Google Groups no longer supports new Usenet posts or subscriptions. Historical content remains viewable.
Dismiss

(IVÁN): NUESTRO JESUCRISTO ES NUESTRA ÚNICA ESPERANZA VIVA DEL CIELO

0 views
Skip to first unread message

valarezo

unread,
Jun 24, 2008, 7:21:17 AM6/24/08
to

Sábado, 21 de junio, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica


(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)


NUESTRO JESUCRISTO ES NUESTRA ÚNICA ESPERANZA VIVA DEL CIELO:

En el cielo no tenemos a nadie más que a nuestro Salvador Jesucristo
que hable religiosamente a favor de nosotros delante de nuestro Padre
Celestial; es más, Jesucristo no sólo es nuestro templo de oración,
sino que también «es el sumo sacerdote con su misma sangre expiatoria
para abogar por nosotros, en todo momento de nuestras vidas ante el
trono celestial». Es por eso que estamos llamados por nuestro Padre
Celestial oficialmente, como Adán y Eva en el paraíso fueron llamados
inicialmente por él mismo, ha recibir a nuestro Señor Jesucristo en
nuestros corazones como “el Pan del cielo”, para que jamás tengamos
hambre ni menos nos falte ningún bien del cielo en todos los lugares
de la tierra.

Bendito sea nuestro Creador y su Espíritu Santo, quien según su grande
misericordia nos creo en sus manos santas «para hacernos volver a
nacer, para una esperanza viva, y solamente por medio de la
resurrección de nuestro Salvador Jesucristo de entre los muertos»;
para una herencia gloriosa, perfecta, inmaculada e imperecedera,
guardada en los cielos y entre sus ángeles fieles. Porque ésta es la
única manera por la cual cada uno de nosotros puede nacer a la vida
celestial e infinita de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo
en el reino de los cielos, «llena de bendiciones, milagros, maravillas
y de prodigios increíbles y más aun cuando vivimos, milagrosamente, en
nuestras vidas normales en toda la tierra».

En la medida en que, en la tierra hemos nacido inicialmente en el
espíritu de la palabra de mentira de Satanás y de la serpiente
antigua, las cuales fueron recibidas en sus corazones por nuestros
antepasados, «para hacernos nacer desdichadamente para las tinieblas
del más allá», en vez de nacer para la luz del nuevo reino de Dios,
por ejemplo. Es decir, que cada día que despertamos en nuestras
mañanas en toda la tierra, realmente «estamos despertando a la vida de
mentira de Adán y Eva para seguir pecando involuntariamente o
voluntariamente en contra de Dios y de su fruto de vida y de salud
eterna», ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Y es esto que lastima el corazón de Dios y de su Espíritu Santo, «al
vernos hundidos y atrapados en el espíritu de error de Satanás y de la
serpiente antigua, para seguir sufriendo y muriendo día a día y como
siempre, por ejemplo, y sin el Pan del cielo en nuestras vidas». Y
nuestro Dios no quiere vernos sufrir ni menos morir, «sino vivir
infinitamente de ahora en adelante, creyendo únicamente en él, como
nuestro Padre Eterno, y en el amor de su Jesucristo, como nuestro
Salvador celestial». Además, Satanás ataca a cada hombre, mujer, niño
y niña de la humanidad entera, como ataco inicialmente a Adán y a Eva
en el paraíso, para que crean a sus mentiras destructoras y mortales
en la tierra y en el más allá, también, «para que no vivan más para
creer en nuestro Señor Jesucristo jamás», ¡como el Pan del cielo!

Ahora, Satanás ataca al hombre día y noche, ya sea en el paraíso o en
la tierra de nuestros tiempos, por ejemplo, «porque sabe él muy bien
que no somos de este mundo, sino del nuevo mundo celestial, como de La
Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo»; es más, esta ciudad
paradisíaca nació por nosotros, «para sólo vivir felices
infinitamente». Es por eso que nuestro Señor Jesucristo les enseñaba a
sus apóstoles y discípulos, de que ellos no eran de este mundo, como
él mismo no es de este mundo; porque el que nace de la palabra de
verdad de la Ley viviente, «entonces es del mundo de arriba, para sólo
conocer la vida eterna y su gloria imperecedera». Y nuestro Señor
Jesucristo nos ha dado su gloria para que permanezcamos en él, y él en
nuestro Padre Celestial, para que de esta forma seamos uno para
siempre.

Porque «el Espíritu de Los Diez Mandamientos no es de éste mundo
pecador» y lleno de las tinieblas del corazón malvado del pecador y de
la pecadora, «sino de arriba, como del reino de los cielos, el paraíso
y La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del más allá», por ejemplo. Es
por eso que nuestro Dios desea día y noche que volvamos a nacer no de
la ley de la carne de pecado de Adán en la tierra para que no muramos,
«sino de la Ley viviente de la carne y de la sangre expiatoria y
cumplidora del Espíritu de Los Diez Mandamientos del reino celestial
para vida» ¡nuestro Señor Jesucristo!

Entonces «tenemos que volver a nacer del Espíritu de nuestro SEÑOR y
de su Hijo unigénito, cuanto antes mejor», para entrar a la vida
eterna; y esta nueva vida celestial, llena de Dios y de su Jesucristo,
«la podemos muy bien comenzar a vivir desde ya, llena de milagros y de
maravillas gloriosas para edificar y bendecir nuestras vidas cada
día». Y «sólo así escapar los males terribles de las profundas
tinieblas del corazón malvado de Satanás, el cual recibimos por inicio
en nuestras vidas por la sangre pecadora de Adán y Eva» y, por tanto,
conlleva muchas maldiciones y enfermedades terribles del más allá,
para robarnos de nuestra felicidad y de nuestras diarias bendiciones
de vida y de salud también.

Por ello, todo aquel que cree en el Señor Jesucristo y confiesa su
nombre santo con sus labios, entonces nuestro Padre Celestial, con los
poderes y autoridades sobrenaturales de su Espíritu Santo, «lo ha
hecho volver a nacer milagrosamente, para que ya no sea hijo e hija
del primer hombre del paraíso, Adán, sino hijo e hija del Altísimo»,
¡el Todopoderoso! Porque el hombre y así también la mujer fue creada
en las manos perfectas de Dios, para que sean hechos sus hijos
legítimos, «pero solamente en el poder sobrenatural del Espíritu
santísimo de la sangre viviente y expiatoria de su Hijo amado»,
¡nuestro Salvador Jesucristo!

Y sin ésta sangre expiatoria y todopoderosa de nuestro Salvador
Jesucristo, entonces nadie podrá jamás ser hecho hijo ni hija de Dios,
en esta vida ni en la venidera; es por eso que «sólo el Señor
Jesucristo es nuestra única esperanza viva en la tierra y en el
paraíso también, para una vida mejor y siempre creciente hacia la
nueva eternidad celestial». Porque todos somos hijos e hijas de Dios y
de su Espíritu Santo, en un momento de fe y de oración, en cualquier
lugar de toda la tierra, «sí tan sólo creemos en nuestros corazones y
confesamos su palabra de verdad infinita del cielo y de la tierra»,
¡nuestro Señor Jesucristo!

(Desde que, “sólo nuestro Señor Jesucristo es el verbo de Dios” en el
corazón de los ángeles del cielo y así también en el corazón de la
humanidad entera. Y esto es verdad hoy en día y como en la antigüedad
desde Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo, y así también en cada
hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de las naciones de la
tierra, eternamente y para siempre. Porque todos los que se niegan a
creer en el Señor Jesucristo viven en la maldición (es decir, no hay
bendición posible en ellos); sin embargo, los que cree en Jesucristo,
como el unigénito, pues también creen al que lo envió al mundo,
nuestro Padre Celestial, por tanto, viven seguros en el camino de
milagros, maravillas y de bendiciones sin fin.)

