Google Groups no longer supports new Usenet posts or subscriptions. Historical content remains viewable.
Dismiss

(IVÁN): FRUTO DEL ESPÍRITU es PERDONAR A LOS DEMÁS

0 views
Skip to first unread message

Elio Valarezo

unread,
Dec 11, 2005, 1:42:54 PM12/11/05
to

Sábado, 10 de diciembre, año 2005 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica


(Éste Libro fue Escrito por Iván Valarezo)


FRUTO DEL ESPÍRITU es PERDONAR A LOS DEMÁS


Ciertamente hemos sido transformados milagrosamente por el Padre Celestial,
en hijos e hijas del fruto de su Espíritu Santo para perdonar, para sanar y
para llevar a la salvación eterna (el Señor Jesucristo) a los demás, en
todos los rincones de la tierra, sin que ninguno de ellos jamás tenga que
perderse. Es decir, perderse eternamente en el poder sobrenatural de su
profunda oscuridad de su corazón y de su alma viviente, por no haber jamás
conocido, en todos los días de su vida: El nombre salvador de su vida, ¡el
Señor Jesucristo!

Por lo tanto, Dios ha enviado a su Hijo amado a Israel para redimir a toda
la humanidad, de todos los poderes más terribles del más allá, de Lucifer y
de sus ángeles caídos. En verdad, Dios nos ha llamado a ser hechos "frutos
eternos de su Espíritu Santo", así como su unigénito ha llegado a ser fruto
eterno de su Espíritu Santo en el vientre virgen, de una de las hijas de
Israel.

Pues nosotros somos frutos eternos de su Espíritu Santo, también, al haber
nacido, por vez primera, de la fe salvadora, en lo profundo de la oscuridad
eterna de nuestros corazones, al creer en el nombre y en la obra perfecta
de su Jesucristo. Por lo tanto, somos constituidos por Dios mismo, en el
poder sobrenatural de su Hijo amado, en hijos legítimos e hijas legitimas
de Dios, en la tierra y en el cielo, para siempre. Por eso, el fruto de
nuestro corazón siempre debe de ser para Dios y para bien de muchos, en
toda la tierra, día a día hasta la eternidad venidera, en el más allá.

Seriamente si encontrases extraviado algo por tu camino, mi estimado
hermano, que le pertenece a tu enemigo, entonces devuélveselo, sin más
demora alguna; no lo pienses dos veces, sino que hazlo, así como te
gustaría que lo hiciesen por ti. Además, si lo ves tirado en el suelo, al
que te aborrece, pues también, no lo dejes abandonado. Ciertamente le
ayudarás a que se levante, así mismo como ayudarías a tu hermano o a tu
hermana, si algo así le sucediese.

Porque Dios ha enviado a su Espíritu Santo a la tierra ha subyugar a cada
una de las tinieblas del enemigo, en toda la tierra y más no a que vivan y
florezcan en tu vida, ni en la vida de nadie. Por tanto, cuando tú haces el
bien por otros, entonces es el poder sobrenatural del Espíritu de Dios que
está obrando en ti, en tu corazón y con tus manos, para subyugar a los
enemigos de Dios, de la tierra y del más allá, también. Y esto es poder de
Dios y de su Espíritu en ti, hoy en día y para la eternidad venidera, en el
más allá de Dios y de su Arbol de vida y de salud eterna.

Por eso, si ves algo que no te pertenece, pero conoces que le pertenece al
que te aborrece, entonces regrésaselo; al hacerlo así habrás entonces
vencido al poder de la tiniebla de tu enemigo. Además, si lo encontrases
caído delante de ti, en tu camino, entonces no lo ignores, sino que
ayúdale, a que se levante y se reincorpore. Para que él mismo o ella misma
vea que tú eres un siervo de la verdad y de la justicia de Dios, y no así
siervo de la maldad y del pecado de Lucifer y de sus ángeles caídos.

Ahora, si le ayudases, sin pensarlo dos veces, al que te aborrece, entonces
habrás también vencido a esta tiniebla terrible del enemigo de Dios y de su
Jesucristo, en tu vida y en la vida de otros, también. Porque, además de
todo, lo que le sucede a tu enemigo, pues también te podría suceder a ti o
alguno de los tuyos, por lo tanto, tú desearías que esta misma tiniebla del
enemigo y de gran maldad entonces sea vencida, en ti, en los tuyos y hasta
en tu enemigo también, ¿verdad?

¡Claro que si!

Es por eso, que cuando ayudas a tu enemigo, entonces no sólo estas
venciendo al poder del enemigo, sino mucho más que esto. Realmente estas
agradando a Dios, a que se cumpla su voluntad perfecta, en ti y en la
tierra, porque las tinieblas del más allá, también, han sido derrotadas y
subyugadas ante su poder, el poder sobrenatural del Espíritu de Dios. Por
lo tanto, cada vez que tú vences a tu enemigo, derrotando las tinieblas del
enemigo del más allá, entonces la gloria de Dios en la tierra y en el cielo
crece para honra y exaltación eterna, del nombre sagrado de Dios y de su
Jesucristo.

Para que de esta manera única y muy especial, por cierto, entonces la obra
que Dios ha enviado a su Espíritu Santo hacer por toda la tierra en contra
de cada una de las profundas tinieblas del más allá, de Lucifer y de sus
ángeles caídos, pues sea vencida en el nombre de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! Porque realmente lo que Dios ha estado buscando todos estos
tiempos, desde la fundación de su reino celestial y de toda la tierra, ha
sido: gloria y honra eterna para su nombre santo, en el corazón y en la
vida de cada hombre, mujer, niño y niña, de todas las familias de la
tierra.

Por lo tanto, cada una de las tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos,
tiene que ser vencida, en esta hora del día, por su palabra, por el poder
sobrenatural de su Espíritu Santo y eternamente glorioso, en la tierra y en
el más allá, también, para la gloria de la eternidad venidera de su nuevo
reino celestial. Y éste nuevo reino de Dios es, sin lugar a duda: La Nueva
Jerusalén Celestial del más allá, del reino de los cielos, la cual fue
ofrecida a los hebreos de la antigüedad primero y luego a todo aquel que
creyese en Él y en su obra perfecta sobre la cima de la roca eterna, en las
afueras de Jerusalén, en Israel.

Pues cada vez que un mal se manifiesta en cada uno de nosotros, entonces
nosotros tenemos que vencerlo, por el poder sobrenatural de la palabra y
del nombre sagrado de nuestro Dios y salvador eterno, su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo! En esto conocerán todos, en toda la tierra, hombres y
mujeres, que verdaderamente somos fieles a Dios y discípulos de su Hijo
amado, su Jesucristo. Es decir, si manifestamos amor los unos por los
otros, al ayudarnos y así vencer las profundas tinieblas del más allá, en
nuestras vidas y en las vidas de los demás también, ya sean contrarios o
aliados nuestros.

Porque la verdad es que nuestra batalla no es con hombre o con mujer de la
tierra, sino contra principados, potestades de Lucifer y de sus ángeles
caídos, con poderes terriblemente profundos de gran maldad del más allá. Y
estas son las tinieblas de la tierra, génesis 1:2, de las cuales Dios
siempre deseo derrotar con el poder sobrenatural de su Espíritu y de la
presencia gloriosa de su Jesucristo, el Cristo de Israel y de la humanidad
entera, viviendo en el corazón de cada uno de sus fieles, de sus
seguidores, como tú y yo, hoy mismo, por ejemplo.

En verdad, esta presencia del Señor Jesucristo, no es sólo para la tierra
de Israel, sino para el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de todas
las familias, razas, pueblos, tribus, linajes y reinos del mundo entero.
Porque sólo la presencia del Espíritu de Dios y la presencia gloriosa y
eternamente honrada de la vida del Señor Jesucristo han de derrotar
eternamente al pecado y a cada una de sus más terribles profundas tinieblas
del corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la tierra y
del más allá también, para siempre.

Para que entonces seamos hechos, en un momento de fe y de oración, en lo
profundo de nuestros corazones, en un día como hoy, por ejemplo: en hijos
legítimos e hijas legitimas de Dios, por el poder del Espíritu y de la vida
gloriosa y eternamente honrada de su Hijo amado, ¡el Hijo de David! ¡El
Cristo de Israel y de la humanidad entera!

Porque la verdad es que Dios mismo nos ha vuelto a crear para su reino
celestial, no de la carne de Adán y de Eva, como en el paraíso, por
ejemplo, sino de la carne y del Espíritu de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!, en la tierra de nuestros días. Y Dios ha hecho esta gran obra
espiritual en cada uno de nosotros, sin faltar ninguno, porque Él no desea
que ninguno de nosotros se pierda y se marche con su enemigo al infierno,
al más allá. Por lo tanto, Dios ha vencido el mal en cada uno de nosotros,
con el poder de su Espíritu y de su Jesucristo, para gloria y para honra
eterna de su nueva vida celestial, en el más allá, en su nuevo reino eterno
y glorioso.

Porque realmente si es verdad: hemos sido creados para llegar a ser, en un
día como hoy, por ejemplo, en hijos legítimos e hijas legitimas de Dios,
por el poder sobrenatural de tan sólo creer en el corazón y confesar con
nuestros labios: el nombre santo y salvador del Señor Jesucristo. Por lo
tanto, esta confesión de fe, en lo profundo de nuestros corazones, es, que
verdaderamente nos hace hoy en día, en hijos e hijas del Espíritu de Dios,
para la eternidad venidera, en el más allá, en el nuevo reino de los
cielos.

Por todo ello, cada uno de nosotros es constituido en hijo e hija del
Espíritu Santo de Dios, hoy en día, con tan sólo creer en el corazón, en
Jesucristo y en su obra eternamente santa y gloriosamente honrada por los
ángeles, en el cielo y en la tierra, para gloria y honra del Padre
Celestial, para su nueva eternidad venidera, del más allá.

Es por eso, que nuestro Padre Celestial ha hecho en cada uno de nosotros,
en nuestros millares, en toda la tierra, "el fruto de su Espíritu Santo",
para perdonar, para sanar y para salvar, con tan sólo creer en el corazón y
confesar con nuestros labios en el nombre sagrado y salvador de su Hijo
amado: ¡el Señor Jesucristo! (Los siguientes libros nos ayudaran a entender
un poco más de lo que es ser fruto del Espíritu de Dios y así tener el
poder sobrenatural de ser hijos e hijas de Dios para perdonar a los demás,
en cualquier tiempo de nuestras vidas y en cualquier lugar de la tierra,
también.)


Libro 112


PERDONANDO A LOS DEMÁS


Ciertamente nuestro Dios nos ha llamado, en su Jesucristo, ha bendecir y no
a maldecir a nadie, por ningún pecado, ni por ninguna razón tampoco, jamás.
Por lo cual, estamos llamados por el cielo a bendecirlo todo y en todo
tiempo, en el cielo y en la tierra, en el nombre del Señor Jesucristo.
Porque todo nuestro poder de bendición, de vida y de salud, sólo se
encuentra en el nombre salvador de nuestro Señor Jesucristo, y no en el
nombre de alguna otra persona o deidad, si es que existiese otra (deidad)
fuera de Dios y de su Jesucristo, por ejemplo.

Por lo tanto, estamos llamados por Dios y por su Espíritu de vida y de
salud eterna ha hacer siempre: "el bien" en la tierra y en el cielo,
también, para siempre. Y cuando hacemos el mal, por alguna razón o por
alguna equivocación, entonces pecamos ante nuestro Dios y su Jesucristo.
Por este motivo, el Señor Jesucristo siempre les decía a sus apóstoles y
discípulos, en sus predicaciones y en sus oraciones: Padre Celestial,
perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Realmente, esta oración que Dios siempre enseño, y así también oro al Padre
Celestial, fue para el bien de cada uno de nosotros, hasta hoy en día, por
ejemplo; es decir, para que Dios perdone cada uno de nuestros pecados, día
a día y siempre, hasta que entremos de lleno en nuestra vida celestial, en
su reino glorioso y eterno. Porque objetivamente no sabemos lo que estamos
haciendo cada vez que pecamos en contra de Él, de nuestros hermanos, de
nuestras hermanas y de su Ley Eterna, su Árbol de vida, el Señor en el
paraíso y en la tierra, de nuestros días.

Además, éste Árbol de vida de Dios es su Hijo amado, el Hijo de David, ¡el
Cristo de Israel y de las naciones del mundo entero, para siempre! Y como
Él no hay otro igual, en el paraíso, ni menos en la tierra. Asimismo, como
su sangre santa y celestial no hay otra igual, tampoco, por la cual Dios
pueda perdonar eternamente el pecado del hombre, la mujer, el niño y la
niña de todas las familias de la tierra, hoy en día y para siempre, en la
eternidad venidera de Dios y de su Jesucristo, en el nuevo reino de los
cielos.

Propiamente, es esta misma sangre que no sólo Dios ha podido perdonar al
hombre, sino que también esta sangre divina del sacrificio eterno de Dios
tiene poder para hacer que cada hombre, mujer, niño y niña de toda la
tierra, perdone a su hermano o a su hermana por la culpa de alguna falta o
de algún pecado. Y sin la sangre del Señor Jesucristo, en la vida de Dios o
de cualquier hombre de la tierra, entonces el perdón del pecado es
totalmente imposible, simplemente no hay perdón de pecados para nadie, de
parte de Dios hacia el pecador o de parte del hombre hacia su prójimo.

Fue precisamente por esta razón de que Estaban, un siervo de Dios y
discípulo de Jesucristo, pudo, en su momento de ser herido y muerto por sus
enemigos, perdonarles su pecado cruel y malvado. Y esto fue algo que lo
logro hacer, simplemente orando a Dios minutos antes de cerrar sus ojos y
morir para el mundo, pero no para Dios. Y Dios oyó su oración de
intercesión y de perdón de pecados, el cual hacia para el bien eterno de
sus enemigos, porque Dios veía en él, "la sangre bendita y sumamente
honrada" de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Ahora, si la sangre del Señor Jesucristo no hubiese estado en el corazón de
Esteban, por ejemplo, en el momento que era muerto en las manos de sus
enemigos, entonces Esteban no hubiese podido orar para el perdón de los
pecados de sus enemigos, ni mucho menos Dios hubiese oído su oración, de
ninguna manera. Sin, embargo, como la sangre del Señor Jesucristo con su
nombre santo se encontraba llena de fe, en su corazón, entonces Esteban
pudo interceder ante Dios, por el perdón del pecado de sus enemigos y así
lograr el perdón de Dios, sin ningún problema alguno.

