.

Y mirando aun hacia dentro del fuego, entonces Nabucodonosor
llama a los hebreos, y les pide que salgan del horno. Mesac,
Sadrac y Abed-negó salieron caminando del horno, sin que el
fuego les haya hecho ningún mal alguno, ni a sus cuerpos ni a
sus vestiduras; ellos estaban parados ante el rey, libres y
limpios de toda culpa de pecado o de haber quebrantado alguna
ley de Dios o del hombre de toda la tierra.

Y el Hijo de Dios no permaneció en el fuego del horno, sino
que se volvió a hacer invisible ante los ojos de
Nabucodonosor y de su gente de Babilonia. Y Nabucodonosor les
dijo a los hebreos, desde hoy mismo toda Babilonia se ha de
postrar ante el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-negó, y el que
no lo haga que muera entonces. Por lo tanto, como la orden
del rey de Babilonia era apremiante, entonces no sólo los de
Babilonia ahora servían al Dios de Abraham, de Isaac y de
Jacobo, sino todas las naciones alrededor y hasta aun las muy
lejanas también.

Porque éste incidente de haber echado a los hebreos en el
horno, para que mueran quemados y no murieron, sino que sus
hombres fueron los que el fuego del horno mata delante de sus
ojos y de su gente, también. Y como también Nabucodonosor y
su gente vieron al Hijo de Dios que se movía con los hebreos,
para alabar y para honrar el nombre bendito de sus padres,
entre en medio del ardor, del fuego violento, entonces no
podían negarlo sino sólo aceptarlo en sus corazones y en sus
vidas para servirle al Dios, del cielo y de la tierra.

Y desde aquel día en adelante, toda Babilonia y las naciones
aledañas: alababan y honraban al Hijo de Dios, que había
redimido a Israel de la casa de su cautiverio y a Mesac,
Sadrac y Abed-negó de una muerte segura, en el horno candente
y mortal de Babilonia. Pues así también todo hombre, mujer,
niño y niña de la humanidad entera, tiene que alabar y honrar
aquel que estuvo muerto, pero que vive por los siglos de los
siglos, el Hijo de Dios, ¡el Santo de Israel y de la
humanidad entera!

Porque así con su sangre redimió a Israel de su cautiverio
eterno en Egipto, y luego redimió muchas veces a Israel de
sus enemigos, por el desierto, como por ejemplo, con Mesac,
Sadrac y Abed-negó que no dejo que el fuego del horno los
quemase, sino que estuvo con ellos hasta que fueron
liberados. Pues así también ha de ser contigo, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, para redimirte del cautiverio
del pecado y para salvarte del fuego eterno del infierno,
aunque hayas sido echado en él, por las manos de los enemigos
de Dios y del nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!

LA ALABANZA A TU DIOS, TE HA DE LLENAR DE LA GLORIA CELESIAL

Es por esta razón, que los ángeles, arcángeles, serafines,
querubines y demás seres santos de nuestro Padre Celestial:
alaban y honran su nombre sagrado, desde el comienzo de sus
días y hasta nuestros días, también, en el cielo y en el
resto de su creación. Y porque ellos alaban y honran el
nombre de nuestro Padre Celestial día y noche y sin cesar,
entonces sus corazones y sus espíritus celestiales son
repletos de la gloria divina, de la presencia de Dios, de su
Espíritu Santo y de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor
Jesucristo!

Y es ésta gloria, de alabar y de honrar a su Dios, es que los
hace a cada uno de ellos eternamente gloriosos y, a la vez,
les da esa distinción particular de sus vidas celestiales, en
el reino de los cielos, por ejemplo, que los hace ver, como
grandes y sumamente santísimos, ante los ojos de toda la
creación. Pues así también el hombre, la mujer, el niño y la
niña de la tierra, cada uno de ellos es lleno del Espíritu de
Dios, cada vez que exalta el nombre de su Dios y de su
Jesucristo en su corazón, para gloria y para honra eterna de
la vida santa de su Dios, en los cielos.

Esto fue lo que le sucedió a Moisés, por ejemplo, después de
haber hablado con Dios sobre el Sinaí, por cuarenta días y
cuarenta noches; al bajar del Monte su rostro resplandecía
con una gloria jamás vista por los hombres; y Moisés tuvo que
ponerse un velo sobre su rostro, porque su rostro
resplandecía con una gloria estelar. Pues así también el
hombre, de hoy y de siempre, si tan sólo le es fiel a su
Dios, alabándole y rindiéndole gloria y honra a su nombre
santo, en su corazón y en su alma eterna, también, día a día
y por siempre, en todos los lugares de la tierra y del
paraíso, en el cielo.

En la medida en que, la alabanza, al nombre sagrado de
nuestro Dios y de su Jesucristo, es para nosotros, también,
los que amamos y honramos a nuestro Dios, en nuestras vidas y
en todos los lugares de la tierra. Porque cada alabanza del
corazón y del alma del hombre es realmente un paso más hacia
el crecimiento espiritual de su vida, en la tierra y en el
paraíso, de igual forma, para jamás volver a ser el pecador
de toda la tierra de siempre, que todo mundo conocía, por
ejemplo, en el mundo de la mentira y del mal.

Porque las alabanzas de nuestros corazones y de nuestros
labios, hacia nuestro Padre Celestial que está en los cielos,
son para que nuestros corazones no solamente crezcan cada vez
más hacia el conocimiento santo y perfecto de su nombre
sagrado, sino también para que nuestras almas sean felices
con Él y con su Espíritu Santo, en donde sea que vivamos.
Porque la felicidad del corazón y del alma del hombre, de la
mujer, del niño y de la niña, de todas las familias, razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, es muy
importante para nuestro Dios y para su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, para que su Espíritu Santo obre con sus dones
sobrenaturales en nuestras vidas.

Y así ayudarnos a crecer, a cada uno de nosotros, en nuestros
millares, en todos los lugares de la tierra, en sus
maravillas, en sus milagros y en sus prodigios terrenales y
celestiales: porque cada una de estas bendiciones celestiales
en nuestras vidas es muy importante, para nosotros poder
vivir nuestras vidas normalmente, en la tierra y en el
paraíso. Porque para vivir nuestras vidas, en un mundo como
el de hoy en día, por ejemplo, se necesita poder, mucho poder
del cielo.

Por cuanto, el mundo tiene poder de las profundas tinieblas
de Lucifer y de sus ángeles caídos, y nosotros tenemos poder
del cielo, por naturaleza humana, espiritual y divina
también; porque hemos sido formados en la imagen y conforme a
la semejanza omnipotente de nuestro Dios, de su Espíritu
Santo y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, por ejemplo. Y
estos poderes se oponen el uno al otro, en nosotros y entre
nosotros mismos, también, en el cielo y en la tierra, como
con Adán y Eva en el paraíso, porque éste es un ejemplo
clásico entre el bien y el mal, en la vida del hombre y del
Señor Jesucristo, para aprender de estas fuerzas opositoras,
por siempre.

Por lo tanto, estos poderes sobrenaturales, para edificar y
así ayudar a nuestras vidas a desarrollarse con normalidad,
han descendido del cielo, desde los primeros días de la
antigüedad, como en génesis 1:2, por ejemplo, cuando el
espíritu de la sangre bendita del "Cordero de Dios", el Señor
Jesucristo ya venia sobre cada uno de nosotros por directriz
celestial. Y esto sucedía en toda la tierra, aunque todavía
no habíamos nacido del vientre de nuestras madres, por
ejemplo, para ayudarnos a levantarnos, del polvo de la tierra
y nacer como humanos para vivir día a día nuestras vidas, en
el mundo y hasta aun más allá de la muerte, en la eternidad
del nuevo reino infinito de los cielos.

Entonces todos estos poderes que hemos de recibir día y noche
de parte de nuestro Padre Celestial, por medio de su Espíritu
y de Jesucristo, han de ser para nosotros aprender a ser
fuertes ante el mal y servirle a Él, como nuestro único Dios
soberano de nuestras vidas, en la tierra y en el cielo, hoy y
por siempre. Y Dios ha de continuar enviándonos de su
Espíritu Santo y sin cesar, lleno de sus dones
sobrenaturales, porque lo necesitamos para crecer en el
servicio sagrado de su nombre, en nuestros corazones, en
nuestras almas eternas y en nuestras vidas terrenales y
celestiales, también, para la eternidad venidera del nuevo
reino de los cielos.

Dado que, nuestro Dios muy bien sabe que sin su Espíritu
Santo y sus dones sobrenaturales, entonces no podríamos jamás
recibirle a Él, ni cantarle a Él, ni menos creer en nuestros
corazones y decir con nuestros labios su verdad y su justicia
infinita, de que su "Hijo amado" es el Señor Jesucristo, por
ejemplo. Es decir, que nadie puede alabar ni darle gloria y
honra a nuestro Dios, sino no es por el poder sobrenatural,
de la presencia del Espíritu de Dios, en nuestras vidas; es
más, nadie podría decir jamás, sin la ayuda del Espíritu
Santo, de que el Señor Jesucristo es su Hijo amado, por
naturaleza divina e infinita del cielo.

Esto es totalmente imposible para el hombre, la mujer, el
niño o la niña de toda la tierra, creer en su corazón y
decirlo con sus labios para la eternidad, para justicia y
para cumplir toda verdad infinita, de que el Señor Jesucristo
es el Hijo de Dios, el único salvador posible para Israel y
la humanidad entera. Como ejemplo, hemos hablado de
Nabucodonosor, él era un rey terrible en Babilonia; todo lo
que él quería que se hiciese en su reino, entonces sé tenia
que hacer, sin tolerar oposición alguna nunca.

