El hecho de que los nueve caballeros viviesen en el lugar del Templo
de Salomón,
fue lo que llevó al Papa y al Concilio de 1118 a crear la Orden del
Temple. Sin
embargo, de una manera más oculta ese Templo simboliza también el alma
humana, caída y encerrada en el mundo tridimensional que el Caballero
debe
reconquistar en una guerra santa. Cuando sabemos que el Templo se
encuentra al
nivel del Tercer Ojo, y que el caballero debe subir recorriendo todos
los Chakras,
desde el MuIhadhara-Chakra donde tienen su sede la Serpiente y la
Diosa
Kundalini, nos imaginamos ya la extrema dureza de esta Guerra Santa,
en la que
cada paso puede conducir a la muerte o a la locura. El comprometerse
en esta lid,
imposibilita el poder volverse atrás. El sendero es tan estrecho como
el filo de una
navaja y sólo un indomable valor puede permitir la llegada al tesoro
del Templo
Interior. Volvamos ahora a la Orden del Temple oficial. Como toda
orden legítima y
reconocida, recibe una regla, esto es, unos estatutos.
Esta regla comprendía 72 artículos, algunos de los cuales serían
revisados y
mejorados posteriormente, sobre todo en lo referente a la jerarquía.
1) La Jerarquía de la Orden.
Su jerarquía es rigurosa y muy bien elaborada. Estos son los
diferentes cuerpos o
«Grados» de la Orden:
Los Hermanos Caballeros del Temple
Los Hermanos Escuderos
Los Hermanos Capellanes
Los Hermanos Sargentos
Los Criados y los Artesanos (reunidos en cofradías).
Nadie podía llegar a Escudero y luego a Caballero, si no era noble.
Posteriormente esta regla de nobleza se amplió a ciertos Hermanos
Sargentos que
hubiesen llevado a cabo actos heroicos.
Aparte de esto, el Círculo interno Secreto incluía a no-nobles y a
mujeres, ya que lo
que importaba era el valor interno de los Hermanos y Hermanas, lo que,
con
frecuencia no tiene nada que ver con haber nacido o no en familia
noble. Es ese
Círculo Interno, el más poderoso que haya existido jamás, quien en
nuestros días
continúa llevando a cabo su trabajo de Luz, bajo la dirección del Gran
Maestre real
del Temple.
En la Edad Media fue el Gran Maestre quien dirigía la pirámide total
de la Orden.
Su poder era considerable. Disponía de cuatro caballos para su uso
personal. Su
mano derecha mantenía el cetro o bastón de mando llamado «Ábaco» ante
el cual
todo Templario debía inclinarse.
El Ábaco era un verdadero Cetro o Vara Mágica, debidamente cargado
mediante
una ceremonia secreta. Era un cetro de poder y un verdadero talismán,
guiado por
el círculo secreto del templo oculto quien lo dirigía psíquicamente.
El Gran Maestre
era también el guardián del estandarte de la Orden, el famoso Bauceant
que no fue
encontrado nunca, con su cruz templaría y la divisa de la Orden:
«Non Nobis, Domine, non Nobis, Sed Nomini tuo DA GLORIAM»
El segundo alto dignatario de la Orden era el Gran Senescal, quien la
dirigía en
ausencia del Gran Maestre.
El tercer alto dignatario era el Gran Mariscal, quien reemplazaba a
los anteriores en
caso de ausencia de ambos.
El Gran Mariscal era el principal responsable de las huestes del
Temple. Podemos
decir que de alguna forma, era el ministro del ejército. Existían
otros altos
dignatarios, por ejemplo los dirigentes de las encomiendas, llamados
comendadores, cuyos poderes estaban limitados al territorio que les
era confiado.
Por otro lado los capellanes detentaban un gran poder religioso y eran
los únicos
que podían confesar a los caballeros.
2) La Disciplina en la Orden.
Era una disciplina férrea, combinación de la disciplina militar y el
espíritu religioso y
monástico.
Una palabra clave debía ser siempre recordada, era la Dignidad. En
todos los
casos, el Templario, y principalmente el Caballero, debía comportarse
con dignidad.
Así, las injurias y las palabras malsonantes eran siempre castigadas.
Quien juzgaba y aplicaba las sanciones era el Capítulo, tras votación
de todos los
hermanos presentes y con el acuerdo del Comendador.
También se practicaba la confesión pública, como en tiempos de los
primeros
cristianos. No nos extenderemos mucho sobre estos particulares, que
han sido ya
tratados ampliamente en otro lugar y no abordan más que el aspecto
exterior,
exotérico de la Orden del Temple.
Tampoco nos detendremos en el aspecto litúrgico y religioso, abundante
en una
orden monástica y que todavía es practicado en nuestra época en
abadías y
conventos, principalmente en los de la Orden Benedictina.
3) La Recepción y la Iniciación a los Misterios.