Y, a la misma vez, Dios entonces pudo oír su oración con gran claridad,
porque la fe, de la sangre de Jesucristo, estaba en su lugar original, en
donde siempre debe de estar, en el corazón de cualquier hombre o de
cualquier mujer, como en el corazón de Dios y de cada uno de sus ángeles
del cielo, también. Este es el poder sobrenatural, por el cual Lucifer, ni
menos su pecado, ha podido jamás vencer a Dios, en su justicia y en su
verdad celestial, hasta hoy en día, en el cielo y en la tierra, también,
por ejemplo.

Por lo tanto, todo aquel que tiene la sangre del pacto del Señor Jesucristo
viviendo en su corazón, entonces no puede tener el espíritu humano que
siempre ha dicho de tiempo en tiempo y especialmente en momentos de ira y
de dolor ante el pecado y la maldad de su enemigo: Así como me ha hecho mi
enemigo. Pues asimismo le haré también a él, para que sufra como yo he
sufrido por su maldad, por su culpa. (Este no es el Espíritu de Dios, en
ningún momento de la vida del hombre, ni menos es la voluntad de Dios, en
su corazón, ni en sus palabras humanas. Esto es el hombre en su ceguera
espiritual.)

En verdad, éste espíritu no es de Dios, sino el espíritu humano del hombre,
el cual no ha conocido el nombre, ni menos el poder sobrenatural de la
sangre preciosa y sobrenatural del Señor Jesucristo, en su corazón y en su
alma viviente, también. Por lo tanto, Dios no desea que el hombre proceda
así con su enemigo, sino que lo perdone, y lo perdone de verdad, en el
nombre del Señor Jesucristo, para engrandecer y glorificar en gran medida
su nuevo reino celestial, en el más allá.

Por todo ello, Dios desea que el corazón del hombre de fe, del nombre
sagrado del Señor Jesucristo, entonces sea compasivo, misericordioso,
gentil, bondadoso, amable, verdadero, justo, sagas con lo bueno y siempre
en contra de todo mal del enemigo de Dios y de las almas de los hombres de
la tierra. Es decir, de ser siempre mansos como las palomas y alertas como
la serpiente, para no caer jamás en la trampa del mal del hombre pecador,
ni de Lucifer, ni de sus ángeles caídos del más allá, por ejemplo.

Es decir, también, no devuelvan a nadie maldición por maldición, sino que
bendíganlo en el nombre del Señor Jesucristo, para cumplir la ley de Cristo
en sus vidas y en la vida de su enemigo de la misma manera. Porque si tu
enemigo desea tener tu capa, entonces sácatela y dásela. Y no sólo le des
tu capa, sino también dale tu camisa y todo lo demás que le puedas dar.

Es más, si tu enemigo desea que vayas un kilómetro de camino con él, pues
ve con él a dos (kilómetros). Pues así has de estar agradando a Dios y, a
la misma vez, enseñándole a tu enemigo de que nuestro Dios es justo y
verdadero, para con los justos y para con los injustos, de igual forma día
a día y hasta siempre, a pesar de la presencia del pecado. Porque nuestro
Dios hace llover de su gran riqueza celestial todos los días del año, en
muchos lugares de la tierra, de su buen tesoro del cielo: la lluvia tardía
y temprana, para que la tierra sobreabunde en sus frutos y muchas riquezas
más, para bien de todos, fieles e infieles al nombre de su Hijo amado.

Pues para esto han sido llamados todos los hijos e hijas de Dios, por medio
de la fe, del Señor Jesucristo, en todos los lugares de la tierra, de todas
las razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del hombre, para que bendigan
sus corazones y sus almas eternas, en el poder sobrenatural de la palabra
del evangelio celestial, ¡el Cristo! Porque el evangelio de Dios es el
mismo Señor Jesucristo, desde su comienzo hasta la eternidad venidera, en
el más allá, en el nuevo reino de los cielos, para siempre. Es decir, que
no hay un segundo Cristo, en el cielo o en la tierra, sólo hay uno que es
real y verdadero para con Dios y para con todo hombre y con toda mujer de
la tierra.

Pues, por el poder de su palabra y de su Ley, entonces Dios desea que todo
hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de las naciones, no sea
vencido jamás por el mal, sino que siempre venza el mal con su bien, el
bien viviente del nombre y de la sangre sagrada de Dios y de su Jesucristo.
Porque su enemigo y el mundo de la tierra de nuestros días, en sus días
finales, han de ser vencidos con el bien de la palabra, de la Ley y con el
nombre sagrado de su unigénito, ¡el Cristo de Israel y de las naciones del
mundo entero!

SEAN BONDADOSOS CON LOS DEMÁS, SIEMPRE

Estamos llamados por Dios a perdonar a los demás, sea cual sea su pecado;
es decir, que nosotros no somos jueces del pecado de nadie, jamás. Pero no
por esto, Dios desea que nos dejemos de robar, ni de destruir nuestras
vidas, por voluntad del enemigo de nuestras almas y de nuestras vidas, en
toda la tierra, sino lo contrario. Dios desea que vivamos, cuando el
enemigo desea que muramos. Dios desea que tengamos muchas de sus riquezas,
cuando el enemigo desea que tengamos siempre escasez / insuficiencia de las
cosas.

Realmente, estamos llamados por Dios y por su Jesucristo ha defender toda
vida, cualquier vida y nuestras riquezas, las nuestra y las de los demás,
también, en el poder sobrenatural del espíritu viviente de su palabra
eternamente gloriosa y sumamente honrada, en el cielo y en su corazón
santísimo. Por todo ello, Dios realmente desea que seamos bondadosos con su
palabra, aun con los que nos desean hacer daño, robándonos hasta aun la
misma vida que Él nos ha dado, en el día que nos formo en su imagen y
conforme a su semejanza celestial, en el cielo y en su corazón con sus
manos santas.

Y aunque esto es verdad, Dios desea que nosotros mantengamos firme la vida
que nos ha regalado en Cristo Jesús, salvador nuestro. Por lo tanto, sean
bondadosos y misericordiosos los unos con los otros, siempre perdonándose
sus faltas, sus pecados y sus males, para cumplir la palabra de la Ley de
Dios, en sus corazones y en sus almas vivientes. Pues perdonando la ofensa
de tu hermano y de tu hermana también, entonces has de estar haciendo como
Dios también te perdonó en Cristo Jesús, Señor nuestro, en el día que hizo
correr su sangre sagrada sobre la cima de la roca eterna, en Jerusalén, en
Israel. Es decir, que cuando tú pecabas, Dios ya te había perdonado en su
Jesucristo.

Además, porque éste llamado es (fiel y verdadero) de Dios para todo hombre,
mujer, niño y niña de toda la tierra, de perdonar el pecado de los demás,
de los que hayan sido hechos, no sólo en contra de ellos mismos, sino
también de los suyos (sus familiares) y hasta de sus amigos, también, en
cualquier lugar de la tierra. Porque Ciertamente Dios ha perdonado nuestros
pecados en Cristo Jesús, salvador nuestro, para que veamos la luz y no las
tinieblas de nuestros corazones, como lo hemos estado haciendo todo este
tiempo, desde el día que entramos a la tierra y al conocimiento del pecado
de nuestro corazón y de nuestra sangre humana e imperfecta.

Por lo tanto, nuestro Dios no sólo ha perdonado nuestros pecados y delitos
por amor a Él mismo, sino también los de nuestros familiares y amigos, en
el poder sobrenatural del nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! Por esta razón, somos libres de todo poder del pecado y de su
mal eterno, en la tierra y en el más allá, también, para siempre. Si, somos
libres en el poder sobrenatural de la sangre del Señor Jesucristo, como el
Dios mismo del cielo y de toda la tierra es libre y puro, de todo pecado y
de su maldad eterna.

Puesto que, si Dios nos ha perdonado nuestros pecados, entonces también
nosotros debemos proceder de la misma manera, con los demás, sea quien sea
la persona, siempre perdonando el pecado, con el mismo espíritu de
misericordia y del perdón de Dios. Y éste espíritu de misericordia, gracia
y del perdón de Dios, para con todos sus hijos e hijas de la tierra,
solamente se encuentra en el espíritu de la fe viviente, del nombre
salvador de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Por lo tanto, cuando perdonamos a los demás sus ofensas y pecados hechos en
contra de nosotros y de los nuestros, entonces estamos cumpliendo la
perfecta voluntad de Dios, en nuestros corazones y en los corazones de los
demás, también. Y esto es poder y bendición sobrenatural, para cada uno de
nosotros, en toda la tierra. En efecto, esta es la misma voluntad de Dios,
que el Señor Jesucristo ha cumplido en la tierra de Israel, no sólo para
bendecir a Israel, sino también para bendecir a cada una de las naciones y
de sus gentes, como a ti y a los tuyos, también, en el día de hoy, por
ejemplo.

Es decir, que éste espíritu de perdón, de gracia y de misericordia
celestial de Dios y de su Hijo amado, ha llegado a tocarte a ti también,
hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana. Y esto ha sido, en
verdad, de la misma manera y con el mismo poder sobrenatural de Dios, como
en su día, por ejemplo, toco a muchos en Israel, tanto a hebreos como a
gentiles, para bendecir sus vidas y así entonces "sellar sus almas
eternamente con su Espíritu Santo", para su nuevo reino celestial, en el
más allá.

Es decir, también, que fueron muchos de los que Dios bendijo con su perdón
sobrenatural y eternamente milagroso, como a judíos primero y luego a los
gentiles, para miles de generaciones venideras, como en el día de hoy en la
tierra, con su palabra, con su Ley y con el evangelio celestial del Gran
Rey Mesías, ¡el Hijo de David! Puesto que, esta salvación celestial es de
los judíos primero, para cumplir la palabra viviente de Dios y de Moisés de
una vez por todas y para siempre, en Israel y en toda la tierra de los
gentiles, hasta en sus lugares más recónditos, para gloria y para honra
eterna, del nombre santo de Dios.

Es decir, para exaltar su nombre salvador y sobrenatural, en el corazón de
cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de la tierra y sobre
cada una de sus tinieblas eternas del mal que se haya levantado en contra
de la luz y de la vida de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque Dios
ha descendido con gran poder y con gran juicio sobre todas las profundas
tinieblas de la tierra y del más allá, también, para destruirlas de una vez
por todas y para siempre, con el poder de su Espíritu Santo y de la sangre
viviente de su Jesucristo, "el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo".

Para luego entonces poder comenzar su nuevo reino celestial, en la tierra y
en el paraíso también, en su nueva ciudad gloriosa: ¡La Nueva Jerusalén del
Gran Rey Mesías! Porque la verdad es que esta ciudad de Dios "existe". De
hecho, esta es la ciudad que Dios siempre sonó construir para vivir en ella
con su Jesucristo, su Árbol de vida y de salud eterna, para todo ángel,
hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de las naciones del mundo
entero, comenzando con Israel de hoy en día y de siempre, por ejemplo. Esta
es la ciudad celestial del gran Rey Mesías, ¡el Hijo de David!, para la
eternidad venidera, en el más allá.

CUANDO OREN Y SE ACUERDEN DE ALGÚN PECADO, ENTONCES QUITENLO CON LA SANGRE
DE JESUCRISTO, PARA QUE DIOS OIGA SU ORACIÓN EN EL CIELO

Por lo tanto, todo aquel que haya sido llamado por Dios, ha vivir en esta
tierra santa, en el cielo, entonces tiene que entrar con su corazón libre y
limpio de todo pecado. Es más, ninguna persona jamás ha de poder entrar, ni
mucho menos pisar tierra santa y eterna, con el pecado de su hermano o de
su hermana viviendo en su corazón. Porque nada sucio de pecado, ni de
contaminación de tiniebla, ha de poder entrar jamás, en el reino de los
cielos.

En verdad, los únicos que han de entrar en el reino de los cielos han de
ser todos los de corazón limpio, delante de Dios y de su Gran Rey Mesías, ¡
el Hijo de David! Y estos que han de ser llamados y sellados por el
espíritu de Dios, hoy en día, por ejemplo, como dignos de entrar en un
pacto santo con Dios; pues ellos han de vivir con Dios en el cielo, han de
ser los que haya creído en sus corazones y confesado con sus labios: El
nombre salvador del Señor Jesucristo.

Puesto que, todo aquel que crea en su corazón y confiese con sus labios el
nombre del Señor Jesucristo, entonces le ha creído a Dios y a su Espíritu
Santo, para vida y salud eterna, en la tierra y en el cielo, también, para
la eternidad venidera. Por lo tanto, el que le ha creído a Dios, entonces
también ha creído en su Jesucristo y en su Espíritu de vida y de salud
eterna, para nunca morir, sino seguir viviendo su vida celestial, en el
cielo, para siempre.

Es decir, que el nombre de tal persona (o personas) ha de estar escrito en
"el libro de la vida" para que su alma viva y no muera jamás, en el fuego
de la ira y del gran juicio de Dios, en el más allá, en el infierno. Y éste
libro de la vida de Dios y de su Hijo amado, es la vida que Dios le dio a
Adán y a cada uno de sus descendientes, por ejemplo, libre de todo pecado y
tinieblas, para que vivan con Él para siempre, en perfecta paz y en
perfecta sabiduría celestial, en el reino de los cielos.

Ya que, esta vida del libro de la vida de Dios es santa y eternamente pura;
en verdad, esta vida celestial, es la misma vida de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, para todo hombre, mujer, niño y niña de la fe, de Dios y de su
Espíritu Santo, en la tierra y en el cielo también, para siempre. Por lo
tanto, cuando se pongan a orar, si tienen algo en contra de alguien,
entonces perdónenle, para que su Padre Celestial, quien está en los cielos,
también les perdone a ustedes sus ofensas, cualquiera que sea cada una de
ellas, en sus corazones y en sus almas vivientes, también, para siempre.

Es más, si perdonan a los demás, entonces Dios no sólo ha de borrar sus
pecados, sino también los de sus hogares, para que los suyos vivan y no
mueran jamás, en el poder sobrenatural de las terribles tinieblas del
enemigo, como Lucifer y sus ángeles caídos, por ejemplo. Es decir, una vez
que Dios quita el pecado, Él lo quita por completo en cada uno de los
suyos, en sus hogares o en cualquier lugar de la tierra, también. Y esto es
vida celestial para la vida del hombre, que en su día más oscuro de su
corazón, por no conocer a su Dios y a su redentor eterno, entonces se
encontraba ciego y perdido, en sus profundas tinieblas, en donde la luz del
nombre del Señor Jesucristo no existía, ni se veía el resplandor de su vida
celestial.

Por lo tanto, es bueno perdonar los pecados de los demás, para el bien de
muchos y de Dios, para que el corazón de Dios esté siempre feliz con cada
uno de ustedes, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas. Porque si
ustedes no perdonan, tampoco su Padre Celestial quien vive en los cielos,
en perfecta justicia y en perfecta santidad, les perdonará sus ofensas, ni
las ofensas de sus hogares o de los suyos, tampoco.