Su corazón estaba cerrado para Dios, porque jamás había oído
hablar de Él; Nabucodonosor sólo conocía su poder, de hacer
las cosas a su manera, en todo su reino. Y el que se oponía a
él y a su mandato, entonces tenia que ser echado al horno de
fuego, para morir condenado. Porque Nabucodonosor no quería
compartir su vida con nadie que se le opusiese en su vida, o
en su manera de hacer sus cosas.

Y siendo así Nabucodonosor, un rey cruel e impío ante Dios y
ante toda justicia del hombre y del cielo, Dios cambió su
vida drásticamente. Porque llegaron a su vida personas que
conocían a Dios y que sólo alababan el poder, la gloria y la
honra infinita de su Creador y salvador de sus vidas. Y Dios
hizo con los poderes sobrenaturales de su Espíritu Santo que
este rey malo e impío, a la vez, ante las cosas de Dios y de
su reino, que sus ojos se abriesen para que vean a su "Hijo
Celestial", que caminaba entre las llamas ardientes del fuego
del horno, como del infierno, por ejemplo, y no se quemaba.

Y así salvase su alma del mismo fuego del horno, que muy bien
lo pudo haber matado calcinado, sino no hubiese sido por la
presencia sobrenatural del Espíritu de Dios y de su Hijo
amado, el Cordero de Israel, en aquella hora tan crucial para
su vida, en la tierra y en el más allá, también. Dios
ciertamente salvo a este rey impío y cruel para entonces
glorificar su nombre, en su vida y en todo su reino, salvando
así a muchos de sus pecados y de su muerte segura en la
eternidad, en el verdadero fuego eterno del infierno, por
ejemplo.

Pues así como el espíritu de alabanza al Dios del cielo y de
la tierra en corazones y en labios fieles a Dios, y no de
estatuas de oro o de cualquier material del hombre, ha sido
que ha hecho hombres pecadores, como el rey Nabucodonosor,
libres de sus tinieblas profundas y de muertes sin fin, en el
más allá. Para que vean con sus propios ojos viles al "Hijo
amado de Dios", el Cristo de la salvación y de "la alabanza
infinita de Israel" y de cada hombre, mujer, niño y niña de
la humanidad entera, hoy en día y por siempre, en la
eternidad venidera del nuevo reino de los cielos.


Libro 148

ORACIÓN

La oración es la manera en que nos comunicamos
espiritualmente con nuestro Dios, ya sea que le hablemos a Él
con nuestro corazón, con nuestro espíritu (o su Espíritu
Santo); o que le hablemos a Él con nuestros labios o con las
acciones de nuestras manos o de nuestras vidas, por ejemplo.
Sea como lo hagamos, si nos estamos refiriendo a nuestro
Dios, por medio de su fruto de vida, el Señor Jesucristo,
entonces Él acepta nuestra oración, para recompensarnos con
el perdón de nuestros pecados y la bendición constante de
nuestros corazones y de nuestros cuerpos corporales e
espirituales, también.

En realidad, sólo cuando el Señor Jesucristo ha sido aceptado
en nuestro corazón y en nuestra vida, ya para nuestro Dios es
una oración eterna, que no culmina nunca, sino que sigue día
y noche y por siempre sin cesar, delante de tu presencia
gloriosa hablándole a Él, que no podríamos hacerlo con
nuestra lengua o espíritu humano. Pues de la misma manera que
ha sido así con los ángeles del cielo, lo es igual con cada
hombre, mujer, niño y niña, sólo fiel a Él, por medio de su
fruto de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Sólo con invocar el nombre del Señor Jesucristo en nuestros
corazones y con nuestros labios, en cualquier momento del
día, ya es una oración perfecta y completa para nuestro Padre
Celestial que está en los cielos, por ejemplo. Es más, no
existe mayor oración para el corazón del hombre, delante de
Dios y de su Espíritu Santo, que no sea la invocación
gloriosa del nombre sagrado del Señor Jesucristo.

Por eso, también, sólo el Señor Jesucristo es la máxima
expresión de Dios y de la vida santa del reino de los cielos
hacia el hombre, en el paraíso y sobre toda la faz de la
tierra. Y viceversa, pues así también, sólo el Señor
Jesucristo es la máxima expresión del hombre, de la mujer,
del niño y de la niña de la humanidad entera, delante de Dios
y de su Espíritu Santo y de sus huestes angelicales, en el
cielo y en todos los lugares de su nueva creación infinita.

Es por esta razón, que nuestro Dios puede comprender y, a la
vez, bendecirlo profundamente día y noche y para siempre, en
la tierra y en la eternidad, al hombre, a la mujer, al niño y
a la niña de la humanidad entera, cada vez que se acerca a
Él, en el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! Y, a la inversa, el corazón del hombre sólo puede
entender y hasta conocer al Creador de su vida, sólo por
medio de la invocación, de la vida, muerte, resurrección y
elevación celestial, de su único salvador posible, en el
paraíso y en toda la tierra, también, por supuesto, hoy en
día y por siempre, ¡el Señor Jesucristo!

Es decir, que sin la oración perfecta de la presencia del
Señor Jesucristo, ya sea en el corazón de nuestro Dios o en
el corazón del hombre de la tierra, entonces no fuese posible
jamás ninguna comunicación de Dios a hombre o de hombre a
Dios, sino todo lo contrario. Porque realmente que todo seria
profundas tinieblas y ceguera perpetua en la vida del reino
de los cielos y así también en la vida del hombre y en todos
los lugares de la tierra, igual como el más allá, como el
infierno o el lago de fuego, por ejemplo.

Es por eso, también, que sólo el Señor Jesucristo es la
confesión de amor perfecto del corazón de nuestro Padre
Celestial hacia la humanidad entera, en todos los lugares de
la tierra, comenzando en la historia de Israel, por ejemplo,
con sus patriarcas de siempre. Y, de la misma manera, sólo el
Señor Jesucristo es la perfecta confesión de amor del corazón
del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la
humanidad entera, para Dios, para su Espíritu Santo y para
cada ser santo de más allá, como ángeles, arcángeles,
querubines y demás seres santos del reino celestial.

Por ello, sin el Señor Jesucristo viviendo en el corazón del
hombre, entonces no hay arrepiento, ni menos confesión de
pecado alguno posible, delante de Dios y de su reino
celestial, en el cielo. De ello, también, nuestro Padre
Celestial no podría jamás perdonar ningún pecado de la vida
del hombre en toda la tierra, sino que todo seguiría siendo
pecado, maldad y violencia infinita, en todos los lugares de
la vida del hombre y hasta en el paraíso y en el infierno,
también, eternamente y para siempre.

Es por eso, que los profetas les decían a los antiguos día y
noche y sin cesar jamás en sus enseñanzas y predicaciones
usuales del nombre y de la palabra del SEÑOR, diciéndoles:
Todo aquel que invoque el nombre del SEÑOR, en los últimos
días, ha de ser salvo de sus pecados y entrara a la vida del
reino celestial. Y la gente les creían a las palabras de los
profetas, para aceptar al Cordero Divino y así ser perdonados
de sus pecados, para ser redimidos para la venida del nuevo
reino de Dios y de su Árbol de vida eterna, el Gran Rey
Mesías de Israel y de la humanidad entera, el único Hijo
posible de David, ¡el Cristo!

LA ORACIÓN ES PARA CONFESAR PECADOS

Porque es importante que cada uno de ustedes se confiese sus
pecados delante de Dios, en el nombre sagrado de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, para perdón y para que sus
nombres sean inscritos en "el libro de la vida" del reino de
los cielos. Porque el Señor Jesucristo es nuestro único
Cordero Celestial, y sólo el espíritu de su sangre santa nos
limpia de todo pecado, delante de la presencia sagrada de
Dios y de su Espíritu Santo, también, en la tierra y en el
paraíso, para siempre.

Pues nada hay mejor que la sangre del Señor Jesucristo para
bendecir nuestros corazones y sanarnos de nuestros males, aun
hasta los que la ciencia no entiende ni menos puede curar,
por ejemplo. Pero para nuestro Dios no hay nada que él no
conozca debajo del cielo, en toda la tierra, que no puede
solucionar con su Espíritu, con su palabra y con su nombre
sagrado y todopoderoso, también. Es por eso que la sangre del
Señor Jesucristo es lo más poderoso que haya descendido del
cielo, para limpiar y bendecir la vida del hombre y toda la
tierra, también, a la vez.

Por lo tanto, para nuestro Dios todo está al descubierto,
sólo por medio del espíritu de la vida, de la sangre sagrada
y sobrenatural del Señor Jesucristo, su Hijo amado, en el
cielo y en la tierra. Es por eso, que nuestro Dios ha enviado
a su Hijo amado al mundo, para que por medio de Él, entonces
pueda tener un acercamiento y conocimiento perfecto de cada
uno de nosotros, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo, en
el paraíso, nuestro primer hogar de nuestras vidas
celestiales, en el más allá.

Porque a Adán y a Eva, nuestro Dios los creo del polvo de la
tierra, para darles de comer y de beber sólo de su fruto de
vida eterna, el Señor Jesucristo, para que vivan y así
entonces le puedan conocer a Él perfectamente; de otra manera
es imposible que el hombre le conozca a Él, como a su Dios.
Pero como le desobedecieron para comer y beber entonces del
fruto prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del mal,
pues, ya nuestro Dios no los conocía. Nuestro Dios no los
conocía ni a nosotros tampoco, porque sus vidas habían
cambiado totalmente a la forma de que ellos eran antes, como
en el día de su creación, por ejemplo, santos y perfectos en
toda su caminar por el cielo.

