Google Groups no longer supports new Usenet posts or subscriptions. Historical content remains viewable.
Dismiss

(IVÁN): AMOR y AMANDO A DIOS

1 view
Skip to first unread message

IVAN VALAREZO

unread,
Sep 17, 2006, 7:34:16 AM9/17/06
to

sábado, 16 de septiembre, año 2006 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica

(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)


AMOR y AMANDO A DIOS

Nuestro Dios es amor, y él vive en nosotros, por el poder sobrenatural de
su Espíritu Santo, para darnos vida y vida en abundancia de las muchas
bendiciones de paz, gozo, alegría, sabiduría, poder y sobre todas las
cosas: más y más de su mismo Espíritu de vida y amor eterno, de su reino
celestial, su Arbol de vida, Jesucristo.

Es por eso, que "el que no ama" al Señor Jesucristo en su corazón,
entonces no podrá amar a su Dios y Creador de su vida, jamás, en esta
vida, ni en su nueva vida venidera, en el nuevo reino de los cielos. Porque
el espíritu de amor, del reino de los cielos y de su nueva ciudad celestial:
La Nueva Jerusalén Santa y Eterna, es el espíritu de su Hijo amado, su
único Árbol de vida eterna, para los ángeles y para la humanidad entera.

Por todo ello, nuestro Dios y su Espíritu Santo manifestados en su Hijo es
puro amor infinito, que no tiene comienzo ni fin, en nuestros corazones
eternos, hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera. Pues si
creemos en Dios y en su Jesucristo, en lo intimo de nuestros corazones,
por el poder de su amor infinito, entonces podremos, desde hoy mismo,
entrar en su gloria infinita de su nuevo reino de los cielos, en la tierra y
en el más allá, también.

Y todo esta bendición celestial para nuestras almas eternas, hoy en día y
por siempre, "sólo es posible" por el amor de Dios en su Jesucristo, en
cada uno de nosotros, en toda la tierra. Porque sólo en el Señor
Jesucristo está la vida para cada ángel del cielo y para cada hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, hoy en día y por siempre, en la
eternidad venidera, del nuevo reino de los cielos.

Entonces el que siente amor por Dios, ama fácilmente al Señor Jesucristo
en su corazón y a su prójimo también, para entrar en la vida eterna, sin
ningún problema alguno. Y aquí fue cuando Lucifer tropezó en contra de
Dios, cuando no sentía amor en su corazón y en su espíritu angelical, por
su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!

EL CORAZÓN SIN EL ESPÍRITU DE DIOS NO AMARA JAMÁS

Es por eso, que el sentir antipatía por otro, es del corazón que está en
tinieblas y, por lo tanto, despierta disputa, para mal momento de su vida y
de los demás, también. Y esto es algo que Dios ha enviado a su Espíritu
Santo y a su Hijo amado a la tierra a cambiar, en el corazón, de cada
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, sin hacer jamás
excepción de ninguna persona.

Pero el espíritu de amor de nuestro salvador Jesucristo en nuestros
corazones, siempre cubre las faltas de nuestros adversarios a tiempo,
para que no toquen ni hagan mal alguno, "sólo a los que aman" por
siempre su nombre y su vida santa y justa, en la tierra y en el cielo, en el
nombre de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo!

Y esto es precisamente lo que ha venido hacer Lucifer al mundo, en los
corazones de los hombres y mujeres de la tierra, para poner "contienda"
entre uno y el otro, sin haber una razón justa para hacerlo de esta
manera, y así alejarlos más y más de su Dios y Creador de sus vidas y de
sus almas eternas. Porque el propósito de Lucifer es destruir la vida del
hombre, desde siempre, hasta nuestros tiempos, por ejemplo.

Pero no es así con nuestro Señor Jesucristo, porque él es por la vida. Por
lo tanto, Jesucristo ha descendido del cielo, después del Espíritu de Dios,
para destruir las maldades del enemigo, en nuestros corazones y en
nuestras vidas, también, en la tierra y en el más allá, para siempre, para
que jamás nos hagan ningún daño alguno, en nuestros corazones ni en
nuestras almas vivientes.

Por eso, es el espíritu de amor de nuestro Dios, manifestado en la vida de
nuestro Señor Jesucristo, que nos hace libres e inmunes: "de todos los
pleitos y rencillas del enemigo, de los cuales tenga en contra de nosotros,
desde los días de la antigüedad y hasta nuestros tiempos, por ejemplo".

Por cuanto, hemos sido amados por Dios en su seno y en su corazón
santísimo, para luego ser formados en su imagen y conforme a su
semejanza santa, en cada uno de todos nosotros, de los hombres,
mujeres, niños y niñas de la humanidad entera. Por lo tanto, hemos sido
formados en "el espíritu de amor" de nuestro Dios, desde mucho antes
de la fundación del cielo y de la tierra.

Y es por eso, que el enemigo de nuestras almas eternas nos "odia" tanto,
hasta el punto de querer arrancarnos la vida, para que no aprendamos, ni
mucho menos sigamos "amando a nuestro Dios y a su Hijo amado", el
Señor Jesucristo. Entonces la enemistad que Lucifer y sus ángeles caídos
han tenido en contra de nosotros, desde el día que tenemos conocimiento
en la tierra, no es nada nuevo, sino más viejo que el mismo cielo.

En otras palabras, cada una de las contiendas que Lucifer tiene, o que
siempre ha tenido, en contra de cada uno de nosotros, de todos los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, son más
antiguas que el mismo reino de los cielos y de la tierra de nuestros días,
también, en donde hemos nacido, por ejemplo.

Y ésta enemistad de Lucifer en contra de nosotros ha sido siempre,
porque hemos nacido del espíritu del amor de Dios, por la vida bendita y
eternamente gloriosa de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo. Por
lo tanto, nosotros somos frutos de la vida eterna de Dios y de su Árbol de
vida, cuando Lucifer jamás lo ha sido así; y esto lo irrita a él siempre en
su corazón perdido y lleno de las profundas tinieblas del más allá.

Ahora, la única manera que nosotros vamos a vencer a cada una de las
tinieblas que Lucifer haya preparado y hasta ya lanzado en contra de
cada uno de nosotros, en toda la tierra, va a ser sí tan sólo: invocamos el
nombre del Señor Jesucristo en nuestros corazones y con nuestros labios.
Porque esto es poder, poder sobrenatural del cielo y del corazón santo de
Dios para destruir las obras de Lucifer y de sus ángeles caídos en toda la
creación.

Puesto que, sólo en la invocación del nombre bendito del Señor Jesucristo
es que "tenemos poderes y autoridades sobrenaturales" de parte de
nuestro Dios y Padre Celestial, para destruir a cada una de las profundas
tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos, en nuestras vidas y por ende
en todos los rincones de la tierra, también. Y fuera del nombre del Señor
Jesucristo no existe ningún bien, ni menos ningún poder sobrenatural,
para librarnos de las artimañas de nuestros enemigos eternos.

Además, estas son tinieblas de las que Lucifer ya haya lanzado, o que ha
de lanzar en el futuro, en contra de cada uno de nosotros, en toda la
tierra, para alejarnos más y más de nuestro "fruto de vida y de salud
eterna", ¡el Señor Jesucristo! En verdad, estos son poderes
sobrenaturales, como enfermedades malignas y muertes eternas, en la
tierra y en el más allá, como el mismo infierno, si es que Jesucristo y su
amor santo no son partes de nuestras vidas, por ejemplo.

Y así entonces destruir nuestras vidas, de todo lo que quede de ellas en
cada uno de nosotros, en la tierra y en el más allá, también, para que nos
alejemos en nuestros corazones y en nuestros espíritus humanos de
nuestro Dios y Padre Celestial, eternamente para que jamás su "voluntad
perfecta" se cumpla en ninguno de nosotros, para siempre.

Ya que, la voluntad perfecta de nuestro Dios es de que comamos de
nuestro "pan de vida eterna", su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para
que no volvamos a tener hambre jamás en la tierra, ni menos en el más
allá, en su nuevo reino de los cielos. Porque si tenemos hambre, entonces
¿cómo vamos a amar a Dios? O si tenemos sed de su agua de vida
celestial, entonces: ¿cómo vamos a amarle a Él y a su Árbol de vida
eterna?

Por lo tanto, cada una de las contiendas de Lucifer, en contra de todos
nosotros, es para que nosotros nos alejemos más y más de nuestro Dios y
de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, tal como lo hizo así en el
comienzo con Adán, en el paraíso, por ejemplo. Y desde aquel día: Eso ha
sido siempre su lucha personal hasta la muerte, en contra de nuestro
Padre Celestial y en contra de su Espíritu y cada uno de sus ángeles, del
reino de los cielos tocando nuestros corazones y nuestras vidas, en toda
la tierra, como hoy en día.

Es decir, que lo mismo ha sido verdad con cada uno de los hombres de la
tierra, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo, para
destruir nuestras vidas, alejándonos eternamente y para siempre de
nuestro salvador celestial, el Árbol de vida, Jesucristo. Para que entonces
ninguno de nosotros jamás nos acerquemos, ni menos conozcamos a
nuestro único redentor eterno, el Señor Jesucristo, para por fin conocer a
nuestro Dios y Padre Celestial, ¡el Todopoderoso de Israel y de la
humanidad entera!

Y entonces así jamás aprendamos a obedecerle y amarle a nuestro Dios y
Creador de nuestras vidas eternas, en el espíritu y en la verdad
sobrenatural de su gran rey Mesías, su Hijo amado, ¡el Cristo de Israel y
de las naciones! Por esta razón, cuando veas a tu prójimo que se acerca
en contra de ti, con palabras llenas de las profundas tinieblas de Lucifer y
de sus ángeles caídos, ha de ser para alejarte de tu Dios y de su salvador
eterno, el Señor Jesucristo.

Es decir, que Lucifer está detrás de todo éste mal en contra de tu vida y
de los tuyos, también, para apagarla. Para apagarla abruptamente,
oscureciendo así más tu vida y tus ojos para que no vean a tu Dios y
redentor celestial, el Señor Jesucristo, y entonces dejes de amar y de
existir para tu Dios, en la tierra y en el más allá, también, entre las
llamas ardientes del fuego eterno del infierno, por ejemplo.

Y la única manera por la cual vas a poder vencer a cada una de las
tinieblas del enemigo, en las mismas palabras de tu adversario, ha de ser
si tan sólo confías en el SEÑOR y en su nombre redentor, el nombre de
su Hijo, el Cristo de Israel y de las familias de las naciones del mundo
entero. Porque sólo Él, en su nombre redentor podrá entonces librarte de
todos los males, de las palabras llenas de tinieblas, de tu adversario
eterno, Lucifer.

Es por eso, que el Señor Jesucristo les enseñaba a las multitudes de
Israel, por ejemplo, ha cambiar su forma de pensar; y les decía: Éste es
mi mandamiento eterno: que se amen siempre los unos a los otros, como
yo mismo los he amado. Porque que el que no ama, entonces no tiene el
espíritu de amor de Dios para amar su prójimo, como a su Dios y como a
su misma vida, por ejemplo, en la tierra y en el reino de los cielos, por
siempre.

Puesto que, en el amar a su hermano o a su hermana es donde está el
Espíritu de Dios, para comenzar a bendecir, formar y regenerar la vida
del hombre pecador o de la mujer pecadora, de acuerdo a la voluntad
perfecta de nuestro Dios y Padre Celestial, en la tierra y en el cielo,
también y para la eternidad. Porque el amor de Dios, en nuestros
corazones, desde hoy mismo, es para la eternidad, para su nueva vida
infinita, en el cielo.

Para que entonces esa misma alma del hombre o de la mujer
transformada infinitamente, pueda entonces vivir con Él, su Dios y su
Árbol de vida eterna, por largos días eternos, en su nueva vida celestial,
desde ahora mismo en la tierra, en tu vida, para luego entrar en tu nuevo
lugar celestial, en el reino de los cielos.

Porque toda alma de la vida del hombre, que desee entrar y ver la vida
eterna de Dios y de su Árbol de vida, entonces tiene que volver amar,
sólo como Dios ama a su Árbol de vida y de salud eterna, su Hijo amado,
el Señor Jesucristo. Y esto no es algo duro o difícil de lograrlo en
cualquier corazón del hombre o de la mujer, por más pecadora que haya
sido su vida por la tierra, porque el Espíritu de Dios te ayuda a lograrlo,
para gloria y para honra infinita del nombre de Dios, en tu corazón y en
toda tu alma viviente.

Además, éste amor de Dios hacia su Hijo no es nada nuevo para nuestros
corazones; ya lo conocemos muy bien, de acuerdo a la escritura y su
supremo sacrificio inolvidable, en las afueras de Jerusalén, en Israel, por
ejemplo; el cual vive en nuestros corazones. El espíritu de amor y la
pasión de Jesucristo, el cual es parte de nuestro espíritu humano, desde
el día que se hizo luz en nuestros corazones y por siempre, en la eternidad
venidera, también, como en el nuevo reino de Dios y de su gran rey
Mesías, el Hijo de David, ¡el Cristo de la Inmensidad!

Para que solamente entonces su alma y todo su ser viviente sean
completamente perfectos y compatibles con el espíritu de vida de su
nueva vida celestial, en el más allá, en el nuevo reino de los cielos. Por
eso, fuera del espíritu del amor de Dios y de su Hijo amado, el Cristo de
Israel y de la humanidad entera, entonces ningún hombre, mujer, niño o
niña de la tierra, podrá jamás ver ni menos entrar, en la vida eterna del
nuevo reino de los cielos, en el más allá.

En otras palabras, el alma pecadora del hombre o de la mujer jamás
podrá ver la vida eterna, en el cielo, sino que ha de seguir viviendo su
vida de pecado en la tierra, para luego descender a su lugar, de condena
eterna de la ira de Dios, en el infierno o en el lago de fuego, por ejemplo.
Porque los muertos no aman, ni han de amar a Dios, ni a su Hijo amado,
el Señor Jesucristo, en sus tumbas en la tierra, ni en el más allá, tampoco,
perdidos eternamente y para siempre, entre las llamas del castigo de la
ira de Dios, en el infierno.