Por lo tanto, es bueno quitarse el peso del pecado del corazón, lo más
pronto posible: siempre perdonando a los demás, de la misma manera que
desearía que Dios también les perdone sus pecados y de los suyos también,
en su casa o en cualquier lugar de la tierra, de hoy en día. Por eso, Dios
no desea un corazón muerto en el hombre, sino un corazón vivo, vivo para
Él, para su Jesucristo, para su Espíritu y para su nueva eternidad
venidera, en el más allá.

En vista de que, un corazón libre del peso del pecado, en verdad, para Dios
es un corazón "feliz", en la tierra y en el cielo, también, para siempre.
Y, además de todo, Dios ha enviado a su Hijo a Israel y a toda la tierra,
para borrar y quitar el peso del pecado del corazón del hombre y de la
mujer, también, y más no para retenerlo y sufrirlo, hasta enfermase o morir
de dolor y de tanto daño del poder terrible, del enemigo de Dios. Es más,
nuestro Dios es un Dios que ama la paz, la felicidad y la vida, y no el
sufrir o el peso terrible del día a día del pecado, hasta terminar con la
vida del hombre o de la mujer de la tierra, de hoy en día, por ejemplo.

DIOS HA DE PERDONAR NUESTRAS OFENSAS, COMO HEMOS PERDONADO A OTROS

Es por eso, que en nuestras oraciones cotidianas hacia Dios, tenemos que
pedirle siempre, en el nombre de su Jesucristo, por el perdón de nuestros
pecados, para estar siempre limpios y libres de toda maldad del enemigo, en
nuestras vidas, en nuestros corazones. Y se lo tenemos que decir siempre a
Él, en serio, en el nombre de su Hijo amado, día a día, para que entonces
nuestros corazones y nuestros espíritus humanos siempre tengan: paz eterna
con Él y con su Espíritu Santo.

Es más, el perdón de Dios por nuestros pecados, es, en realidad, el
comienzo de la sanidad y de la santidad celestial, de cada una de nuestras
enfermedades, cualquiera que sean todas ellas, en nuestros corazones, en
nuestros espíritus humanos o en nuestros cuerpos corporales. Y estas son,
usualmente, enfermedades mortales del corazón, del espíritu, del cuerpo y
del alma, también, de cualquier hombre de la tierra, por culpa de su pecado
de no conocer, en su corazón a Jesucristo. Porque la verdad, de las muchas
enfermedades del corazón y del cuerpo del hombre, es de no haber conocido
el nombre del Señor Jesucristo en su corazón, para cumplir con Dios en toda
su justicia y en toda su verdad celestial.

En realidad, sin el perdón de Dios, en nuestras vidas, entonces no hay
sanidad, ni santidad, alguna para nuestros cuerpos, ni mucho menos la
salvación santa de nuestras almas vivientes. Por lo tanto, es necesario
decirle a nuestro Dios, siempre, en el nombre sagrado de su Hijo amado:
Perdónanos nuestras ofensas, Padre Celestial, como también nosotros
perdonamos a aquellos que pecan en contra de nosotros. Y sólo así, entonces
Dios también nos ha de perdonar y limpiar de todos nuestros pecados, en
nuestros corazones y en nuestros cuerpos espirituales y corporales,
también, en el nombre de su Hijo amado, Jesucristo.

Dado que, la verdad es, que si ustedes, mis estimados hermanos y mis
estimadas hermanas, perdonan a los hombres sus ofensas, entonces su Padre
Celestial y su Espíritu también les perdonarán a ustedes (cada una de sus
ofensas), para sanar sus corazones, sus cuerpos y sus espíritus humanos, de
todos los males más terribles y crueles del más allá.

De otra manera, si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre Celestial
les perdonará sus ofensas, por retener los pecados de los demás y no
dejarlos ir a su lugar eterno, el infierno. Y entonces sus cuerpos han de
seguir cargados del poder terrible del mal de las tinieblas, de las
enfermedades de sus espíritus y de sus cuerpos humanos, hasta que caigan
muertos y regresen al polvo de la tierra, de donde Dios los saco, en el día
que los formo con sus manos en su imagen y conforme a su semejanza.

Pero nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Verdaderamente
nuestro Dios vive y vive para siempre por amor a nosotros y a sus ángeles
santos, en el reino de los cielos. Es decir, que nuestro Padre Celestial
desea que nosotros tengamos paz y armonía eterna con Él, por medio de la fe
salvadora de su Jesucristo, desde hoy mismo, para entonces seguir viviendo
con nosotros en el más allá, en nuestro nuevo lugar eterno, en su nuevo
reino celestial, ¡La Nueva Jerusalén Eterna!

Puesto que, si nosotros no podemos tener paz y armonía espiritual con
nuestro Padre Celestial, desde hoy mismo, en el nombre de su Hijo amado,
entonces como vamos a poder vivir con Él, en su paz y en su armonía
espiritual, en el cielo, con cada uno de los hombres, mujeres, niños y
niñas de todas la tierra. Esto es absurdo e imposible, también, para el
corazón pecador de cualquier hombre de la tierra.

Es por eso, que hoy es el día de nuestra salvación y de nuestra bendición
celestial: al creerle a Él, nuestro Padre Celestial, solamente por medio
del espíritu de fe, del nombre de su Jesucristo, su único fruto de vida
eterna, su Árbol de vida celestial, de Adán y de cada uno de sus
descendientes, en toda la tierra, para siempre. Por lo tanto, de su
Jesucristo hemos de comer, y de Él también hemos de beber, para salud y
para vida eterna, para la eternidad.

Y sin su comida y bebida, entonces hemos de morir de hambre y de sed
espiritual para siempre, entre las llamas ardientes del infierno. Porque
habremos de haber cometido otra vez, el mismo pecado original, el pecado de
Adán y de Eva, por ejemplo, al haber rehusado comer del fruto de vida, del
Árbol de vida y de salud eterna de Dios, en el epicentro del paraíso, su
Jesucristo.

CUIDENSE POR USTEDES MISMOS

Es por eso que el Señor Jesucristo les enseñaba a sus discípulos a que se
cuiden ellos mismo, para que no caigan en los males terribles de las
profundas tinieblas del pecado y de la muerte eterna, del más allá. Y Él
les decía día y noche, por su predicación: Miren por ustedes mismos, para
que no caigan en las terribles aflicciones de sus pecados, ni de los
pecados de nadie tampoco: Porque si tu hermano peca, repréndele; y si se
arrepiente, perdónale. Si siete veces al día peca contra ti, y siete veces
al día regresa a ti diciendo: "Me arrepiento de mi mal", entonces
perdónale, sin titubear en tu corazón, ni un sólo instante. Pues cuan tan
pronto le perdones, entonces mejor para ti y para los demás también.

Y no retengas el fuego de su pecado, en tu espíritu, ni mucho menos en tu
cuerpo corporal, como tu corazón, por ejemplo, para tu propio mal. Porque
si no le perdonas, entonces el fuego del pecado y de sus muchos males se ha
de quedar en ti, para crecer hacia males aun más terribles que antes, para
enfermar tu corazón y toda tu alma viviente, también, sin que nadie tenga
remedio para tu vida, jamás. A no ser que te acerques a Jesucristo y te
acojas a su refugio celestial, para alcanzar entonces tu perdón eterno.

Además, Dios no desea que ninguno de sus hijos e hijas, de los que le han
creído a Él, por medio del nombre y de la vida sagrada de su Hijo amado,
caiga en éste terrible mal de su alma y de su corazón, sino lo contrario.
Dios desea que cada uno de sus hijos e hijas escape estos males de su
corazón y de su alma eterna, por la puerta y el camino correcto que sólo
existe, desde siempre, en el cielo, en el paraíso de Adán y de Eva, por
ejemplo.

Es por eso, que el Señor Jesucristo les decía a las gentes, por donde sea
que caminase por Israel, predicando el evangelio eterno del reino de los
cielos: Mírenme, Yo soy la puerta. El que entre por mí, entonces ha de
entrar y ha de salir, para encontrar descanso para su alma eterna. Y
también, el Señor Jesucristo les decía: Yo soy el camino… Y éste camino
celestial, no lo conoce ningún hombre, ni ningún ángel del cielo, dado que,
éste camino celestial es un camino de gran santidad eterna, del reino de
Dios.

Realmente éste camino es el que lleva al corazón y al alma eterna del
hombre y de los ángeles del cielo, hacia la presencia gloriosa del Padre
Celestial. Porque ningún ángel ha conocido a Dios, jamás, igual que al
hombre de la tierra, como Jesucristo sólo lo conoce a Él, desde los días de
la antigüedad y hasta siempre. Por lo tanto, sólo el Señor Jesucristo es el
verdadero camino hacia Dios, en la tierra para el hombre y en el cielo,
también, para el ángel.

En la medida en que, ninguno de los ángeles jamás ha conocido el camino
hacia al Padre Celestial, salvo el Señor Jesucristo, desde los primeros
días de la antigüedad y el comienzo de todas las cosas, hasta hoy en día,
por ejemplo. Y, además, también, ningún hombre de la tierra, ni ningún
ángel del cielo conoce al Padre Celestial, salvo el Hijo, el Señor
Jesucristo. Por lo tanto, sólo el Señor Jesucristo es el camino, la verdad
y la vida, que lleva a todo ángel y a todo hombre hacia la presencia santa
y eternamente honrada del Padre Celestial, en el reino de los cielos.

Es por esta razón del porque Lucifer con una tercera parte, de los ángeles
del reino de los cielos, se perdió eternamente, en su pecado y por el
camino oscuro y sin fin, de su corazón eternamente corrupto y malvado.
Porque ni él, ni ninguno de los ángeles caídos conoce el camino hacia la
presencia del Padre Celestial, sólo el Señor Jesucristo. Y en el futuro,
aparentemente, sólo el hombre, la mujer, el niño y la niña de la fe, del
nombre del Señor Jesucristo, en toda la tierra, ha de conocer el camino al
cielo, hacia la presencia santa del Padre Celestial.

Por lo tanto, le ha placido al Padre Celestial que cada hombre, mujer, niño
y niña, desde hoy mismo, conozca éste camino de santidad y de gran gloria,
el cual lleva a su corazón y a su alma viviente, hacia la presencia santa
del Padre Celestial, en el cielo. Por eso hemos recibido de parte de Él,
tan gran revelación, en la vida gloriosa y sumamente honrada de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo! Y esta es una revelación de verdad, justicia,
amor, paz, gloria, sabiduría y de grandes poderes sobrenaturales de su
salvación eterna, de la cual Lucifer, ni ninguna de sus tinieblas entiende
nada, hasta hoy en día, excepto cualquier hombre de fe, en cualquier lugar
de la tierra, de hoy en día, por ejemplo.

Ya que, sólo su Hijo amado puede ser el perdón eterno de cada uno de
nuestros pecados en la tierra y en el cielo, delante de su presencia
sumamente santa y eternamente honrada. Y fuera del Señor Jesucristo y su
sangre redentora, Dios jamás ha de poder perdonar, ni mucho menos limpiar
el corazón y el alma viviente de cada hombre, mujer, niño y niña de las
familias, de la tierra, comenzando con Israel, por ejemplo, como en los
días de la antigüedad y hoy en día también, y hasta la eternidad venidera.

LLAMADOS A BENDECIR Y NO A MALDECIR

Por eso, Dios ha llamado al hombre de la tierra a que bendiga a los que los
persiguen; si, bendigan y no maldigan, porque Dios es poderoso y sumamente
santo, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, para perdonar y
para limpiar todo pecado en el corazón del hombre. Además, de todo, sólo
Dios es el juez de toda la tierra y no ningún hombre o ángel caído. Sólo
Dios es sumamente santo y eternamente honrado, para juzgar el pecado con
justo juicio basada en su verdad eterna y viviente, su Hijo amado, su
Jesucristo, para bien de muchos en toda su creación, en el paraíso y en la
tierra, también, de hoy en día y de siempre.

Por lo tanto, que nadie maldiga, sino que bendiga a su hermano, a su
hermana, como Dios desea bendecirlos. Ya que, nuestro Dios está sentado en
el trono de su gloria eterna, en el cielo, para bendecir y no para maldecir
a nadie; por lo tanto, el hombre debe de bendecir y no maldecir a ninguno
de sus hermanos o de sus hermanas. Puesto que, el que maldice, entonces
está haciendo que las tinieblas se engrandezcan en muchos lugares de la
tierra, en vez de que la luz del evangelio eterno de Dios y de su reino
celestial: crezca.

Dado que, el que bendice, entonces ciertamente está haciendo que la luz
bendita de la vida gloriosa y eternamente honrada del reino de los cielos,
comience, desde ya, ha crecer en los corazones y en las almas vivientes de
cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de las naciones de la
tierra. Porque Dios nos ha dado de la vida y de la sangre sagrada de su
Jesucristo, para que tengamos vida y luz en abundancia, en cada uno de
nuestros corazones y de nuestras almas vivientes también, en la tierra y en
el paraíso, para siempre.

Por eso, el que maldice entonces está haciendo que las tinieblas del pecado
y de la gran maldad del más allá se levante en contra de la vida del hombre
y de Dios también, en el cielo. Pero el que bendice entonces está haciendo
todo lo contrario; en verdad, está haciendo que la luz de la vida santísima
de Dios y de su Espíritu Santo crezca y se establezca en el corazón y en el
alma eterna de todo hombre y de toda mujer de la fe, del nombre del Señor
Jesucristo, en toda la tierra.

Es por eso, que cuando Dios tuvo la oportunidad de juzgarnos y de
maldecirnos por culpa del pecado, de no conocer su nombre y su Ley santa,
entonces por amor a la vida gloriosa y eternamente justa de su Hijo amado,
decidió bendecirnos y bendecirnos en gran medida, en la tierra y en los
cielos, también, para la eternidad venidera. Y es por esta razón, que no
estamos muertos y ardiendo entre las llamas del fuego eterno, en el más
allá, en el infierno.

Es decir, que Dios nos ha bendecido desde siempre, por amor a la vida santa
y sumamente honrada de su Hijo amado y de su Ley Eterna, en Israel y en
todas las naciones del mundo entero, como en el día de hoy, por ejemplo,
para que vivamos. Y vivamos para ver, por ejemplo, como su palabra y su Ley
justa son grandemente honradas en los corazones de los hombres, mujeres,
niños y niñas de todas las familias, de las naciones del mundo entero, por
la manifestación gloriosa y sumamente grata del evangelio del Señor
Jesucristo.