Por ende, sólo nuestro Señor Jesucristo es la palabra de verdad de
Dios y de su Espíritu Santo en los corazones de los ángeles y así
también en nuestros corazones humanos, para que creer y hablar con él,
en todo momento de nuestras vidas, a través de la oración; y «sin
Jesucristo en nuestros corazones somos tan mentirosos, como Satanás».
Es decir, también que sólo nuestro Señor Jesucristo es la palabra de
verdad de nuestros corazones, de nuestros cuerpos y almas infinitas,
en esta vida y en la venidera de igual modo, eternamente y para
siempre; y «sólo Satanás es nuestro enemigo principal siempre presente
en cada mentiroso, infame, malvado, cruel, falso, blasfemador pecador
y pecadora de toda la tierra».

Entonces sólo nuestro Señor Jesucristo debería vivir en nuestros
corazones, como nuestra esperanza perfecta para una vida mejor ya en
la tierra y en La Nueva Jerusalén Celestial e Infinita del más allá,
para complacer cada día de nuestras vidas cada palabra de verdad y de
justicia inmortal del corazón de nuestro Padre Celestial y de su
Espíritu Santo. Y sólo así podríamos comenzar a despertar en cada uno
de nuestras mañanas hacia la nueva vida del cielo, llena de
bendiciones de nuestro Creador y de sus ángeles, «para que sus poderes
sobrenaturales actúen automáticamente en nuestros corazones, en
nuestras almas, cuerpos y espíritus humanos, de la misma manera como
actúan en los corazones de los ángeles fieles, por ejemplo».

Porque todo hombre y así también toda mujer fue creada milagrosamente
en las manos de Dios para vivir siempre feliz de milagro en milagro, y
de maravilla en maravilla, en esta vida y en la nueva vida inmortal;
es decir, que hemos sido creados para vivir en el mundo sobrenatural
de Dios siempre, «pero únicamente llenos con la esperanza viva de
Jesucristo». Porque «todos nuestros milagros santos del cielo están
guardados para cada uno de nosotros», desde los primeros días de vida
de Adán en el paraíso, «en el fruto del Árbol de la vida eterna»,
¡nuestro Señor Jesucristo!; y «fuera de nuestro Señor Jesucristo no
hay milagros ni maravillas alguna, para ninguno de nosotros». Es por
eso que se ven a muchas gentes sufrir males terribles en todo el
mundo, porque no conoce al Señor Jesucristo ni a quien lo envió al
mundo, nuestro Padre Celestial, dueño del cielo y la tierra.

Es por eso que debemos vivir ya con la esperanza viva del Señor
Jesucristo en nuestros corazones, para caminar siempre por su camino
milagroso de vida y de salud infinita para cada uno de nosotros, de
todas las familias de las naciones de la tierra, comenzando con
Israel, por ejemplo, «de acuerdo a la Escritura y a los profetas de la
antigüedad». Y «así ya no tengamos que sufrir los males terribles de
la palabra de mentira que Adán y Eva creyeron en sus corazones, para
que nuestros días por la tierra sólo sean de pecado», para sufrir
continuamente los males del más allá desdichadamente, y más no vivir
jamás las bendiciones del paraíso, para mal de nuestras vidas y
muertes terribles del infierno.

En otras palabras, cada uno de nosotros nace ciego en la tierra por
culpa de Adán, para que jamás vea a Jesucristo como su único fruto de
vida y de felicidad de su corazón perpetuo; es por eso que nacemos
cada día para morir, «pero con Jesucristo no es así, sino que
renacemos para vivir y gozar la vida infinitamente». Porque son las
palabras de mentira que Adán le creyó a su esposa Eva de parte de
Satanás, las cuales nos están haciendo daño día y noche y sin cesar en
todos los lugares de la tierra, «para hundirnos cada vez más en las
profundas tinieblas de maldad y de destrucción infinita de nuestras
almas vivientes, por ejemplo».

Y sólo la palabra de verdad del Señor Jesucristo, el fruto de la vida
del cielo, nos puede ayudar hoy día a escapar estos males terribles y
destructores de nuestros corazones y de nuestras almas infinitas, para
ya no sufrir más y morir como nuestros antepasados, por ejemplo, sino
vivir sólo para Dios y para su esperanza viva su Hijo unigénito.
Porque esa es la felicidad eterna de nuestros corazones hoy en día,
como en la antigüedad con a Adán y los ángeles del paraíso antes del
pecado, vivir cada día para sólo obedecer a su fruto de vida, la
esperanza viva de Jesucristo, para que todo nos valla bien siempre en
todos los días de nuestras vidas, en donde sea que estemos.

Puesto que, nuestro Señor Jesucristo no sólo nos vino a dar de su
palabra de verdad y de su nombre santísimo, lleno de poderes y
prodigios infinitos de la tierra y del cielo para sanarnos de muchos
males y darnos vida y salvación sin limites, sino también «para
entregarnos el nuevo reino de los cielos de La Nueva Jerusalén
Celestial». Si, así es; nuestro Señor Jesucristo nos entrega su
gloria, para que seamos en él, así como él es el SEÑOR, y sólo
entonces seamos una sola cosa en la tierra y en el cielo, para
siempre. Es más, fuimos creados en el principio en las manos de Dios y
de su Espíritu Santo, cada uno de nosotros, de todas las familias de
las naciones, para vivir la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén
Celestial, «con el fin de conocer todo lo bueno de nuestro Dios
asimismo como su Hijo unigénito le conoce por dentro y por fuera».

(Entonces ésta es nuestra esperanza viva y siempre creciente en
nuestro Señor Jesucristo, para cada uno de nosotros, en nuestros
millares de todas las naciones, en renacer para la vida eterna, “en
donde el Espíritu de Los Diez Mandamientos es totalmente honrado y
cumplido en todos sus contornos”, ¡gracias a Dios y a su Jesucristo,
eternamente y para siempre! Es decir que sin nuestro Señor Jesucristo
viviendo en nuestros corazones, entonces ya no hay esperanza alguna
para nosotros, ni menos para nuestro Padre Celestial ni para su
Espíritu Santo en el paraíso ni en la tierra ni menos en la eternidad,
para bendecir nuestras vidas con las maravillas y los milagros del
Espíritu de la Ley cumplida únicamente en Jesucristo.)

Ya que, a nuestro Padre Celestial le ha placido en su corazón
santísimo darnos el reino de los cielos, lleno de la vida santa de su
Hijo unigénito y de su Espíritu Santo y de la gloria infinita de cada
uno de sus ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres
santos del cielo, «para que únicamente vivamos eternamente felices con
Él». En verdad, por la voluntad infinita de nuestro Padre Celestial y
de su Espíritu Santo, ninguno de nosotros debió ser infeliz jamás en
esta vida ni en la venidera tampoco, «sino solamente feliz en el
Espíritu de la esperanza salvadora de su Hijo Mesías, nuestro Salvador
Jesucristo, para por siempre conocer las riquezas celestiales de la
tierra y del cielo».

En la medida en que, nuestro Padre Celestial nos bendijo grandemente
en los lugares celestes del cielo, «en donde nacimos por la voluntad
perfecta de la palabra de verdad y de la justicia infinita de su
corazón santísimo», para que seamos de aquí en adelante creación
perfecta de sus manos santas y sólo en la fe, de su Jesucristo para
siempre. En otras palabras, podemos perfectamente decir «que nuestro
Dios sólo podrá terminar su obra santa, la cual comenzó en cada uno de
nosotros en el reino de los cielos y con mucho amor en sus manos
honradas, para que seamos copia exacta de su imagen y de su semejanza
celestial en su unigénito, para empezar a vivir la vida eterna desde
ya».