Por cuanto, escrito está en el libro santo de las memorias de Dios, en el
reino de los cielos, de que toda alma que pecare a de morir
irremisiblemente en su culpa, en su pecado eterno, en el fuego del
infierno, por no tener el nombre de su Hijo amado escrito en su corazón.
Pero, sin embargo, el alma que se arrepiente de su maldad, y comience a
amar a su Dios y Creador de su vida, en esta tierra, para la nueva tierra
venidera del nuevo reino de los cielos, sin duda alguna, ha de ver la vida,
en la tierra y por siempre, en el cielo, también.

Ciertamente ha de ver su vida infinita el hombre, como Jesucristo mismo
la vio en su día, desde ahora mismo en la tierra, para luego ascender a su
vida celestial con su Dios y con su Árbol de la vida gloriosa del paraíso y
del nuevo reino de Dios, como la nueva ciudad infinita: La Nueva
Jerusalén Eterna y Celestial. Porque la verdad es que Jesucristo ya ha
vivido la vida eterna, de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, para entregársela a él y a ella, en su día, en la tierra y en el cielo,
también, para la eternidad.

Además, el alma del hombre o de la mujer ha de tener que volver a amar
a su Dios y Creador en su corazón pecador para volver ver la vida, en la
tierra y en el más allá, también, como la vio por vez primera en su día de
la antigüedad, en el paraíso y en el reino de Dios.

Ya que, nosotros somos creación de Dios en el cielo, como los ángeles,
por ejemplo, y no de la tierra, como muchos piensan. Porque sólo Dios es
el verdadero amor y la verdadera verdad infinita de la vida de la tierra y
del cielo, también, por siempre, para todo ángel, hombre y mujer de toda
la creación de Dios.

Verdaderamente, nuestro Padre Celestial es el único amor divino de su
corazón santísimo para su Hijo, el Señor Jesucristo, en cada uno de
nosotros, en toda la tierra, de todos los hombres, mujeres, niños y niñas
de la humanidad entera. Y éste amor de Dios no cambia por nada ni por
nadie jamás, porque no tiene principio ni tendrá fin tampoco, en la
eternidad venidera del nuevo más allá de Dios y de su Árbol de vida, con
toda su humanidad eterna.

Por eso, todo aquel que desee ver la vida eterna, tiene que amar a su
prójimo, durante sus días de vida, como Dios mismo nos ha amado a cada
uno de nosotros, en toda la tierra y por siempre, en el infinito, por medio
de la vida y del nombre sobrenatural y eternamente glorioso de su Hijo, ¡
el Señor Jesucristo!

Es decir, que de la misma manera que Dios y su Espíritu Santo han
demostrado su amor infinito hacia cada uno de nosotros, en la vida y en la
crucifixión del Señor Jesucristo, sobre el madero del Golgotha, en las
afueras de Jerusalén, por ejemplo, pues así también el hombre tiene que
manifestarle su amor hacia Él y su Jesucristo.

Y esto el hombre y la mujer lo pueden lograr en sus vidas, sin ningún
problema alguno: con tan sólo creer en su Dios y en su Jesucristo, en lo
intimo de sus corazones y confesando su nombre santo con sus labios, por
ejemplo, para gloria y para honra eterna de nuestro Creador Celestial.

Es decir, que la única manera para nosotros manifestar éste gran amor
divino, tiene que ser entonces desde nuestro mismo corazón, simplemente
creyendo y confesando con nuestros labios el nombre de Jesucristo, para
abrir las ventanas de los cielos y hacer que cada una de "las
bendiciones", de milagros y de maravillas desciendan y entren en
nuestras vidas, para siempre.

Y así entren las bendiciones de Dios para ayudarnos a crecer más y más
hacia nuestro Dios y Padre Celestial que está en el reino de los cielos,
esperando por nuestro pronto regreso al paraíso, por ejemplo. Para
seguir viviendo nuestras vidas con el espíritu de su amor eterno en
nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, también, como en los
días de la antigüedad: libres de todo mal y del pecado de muerte de
Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo.

Y este nombre salvador de Dios es el de su Hijo, desde la antigüedad y
hasta nuestros tiempos, por ejemplo: el único nombre del Cristo de Israel
y de la humanidad entera, para perdón y para bendición de nuestras
almas vivientes y de nuestros espíritus humanos, en la tierra y en el
paraíso, hoy en día y para la eternidad.

Dado que, sin éste nombre de Dios en nuestros corazones, entonces
jamás el espíritu de amor de Dios y de su Jesucristo ha de poder vivir en
nuestras vidas terrenales, ni menos en nuestras vidas del más allá, como
en el paraíso o en la nueva gran ciudad infinita: La Nueva Jerusalén
Santa y Eterna del reino de los cielos.

Amen eternamente y para siempre a nuestro Dios y Padre Celestial,
todos ustedes sus santos de corazón y de espíritu noble; ámenle por
siempre, en sus vidas por la tierra y en sus nuevas vidas infinitas, en el
paraíso. Porque sólo Él es digno de toda gloria y de toda honra infinita, de
nuestros corazones y de nuestras almas vivientes, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre.

Pues por siempre a los fieles guarda nuestro Dios, pero retribuye en
abundancia, a los que actúen con altivez de sus corazones pecadores para
hacerles daño a sus hermanos o a sus hermanas. Por eso, sólo a Él, a
nuestro Dios y Padre Celestial, ámenle todos los corazones de la vida de
la tierra: hombres, mujeres, niños y niñas de su humanidad eterna y
angelical, así como los corazones de los ángeles del reino de los cielos le
han amado por siempre, en el más allá y hasta nuestros tiempos, también,
por ejemplo.

Amen por siempre a nuestro Dios, y gócense en sus corazones: día y
noche en sus muchas y poderosas bendiciones de su Espíritu Santo y de
la vida gloriosa y sumamente honrada de su Jesucristo, el Cristo de
Israel y de la humanidad entera, hoy en día y en la eternidad venidera,
del nuevo reino de los cielos.

En la medida en que, es el espíritu de amor eterno de nuestros corazones,
el cual hace que Dios se levante de su trono santo y camine hacia cada
uno de nosotros, en nuestros millares, en todos los rincones de la tierra,
para poner sus manos santas sobre nosotros y así bendecirnos
grandemente, hasta hacernos completamente felices en Él.

Y sólo así entonces también volvernos a bendecir una y otra vez y por
siempre, como en el día que nos comenzó a dar forma en su imagen y
conforme su semejanza infinita, por ejemplo, para darnos vida eterna,
libre de todo mal del enemigo. Es decir, para ponernos en el paraíso y por
toda la tierra de nuestros días, también, con el fin de "engrandecer su
amor" como nunca antes, en cada uno de nuestros corazones vivientes,
como hoy en día contigo, mi estimado hermano y mi estimada hermana,
para alcanzar y traspasar, a la vez, felicidades infinitas jamás vivida por
los ángeles.

Porque Dios ha descendido del cielo para formarnos de la tierra, con el
fin de engrandecer su amor y su gloria mucho más que antes, en los
corazones de cada uno de sus seres creados, como ángeles del cielo y
hombres de la humanidad entera, para hacer de nosotros nuevas vidas,
llenas de gozo y felicidades de su nombre santo.

Y hoy en día, Dios bendice tu corazón y tu alma eterna, también, en el
amor sobrenatural de su corazón sagrado, hacia el nombre de su Hijo, el
Señor Jesucristo, viviendo en tu corazón y en toda tu vida terrenal, para
hacer realidad su gran sueño celestial e infinito, sólo en ti, mi estimado
hermano y mi estimada hermana.

Porque sin ti y sin tu corazón con el nombre de su Hijo, entonces no
podría jamás alcanzar glorias y santidades celestiales nuestro Dios, que
aun los ángeles más gloriosos y poderosos del reino de los cielos no
conocen todavía, desde la antigüedad hasta nuestros tiempos, por
ejemplo. Por eso el llamado de amar a Dios, por medio de su Árbol de
vida eterna, en el paraíso, es en serio y desde su trono santo, para ti, mi
estimado hermano y mi estimada hermana, en todos los rincones de la
tierra.

Además, Dios ha hecho toda esta misericordia para con el hombre: Con
el fin de alcanzar éste gran fin eterno, no sólo en tu corazón, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, sino también en el corazón viviente de
los hombres, mujeres, niños y niñas, de la tierra y del nuevo reino de los
cielos, para su nueva vida infinita. Porque su nueva vida celestial, es,
realmente, una vida llena de nuevas glorias y de nuevas santidades muy
especiales para Él, que han salido primordialmente de tu corazón amante,
de su nombre y de su Jesucristo, por ejemplo.

Por eso, sólo Dios amando a sus ángeles en el cielo y a tu humanidad
eterna en la tierra, lo ha de lograr, con la ayuda incondicional de tu
corazón y de tu alma viviente, por supuesto, si sólo le amas de todo
corazón, desde hoy, en el espíritu y en la verdad de su Árbol de vida, su
Jesucristo.

Es por eso, que es de suma importancia que el corazón del hombre
aprenda a amar a su Dios y salvador de su vida, de la misma manera que
Él nos ha amado a cada uno de nosotros, desde siempre, hasta nuestros
días, por ejemplo. Porque todo amor nace del corazón de nuestro Dios y
de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, y no del corazón del
hombre o de la mujer, como mucho piensan, por ejemplo.

Porque ha de ser "la unión del espíritu del amor de Dios y del amor del
hombre de la tierra", la que ponga fin a ésta era de rebelión, hacia el
nombre de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, la cual empezó en el
paraíso, en el día que Adán se rebela en contra de Dios. Y, a la vez, le ha
de dar nueva vida en abundancia a su nueva vida infinita de todo ángel,
hombre, mujer, niño y niña de la tierra, en el nuevo reino de los cielos, en
el más allá.

Porque, para que la nueva vida infinita del nuevo reino de los cielos, del
nuevo más allá de Dios y de su Árbol de vida, empiece, entonces tiene
que empezar en el corazón del hombre, lleno del amor hacia su Dios y
hacia su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Y esto es algo que tiene que ser
posible, desde hoy mismo en nuestros corazones para entrar en el cielo y
en su nueva vida celestial e infinita, para la nueva eternidad venidera de
siglos y siglos sin fin, para nuestras almas eternas y para nuestro Padre
Celestial y su Hijo amado, el Señor Jesucristo.

De otra manera, jamás la nueva vida del nuevo reino de los cielos ha de
poder empezar, en nuestras nuevas vidas infinitas, en el Señor Jesucristo,
en la tierra de nuestros días, ni menos en las nuevas tierras con nuevos
cielos infinitos, en la nueva eternidad venidera de Dios y de su Árbol de
vida eterna, el Señor Jesucristo.

Por lo tanto, esfuércense, ustedes los que esperan en su Dios y Creador
eterno de sus vidas, en la tierra y en el cielo, también, y tome aliento su
corazón viviente, desde hoy mismo, hasta entrar en su nueva eternidad
venidera. Pues tome aliento su alma viviente, porque Dios les "ama de
todo corazón", en el espíritu y en la verdad infinita de su gran rey
Mesías, el Cristo de Israel y de las naciones del mundo entero.

Y de este amor de Dios, hacia cada uno de ustedes, en toda la tierra, no
tiene principio, ni tendrá fin jamás, porque ha nacido del corazón de
nuestro Dios y Padre Celestial para amarles; para amarles eternamente
y para siempre, en la tierra y en su nueva vida infinita en el nuevo reino
de los cielos, por ejemplo.

Además, el que ama a Dios no ha de morir jamás, sino que ha de seguir
viviendo su vida eterna, desde la tierra hasta entrar en su nuevo lugar
celestial, en el nuevo reino de los cielos, en donde "reina el amor de su
Árbol de vida infinita", su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Por lo tanto, el que dice que no tiene amor de Dios, entonces esfuerce a
tenerlo en su corazón; y hágalo sin más demora alguna, para que Dios
comience a ser una realidad infinita en su vida, desde ahora. Porque
nuestro Dios es grande en verdad y en misericordia, para con cada uno
de nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, pueblos, linajes,
tribus y reinos de la tierra, de los que aman a Dios y a su Jesucristo, por
supuesto, para cumplir toda verdad y toda justicia de su Ley Eterna, en
nuestras vidas, terrenales y celestiales.

Por eso, nuestro Dios no desea que ninguno de nosotros viva sin su amor
en su corazón, sino todo lo contrario. Él sólo desea que cada uno de
nuestros corazones esté lleno de su amor infinito, para con Él y para con
su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque un corazón en tinieblas, sin el
amor de su corazón santo y sin el amor de su Jesucristo Eterno, entonces
no tiene vida, sólo tinieblas infinitas para la eternidad venidera, en el
fuego eterno del infierno y del lago de fuego, en el más allá.

Y Dios no ha creado a ninguno de sus hijos o de sus hijas de la humanidad
entera, para que "viva en desamor", para con Él y para con su Árbol de
vida eterna, sino todo lo contrario. Dios ha creado al hombre y a la mujer,
y les ha puesto en sus pechos: "una copia exacta" de su mismo corazón
glorioso, para que vivan y amen por siempre aun más allá de la nueva
eternidad venidera, para miles de siglos venideros, en el infinito, a su
Dios y a su Hijo amado.

Entonces Dios les ha dado su propio corazón sagrado, y no del corazón de
los ángeles, para que gocen sus vidas por siempre en la tierra y en el
reino de los cielos, también. Y esto ha de ser en cada uno de todos ellos,
en sus millares, en la tierra y en el paraíso, también, siempre llenos de su
espíritu de amor y de grandes bendiciones terrenales y celestiales, para
sus nuevas vidas infinitas y perfectas, delante de Él y de sus huestes de
ángeles gloriosos, de su Árbol de vida eterna.

Por esta razón, Dios siempre ha llamado al hombre y a la mujer ha tomar
aliento en sus corazones, en el poder sobrenatural de su palabra y de su
nombre salvador de su Jesucristo, para que se esfuercen ante Él. Es
decir, para que se esfuercen siempre hacer todo lo que es bueno y
correcto en sus vidas, para gloria y para honra infinita de su Dios y
Redentor Eterno de sus vidas, en la tierra y en el cielo, también, hoy en
día por siempre, en el más allá.