Por lo tanto, es de Dios y de su Jesucristo bendecir a todo hombre, mujer,
niño y niña de todas las familias, de las naciones del mundo entero, hoy en
día y siempre. Porque Dios ha enviado a la tierra a su Espíritu, por
ejemplo, génesis 1:2, para subyugar, de una vez por todas y para siempre, a
cada una de las tinieblas de la tierra, que impedían la entrada de su luz y
de su Hijo al mundo y al corazón de cada hombre y de cada mujer, en el
mundo entero.

Para que entonces la vida del Señor Jesucristo pueda ser vivida dignamente
día a día hasta que cumpliese y glorificase la palabra viva de la Ley de
Dios y de Moisés, en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de todas
las familias de toda la tierra, hasta la eternidad venidera, en el nuevo
reino de los cielos.

Puesto que, si la palabra de la Ley de Dios y de Israel no hubiese sido
honrada y justamente exaltada en el corazón de cada hombre, mujer, niño y
niña de todas las naciones, comenzando con Israel, por ejemplo, entonces
hubiese sido imposible que el nuevo reino comience de lleno, con el hombre
y con Jesucristo, en el más allá.

En verdad, la vida hubiese sido tan imposible en el cielo, como lo ha sido
desde siempre en la tierra y en el infierno, también, en el más allá. Pero,
gracias a Dios y a Israel, porque la voluntad perfecta de Dios se ha
llevado acabo en su días, en Jerusalén, en Israel. Porque, además, la
palabra justa y sumamente honrada de la Ley ha sido justamente exaltada, en
el corazón del Gran Rey Mesías y en el corazón de cada hombre, mujer, niño
y niña de la tierra, comenzando con Israel, por medio de la fe, de predicar
el evangelio de vida y de salud eterna de Jesucristo, en el mundo entero.

Por lo tanto, si hay vida y vida en abundancia en el más allá, en el nuevo
reino de los cielos, para ángeles y para cada hombre, mujer, niño y niña de
todas las familias de la tierra, porque el Señor Jesucristo ha levantado
bien en alto el nombre de Dios y la palabra justa de su Ley viviente. Es
decir, que la Ley que Moisés, ni ningún hombre, pudo jamás cumplir y honrar
legalmente en su corazón y en toda su vida en la antigüedad, o como en el
día de hoy, por ejemplo, con aquellos que intentan cumplirla en sus
corazones y en sus vidas día a día, sin lograrlo, pero Jesucristo si lo ha
logrado eternamente.

Pues gracia a Dios para siempre, por su perfecta voluntad: porque el Señor
Jesucristo ya lo ha hecho todo muy bien, de una vez por todas y para la
eternidad, por amor a cada uno de nosotros, en todos los tiempos y en toda
la tierra, también. Porque esta Ley Eterna y viva, la cual era muy santa
para todo ángel del cielo y para todo hombre de la tierra, había descendido
a Israel, para que fuese cumplida y sumamente glorificada por el Gran Rey
Mesías, el Hijo de David, ¡el Cristo de la Eternidad venidera, en el más
allá!

Es decir, también entonces de que cada uno de nosotros, en nuestros
millares, en toda la tierra, de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos del mundo entero, puede gozar de una Ley santa y
eternamente honrada, hoy mismo, en nuestro corazón, sin ningún problema con
Dios, ni con su Espíritu Santo. Y esto es, en verdad, día a día y hasta la
eternidad venidera, como si la hubiésemos ya cumplido y justamente honrada
por si mismos, en nuestras vidas y en nuestras sangres, como el Señor
Jesucristo lo ha hecho ya, en su día de gran gloria y de gran honra eterna,
en Israel, con la ayuda del Espíritu de Dios.

Por lo tanto, cada uno de nosotros es por siempre "hijo e hija de la Ley
perfecta y eternamente glorificada" en la vida y en la sangre gloriosa del
Gran Rey Mesías de Israel y de las naciones del mundo entero, ¡el Señor
Jesucristo! Y esta fe, esta verdad, es lo que le agrada a Dios y a su
Espíritu, en su corazón y en su alma santísima, en el cielo y en toda la
eternidad venidera, para miles de siglos venideros, en la vida y en el alma
viviente de cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de la
tierra.

Ciertamente la sangre del Señor Jesucristo con su Ley santa y eternamente
honrada es el perdón de cada uno de nuestros corazones y de nuestras vidas
eternas, delante de Dios y de su Espíritu Santísimo, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre. Y sin el Señor Jesucristo, Dios jamás le ha
perdonado ningún pecado a nadie, en el paraíso, ni menos en la tierra de
hoy en día. Por lo tanto, sólo el Señor Jesucristo es el perdón perfecto de
nuestros pecados y hoy en día y siempre, en el reino de los cielos, con
Dios y con su Espíritu Santo, para la eternidad venidera.

JESÚS HA ORADO POR EL PERDÓN ETERNO DE NUESTROS PECADOS

Es por eso, que el Señor Jesucristo le decía a Dios, en sus ultimas
oraciones, como en la cima de la roca eterna, por ejemplo, en el madero,
minutos antes de su muerte: --Padre Mío, perdónalos, porque no saben lo que
hacen. Y partiendo sus vestidos, entonces echaron suertes los soldados
romanos, hombres viles, llenos de tinieblas, y sin el conocimiento santo
del nombre glorioso de Dios, en sus corazones. (Y esto sucedió así con
Jesucristo, en el día de su muerte, para que la profecía de los profetas de
la antigüedad se cumpliese al pie de su letra, para la eternidad.)

Pero, sin embargo, el Señor Jesucristo los perdona, aunque te parezca
difícil creértelo, en tu corazón, mi estimado hermano y mi estimada
hermana. Y el Señor Jesucristo los perdono, en aquella misma hora crucial,
para Israel y para la humanidad entera, sin que les pidiesen perdón,
ninguno de ellos, por su pecado. Ciertamente ellos estaban muertos en sus
delitos y pecados; totalmente ciegos sus ojos y sus corazones ante la luz
gloriosa de vida y de salud eterna del Hijo amado de Dios. Si, judíos y
gentiles estaban totalmente ciegos ante la luz de vida de Dios y de su
Jesucristo.

Por lo tanto, ninguno de ellos tuvo el conocimiento pleno, en su corazón,
de lo que Dios había hecho con la vida y con la sangre sagrada de su Hijo
amado, para el bien de muchos en toda la tierra. Realmente cada uno de
ellos seguía tan ciego, como siempre: viéndole al Señor, y entonces no lo
veían, ni entendían nada tampoco, como hoy en día, por ejemplo, con todo
corazón del hombre impido, en cualquier lugar del mundo entero.

En verdad, Dios en vez de estar lleno de ira y de condenación eterna, para
cada uno de los enemigos de su Hijo amado, entonces los amo fervientemente
con su amor eterno y fiel, aun en estos momentos tan crueles y tan malvados
del hombre pecador de Israel y de toda la tierra, también. Porque realmente
estos soldados romanos, no eran más pecadores que los otros, hebreos o
gentiles; seriamente, cada uno de ellos había pecado igual que el otro,
delante de Dios y de su Jesucristo.

Es más, cada uno de ellos, judíos y gentiles, tenia una condena eterna y
asegurada, delante de Dios y de su Espíritu Santo. Pero Jesucristo sabiendo
lo que hacia, y sintiendo el amor de Dios y de su Espíritu en su corazón,
en su corazón herido por el hombre en su manera más cruel, entonces opto
orar, no sólo por ellos, en aquel momento, sino por todos, en todo el
mundo, hasta tocar tu mismo corazón, en el día de hoy, por ejemplo.

Si, Jesucristo ha orado por ti, mi estimado hermano y mi estimada hermana.
Tengo que repetirte lo mismo una y otra vez, las que sean necesarias hasta
que entienda tu corazón: El Señor Jesucristo ha orado por ti ante el Padre
Celestial, para que su bien eterno entonces te toque tu corazón, hoy en día
y siempre, en la eternidad venidera, del más allá.

Es decir, que el Señor Jesucristo oro, en aquella hora ante el Padre
Celestial, por el perdón de cada uno de los hombres, mujeres, niños y
niñas, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reino, que
habían nacido y vivido en la tierra, desde Adán y Eva, hasta el ultimo ser
humano que nazca en el mundo. Por lo tanto, como el Señor Jesucristo pidió
al Padre Celestial por tu perdón, entonces en el día de hoy, ciertamente
tienes éste gran privilegio de oír su palabra viva, para gozarte en Dios y
en el perdón de tu alma por todos tus pecados, en la fe, redentora de
Jesucristo y de su sangre viviente, también.

Efectivamente, éste es el evangelio glorioso que trajo el Señor Jesucristo
a Israel, para entregártelo a ti, en el día de hoy, con cada una de sus
ricas promesas y eternas bendiciones de amor, paz, sabiduría y poderes
sobrenaturales, sin que te falte jamás ninguna de ellas, en la tierra, ni
en el paraíso, tampoco, para siempre. Y lo único que Dios desea de ti, para
entregarte cada una de sus bendiciones celestiales, hoy en día, por
ejemplo, es tan sólo creer en Él, y perdonar de todo corazón a los que te
han ofendido, en el nombre salvador de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Puesto que, el perdonar a los que te han ofendido es "un milagro tan
grande", como el milagro de Dios de perdonarte, no sólo un pecado, sino
todos y dejar tu corazón y tu alma viviente, totalmente limpios y libres de
toda contaminación de las tinieblas, de las palabras mentirosas de Lucifer
y de sus ángeles caídos, por ejemplo. Y esto es poder, poder sobrenatural
en tu corazón y en toda tu vida, en el día de hoy, mi estimado hermano y mi
estimada hermana, para miles de siglos venideros, en el más allá de Dios y
de su Jesucristo, para siempre.

Es decir, de que hasta que tu corazón no esté libre de toda contaminación
de pecado y de las profundas tinieblas de Lucifer, entonces no has de poder
entender, ni mucho menos sentir lo que sea realmente ser libre de los males
de las palabras llenas de pecado y de enfermedades eternas del más allá,
del mundo de los muertos. Porque el pecado que habita en ti, ya sea el
pecado original, o los pecados que hayas cometido en tu vida, cada uno de
ellos permanece en ti, en tu corazón y en toda tu alma día a día aun más
allá de tu nuevo lugar, lo que sea ello, con todo su dolor y con todo su
tormento eterno.

En la medida en que, el pecado es para siempre, y no hay nada que lo pueda
sacar de tu corazón, de tu sangre, de tu alma y de tu cuerpo, salvo la
sangre sobrenatural del Señor Jesucristo. Por lo tanto, todos los males del
pecado y de sus profundas tinieblas de enfermedades terribles y sin fin,
han de permanecer en ti, en todo tu ser espiritual y corporal, también, aun
más allá, en la eternidad, sin que jamás seas hecho verdaderamente libre de
tu pesar, de tu aflicción y de tu dolor eterno.

Porque cada una de las enfermedades y sus muchas aflicciones, no terminan
en tu vida, el día que mueres en la tierra, sino que han de permanecer en
ti eternamente, por los siglos de los siglos, en el más allá, en tu lugar
eterno del infierno. Pero si el nombre y la sangre de Jesucristo llegasen a
entrar en tu corazón y en tu vida, por fe, entonces todos los males del
pecado con sus profundas tinieblas han de dejar de ser en ti, en un momento
de oración y de milagro, en el nombre del Señor Jesucristo, delante de Dios
y de su Espíritu Santo.

Por lo tanto, desde el instante que tu corazón comience a creer en el
nombre del Señor Jesucristo y así lo confieses con tus labios, entonces has
de comenzar a disfrutar día a día en la tierra y aun en el más allá: lo
bueno que es ciertamente vivir sin el pecado, en tu corazón y en toda tu
alma, también. Porque la verdad es que jamás has vivido, ni un sólo
instante de tu vida, libre del pecado y de sus males y enfermedades
eternas.

Pero si vienes a Dios, por medio de la vida y de la sangre viviente del
Señor Jesucristo, entonces has de comenzar a vivir tu vida delante de Él y
de su Jesucristo, libre del pecado para siempre. Es decir, de que si el
Señor Jesucristo ha llegado a tu vida, entonces Dios te ha limpiado de todo
pecado, perdonando así tu corazón y tu alma de todas tus ofensas y
maldades, de las que hayas hecho ante tu prójimo y ante tu Dios, aquel está
en los cielos, por los siglos de los siglos, ¡el Todopoderoso!

MUERTE DE ESTEBAN

Y cuando apedreaban a Esteban, siervo de Dios y discípulo de Jesucristo,
mientras Él invocaba diciendo: --¡Seño Jesucristo, recibe mi espíritu,
porque me quitan la vida! Y puesto de rodillas clamó a gran voz, diciendo:
--¡Padre Celestial, no les tomes en cuenta este terrible pecado mortal! Y
habiendo dicho esto, entonces durmió para el mundo, pero no para Dios.

Porque en aquel instante Dios mismo le habría las puertas del cielo, para
que entrase al paraíso, al gozo perdido de Adán y de Eva, en el más allá.
Dios mismo se lo llevaba para entregarle su recompensa por haberle sido
fiel a Él, su Dios y su salvador eterno, el Cristo de Israel y de las
naciones del mundo entero.

En verdad, Dios bendijo a Esteban en gran medida en su corazón y en toda su
alma viviente, porque el espíritu de su Hijo amado estaba en él, tal como
le agrada a su corazón santísimo en toda verdad y en toda justicia
celestial. Pues después de haber sido maltratado por sus enemigos hasta el
punto de quitarle su vida, entonces él no se lleno de enojo en su corazón,
en contra de ellos, sino por lo contrario. En aquel instante de dolor y de
gran peligro para su vida, entonces tuvo piedad por cada uno de ellos, sus
enemigos eternos.

En verdad, Esteban tuvo misericordia de cada uno de ellos, puesto que no
sabían lo que le estaban haciendo al siervo de Dios y al evangelio de vida
y de salud eterna, de Israel y del Hijo de David. Y este perdón de Esteban
por sus enemigos, fue muy bien recibido por Dios y por su Jesucristo, en el
reino de los cielos, de tal manera que cuando Esteban moría, entonces Dios
no quiso vengarse de ninguno de ellos, sino que más bien los bendijo en
gran medida en sus corazones, a sus enemigos habituales de su Ley Eterna.

Y Dios bendijo a los enemigos de Esteban, con el fin de que ellos también
reconozcan que habían actuado mal y con las mismas tinieblas del enemigo de
Dios y de sus mismas vidas, para hacerle daño a la obra perfecta de Dios,
no sólo en Israel, sino en toda la tierra, también. Es decir, que lo que el
hombre había designado para que sea malo para uno o para otros, entonces
Dios lo torno en una bendición tan grande, en aquellos días, que nadie se
lo podía creer con facilidad en su corazón.