En realidad, desde ese momento en adelante, ambos comenzaron
a alejarse cada vez más y más de su vida normal, de su vida
celestial del reino de los cielos, no sólo para no vivir del
Árbol de la vida, sino también para no conocer a su Dios y
Creador de sus vidas, para siempre. Por ello, nuestro Dios no
podía tener un acercamiento pleno con el hombre y con su
mujer, porque el pecado había invadido sus vidas,
cambiándolas drásticamente de su luz celestial a la luz de
las profundas tinieblas, de las palabras de mentira y de
muerte eterna de Lucifer, por medio de la boca, de la
serpiente antigua del Edén.

Aquí fue cuando tu vida cambio, mi estimado hermano y mi
estimada hermana, para no poder jamás ver ni menos conocer al
Señor Jesucristo y a su Padre Celestial, porque las tinieblas
del más allá te lo impedían, haciéndote cada vez más ciego
que antes. Entonces ya Dios nos podía tener una comunicación
plena para con el hombre ni para con ninguno de sus
descendientes, comenzando con Eva ni con ninguno de sus
descendientes en toda su creación celestial y en la tierra,
también.

Es más, el hombre y la mujer ya no podían orar a su Dios y
Creador de sus vidas, porque se encontraban muy lejos de Él y
de su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo. Y esto era
muerte constante para ellos y para sus descendientes día y
noche y por siempre, en todos los días de sus vidas por la
tierra y en el más allá, también, como en el infierno, por
ejemplo.

Es por eso, que era muy necesario que su Árbol de vida, el
Señor Jesucristo, descendiese al mundo, para no sólo
conquistar al mundo, sino también para conquistar cada vida
de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera; es
decir, para regresarlos a su habita normal del cielo, como en
el principio, pero con mayor gloria. Para que de esta manera,
Dios pueda tener una comunión y un conocimiento perfecto del
hombre y de los suyos, también, en toda la tierra, en el
paraíso y en todo el nuevo reino de los cielos.

Y sólo así, por medio del espíritu de vida, de la sangre
sagrada y sobrenatural de su Hijo amado, entonces perdonar
sus pecados y sanar sus almas, por medio de la oración. Es
por eso, que la oración es muy importante entre nuestro Dios
del cielo y el hombre de toda la tierra, en el nombre sagrado
de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Porque, además de todo, sólo el Señor Jesucristo es la
oración que nuestro Dios oye en el cielo y por toda la
tierra, también; y fuera del Señor Jesucristo no existe
ninguna oración que valga delante de Dios para los ángeles y
así también, para todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera. Es más, cada oración es eterna, por muy
pequeña que sea, por tanto, no morirá jamás, sino que será
por siempre recordada en el libre del SEÑOR y estará en las
copas de oro, del altar de Dios, en el cielo, por ejemplo,
para la eternidad venidera del nuevo reino de los cielos.

Y, hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana,
muchos de tus problemas y dolencias de tu corazón y de tu
cuerpo entero, son por razones de la falta de comunicación y
de oración para con tu Dios, en el nombre del Señor
Jesucristo, que está en los cielos. Porque si la oración y la
alabanza le faltasen al corazón del ángel del cielo, por
ejemplo, moriría como Lucifer y como los ángeles caídos han
muerto para Dios y para su vida celestial; y, hoy en día, se
encuentran, muchos de ellos encadenados en profundidades de
grandes tinieblas del más allá, hasta el día de su juicio
final.

Pues así también con todo hombre, mujer, niño y niña de toda
la tierra, del ayer y de siempre, sin la oración en sus
vidas, entonces no son nada para Dios, en el paraíso ni en
toda su nueva creación venidera. Es decir, que si tú orases
al SEÑOR, como debes de hacerlo día y noche, en el nombre
sagrado de su Hijo amado, entonces todos tus problemas y
dolencias de tu vida, ya sean de tu corazón o de tus cuerpos
espirituales y corporales, serian sanados y eliminados
eternamente y para siempre.

Ya que, nuestro Señor Jesucristo sana el cuerpo del hombre y
le da vida en abundancia para que siga viviendo su vida
normal, no sólo en la tierra, sino también en su nueva vida
infinita del nuevo reino celestial. Y esto seria en ti, en un
momento de poder sobrenatural, por el poder de la oración, en
el nombre sagrado del Señor Jesucristo, para que los dones
maravillosos del Espíritu de Dios y de su Árbol de vida
eterna actúen en tu vida día y noche y sin cesar y hasta
librarte de todo lo que agobia tu vida.

Y todo esto es verdad, para todo hombre, mujer, niño y niña
de toda la tierra, que tan sólo se acerque a su Dios, en el
nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, desde
hoy mismo y por siempre, en la eternidad venidera. Porque
nuestro Dios sólo honra la presencia del nombre sagrado del
Señor Jesucristo cada vez que nos acercamos a Él, para orar y
para pedirle de su amor y de sus muchas y ricas bendiciones,
de las maravillas, milagros y prodigios sobrenaturales, en la
tierra y en el cielo, de su Espíritu Santo y de su Árbol de
vida eterna.

Por lo tanto, la oración es poder de Dios y de su Espíritu
Santo, para toda vida humana del paraíso y de la tierra,
también, para miles de siglos venideros en el nuevo reino
celestial. De otra manera, nuestro Dios no nos puede oír, por
lo tanto, no nos puede perdonar nuestros pecados, ni menos
nos va a bendecir nuestros corazones y nuestros cuerpos
espirituales y corporales, en la tierra ni en el más allá,
tampoco.

En realidad, sin la oración, quien realmente es Cristo Jesús,
Señor nuestro, en nuestros corazones, en nuestros labios y en
nuestras vidas terrenales y celestiales, también, entonces
estaríamos muertos para siempre, para nuestro Dios y para su
Espíritu Santo. Seria como si nosotros no tuviésemos vida
alguna delante de nuestro Creador y de su vida celestial en
el cielo; estaríamos totalmente ausentes a toda verdad y a
toda justicia celestial, también, no por un tiempo, sino para
siempre, en la eternidad.

Y nuestro Dios no nos ha creado en sus manos santas del lodo
de la tierra, para que no nos comuniquemos con Él, ni menos
para que no le conozcamos jamás; esto es absurdo y, a la vez,
contraproducente, perjudicador para Él y para su Espíritu
Santo. Es por eso, que el nombre del Señor Jesucristo tiene
que estar viviendo en nuestros corazones, para no
perjudicarse Él, ni su Espíritu ni su Árbol de vida ni a
nosotros mismos.

Para que entonces nuestro Padre Celestial pueda actuar con
mucha libertad en nuestras vidas y en nuestros espíritus
humanos, para hacer que los dones sobrenaturales de su
Espíritu Santo y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo,
comiencen a obrar en nuestras vidas con sus poderes
sobrenaturales, hasta librarnos de todos los males del
enemigo eterno, Lucifer. Y esto ha de ser así con cada uno de
nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, pueblos,
linajes, familias y reinos del mundo entero, hasta que nos
libren de los males por completo, y sanen nuestros cuerpos
espirituales y corporales, eternamente y para siempre, para
servirle a nuestro Dios, en la tierra y así también en el
cielo.

Porque sin el Señor Jesucristo, entonces el ángel no podría
servirle a su Dios en el cielo, ni menos el hombre, la mujer,
el niño y la niña, en el paraíso o en toda la tierra. Porque
esto fue, realmente, la caída del Arcángel Lucifer y de sus
ángeles rebeldes de la gloria del cielo, en el día que
dejaron de servirle a su Creador Celestial, por medio del
Señor Jesucristo, en sus corazones. Pues así también sucedió
con Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo; ambos dejaron de
servirle a Dios, en el día que dejaron a un lado el fruto de
vida, a Jesucristo, para servirle a Lucifer, al creer en sus
mentiras y al comer y beber del fruto prohibido del árbol de
la ciencia, del bien y del mal.

Entonces desde hoy mismo, cada uno de ustedes, en todos los
lugares del mundo entero, acérquese con mucha confianza en
sus corazones, a su Dios y Creador de sus vidas, al
Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera. Porque
nuestro Dios mismo los ama, con su amor sobrenatural, por
medio del espíritu de vida, de la sangre viviente y
eternamente honrada de su Hijo amado, el Señor Jesucristo,
para sanar sus cuerpos y darles vida en abundancia, en la
tierra y así también en el cielo, eternamente y para siempre.

Porque delante de su presencia santa, sólo hay gloria y honra
para sus vidas, si sólo le creen a Él, por el espíritu de
amor sobrenatural de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en
sus corazones y en todos los días de su vida por la tierra,
por ejemplo. Es decir, si sólo le creen a Él, por medio del
amor que Él manifestó en sus días de vida por Israel y hasta
que finalmente entrega su alma, en sacrificio santo y puro,
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén,
en Israel, no sólo para bendecir a Israel sino a la humanidad
entera, también.

Y nuestro Padre Celestial lleva acabo éste gran sacrificio
supremo de su misma vida santa, para ponerle fin a sus
pecados y así entonces entregarles vida en abundancia, en la
tierra y en el paraíso, también, desde hoy mismo y para
siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino celestial y
de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Para que
entonces también, cada uno de ustedes, hoy en día y como
siempre, en la eternidad venidera, se acerquen al trono de la
gracia y de la misericordia de Dios y de su Espíritu Santo,
para que los bendiga grandemente y sobrenaturalmente, para
siempre.