Ya que, el que espera en su Dios, en el nombre de su gran redentor, su
bendición celestial no le ha de faltar jamás con las riquezas infinitas de la
gloriosa vida de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por lo tanto, "su
corazón ha de ser feliz" por siempre, en su Dios y en su salvador
celestial, mientras viva en la tierra, para luego entonces entrar a su
nuevo lugar celestial, en el cielo, en donde sólo reina la perfecta armonía
del corazón para con su Dios y para con su Árbol de vida eterna, el Señor
Jesucristo.

Por lo tanto, nuestro Padre Celestial guarda día y noche de todo mal a los
que le aman en Jesucristo, pero destruirá a cada uno de los impíos, de
toda la faz de la tierra, por su culpa, por su pecado, de no amarle a Él, de
acuerdo a su voluntad perfecta, en su corazón y en su Espíritu Santo.

Es decir, esto ha de ser verdad, en el corazón de cada pecador y de cada
pecadora, por haber deshonrado el nombre glorioso de su Jesucristo en
sus corazones, cuando tuvieron la oportunidad de amarlo y de exaltarlo
en sus vidas, más alto que el nombre y que la vida de su rival, su enemigo
numero uno, Lucifer, por ejemplo.

Puesto que, todo aquel que no exalta el nombre del Señor Jesucristo más
alto que el nombre de Lucifer en su corazón y en su vida, también, ha de
ser porque no ama a su Dios y a su salvación infinita, el Señor Jesucristo,
en el espíritu y en la verdad, de la vida infinita del reino de los cielos.

Por lo tanto, su lugar eterno para el pecador, ha de ser para su alma en
eternas tinieblas, entre las llamas de la ira de Dios en el fuego eterno, del
infierno y del lago de fuego, por ejemplo, en el más allá, desde hoy mismo
y por siempre, en la eternidad venidera. Pero Dios no ha creado el alma
del hombre pecador y de la mujer pecadora para que se pierdan sus vidas
en la tierra, ni menos en el más allá, entre las violentas llamas del fuego
del infierno, sino que la verdad es otra. (Dios ama al pecador y a la
pecadora con todas las fuerzas de su corazón, para perdonarle y volverle
a amar con una vida totalmente nueva, sólo posible en su Jesucristo.)

Realmente Dios ha creado el alma del hombre y de la mujer para que
vivan con Él, eternamente y para siempre, siempre amándole solamente a
Él, en el espíritu y en la verdad infinita de su fruto de vida eterna, su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque sin el amor sagrado del Señor
Jesucristo, en el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de
la tierra, entonces no es amor, sino otra cosa rara, muy rara, por cierto,
como el pecado que no podrá jamás entrar en la nueva vida eterna, del
reino de los cielos.

Ya que, nuestros corazones sólo han de conocer amor y felicidad infinita
en sus muchos dones espirituales de su nombre bendito y de su Espíritu
Santo, en la tierra y en el infinito, como en el nuevo reino de los cielos, la
nueva cuidad celestial del amor eterno de Dios, La Nueva Jerusalén
Santa y Bendita para siempre, por Jesucristo.

Puesto que, sólo en el Señor Jesucristo hemos de encontrar nuestro
verdadero espíritu de amor hacia nuestro Dios y Padre Celestial que está
sentado gloriosamente en su trono de gran gloria y de gran honra de
nuestros corazones, en el cielo. Y sin éste amor del Señor Jesucristo,
entonces nos ha de ser tan imposible conocer a nuestro Dios y Creador
de nuestras vidas y almas eternas, como le fue imposible a Lucifer
conocerle a Él, aunque fue poderoso en sabiduría y en perfección, en
todos los días de su vida, en el reino de los cielos.

Ya que, el trono de Dios, en el reino de los cielos, ha sido establecido por
Él y por su Árbol de vida, para cada corazón de los ángeles del reino y
para cada corazón de los hombres, mujeres, niños y niñas de la
humanidad entera, para que siempre eleven su amor y sus honras hacia
Él, hacia el infinito. Porque nuestras nuevas vidas son para el infinito,
llenas de glorias y de santidades jamás conocidas aun por Dios mismo y
por sus ángeles eternos, por ejemplo.

Para que entonces desde éste lugar santo e infinito, Dios envíe sus más
ricas y gloriosas bendiciones, de amor y de salud eterna a cada uno de
sus ángeles celestiales y a cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, sólo fiel a Él, por medio del nombre sagrado de su
Hijo, el Cristo de la eternidad venidera.

Por eso, Dios ha guardado del mal de Lucifer, a cada uno de sus ángeles
del reino y a cada hombre, mujer, niño y niña de la tierra, para que le
amen poderosamente, con todas las fuerzas de sus corazones, de sus
mentes, de sus espíritus y de sus vidas, en la tierra y en el cielo, también,
por siempre.

Puesto que, Dios desea "incrementar" su espíritu de amor y de felicidad
infinita, no sólo en su corazón santísimo, sino también en el corazón de
cada uno de sus criaturas celestiales. Y esto ha de ser en ti, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, como en los ángeles y como en los
hombres y en las mujeres de la fe, de su Jesucristo, para alcanzar nuevas
felicidades de santidades y de glorias jamás alcanzadas aun por los
poderosos ángeles del cielo, desde la antigüedad y hasta nuestros días,
por ejemplo.

En la medida en que, la verdad celestial e infinita, es que sólo Dios sabe,
de que aun hay mayores glorias de santidades perfectas para alcanzar, no
sólo en los corazones, de sus poderosos ángeles del reino de los cielos,
por ejemplo, sino también de cada corazón del hombre y de las mujeres
de todas las naciones de la tierra.

Y esto es verdaderamente de cada vida del hombre, de la mujer, del niño
y de la niña de la humanidad entera, que tan sólo cree en su corazón y
confiesa con sus labios, de que "el Señor Jesucristo es su único Hijo
amado", por ejemplo, en el cielo y por toda la tierra, hoy en día y por
siempre.

Realmente ésta es una gloria que aun Dios no la alcanzado, sino sólo
soñado, deseado, en su corazón santísimo, por ejemplo, para hacerla "una
gran realidad infinita", en los corazones de muchos de, si no de todos, los
hombres, mujeres, niños y niñas, de la humanidad entera, como lo es en el
cielo con cada uno de sus ángeles eternos.

Pero ha de llegar su día, y cada vez está más cerca que antes: cuando
todos los corazones de todas las almas de la humanidad entera, crea
totalmente y confiese con sus labios, como los ángeles del reino de los
cielos lo han venido haciendo, desde siempre, en las alturas celestiales
del más allá, la gloria infinita de Dios.

Y esto ha de ser, de que "el Señor Jesucristo es su Hijo amado", para
gloria y para honra infinita de su amor por su nombre santo, en el cielo y
en la tierra, también, para miles de siglos venideros, en el nuevo reino de
los cielos. Porque ésta confesión de fe, es "la electricidad" que no sólo
alumbrara la nueva vida infinita del reino de los cielos, sino que también
toda la tierra de nuestros días: dándole así nuevas tierras y nuevos
cielos, libres de todo mal de Lucifer y de su mentira eterna, en el corazón
del hombre pecador.

Además, éste nuevo reino de los cielos ha de ser de Dios y de su Árbol de
vida eterna, rodeado de legiones de ángeles y de las naciones de la
humanidad entera, "redimidas" eternamente y para siempre por la
sangre, del Cordero Escogido de Dios y de Israel, el Hijo de David, el
único Cristo perfecto de la humanidad entera.


Libro 133


AMANDO A DIOS

Como siempre, todo aquel que teme y honra a los mandamientos de Dios
en su corazón y en toda su vida, es porque realmente le ama de verdad y
de todo corazón, también. Por lo tanto, la tal persona es muy amada por
Dios y por sus huestes de ángeles eternos, del reino de los cielos y por
los hombres de buena fe y de buena voluntad, de toda la tierra.

Porque santo son los mandamientos de Dios, los cuales llenan de vida y
de bendiciones milagrosas, de la misma tierra santa del reino de los
cielos, para edificar el corazón y el alma eterna de cada uno de sus
siervos y de sus siervas, en todas las naciones de la tierra.

Y Dios ha comenzado a edificar su nueva vida infinita, en su nuevo reino
celestial, al bendecir con su nombre santo y con todos los poderes
sobrenaturales de las alturas: a cada uno de todos los hombres, mujeres,
niños y niñas, de todas las familias de las naciones, sin dejar a ninguna de
ellas, fuera de su bendición celestial.

Es decir, de todos los que han llegado a creer en sus corazones y a
confesar con sus labios, de que "el Señor Jesucristo es el Hijo amado de
Dios", para gloria y para honra infinita de su nombre santo, en el cielo y
por toda la tierra, también, hoy en día y para siempre, en la eternidad
venidera.

Por eso, sabemos que nuestro Dios siempre hace que todas las cosas, que
rodean la vida de aquel que le ama, le ayuden para bien de su corazón y
de su alma, para que crezca más y más "en su conocimiento espiritual",
de que sólo Él es su Dios y salvador, en la tierra y en el cielo, para
siempre.

Porque cada uno de los hombres, mujeres, niños y niñas, de las familias
de las naciones, del mundo entero, que le aman a Él, como su Dios y
como Creador de sus vidas, por medio de la fe, de su corazón centrada en
el Señor Jesucristo, es porque han sido escogidos por el Espíritu de Dios,
para la vida eterna.

Además, cada uno de ellos ha sido escogido por el Espíritu Santo, por
mandato de nuestro Dios, para que vivan la vida eterna, desde hoy
mismo, en sus vidas por la tierra mucho antes de entrar a su nueva vida
celestial, en su nuevo lugar eterno, en el cielo, como La Nueva Jerusalén
Santa y Eterna, en el más allá.

Es por eso, que si tal persona, sea quien sea ella, en toda la tierra, ama
verdaderamente a su Dios, entonces es conocida por el Espíritu de Dios y
por el Señor Jesucristo, su Árbol de vida eterna personalmente, para
bendición de su vida por la tierra y para su nueva vida infinita, en el
nuevo reino de los cielos.

Por cuanto, es el espíritu de amor de Dios que realmente "enlaza la
vida" del hombre con la vida de nuestro Dios y de su Árbol de vida, en la
tierra y en el cielo, también, hoy en día y siempre, en el más allá, ha de
ser parte de su vida, sin jamás alejar de él, por ninguna razón. Porque
ésta "interrelación y fusión" de Dios, para con el espíritu del hombre, no
lo separa nadie, una vez que el Señor Jesucristo y su Espíritu Eterno lo
ha unido eternamente.

Es por eso, que Dios siempre ha esperado que el hombre del paraíso o de
la tierra de nuestros días, por ejemplo, "coma del fruto de vida eterna",
de su Árbol de Viviente, de la misma manera que los ángeles del reino de
los cielos lo han venido haciendo, desde siempre, hasta nuestros días,
para honrar a nuestro Dios.

Es decir, para honrar la perfecta voluntad de nuestro Padre Celestial, en
nuestros corazones y en nuestras vidas por toda la tierra y en nuestras
nuevas vidas celestiales, en el más allá, también, como en el paraíso o
como en La Nueva Ciudad Celestial: La Nueva Jerusalén Santa y
Sumamente Honrada, por la presencia del gran rey Mesías, ¡el Cristo!

Y todos los que tienen "acceso" a ésta gloriosa ciudad eterna, son los
que sus nombres han sido escritos en "el libro del Cordero Escogido de
Dios". Y éste libro eterno es "el libro de la vida". Y como este libro no
hay otro, en donde estén escritos los nombres de cada uno de los
hombres, mujeres, niños y niñas, de la humanidad entera.

Y esto es de todos en todas las familias y naciones de la tierra, de los que
han creído en sus corazones y han confesado con sus labios, de que el
Señor Jesucristo es el Hijo amado de Dios, para gloria y para honra
infinita de Dios, en la tierra y en el cielo, también, para siempre.

Ya que, es necesario que todos los que entren en la vida eterna del nuevo
más allá, de Dios y de su Árbol de vida, que crean en sus corazones y así
confiesen con sus labios, de que el Señor Jesucristo es su Hijo amado.
Porque como Él no hay otro igual en el cielo, entre los ángeles del reino
de Dios, ni en la tierra entre todos los hombres de todas las naciones,
comenzando con Israel, también, por ejemplo.

Puesto que, fue en Israel, en donde el Señor Jesucristo descendió del
cielo, para comenzar a vivir la vida del hombre eternamente y para
siempre, libre del pecado y de toda condena eterna: "cumpliendo así la
palabra de la Ley de Dios y de Moisés" al pie de cada palabra, de cada
letra, de cada tilde y de significado eterno.

Con el fin de que todo aquel que tan sólo crea en Él y así mismo confiese
su nombre sobrenatural con sus labios, entonces los milagros de las
bendiciones de la Ley sean para él o para ella, hoy en día y para siempre,
en el más allá, en su nueva vida celestial, en el reino de los cielos.

Es por eso, que todo aquel que "ame más" a su padre o a su madre que
la palabra perfecta de la Ley Viviente de Dios y de Moisés, en el corazón
del Señor Jesucristo, entonces no es digno de Dios, ni menos de entrar en
su presencia santa, para vivir su vida celestial, en su nuevo reino de los
cielos.

Así también, todo aquel que "ame más" a su hermano o a su hermana
que la palabra perfecta de la Ley de Dios y de Israel, en el corazón del
Señor Jesucristo, entonces no es digno de salvación, ni menos tiene
acceso jamás para entrar en su presencia santa, para vivir su nueva vida,
en el reino de los cielos.

Porque todo aquel que haya quebrantado la palabra de la Ley, entonces
vive bajo su maldición eterna, para luego descender a su lugar eterno,
entre los perdidos y condenados a la segunda muerte del más allá, el lago
de fuego. Porque entre el fuego de las llamas del infierno es donde está la
ira de Dios para con los que quebrantan su Ley Santa, en el paraíso o en
la tierra, de nuestros días, por ejemplo.

Pero, sin embargo, el que ha quebrantado la palabra de la Ley, y no hay
ningún hombre "libre de este mal" en su corazón y en toda su vida, salvo
el Señor Jesucristo; y se arrepiente de su pecado, es decir, de su
transgresión eterna por ofender la Ley Divina, entonces Dios ha de ser
misericordioso para perdonarle sus pecados.

Si él o ella tan sólo "alza sus ojos al cielo" y ve al Señor Jesucristo,
creyendo en Él en su corazón y confesando con sus labios su nombre
salvador: para bendición y el milagro eterno de la salvación de su alma
viviente, en esta vida y en su nueva vida celestial, en el nuevo reino de
los cielos.