Además, esta bendición de Dios fue tan grande en Esteban, su siervo, que
los enemigos de Dios y de su evangelio santo quedaron atónitos de ver con
sus propios ojos: la misericordia de Dios en la vida de un hombre que le
quitaban la vida, por tan sólo amar y obedecer al Rey Mesías de Israel y
del mundo entero. Este acto violento por parte de los enemigos de Dios y de
gran misericordia por parte de Dios y de quien le quitaban la vida, fue en
verdad, un abrir de ojos para muchos, en Israel y en toda la tierra, hasta
el día de hoy, por ejemplo, en cualquier lugar del mundo.

Porque realmente muchos llegaron al conocimiento de lo que le habían hecho
a Esteban, y como Dios mismo lo había recibido en gloria, para entregarle
su gozo, su vida y salud eterna, delante de los ojos de sus enemigos, tal
como su palabra lo promete, y tal como su Hijo lo había anunciado también
por toda la tierra de Israel. En verdad, en este día muchos aprendieron del
espíritu viviente del perdón de Dios, hasta los que eran muy duros de
corazón, en contra de Dios y de su evangelio santo.

En este día, Dios se glorifico en gran medida en el cielo y por toda la
tierra, también, al dormir uno de los suyos en la tierra, para luego
entonces volver a abrir sus ojos en su gloria celestial, en el más allá, en
el nuevo reino de los cielos. Aquí Dios le enseña al hombre de la tierra: A
ambos, fiel y pecador, también, por igual, de que si hay una vida nueva
para todo aquel que cree en su corazón y confiesa con sus labios: el nombre
salvador de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

En verdad, este fue un testimonio real y verdadero de la misericordia, del
perdón y de la salvación manifestado a un sólo hombre fiel a su Dios y a su
Árbol de vida y de salud eterna, ¡el Señor Jesucristo! Porque realmente
Dios deseaba hacerle entender al hombre, de que todo aquel que le sirve,
por medio de la vida y de la sangre de su Jesucristo, entonces tiene un
lugar seguro para él o para ella, en el reino de los cielos, al lado de Él
mismo y de su Árbol de vida, su Hijo amado, el Señor Jesucristo.

Y es por esta razón del porque se habla siempre de Esteban, en la palabra
de Dios, del día que fue apedreado hasta morir delante de Dios y de los
hombres de la tierra, para que al instante entrase su alma viviente a su
lugar eterno, en el cielo. Porque los que crean al Padre Celestial, por
medio de su Jesucristo, no mueren jamás, sino que sus ojos carnales se
cierran en la tierra para dormir, pero sus ojos del alma siguen abiertos
para Dios en su nueva vida celestial, en el paraíso, para miles de siglos
venideros, en el más allá.

NO DIGAN JAMÁS: "COMO NOS HICIERON, HAREMOS ASÍ CON ELLOS"

Por lo tanto, Dios desea que cada hombre, mujer, niño y niña de todas las
familias de las naciones de la tierra, aprendan del testimonio real y
verdadero de Esteban y del día cuando sus enemigos le quitaron la vida. Y
esto es de que debemos tener un corazón y un alma perdonadora delante de
Dios, para con todos los hombres de la tierra, aunque procedan mal con cada
uno de nosotros.

Porque el mal que ellos han hecho, se lo han hecho a ellos mismos y a Dios,
que está en los cielos. Por lo tanto, tenemos que enseñarles a aprender a
ser misericordiosos y perdonar a sus hermanos y a los demás, de igual
forma. Y sólo así podamos entonces complacer el corazón santo y sumamente
honrado de Dios y de su Espíritu Santo, en el espíritu de su Jesucristo,
para la eternidad venidera, en el más allá.

Por ello, Dios no desea que el hombre se levante en contra de su prójimo
para decirle: "Como me hiciste, pues así te haré a ti, aun peor, si fuese
posible". Por esta razón, Dios mismo ha dicho: "recompensaré al hombre
según su acción delante de sus hermanos y de sus hermanas". Porque todo lo
que el hombre hiciere, entonces deberá dar cuenta a Dios por sus acciones.
Y así mismo, todo lo que el hombre dijere, entonces deberá dar cuenta por
sus palabras ante el trono de Dios, en el cielo, en el día del gran juicio
final para todas las cosas.

Dado que, no es posible que ninguna acción o palabra del hombre quede sin
su justo juicio delante de su Dios, de su Jesucristo, de su Espíritu Santo
de los ángeles y de los hombres de fe, de la tierra, para los siglos
venideros del más allá, del nuevo reino de los cielos. Por lo tanto, sea la
obra buena o mala, tendrá su justa recompensa de parte de Dios, en su día y
sin ninguna tardanza alguna. Y así también, sea la palabra buena o mala,
tendrá su justa recompensa delante de Dios y de su Jesucristo, en la tierra
y en el cielo, sin ninguna tardanza alguna, para la eternidad venidera.

Porque todo lo que el hombre haga con sus manos o diga con sus labios
tendrá que ser llevado a su justo juicio delante de Dios y de su Espíritu
Santo, en el cielo, para la eternidad venidera, en el más allá. Para
entonces finalmente Él poder comenzar con su Jesucristo, su nueva vida
celestial con cada hombre, mujer, niño y niña de todas las naciones,
pueblos, familias, tribus y reinos de la tierra, que hayan creído a su
Jesucristo y confesado su nombre con sus labios, para bendición y para
redención eterna de sus almas vivientes, en su nuevo reino celestial.

En verdad, Dios mismo ha de hacer esta obra eternamente justa, ya que es
totalmente imposible para Dios que un solo pecado del hombre o de los
ángeles caídos quede sin ser juzgado justamente por Él y por la palabra de
su Ley Eterna. Realmente, su nueva vida celestial para con el hombre y para
con la mujer de la tierra tiene que volver a empezar con Él y con su árbol
de vida eterna, en el cielo, pero sin la mancha terrible de las palabras,
llenas de pecado y de su muerte eterna, en su corazón y en su alma
viviente, de Lucifer.

Para Dios todo tiene que ser lavado y limpio con la sangre de su Hijo amado
hasta brillar, brillar para la eternidad celestial: libre de toda
contaminación de pecado y de sus profundas tinieblas, en el corazón de cada
hombre, mujer, niño y niña de todas las naciones, del mundo entero, para
entonces finalmente empezar su nuevo reino sempiterno.

Realmente, este ha de ser el reino celestial, por el cual Dios mismo ha
creado al hombre de la tierra, para que viva con Él y con su Jesucristo
rodeado de su Espíritu Santo y de sus huestes de ángeles santos, por
doquier en el cielo y en toda su nueva creación inmortal y libre de toda
ofensa del pecado. Éste reino, realmente, es el nuevo gozo sin fin del
corazón de Dios y de sus criaturas perfectas, como sus ángeles y como los
hombres de la tierra, que han vuelto a nacer, no de su carne corrupta por
la fe de Adán, sino por la carne perfecta y sumamente santa de la fe, de
Jesucristo, el Árbol de vida.

NO MALDIGAN A NADIE, SINO POR LO CONTRARIO: BENDINGANLOS SIEMPRE

Por lo tanto, hasta aquel día, entonces sean todos de un mismo sentir
siempre: compasivos, amándose fraternalmente, misericordiosos y humildes
delante de sus hermanos y de sus hermanas para glorificar la palabra de
Dios y su Ley Santa. No devuelvan mal por mal, ni maldición por maldición a
nadie, sino por el contrario, bendigan a todo hombre; pues para esto han
sido llamados, para que hereden bendición, para sus vidas en la tierra y
para la eternidad venidera, en el más allá.

Porque sólo nosotros, y no los ángeles caídos, somos los herederos
legítimos de la bendición celestial de Dios y de su Jesucristo, en la
tierra y en su nuevo reino celestial, en el más allá. Por lo tanto, Dios
nos ha dado a Jesucristo para que bendigamos a los demás y no hacer lo
contrario jamás, en contra de nadie, como maldecirlos, por ejemplo.

En verdad, tenemos el poder sobrenatural de hacer el bien y de recobrar por
completo todo lo que Lucifer se ha robado de Dios y del hombre de la
antigüedad. Si, tenemos todo el poder de Dios, en Jesucristo, para siempre
hacer el bien y derrotar de una vez por todas al enemigo. Y este poder está
en nosotros, con tan sólo creer en el nombre del Señor Jesucristo en
nuestros corazones y confesar con nuestros labios su verdad y su justicia
celestial, en un momento de oración y de fe, delante de nuestro Padre
Celestial, en el cielo.

De hecho, el Señor Jesucristo ha llegado con el milagro de la bendición de
Dios a nuestras vidas, para levantar su nombre santo y salvador más alto
que todos los nombres de todos los hombres de la tierra, por el poder de la
perfecta voluntad del Padre Celestial, y no por el poder de ningún hombre,
ni de ángel, tampoco. Porque toda gloria es de Dios solamente y no de
ningún hombre o ser creado por la palabra o por el nombre de Dios, como
ángeles y demás seres santos del cielo.

Porque el nombre del Señor Jesucristo es un nombre que es sobre todo nombre
sobrenatural y poderoso en el cielo. Pues así Dios mismo ha deseado que sea
en toda la tierra y en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de
todas las familias, razas, pueblos, linajes y reinos del hombre, en el
mundo entero, para que entonces Dios sea glorificado grandemente en éste
nombre celestial y sobrenatural, en su nueva creación venidera, para
siempre.

Es decir, que para Dios no hay otro nombre mayor, para que la santidad de
su corazón y de su Espíritu Santo sea confortada, para bien de todo hombre,
en la tierra y en el cielo, para la eternidad venidera, en el más allá,
para siempre. Por lo tanto, cada uno de nosotros tiene algo bien grande en
su corazón, de parte de Dios, para hoy en día, para vivir en la tierra y
para vivir en el cielo también, para miles de siglos venideros, en perfecta
justicia y en perfecta santidad celestial, para siempre.

De hecho, este es el nombre de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, en
nuestros corazones, en nuestras sangres, en nuestros espíritus, en nuestras
almas y en nuestra vida del diario vivir, en la tierra y en el paraíso,
para siempre. Este es un nombre tan glorioso, que los ángeles del reino de
los cielos, siempre lo han honrado y exaltado en gran medida, desde los
días de la antigüedad, hasta hoy en día, por ejemplo; en verdad, un nombre
muy amado por los ángeles y por Dios principalmente en el reino de los
cielos, para la eternidad.

Además, Dios desea que sea de esta misma manera en la tierra, hoy y
siempre. Es por eso que la oración que el Señor Jesucristo les enseño a sus
discípulos a orar, comienza así: Padre Nuestro que estas en los cielos.
Hágase tu voluntad en la tierra, así como es hecha en los cielos…

Aquí el Señor Jesucristo esta enfatizando "el espíritu de vida y de
justicia celestial", tal como se vive en el cielo con los ángeles, para que
se viva también, en la tierra para con todo hombre, mujer, niño y niña de
todas las familias de las naciones del mundo entero, para siempre.

Por ello, esta voluntad de Dios en toda la tierra, así como es hecha día a
día, en el reino de los cielos por los ángeles, es que el nombre de su Hijo
amado sea exaltado en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de
todas las familias de la tierra, de hoy en día y de siempre. Es decir, en
la misma manera y en el mismo espíritu celestial de Dios que siempre ha
sido exaltado su nombre santo por los ángeles, desde los días de la
antigüedad, hasta hoy en día, por ejemplo.

Por ello, la lucha de Dios y de su Espíritu, para que el nombre de su Hijo
sea justamente honrado, eternamente en el corazón de cada ser viviente en
la tierra y debajo de las aguas de la tierra, aun sigue hacia delante
firme, hasta que se cumpla, en su totalidad y sea entonces una realidad
eterna, delante de Dios.

Es por esta razón, también, que la predicación del evangelio del Señor
Jesucristo no puede parar, en ningún momento de la vida del hombre, ni
menos de la tierra tampoco, hasta que esta perfecta voluntad de Dios sea
hecha una realidad celestial, en cada uno de todos los corazones de los
hombres y de la tierra, también, para la eternidad.

NO SE AGRADA DIOS JAMÁS, CUANDO EL HOMBRE ES VENCIDO POR EL MAL

Es por eso, que Dios jamás ha deseado que el corazón del hombre sea vencido
por el mal de nadie, sea hombre o ángel caído, sino por lo contrario. Dios
siempre ha deseado que el hombre subyugue cualquier mal y su tiniebla del
más allá, con el bien celestial de su palabra viviente y del nombre sagrado
de su Jesucristo.

Por lo tanto, es por esta razón del porque, Dios nos ha entregado un nombre
tan grande y tan sublime, como el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo!, para vencer el mal y perdonar en la vida de cualquier
ser viviente, en toda la tierra. Es decir, que Dios nos ha dado autoridad
en Jesucristo y en su Espíritu Santo, para entonces cada uno de nosotros
poder vencer cada uno de todos los males del enemigo, por muy grande que
sea en contra de nosotros, en cualquier lugar del mundo entero, como hoy en
día, por ejemplo.

Puesto que, el enemigo tiene poder, pero no es autoridad de Dios, ni mucho
menos de su Jesucristo. Sino que realmente el poder del enemigo es del bajo
mundo de los muertos, para atacar todo lo que es verdad y todo lo que sea
justo delante de Dios y del hombre de la tierra. Pero aunque esto es
verdad, el poder del enemigo no es ningún poder delante de Dios, ni del
nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. En verdad, Dios mismo
con la sangre de Jesucristo lo venció para siempre, en las afueras de
Jerusalén y en cada lugar del cielo, también.

Ciertamente, el Señor Jesucristo lo venció en su día sobre la cima de la
roca eterna, para ponerle fin de una vez y por todas y para siempre, a cada
una de las maldiciones y de las profundas tinieblas de las palabras de gran
maldad, en el corazón de Adán y de cada uno de sus descendientes, también.
Por lo tanto, el nombre y cada palabra del Señor Jesucristo son mayores,
que cada una de las palabras llenas de mentira y de gran engaño de Lucifer
y de sus ángeles caídos, en el corazón del hombre y de su vida por toda la
tierra, hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera, en el más allá.

De hecho, esta es una gran verdad, que el enemigo de tu alma viviente,
Lucifer, no desea que el hombre y la mujer de la tierra conozca, en su
corazón, sino lo contrario. Realmente, en el día que Lucifer se acercaba a
Adán, a Eva y a cada uno de sus descendientes, por medio de la serpiente,
éste temor estaba en su corazón, para que el hombre y la mujer no se diesen
cuenta de que su palabra no era buena, ni mucho menos del nivel del poder,
de la palabra de Jesucristo.

Pero Adán, ni Eva se dio cuenta de esta gran verdad, en su corazón, porque
ambos fueron engañados por la palabra de la serpiente, al creer ellos,
primero Eva y luego Adán, la palabra que Lucifer decía por medio de su boca
engañada. Y esto fue, de que ambos con sus descendientes, si podían comer
del "fruto del árbol prohibido", para que sus ojos fuesen abiertos como los
ojos de Dios, por ejemplo.