Porque para esto Dios saca a Israel del cautiverio Egipto, para que
sean llevados por su Jesucristo, su Ángel Primordial, el Árbol de la
vida, ardiendo en fuego en la esperanza salvadora, por el camino de la
verdad a la nueva tierra prometida de La Nueva Jerusalén Celestial,
«en donde todos vivirán infinitamente felices con el Fundador de sus
almas eternas». Y desde que el Señor Jesucristo libera a los hebreos
del cautiverio eterno de Egipto con poderes sobrenaturales, «entonces
eran verdaderamente libres de las maldades de Satanás»; pero,
desdichadamente, sus corazones jamás abandonaron a Egipto y sus muchos
pecados de gran crueldad, «porque deseaban regresar a sus vidas
antiguas, de tal manera que fundieron un becerro en oro para ése
fin».

Y nuestro Dios se enojo tanto con los hebreos por haber reemplazado a
Jesucristo, el árbol de la vida, ardiendo en llamas de amor eterno
sobre el Sinaí, por un becerro fundido en oro, «abandonando así la
esperanza de una vida preferible y maravillosa del nuevo reino
celestial»; y nuestro Dios no quiso perdonarlos por su ídolo, por
razones de justicia. Ciertamente, ésta era la esperanza de que los
israelíes llevaban en sus corazones, como en la noche que salieron de
Egipto con grandes apuros para cruzar el mar rojo en seco y camino
hacia la tierra de Canaán, «en donde conocerían por fin en persona el
que los había liberado de su cautiverio en Egipto, el Hijo de David»,
¡el Cristo! (Como quiera que, «el Hijo de David siempre fue la única
esperanza perfecta y viva de parte de nuestro Padre Celestial para sus
corazones eternos, para alcanzar la vida y la bendición que no tiene
fin», al igual que hoy en día en todos los lugares en donde viven,
además de Israel, por ejemplo.)

Y esta misma esperanza antigua (y sobrenatural) es la que Dios le
ofrece a cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, y el
que muy pronto verán frente a frente, «a aquel que Dios mismo le dio
las llaves del cielo, de la tierra y del infierno, para no sólo
perdonar pecados, sino mucho más que esto». Y esto es también, hoy en
día como en la antigüedad, «para sanar y salvar el cuerpo, el alma, el
espíritu y la vida preciosa de cada uno de sus hijos e hijas para que
entren ya a la vida eterna», lejos de los tiempos del pecado de
rebelión de Satanás, en el corazón de Adán y de Eva, ¡nuestro Salvador
Jesucristo!

En la media que, cada día tenemos que escapar el mal de Adán y de Eva
a como podamos, mientras vivamos en la tierra, es decir, «sí el Señor
Jesucristo aún no es el salvador de nuestros corazones y de nuestras
almas infinitas, por ejemplo, de acuerdo a la Escritura y los
profetas». Porque la verdad es que sí no escapamos el espíritu de
error y de desobediencia eterna en contra de nuestro Padre y de su
Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, entonces «vamos a seguir
viviendo bajo la amenaza constante de Satanás y de sus trampas de
mentiras y calumnias invisibles, por ejemplo»; y nuestro Dios no
quiere éste mal para nosotros, jamás.

Porque ha sido por esta esperanza de salud, de felicidad y de vida,
por la cual nuestro Dios envió a su Mesías al mundo, «para salvar a
los hebreos de su muerte segura en Egipto o en cualquier otra parte
del mundo entero, como en donde reinan los corazones inhumanos que no
aman a Dios ni a su Jesucristo, por ejemplo». Porque ésta salvación de
Dios, nuestro Señor Jesucristo, el Árbol de la vida, el Hijo de David,
sin duda alguna, es prometida para los hebreos necesariamente, desde
los días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo, «para
finalmente liberar a las naciones del cautiverio de Satanás, para
entrar entonces a la nueva vida infinita del nuevo reino inmortal».
(Esto es obra de Dios y de su gran rey Mesías, como en la antigüedad,
por ejemplo, para liberación de muchos y para cumplimiento de la
Escritura y de los profetas, después de todo.)

Es decir, también que la misma lucha sigue, como con el mismo amor y
esfuerzo del corazón de Dios y de su gran rey Mesías para no sólo
redimir a Israel de sus enemigos eternos, sino igualmente a las
familias de las naciones, con el fin de que muy pronto entren a su
nueva vida infinita de su gran Jerusalén Colosal. Es por eso que el
Espíritu del evangelio de la ciudad santa de David no deja de hablarte
a ti y a los tuyos de su Hijo Mesías desde el monte santo de
Jerusalén, «para darte de su sangre sacrificada y expiatoria y así
limpiarte de tus pecados, para que vivas la verdadera felicidad de tu
corazón, libre de Satanás para siempre jamás».

Porque la vida y el reino que nuestro Dios ha preparado para todos los
que le aman a él, por medio de su fruto de vida eterna, nuestro
Salvador Jesucristo, «no es aquí en la tierra de nuestros días, sino
en el más allá, como en la nueva vida eterna de su nuevo reino
sempiterno». Y éste es un reino indestructible, en donde la palabra de
mentira de Satanás ya no existe en el corazón del hombre, como en el
caso de Adán y Eva y cada uno de sus descendientes de toda la tierra,
«sino que sólo la palabra de esperanza viva de verdad y de justicia
infinita de su Jesucristo reina inmortalmente».

Es por eso que nuestro Dios está airado en contra del pecador y de la
pecadora de la tierra, como de los que aún no han creído en sus
corazones, ni menos han confesado con sus labios el nombre de su
unigénito, para que muchos si no todos los pecados mueran en sus
corazones y en los corazones de los demás también. Porque el pecado
sin el Señor Jesucristo viviendo en el corazón del hombre, «sólo hace
que se multiplique para destruir el amor de muchos inocentes en muchos
lugares de la tierra y hasta en el más allá, también», como en los
lugares celestes del paraíso, ciertamente, para desgracia eterna de
muchas vidas humanas y hasta del reino animal también.

En vista de que, la tierra misma con cada uno de sus reinos de
animales, volátiles, terrestres y del mar sufren y mueren cada día por
culpa del pecado del hombre, «de no creer en el Señor Jesucristo en su
corazón ni menos de confesar con sus labios su nombre santísimo y
milagroso delante de ellos, por ejemplo». Porque la tierra y así
también sus seres vivientes, ya sea de la tierra, del mar o de sus
cielos, «se alegran mucho en sus corazones, solamente cuando el nombre
del Señor Jesucristo es honrado y confesado», en los corazones de los
hombres y de las mujeres de toda la tierra; porque Jesucristo «para
los animales es paz y alegría también».

En verdad, la misma tierra ama la paz y el amor de nuestro Señor
Jesucristo cada día de su existencia y sin cesar jamás; es más, «la
tierra misma desea ser como el paraíso del cielo, para sostener la
vida de Adán y de sus descendientes, pero siempre con el Señor
Jesucristo viviendo en sus corazones, por ejemplo». De otra manera, la
misma tierra corre el peligro de volverse un lugar igual como el mismo
mundo de los muertos o peor todavía como el mismo infierno inhumano,
«por culpa del hombre por seguir creyendo en su corazón y confesando
con sus labios las mentiras y las maldiciones de Satanás, en vez de
confesar la esperanza viva de Jesucristo».

Además, nuestro Dios no busca el mal ni la muerte de nadie sino el
arrepentimiento, para que sus vidas cambien hacia él, hacia la vida
santa y gloriosa de su Hijo unigénito y de sus muchos ángeles fieles a
su nombre santísimo en el cielo, por ejemplo; «porque mejor vida que
Jesucristo para el hombre no hay otra igual en la eternidad». Es
decir, que nuestro Padre Celestial ama la vida eterna de cada uno de
sus seres muy amados del reino de los cielos, «especialmente la vida
de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, sin hacer
excepción alguna de ninguno de ellos jamás»; ya que, nuestro Dios es
un Dios justo e infinitamente bueno para con todos. Y esta vida santa
que nuestro Dios ama para todos sus seres muy amados por su corazón
obediente a la Ley y por su Espíritu Santo, por ejemplo, «sólo existe
en el Árbol de la vida eterna», ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Es por eso que el hombre y así también la mujer tiene que volver a
nacer, no de la palabra de mentira de Adán y Eva como en el principio
de las cosas en el paraíso o en la tierra de nuestros días, «sino
resucitar desde de la palabra de verdad de nuestro único fruto de vida
eterna», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque la vida de la palabra de
mentira, en el corazón del hombre pecador y de la mujer pecadora, es
de día en día, absolutamente, muerte y maldición eterna no sólo en la
tierra, sino también para la nueva eternidad venidera por ejemplo,
«como para seguir sufriendo y muriendo una muerte que no termina nunca
en el lago de fuego».