Dado que, sólo los que amen la Ley de Dios cumplida y eternamente
honrada en el corazón y en la sangre del Señor Jesucristo, el pacto eterno
de bendición y de milagros infinitos de la salvación, entre Él y el hombre,
la mujer, el niño y la niña, de todas las familias de la tierra, ha de ver la
vida eterna.

Porque ellos son los que "aman verdaderamente a Dios y a su Hijo
amado", para regresar no sólo a su vida celestial, en el paraíso y a la
tierra nueva del reino de los cielos, sino que han de conocer a Dios, como
el Señor Jesucristo siempre le ha conocido a Él, desde tiempos
inmemorables, hasta nuestros tiempos, por ejemplo.

En vista de que, jamás ha de ser posible, en la tierra ni menos en el cielo,
que el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, de la
humanidad entera, "conozca a su Dios", fuera del espíritu de amor, del
Árbol de la vida, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Dado que, los que no aman a Dios, es porque el espíritu del fruto
prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del mal, "aun permanece en
cada uno de sus corazones", para perdición y para maldición eterna de
sus almas vivientes, en la tierra y en el infierno, también. Es decir, que el
pecado de Adán aun está en ellos para llevarlos día a día hasta su muerte
final, en el más allá, para muerte eterna.

Y esto ha de ser así con todos ellos, durante sus días de vida por la tierra,
hasta que finalmente caigan condenados para siempre, entre las llamas
eternas de su muerte final, en el lago de fuego, para jamás volver a tener
la oportunidad, de amar y de honrar a Dios y a su nombre santo, en sus
corazones eternos.

Puesto que, sólo los que han gustado del fruto de vida eterna, del Árbol
de vida de Dios, es que han de poder "amar verdaderamente a Dios",
sólo por medio de los poderes sobrenaturales y autoridades infinitas del
Señor Jesucristo. Porque para amar a Dios, desde ya, en nuestros
corazones y en nuestras vidas en la tierra, entonces necesitamos de los
poderes sobrenaturales del espíritu de vida, del Árbol de Dios, el Señor
Jesucristo.

Y sin estos poderes del más allá, entonces ha de ser imposible para
nosotros poder amar a nuestro Dios y Creador de nuestras vidas, en la
tierra y en el nuevo reino de los cielos, también, como debe de ser, como
siempre le ha agradado a Él, desde los días de la antigüedad, hasta
nuestros días, por ejemplo.

Porque Dios mismo ha salvado a cada uno de los hijos e hijas, de la gran
ciudad eterna de Dios y de su gran rey Mesías, en Sion. Es decir, que
Dios mismo ha lavado las almas eternas de todo pecado, a cada uno de
los hijos y de las hijas de Sion, con la sangre bendita y eternamente
sobrenatural de su Hijo amado, "el Cordero Escogido de Dios", el Hijo
de David, ¡el único Cristo posible para Israel y para las naciones!

Pues allí vivirán ellos de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus
y reinos de la tierra; y la poseerán para siempre como herencia santa y
perpetua de su Dios y de su gran rey Mesías, el Señor Jesucristo, para
seguir "amando a su Dios y a su salvador celestial", por miles de siglos
venideros, en la eternidad venidera.

AMAR CON TODO EL CORAZÓN Y CON TODA EL ALMA, ES
SANTO PARA DIOS

Por eso, has nacido en la tierra, para amar a tu Dios y a su Jesucristo,
también, salvador de tu alma viviente, en el cielo y en la tierra, para
siempre. Por lo tanto, para honrar la voluntad perfecta de tu Dios y de tu
salvador celestial, en tu corazón y en tu vida, entonces amaras al Señor tu
Dios: con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, hoy
en día y por siempre en tu lugar eterno, en el reino de los cielos.

Porque no hay nada mejor para el corazón del hombre, de la mujer, del
niño y de la niña, de todas las familias de las naciones de la tierra, para
siempre, para ser feliz y vivir su vida eternamente y para siempre, en el
seno del SEÑOR, de nuestro Dios y Padre Celestial, en la tierra y en el
cielo.

Por lo tanto, en el día que el corazón del hombre comience "realmente a
amar a su Dios", entonces toda su alma ha de ser feliz, como jamás pensó
ser feliz en su vida, en la tierra o en el paraíso. Es decir, que el corazón
que no ama a su Dios y Creador de su vida, ha de ser porque "la luz de
Cristo aun no ha resplandecido" en las tinieblas de su corazón.

Puesto que, el que ama a su Dios, en el espíritu y en la verdad del Señor
Jesucristo, entonces aunque esté muerto vivirá. Vivirá su alma eterna,
por más pecador o pecadora que haya sido, porque aun las tinieblas de su
vida y en las tinieblas de la muerte y de su tumba, "Jesucristo ha de
resplandecer" con su luz más brillante que el sol, por los siglos de los
siglos, en el más allá, en su lugar eterno del reino de Dios.

Por lo tanto, las tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos jamás han de
volver a molestarlo como antes que conociese el nombre del Señor
Jesucristo, ó como antes que naciese por segunda vez del Espíritu de fe,
de nuestro Dios y Padre Celestial, que está en los cielos. Y las tinieblas
desaparecerán para siempre de su vida, porque la luz de Cristo reina en
su corazón y en toda su vida; tan brillante que su luz divina se puede ver
en el cielo, también, por Dios y por los ángeles eternos.

Porque para Dios el que le ama a Él, en su vida por la tierra, por más
pecador o por más pecadora que sea, entonces también le ha de amar en
el paraíso de igual manera junto a su Árbol de vida y de salud eterna, ¡el
Señor Jesucristo! Para seguir entonces amándole eternamente y para
siempre sólo a Él, su único Dios eterno, en su nueva vida celestial, en el
reino de los cielos.

Porque así como Dios no desea jamás un hombre como Adán o una mujer
como Eva, infieles, que no quisieron a Él, en el espíritu y en la verdad
viviente de su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo; pues así también
no te ha de amar a ti, tampoco, si el Señor Jesucristo no está en tu
corazón. Porque para Dios, sin Jesucristo en el corazón del ángel o del
hombre, no hay nada con Él, en el cielo o en la tierra, igual, para siempre.

Ahora, si el Señor Jesucristo no reina en ti, para servir y amar
eternamente y para siempre a tu Dios, en la tierra, pues tampoco lo
podrás amar a Él, en su vida santa, en el nuevo reino de los cielos, como
en La Nueva Jerusalén Santa e Infinita, en el más allá. Y Dios no está
para recibir, ni para soportar conflictos eternos en el cielo, como los de
Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo.

Ésa era está lejos de Él, y no quiere volver a ver un solo día de ella, para
siempre. Sólo Dios desea ver nuevos días con su Jesucristo y con su
mucha gente que le ama a Él, en su espíritu y en su verdad, eternamente
y para siempre, en la tierra y en su nuevo reino de los cielos, el cual no
tendrá fin jamás. Su reino tendrá fin, porque Lucifer ya no podrá entrar
en él, ni su palabra de mentira, tampoco.

Porque Dios ha creado el reino de los cielos y su nueva vida infinita para
los ángeles y así también para que todos los hombres, mujeres, niños y
niñas, de la humanidad entera, le amen a Él y a su nombre bendito de su
Árbol de vida, el Señor Jesucristo, su "única verdadera justicia, vida y
salud divina", para siempre.

Por lo tanto, tanto para los ángeles del cielo y como para los hombres de
la tierra, sin Cristo Jesús en sus corazones, entonces no podrán jamás
amar a su Creador de todo corazón, ni mucho menos conocerle tal como
Él es, y como siempre ha de ser para con nosotros y los ángeles, por los
siglos de los siglos.

En verdad, ellos permanecen en tinieblas aun de muertes infinitas en el
infierno y en el lago de fuego, en el más allá, en la eternidad del mundo
de las almas perdidas: "si la luz del amor de Dios en su Jesucristo" no
nos alumbra, desde hoy mismo y por los siglos venideros en la nueva
eternidad celestial.

Por eso, tú mi estimado hermano y mi estimada hermana, estas llamado
por Dios ha creer en su Hijo amado, el Señor Jesucristo, tu único posible
salvador y amor infinito hacia Dios y hacia tu nueva vida infinita, en la
tierra y en el nuevo paraíso, la nueva ciudad celestial, La Jerusalén
Eterna del reino de los cielos.

POR CUANTO HAS CONOCIDO SU NOMBRE, ENTONCES ÉL TE
AMARA

Porque en tu Dios y Padre Celestial has puesto tu confianza y tu amor,
entonces Él mismo te ha de librar del poder del enemigo, mi estimado
hermano y mi estimada hermana; para ponerte en todo lo alto de tus
enemigos y de tu nueva vida infinita, también, en el reino de los cielos. En
la vida eterna, del más allá, en donde sólo conocerás: verdad, vida y
justicia infinita, en tu corazón y en toda tu alma viviente, también, para
siempre.

Además, Dios ha de hacer todas estas bendiciones y misericordias de su
buen corazón, para con tu corazón y para con tu alma viviente, también,
porque "le has amado aun mucho más" que los ángeles del cielo le han
podido amar a Él y a su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, desde
siempre y para la eternidad venidera.

Por cuanto, has invocado su nombre santo, en lo profundo de las tinieblas
de tu corazón, para honrarlo y para glorificarlo, desde hoy mismo y por
siempre, entonces te amara, sin fin alguno aun más allá del infinito, su
amor no tendrá fin en ti, jamás. Pues Él vive en el reino de los cielos y
está sentado sobre su trono de gran gloria y de gran honra sólo por ti,
para amarte para siempre.

Entonces te amara a ti también, fielmente y para siempre, tu Dios
Viviente, de igual forma como le has amado a Él en la tierra, sólo con el
nombre bendito de su Jesucristo en tu corazón y en toda tu alma eterna,
también. Y en tu vida celestial, con Él y con su Espíritu, rodeado de la
gloria del Árbol de la vida, con sus ángeles y las almas redimidas de la
humanidad entera, entonces se ha de acordar de ti, de cómo le amaste a
pesar de la terrible presencia de Lucifer y de sus ángeles caídos, por toda
la tierra.

Es decir, que Dios te ha de amar, desde hoy mismo y por siempre, de la
misma manera que siempre ha amado a sus seres santos y aun con mayor
amor celestial de su Árbol de vida eterna, porque has creído en Él, por
medio del nombre de su Hijo amado, el Santo de Israel y de la humanidad
entera.

Ya que, no hay nada de buen gusto para el corazón y para el alma
santísima de nuestro Padre Celestial, de que nosotros creamos en Él y en
su Árbol de vida infinita, solamente por medio de la vida preciosa y
sumamente honrada de su Hijo amado, el Señor Jesucristo.

Porque mayor que su Árbol de vida, en el cielo, en el paraíso, en la tierra
de nuestros días o en la nueva Jerusalén santa y eterna, del más allá, no
hay nadie. Pues así también tiene que se en tu corazón y en toda tu vida
por la tierra, nadie debe de ser mayor que el Señor Jesucristo, ningún ser
querido, ni ninguna cosa de la tierra, ni mucho menos los ídolos e
imágenes del vaticano, Lucifer, el enemigo numero uno de la vida santa
del cielo y de la Ley de Dios y de Israel, por ejemplo.

En realidad, sólo el Señor Jesucristo es mayor en toda la gloria infinita
del reino de nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos. Y los
ángeles de Dios lo saben muy bien en sus corazones, salvo los que se
rebelaron y se perdieron eternamente y para siempre, en sus maldades
de las profundas tinieblas del corazón y del nombre rebelde de Lucifer,
por ejemplo. Porque ellos siguen deshonrado la palabra de la Ley de Dios
día y noche por todos los lugares de la tierra, en donde el hombre de
mentira y de muerte vive.

Y lo mismo podríamos decir de todos los hombres de la tierra, de nuestros
días, también, por ejemplo. Porque sólo un remanente de la humanidad
entera le ha sido fiel a nuestro Dios, a través de los tiempos hasta
nuestros días, en lo profundo de sus corazones y de sus almas eternas, al
creer en sus vidas y al confesar con sus labios, ante su presencia santa,
de que "el Señor Jesucristo es su Hijo amado".

Dado que, sólo el Señor Jesucristo es el Cristo de Israel y de la
humanidad entera, hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera, en
el nuevo más allá, de Dios y de su Árbol de vida infinita. Y mayor que Él,
lo quiso ser Lucifer, pero no le fue posible, porque no tenía los poderes y
las autoridades sobrenaturales del nombre santo de Dios para lograrlo,
en su corazón y en toda su vida angelical, en el reino de los cielos.

Por lo tanto, Lucifer perdió todo y hasta su misma vida celestial, también,
en el día que intento levantarse más alto que el nombre sagrado de Dios,
el Señor Jesucristo, en el reino de los cielos y delante de todas las
huestes celestiales, del más allá. Y Lucifer tropezó en contra de Dios y de
su Árbol de vida eterna, porque "no tenía amor por su Dios" en su
corazón perdido y lleno de las tinieblas, de su gran pecado y de su gran
maldad, al rebelarse en contra de su nombre salvador, el Señor
Jesucristo.

Porque la verdad siempre fue de que el Señor Jesucristo no sólo era el
amor de la vida eterna del reino de los cielos, para Dios y para sus
criaturas, sino que también es el único Árbol de vida y de salud eterna, en
su epicentro. Por lo tanto, el fruto de vida para que Lucifer viviese así
también como todos los ángeles del cielo, fue siempre Jesucristo; es más,
Jesucristo siempre fue el salvador de Lucifer y de sus seguidores, pero le
rechazaron para mal eterno y fin de sus vidas, en el cielo, para siempre.

Es decir, que Lucifer desde el día de su creación, a pesar de que era muy
sabio y perfecto, a la vez, en su caminar delante de Dios, en todos los
rincones del reino de los cielos, en realidad, no amaba a su Dios, como
debía su corazón amara su Creador. Realmente, Lucifer no amaba a su
Dios, ni jamás le pudo amar, porque "no conocía el fruto de vida eterna"
en su corazón y en todo su espíritu viviente, también, el cual siempre ha
sido desde tiempos inmemoriales, en la vida santa del reino de los cielos,
¡el Señor Jesucristo!