Justamente, fue en éste terrible engaño y con estas palabras rebeldes, que
cayo Adán con cada uno de sus descendientes, de la gracia de Dios y de su
Espíritu Santo, en el parque del Edén, para que su cuerpo y su alma
comenzasen a morir día a día en la tierra y en el infierno, en el más allá,
también. Esta maldad Dios jamás se lo perdono a Lucifer, ni a su serpiente
engañada, sino lo contrario. Dios los condeno, desde aquella hora, a su
condena eterna, en el más allá, entre las llamas ardientes del fuego eterno
del infierno.

En verdad, son estas mismas palabras de gran mentira y de gran rebelión,
las cuales engañan el corazón del hombre y su alma viviente día a día y aun
hasta en el más allá, también, entre las llamas ardientes del fuego eterno
del infierno. Porque estas palabras llenas de gran maldad y de gran
rebelión en contra de Dios y de su nombre sagrado, el nombre de su
Jesucristo, son más fuertes en dolor y en tormento eterno, que las mismas
llamas del infierno. Y esto es una verdad, que el hombre pecador y la mujer
pecadora no conocen, en sus corazones, hoy en día.

Por lo tanto, el dolor del hombre por sus palabras de mentira y de muerte
eterna no termina, ni dejan de ser, en el día que su cuerpo muere en la
tierra, ni en la hora que su alma muera en el Lago de Fuego, sino mucho más
que esto. En verdad, estos males aun crecen a mayores dolores de tormentos
y de agonías sin fin, en el más allá, en la eternidad venidera del gran
castigo y de la ira de Dios, por culpa del pecado.

Realmente, sólo la sangre del Señor Jesucristo puede borrar cada una de
estas manchas terribles del pecado, en el alma y en el corazón de Adán, de
Eva y de cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias, razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra. Porque es por medio de la
sangre del pacto eterno, de Dios y del hombre de la tierra, por la cual
Dios podrá siempre quitar la mancha del pecado del corazón y del espíritu
humano de todo hombre y de toda mujer, en la tierra, de hoy en día y de
siempre. Para que entonces pueda regresar a su vida y a su comunión normal
con su Dios y con su Árbol de vida eterna, en el paraíso.

De otra manera, el hombre y la mujer de la tierra jamás han de poder borrar
sus pecados, la mancha eterna de sus corazones y de sus almas vivientes,
causados por las palabras llenas de mentira y de muerte, de Lucifer y de la
serpiente antigua del Jardín del Edén. Sólo la sangre de Jesucristo ha de
limpiarle de toda rebelión y de todo dolor eterno de las enfermedades y de
las muertes eternas del corazón, del espíritu, del alma y del cuerpo del
hombre y de la mujer de la tierra, de hoy en día y de siempre. Sólo la
sangre del Señor Jesucristo es el jabón y el agua para lavar y limpiar bien
todo el corazón y todo el cuerpo espiritual y corporal del hombre.

Y sin la sangre de Jesucristo, entonces no hay perdón para nadie; es más,
ni el mismo hombre de la tierra podría perdonarse a sí mismo, ni mucho
menos perdonar el pecado de otros. Por lo tanto, sólo la invocación de la
sangre de Jesucristo ha de perdonar cada uno de todos los pecados del
hombre y de los demás, también, en esta hora y en la eternidad venidera,
para siempre. Si, siempre, sólo la sangre del pacto eterno, llevado acabo
en las afueras de Jerusalén, en Israel, ha de limpiar el corazón y el alma
de cada hombre, mujer, niño y niña de todos sus pecados, en un momento de
oración y de fe, en el nombre de Jesucristo.

En verdad, el llamado de Dios, para cada uno de sus hijos e hijas en toda
la tierra, es de que sean siempre bondadosos los unos con los otros;
amándose así, como Jesucristo también los amo a ellos, para enseñarles a
ser misericordiosos, perdonando siempre la ofensa del pecado en cualquier
hombre y en cualquier tiempo y lugar de la tierra.

Por eso, cuando estés orando, si tienes algún problema con tu hermano o con
tu hermana, entonces has todo lo posible para reconciliarte con tu prójimo
y perdónale su ofensa que haya sido hecha en contra de ti; si, perdónale,
de la misma manera que Dios ha perdonado tu ofensa hecha en contra de Él y
de su Jesucristo, en el pasado y siempre.

Puesto que, ciertamente el único que verdaderamente nos ha perdonado
nuestros pecados ha sido el Señor Jesucristo y no el hombre, ni ninguna
otra deidad celestial del cielo. Dado que, sólo en Cristo Jesús
verdaderamente existe el perdón y el fin del pecado, para cada uno de
nosotros, en toda la tierra y hasta en el paraíso también, para siempre. Y
sin Cristo, en nuestros corazones, entonces no podemos tener jamás el
perdón, ni menos el fin, del pecado, de nuestros corazones, ni de los
demás, tampoco, en cualquier lugar de la tierra, de hoy en día y de
siempre.

Porque la verdad es que si no perdonas el pecado de los demás, entonces
Dios simplemente no podrá jamás perdonar ningún pecado de tu corazón, ni de
ninguno de los suyos, tampoco. Por lo tanto, es mejor perdonar el pecado de
aquel o de aquella persona que te ha ofendido, y dejarlo todo atrás en el
olvido y comienza de nuevo con Dios y con su Jesucristo, en cualquier lugar
de la tierra, para el bien eterno de tu alma viviente y de muchos más, en
la eternidad.

Por lo tanto, miren por ustedes mismos, dice el Señor Jesucristo; si tu
hermano peca, entonces háblale y entra en razón con él o con ella. Y si
luego de haberte oído se arrepiente de su mal, entonces perdónale, sin
añadir más problema al asunto. Es más, si siete veces pecase en contra de
ti y luego vuelve arrepentido, diciéndote: Perdóname mi pecado. Entonces
perdónale su ofensa, cuanto más antes mejor.

Si, perdónale y olvida lo que te ha hecho, en aquel momento oportuno para
bien de tu alma y para el bien de los demás también. Para que entonces Dios
que está en los cielos, siempre tenga compasión de ti y de los tuyos, en
cualquier tiempo y en cualquier lugar de la tierra, también, para perdonar
tu pecado, para la eternidad venidera.

Si, amen, así sea, perdónale ya, la ofensa de tu hermano y la ofensa de tu
hermana. Y sólo así harás el corazón de Dios y de su Jesucristo muy gozoso,
en el cielo y en toda la tierra. Si, perdona ya cualquier ofensa y hazte
libre de su mal eterno, desde hoy mismo, para la eternidad venidera. Porque
la sangre que Jesucristo ha dejado correr por su cuerpo y por el madero
enclavado sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en
Israel, ha sido para que llegue a ti con su poder y con su autoridad, para
no sólo perdonar tu pecado, sino también el pecado de muchos, si no de
todos.

Si, perdona el pecado de tu prójimo y veras la vida eterna; promesa de Dios
y de su Jesucristo para ti y para los tuyos, también, hoy en día y para
siempre. Y así la sangre del Señor Jesucristo no habrá sido derramada por
la tierra en vano, sino que ha encontrado su lugar en tu corazón y así
habrá hecho / cumplido su obra eterna: Borrando tus pecados y los pecados
de los demás, también, para la eternidad venidera, en la tierra y en el más
allá, también, para siempre.

Si, así es, no te equivoques. Este es el evangelio de Jesucristo: Tienes
que buscar el perdón de tus pecados y el perdón de Dios para los pecados de
los demás, también. Es por eso que debes de confesar el nombre de Dios que
perdona y borra todos los pecados de los hombres de toda la tierra: ¡el
nombre del Señor Jesucristo! Porque sólo el nombre del Señor Jesucristo es
el perdón de tu pecado y el perdón de los pecados de todos los demás en
todo el mundo, para la eternidad venidera, en el nuevo reino de Dios, en el
más allá.

Ahora, el Señor te pregunta ¿perdonaste ya a tu hermano su ofensa? ¿Has
perdonado también el pecado de tu hermana? (Recuerda que Adán ha perdonado
a Eva su error, su pecado.) Si la repuesta a esta pregunta es si, entonces
el corazón de Dios está feliz contigo, porque después de tanto trabajo a
través de los siglos, por fin ha llegado su hora de gozarse en ti, por tu
obediencia, por tu perdón. Y si no lo has hecho aun, pues aun tienes tiempo
para hacerlo. Si Dios te ha esperado tanto, para que hagas lo correcto,
entonces ha de esperar por ti un poco más.

Pero no demores, haz lo correcto, y así harás feliz el corazón de Dios y de
muchos, en el cielo y en toda la tierra, también. Si, perdona ya a los
demás y Dios ha de perdonarte a ti también y a cada uno de los tuyos, por
haberle obedecido, por haber hecho justicia y lo que es correcto delante de
Él y de su Arbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!


Libro 113


FRUTO DEL ESPÍRITU


Damos gracias a Dios por cada uno de ustedes, mis estimados hermanos y mis
estimadas hermanas, en donde sea que estén, en cualquier lugar del mundo
entero, hoy en día y siempre. Por lo tanto, paz y amor celestial les sea
multiplicados a cada uno de ustedes, en sus vidas, en sus corazones, por el
conocimiento de Dios y de su Jesucristo de acuerdo a sus evangelios
eternos, como los libros de Mateo, Marco, Lucas y Juan, con el resto de la
Santa Escritura de nuestro Dios y salvador Jesucristo.

Por todo ello, el divino poder de Dios nos ha concedido todas de sus muchas
riquezas por medio de su palabra y su nombre eternamente sagrado y
sobrenatural, ¡el Señor Jesucristo! Por lo tanto, yo mismo estoy persuadido
de ustedes mis hermanos en el Señor Jesucristo, de que el Padre Celestial
los ama con amor eterno de su Espíritu Santo, hoy en día en la tierra y en
el más allá, en su nuevo reino, para la eternidad venidera, también.

Por lo tanto, cada uno de ustedes es fruto del Espíritu de Dios, si tan
sólo amasen de todo corazón a su Hijo amado y su obra perfecta, sobre la
cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel. Ya que esta
obra de Dios no se ha quedado en las afueras de Jerusalén, en Israel, sino
que ha subido hasta lo sumo en los cielos. Y hoy en día está en las afueras
de la Gran Ciudad Celestial: La Nueva Jerusalén de Dios y de su Gran Rey, ¡
el Hijo de David!

Dado que, el Señor Jesucristo espera pacientemente por cada uno de
nosotros, para recibirnos en el día que nos toque ascender al cielo, a
nuestro lugar eterno, al lado del Padre Celestial. Porque nuestro Dios y
Creador nos ha creado y, a la misma vez, nos ha llamado a cada uno de
nosotros, en nuestros millares, en toda la tierra, para que esté junto con
Él, toda una nueva eternidad, en el más allá, en el nuevo reino de los
cielos.

Por lo tanto, estoy persuadido que Dios mismo lo ha hecho a ustedes mismos
fruto de su Espíritu Santo, por medio del Espíritu de la fe, del nombre
sagrado de su Jesucristo, porque los ama eternamente. Y Él los ama con un
amor eternamente santo y solemne igual a ningún otro amor en el cielo, ni
menos en la tierra, de hoy en día, por ejemplo.

En verdad, el amor de Dios hacia cada uno de ustedes, mis estimados
hermanos y mis estimadas hermanas, es para la eternidad. Y éste amor de
Dios está lleno de muchas riquezas, de sus muchos milagros, prodigios y
maravillas del más allá, del reino de los cielos, para hoy, para cada uno
de ustedes. Por lo tanto, creo que ustedes han vuelto a nacer, no de la
carne, sino del Espíritu de Dios.

En verdad, han vuelto a nacer para Dios, en la tierra, para la eternidad.
Así como el Señor Jesucristo tuvo que nacer en el vientre, de una de las
hijas de David, para entrar a la vida del hombre, por quien Dios mismo
desea salvar a cada uno de ellos, sin faltar ninguno. Y redimir al hombre,
hoy mismo y para siempre, de todos los poderes más terribles de sus pecados
y de sus muertes eternas, en el más allá, en el infierno.

Por eso, pienso en el poder del Señor que cada uno de ustedes está
grandemente colmado de las muchas bendiciones de Dios mismo, en sus
corazones y en sus almas eternas, también. Y esto es lleno de todo
conocimiento de la gracia y de la misericordia redentora del Señor
Jesucristo, para bendecir a sus hermanos y a sus hermanas también, en sus
hogares y en todos los lugares de la tierra.

Porque nuestro Dios es poderoso para bendecir a cualquier hombre y a
cualquier mujer, en cualquier tiempo y en cualquier lugar de la tierra. Y
lo único que tenemos que hacer es levantar nuestros corazones en oración,
en el nombre de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, para que Él entonces
comience hacer muchas de sus grandes obras sobrenaturales en cada una de
nuestras vidas día a día, hasta que entremos de lleno en el más allá, en el
nuevo reino celestial.

Con esto les estoy diciendo mis estimados hermanos que Dios les ha dado
poder, en su Jesucristo, porque los ha hecho fruto de su Espíritu Santo,
para hoy en día y para la eternidad, también. Porque cada vez que ustedes
creen en Dios y en su Jesucristo, entonces el Espíritu Santo comienza a
obrar en sus corazones para que vuelvan a nacer de nuevo y no de la carne,
sino del poder sobrenatural del Espíritu de Dios.

Para que entonces Dios comience a verlos como uno de sus hijos o una de sus
hijas, por medio del Espíritu de vida, de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! Por lo tanto, cada vez que ustedes reciben en sus corazones al
Señor Jesucristo y creen en Él al confesar su nombre y su obra santa con
sus labios, entonces el Espíritu de Dios ha escrito sus nombres en "el
libro de la vida" y de la felicidad eterna de Dios y de su Hijo amado, en
el cielo.

Y, a la misma vez, los ha hecho hijos legítimos e hijas legitimas de su
nuevo reino celestial, en el más allá, en su nueva eternidad venidera. Por
lo tanto, este fruto del Espíritu de Dios consiste en cada uno de ustedes,
en la bondad de Dios, en su verdad legitima y en su justicia legitima,
también, hoy en día y hasta aun más allá de la eternidad venidera, en el
nuevo reino de Dios y de su Gran Rey Mesías, ¡el Hijo de David!

Por eso, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, tengan por gozo
cuando encuentren en sus vidas diversas pruebas y ataques terribles del
enemigo de Dios y de su Jesucristo. Porque realmente la prueba de su fe, en
cada uno de ustedes, produce paciencia. Y esta paciencia de Dios, es una
paciencia que solamente nace, en el corazón y en el alma viviente del
hombre, cuando espera en Dios.