Es decir, para que Él mismo los limpie de sus pecados y colme
de bendiciones sus vidas y la de los suyos, también, en toda
la tierra, no importando jamás la distancia. Porque el deseo
constante del corazón de nuestro Padre Celestial es de
amarlos y de bendecirlos día y noche en la tierra y así
también en su nueva vida venidera del nuevo reino de los
cielos, en el más allá.

NUESTRO DIOS NO ES INJUSTO PARA OLVIDAR SUS ORACIONES

Pero aunque nosotros hablamos así siempre del amor
sobrenatural de nuestro Padre Celestial y de su Hijo amado,
el Señor Jesucristo, mis estimados hermanos y estimadas
hermanas, entonces en cuanto a ustedes estamos más que
persuadidos de cosas mejores que conducen a la salvación,
para alcanzar la vida eterna, desde sus mismas vidas de
siempre, en toda la tierra. Porque nuestro Dios no es injusto
jamás para olvidar sus obras, sus oraciones y el espíritu de
amor que han demostrado por su nombre sagrado en sus
corazones, porque, además, han atendido a los fieles leales a
su Hijo amado y, también, aun lo siguen haciendo, sin
detenerse por nada, por donde sea que vayan a vivir en la
tierra. Y este bien habla mucho de ustedes a Dios.

Siempre lo que hagan es muy bueno para ayudar a la vida del
hombre, sea quien sea la persona, en la tierra; por ello, su
Dios que lo ve todo, realmente se goza de todo corazón por
ustedes mismos, por sus oraciones y por sus buenas obras
sobrenaturales hechas en el nombre sagrado de su Hijo amado,
¡el Señor Jesucristo! Porque todo lo que ustedes han hecho y
pronunciado en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, es realmente para la eternidad; es decir, para
vivir la felicidad eterna, en el mismo corazón de nuestro
Dios, de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo eternamente y para siempre, en el nuevo reino
celestial.

Por eso, deseamos que cada uno de ustedes muestre la misma
diligencia para ir logrando, plena certidumbre de la
esperanza hasta el final, a fin de que no sean perezosos en
ninguna de las obras de siempre, sino imitadores de los que
por la fe y la paciencia heredaron las buenas promesas del
SEÑOR, de salud y de vida eterna. Porque cuando Dios hizo la
primer promesa a Abraham para perdón de pecados, por medio
del sacrificio de la sangre, de su mismo Jesucristo, en la
vida de Isaac, por ejemplo, entonces lo hizo con la certeza
de la verdad y de la justicia de su amado, para bendecir por
medio, de una a vida eterna a la humanidad entera.

Y esta promesa de sangre y de perdón para vida, en la tierra
y en el paraíso, como en su ciudad celestial del gran rey
Mesías, por ejemplo, puesto que no podía jurar por otro mayor
que Él, pues entonces juró, sin pensarlo dos veces, nuestro
Dios por su mismo nombre; es decir, que realmente, Él jura
por sí mismo. Porque la verdad es que no hay nadie mayor que
Él y que su nombre santo, en el cielo ni en la tierra ni
hasta aun en su nueva creación celestial del más allá, entre
los ángeles del cielo y los hombres redimidos por la sangre
viviente, del Cordero Celestial, ¡el Señor Jesucristo!

Puesto que, si hubiese existido alguien mayor que nuestro
Dios y que su nombre santo y eternamente salvador, entonces
nos lo hubiese anunciado hace mucho tiempo ya; y, es más, le
hubiese hecho cada uno de sus juramentos al hombre de la
tierra, porque aquel mayor que Él y por su nombre, también.
Pero la verdad es que no existe nadie mayor que nuestro Padre
Celestial que está en los cielos; ni nadie más sublime que su
Árbol de vida existe entre los ángeles del más allá y entre
los hombres de toda la tierra, del ayer y de siempre,
también.

Por lo tanto, éste juramento que nuestro Padre Celestial le
hizo a Abraham, realmente fue un juramente por el espíritu de
la sangre sagrada de su Hijo amado, el Señor Jesucristo,
sobre su altar del sacrificio supremo, para redimir
eternamente y para siempre a la humanidad entera, del poder
de las tinieblas del fuego eterno, del mismo infierno. Para
que los que crean en este juramento divino, entre Dios y el
hombre, entonces sea redimido por el mismo pacto, del
sacrificio supremo de Padre a Hijo, sobre la cima de la roca
eterna, para derramar la sangre de la salvación, para que el
pecado deje de existir, de una vez por todas y para siempre,
en toda vida.

Y esto ha de ser verdad, desde hoy mismo y para siempre, en
la vida del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, sólo
de la fe viviente, del nombre sagrado de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo, en esta vida y en la venidera, también,
para miles de siglos venideros, en el nuevo reino celestial.
Por lo tanto, éste juramento de bendición y de salvación
eterna es santo (y como otro no hay igual, en el cielo ni en
la tierra), para bendecir la vida del hombre de todos los
tiempos, en toda la tierra.

Es más, éste es un juramento realmente de sangre para vida y
para salud eterna, de todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, comenzando con la casa de Israel, por
ejemplo. Y ésta sangre del primer juramente de nuestro Padre
Celestial, al hombre de la tierra, no es una sangre de los
animales que se suelen escoger meticulosamente para el
sacrificio sobre el altar del SEÑOR, sino que es mucho más
que esto y hasta aun más poderoso que los poderes
sobrenaturales de la gloria celestial del reino celestial.

En realidad, ésta sangre es una "sangre real y única", de su
propio espíritu, de su propia vida, por lo tanto, de su
propia sangre sagrada del más allá, de la vida santa del
reino de los cielos, como del Árbol de la vida, por ejemplo,
su Hijo amado, ¡el único santo de Israel y de la humanidad
entera! Por todo ello, cuando nuestro Dios hizo su primer
juramento de perdón, de vida y de salvación eterna al hombre,
entonces lo hizo por amor al espíritu de la sangre bendita
del Señor Jesucristo, por la cual, él sabia muy bien en su
corazón, que jamás le iba a fallar, en esta vida ni en la
venidera, tampoco, para siempre.

Entonces ha sido por el espíritu de ésta sangre santísima que
Dios ha redimido del mal de Lucifer, a todos los ángeles del
cielo, porque cada uno de ellos ha sido redimido también, por
el Señor Jesucristo, en el día de la rebelión angelical de
Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo, en el reino de
los cielos. Pues así también, éste espíritu de la sangre del
Señor Jesucristo te perdona, te redime, te sana y hasta te
bendice día y noche, desde su altar celestial, por sus
poderes y autoridades sobrenaturales de parte de Dios, para
ti y para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, si sólo crees en Él, de todo corazón.

Y, en esta hora crucial para tu vida, mi estimado hermano y
mi estimada hermana, si la sangre del Señor Jesucristo está
en tu corazón, entonces también el espíritu del primer
juramento de vida, el cual Dios se lo hizo a Abraham, para
traer sólo vida y salud sobre la tierra en la vida de Isaac,
pues, está en ti. En verdad, también ha de estar en ti y en
la vida de los tuyos, también, el espíritu de éste gran
juramento, en donde sea que se encuentren en la tierra, para
perdonar sus pecados, y así entonces sanar y por siempre
bendecir sus vidas con los dones sobrenaturales, de su
Espíritu Santo y de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo!

Y Dios ha de bendecir tu vida, hoy mismo, si sólo dejas que
su Espíritu obre en tu vida milagrosamente, así como bendijo
a Abraham y a cada uno de los antiguos, porque tu bendición
eterna ha sido hecha con el espíritu de la sangre del pacto
de vida y de salud, para tu vida y para los tuyos, también.
Para que sólo entonces conozcas la vida y la salud infinita
de tu corazón y de tu alma viviente, en la tierra y en el
paraíso, también, desde hoy mismo y por siempre, en la
eternidad venidera, del nuevo reino de los cielos.

Porque al fin y al cabo de todas las cosas en tu vida, tus
pecados han de morir eternamente y para siempre, pero jamás
morirá el espíritu del juramento del pacto eterno de perdón,
de vida y de salud infinita para tu alma viviente ni para los
tuyos, tampoco, en la tierra ni menos en el más allá. Por
eso, es muy bueno que honres al SEÑOR con tus oraciones
hechas siempre a Él, en el nombre sagrado de su Hijo amado,
el Señor Jesucristo, para que bendiciones antiguas y de
siempre se hagan una realidad eterna en tu corazón y en tu
vida, también, día y noche y hasta siempre, en la nueva
eternidad venidera del cielo.

Y esto ha de ser en ti y en cada uno de los tuyos, una
realidad indiscutible en el paraíso y en la tierra, desde hoy
mismo y eternamente y para siempre, en la nueva vida venidera
del nuevo más allá de Dios y de su Hijo amado, su Árbol de
vida y de salud eterna, ¡el Señor Jesucristo! Porque cada
bendición que nuestro Dios le ha entregado al hombre de la
humanidad entera, por amor al espíritu de la sangre viviente,
del pacto infinito de bendición y de salvación de su alma
eterna, comenzando con Abraham e Isaac, por ejemplo, es para
la eternidad; y nadie se la podrá arrebatar jamás, en todos
los días de su vida.

Porque todo lo que nuestro Dios le ha entregado al hombre de
la tierra, ha sido realmente por medio de la oración y del
espíritu de vida santísima de la sangre, del pacto eterno de
nuestro Señor Jesucristo, en la antigüedad y en nuestros
días, también, en todos los lugares de la tierra, por el
poder de su evangelio eterno. Es por esta razón, también, mi
estimado hermano y mi estimada hermana, que la oración es de
suma importancia en tu vida, para no sólo hablar con Dios,
sino también para todas las cosas en la tierra y del más
allá, como las del nuevo reino de los cielos, por ejemplo.