Es más, "Lucifer jamás supo amar nada ni a nadie", tampoco, porque
"jamás conoció el amor de Dios" aunque siempre estuvo presente
delante de Él, desde el día de su creación, por la palabra de vida, hasta el
día que se rebelo en contra de su Hacedor y de la gloria infinita de su
Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo.

Efectivamente, el corazón de Lucifer no supo, ni sabrá jamás: todo lo
glorioso, lo honroso, lo santo, lo justo y lo grande que es para el corazón
del ángel del cielo y del hombre de fe, de la tierra, de que creer y de
amarle, a la vez, a su Dios, por medio de la vida honrosa del Señor
Jesucristo.

COSAS QUE EL HOMBRE NO HA VISTO, NI HA PENSADO
JAMÁS, SON LAS QUE DIOS TIENE POR ÉL, POR SU AMOR A SU
NOMBRE SANTO

Podríamos decir también, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído
oyó, que ni han surgido en el corazón del hombre, son las que Dios ha
preparado para los que le aman a Él, sólo por medio del nombre y de la
sangre gloriosa del pacto eterno, entre Él y el hombre de la tierra, el
Señor Jesucristo.

Porque lo que Dios le ha prometido al hombre, la mujer, el niño y la niña,
de la humanidad entera, es aun más glorioso y mucho más santo, noble,
que todo lo que los ángeles del reino de los cielos han conocido a través
de los tiempos de sus vidas sagradas, ante Dios y hasta nuestros días,
también, por ejemplo.

Es decir, que en Cristo Jesús, Señor nuestro, tenemos todo y de todo, en
esta vida y en nuestra nueva vida venidera, en el más allá, en el nuevo
reino de los cielos. Y sin Jesucristo jamás habrá luz ni vida en nuestras
vidas, terrenales o celestial, para ver y recibir, a la vez: las bendiciones
de maravillas y de milagros infinitos, de la vida santa del reino de Dios y
de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Y de esta gloria es de nuestros corazones hacia nuestro Dios, que está en
los cielos, por tan sólo "haber honrado la vida con la gran obra gloriosa
del Señor Jesucristo", en la vida de Israel, para gloria y para honra
infinita de su nombre, en el corazón de sus ángeles y de sus hombres de
fe, también, para siempre.

Por lo tanto, todo lo que es de Dios y de su Árbol de vida eterna, es para
cada uno de sus hijos y de sus hijas fieles en todos los lugares de la
tierra, hasta que entren también aun en el más allá. Y esto ha de ser
realmente en sus nuevas vidas celestiales, en Cristo Jesús, único
salvador eterno de nuestros corazones y de nuestras almas vivientes, en
la tierra y en el paraíso, también, hoy en día y por siempre, en la nueva
eternidad venidera.

Es por esta razón, de que nuestro Padre Celestial ha creado muchas
mansiones celestiales, para que cada uno de nosotros tenga su lugar en el
cielo, para servirle y adorarle, en el poder y en la autoridad sobrenatural
de su nombre, en nuestros corazones y en nuestras almas redimidas por
el poder de la sangre eterna, de su Hijo amado.

Y estas mansiones son hechas de oro y de piedras preciosas, así como las
coronas de vida eterna han sido hechas por Dios mismo para cada uno de
sus hijos y de sus hijas, de todas las familias, razas, pueblos, linajes,
tribus y reinos del mundo entero, para que vivamos por siempre feliz con
Él, en su reino celestial.

Además, ésta felicidad de nuestros corazones, no ha de ser tanto porque
hemos encontrado nuestro lugar eterno, en mansiones celestiales, hechas
perfectas y sabias en el poder sobrenatural de la sabiduría infinita de
nuestro Padre Celestial, sino porque le hemos aprendido amar sólo a Él,
por medio del fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo.

También, hemos de ser felices eternamente, por haber conocido a nuestro
Dios, por medio de la sangre redentora de su Jesucristo, en la manera
más preciosas y sumamente gloriosa para nuestro Dios, para conocerle a
Él, en esta vida y en la nueva vida venidera, para miles de siglos, en la
nueva eternidad de Dios y de su humanidad infinita.

Por eso, es muy bueno que el Señor Jesucristo esté en nuestros
corazones día y noche para que el corazón de Dios "sea feliz contigo". Y
si el corazón de Dios es feliz contigo, entonces te ha de amar eternamente
y para siempre, con su amor único e infinito, el cual sólo el Señor
Jesucristo lo conoce, en lo íntimo de su corazón viviente.

Pero le has de conocer tú también, porque habrás agradado la verdad y la
justicia infinita de nuestro Padre Celestial, las cuales han descendido del
altar del reino de los cielos, para bendecir tu corazón y toda tu alma
eterna, en la tierra, en donde sea que tú vivas, en el día de hoy, por
ejemplo, mi estimado hermano eterno.

Porque al complacer la verdad y la justicia de nuestro Padre Celestial y
de su altar viviente, en nuestros corazones humanos, entonces habremos
agradado el corazón de nuestro salvador, el Señor Jesucristo, también,
quien es realmente: "el Ungido y el Eterno de Israel y de la humanidad
entera", en la tierra y en el reino de los cielos, para siempre.

Y éste amor divino y eterno es el que ha de vivir en cada uno de nuestros
corazones, de la misma manera que siempre ha vivido en el corazón de
nuestro Padre Celestial, en el cielo y por toda la tierra, también, para
alcanzar glorias y santidades infinitas en nuestras vidas terrenales y
celestiales, como en el paraíso, por ejemplo.

Entonces Dios nos ama hoy en día por la gloria y por la santidad que
tenemos de parte de su Hijo, y de las que hemos de alcanzar en nuestras
vidas futuras, en la tierra y en el cielo, también, para hacer de la tierra y
del reino de los cielos: lugares gloriosos para Dios y para su nombre
bendito.

NUESTRO AMOR EMPEZÓ EN DIOS

Porque la verdad es que nosotros amamos, o hemos aprendido amar,
porque nuestro Dios y Padre Celestial nos amó primero, en su altar santo
y en su tierra eterna del reino de los cielos y de sus ángeles eternamente
gloriosos, por ejemplo. Y de éste amor infinito de nuestro Dios, es el que
sentimos hacia Él y hacia su Hijo amado, también, el gran rey Mesías de
Israel y de la humanidad entera, ¡el Señor Jesucristo!

Por lo tanto, el espíritu del amor infinito de nuestro Dios y de su Hijo
amado junto con su Espíritu Santo, y sus huestes de ángeles del reino de
los cielos, es realmente uno y único, a la vez. Y de este amor celestial no
se puede encontrar en cualquier lugar de la tierra, "más sólo en la
invocación perfecta del nombre del Señor Jesucristo", en nuestros
corazones y con nuestros labios.

Además, cuando creemos en Él y en su nombre redentor y sobrenatural,
entonces "las ventanas de los cielos se abren" para Dios dejar que el
espíritu de su nombre y de su palabra se derrame sobre cada uno de
nosotros, desde su lugar santo y eterno, para entrar y permanecer en
nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, para siempre.

Porque tanto su espíritu como sus dones, de su amor, paz, gozo, felicidad,
bondad, mansedumbre, honra, gloria, sabiduría, entendimiento,
discernimiento y muchas más ricas bendiciones infinitas del fruto de vida,
del Árbol de Dios, no es sólo para nuestras vidas en la tierra, sino para
nuestras verdaderas vidas infinitas y celestiales, en el nuevo reino de los
cielos.

Es decir, que "las bendiciones de Dios jamás mueren", ni jamás dejan de
ser como su espíritu de amor de su nombre y de su Hijo amado, que
siempre han de vivir en nuestros corazones y en cada día de nuestras
vidas eternas, de la misma manera que han vivido en los corazones de los
ángeles del reino, por ejemplo.

Es por eso, que podemos confiar siempre en el espíritu de amor, de
nuestro Dios hacia su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque éste amor
celestial jamás ha fallado por culpa del pecado de ningún hombre, ni de
ningún ángel caído, por ejemplo, sino por lo contrario. El amor de Dios no
tiene comienzo, ni tiene fin, una vez que ha entrado en nuestras almas
vivientes, en la tierra o en el paraíso.

Además, el espíritu de amor de Dios siempre ha sido fiel, en los
corazones de cada uno, de los ángeles del reino de los cielos y de los
hombres y mujeres de la fe viviente, del nombre del Señor Jesucristo, en
nuestros corazones y en cada momento de nuestras vidas por la tierra y
hasta final, también, en el paraíso.

Realmente, el espíritu de amor de nuestro Padre Celestial por el Señor
Jesucristo, en nuestros corazones y en nuestras vidas por la tierra, como
en el más allá, también, en el paraíso, jamás ha de fallar. Porque
simplemente es imposible que el espíritu de amor y de sus muchos dones
de maravillas y de milagros infinitos falle en nuestros corazones y en
nuestras vidas, aunque hayamos sido los peores pecadores de la vida de
la tierra.

Y esto ha de ser verdad siempre, aunque nosotros le fallemos a Él y a su
Árbol de vida, como sucedió con Adán y Eva, por ejemplo, en el día que
cayeron de la gracia de Dios, por comer del árbol de la ciencia, del bien y
del mal, pero Dios permaneció fiel a su amor infinito para con ellos. Es
más, éste amor fiel hacia Adán y Eva sigue en vigencia hasta nuestros
tiempos, por ejemplo.

Entonces el amor de nuestro Dios hacia cada uno de nosotros, por medio
de la fe redentora de nuestro salvador, el Señor Jesucristo, viviendo en
nuestros corazones, aun por más que pecadores que seamos en la tierra,
ha de ser siempre fiel hasta más allá del final, en el nuevo reino de los
cielos, porque simplemente no podrá fallarnos jamás.

Por lo tanto, en nuestro Padre Celestial siempre tenemos que confiar, y
de todo corazón, también, sólo por medio de la vida y de la sangre
redentora y sobrenatural de su gran rey Mesías, "El Cordero Escogido
de Dios y de Israel" para el bien eterno de la humanidad entera. Porque
"no existe mayor fe posible", para ángeles en el cielo y para hombres en
el paraíso y en toda la tierra, también, que no sea el Señor Jesucristo.

Y si amamos de verdad a su Cordero Escogido, su Hijo amado, entonces
nos ha de comenzar a amar, como nunca hemos sido amados por nada, ni
por nadie, en esta vida ni en la vida nueva del nuevo reino de Dios y de
su gran rey Mesías, el Hijo de David, el Cristo de la nueva eternidad
venidera.

Además, si realmente estamos en su amor infinito, "entonces hemos de
crecer en la luz más brillante que el sol, la cual nos alumbrara siempre
paso a paso, durante los días de nuestras vidas por la tierra, hasta llegar
a la presencia santa de nuestro Dios y felicidad infinita, en nuestro lugar
eterno, en el reino de los cielos".

Porque es el amor de nuestro Dios hacia su Jesucristo que realmente nos
da vida día a día y por siempre en la eternidad venidera, de la nueva vida
infinita del reino de los cielos. Y es éste amor sobrenatural que nos
ayudara a crecer también, siempre felices hacia nuestro lugar infinito, lo
cual es muy loable y eternamente honrado, por cierto, en el corazón de
nuestro Dios y Padre Celestial.

El Creador del cielo y de la tierra, que está sentado en el trono de su
reino celestial, "esperando", como siempre: de que le rindas glorias y
honras infinitas desde tu corazón bendecido por su Espíritu Santo y por su
Hijo amado hacia Él, hacia su corazón eternamente amante de ti, mi
estimado hermano y mi estimada hermana.

En verdad, nuestro Padre Celestial enamorado de tu alma, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, ha esperado eternidad tras eternidad
para que tú mismo, y no otro, le dé del amor de su corazón humano y de
su alma eterna, también, para Él entonces gozarse, como jamás se haya
gozado en toda su existencia hasta nuestros días, por ejemplo.

Y sólo así entonces gloriarse eternamente en ti, en tu nueva vida
celestial, sentado por amor a tu alma viviente, en su trono santo y delante
de sus ángeles fieles a Él y a la vida perfecta y sumamente gloriosa de su
Hijo, el Señor Jesucristo, que sólo vive por ti, desde el día que se levanto
de los muertos.

AMO A MI DIOS, PORQUE SIEMPRE ME ESCUCHA A PESAR DE
LA DISTANCIA

Por eso, amo al Señor mi Dios, Fundador del cielo y de la tierra, pues ha
escuchado mi voz y mis súplicas, al inclinar su oído y su misericordia
infinita hacia mí y hacia cada uno de los míos, también, en toda la tierra.
Pues mi Dios se ha inclinado hacia cada uno de nosotros, de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, para
bendecirnos mucho más que antes, con su amor eternamente santo y
supremamente glorioso, para bien de nuestros postreros días, no sólo en
la tierra, sino aun mucho más que esto.

Para bien eterno de nuestras almas y de nuestras nuevas vidas en la
tierra eterna, de nuestro nuevo hogar de nuestros primeros pasos, en el
reino de los cielos, para vivir felices en nuestra nueva ciudad celestial e
infinita. Porque Dios ha fundado ésta gran ciudad llena de su espíritu de
amor, para con su Árbol de vida, y cada uno de sus frutos, de todo
hombre, mujer, niño y niña, de todas las naciones de la tierra.

Además, esta nueva ciudad divina e infinitamente llena de la luz del amor
de Dios y de su gracia celestial, hacia cada uno de nosotros en la tierra,
es La Nueva Jerusalén Santa y Eternal de Dios y de su gran rey Mesías,
el Árbol de la vida eterna, el Hijo de David, ¡el Cristo de la eternidad
venidera! En realidad, ésta es la ciudad del cielo, por la cual siempre
acaricio con ilusiones infinitas en su corazón santo, y espero mucho por
ella, hasta nuestros tiempos, por ejemplo.

Ya que, en ésta ciudad eterna sólo existe y florece día a día y por
siempre: "el espíritu del primer amor de Dios" hacia toda su creación y
de cada uno de nosotros, de todos los hombres, mujeres, niños y niñas, de
la humanidad entera. Por lo tanto, el espíritu de esta gran ciudad celestial
e infinita es el amor de Dios, hacia su Árbol de vida y cada uno de sus
frutos, de todos los ángeles y hombres de la humanidad entera, para
servirle a Él en la verdad y en la justicia de su primer amor, hacia la vida
eternal de su Hijo amado.