La Recepción en la Orden era una ceremonia magnífica, calcada de los
misterios
antiguos y que creaba en el futuro Caballero del Temple una impresión
inolvidable y
una notable elevación espiritual. Aunque ha sido ampliamente descrita
en ciertas
obras de divulgación, es necesario que comprendamos bien esta emotiva
recepción, para poder tratar en los capítulos siguientes, los rituales
secretos, claves
de la iniciación medieval, continuadora de los antiguos Misterios de
Tebas, Menfis,
Eleusis, Delfos, Mitra, etc.
Cuando el largo periodo probatorio concluía, el futuro Caballero del
Temple, debía
sufrir las pruebas de purificación, de notable dificultad y cuya
duración era de tres
meses.
Al aspirante se le asignaban los trabajos domésticos, (ayudar en la
cocina, en la
limpieza, alimentar y cuidar a los caballos, mulos y camellos, etc.).
Estas labores
humildes debían ser efectuadas de buen grado, junto a los criados de
la
encomienda.
Después, al llegar a la prueba espiritual, el aspirante era conducido
a un cuarto
sombrío, una mazmorra o incluso una cueva, donde debía pasar toda la
noche. En
dicho lugar, se había instalado previamente un pequeño altar, con una
representación de Cristo en la Cruz. Se le exigía velar toda la noche,
de rodillas
sobre el duro suelo, orando, e identificándose así con el Cristo a fin
de poder vivir
los Misterios de la Crucifixión.
Por la mañana, los dos caballeros padrinos iban a buscarlo y lo
introducían en la
sala octogonal donde estaba el Capítulo. Tras arrodillarse, debía
contestar a un
largo interrogatorio del Comendador de la Casa.
El cuestionario, ritual y exacto se llevaba a cabo y el aspirante
debía contestar sin
rodeos a todas las preguntas.
Estos son los fragmentos más importantes de las preguntas del
Comendador:
«Hermoso, dulce y querido Hermano, reflexionad sobre el hecho de que
vuestra
petición es una cosa enorme. Pues de nuestra Orden, vos no veis más
que la
cáscara externa....»
« ¿Tenéis esposa, novia o amante?
« ¿Habéis sido enrolado en otra orden? ¿Habéis efectuado otros votos o
promesas?».
« ¿Tenéis alguna deuda que no podáis pagar, vos o vuestros amigos?»
« ¿Estáis sano de cuerpo?
« ¿Habéis dado o prometido dinero a alguien para así facilitar vuestra
admisión
entre nosotros?
« ¿Sois diácono, o presbítero?
« ¿Estáis excomulgado?
«Tened cuidado. No cometáis perjurio, de lo contrario, perderéis la
casa.»
« ¿Prometéis a Dios Todopoderoso y a María, Madre de Dios, que
obedeceréis
durante toda vuestra vida al Gran Maestre de la Orden y al Comendador
bajo las
órdenes del cual viváis?».
Estos extractos del largo interrogatorio ritual, muestran la relación
con los Antiguos
Misterios, en los que el aspirante debía también sufrir unas pruebas
iniciáticas y
contestar a un cuestionario ritual.
A cada pregunta debía contestarse la frase ritual:
« Sí, Señor, si Dios lo quiere»,
Ved la analogía existente con el «Inch'Allah» de los Asesinos
Ismaelitas.
Seguidamente tenía lugar la recepción propiamente dicha. Tras el
sermón solemne
el Caballero era revestido con los cordones rituales y el manto blanco
con la cruz
roja. Seguidamente, el Comendador lo recibía besándolo en la boca,
como símbolo
de la transmisión del aliento sagrado.
Así se efectuaba la recepción ritual y la consagración del nuevo
Caballero del
Temple, al menos según los documentos y las reglas que han llegado
hasta
nosotros.
Vamos a estudiar el desarrollo de la Iniciación secreta, transmitida a
ciertos
Caballeros dignos y que eran aceptados por unanimidad, para ser
miembros del
círculo interno. El Temple Oculto.
Sólo algunos fragmentos de esta excepcional iniciación han llegado
hasta nosotros,
deformados a un fin bajo y vil, según se mantuvo en el mezquino
proceso de
principios del siglo XIV.
Tanto las claves de la iniciación secreta, como la ceremonia de los
poderes del ojo
frontal, van a ser aquí transmitidos bajo una forma de autoiniciación.
El tiempo en
que estos secretos deben ser transmitidos ha llegado. Esta es mi
contribución a la
rehabilitación de los Templarios, cuya única culpa fue el haber
querido la felicidad
universal.
Con toda seguridad, algunos abusos locales pudieron tener lugar en la
vida de la
Orden, aquí y allá. Pero, ¿no ocurre siempre así con todo lo humano?
Incluso la
Iglesia Cristiana, ante la que fielmente nos inclinamos, ¿no tiene
también páginas
negras en el gran libro de sus 2000 años de existencia?