Como por ejemplo, para recibir cada una de sus muchas y
grandes bendiciones de sus dones sobrenaturales, de milagros,
de maravillas y de grandes regalos de vida y de salud
infinita de su vida celestial del paraíso o de su Nueva Gran
Jerusalén Celestial e Infinita; en donde sólo había la verdad
y la justicia para todos, por igual. Y, es más, ha sido por
estos lugares celestiales de la nueva vida del nuevo reino
celestial, por los cuales, nuestro Dios mismo, con la ayuda
idónea de su Espíritu y de su Hijo amado, es que te ha
rescatado del polvo de la muerte, para transformarte en su
vida y en su salud infinita, para la nueva eternidad
venidera.

LOS SERES SANTOS DEL CIELO SE POSTRAN ANTE ELCORDERO

Pues en el cielo, cuando el libro se abre para ser leído por
los ángeles delante de Dios, entonces los cuatro seres
vivientes y los veinticuatro ancianos alrededor de su trono
se postran delante del Cordero, ¡el Señor Jesucristo! Y cada
uno de ellos lleva en su mano un arpa y copas de oro. El arpa
es para adorar a Dios y a su Cordero Santo. Y las copas de
oro son para presentarlas a Dios, porque están llenas de
incienso, que son las oraciones de los santos de la iglesia
del Señor Jesucristo, de los cuales han creído en Él y en el
perdón de sus pecados, por medio del poder sobrenatural de la
oración y de la sangre bendita de su sacrificio supremo.

Es decir, que las oraciones de todos los hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera, desde los días de Adán
y Eva en el paraíso y en la tierra, también, están escritas
en el libro de nuestro SEÑOR y, también, llenan copas de oro,
sobre la mesa de su altar celestial, para ser recordadas por
Él, por siempre. Para ser recordadas, como hoy en día por
ejemplo, por nuestro Dios mismo y por su Cordero Escogido, el
Señor Jesucristo, para honrar la vida de cada uno de sus
fieles, en toda la tierra, para bendecirlos por sus propias
palabras y por sus propias buenas acciones, para con ellos
mismos y para con los demás también.

Porque nuestro Dios jamás se ha de olvidar de ninguna de las
oraciones de sus fieles, de los que han llegado a creer en
Él, por medio de la vida y de la sangre santísima de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, en esta vida y en la venidera,
también. Como en el paraíso, por ejemplo, o como en su Nueva
Jerusalén Santa e Infinita del nuevo reino de los cielos, en
donde cada una de sus oraciones, peticiones, ruegos,
aclamaciones e intercesiones y buenas obras de sus vidas,
están escritas en el libro del SEÑOR.

Y, además, estas oraciones hacen rebosar las copas de oro del
altar eterno de su Cordero Celestial, el Señor Jesucristo,
para ser recordadas por siempre y así entonces bendecir a
cada uno de ellos, según hayan sido sus vidas, delante de Él
y de Espíritu Santo, en todos los días de sus vidas, por la
tierra y en el paraíso, también. Porque nuestro Dios jamás se
ha de quedar con la bendición de ninguno de sus siervos o de
sus siervas en toda su creación, sino que los ha de bendecir
por siempre, según sea su voluntad bendita para con cada uno
de ellos, en la tierra y en el paraíso, también.

En fin, a la vida eterna hemos de regresar al paraíso, para
servirle a nuestro Dios, por medio de su Árbol de vida, en el
espíritu y en la verdad de su sacrificio supremo de perdón,
de bendición y de salud, en la tierra y en el más allá,
también, desde hoy mismo y para siempre, en la eternidad
celestial. Porque, además de todo, cada una de las oraciones
de los fieles, al nombre del Señor Jesucristo delante de
nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, en la tierra
y en el paraíso, son para bendecir sus vidas eternas, desde
hoy mismo, por ejemplo, en la tierra y hasta finalmente
entrar a la nueva vida eterna del cielo.

Es más, nadie jamás ha de entrar a la vida santa del Árbol de
la vida, en el paraíso o en la nueva ciudad del Gran rey
Mesías, sino ha recibido en su corazón y en toda su vida sus
bendiciones terrenales y del paraíso, también, del pacto
eterno del sacrificio supremo, de la sangre del Cordero
Escogido de Dios. Porque el que entré a la nueva vida del
reino de los cielos, realmente, tiene que haber recibido
muchas, si no todas, sus bendiciones de parte de su Dios y de
su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para seguir viviendo su
vida celestial e infinita, por la cual fue creado en las
manos de Dios, en el cielo.

Porque así como se necesita poder en la tierra para vivir una
vida humana, pues aun mayor en el más allá, se necesita mucho
más poder de Dios y del Señor Jesucristo, para contrarrestar
y, a la vez, destruir cada una de las artimañas de Lucifer y
de sus ángeles caídos, por ejemplo, para poder vivir en el
paraíso eternamente. Para que no nos vuelva a suceder lo que
le sucedió a los ángeles del cielo, por ejemplo, en el día de
la rebelión de Lucifer y de sus ángeles caídos.

O, también, lo que le sucedió a Dios y a su Árbol de la vida,
cuando Lucifer se acerca a la serpiente con gran engaño en su
corazón, para engañar a Eva y luego finalmente destruir la
vida de Adán en el paraíso y a cada uno de sus descendientes,
también, en sus millares, por doquier, en toda la tierra.
Entonces nuestro Padre Celestial no desea volver a ver ningún
mal así, como las que he mencionado anteriormente, en toda su
nueva creación celestial y en su nueva tierra, también, sino
todo lo contrario.

Nuestro Dios sólo desea ver vida en abundancia en el cielo y
por toda su nueva creación, también, incluyendo a toda la
tierra de nuestros días, por ejemplo, renovada completamente
por el poder del sacrificio del Señor Jesucristo, sobre su
altar celestial, la roca eterna, con nuevas tierras y con
nuevos cielos, para comenzar la nueva eternidad venidera del
más allá. Es por eso, que Él mismo nos ha provisto de muchos
y poderosos poderes de su misma vida santa y la de su
Espíritu Santo, y han llegado a cada uno de nosotros, por
medio del nacimiento, vida, muerte y resurrección, del Árbol
de la vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!, en la tierra
escogida de Israel, para este propósito infinito.

Porque fueron Adán y Eva quienes realmente primero
traspasaron con su mal proceder pecador a la vida santa, del
Árbol de la vida en el paraíso, en el día que Lucifer los
engaño con palabras llenas de mentira, enfermedades y muertes
eternas, de sus espíritus humanos ante Dios y ante toda su
creación, también, para que jamás vivan la felicidad. Pero
nuestro Dios ha cambiado todo esto, en la vida de Adán y de
cada uno de sus descendientes, en toda la tierra, si tan sólo
creen en sus corazones y así confiesan en sus oraciones,
suplicas, peticiones, ruegos y exclamaciones de gloria y de
honra, el nombre sagrado de nuestro Dios y de sus huestes
celestiales, ¡el Señor Jesucristo!

Es por eso, que todo lo que el hombre, la mujer, el niño y la
niña de la humanidad entera, haga en su vida en la tierra,
entonces ha de ser anotado en el libro del SEÑOR. Y las
buenas obras de ellos mismos y hacia los demás, nuestro Dios
siempre las ha de tener en perfecta memoria delante de su
presencia santa y en su trono santo, también, para bendecir
la vida de cada uno de ellos, en la tierra y hasta aun más
allá del infinito de la nueva eternidad venidera, del nuevo
reino celestial.

Y sus oraciones, así como sus alabanzas de gloria y de honra
junto con sus peticiones, ruegos e intercesiones han de
llenar las copas de oro, de nuestro Dios y de su Espíritu
Santo, sobre el altar celestial, el cual es su mismo Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo! Y cada una de estas oraciones,
de las que han salido de los corazones y de los labios de sus
fieles, ha de ser recordada por siempre, como una más de las
alabanzas, de los ángeles del cielo hacia su nombre honrado y
hacia su vida santísima del nuevo reino de los cielos, por
ejemplo.

Además, en estas copas de oro han de estar cada una de las
palabras que hayan leído delante de Dios, y de las que han
salido de tus labios, también, para hablar con Él y con su
Espíritu Santo, por medio del espíritu de vida, de la sangre
santísima del pacto eterno de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! Porque cada una de tus oraciones y todas tus
alabanzas, de gloria y de honra hacia Él y hacia su nombre
sagrado de su Hijo amado, es realmente para nuestro Dios una
gloria y una honra mucho mayor, de las que los ángeles le han
ofrecido a Él, a través de los siglos y hasta nuestros días,
también, por ejemplo.

Es por eso, mi estimado hermano y mi estimada hermana, que
cada uno de tus pensamientos, de tus sentimientos, de tus
palabras y de tus acciones, están escritos en el libro del
SEÑOR, para bendecirte o para juzgarte de acuerdo a cada una
de las cosas o palabras que han salido de ti, sean para bien
o sean para mal. Y si el Señor Jesucristo vive en tu corazón,
para cumplir la voluntad perfecta de Dios en tu vida,
entonces ninguno de tus pensamientos, ni de tus sentimientos,
ni de tus palabras ni de tus malas acciones, han de ser
recordados jamás, sino que han de estar en el fondo del mar,
del lago de fuego, en el más allá.

Y nadie jamás las traerá a la memoria del SEÑOR y de su
Espíritu Santo, porque la sangre del Señor Jesucristo las
habrá borrado del libro del SEÑOR, para solamente acordarse
de cada una de las buenas palabras y buenas acciones que
hayan salido de ti, en el nombre sagrado de tu único salvador
de tu vida, ¡el Señor Jesucristo! Y, por ello, sólo has de
conocer la vida eterna, para vivir la felicidad infinita de
tu Dios y de tu Árbol de vida eterna, su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, como debió de ser en ti y en toda tu vida, desde
el comienzo de todas las cosas, en el paraíso, por ejemplo,
con Adán y Eva.