Además, nosotros hemos de gozar del espíritu de éste "gran amor infinito
de Dios y de su Hijo amado", porque el nombre del espíritu del amor de
Dios vive en nuestros corazones. Y esto es verdad, en cada uno de
nosotros, en toda la tierra, desde el momento que creímos en el Señor
Jesucristo para volver a nacer, no del amor de nuestros progenitores,
sino del primer amor sobrenatural de Dios y de su Árbol de vida eterna,
el Señor Jesucristo.

Porque Dios desea que no sólo los ángeles vivan siempre con sus
corazones llenos del espíritu de éste primer amor infinito entre Él y su
Hijo amado, sino que también desea ver lo mismo en cada hombre, mujer,
niño y niña, de la humanidad entera, sin que ninguno de ellos se quede sin
ésta gran bendición celestial en su vida.

Dado que, ésta es la nueva vida celestial de su nuevo reino infinito de los
cielos, por el cual Dios siempre ha soñado y a trabajado mucho tiempo,
desde los primeros días de la antigüedad, para lograrlo en un día como
hoy, por ejemplo, contigo, mi estimado hermano y mi estimada hermana.
Y esto ha sucedido contigo, en un día como hoy: al recibir a Jesucristo en
tu vida, entonces también has recibido su ciudad celestial, en tu corazón
eterno.

Es decir, en el momento que tú te decides, mi estimado hermano y mi
estimada hermana, por vivir: "sólo por el espíritu del amor eterno de Él y
de su Hijo amado", el Señor Jesucristo, en tu corazón y en tu vida por la
tierra y del más allá, entonces comenzaras a ser feliz, tan feliz como los
ángeles, por ejemplo.

Porque con una vida y un reino, sólo lleno del primer amor de su corazón
consagrado para su Hijo amado, es lo único que mantendrá: la paz, el
gozo y la felicidad infinita de su nuevo reino de los cielos. Es más, en esta
nueva vida celestial, llena del amor del corazón de Dios y de su
Jesucristo, jamás habrá ningún tipo de conflicto, sino sólo amor y sus
muchas bendiciones infinitas para nuestros corazones y para nuestras
almas eternas.

Y esto ha de ser verdad, en cada corazón del hombre y de la mujer de la
tierra, comenzando, desde hoy mismo en tu corazón y en toda tu alma,
también, mi estimado hermano y mi estimada hermana, para que crezcas
siempre en el conocimiento y en "el amor celestial" de nuestro Padre
Celestial, que está en los cielos, por ejemplo.

Por lo tanto, el mandamiento de Dios, en todos los rincones del reino de
los cielos, para con sus ángeles, arcángeles, serafines, querubines y
demás seres santos, ha sido de "amarle a Él" por siempre, en el espíritu
del amor de la verdad y de la justicia infinita de su Árbol de vida eterna,
el Señor Jesucristo.

Porque sólo esto es amor único y del mejor para que sólo Él sea amado
eternamente y para siempre, en la perfecta santidad y sabiduría infinita
del corazón bendito, de su Árbol de vida eterna y de cada una de sus
criaturas, en toda su creación. Porque sólo en su Hijo amado está la vida
para toda la gloria infinita del nuevo reino de los cielos y de cada uno de
sus habitantes de ángeles y hombres, mujeres, niños y niñas, de todas las
familias de las naciones, de la humanidad entera.

Es por eso, que Dios "jamás ha aceptado" ningún otro espíritu de amor
para con Él y para su Ley Santa, que no sea la de su Árbol de vida, el
Señor Jesucristo, en el reino de los cielos, en el paraíso, o en la tierra de
nuestros días, por ejemplo. Y esto ha de seguir siendo verdad para con
todos nosotros, en nuestros corazones, como hoy en día, por ejemplo, y en
la nueva eternidad venidera, de la nueva tierra infinita de su gran ciudad
celestial, La Nueva Jerusalén Santa y Eterna, del más allá.

Es decir, que el amor de Dios hacia su Hijo y cada uno de nosotros, en
nuestros corazones y en nuestras almas, "jamás ha de morir", sino que
ha de crecer por siempre, en los siglos venideros de su nuevo más allá
celestial e infinito de su gran rey Mesías, el Hijo de David para Israel y
para las naciones.

EL QUE AMA LOS MANDATOS DE JESÚS, ES PORQUE AMA A SU
DIOS

Es por eso, que el Señor Jesucristo nos enseñaba Los Mandamientos de
la Ley de Dios y de Moisés, para que los guardemos en nuestros
corazones, para siempre. Porque el que permanece en sus mandamientos
y verdaderamente los guarda en su corazón, entonces ése es quien
realmente ama a su Dios y Creador de su alma viviente, en esta vida y en
la vida venidera, también, en el más allá, en el nuevo reino de los cielos.

Por eso, el que ama la palabra y la Ley, entonces será amado por siempre
por nuestro Padre Celestial, y el Señor Jesucristo lo ha de amar también
con el poder del Espíritu Eterno de Dios, en su corazón para con él o para
con ella, en todos los lugares de la tierra y del reino de los cielos,
también. Y éste es un amor que permanece y jamás deja de ser, en el
corazón del hombre y en el corazón de Dios.

Porque el amor de Dios es para siempre, por lo tanto, el Señor Jesucristo
se ha de manifestar personalmente a todo aquel y a toda aquella, que
realmente ama en su corazón sus mandamientos y los guarda, para entrar
en la vida eterna, desde ya, en cualquier lugar de la tierra, en donde viva,
por ejemplo, en su país.

Puesto que, el que ama la palabra y la Ley, entonces ése es el que ha
nacido de nuevo, no de la carne y sin la letra de la Ley en su corazón, sino
que ha nacido de nuevo del poder del espíritu de fe, de Dios. Y éste poder
del espíritu de fe, de la palabra y de cada letra con su significado eterno,
para la nueva vida del reino de los cielos, en el más allá, es el Señor
Jesucristo, y no ningún ídolo e imagen de piedra, palo, metal, tela o de
cualquier otro material de las manos pecadoras del pagano.

Ya que, el Señor Jesucristo es la palabra de la Ley de Dios en el cielo y
por toda la tierra, también, y ha de seguir siendo por siempre la palabra
de la Ley, en la vida nueva e infinita del nuevo reino de Dios, para los
ángeles y para cada hombre, mujer, niño y niña, de la humanidad entera.
Porque sólo el Señor Jesucristo es "el verbo de Dios" para la invocación
de la salvación perfecta del alma viviente, de todo hombre de la
humanidad entera.

Es por eso, que todo aquel que desee cumplir la Ley en su vida, entonces
tiene que aceptar al Señor Jesucristo en su corazón, como su salvador
personal; de otra manera, no tiene Ley su vida, ni su corazón conocerá
las letras de Dios jamás, en la tierra, ni menos en el paraíso o en el nuevo
reino de Dios. Porque el Señor Jesucristo no sólo es el salvador de
nuestros pecados, pero también es el salvador de la Ley de Dios y de su
palabra viviente, en nuestros corazones y en nuestras nuevas vidas
infinitas, en el cielo.

Por cuanto, todo aquel que "no cumpla la palabra de la Ley de Dios en su
vida", entonces está condenado por ella y por Dios mismo, por haber
transgredido los mandamientos eternos de la vida infinita del reino de los
cielos y de la humanidad entera, también. Y el Señor Jesucristo ha nacido
en la tierra, no porque necesitaba hacerlo para bien de su vida o de su
alma santísima, sino que lo hizo por amor a cada uno de nosotros, de
todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo
entero: "para cumplir la Ley", en nosotros y por nosotros, para siempre.

Es decir, para cumplir la letra de la Ley Divina en cada palabra, cada
letra, cada tilde y su significado eterno de su Ley Viviente, para que
nosotros entonces podamos ver la vida eterna, desde ya, en la tierra y
hasta entrar de lleno, en el nuevo reino de los cielos, en el más allá. De
otra manera, "estábamos condenados a jamás cumplir la Ley", ni mucho
menos ha honrarla, ni ha exaltarla, en nuestras vidas, para siempre.

Es decir, también, que el Señor Jesucristo por amor a la vida, en cada uno
de nosotros, en el paraíso y en toda la tierra, "ha vuelto a nacer" no de
su mismo Espíritu Santísimo, como si lo necesitara hacerlo así para sí
mismo, sino de la carne del hombre, pero sin sus profundas tinieblas o
pecado. Porque esta era la única manera, por la cual, la carne y el espíritu
del hombre podía volver a nacer, en perfecta santificación y justificación
infinita de la misma Ley de Dios y de Moisés, por ejemplo.

Además, Jesucristo ha hecho esta gran verdad y misericordia infinita,
para llegar a ser parte de la vida del hombre y sólo así entonces cumplir
la Ley de Dios, en nuestros mismos corazones y en nuestras mismas
vidas terrenales, para gloria y para honra infinita de nuestro Padre
Celestial, que está en los cielos.

Para que entonces al nosotros creer en Él y en su gran obra redentora de
la humanidad entera, del poder del pecado y de la condena eterna de la
Ley de Dios, entonces podríamos volver a nacer, no de la carne de
nuestros progenitores, sino de la misma Ley, es decir, del Espíritu Santo,
para poder ver la vida eterna.

Y sólo así alejarnos del poder del pecado y de la muerte y, a la vez, entrar
a la vida eterna y al gozo infinito del corazón de Dios y de sus ángeles
gloriosos del reino de los cielos, para nunca más volvernos alejar del
paraíso y de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, como sucedió
con Adán.

DIOS HACE SIEMPRE QUE TODO LE AYUDE PARA BIEN, "AL
QUE LE AMA"

Por lo tanto, sabemos muy bien, por su palabra y por sus muchas
promesas infinitas, de que Dios hace que todas las cosas ayuden para
bien a los que le aman, esto es, a los que son llamados conforme a su
misión, de servirle a Él y a su nombre santo, en el cielo, en la tierra. Y
esto ha de ser verdad con cada uno de sus ángeles, hijos e hijas en su
nueva vida infinita, en la ciudad eterna: La Jerusalén Celestial e Infinita,
del más allá.

Además, esto es de servirle a nuestro Dios día y noche y por siempre, en
la eternidad venidera, en el espíritu de la verdad y de la justicia infinita
de su Hijo amado, su Árbol de vida y de salud eterna, para todo ser
viviente del paraíso y de toda la tierra, también, hoy en día y para
siempre.

Por lo tanto, Dios atiende a los que cuidan su nombre santo en sus
corazones, para no ofenderle en nada, jamás. (Y si le ofendemos, él nos
perdona inmediatamente, por amor a su nombre y a su palabra santa.) Y
éste nombre santo, el cual es un nombre infinito sobre todo nombre en el
cielo y por toda la tierra, también, es el de su gran rey Mesías, ¡el Señor
Jesucristo!

Y Dios desea que no sólo los ángeles guarden en sus corazones "éste
gran nombre del reino de los cielos y de su Jesucristo", sino también toda
la tierra y su humanidad infinita. Porque éste nombre es el comienzo, no
sólo de la sabiduría de Dios, en el corazón de los ángeles, sino también es
el comienzo infinito de su amor hacia su Hijo amado y hacia cada hombre,
mujer, niño y niña, de todas las naciones de la tierra.

Por lo tanto, el nombre del Señor Jesucristo es tan importante para Dios
en el corazón de los hombres y de las mujeres de toda la tierra, como
también lo ha sido así por siempre, para con los ángeles de su gran reino
celestial, en el más allá. Porque la verdad es que también, "cada llamado
al cielo del hombre" está escondido en el nombre del Señor Jesucristo y
no en ningún otro nombre o cosa del cielo o de la tierra, como objetos de
ídolos de piedra o imágenes, de espíritus diabólicos del vaticano, por
ejemplo.

Es decir, que toda tu vida y su gran obra, cualquiera que sea toda ella,
para gloria y para honra infinita de nuestro Dios y Padre Celestial, sólo
se encuentra en tu vida, escondida o guardada de todo peligro del
maligno, sólo en la invocación del nombre del Señor Jesucristo, en lo
profundo de tu mismo corazón.

Por ello, cuando clamas a Él, en su nombre sobrenatural y eternamente
antiguo, entonces salé a la luz: todo lo que has de ser en la tierra y en el
cielo, de igual forma, hoy en día y para siempre, en la eternidad venidera.
Porque el nombre de Jesucristo es Todopoderoso, no tiene principio ni
fin, en el cielo, ni menos en al tierra.

Es por eso, que sin el nombre del Señor Jesucristo en su corazón,
entonces la vida del hombre es incompleta, o el hombre mismo es
incompleto, sino fragmentos sin valor ni dirección alguna en la tierra ni
menos en el más allá, también. Pero Dios ha creado al hombre y a su
vida, para que sean una sola cosa, en el poder sobrenatural del llamado
celestial y de la invocación sobrenatural del nombre del Señor Jesucristo,
y de su nueva vida infinita, en el reino de los cielos.

Porque cuando el corazón del hombre cree en el Señor Jesucristo y en su
gran obra infinita y entonces así lo confiesa con sus labios, al llamar a su
Dios, invocando el nombre de su Hijo amado, entonces "vida cae del cielo
sobre toda su alma viviente". Es decir, que el espíritu del amor eterno de
Dios comienza a descender de su altar santo y desde el trono de la
misericordia y de la gracia infinita de nuestro Padre Celestial, para entrar
y tocar nuestras vidas humanas, para siempre.

Y esto es de tocar nuestras vidas, en muchas maneras, con el fin de
llenarnos día y noche de milagros, de maravillas y de prodigios, que sólo
bendicen y sanan la vida y el corazón de aquel o de aquella que ama a su
Dios y a su salvador eterno, en lo intimo de su corazón, al Señor
Jesucristo.

Es decir, también, de que Dios siempre hace que todas las cosas, aunque
sean las peores de cada momento de la vida del hombre, se vuelvan
bendiciones y milagros sobrenaturales, para bendecir su vida y toda su
tierra, también, a la misma vez. Porque nuestro Dios es un Dios de
milagros y de grandes poderes sobrenaturales, en nuestros corazones y
en nuestros espíritus humanos, en toda tierra y en el cielo, también, hoy
en día y por siempre.