Y esta ciudad de Dios es actualmente La Nueva Jerusalén Gloriosa y
Perfecta del cielo, «en donde cada palabra que se hable allí a de ser
palabra de verdad, para glorificar y honrar por siempre la santidad de
Dios», la de su Espíritu Santo y la de su Hijo amado y de su nombre
muy santo y salvador, por ejemplo. Entonces ésta esperanza de vida y
de salud que nuestro Padre Celestial nos entrega en la misma vida
gloriosa e infinita de su fruto de la vida, nuestro Salvador
Jesucristo, «es para cada uno de nosotros, en nuestros millares, en
todos los lugares de la tierra, comenzando en el paraíso con Adán y
Eva por inicio espiritual, por supuesto».

Y lo único que tenemos que hacer para obtenerla en nuestras vidas y
abrazarla en nuestros corazones es, en verdad, comenzar a confesarla
con nuestros labios, «al tan solo creer en todo lo que nuestro Dios ha
hecho por cada uno de nosotros, en la vida y en la sangre sacrificada
de nuestro Señor Jesucristo». Porque todo lo que Dios hizo en el
pasado y, hoy en día, también, ha sido por medio de nuestro Señor
Jesucristo, y sin él en nuestros corazones, «entonces nuestro Dios no
hace nada por nosotros en la tierra ni por los ángeles en el cielo,
para siempre»; porque «nuestro Dios jamás empieza nada de nada sin
Jesucristo primero».

Es por eso que tenemos que abrazar al Señor Jesucristo en nuestras
vidas, cuanto antes mejor, para que cada una de las virtudes del
espíritu de esta esperanza viva prometida por Dios a cada uno de
nosotros, desde los días de la antigüedad, «pues entonces comience a
dar de sus frutos cada día de nuestras vidas y sin cesar jamás». Y
estos frutos son del Árbol de la vida, frutos agradables, para
alcanzar más bendiciones infinitas, las cuales son para vivirlas al
momento y sin más demora alguna, «para que la palabra de nuestro Dios
se cumpla en nosotros, y así él sea grandemente glorificado en
nuestras vidas terrenales y en el cielo también por sus santos
ángeles, por supuesto».

En la medida en que, los ángeles del cielo glorifican a nuestro Padre
Celestial cada vez que su palabra se cumple en cada uno de nosotros,
«para que su gloria sea ensanchada no sólo en la tierra sino también
en la nueva vida eterna del nuevo reino celestial e infinito del más
allá, por ejemplo». Y sólo así cada palabra de mentira, en el corazón
de cada pecador y de cada pecadora de toda la tierra, ha de morir,
«para no volverse a levantar jamás y hacer el daño que siempre ha
hecho a todas sus víctimas, en todos los lugares de la tierra», como
cuando te tocaba a ti inesperadamente, mi estimado hermano. Y el
pecado nace del corazón de Satanás cada vez más, es decir, sí
Jesucristo no vive en ti, para hacerte lo que más le divierte a él: el
mal de la mentira y la crueldad de la villanía para destruir tu vida y
la de los tuyos de igual modo, por ejemplo.

Como robar, matar y destruir toda vida humana y llenar así de
tinieblas toda la tierra, como hoy en día la vivimos, por ejemplo,
desdichadamente, «como en lugares en donde el Señor Jesucristo no ha
sido glorificado aún, y los pleitos y guerras sangrientas continúan
abiertamente y hasta a escondidas también, y sin callejón sin salida
alguna por el momento». Porque donde está el espíritu de error de la
palabra de mentira, como de las que creyeron en sus corazones Adán y
Eva, por ejemplo, en el paraíso y de boca de la serpiente antigua,
«entonces hay conflictos, problemas, dificultades, batallas y guerras
sangrientas y sin tregua alguna, como para darle un nuevo respiro de
vida a la vida misma». Es decir, también que el pecado está en la
tierra, y no sólo en el corazón de Satanás, «sino también de cada
mentiroso, malvado, blasfemo cruel e inhumano, para terminar con cada
vida humana y hasta con el mismo Señor Jesucristo, de ser posible, en
todos los lugares de la tierra, para que el nuevo reino de Dios jamás
se efectúe».

Es decir, que Satanás trabaja día y noche en muchos lugares de la
tierra, como a plena luz del día, para destruir toda vida humana y sus
familias, «y así hacer desaparecer cualquier gota de amor y de
esperanza de nuestro Señor Jesucristo en el corazón de todos los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera». Porque claro
está, Satanás quiere destruir al hombre de la humanidad entera,
«porque es la imagen y la semejanza perfecta del Hijo unigénito de
Dios, nuestro Señor Jesucristo», para vivir la vida eterna de acuerdo
al Espíritu bendito de Los Diez Mandamientos eternos, y así
desgraciadamente Satanás mismo establecer su reino de maldad eterna en
toda la tierra.

(Porque todavía Satanás no ha logrado establecer su reino de maldad
eterna en contra de Dios y de su Árbol de la vida sobre toda la tierra
—y su lucha sigue agresivamente—, sabiendo que está muerto para
siempre, para hacer todo el daño posible en contra de Dios y de la
obra de sus manos santas, tú mismo, mi estimado hermano. Es decir, que
Satanás está enojado contigo, como estuvo enojado con los patriarcas
de Israel, por ejemplo, porque ya no amas a sus pecados de siempre,
sino al Espíritu de verdad de la Ley viviente de Dios y de Moisés. (Y
no temas el mal de Satanás, porque Jesucristo ya no sólo lo venció
para siempre con su sangre santísima, gloriosa y expiatoria, sino que
también lleno tu misma vida normal, mi estimado hermano y hermana, con
poderes del cielo y de la tierra, para que el mal de Satanás jamás te
alcance a ti ni a los tuyos.)

Es por eso que Satanás aleja de ti, el nombre sagrado de nuestro Señor
Jesucristo cada vez más, para que no seas feliz nunca, como hizo que
Adán y Eva dejasen de ser felices con Dios en el día que le
desobedecieron a él, «comiendo del fruto prohibido, en vez de comer de
su único hermano verdadero», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque todos
somos hermanos directos de Jesucristo, por inicio espiritual de
nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo en el día de nuestra
creación personal en sus manos santísimas en los lugares muy altos y
antiguos del reino de los cielos; por esa razón, Satanás no es hermano
nuestro jamás, sino un impostor, y sólo un falsedad eterna.)

Por lo tanto, la esperanza de vida y de salud infinita de nuestro
Señor Jesucristo no ha cesado aún de llegar a nuestros corazones día y
noche, como por los poderes sobrenaturales de la predicación del
evangelio infinito de nuestro Señor Jesucristo, «el cual empezó en
Jerusalén de la antigüedad, para llenar a las naciones de la verdadera
gloria de Dios». Y así establecer su reino inmortal en el mundo
entero, «haciendo así a la tierra un paraíso terrenal jamás visto por
el hombre desde el día de su creación y hasta nuestros días»; porque
la gloria postrera será mayor que la primera en toda la tierra, «sí
tan sólo tú vives milagrosamente en Jesucristo, y no mueres en
Satanás».