Por eso, hoy en día y como siempre, cada una de tus palabras,
de oración y de alabanzas, de glorias y de honras para tu
Dios, vive en los cielos guardada, para ser recordada desde
el libro del SEÑOR, por los ángeles del cielo día y noche
delante de su presencia santa y de su Cordero Eterno, ¡el
Señor Jesucristo! Y así Dios jamás ha de olvidarse de ti, en
la tierra ni menos en la eternidad venidera, como jamás se ha
de poder olvidar de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en su
corazón y en toda su alma santísima, también, para siempre.

Es decir, que así como le es imposible para Dios olvidarse de
su Hijo amado y de su vida santa, pues así también Dios jamás
ha de poder olvidarse de ti ni de ninguna de tus buenas
palabras y acciones, porque cada una de ellas es para la
eternidad; por lo tanto, jamás han de morir, sino todo lo
contrario. Cada una de tus palabras y buenas acciones sólo
han de vivir para seguir creciendo, en gloria y en honra
eterna para nuestro Dios, para su Espíritu Santo y para su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, en tu nueva vida celestial
del nuevo reino de los cielos, en la eternidad venidera.

OREN UNOS POR OTROS, PARA QUE SEAN SANADOS DE SUS MALES

Es decir, que se confiesen unos a otros sus pecados, mis
estimados hermanos y mis estimadas hermanas, y oren unos por
otros, también, de manera que sean sanados de sus males, para
que nuestro Dios sea glorificado en sus vidas, desde hoy
mismo y como siempre, en la eternidad venidera. Es por eso,
que la ferviente oración del justo, obrando eficazmente en su
corazón realmente puede mucho, delante de la presencia de
Dios, de su Espíritu Santo y de su Árbol de vida eterna, el
Señor Jesucristo, para resolver cualquier problema y cambiar
la vida del hombre, y hasta sí fuese necesario levantarlo de
entre los muertos, también.

Porque para nuestro Padre Celestial que está en los cielos
nada es imposible, cuando la oración, y el servicio sagrado a
su nombre santo, es realmente hecho en el nombre bendito y
sobrenatural de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo! Por eso, es requetebueno confesar sus
pecados delante de Dios y entre ustedes mismos, también, si
así lo deseasen hacer, para que Dios sea glorificado en sus
vidas, y sus pecados les sean perdonados, desde hoy mismo y
para siempre, en la eternidad venidera de la nueva vida
celestial e infinita.

Dado que, ningún hombre, mujer, niño o niña, ha de ver la
vida eterna, si no se ha arrepentido de sus pecados, creyendo
en su corazón e invocando con sus labios: el nombre salvador
de su alma eterna, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo en la
invocación del nombre sagrado de Dios es que realmente está
todo perdón de pecado y toda bendición sobre la tierra, para
luego entrar en su totalidad, a la vida eterna del nuevo
reino de los cielos, en el más allá.

Así pues, es bueno que el hombre ore por su hermano y por su
hermana, para que sean sanados de muchos males y hasta de
enfermedades terribles, que ni aun la ciencia ha podido
realmente controlar ni menos sanar, en los cuerpos
espirituales y corporales de los hombres y mujeres de la
humanidad entera. Entonces oren siempre los unos por los
otros, para que los poderes de las profundas tinieblas del
más allá, de Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo, no
se enseñoreen sobre sus vidas, como le sucedió a Eva y luego
a Adán, sin que se den cuenta de nada, hasta que ya fue
demasiado tarde para todos, por doquier.

Visto que, el enemigo eterno de Dios y del Espíritu Santo,
Lucifer, es sagaz, y sabe muy bien cuando atacar a sus
víctimas, especialmente cuando aun no han orado a su Dios y
Creador de sus vidas, en el nombre sagrado de su Hijo amado,
el Señor Jesucristo, para que entonces sean protegidos de sus
terribles poderes, del más allá. Porque para Dios la
ferviente oración del hombre justo y de la mujer justa de
toda la tierra, orando siempre con su corazón levantado hacia
Él y hacia su Espíritu Santo que están en los cielos,
realmente puede mucho en contra de los males del enemigo, y
muy especialmente para resolver aun los problemas más
difíciles de la vida. Porque son los poderes sobrenaturales
del Espíritu de Dios que necesita la vida del hombre, para
resolver cada uno de sus problemas, grandes o pequeños, en el
nombre sagrado del Señor Jesucristo.

Y, a la vez, poderosa es la oración, siempre hecha en el
nombre del Señor Jesucristo, para hacer maravillas, milagros
y hasta prodigios fenomenales día y noche, en la tierra y en
el paraíso, también, en la vida del hombre de la mujer, del
niño y de la niña de la humanidad entera, de todos los
tiempos. Y nuestro Dios ha querido hacer de todo hombre,
mujer, niño y niña, un ferviente orador de su nombre santo,
por medio del espíritu de la vida eterna, de su Hijo amado,
el Señor Jesucristo, para que su voluntad santa sea hecha en
la tierra, ni más ni menos, así como es en el cielo con sus
seres santos.

Porque en el reino de los cielos, los ángeles oran también,
al Padre Celestial, en el nombre sagrado de su Árbol de vida
eterna, el Señor Jesucristo, para que sus vidas mejoren aun
mucho más que antes. Porque sin el conocimiento del Señor
Jesucristo en sus corazones y en sus espíritus celestiales,
entonces ninguno de ellos, aunque jamás ha conocido a Dios,
como sólo el Hijo le conoce, entonces también viviría su vida
celestial ciego y sin esperanza alguna en su corazón, en su
reino celestial, como el pecador del mundo entero, sin Cristo
en su vida.

Entonces el Señor Jesucristo viviendo en el corazón del
hombre es tan importante en su vida, como lo es de
importante, en la vida del ángel, arcángel, serafín, querubín
y demás seres celestiales del más allá, de la vida santa del
reino de los cielos, hoy en día y por siempre, en la
eternidad venidera del nuevo reino de Dios. Es por eso, que
los ángeles del cielo, grandes y pequeños, oran, alaban,
honran y glorifican a nuestro Padre Celestial día y noche, en
el nombre sagrado de su único Árbol de vida y de salud
infinita, ¡el Señor Jesucristo!

En vista de que, sólo el Señor Jesucristo es su Árbol de vida
delante de Dios y de su Espíritu Santo, para seguir viviendo
sus vidas eternas, en el reino de los cielos. Y así también
han de ser sus vidas celestiales, a través de los siglos y
por siempre en el nuevo reino de los cielos, fieles
eternamente delante de nuestro Padre Celestial, por medio del
Señor Jesucristo.

Y Dios desea lo mismo en la tierra de nuestros días y de
siempre, con todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, comenzando con Israel, por ejemplo, para que su
voluntad santa y perfecta de su corazón y de su Árbol de vida
eterna sea entonces hecha una realidad infinita en la tierra,
como en el cielo. Para que de esta manera única, entonces
nuestro Dios sólo viva la felicidad de su corazón y de su
alma santísima, al ver a sus ángeles juntos con los hombres,
mujeres, niños y niñas de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la tierra, viviendo unidos
perpetuamente, como en una sola familia celestial e infinita
del cielo.

Si, viviendo juntos eternamente y para siempre, como en una
familia infinita de ángeles y de hombres de la nueva vida, de
su Árbol de vida, en la tierra santa de nuestro primer
nacimiento y de nuestro Dios, ¡el Todopoderoso!, único
Creador del cielo y de la tierra. Y nuestro Dios desea que
éste gran día celestial llegue ya a la vida, de cada uno de
sus ángeles del cielo y de cada hombre, mujer, niño y niña de
la humanidad entera, en el paraíso y por toda la tierra, del
ayer y de toda la vida, también, para empezar ya su nuevo
reino celestial.

Es por esta razón, que así como nuestro Dios y su Árbol de
vida, el Señor Jesucristo, desean juntos con los ángeles del
cielo y con su Espíritu Santo, para que estos días de gran
gloria eterna del nuevo reino de los cielos se haga una
realidad ya, en sus vidas y en las nuestras, también, sin más
demora alguna. Porque su Hijo amado le ha puesto fin al
pecado de la humanidad entera, y el ángel de la muerte morirá
en su día final, sin que nadie jamás se duela por él, ni por
su mala vida, delante de Dios y delante de cada uno de sus
seres creados, como ángeles del reino y hombres del mundo,
por ejemplo.

Es por esta razón, también, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, que tu oración, alabanza, honra y gloria a tu Dios
que está en los cielos, en el nombre sagrado de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, es de suma importancia para
escribirla en su libro santo y eterno. Y sólo así entonces Él
mismo llenar sus copas de oro de su altar infinito, con el
aroma grato de tus oraciones, de tus alabanzas, de tus
glorias, de tus honras a su nombre celestial del Señor
Jesucristo, como recuerdo de ti y de los tuyos también para
Él, para su Espíritu y para su nueva vida infinita del cielo.

ACERQUEMOSNO AL TRONO DIVINO Y HALLAREMOS FAVOR EN DIOS

Entonces hoy más que nunca: Acerquémonos, pues, con confianza
al trono de la gracia, de nuestro Padre Celestial que está en
los cielos, para que alcancemos misericordia y encontraremos
gracia, sin lugar a duda, para el oportuno socorro de
nuestras vidas, en todos los lugares de la tierra. Porque
para esto nuestro Dios está sentado sobre su trono de la
gracia, de la verdad y de la misericordia infinita, para
ayudarnos en todo momento que lo necesitemos a Él, en
nuestras vidas cotidianas.