Es decir, cuando el corazón del hombre cree de todo corazón, de que
Jesucristo ha de obrar en su vida, en el poder sobrenatural de su Espíritu
Santo, en cualquier tiempo y en cualquier lugar de la tierra, hasta la
eternidad venidera, en el más allá, para bien de su vida y para bien de
muchos también, en su derredor. Por lo tanto, el siervo de Dios no debe de
ser contencioso con nadie, ni por nada en toda la tierra, para bien de su
alma y para bien de los demás también.

Sino que realmente Dios desea que su siervo siempre sea fiel a Él y a su
nombre santo, enseñando así a los demás a ser amables para con sus hermanos
y para con sus hermanas, delante de su presencia santa y de su Jesucristo.
Porque esta enseñanza espiritual, como cualquier otra de Dios y de su
Jesucristo, le ha de ser de corona de bendición eterna para su vida, en la
tierra y en el cielo también, delante de Dios y de sus huestes de ángeles
eternos, en el más allá, para toda la eternidad venidera.

NO HAY LEY CONTRA EL AMOR DE DIOS

Pero el fruto del Espíritu es para todo aquel que ama a Dios, sólo por
medio de su Jesucristo, su Hijo amado. Y estos frutos divinos del Espíritu
de Dios son los siguientes, por ejemplo: Amor, gozo, paz, paciencia,
benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio. Contra tales cosas no
hay ley que pueda vencer al hombre, en la tierra, ni menos en el paraíso
como sucedió con Adán y Eva, por ejemplo, en su día de la gran rebelión y
caída delante de Dios y de su Árbol de vida eterna.

Por eso, el que ame a Dios, entonces ámele "en su espíritu y en su verdad
solamente", por medio del nombre y de la sangre viviente de su Hijo amado,
¡el Hijo de David!, ¡El Cristo de Israel y de las naciones! Porque
ciertamente no es posible que el hombre, ni la mujer de la tierra, pueda
amar jamás, ni mucho menos conocer a su Dios, si no es por medio de la vida
y de la sangre gloriosa y sumamente honrada del Señor Jesucristo, en la
tierra y en el paraíso, también, en el más allá, del nuevo reino de Dios.

Además, el que dice que ama a Dios, pero no pueda amar a su Jesucristo, en
su corazón, entonces aquel aun vive en las profundas tinieblas del más
allá. Del más allá, de donde el Padre Celestial con su Espíritu Santo, en
su día de gran misericordia: lo rescato para que llegase a ser "la imagen y
semejanza perfecta" de su Hijo amado, en la tierra y en el paraíso,
también, para siempre.

Por lo tanto, el hombre es fruto del espíritu de la misericordia y de la
gracia redentora de su Hijo amado, en la tierra y en el paraíso, también,
para siempre. Y éste es el fruto de la obra de las manos de Dios, que Dios
mismo ha enviado a su Hijo amado al mundo, para bendecirlo y para
rescatarlo, en un día como hoy. Es decir, si tan sólo tú pudieses creer en
Él y en su obra redentora, de su evangelio eterno, para tu alma viviente y
de los tuyos, también, en la tierra y en el más allá, en el paraíso.

Pues que, ciertamente Dios desea redimir la obra de sus manos, a como de
lugar y a cualquier precio, hasta el precio de su misma vida y la sangre de
su Hijo amado. Porque todo lo que Él ha creado ha sido bueno y nunca malo,
en el cielo y en la tierra, de nuestros días. Todo lo que ha salido de
Dios, entonces ha salido por el poder de su palabra o por el poder de su
nombre, para bien de muchos, si no de todos, aun de sus mismos enemigos,
también, aunque no te lo creas. Así de bueno es nuestro Padre Celestial con
todos nosotros, por medio de su Jesucristo.

En otras palabras, Dios ha creado todas las cosas con su palabra y con su
nombre santo. Pero no así con el hombre de la tierra. Porque el hombre fue
creado por el poder sobrenatural de sus manos gloriosas; de hecho, ésta es
la obra perfecta de Dios, en el más allá y en la tierra, de hoy en día.
Somos obra santa y perfecta de las manos de Dios. Mucho más perfecta que
todos los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás ángeles del
reino de los cielos.

Además, esta obra divina del más allá, eres tú mi estimado hermano y mi
estimada hermana, hoy en día, en el paraíso y en la tierra. Y Dios no desea
jamás perderte, sino rescatarte de todos los poderes más terribles del más
allá, del corazón malvado de Lucifer y de sus ángeles caídos. Por lo tanto,
Dios tiene el poder para redimirte hoy mismo, si tan sólo creyeses en Él,
de acuerdo a su perfecta voluntad, por medio de la vida santísima y
eternamente honrada de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Ya que, ha sido en el corazón, en la sangre, en la vida, en cada palabra y
en el nombre sagrado de su Hijo amado, que ha puesto Dios, todo su poder y
toda autoridad suprema, para bendecir tu alma viviente, en éste mismo día.
Con el fin de rescatar no sólo a Adán de su pecado original, sino también a
cada uno de sus descendientes, del poder del pecado y de la muerte en la
tierra y en el infierno también, para la gloria venidera de su nuevo reino
celestial, en el más allá.

Por lo tanto, es bueno creer en el fruto del Espíritu de Dios, el cual
siempre ha sido "el creer" de todo corazón, en el nombre sagrado del Hijo
amado de Dios, en el cielo y por toda la tierra, de hoy en día y de
siempre, en la eternidad venidera. Porque esto fue precisamente lo que Dios
deseaba que Adán hiciese con su vida y con todo su corazón, que comiese del
fruto de vida eterna, el cual estaba localizado en el epicentro del
paraíso.

Por tanto, éste fruto de vida eterna de Adán y de cada uno de sus
descendientes, para miles de generaciones venideras, en el más allá, era el
creer solamente en el nombre de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque
sin éste fruto de vida y de salud eterna, entonces ningún hombre, mujer,
niño o niña, podía vivir en paz y en perfecta armonía con su Dios y con su
Espíritu Santo en el reino de los cielos, ni en el paraíso tampoco, para
siempre.

En realidad, esto era algo que Lucifer conocía muy bien también. Porque él
tenia que comer del fruto de vida y de salud eterna del reino de los
cielos, pero rehúso hacerlo así, en su día, para mal de su espíritu. Porque
en el día que Lucifer rehúso comer del fruto de vida del Señor Jesucristo,
para gloria y para honra eterna del nombre sagrado del Padre Celestial, en
el reino de los cielos, entonces se rebelo, tal como luego, en su día, Adán
y Eva se rebelarían también en contra del nombre sagrado del Señor
Jesucristo, en el paraíso.

De hecho el espíritu malvado de éste pecado original ha ido creciendo hasta
llenarlo en muchos lugares de la tierra, en el corazón de cada hombre y de
cada mujer de la tierra, también. Porque muchos de ellos, en sus días, han
rehusado al igual que lucifer, Adán, Eva y otros ángeles caídos, ha comer y
ha beber del fruto de vida y de salud eterna, del Árbol de vida de Dios, ¡
el Señor Jesucristo!

Por lo tanto, esto significa que tú también, mi estimado hermano y mi
estimada hermana, has rehusado comer y beber del Señor Jesucristo en el
pasado, cada vez que el Espíritu de Dios te hablaba a tu corazón, por medio
de su palabra de la vida y del nombre sagrado de su "Gran Cordero
Celestial", su Hijo amado. Y éste acto negativo / contradictorio de fe, te
lo ha sido contado / sumado por Dios mismo y por sus ángeles santos, como
pecado ante Dios y ante su Espíritu de vida y de salud eterna, en el cielo
y en toda la tierra, de hoy en día, también.

Pero aunque esto es verdad aun hay esperanza para ti y para los tuyos,
también, con tan sólo invocar con tus labios y creer en tu corazón: en el
fruto de vida y de salud eterna, ¡el nombre del Señor Jesucristo! Porque
Dios le ha dado al hombre un nombre muy santo y sublime, el cual es sobre
todo nombre, en el cielo y en toda la tierra. Y en éste nombre celestial
está todo el poderío y autoridad suprema de Dios, dada a su Espíritu y a su
Hijo amado, para remover el pecado y quitar el mal del corazón y del alma
viviente.

Es decir, de quitar el poder de la muerte y de su maldición eterna en cada
hombre, mujer, niño y niña de todas las familias, de las naciones del mundo
entero, hoy en día y hasta siempre para la eternidad venidera, en el más
allá, en el nuevo reino de los cielos. Porque esta es la suprema gloria de
Dios, de que su Hijo amado vive. Y Él vive para darnos vida y vida en
abundancia a cada uno de todos nosotros en cualquier tiempo y en cualquier
lugar de la tierra, de hoy en día y de siempre, en el más allá, también.

Si, ésta es la gloria del Padre Celestial, de que su Hijo amado ha
resucitado de entre los muertos, para seguir viviendo, para la eternidad
venidera de todas las naciones, comenzando con Israel. Es decir, para
seguir viviendo con mayor gloria y con mayor bendición de vida eterna, en
el corazón de Dios mismo, de los ángeles, de su Espíritu Santo y de cada
hombre, mujer, niño y niña, de todas las familias, razas, linajes, tribus,
pueblos y reinos de la tierra.

ESCOGIDOS DE DIOS SOMOS PARA SU NUEVA ETERNIDAD CELESTIAL

Por lo tanto, como escogidos y llamados de Dios, santos y amados, en la
vida y en la sangre santa de su Hijo amado, entonces vístanse de profunda
piedad, de generosidad, de humildad, de fidelidad y de teología celestial,
soportándose los unos a los otros y perdonándose los unos a los otros
también, especialmente, cuando alguien tenga queja de su hermano.

En la medida en que, nuestro Dios es amor, puro y eterno, para con todos,
sin jamás hacer excepción de personas, en toda su creación. Además, Él
desea sobre todas las cosas, en toda la vida del hombre, que su Espíritu de
amor siempre reine en sus corazones y en cada una de sus muchas cosas, en
todos los lugares de la tierra. Porque ha de ser de esta manera única, de
que el fruto del espíritu de amor de Dios ha de comenzar a llenarlo todo en
la tierra, así como es (de lleno) en el cielo, desde siempre, hasta hoy en
día, por ejemplo.

Por cuanto, todo lo que ha estado siempre uniendo una cosa con la otra en
el cielo, desde el día de su fundación, ha sido el Espíritu de amor de Dios
y de su Hijo amado. Por lo tanto, Dios desea que así también sea en cada
uno de todos los rincones de la tierra, para comenzar a exaltar su nombre
santo, en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña, de todas las
familias de las naciones de la tierra y aun hasta el más allá también, en
su ciudad celestial: ¡La Jerusalén Eterna!

En vista de que, ésta es la Jerusalén que Dios le prometió a Moisés y a
cada uno de sus hijos e hijas de Israel, cuando huían de la casa de su
esclavitud, en Egipto. Para que en sus días eternos y celestiales, pues
entonces reinase su gran Rey Mesías, ¡el Hijo de David! Además, todo lo que
ha de entrar a éste lugar santo, entonces ha de ser llamado "santo para
Dios" y para su nuevo reino celestial, en la tierra y en el más allá,
también, para siempre.

En verdad, todo ha de ser unido por el espíritu de fe y de amor de Dios y
de su Hijo amado, en el corazón y en el alma viviente, de cada hombre,
mujer, niño y niña de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y
reinos de la tierra. Ciertamente estos son de los amados de Dios, de los
que han "nacido de nuevo" para Dios, de los que han sido llamados a ser
santos para Dios y para su nuevo reino celestial, en la tierra, de hoy en
día y en el más allá también, en su nueva ciudad eterna y celestial.

Por lo tanto, Dios desea que cada uno de nosotros siempre camine en los
frutos de su Espíritu Santo. Y estos frutos del espíritu de Dios son los
que dan testimonio de que somos "hijos e hijas de Dios", por medio de la
fe, la cual sólo es posible en Cristo Jesús, Señor nuestro. Porque si hemos
nacido de nuevo del Espíritu de Dios, entonces hemos nacido como el Señor
Jesucristo tubo que nacer del vientre de una mujer virgen para entonces
poder entrar a la vida del hombre de la tierra, en el poder sobrenatural
del Espíritu de Dios.

En verdad, esto el Señor Jesucristo lo hizo, no porque necesitase nacer de
nuevo, como el hombre y la mujer pecadora que tiene nacer de nuevo, en el
poder sobrenatural del Espíritu de Dios. Sino que el Señor Jesucristo nació
en la tierra, para entonces llegar a ser parte del corazón, del alma y de
la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias, de las
naciones del mundo entero.

Además, el Señor Jesucristo hizo esta gran obra en su vida sumamente santa
y eternamente honrada, porque esta era la única manera que podía llegar a
conocernos mejor que antes y así entonces poder darnos de sus muchas
cualidades divinas de su Espíritu y de su sangre santísima. Es decir, que
esta era la única manera que Dios podía redimirnos para Él y para su reino
celestial, en el más allá, al hacer que su Hijo amado llegase a ser el
centro de la vida de cada uno de nosotros, en nuestros millares, en toda la
tierra, hasta hoy en día y hasta siempre, también, en la eternidad.

Es por eso, que Dios siempre ha llamado al hombre, comenzando con Adán, ha
comer y a beber de su Hijo amado, ¡el Árbol de vida y de salud eterna!,
para los ángeles y para todo hombre y para toda mujer de la tierra. Ya que
sólo en el Señor Jesucristo está nuestra vida y nuestra salud celestial,
para vivir nuestras vidas en la tierra, y para vivir nuestras nuevas vidas
glorificadas, en el más allá, en el nuevo reino de los cielos.

Es decir, que nosotros estamos llamados por Dios mismo, desde mucho antes
de la fundación, del reino de los cielos y del mundo entero, ha comer y ha
beber sólo de su Jesucristo, su Hijo amado, ¡el único posible salvador del
mundo entero! Porque así como el Señor Jesucristo fue el salvador de Adán y
de Eva, en el paraíso.

Pues así también, el Señor Jesucristo es el salvador de nuestras vidas, de
hoy en día, en toda la tierra y hasta siempre, en la eternidad venidera.
Entonces recibámosle, como el Hijo amado de Dios. Y no cometamos el mismo
error que Adán y Eva cometieron, en el paraíso para poner en peligro sus
vidas y sus almas eternas y las de los demás, también, en toda la tierra.