Por ello, la gloria de nuestro Padre Celestial tiene que ser recibida
cuanto antes mejor en cada uno de nuestros corazones, para que ya
empiece a formarse la voluntad perfecta de Dios, de llenar a toda la
tierra de su gloria infinita; «y ésta gloria es nuestro Señor
Jesucristo, como en el paraíso o como en la antigüedad de Israel,
ciertamente». Y, hoy en día más que nunca, nuestro Señor Jesucristo
llama a nuestros corazones incesantemente para que nos acerquemos a
nuestro Padre Celestial, y solamente por medio de él y de su nombre
bendito, «para que toda negrura del más allá sea borrada del corazón
de la humanidad entera». Con el fin de que no se multiplique más el
pecado de Adán y de Eva, por ejemplo, «y así no muera jamás sino que
crezca infinitamente el poco espíritu de amor que aún vive (o queda)
en el corazón del hombre y de la mujer de toda la tierra, por
ejemplo».

Entonces la esperanza viva de nuestro Señor Jesucristo tiene que estar
en nuestros corazones ya, para que nuestros pecados no se multipliquen
y así mueran para siempre, «para que nuestro espíritu de amor
celestial vuelva a crecer a grandes dimensiones jamás conocidas ni
menos pensadas aún por nosotros mismos». Y esto ha de ser así con
todos los hombres, mujeres, niños y niñas de todas las familias de las
naciones de la tierra, «para descubrir nuevas glorias y nuevas honras
de santidades infinitas aún no alcanzadas jamás por los ángeles,
arcángeles, serafines, querubines y demás seres muy santos del reino
de Dios, por ejemplo».

Por eso, ésta nueva vida de nuestro Padre Celestial, para cada uno de
nosotros, es una vida incorrupta, llena de verdad, libre de
contaminación y mancha alguna de pecado, reservada en el reino de Dios
y en el Árbol de la vida, «para que vivamos como los ángeles del
cielo, siempre fieles a su Espíritu Santo y a su nombre majestuoso».
Porque sólo así podremos verdaderamente reencontrar nuestras vidas
perdidas del paraíso por culpa de Adán y de Eva, «para retomarla y
comenzar a vivirla y a gozarla día y noche en el espíritu de amor y de
la verdad infinita de nuestro Árbol de la vida eterna», ¡nuestro Señor
Jesucristo!

En la medida en que, lo que nuestro Dios busca y requiere a la vez, de
cada uno de nosotros, es lealtad (y siempre lealtad), «porque sin
fidelidad nuestro Dios no puede interactuar con ninguno de nosotros
para nada, en el paraíso ni menos en toda la tierra, ni mucho menos en
La Nueva Jerusalén Celestial, desdichadamente». Y esta lealtad
gloriosa, como la que nuestro Dios busca constantemente, en cada uno
de nosotros, es nuestro Señor Jesucristo viviendo ya en nuestros
corazones; porque de él, nuestro Padre Celestial ha declarado
abiertamente desde el cielo, para decirle a Israel y al mundo entero:
«Éste es mi Hijo unigénito, en quien tengo complacencia en mis Diez
Mandamientos sin fin».

Y de esta complacencia, con la cual nuestro Padre Celestial siempre es
feliz con sus ángeles del cielo, y así también con cada una de las
familias y naciones de la tierra, es, sin duda alguna, ¡nuestro
Salvador Jesucristo! Porque en ningún otro se encuentra la esperanza
viva y la complacencia perfecta de nuestro Padre Celestial, como de
ver a Sus Diez Mandamientos infinitamente cumplidos constantemente,
«si no es únicamente en el Espíritu de la vida y de la sangre
sacrificada de nuestro Señor Jesucristo»; es por eso que tenemos que
clamar a Jesucristo ya y sin más tardar, indiscutiblemente.

Y si somos obedientes a nuestro Padre Celestial, por medio de nuestro
Salvador Jesucristo hoy en día, como los ángeles del cielo siempre le
han sido fieles a su único salvador eternal en el reino de los cielos,
por ejemplo, pues entonces somos seres infinitamente felices desde
ahora para vivir con nuestro Padre Celestial y con su Espíritu Santo
infinitamente alegres. Sí, ciertamente que seremos felices en nuestros
corazones y en nuestras almas eternas, para que nuestros cuerpos
humanos, «los cuales están compuestos de los huesos y de la carne de
la sangre mancha del pecado de la mentira de Adán, «ya no vivan más,
pues, en las tinieblas del mundo perdido, sino en la luz del Árbol de
la vida del paraíso».

Y ésta luz del Árbol de la vida del paraíso y del nuevo reino de los
cielos es, sin duda alguna, ¡nuestro Señor Jesucristo!; «porque sólo
nuestro Señor Jesucristo resplandece como el sol en el reino de los
cielos, delante de nuestro Padre Celestial y de sus millares de
ángeles gloriosos». Sólo nuestro Jesucristo es la luz eterna del
paraíso y de La Nueva Jerusalén Colosal del cielo. De hecho, ésta es
la misma esperanza incorruptible que nuestro Padre Celestial nos ha
dado a cada uno de nosotros, comenzando con Adán y Eva en el paraíso,
de resplandecer como el sol, como nuestro Señor Jesucristo, «para que
ninguna tiniebla de Satanás prevalezca jamás en nuestras vidas, en la
tierra ni menos en el paraíso, eternamente y para siempre».

Ya que, mayor luz que el Señor Jesucristo para alumbrar la gloria
infinita de la vida y de salud divina de nuestro Padre Celestial en
nuestros corazones y en nuestros cuerpos humanos y muy frágiles a la
vez, ante el pecado de la mentira de Satanás y de la serpiente
antigua, «no hay otra luz igual en absoluto y para siempre». Porque
son las tinieblas del infierno las que hemos heredado de Adán, para
que nuestra vida de pecado sea llena de los males terribles de Satanás
y de la serpiente antigua, «y así jamás podamos vivir felices en
nuestras vidas normales»; porque la luz del Árbol de la vida «no está
en nosotros, como debe estar desde el comienzo».

Pero nuestro Padre Celestial jamás nos ha abandonado, pues siempre
regresa a cada uno de nosotros con su evangelio eterno, «el cual salió
de Jerusalén por su propia voluntad santa e infinita, para que no sólo
se regase por todo Israel sino también por todas las naciones, para
que en vez de tinieblas haya entonces luz en sus vidas humanas». Y
ésta es la esperanza viva y saludable, la cual hemos recibido de
nuestro Creador, por medio de la misma vida y resurrección de entre
los muertos de nuestro Señor Jesucristo, «para empezar a vivir ya una
vida mayor, llena de salud, de felicidad y de poderes sobrenaturales
para derribar a golpes espirituales a cada tiniebla satánica, en todo
momento».

Porque fue el Señor Jesucristo quien derrama su sangre santa y
expiatoria sobre el monte santo de Jerusalén, de acuerdo a la
Escritura y los profetas, para que los pecados sean borrados con sus
tinieblas infinitamente, en el cielo y en la tierra también, «para que
la luz de la vida resplandezca más fuerte que el sol perennemente en
nuestras vidas». Porque sólo nuestro Señor Jesucristo es la luz que
nuestros ojos ven y conocen aún en las más profundas tinieblas del mal
de Satanás. Y sólo entonces haya vida y bendiciones sin fin en cada
día de cada uno de sus hijos e hijas, desde Adán y Eva y hasta su
último retoño por nacer en la tierra, «como con los ángeles del cielo
disfrutan de ésta gran esperanza viva y celestial, santa e
incorruptible y sin mancha alguna del pecado de Satanás, por
ejemplo».

En vista de que, una vida sin Satanás es una vida totalmente dotada de
hermosura y gloriosa a la vez, para los ojos santísimos de nuestro
Padre Celestial y de su Espíritu Santo, eternamente y para siempre, en
la tierra y así también en La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del
cielo, por ejemplo. Realmente, el que acepta al Señor Jesucristo para
que sea el sol resplandeciente de su corazón y de su alma en la tierra
y así también en la nueva vida venidera del nuevo reino sempiterno,
«entonces ya no vivirá más en las tinieblas de la sangre pecadora de
Adán, sino en la luz del sol de la sangre milagrosa de Jesucristo».