Por ejemplo, podemos ver también a su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, clavado en la cruz de los árboles secos y sin
vida alguna de Adán y Eva, para destruir todo mal del pecado
y hasta la muerte del infierno, también. Pero de la cruz ya
fue bajado por los hombres que lo amaban y lo respetaban
mucho, para ser puesto en su sepulcro, para que al Tercer
Día, entonces resucitar y levantarse del vientre del mundo
entero, no como antes, sino con mayor gloria infinita, para
darnos vida en abundancia en la tierra y así también, en el
paraíso, eternamente.

Y desde aquel día, que nuestro Señor Jesucristo se levanto de
entre los muertos, ha sido toda gloria y poder para darnos a
cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la
tierra. Y cuando finalmente fue levantado, hasta lo más alto
del reino de Dios, ha sido para preparar nuevos lugares de
vida eterna para todos nosotros, para que tengamos un lugar
en donde vivir con nuestro Dios y con su Espíritu Santo,
rodeado por siempre de ángeles gloriosos en la eternidad.

Por lo tanto, nuestro salvador eterno ha preparado mansiones
celestiales, para nosotros volver a vivir con Él, en su
tierra y bajo sus cielos, para jamás volver a conocer la
mentira ni su maldad eterna, ni la amenaza del fuego eterno
del infierno y del lago de fuego, también, en el más allá,
sino todo lo contrario. Porque en nuestros nuevos lugares de
vida eterna, sólo hemos de conocer y vivir el espíritu de
amor y la felicidad infinita, de nuestro Dios y de sus
huestes celestiales, para jamás volver a conocer el mal de
nadie, ni de ángel caído del cielo ni de hombre rebelde del
paraíso o de la tierra, para siempre.

Y todo esto glorioso hemos de recibir de nuestro Dios, ni más
ni menos, sólo por haber creído en Él, por medio de una
oración de fe, en el nombre de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, arrepintiéndonos de nuestros pecados para
recibir, de parte de nuestro Dios: sólo bendición y
finalmente la vida eterna, en el nuevo reino eternal.
Entonces si hoy en día deseas más que nunca en tu corazón
acercarte a tu Dios, lo deberás de hacer sólo por medio de la
vida y del nombre sagrado de su Árbol de vida eterna, ¡el
Señor Jesucristo!

Pues entonces no hagas nunca, como Adán y Eva hicieron en el
paraíso, cuando se acercaban cada vez más y más a su Dios, y
lo hicieron así por medio de la palabra de mentira, de
Lucifer en los labios de la serpiente antigua. Entonces
nuestro Dios no los recibió como tales, como sus hijos, sino
que los mantuvo alejados a ambos, por completo de su
presencia sagrada y de su Árbol de vida, por su culpa, por su
pecado y por su rebelión a Él y a su fruto de vida eterna, su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Por lo tanto, nuestro Dios los rechazo a ambos por haber
desobedecido a su mandato de no sólo comer de los frutos del
paraíso, sino que también debieron de haber comido de su
Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, primero; y no lo
hicieron así, causando su enojo y juicio en contra de ellos y
de sus descendientes, también. Es decir, que ambos pecaron
delante de su Árbol de vida, y el SEÑOR los castigo no sólo a
ellos, sino que también éste castigo descendido hacia cada
uno de sus descendientes, en todos los días de vida por la
tierra, como sucede hoy en día en el mundo entero, por
ejemplo, en donde vive el hombre con los suyos.

Y por culpa de éste pecado, entonces ninguno de ellos conoce
a su fruto de vida eterna en su corazón, ni menos a su Dios,
sino que sólo las profundas tinieblas de las palabras
mentirosas, de Lucifer y de la serpiente antigua, invaden sus
vidas día y noche, hasta que finalmente dejan de existir
sobre la faz de la tierra. Entonces no pequemos como Adán y
Eva, al intentar acercarnos a Dios por otro medio que no sea
"primero" su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, sino
que hagamos por siempre lo correcto y lo justo, para cumplir
toda verdad y toda justicia con Él, en el paraíso, en la
tierra y en su nuevo reino celestial, también.

Y esto es de que, verdaderamente, cada uno de nosotros,
invoque su nombre en lo profundo de nuestros corazones y con
nuestros labios, pues, llamando al salvador de nuestras
vidas, quien tiene en si, los poderes y autoridades de salud
y de vida de parte de nuestro Dios, para librarnos entonces
de nuestros males y darnos vida en abundancia diariamente.
Entonces habiendo aprendido de la lección de Adán, por
ejemplo, entonces acerquemos a Él, por medio de su fruto de
vida y de salud eterna, para no pecar más en contra de Él y
de su vida santa del paraíso y del nuevo reino celestial, y
así alcanzar el oportuno favor de nuestro Dios día y noche y
sin cesar.

El oportuno favor celestial de nuestro Padre Celestial, el
cual necesitamos día y noche para subsistir en nuestras vidas
por toda la tierra, para que jamás nos falte ningún bien y
lleguemos sanos y salvos con nuestros pies firmes, a la nueva
tierra infinita del más allá, del nuevo reino de los cielos.
Porque nuestro Dios está muy deseoso de que cada uno de
nosotros, reciba día y noche de sus muchas bendiciones
sobrenaturales en nuestras vidas, por medio de sus dones
espirituales de su Espíritu Santo y de su Árbol de vida, el
Señor Jesucristo, si tan sólo creemos en Él, en nuestros
corazones, con nuestros labios y con nuestras manos, también.

Y esto sólo puede ser posible en nuestras vidas, de hoy en
día y de siempre, si en nuestros corazones y con nuestros
labios confesamos en oración su nombre salvador, el de su
unigénito, ¡el Señor Jesucristo!, para abrir las ventanas del
cielo, y hacer así que cada uno de sus milagros, maravillas,
llegue a nuestras vidas, sin demora alguna. Porque nuestro
Dios sólo nos ha de atender, cuando nos acercamos a Él, por
medio de la oración, de la alabanza y de la gloria a su
nombre santo, en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo.

Por esta razón, nuestro Dios jamás ha prestado atención a
ningún hombre o mujer de toda la tierra, que se haya acercado
a Él, por otros medios extraños, como de ídolos o de
imágenes, sino que nuestro Dios sólo oye y bendice, a la vez,
a los que se acercan a Él, por medio de la invocación del
Señor Jesucristo. Porque la verdad es que nuestro Dios es
fiel a la palabra santa y a cada letra con significado eterno
de sus tildes de su Ley Viviente, la cual jamás ha de
quebrantar por ninguna razón ni para atender a ninguno de sus
ángeles u hombres del paraíso o de la tierra.

PERSUADIDO ESTOY DE QUE DIOS LOS AMA PARA LA ETERNIDAD

Pero aunque les escribo así, entonces siempre lo hago, porque
estoy más que persuadido de que no sólo Dios los ama, con el
mismo amor que ha amado a su Árbol de vida eterna, su Hijo
amado, y a su Espíritu Santo, con cada uno de sus ángeles del
cielo, sino mucho más que todo esto, en verdad. Porque en
cuanto a ustedes, hoy en día y como siempre, Dios mismo tiene
grandes bendiciones ya listas, listas en el cielo, en la
tierra y en las aguas debajo de la tierra, para
entregárselas a todos ustedes, en sus millares, por doquier,
si tan sólo creen en Él, por medio de su fruto de vida
eterna, ¡el Señor Jesucristo!

Porque esto es la suma de toda la historia de Dios para con
el hombre, en el paraíso y por toda la tierra, también, de
que cada uno de los descendientes de Adán ame de verdad a su
Hijo amado, su Gran rey Mesías, el Señor Jesucristo. Porque
sólo el Señor Jesucristo es la oración perfecta (y constante)
en su corazón bendito, en el corazón de los ángeles del
cielo, y así también, en el corazón de cada hombre, mujer,
niño y niña de la humanidad entera, en el paraíso y en toda
la tierra, también.

Porque la realidad es, también, que nuestro Dios no es
injusto para con ninguno de sus seres creados, por sus
palabras, por su nombre como los ángeles del cielo, o por sus
manos santas, como el hombre del paraíso y de toda la tierra,
de hoy y de siempre, por ejemplo. Por lo tanto, Dios oye la
oración de cada uno de ellos, constantemente día y noche y
sin cesar jamás, por amor, por respeto y para gloria eterna
de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, en la vida de cada
uno de sus seres creados, eternamente y para siempre.

Y cada una de estas oraciones, desde la primera hasta la
ultima, es el mayor tesoro de su corazón santísimo, para su
vida venidera, en el nuevo reino celestial, como en el
paraíso o como en su Nueva Jerusalén Celestial, Eterna e
Infinita del cielo, por ejemplo, para vivirlas con sus
ángeles y con su humanidad infinita, para siempre. Y, hoy en
día, como en los días nuevos y largos de la eternidad
venidera, nuestro Dios se acordara por siempre no sólo de
cada una de sus oraciones, alabanzas, ruegos, exclamaciones
de su nombre santo, las cuales las tiene atesoraras en sus
copas de oro y escritas en su libro, sino que también se
acordara de sus buenas acciones.