En otras palabras, Dios obra así en nuestras vidas para bendecir la vida
de sus hijos y de sus hijas, de todas las familias de las naciones, para que
sus corazones "le agradezcan más y más" por su gran verdad y por su
gran justicia infinita: amándole a Él siempre, sólo por el nombre bendito
de su Hijo amado, el Señor Jesucristo.

Entonces te vuelvo a decir lo mismo de antes: para Dios no hay mayor
amor del corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la
tierra, "si no es solamente la invocación del nombre del Señor
Jesucristo" de sus propios labios eternos. Porque todo el poder de la vida
del hombre está en la invocación del nombre del Señor Jesucristo, en sus
mismos labios de su boca eterna.

Porque así como los ángeles del cielo invocan el nombre del Señor
Jesucristo día y noche, para gloria y para felicidad eterna de sus
corazones santos, en todos los lugares del reino de los cielos, pues así
también todo hombre, mujer, niño y niña, de todas las familias, naciones,
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, hacen lo mismo.

Es decir, para que no lo han hecho todavía: Entonces cada uno de ustedes
debe de hacer lo mismo por siempre, en la tierra y en su nueva vida
celestial, en su nuevo hogar infinito, en el reino de los cielos. Porque en el
cielo "se canta y se alaba" el nombre de Dios y de su Jesucristo por los
labios de los ángeles y de los hombres, mujeres, niños y niñas, redimidos
por el poder del sacrificio, de la sangre santa del Árbol de vida,
Jesucristo.

PORQUE TODO AQUEL QUE AMA A DIOS, ENTONCES DIOS
MISMO LE CONOCE

En vista de que, si alguien ama de verdad a Dios, con todo su corazón,
con todas sus fuerzas, con todo su espíritu, con toda su vida, entonces
"tal persona es conocida por Él mismo", ya sea en la tierra o en el
paraíso. Porque en el paraíso Adán comenzó amar a su Dios y a su vida
santa y eternal, también, pero le faltaba algo muy importante en su vida,
para verdaderamente amar a su Dios y Creador de su alma y de su vida
celestial.

Y esto era, de que el Señor Jesucristo tenia que entrar en su corazón y en
toda su vida, también, para que de esta manera única, entonces el espíritu
de amor de Dios pudiese comenzar a crecer en él, hacia su Dios, en todos
los lugares del reino de los cielos y del paraíso, también, por ejemplo.

Porque la otra verdad es también, de que si en el corazón de Adán el
nombre del Señor Jesucristo no entraba, entonces tampoco iba a entrar
en su vida ni en toda su alma viviente, también, para amar a su Dios, en
espíritu y en verdad. Y alguien así, que no ame a su Creador, por medio
de su Espíritu de vida, el Señor Jesucristo, sea ángel o hombre, entonces
su vida no era para vivirla en el cielo, sino en otro lugar, como la tierra,
de nuestros días, por ejemplo.

Porque Adán con seguridad amaba a Dios de todo corazón, pero a su
manera, y no a la manera que le agrada al corazón santo de Dios y de su
Espíritu Santo (o como debe de ser en el cielo y en la tierra, también). Y
éste es el amor, el camino de la verdad y de la vida de Jesucristo, el único
Árbol de vida eterna, para los ángeles en el cielo y para los hombres en la
tierra, de nuestros días y de siempre.

Por lo tanto, Adán tenia que comenzarle amar a su Dios, a la manera de
la vida santa, del reino de los cielos, el Árbol de la vida. Y esto no podía
ser posible en Adán en el paraíso, ni en ninguno de los ángeles del cielo,
como en el caso de Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo, porque
no conocían a Jesucristo, ni había comido jamás de su fruto de vida y de
salud eterna.

Por eso, Adán seguía amando a Dios, pero a su manera, y no a la manera
de su Árbol de vida eterna. Es por eso, también, que el SEÑOR le dijo a
Adán: De todos los árboles del Jardín podrás comer y del Árbol de la
vida, también. Pero del fruto del árbol de la ciencia, del bien y del mal,
jamás podrás comer de él.

Dado que, en el día que comas de su fruto prohibido para tu corazón,
entonces has de morir. En otras palabras, lo que Dios le había dicho a
Adán era, de que en el día que comiese del fruto de vida, del Árbol de
vida eterna, entonces su corazón comenzaría a amarle a Él, eternamente
y para siempre.

Pues para esto Dios lo había llamado, "desde el fondo de las profundas
oscuridades", del polvo de la muerte de la tierra, para que vea su luz y
viva en su espíritu de amor y de verdad, eternamente y para siempre,
delante de su presencia santa, en el reino de los cielos y en el paraíso,
también.

Sin embargo, si comía del fruto prohibido del árbol de la ciencia, del bien
y del mal, entonces desde aquel momento en adelante: él y cada uno de
sus descendientes iba no sólo a dejarle de amar, sino que peor que todo
esto aun. En realidad, jamás "iban a conocer su verdadero amor eterno",
para con sus corazones y para con su nueva vida celestial, del nuevo
reino de los cielos, para amar a su Dios y para amar infinitamente a su
Árbol de vida eterna, el Hijo de Dios, en el más allá, para siempre.

Y esto era algo muy peligroso, no sólo para ellos, sino también para toda
la creación, también. Porque un reino de los cielos o un paraíso o una
tierra, como la nuestra, "sin el amor del Señor Jesucristo en sus vidas",
entonces no hay vida. Simplemente la vida no es posible, ni mucho menos
el amor está en su lugar, en el corazón, ni en toda la vida del hombre y de
la mujer, para amar a Dios y a su vida infinita, también, en la tierra o en
el nuevo reino de los cielos, por ejemplo.

Por eso, para amar a Dios, entonces primero "tenemos que amar a su
Jesucristo", su Árbol de vida eterna. Y Dios nos ha dado muchas razones
para amar a su Hijo amado; y su Hijo amado nos ha manifestado muchas
razones, también, para amarle a él y a nuestro Padre Celestial, "en la
verdad y en el espíritu de fe y de justicia infinita", que ha impartido con
cada uno de nosotros, en nuestros millares, en toda la tierra.

Porque si realmente amas al Señor Jesucristo, entonces has de estar
amando, a la misma vez, aquel que vive por los siglos de los siglos, en su
trono de gracia y de misericordia infinita, en el reino de los cielos. Y para
cuando salgamos de la tierra, entonces ha de ser para reencontrarnos con
nuestra vida celestial y paradisíaca, en el más allá, "llena del amor y de
la verdad infinita de Dios y de su Árbol de vida eterna", ¡el Señor
Jesucristo!

EL QUE AMA A SU FAMILIA MÁS QUE A DIOS, ENTONCES NO
ES DIGNO DE CONOCER A JESUCRISTO

Es por eso, que nuestro Señor Jesucristo nos enseñaba siempre,
diciéndonos: Todo aquel que ame a padre o a madre más que a mí,
entonces no es digno de mí. Y el que ama a su hijo o a su hija más que a
mí, entonces tampoco es digno de mí. Y el Señor Jesucristo les hablaba
de ésta manera directa a los hebreos y gentiles de Israel, en aquellos
días, para que entiendan que el espíritu de amor de Dios es supremo
sobre toda vida celestial y humana, para con su Hijo amado, el Señor
Jesucristo.

Porque el espíritu de amor de Dios no puede, ni se debe reemplazar por
un segundo amor; esto jamás debería ser así, delante de nuestro Dios y
Padre Celestial. Porque el amor infinito de nuestro Dios es eterno y no
tiene igual alguno entre los ángeles del cielo y los hombres de la
humanidad entera.

También, el amor de Dios no se puede contaminar, ni menos comparar
con el amor de ninguna otra cosa o ser viviente de la tierra, por ejemplo,
por más amado o por más amada que sea aquella cosa o aquella persona,
en la vida del hombre o de la mujer. Sólo el amor a nuestro Dios y Señor
Jesucristo debe de ser supremo, en nuestros corazones y en nuestras
vidas, de hoy en día y de siempre, en la eternidad venidera, en el nuevo
reino de los cielos.

Porque nadie jamás podrá entrar en la vida eterna del reino de los cielos,
por el amor o por la sangre de algún ser querido de la vida del hombre o
de la mujer de la tierra, como a su padre, madre, hermano o hermana,
primo, prima, amigo o amiga. Y esto es algo imposible, que suceda así;
jamás ha sucedió en el pasado, ni ha de suceder en el futuro, por nadie, ni
por ninguna razón del corazón o de la mente humana del hombre de la
tierra.

Sólo por el amor del Señor Jesucristo hacia nuestro Padre Celestial, en
nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, podrá "realmente
darnos acceso a la vida santa y a la tierra nueva y celestial", libre del mal
del pecado y de su muerte eterna de Lucifer y de sus ángeles caídos, en
el más allá, en el reino de Dios.

Porque en la vida nueva y eternamente santa, del nuevo reino de los
cielos, sólo los que aman a Dios, como los niños o como las niñas, por
ejemplo, con un corazón sano y santo, o más bien como los ángeles del
cielo, también, han de poder heredar la vida eterna del reino de Dios y de
su Hijo amado.

Es por eso, que el Señor Jesucristo comparaba el reino de los cielos,
como a los niños de la tierra, y no tanto como a los ángeles del cielo.
Porque en los niños está el corazón, libre de todo mal y de todo pecado,
como a Dios siempre le ha agradado en su alma sagrada, para vivir su
vida, siempre llena del gozo y de la paz infinita de su Árbol de vida, el
Señor Jesucristo y de su Espíritu, también, con sus huestes de ángeles
eternos, por doquier.

Es por eso, también, que el Señor Jesucristo les decía a las multitudes de
Israel y de las naciones de siempre: si ustedes no son así: "como los
niños" (esos niños que siempre han llevado en sus brazos y de sus
manos), entonces no podrán heredar jamás la vida eterna del reino de los
cielos. Porque el reino de los cielos es igual a la vida de un niño.

Y el Señor Jesucristo les hablaba de esta manera a las gentes de Israel,
porque en los niños y en las niñas "está el corazón que verdaderamente
ama y ama de verdad", con una amor santo, limpio y sobrenatural, a la
vez, que el hombre no lo entiende ni lo conoce, salvo Dios mismo y su
Espíritu Santo.

Y esto sólo sucede en la vida del hombre de toda la tierra, cuando entra
Dios y su Espíritu Santo en el corazón de la vida del hombre, de la mujer,
del niño y de la niña, de todas las familias de la tierra, en el nombre del
Señor Jesucristo, por ejemplo. Es decir, que el alma del hombre vuelve a
nacer, no de su carne humana y pecadora, sino del Espíritu de vida
eterna, el Señor Jesucristo, libre y limpio de todo poder del pecado y de
sus tinieblas eternas.

Por esta razón, mi estimado hermano y mi estimada hermana, si has
pecado mucho en tu vida, por cualquier razón que hayas tenido para
hacerlo así, entonces Dios ha puesto "un camino de escape", para
librarte de la condena eterna de tus pecados, en la muerte infinita del
infierno o del lago de fuego.

Y éste camino, es el camino del amor del Señor Jesucristo hacia nuestro
Dios y Padre Celestial, que está sentado en su trono santo, en los cielos.
Porque sólo el Señor Jesucristo puede hacer que tu corazón vuelva a
nacer, no de la carne de tus antepasados, sino del Espíritu de vida de
Dios y de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo.

Es decir, también, que el nombre del Señor Jesucristo, una vez que ha
entrado en tu corazón, entonces puede hacer que tu corazón vuelva a ser
"como el corazón de un niño o de una niña: para "amar verdaderamente
a tu Dios y a tu nueva vida celestial", en la tierra y en el reino de los
cielos. Dios jamás te avergonzara con un corazón de niño en tu pecho,
sino que te ayudara a ver mucho más allá de todas las cosas de la vida,
en la tierra y en el paraíso, también, siempre.

Y has de amar a tu Dios, como nunca antes, si tan sólo crees en tu
corazón y confiesas el nombre del Señor Jesucristo con tus labios, para
amar, con ese amor sobrenatural que solamente existe en el corazón de
cada niño o de cada niña de Dios y de su reino de los cielos, por ejemplo,
para la eternidad.

Además, Dios no te ha pedido algo que no puedes hacer, en tu corazón y
en toda tu vida, también. Pues si una vez fuiste un niño, y ese corazón que
ama de verdad estuvo vivo en ti, y aun lo está en ti, pero dormido; pues
Dios mismo puede despertarlo y volvértelo a entregar, si tan sólo crees
en su poder y en su autoridad sobrenatural en tu vida, en el nombre
glorioso y sumamente honrado del Señor Jesucristo.

Porque sólo en el nombre del Señor Jesucristo es donde está guardado
ése corazón, que te pertenece sólo a ti, y que por un tiempo de tu niñez
estuvo en ti, pero el tiempo, el pecado de Lucifer con sus tinieblas lo ha
cegado y puesto a dormir. Pero Dios tiene el poder, en el nombre de su
Hijo amado, para volverte a dar de nuevo ése mismo corazón, y no otro,
para que ames a tu Dios y a tu nueva vida infinita, en el espíritu y en la
verdad celestial de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo.

En verdad, hoy en día, Dios no le está pidiendo al hombre, algo que no
pueda hacer en su vida, sino por lo contrario. El hombre y la mujer
pueden volver a amar de verdad y de todo corazón a sus almas eternas y
a su Dios sobre todas las cosas, de sus vidas por la tierra y en el más
allá, como en su nueva vida infinita del reino de los cielos y de su gran
ciudad celestial: La Nueva Jerusalén Santa y Eterna.

DIOS MISMO Y CON SUS MANOS HA DE VOLVER A EDIFICAR A
SION

Porque Dios bendecirá a Sion con paz y con vida infinita y, además,
reedificará sus contornos y ciudades eternas. Sólo habitarán en ella y la
poseerán, como a sus corazones mismos, amantes de toda verdad y de
todo lo que es de Dios y de su Árbol de vida, en el paraíso y en la tierra,
también, su nueva creación con nuevas tierras y nuevos cielos.

Pues los descendientes de sus siervos fieles a su nombre santo la
heredarán, y los que aman, hoy en día por toda la tierra y por siempre
"su Ley Bendita y su nombre salvador de su Hijo amado", el Señor
Jesucristo, en sus corazones. Porque por amor Dios ha creado al hombre
y a su nueva ciudad celestial, en el cielo, para que vivan juntos con Él y
los suyos, para siempre.