Porque el sol de nuestro Señor Jesucristo, como el Árbol de la vida
encendido, como el sumo sacerdote y Cordero Escogido de Dios y de
Israel, «resplandece más fuerte que el Sol de nuestro sistema solar
día a día y por siempre en la eternidad en nuestros corazones»,
(aunque no lo veas así aún, mi estimado hermano y hermana,
desdichadamente). En verdad, nuestro interior, como en nuestro
corazón, cuerpo y alma infinita, sin duda alguna, por culpa de la
palabra de mentira de Adán y Eva, es más oscuro que la más profunda
oscuridad del cosmos, por ejemplo; «y sólo el nombre milagroso de
nuestro Señor Jesucristo resplandecerá por siempre más brillante que
el sol en nuestro interior, si únicamente creemos».

Y si la luz que está en tu corazón y en toda tu alma no es más
brillante que el Sol del universo, entonces vivirás infinitamente en
la más profunda tiniebla de maldad y de la mentira de Satanás, «para
jamás volver a ver la nueva vida, ni menos a tu Creador celestial»,
¡el Todopoderoso de Israel y de las naciones! En otras palabras, estás
más muerto que el ángel de la muerte del infierno, porque no hay luz
en ti, en nada de lo que pienses, digas o dejes de decir, «sino que
sólo hay tinieblas tras tinieblas como en el corazón de Adán y Eva,
por ejemplo, cuando pecaron terriblemente al comer del fruto de
Satanás, en vez de Jesucristo».

Por ello, Satanás sólo le dio al hombre una esperanza de muerte y de
destrucción eterna, pero nuestro Padre Celestial nos facilita una
esperanza incorrupta, perfecta, llena de vida y de salud infinita,
«por medio de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos,
venciendo a la muerte y a Satanás para siempre, en ésta nueva vida
venidera e inmortal». Y, así pues, nuestra esperanza de vida y de
salud perfecta descansa en nuestro Señor Jesucristo, como el fruto de
vida eterna, el cual Adán debió comer en el paraíso, «para que sus
hijos sean libres de los males terribles de Satanás infinitamente,
desde el comienzo de las cosas en el más allá y en toda la tierra,
también».

Porque la verdad es que nada podía derrotar a Satanás fulminantemente,
como hoy mismo en tu corazón mi estimado hermano, «sino sólo el fruto
del Árbol de la vida eterna como la luz más brillante que el Sol de
nuestro universo entre tus tinieblas más oscuras de tu corazón, en el
paraíso y en la tierra también», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Además,
Satanás ataca al Señor Jesucristo muchas veces en Israel, como lo
ataco en el cielo inicialmente, «para manchar su sangre expiatoria con
engaño»; porque Satanás entendía en su sabiduría perversa que tenía
que echar por tierra como sea al Santo de Dios, el único Cristo de
Israel y de las naciones, ¡pero no pudo nunca contra su sangre
expiatoria!

Satanás sabia que sí podía hacer tropezar al Señor Jesucristo en
alguna de sus palabras de mentira, como hizo tropezar a Eva y luego a
Adán en el paraíso, pues entonces tenía asegurada toda una vida eterna
para él y para su reino de las profundas tinieblas del más allá en la
tierra y en muchos lugares más del universo. Es decir, que Satanás
hubiese logrado hacer de la tierra un reino de tinieblas terribles
como el mundo de los muertos, «para que jamás vuelva a ser un lugar
para lanzar glorias y honras hacia el cielo para nuestro Dios y para
su nombre muy santo, por ejemplo, por medio de nuestro Señor
Jesucristo en el corazón del hombre».

Pero Satanás perdió ante el Señor Jesucristo cada vez que lo tentó
cobardemente con sus mentiras de siempre, para mancharlo con su pecado
original, y no pudo contra él jamás; «porque era Dios quien peleaba en
contra de Satanás, como de costumbre, a favor del Señor Jesucristo y
de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera». Porque
cuando Satanás lleva al Señor Jesucristo sobre lo alto del templo del
SEÑOR de la ciudad santa, fue para echarlo abajo con sus mentiras,
«haciéndole que se tire por sí mismo hacia el abismo, confesando el
espíritu de la duda ante él y ante la humanidad entera también, de que
sí o no es el Hijo de Dios».

Y Satanás no logra establecer el espíritu de la duda en el corazón del
Señor Jesucristo, como lo hizo con Adán y Eva en el paraíso, por
ejemplo, para que la humanidad entera jamás le conozca a él, como el
Hijo de David. Y en su lugar, en vez de establecer el espíritu de duda
(o de error) el Señor Jesucristo en sus labios, pues confirmo
redondamente el Espíritu Santo y glorioso de la palabra de verdad de
Los Diez Mandamientos, para que Israel y así también la humanidad
entera le confesase como el único Salvador del mundo entero posible,
¡el Hijo de David!

Visto que, el conocer al Señor Jesucristo como el unigénito tiene que
ser obligatoriamente por la voluntad santa y perfecta de nuestro
Hacedor y sólo por medio de la unción (o el toque especial) del
Espíritu Santo en su corazón y en sus labios; de otra manera, «el
hombre no podrá jamás confesar al Señor Jesucristo como el unigénito
de Dios». Es decir, también, que dañosamente, Satanás quiso que el
espíritu de la duda, de que nuestro Señor Jesucristo es si o no el
Hijo de Dios saliera de sus propios labios hacia él, como Adán lo hizo
en su día de pecado en el paraíso, y así establecer duda en el corazón
de Israel y de la humanidad entera también.

Porque como el Señor Jesucristo es el Hijo de Dios, y esto lo sabe muy
bien Satanás, porque él fue el arcángel guardián del trono de Dios por
largos días y, además, los ángeles caídos por sus millares lo conocían
como el Hijo Mesías también, ¿pues entonces por qué tiene que probarle
a nadie que él es el Hijo de Dios? En verdad, mañosamente, Satanás
quiso establecer el espíritu de la duda de que el Señor Jesucristo
quizás no es el Hijo de Dios por medio de sus propios labios ante él y
en el corazón de Israel y de la humanidad entera: pero no lo logro
jamás, porque Dios fue más sabio que él en éste día y como siempre.

Y, luego Satanás le dijo al Señor Jesucristo para tentar en contra de
nuestro Padre Celestial esta vez: «Ciertamente sé que Dios mismo
enviara a sus ángeles acerca de ti, para que tu pie no tropiece contra
ninguna piedra, sino que te levantaran sobre sus manos para protegerte
en todo momento por tu andar en Israel y en toda la tierra». Aquí,
mañosamente Satanás intento poner la palabra de nuestro Padre
Celestial en duda también, cuando intento hacer que el Señor
Jesucristo le confesase que si es el Hijo de Dios y únicamente
echándose a la tierra desde lo alto del mismo templo de su Padre
Celestial, en la ciudad santa de Jerusalén, en Israel. (Porque,
ciertamente, para Satanás no había otro lugar más ideal en el paraíso
o en toda la tierra, para derrotar a Dios y a su Jesucristo
especialmente, sino es en la misma ciudad santa de David y de nuestro
Padre Celestial, ¡la Jerusalén eterna de Israel!, por ejemplo.)

Y de esta manera, sagazmente, establecer el espíritu de la duda en el
corazón de Israel y de la humanidad entera, de que posiblemente
Jesucristo si o no es el Hijo de Dios, visto que trato de probarlo
echándose abajo desde lo alto del templo de su Padre Celestial en
Jerusalén, ante los ojos de Satanás y de la humanidad entera. Es
decir, hacer que el Señor Jesucristo se muera tirándose desde lo alto
del templo de Dios en Jerusalén, «antes que morir su muerte
sacrificada y sangrienta sobre el monte santo de la ciudad de David,
para fin de la sangre pecadora de Adán y el comienzo de la sangre
justa de Jesucristo en la vida del hombre de toda la tierra».