Porque como cada oración, ruego, alabanza, gloria, honra y
así también cada una de sus buenas acciones no solamente
están escritas en su libro celestial, sino que rebosan en las
copas de oro, para gloria y para honra infinita de la nueva
vida infinita de la eternidad venidera del más allá. En la
nueva eternidad celestial, en donde Dios mismo las ha de
traer a la memoria de sus ángeles y de sus gentes, para
exaltar su nombre santo, aun mucho más que antes, en su vida
y en la vida de cada uno de sus fieles, por los siglos de los
siglos venideros, en el nuevo reino de los cielos.

Además, nuestro Dios desea que tú mismo estés ahí con Él y
con cada uno de los tuyos, de todas las familias, razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, para seguir
viviendo su vida santa y perfecta, la de su unigénito, su
Árbol de vida eterna, en tu corazón y en toda tu alma
viviente y glorificada, también. Y toda buena obra de sus
corazones, de sus labios y de sus manos no se perderá jamás
su recompensa correcta, de la vida santa del reino de los
cielos, sino que Dios mismo las ha de entregar a cada uno de
sus fieles, en su día y sin más demora alguna, para gloria
infinita de su nombre celestial.

Por cuanto, la promesa de Dios es para todo el mundo, para
todo aquel que tan sólo le haya dado un vaso de agua a uno de
los suyos, por ejemplo, por el sólo hecho de ser su siervo o
su sierva; pues nuestro Dios ha prometido que jamás perderá
su recompensa, en esta vida ni en la venidera, tampoco.
Entonces deseamos siempre que cada uno de ustedes viva la
misma diligencia espiritual en su corazón, en su vida, para
con los demás, sin dejar de bendecir con sus palabras, con
sus hechos y hasta con sus mismas vidas, la vida de los
demás, familiares, amistades y hasta extranjeros, también.

Para que haciendo así en sus vidas cotidianas, lo correcto,
lo justo, lo verdadero, pues entonces alcancen la plena
certidumbre de la esperanza y de la fe salvadora, día a día y
hasta el final de sus días por la tierra, a fin de que no
sean perezosos en ningún momento de sus vidas, sino todo lo
contrario. Y esto es de que estén por siempre listos para
servirle a su Dios y a su salvador celestial de sus almas
eternas, ¡el Señor Jesucristo!, para que nuestro Dios se
glorifique cada vez más en sus mismas vidas de siempre.

Para que aprendan a ser por siempre, con la ayuda diaria e
idónea de los dones sobrenaturales del Espíritu, siervos y
siervas de gloria y de honra infinita para nuestro Padre
Celestial y para su nombre santo, en la tierra y en el
paraíso, también, desde hoy y por siempre, en la eternidad
venidera del nuevo reino celestial. Porque la gloria y la
honra que nuestro Dios ha de disfrutar, desde hoy mismo en tu
vida y en los nuevos días venideros de la nueva eternidad
celestial, están en tu corazón y en tus mismos labios,
también, mi estimado hermano y mi estimada hermana, aunque no
lo sepas (o no lo entiendas así delante del SEÑOR).

Y nuestro Dios espera por ti, pacientemente, para que se las
entregues a Él, si fuese posible desde hoy mismo, para que su
corazón santo y su alma gloriosa se comiencen a gloriar en tu
vida y en la vida de los tuyos, también, en la tierra y así
también en el paraíso venidero del nuevo reino celestial. En
el paraíso venidero de Adán y de Eva, el cual ha sido
transformado desde la antigüedad por las manos del Señor
Jesucristo, en un nuevo reino de los cielos, para ángeles del
cielo y para la humanidad entera de la tierra, también, de
hoy y de siempre.

Entonces todo lo que Dios le ha prometido al hombre, se lo ha
cumplido, sin faltar jamás a ninguna de sus buenas palabras
ni a ninguna de sus buenas promesas de vida y de salud
infinita, por medio del juramento eterno, del espíritu de la
vida sagrada de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque
lo que nuestro Padre Celestial le prometió a su siervo
Abraham lo ha cumplido, sin fallarle a Él ni a ninguno de sus
descendientes, tampoco, en sus millares, en todos los lugares
de la tierra, del ayer y de siempre, también.

Porque la verdad es que también nuestro Padre Celestial ha
hecho cada uno de sus juramentos para con Abraham y para con
cada uno de sus siervos y de sus siervas, en todos los
lugares de la tierra, por amor al espíritu de la sangre
viviente, de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por lo
tanto, ha jurado nuestro Dios por amor a su mismo nombre,
porque no hay otro nombre mayor que Él, para jurar más alto
que ese nombre sagrado, glorioso y eternamente honrado que ha
vivido por siempre en el mismo corazón de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo, desde la antigüedad y hasta nuestros días,
por ejemplo.

Es por eso, que podemos confiar en nuestro Dios y en cada una
de sus palabras, cada vez que nos postramos ante Él, para
orar, para elevar nuestras almas eternas hacia su altar
celestial, del trono perfecto de la gracia y de la
misericordia infinita, para que nos perdone nuestros pecados
y nos redima del mal del enemigo eterno, también.

TUS PALABRAS SÉ OIRAN Y TUS OBRAS SÉ VERÁN, EN EL JUICIO
FINAL

En el cielo, cuando se abra el libro del SEÑOR para leer sus
contenidos, entonces se leerán las palabras y las acciones de
los hombres, mujeres, niños y niñas de toda la tierra. En
aquel día, Dios ha de ser glorificado por las buenas palabras
y por las buenas acciones de sus hijos e hijas de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos, de los
cuales creyeron en Él, por medio del espíritu de la vida
sagrada, de la sangre del pacto eterno de su Cordero
Escogido, ¡el Señor Jesucristo!

En éste día, los cuatros seres vivientes y los veinticuatro
ancianos, los cuales siempre están delante del trono de Dios,
entonces se postraran ante el Cordero Celestial, ¡el Señor
Jesucristo!, para reconocerlo como el Señor de señores y Rey
de reyes, para gloria y para honra infinita de nuestro Dios y
Padre Celestial que está en los cielos. Cada uno de ellos
tendrá un arpa musical en sus manos, para honrarlo y para
exaltarlo como el Hijo de Dios, delante de la presencia de
nuestro Dios y Padre Celestial, junto con su Espíritu Santo y
sus huestes celestiales, de la vida sagrada del reino de los
cielos.

En este día, el Señor Jesucristo ha de ser exaltado
poderosamente por los ángeles, para alegrar el corazón santo
de nuestro Padre Celestial y de sus huestes celestiales del
nuevo reino celestial, en el más allá y por toda la tierra,
también. Y todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, ha de arrodillarse ante el SEÑOR para declarar con
sus labios, de que sólo Él es el SEÑOR de sus vidas, para
gloria infinita de la nueva vida celestial del nuevo reino
celestial, como la Nueva Jerusalén Santa y Perfecta de Dios y
de su Espíritu Santo.

Puesto que, ha de ser de esta manera, que desde aquel día en
adelante, los ángeles juntos con la humanidad entera del
paraíso y de la tierra han de tener que reconocerle día a día
a Él, ¡cómo el Santo de Dios, para miles de siglos venideros,
para gloria y para honra infinita de nuestro Dios, en la
eternidad venidera! Porque el Señor Jesucristo ha de tener
que ser honrado, así como los ángeles, arcángeles, serafines,
querubines y demás seres santos del cielo lo han hecho a
través de los siglos, pero con mayor gloria y con mayor honra
que antes esta en vez, en sus corazones y en sus vidas
celestiales del reino infinito.

Pues así también cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, que haya sido redimido por los poderes y
por las autoridades sobrenaturales, de la sangre del pacto
eterno, de nuestro Señor Jesucristo, en el cielo y por toda
la tierra, también. Pero antes que este gran día entré de
lleno a la nueva eternidad venidera con toda su pompa y
gloria celestial, celebrada en los corazones y en las vidas
de ángeles y de hombres de la humanidad entera, entonces
Lucifer tendrá que arrodillarse y cada uno de sus ángeles
caídos, también, ante el Señor Jesucristo.

Y ellos lo han de hacer así con las gentes de la mentira
eterna, también, para confesar con sus labios, de que el
Señor Jesucristo es el SEÑOR de la vida, para gloria y para
honra perpetua de nuestro Dios que está sentado en su trono
de gran gloria y de gran honra infinita, en su nuevo reino
celestial. Y sólo entonces Lucifer con sus seguidores amantes
de la mentira será lanzado a su lugar eterno, en el más allá,
entre las llamas ardientes del juicio eterno del infierno y
del lago de fuego, para que nunca más se vuelva a burlar de
la verdad, del camino y de la vida santa del Árbol Divino, ¡
el Señor Jesucristo!

Y las naciones con sus familias, razas, pueblos, linajes,
tribus y reinos de la humanidad entera, han de entrar
entonces a la vida eterna, tomados de la mano de su Señor y
salvador de sus vidas, ¡el Señor Jesucristo!, delante de
nuestro Dios y de sus ángeles, lideradas y llenas por su
Espíritu Santo para una vida nueva y mayor. Y ellos con su
Dios sobre su trono santo, entonces han de empezar un nuevo
reino con una nueva vida infinita, libre del pecado y de toda
maldad de mentira y de muerte de Lucifer y de sus seguidores
malvados, para sólo adorar y honrar a nuestro Dios y a su
Árbol de vida eterna, para la nueva eternidad celestial.

Y entonces las arpas han de resonar con gran poder y con gran
gloria celestial, porque por fin nuestro Dios junto con su
Hijo amado, ha de comenzar a gozar de la nueva vida
celestial, libre de la presencia del espíritu de la mentira,
y sólo habrá verdad y justicia infinita para sus hijos e
hijas, eternamente y para siempre.

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo.
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque
en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra,
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad,
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa
del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del
sábado y lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".

SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros están a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, por la eternidad.

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