La izquierda mexicana está lejos de las europeas. También de la
brasileña o chilena, si los ejemplos de países desarrollados molestan.
No me refiero al hecho de que el PRD, el principal partido que puede
reclamarse parte de esa geometría política, no haya logrado definir
quién lo gobierne tras una elección desaseada, que los puede llevar a
una ruptura y que les puede costar mucho en la siguiente elección
federal. Tampoco me refiero a que el otro partido de izquierda que se
fue a elecciones internas, Alternativa Socialdemócrata, también haya
terminado en un conflicto postelectoral del que aparentemente acaban
de salir.
A lo que me refiero es a la incapacidad de la izquierda de moverse del
abstracto universo de los fines al pragmático mundo de los medios. Si
bien no es fácil definir qué es izquierda, en principio se trata de
anteponer la justicia social, la equidad, los derechos para todos, la
protección del ambiente sobre otros principios como el derecho de
propiedad, la libertad individual, sobre todo la ligada al mercado,
los valores tradicionales o la autoridad, principios asociados con
quienes se asumen de derecha.
Sin embargo, para ser de izquierda no basta con pregonar fines, sino
definir cuál es el mejor medio para alcanzarlos. Por ello, una
izquierda exitosa es pragmática. Claros ejemplos son la chilena o la
española, que decidieron hacer todo lo posible para crecer, aun cuando
esto implicara privatizar algunos activos. Sin crecimiento no es
posible alcanzar la justicia social. El reto es diseñar los mecanismos
para distribuir mejor los recursos, a través de un Estado fuerte y
eficiente al mismo tiempo.
No se logra la justicia social con empresas gubernamentales que
pierden dinero, como Luz y Fuerza o nuestras refinerías. Sí se logra
con empresas privadas capaces de crear riqueza y con una política
tributaria y de gasto procrecimiento y progresiva, es decir, a favor
de los que menos tienen. Suecia tiene un Impuesto Sobre la Renta que
grava fuertemente a las personas, pero relativamente poco a las
empresas. Tiene también un IVA generalizado altamente recaudador. Los
que más consumen son siempre los que más tienen.
Nuestra izquierda está en otro momento histórico en muchos ámbitos.
Esto ha sido evidente en la defensa de nuestro modelo de industria
petrolera, caduco e ineficiente. Incluso si la reforma propuesta por
el Presidente saliera sin cambios, algo que ya no pasó, tendríamos la
regulación en la materia más cerrada del mundo. Si esta original
cerrazón hubiera dado grandes frutos se podría defender. Sin embargo,
en todos los datos que conozco Pemex no se compara adecuadamente. Los
críticos de la reforma han utilizado adjetivos para criticarla, pero
no han mostrado las virtudes del actual modelo como el mejor medio
para maximizar la renta petrolera.
Hoy defender el estatismo y al sindicalismo de Pemex es ser
conservador. Si sus trabajadores tienen ingresos, pensiones y
condiciones de trabajo muy superiores a los del resto de los
mexicanos, si sus contratistas cobran mucho por malos servicios, si
gasta mal su enorme presupuesto de inversión, ahí se está quedando una
parte de la renta petrolera.
Si queremos movernos hacía un país con mayor justicia social tenemos
que repensar cómo opera nuestra burocracia. Esto pasa por redefinir
los acuerdos sindicales vigentes. Que no se pueda despedir a un
trabajador que no cumpla con su tarea es atentar contra el derecho de
los ciudadanos que no reciben educación o servicios de salud de
calidad.
Ser de izquierda hoy es buscar un Estado eficiente, dejando a los
privados hacer todo lo que sepan hacer, aunque regulando con fuerza
para evitar las prácticas no competitivas y dotando de derechos
amplios a los consumidores. Esta combinación de Estado fuerte, y
concentrado en ciertos temas, y empresa pujante, y diversificada, es
el mejor medio para alcanzar los fines que la izquierda dice
perseguir.
Se entiende la capacidad de hacer ruido con la retórica nacionalista
antirreforma de López Obrador y sus aliados. El modelo económico de
apertura y privatización iniciado por Salinas no dio lo que prometió.
Ni siquiera fue capaz de evitar una crisis macroeconómica, rubro en el
que supuestamente eran expertos. Sin embargo, hay que ver cómo los
países gobernados por la izquierda moderna buscan tener empresas
privadas fuertes, pero bien reguladas, y gobiernos concentrados en las
actividades redistributivas por excelencia, como son la provisión de
salud y educación de calidad. Cambiemos lo que no haya funcionado de
las reformas anteriores, pero tengamos claro que la solución estatista
y cerrada no funciona, basta ver la experiencia de otros países.
Nuestra izquierda difícilmente va a cambiar mientras esté dominada por
políticos provenientes del PRI de la época de Echeverría que todavía
creen que su antiguo patrón era de izquierda (y que esa supuesta
izquierda es adecuada para el mundo en que vivimos), y en antiguos
líderes sociales cómodamente transformados en jefes de clientelas de
todos tipos. Se requiere una nueva generación de líderes de izquierda
que aprendan de lo que han hecho en otros países las izquierdas
exitosas, porque a México no le conviene vivir sin una izquierda
pragmática.