(Y lo que Satanás le decía al Señor Jesucristo es muy verdadero, «pero
no estamos llamados a tentar a nuestro Dios por ninguna razón», sino a
obedecer a su palabra santa siempre; especialmente cuanto los enemigos
de Dios nos tientan a que usemos los poderes sobrenaturales del nombre
de nuestro Salvador Jesucristo para manifestar milagros y maravillas,
por ejemplo. Nosotros no estamos llamados a probarle nada de nada
jamás a Satanás ni a ninguno de sus ángeles caídos, sino a las ovejas
perdidas de Israel y de las naciones también; «es por eso que el
evangelio de la ciudad de David salió por todo el mundo con mucho
poder de milagros, para sanar a sus multitudes de sus males de
siempre». Porque cada bendición de milagros, prodigios y maravillas
es, sin duda alguna, para el hombre, la mujer, el niño y la niña de
Israel y de las familias de las naciones de toda la tierra y más no
para Satanás ni para ninguno de sus ángeles caídos, como es lógico, y
ya lo creo.)

Entonces el Señor Jesucristo, justo en su momento, le respondió
sabiamente a Satanás, diciéndole: «No tentaras al Señor tu Dios, sino
que sólo a él le servirás en todos los días de tu vida y para
siempre». Y Satanás sabía muy bien que el Señor Jesucristo es el Hijo
de Dios como cada uno de sus ángeles caídos lo saben también, de los
cuales daban voces y gritos cuando lo veían: «Porque la luz del Señor
Jesucristo brillaba sobrenaturalmente hacia ellos, de la misma manera
que brilla así en el cielo, como cuando vivían en paz con Dios».

Y los espíritus malignos decían: Sabemos quien tú eres en el reino de
Dios; ¡tú eres el mismo Hijo del Altísimo! Y otros ángeles caídos
decían: Te conocemos muy bien; ¡eres el Santo de Dios para Israel y el
mundo entero! Y otros espíritus inmundos, le preguntaban: Hijo de
Dios, ¿por qué has venido a atormentarnos antes de tiempo? No, no nos
atormentes antes del día de juicio del SEÑOR.

Y el Señor Jesucristo los reprendía para que se callasen y salieran
del hombre enfermo al instante. Hijo de Dios no nos tires al abismo
antes de tiempo, déjanos entrar en las manadas de los cerdos, le
rogaban los espíritus inmundos. Y el Señor Jesucristo les concedía su
petición, con tal que dejen al hombre enfermo, libre de los males de
Satanás. Porque para esto nuestro Padre Celestial lo había enviado al
mundo, para hacer que los espíritus inmundos salgan de las vidas de
todos los enfermos y enfermas de toda la tierra.

Y le decían por ejemplo, los espíritus malignos al Señor Jesucristo
cada vez que le veían radiar más brillante que el Sol de nuestro
sistema solar: «Hijo de David no nos eche al infierno todavía; no
queremos descender a ese lugar terrible y de tormentos eternos. Dinos
Hijo de Dios: ¿Por qué estás en Israel antes de tiempo para echarnos
al fuego eterno?».

Luz del cielo y del Altísimo, le decían otros ángeles caídos al Señor
Jesucristo, porque le conocían de verdad en el reino de los cielos,
pues le habían visto cara a cara tantas veces. Y le pedían al Señor
Jesucristo un trato mejor para ellos: déjanos ir a otros lugares de la
tierra, pero no al infierno antes de tiempo. Y nuestro Señor
Jesucristo jamás acepto el testimonio de Satanás ni de ninguno de sus
ángeles caídos, por más veraces (o acertadas) que fuesen sus palabras;
«porque su evangelio santo, el cual salió de Jerusalén y del templo de
oración para las naciones, no puede ser tocado (o manchado) jamás por
el espíritu de error de los ángeles caídos».

Es decir, también, que el Señor Jesucristo los reprendía, y los
obligaba a callarse cada vez que los oía, «para que las multitudes de
Israel, gentiles y hebreas, no conozcan jamás por confesión de sus
labios mentirosos y blasfemos quien él es en el cielo y en la tierra
también, para Israel y para la humanidad entera, eternamente y para
siempre». Y el Señor Jesucristo les hablaba así a los espíritus
inmundos en las gentes poseídas o llenas de enfermedades terribles,
porque su evangelio santo, el cual salió del templo de oración para
todas las naciones, desde la ciudad santa de Dios, Jerusalén, «sólo
tenia que ser manifestada por el Espíritu de Dios a Israel y más no
por los espíritus impuros».

Por todo ello, no es de los espíritus malignos el invocar su nombre
milagroso y salvador, ni menos de predicar el evangelio eterno de la
ciudad santa de Dios, La Nueva Jerusalén Gloriosa y Perfecta del
cielo, por ejemplo, «sino sólo de sus hijos e hijas creados en las
manos de Dios, para este fin». Ahora, las religiones falsas no sólo no
conocen al Señor Jesucristo como el Hijo de Dios, «sino que tampoco
pueden confesar su nombre salvador ni su sangre expiatoria, y aunque
lo deseen hacer así simplemente no pueden porque su espíritu de fe
está deprimido por el mismo Satanás, para no sanar sus vidas ni
salvarse del poder cautivador del infierno jamás».

Porque, además, les está prohibido contundentemente por el espíritu de
error anunciar la esperanza viva de Jesucristo, para que la tierra no
sea llena de la gloria de Dios y las gentes no sólo se sanen de sus
males comunes y hasta de los más terribles, «sino para que jamás le
den gloria a Dios ni tampoco sigan la vida eterna». Entonces los que
creen en Dios y en su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, «son los
que verdaderamente predican el evangelio eterno que salió de Jerusalén
hacia todas las naciones de la tierra» y más no los espíritus
inmundos, como los espíritus malvados que prosperan en los corazones
que han blasfemado el nombre santo de Jesucristo, por ejemplo.

Ahora, no estoy diciendo que los que han blasfemado el nombre del
Señor Jesucristo con sus labios no puedan salvarse jamás, porque no
pueden ser perdonados por este pecado terrible en sus corazones y en
sus vidas; no, no digo eso, porque no es verdad de parte de Dios, sino
todo lo contrario. «Cada uno de ellos puede muy bien salvarse» delante
de Dios y de su Espíritu Santo de la culpa terrible de éste pecado
espantoso, destructor y sumamente abominable, «sí tan sólo se
arrepiente y confiesa su nombre bendito con el amor del Espíritu Santo
de Dios en su corazón y con sus labios, ciertamente».

Entonces los espíritus inmundos sólo predican el evangelio de
doctrinas falsas y en contra de la sangre expiatoria de Jesucristo,
para engañar cada vez más a las naciones, como engañaron a Adán en el
paraíso y delante de Dios y de su Jesucristo, «para que no se
conviertan jamás a la luz salvadora, sino que sigan en las oscuridades
de maldades eternas». Por ello, es muy importante para nuestro Padre
Celestial y para su Espíritu Santo que cada uno de nosotros,
comenzando con Adán, «comamos incondicionalmente del fruto del Árbol
de la vida del paraíso, y esto es sólo posible en nuestros corazones y
en nuestras vidas humanas hoy mismo, al creer en su Hijo amado», ¡para
bendición y salud eterna!

Igualmente, como Adán creyó a Satanás para destrucción y muerte eterna
de su corazón y de su alma infinita, entonces de la misma manera
tenemos que creer en el Señor Jesucristo, por su palabra de verdad,
para salud y para vida eterna, en la tierra y así también finalmente
«para vivir ya en La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo».
Porque estamos llamados cada uno de nosotros, en nuestros millares, de
todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la
tierra, «ha entrar desde ya a la nueva vida infinita de La Nueva
Jerusalén Colosal del cielo, como cuando los hebreos cruzaban el
desierto para llegar a ella para vivir ya con el gran rey Mesías
infinitamente», ¡nuestro Jesucristo!