Ciertamente para ellos es el cielo; ellos habitarán, en la Nueva Jerusalén
Santa y Infinitamente gloriosa, en sus mansiones eternas, con calles
pavimentadas de oro, mar de cristal y su luz que emana del calor del
corazón amoroso de nuestro Dios y Padre Celestial, hacia su Jesucristo y
sus hijos e hijas de todas las naciones de la tierra.

Verdaderamente, ésta es una ciudad que ya ha sido preparada por el
espíritu del amor de Dios y de su Árbol de vida, para bendecir
grandemente a cada uno de sus fieles, por toda la tierra y aun en el más
allá, también, en el paraíso, por ejemplo; porque sólo de ellos es el amor
de Dios y de su Jesucristo.

Para que ellos habiten en Sion, los que han creído en sus corazones y
confesado con sus labios, de que "el Señor Jesucristo es el Hijo amado
de Dios": ¡el Santo de Israel y de las familias de las naciones del mundo
entero, que aman a Dios de todo corazón, hoy en día y como siempre, en
la eternidad venidera!

Por lo tanto, la nueva vida con su ciudad celestial es de cada uno de
nosotros, en todas las naciones de toda la humanidad entera, mi estimado
hermano y mi estimada hermana. Porque tenemos "un corazón hecho en
el cielo y con las manos de Dios", en donde el Señor Jesucristo habita en
su nombre sobrenatural, para honrar y para amar a nuestro Dios y
Creador de nuestras vidas, en la tierra y en el más allá, para miles de
siglos venideros, en la nueva eternidad de Dios y de su Jesucristo.

En verdad, esta nueva tierra con nuevos cielos nos ama infinitamente,
porque hemos amado a Dios, por medio de su fruto de vida y de salud
eterna, el Señor Jesucristo. Por ello, esta tierra eterna nos añora día y
noche, deseando siempre que ya estemos en ella viviendo: la vida eterna
con nuestro Dios y Padre Celestial, al lado de nuestro Árbol de vida, el
Señor Jesucristo.

Y porque Dios ama esta nueva ciudad celestial y eternal, entonces ha de
redimir a todos sus hijos y a todas sus hijas de todas las naciones de la
tierra, para que entren y vivan en ella, siempre felices en sus corazones,
de haber llegado a conocer a su Dios y único Creador: de sus vidas
eternas, ¡el Todopoderoso!

Porque la verdad es que no existe mayor gozo posible, para el corazón del
hombre pecador y para el corazón de la mujer pecadora de toda la tierra,
de haber llegado por fin a "la luz y al entendimiento infinito del nombre
sobrenatural de su salvador eterno", el Señor Jesucristo, el único
salvador posible de nuestras almas vivientes.

En la medida en que, ésta es la única vida por la cual Dios ha formado al
hombre y a sus descendientes del fondo de la tierra, para que sean
hechos libres de las profundas tinieblas de sus más terribles enemigos de
sus vidas y de sus almas eternas, Lucifer y sus ángeles caídos del cielo,
por ejemplo.

Porque, cuando la luz de Cristo Jesús ingrese en los corazones de todos
los pecadores y de todas las pecadoras de las naciones de la tierra,
entonces "las tinieblas dejaran de ser y la tierra de nuestros días y de
nuestros nacimientos, terrenales y celestiales, ha de brillar con su luz
infinita", la cual no se apagara jamás, por ningún mal.

Y esta es la luz de nuestro redentor, en nuestros corazones, alumbrando
eternamente y para siempre nuestros pasos hacia la inmensidad, para por
fin recibir a la nueva eternidad venidera, con gran gozo y con gran
felicidad de Dios y de su Hijo amado, para jamás volvernos a separar,
para siempre, por ningún pecado ni por ninguna tiniebla del enemigo.

Pues habremos encontrado por fin la felicidad y el gozo celestial del
nombre sagrado de nuestro Dios y Padre Celestial, que nuestros
corazones siempre han buscado, a través de los tiempos, desde el día que
nacimos en la tierra, hasta nuestros días, por ejemplo. Y ellos jamás la
encontraron, en sus corazones y en sus vidas, hasta que alzaron sus ojos
al cielo para ver a Jesucristo, el único salvador de todos los tiempos.

Realmente, el corazón de niño o de niña que estaba en nuestros pechos y
escondido en nuestro corazón de hoy en día, "ha de despertar por el
poder del espíritu de Dios y del nombre Jesucristo", para seguir amando
(libremente de todo pecado y de toda maldad), a nuestro Dios y a su
Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!

Por esta razón, todo aquel que permanece en los mandamientos del Señor
Jesucristo, entonces ése corazón ha de amar a su Dios y Creador de su
vida, en la tierra y en el cielo, también, para siempre. Y por cuanto ha
amado a su Dios, entonces el Señor Jesucristo se manifestara
diariamente a su vida, para que conozca la salvación de Dios, para su
alma eterna, sólo posible en creer en Él y en confesar su nombre
sobrenatural con sus labios, para destruir cada una de las tinieblas del
pecado de su vida, eternamente y para siempre.

Además, Dios hará que su corazón conozca su salvación perfecta de su
alma viviente, por cuanto ha sabido amar a su Dios, sólo por medio de su
fruto de vida eterna, su Hijo amado, el Señor Jesucristo, el único Árbol de
vida infinita del paraíso. Por lo tanto, sabemos también de que todas las
cosas en la vida del hombre, por más terribles que sean, "nuestro Dios
mismo las convierte en bendición y en poder para glorificar su nombre
santo", mucho más que antes en su corazón, en la tierra y en el cielo, de
igual manera, para siempre.

Por cuanto, no hay nada que venga a la vida del hombre que ama a su
Dios y Creador de su vida, por medio de la vida y de la sangre de su Hijo,
el Señor Jesucristo, para convertirlas una y otra vez: en milagros, en
maravillas y en prodigios de bendiciones terrenales y celestiales, para
edificar su vida cotidianamente.

Porque la vida de todo hombre, mujer, niño y niña, de todas las familias
de la tierra, está destinada por Dios mismo para creer en Él, solamente
por el espíritu de amor de su Hijo, el Cristo de Israel y de la humanidad
entera, hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera, del nuevo
reino de los cielos.

Es por eso, que todo lo que entré en la vida del hombre, sea para bien o
sea para mal, Dios los ha de convertir a cada una de ellas, en grandes
bendiciones, de milagros sobrenaturales y colosales, aun mayores que el
mismo universo, de nuestros tiempos, por ejemplo, porque el amor de
nuestro Dios es mayor que el mismo infinito.

Y Dios nos ha de bendecir con su amor eterno y de esta manera única:
Con el fin de enriquecer la vida del hombre y de la mujer, también, por
siempre. Y sólo así entonces honrar su nombre bendito, en su corazón y
en toda su alma viviente, en la tierra y en el cielo, también, para miles de
siglos venideros en la nueva eternidad, de Dios y de su gran rey Mesías,
¡el Señor Jesucristo!

Porque la verdad es que hoy en día y como siempre, ha sido así, a través
de la vida de la tierra, hasta nuestros tiempos, por ejemplo: El que ama a
Dios, entonces él o ella es conocido por Dios mismo y personalmente,
también, en la tierra y en el cielo, para siempre. Y Dios lo llama a él o a
ella por su propio nombre, delante de sus ángeles del cielo.

Porque si amas a tu Dios y Creador de tu vida, durante los días de tu vida
por la tierra, por ejemplo, pues entonces también le has de amar de igual
forma y hasta mucho más que antes, en tu corazón y en tu nueva vida
celestial, en el nuevo reino de los cielos, en el más allá. Porque el amor
de Dios, que está en tu corazón por Jesucristo, es para la eternidad; y lo
has de seguir sintiendo en tu corazón y en toda tu alma siempre, en tu
nueva vida infinita, en el reino de Dios.

Y por cuanto ha puesto su corazón para amar a su Dios y Formador de su
vida, en la tierra y en el nuevo reino de los cielos, entonces Dios mismo lo
ha de poner en todo lo alto de su vida por la tierra y en el cielo, también.
Para que los ángeles vean que aquel hombre o aquella mujer ama a su
Dios, en el espíritu y en la verdad de su Árbol de vida eterna.

Además, esto ha de ser así con aquel hombre o con aquella mujer, en la
tierra y en el cielo, porque verdaderamente su corazón ha conocido su
nombre santísimo y, a la vez, le ha invocado con gran confianza con su
boca, para honrarlo y para exaltarlo. Como los ángeles del reino, por
ejemplo, lo han hecho por siempre a través de los siglos, para gloria y
para honra infinita de su alma santísima, en toda su creación, para
siempre.

DIOS HA PREPARADO GLORIAS Y ÁNGELES PARA LA VIDA DE
AQUEL QUE LE AME

Es por eso, que escrito esta en su libro eterno, en el cielo, por el dedo de
Dios: ojo que no vio, ni la mente de los ángeles ha llegado a descifrar
jamás, ni aun hasta nuestros tiempos: las cosas bellas y gloriosas que
Dios ha preparado para cada uno de sus hijos y de sus hijas de toda la
tierra. Porque todas las bendiciones y milagros de Dios son para los que
le aman a Él, por medio de la invocación divina y sobrenatural de sus
labios, en el nombre del Señor Jesucristo.

Y esto es de todos los hombres, mujeres, niños y niñas, de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos, de los que han creído en
Él, por medio de su Jesucristo y, a la vez, le han invocado diariamente
con gran confianza de sus almas vivientes, para honrarle y para exaltarle,
en sus vidas por la tierra.

Pues ellos por su amor a Dios y a su Jesucristo heredaran Sion, y
habitaran en ella por siempre. Y su reino no tendrá fin, porque es el gran
rey Mesías que ha de estar sentado en su trono de gran gloria y de gran
honra infinita, no sólo en los corazones de los hombres, mujeres, niños y
niñas de la tierra, sino también en toda la tierra y en el reino de los cielos,
también, para siempre.

Pues como "está escrito por el dedo de Dios", en el libro eterno del reino
de los cielos: Ojo que no vio ni mente humana o angelical jamás ha
descifrado: todo lo que Dios tiene preparado para los que le aman a Él,
en el espíritu y en la verdad infinita de su gran Árbol de vida eterna, ¡el
Señor Jesucristo!

Entonces si nosotros amamos a los nuestros y hasta extraños, también,
es porque Dios nos amo primero, aun cuando totalmente éramos extraños
para él y perdidos entre las tinieblas del mal eterno, del corazón
confundido de Lucifer, en el paraíso y en toda la creación, también, por
culpa del pecado de Adán y de Eva, por ejemplo.

Por lo tanto, nosotros amamos, o antes bien, hemos aprendido amar,
porque Dios nos amo primero, en la vida santa y sumamente honrada del
reino de los cielos, en la antigüedad (y hoy en día también). Porque quien
primero nos ha amado a cada uno de nosotros, en el cielo y en la tierra,
ha sido nuestro Dios y Padre Celestial, ¡el Todopoderoso de Israel y de
las naciones del mundo entero!

En verdad, Dios nos amo primero ante que a sus ángeles santos, no por
medio de ángeles u objetos de piedra, de tela, de madera, de metal o de
cualquiera de las cosas que se suelen encontrar en la tierra y hasta en
planetas retirados, sino sólo por medio de la vida eternamente santa de
su Hijo, ¡el Señor Jesucristo!

Es por eso, que el hombre de fe, como la mujer de fe, también, ama a
Dios como los ángeles antiguos del reino de los cielos, por ejemplo, desde
los días de la antigüedad y hasta nuestros días. Y esto es amor infinito,
del antiguo, del muy bueno y único, también, es decir, aman a Dios de
todo corazón y con toda la mente, con todas las fuerzas y con todas las
vidas, terrenales y celestiales, también, hoy en día y por siempre, en la
eternidad.

Porque nuestro Dios es digno de mucho amor y de mucha gloria de
nuestros corazones, en la tierra y en el cielo, también, hoy en día y por
siempre, en la eternidad venidera, del nuevo más allá de Dios y de su
gran rey Mesías, el Hijo de David, ¡el Cristo de Israel y de la humanidad
entera!

Realmente amamos a nuestro Dios y Padre Celestial, porque ha oído
nuestros ruegos, nuestras oraciones y nuestras suplicas, por su amor, por
su gracia y por su misericordia infinita, de su corazón santo y de su alma
eternamente glorificada, en la vida, de su Árbol de vida eterna, su
unigénito, el Señor Jesucristo.

Y porque Él nos ama, como siempre, como a su misma vida santísima,
como a la misma vida gloriosa y eternamente honrada de su Hijo amado,
el Señor Jesucristo: entonces nosotros también le hemos de amar, hoy en
día y para siempre, en su nueva vida celestial e infinita, del nuevo reino
de los cielos, en el más allá.

El amor (Espíritu Santo de vida) de nuestro Padre Celestial y de su
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre
del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te
adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu
nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también,
para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Señor
Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA
DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad
de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida de acuerdo, a la voluntad
perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene
un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar
quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al
fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus
inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas
ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la ley viviente
de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el
día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en
verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y
los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus
huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los
tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de
Dios su ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera,
por todas las huestes de sus santos ángeles. Y tú con los tuyos, mi
estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y
exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría
de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío,
cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial
con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino santo de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón,
para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el
cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la
antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna
semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las
aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto,
porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de
los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación
de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones
a los que me aman y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de
Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en
vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día
será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú,
ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero
que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos,
la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día.
Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da".

SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni
su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo".


Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males
en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también.
Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en
la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser
libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú
tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los
cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir
destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo
estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por
toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del
Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu
nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea
hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan
nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como
también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la
gloria por todos los siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es
POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO
LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste
MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día
por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea
tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿
QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO
SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo
que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por
mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi
corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva
maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en
El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros
cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la
suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos
que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te
recomienden leer y te ayuden a entender mas de Jesús y su palabra
sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en
diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces
visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros
está a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las
verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te
goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén
día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra,
desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas
nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te
aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios,
Jerusalén". Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya
paz en ti, siempre Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro
Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a
toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira,
alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es,
de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con
su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de
Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la
eternidad.

http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?
playertype=wm%20%20///


http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx


http://radioalerta.com

0 new messages