Es decir, que estamos llamados, cada uno de nosotros, así como Adán y
Eva fueron llamados inicialmente por nuestro Padre Celestial, «a sólo
creer en el Árbol de la vida, porque en Jesucristo está nuestra
esperanza de vida y de salud eterna, para vivir felices en la tierra y
así también en la nueva vida infinita del nuevo reino inmortal». De
otra manera, estamos perdidos infinitamente en las mismas profundas
tinieblas de siempre, para jamás ver la luz del día en la tierra ni en
el paraíso, ni mucho menos conoceremos jamás a nuestro único Salvador
Jesucristo ni a nuestro Creador, «sino que seguiremos viviendo en la
oscuridad para luego descender al infierno: perdidos infinitamente y
sin Jesucristo en nuestros corazones».

Además, nuestro Padre Celestial no nos creo en sus manos santas y en
la imagen y semejanza perfecta de su Árbol de la vida, para que
muramos llenos de las tinieblas de maldiciones y de destrucción sin
fin de Satanás, «sino que vivamos cada día de nuestras vidas, siempre
llenos de la luz más brillante que el sol», ¡nuestro Salvador
Jesucristo! Para que de esta manera milagrosa ninguna tiniebla de
Satanás pueda tocar nuestros corazones, ni nuestros espíritus y
cuerpos humanos jamás para robarnos la paz, llenándonos de
enfermedades y males terribles, «para entonces vivir por siempre
saludables y felices con nuestro Padre Celestial, en el espíritu
infinito y glorioso de la sangre viva, santísima e infinitamente
expiatoria de nuestro Salvador Jesucristo».

En la medida en que, sólo nuestro Señor Jesucristo es la luz de
nuestra esperanza para vida y salud eterna en el paraíso, en la tierra
y así también en la nueva era venidera del nuevo reino de Dios y de
sus ángeles santos del cielo. Y sí, hoy en día, tienes al Señor
Jesucristo como la esperanza de vida y de salud de tu corazón y de tu
alma infinita, «entonces esto significa que estás viviendo en la
perfecta voluntad de la vida gloriosa y antigua del reino de Dios y de
sus ángeles gloriosos»; es decir, que nuestro Padre Celestial es feliz
contigo infinitamente desde hoy.

Visto que, sí crees en el Señor Jesucristo, hoy mismo, en tu corazón y
lo confiesas con tus labios, pues también lo harás así delante de él y
de su Espíritu Santo en su nuevo reino de los cielos, «para que sus
ángeles santos sigan glorificando y honrando su nombre santísimo y aun
con mayor gloria y honra que antes». Porque lo que Dios busca en cada
uno de nosotros a todas horas del día de su vida santísima, «es que le
honremos y le glorifiquemos en el Espíritu de la vida y de la sangre
cumplidora de Los Diez Mandamientos de Jesucristo», para que no sólo
haya paz en la tierra, sino también en muchos lugares más del más
allá.

Porque si hay paz en la tierra, entonces ha de ser porque el Espíritu
de la vida y de la sangre del pacto eterno entre Dios y el hombre
reina sublime en los corazones de los hombres, mujeres, niños y niñas
de las naciones; «y esto es que la voluntad de Dios se cumple
continuamente en nosotros», ¡gracias a Jesucristo! Y si hay paz en la
tierra, pues también entonces habrá paz no sólo en el paraíso, porque
no sólo fue en el paraíso y con Adán en donde empezó el pecado, sino
también en el reino de Dios con los ángeles caídos, por ejemplo, «para
que posteriormente haya paz en todos los lugares más recónditos de
toda la creación celestial».

Pero en donde verdaderamente debe existir paz en la tierra, tiene que
ser, sin duda alguna, «primeramente en la ciudad santa de David, en
Israel, porque esa es la voluntad sagrada y perfecta de nuestro Padre
Celestial, Creador del cielo y de la tierra centrada ahí, desde el
comienzo de las cosas y hasta nuestros días, también, por ejemplo».
Hoy, nada de esto sucederá jamás, es decir, que no hay paz para nadie,
si primeramente el Espíritu de la vida y de la sangre expiatoria del
rey Mesías no es primero honrado y exaltado, como debió de ser desde
los primeros días de su manifestación en Israel, --en Israel para
cumplir cabalmente la alegría de la Escritura y los profetas--.

Porque «sólo el Hijo de David es la paz perfecta que los corazones de
los hebreos, y esto es de las doce tribus de Israel e incluyendo
también a las familias de las naciones, han venido buscando desde los
primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días», sin verla
jamás, aunque ha estado delante de sus ojos todo el tiempo. Porque la
Escritura y los profetas hablan perfectamente de la esperanza viva de
Dios para con Israel y para con cada hombre, mujer, niño y niña de las
familias de las naciones, «para que abandonen sus pecados
infinitamente en la sangre expiatoria de Jesucristo, y empiecen desde
ya a vivir sus vidas celestiales, y aunque aún vivan en el mundo
pecador».

Porque sólo nuestro Señor Jesucristo es la esperanza viva de nuestro
Padre Celestial y de su Espíritu Santo para que cada uno de nosotros,
comenzando con Adán y Eva, empiece a vivir ya su nueva vida infinita
del cielo, la cual está llena de milagros, prodigios y de maravillas
sin fin, «sí sólo es fiel a Jesucristo en su corazón». Es por eso que
nuestro Señor Jesucristo les aseguraba a los apóstoles y a cada uno de
sus discípulos de todos los tiempos también, como tú y yo, hoy en día,
mi estimado hermano, «que así como él no es de este mundo, tampoco
nosotros somos de este mundo pecador».

Porque cuando volvemos a nacer del Espíritu de la sangre sacrificada
de nuestro Señor Jesucristo sobre el monte santo de Jerusalén, en
Israel, «pues entonces hemos vuelto a nacer para la vida santa del
reino de los cielos, llena del Espíritu cordial de Los Diez
Mandamientos infinitamente cumplidos en nuestras nuevas vidas
infinitas». Porque el Espíritu de los Diez Mandamientos, el cual no es
de nuestro mundo, ha descendido del cielo, de la vida santísima de
Dios y de su Árbol de la vida, «para rescatarnos de esta tierra mortal
y perdida en el pecado de Satanás y, salvarnos, solamente con los
poderes sobrenaturales de la vida y la sangre expiatoria de nuestro
Jesucristo».

Y esto es de volver a nacer para no ser más de la propiedad de
Satanás, sino para sólo vivir cada una de las bendiciones eternas de
la vida perfecta de Dios y de nuestro Árbol de la vida, en la tierra
mientras tengamos vida y paz para la nueva eternidad celestial del
nuevo reino sempiterno, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque el
Espíritu de los Diez Mandamientos, no siendo de este mundo ni menos de
nuestras vidas pecadoras inicialmente, descendió de su vida santísima
del cielo, «para levantarnos con Jesucristo en el día señalado, para
vivir con nuestro Creador lado a lado y con sus ángeles fieles
también, en su Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa de la nueva eternidad
venidera».

¡Amén! Pues sujétate con fuerza a la esperanza viva de nuestro Señor
Jesucristo en tu corazón eterno, y Satanás jamás podrá en contra de ti
con ninguno de sus ataques comunes, sino que siempre él será el
vencido y tú el vencedor. Ya que nada es imposible «para los que creen
en Dios y sólo en el nombre milagroso de su Hijo amado», ¡nuestro
Señor Jesucristo!

Además, nuestro Señor Jesucristo está contigo y con todos los poderes
y autoridades del cielo y de la tierra también, para que jamás te
falte ningún bien en todos los días de tu vida y de los tuyos también,
eternamente y para siempre. Porque todo lo que le pidas al SEÑOR en su
nombre santo, pues entonces su Espíritu Santo te lo concederá
inmediatamente; entonces pídele al SEÑOR lo que desees en tu vida y en
la vida de los tuyos, en el nombre del Señor Jesucristo, «y él te lo
concederá ya».

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo
es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.

LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):

“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre Celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.

SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.

TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.

CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.

QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.

SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.

SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.

OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.

NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.

DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.


http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%20///

http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx

http://radioalerta.com

0 new messages