PERDONANDO COMO JESUCRISTO NOS PERDONO

Pues de la manera que el Señor los perdonó, así también hacerlo con ustedes
mismos, con el espíritu de verdad y de justicia de su Hijo amado,
perdonando siempre a todos los que los ofenden, en cualquier cosa que sea.
Pero sobre todas estas cosas, vístanse siempre del espíritu de amor, que es
el lazo perfecto para agradar al corazón santo de Dios, aun cuando estamos
en la tierra, viviendo en el pecado original de nuestros antepasados.

Y sólo así entonces la paz del Señor Jesucristo siempre ha de gobernar en
sus corazones día y noche, para todo bien: pues para esto han sido llamados
en un solo cuerpo, el de Dios y el de su Jesucristo, para la tierra y para
el cielo, también, para la nueva eternidad venidera, en el más allá. Por lo
tanto, sean siempre agradecidos a Dios, por medio de su nombre sagrado, el
nombre de su unigénito, Jesucristo.

En vista de que, Dios siempre se ha agradado del hombre que ha procedido
hacia su prójimo: en el espíritu y en la justicia de su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo! Y sin la verdad y la justicia de su Hijo amado, entonces
el corazón de Dios, ni menos el corazón de los ángeles, ni de cada hombre,
mujer, niño, ni niña de todas las familias de la tierra, ha de ser
complacido jamás.

Puesto que, sólo en el Señor Jesucristo existe toda "verdad y toda justicia
celestial", para agradar y complacer a Dios y a cada uno de sus seres
creados, en el paraíso y en toda la tierra, como a ángeles y hombres,
también, para siempre. Por lo tanto, si hoy en día tienes la oportunidad de
acercarte a tu hermano y a tu hermana para perdonarles su falta, entonces
hazlo, sin más demora alguna, en el espíritu de verdad y de justicia
celestial, de su Hijo amado.

Para que entonces no sólo el corazón de Dios sea satisfecho, por tu buen
proceder hacia los tuyos, cumpliendo la voluntad santa de su santidad
eterna, sino que también la Ley de Dios ha de ser honrada, de la misma
manera y con el mismo espíritu divino, en la justicia y en la verdad de su
unigénito, ¡el Señor Jesucristo!

Ya que, fuera del Señor Jesucristo no hay verdad, ni justicia tampoco, para
complacer el corazón sumamente santo de Dios, ni menos el corazón de ningún
ser creado por Dios mismo, en el cielo y en toda la tierra, también. Por lo
tanto, sólo en el Señor Jesucristo has de poder encontrar el perdón de Dios
para ti mismo y para cada uno de tus seres amados, como hermanos, hermanas
y demás familiares y amigos de tu casa, también.

Pues si amas a Dios, entonces has de amar a su Jesucristo y a cada hombre,
mujer, niño y niña de las familias de la tierra, por quienes Él mismo ha
dado su cuerpo santo, en amor y en su "sacrificio eterno" y muy especial,
por cierto, por cada uno de ellos, hasta de los mas viles de ellos,
también. Entonces también ha dado su sangre, su vida y su nombre celestial,
para que sean redimidos de todos los males de la tierra y hasta del mal de
que tú mismo no los puedas perdonar, por razones de alguna falta o de algún
pecado, por ejemplo, en sus vidas hacia a ti o los tuyos.

Es decir, que Dios ha enviado a su Jesucristo para redimir a todos los
hombres y a todas las mujeres, de todos los males del enemigo, como Lucifer
y sus ángeles caídos, por ejemplo. Y, además, también, para redimirlos del
mal también, que tú mismo les puedas hacer, por tus errores o por tu mala
manera de proceder, hacia cada uno de ellos, por ejemplo, en cualquier
tiempo y en cualquier lugar de la tierra.

En verdad, el fruto del corazón de Dios es amor para con su Hijo amado, su
Espíritu Santo, sus huestes angelicales y cada hombre, mujer, niño y niña,
de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la
tierra. Es decir, que Dios siente amor profundo por cada uno de sus seres
creados, no sólo por los ángeles del cielo, sino también por cada ser
humano que ha sido formado, por sus manos santas, en la tierra eterna del
paraíso.

En la medida en que, la verdad es que Dios ha formado a cada hombre, a cada
mujer, a cada niño y a cada niña con sus manos santas, para que sean
hechos, por medio del milagro, del espíritu de fe, en la imagen y conforme
a la semejanza perfecta de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, para la
eternidad venidera, en el más allá, en el nuevo reino de los cielos.

Por lo tanto, es muy bueno que el hombre siempre perdone la falta de su
hermano y la falta de su hermana, de la misma manera que Dios lo ha
perdonado, en el poder sobrenatural de la sangre viviente de su Jesucristo,
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel.
Porque ha sido en éste lugar eterno y memorial para miles de generaciones
venideras, en donde Dios le ha perdonado y puesto fin de una vez por todas,
al pecado del hombre de toda la tierra.

Por ello, el pecado de Lucifer y de su serpiente antigua ya no tiene poder
sobre el corazón y la vida de Adán y de cada unos de sus descendientes,
comenzando con Eva, por ejemplo, hasta llegar a ti, mi estimado hermano y
mi estimada hermana, en cualquier tiempo y en cualquier lugar de la tierra,
de hoy en día. Por amor a su nombre, Dios te ha perdonado y, a la misma
vez, te ha hecho fruto de su Espíritu, al tú volver a nacer, no de la
carne, sino del Espíritu de fe, del nombre de su Jesucristo en lo intimo de
tu corazón y de tu alma viviente, en la tierra y para la eternidad
venidera, también.

VARÓN DE DIOS HUYE DEL MAL, COMO JESÚS LO HIZO EN SUS DÍAS

Pero tú, mi estimado hermano, varón de Dios, no le des oído al mal de tu
enemigo, sino por lo contrario: huye de sus malas palabras y sigue la
justicia, la piedad, la fe, el amor, la perseverancia, la mansedumbre, que
son frutos del espíritu del corazón del hombre, de los cuales Dios siempre
se ha agradado a través de los siglos, hasta hoy en día, en toda la tierra.

Es decir, de que Dios siempre ha deseado que el hombre diga las palabras de
su boca y de su corazón santo, tal como están escritas en su libro sagrado,
la Biblia Eterna, y no lo contrario. Como, por ejemplo, lo que tuvo que
hacer el Señor Jesucristo en sus días, en Israel, cuando se veía acorralado
por sus enemigos y por sus palabras de doble sentido, para hacerle tropezar
en algunas de sus trampas.

Y así entonces poderle acusar, injustamente, ante el Sanedrín (Tribunal
Supremo de Justicia Hebrea de Israel), con el fin de ponerle fin a su vida
y a su ministerio de bendición y de salvación eterna, para el alma viviente
del hombre de Israel y de toda la tierra, también. Como hoy en día, por
ejemplo, cuando su palabra es predicada en muchos lugares del mundo entero,
para sanar, para salvar y para exaltar el nombre del Padre Celestial más
alto que cualquier nombre del hombre, en toda la tierra.

(Pues sus enemigos no pudieron con el Señor Jesucristo, por más que
trataron de hacerle tropezar con sus palabras mal intencionadas y así
hacerle daño a su vida santa y a su testimonio integro ante toda la gente
de Israel, hebrea y gentil, también. En verdad, los enemigos del Señor
Jesucristo no pudieron con Él, por más que lucharon, porque Él era fiel a
la palabra de Dios y no tanto al hombre de la tierra.)

Realmente, la única manera en la cual el corazón y el alma del hombre y de
la mujer pueden huir del poder del mal, de las palabras de doble sentido y
de gran engaño de Lucifer y del hombre de pecado, ha de ser si solamente
confían en su Dios y en su salvador eterno, ¡el Señor Jesucristo! Porque
hay muchas maneras de escapar del mal temporalmente, pero sólo una sirve,
para la eternidad.

Y esta es la manera de la santidad eterna, o el camino del Señor
Jesucristo, en la tierra de regreso hacia la tierra santa y eterna, del
paraíso. Porque el hombre siempre ha logrado escapar del mal de sus
enemigos, por un tiempo o temporalmente. Pero, sin embargo, de una manera u
otra ha terminado cayendo en la trampa o en la garra de su adversario o
adversarios.

Pero con el Señor Jesucristo no es así. Porque el Señor Jesucristo tiene
poder no sólo para librar el alma preciosa del hombre de la tierra, sino
también Él tiene poder para destruir el poder del pecado y todas sus
profundas tinieblas con su muerte final, ya sea en la tierra, en el
infierno o en el Lago de Fuego, en el más allá. Por lo tanto, el verdadero
amigo del hombre ha de ser el Señor Jesucristo, como siempre lo ha sido así
para con el hombre de la antigüedad, hasta hoy en día, no sólo en Israel,
sino también, en todo tiempo y en cualquier lugar de toda la tierra, de
nuestros días, también.

Es por eso, que Dios ha hecho que su Espíritu Santo traiga bendición a la
tierra, del mismo lugar santo del reino de los cielos, en donde Dios y su
Hijo amado están sentados gloriosamente, para seguir amando a Israel y a la
humanidad entera. Con el fin de seguir también, exaltando su nombre santo y
eternamente honrado, en los corazones de los ángeles y en los corazones, de
cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de la tierra, de hoy
en día y de siempre.

Pues desde éste lugar santo, en el cielo, Dios mismo bendice día a día a
cada hombre, a cada mujer, a cada niño y a cada niña de fe, del nombre
sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y sus bendiciones no son
tan sólo por unos momentos, sino para la eternidad, también. Es decir, de
que Dios con la ayuda idónea de su Jesucristo y de su Espíritu Santo
bendice el corazón y el alma viviente de todos los seres creados por sus
manos santas, en toda la tierra.

Para que en un día como hoy, por ejemplo, entonces cada uno de ellos, como
tú mismo hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana, comiences
ya a prepararte para poder entrar en tu día a tu lugar santo, en el reino
de los cielos, en el más allá. Porque Dios ha preparado muchos frutos de su
Espíritu Santo sólo para ti, en el cielo. Y en el cielo, Dios ha formado
nuevas mansiones con calles y puertas de oro, para que tus pies pisen sólo
oro y así entres a tu lugar eterno, tu mansión celestial, para que vivas
eternamente con tu Dios y con tu Árbol de vida, su Hijo, ¡el Señor
Jesucristo!, hasta siempre, hasta aun más allá de la eternidad venidera.

Y Dios ha hecho todas estas grandezas para ti y para cada uno de los tuyos,
en la tierra y en cielo, también, porque te ama y te ama de verdad, hasta
aun más allá de la eternidad venidera. Además, éste amor de Dios es el
fruto del Espíritu Santo de su corazón eternamente divino y fiel a ti y a
cada uno de los tuyos, hoy en día en la tierra y en la eternidad venidera
también, en su lugar santo y glorioso, ¡La Nueva Jerusalén Celestial!

SEA LA PAZ DE DIOS MULTIPLICADA EN SUS VIDAS ETERNAMENTE

Pues gracia a ustedes y paz les sea multiplicada en el conocimiento de Dios
y de nuestro Señor Jesucristo, en todos los lugares de la tierra. Su amor
eterno es para cada uno de nosotros, también, en el cielo y en toda la
eternidad venidera, en el más allá, de Dios y de su Árbol de vida y de
salud eterna.

Puesto que, esta gracia, misericordia, humanidad de Dios y de su
Jesucristo, no sólo es para nosotros en la tierra, de hoy en día, sino
también para la eternidad venidera, para su nueva vida celestial, con cada
ángel del cielo y con cada hombre de la tierra, en su lugar santo y eterno,
¡La Nueva Jerusalén Celestial y Eternamente Gloriosa! (Éste lugar lo ha
formado Dios y su Jesucristo para ti, mi estimado hermano y mi estimada
hermana. Para que vivas con tu Dios y con tu Árbol de vida eterna
felizmente en tu corazón para siempre.)

Por lo tanto, su divino poder nos ha concedido todas las cosas que
pertenecen a la vida y a la piedad celestial, por medio del conocimiento,
de aquel que nos llamó por su propia gloria y excelencia, el Padre
Celestial. Y éste poder de Dios es su Hijo amado, sin duda alguna. Porque
para Dios no hay nadie mayor que su Hijo amado, en el cielo y en toda la
tierra, también, de hoy en día y de siempre.

Además, fuera de éste poder celestial, Dios no conoce ningún otro poder
para amar y para bendecir el corazón y el alma viviente de cada uno de sus
hijos e hijas, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y
reinos de la tierra. Por lo tanto, Dios nos ha llamado a amarle solamente a
Él, y a nadie más que a Él, por medio de la fe sobrenatural, la cual sólo
es posible al creer en el corazón y confesar con nuestros labios: el nombre
sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Ya que, toda gracia celestial nos ha sido concedida a cada uno de nosotros,
desde hoy mismo y hasta la eternidad venidera, en el más allá de Dios y de
su nuevo reino celestial, sin jamás escatimar nada de todo lo bueno que sea
Él y de todo lo bueno que sea su Jesucristo con su Espíritu Santo.

En verdad, Dios nos ha dado toda su vida y todas sus riquezas en el cielo y
por toda la tierra, de hoy en día, también. Y lo único que Dios requiere de
nosotros, es que le amemos a Él, en espíritu y en verdad, por medio de su
Jesucristo. Eso es todo lo que Dios ha pedido del hombre y de la mujer de
toda la tierra, del ayer, de hoy y de siempre, que le amemos sólo a Él,
como nuestro único y soberano Dios, por medio del amor, de la verdad y de
la justicia celestial de su Jesucristo.

Por lo tanto, esta gracia, misericordia, humanidad de Dios, es su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, en cada uno de nosotros, en toda la tierra,
para siempre. Por lo tanto, no es bueno que el corazón del hombre y el
corazón de la mujer busque "la gracia de Dios" en lo que no tiene vida,
como hombres viles o ángeles caídos, como sus ídolos de talla, del
vaticano, por ejemplo, por doquier, para engañar el corazón y el alma
viviente del hombre ingenuo de la tierra.

De hecho, esta gracia de Dios sólo se puede obtener en el corazón, por
medio del espíritu de amor y de fe, del nombre sagrado del Señor
Jesucristo. Y fuera del espíritu de amor y de fe, del nombre del Señor
Jesucristo, entonces no hay nada, ni mucho menos la gracia de Dios, para
bendecir el corazón y el alma viviente del hombre de toda la tierra. Es por
eso, que en todos los lugares de la tierra de nuestros días, por ejemplo,
el evangelio del nombre del Señor Jesucristo está moviéndose con grandes
poderes sobrenaturales de parte de Dios.

Para impartir a todos los que han llegado a amar a su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, poder de lo alto: como milagros, maravillas y grandes prodigios
del más allá, con el fin de sanar y de liberar: al alma perdida del hombre
de la tierra, de hoy en día y de siempre. Porque esta gloria de Dios no es
tan sólo para nuestros días, sino para la eternidad, para su nuevo reino
eternamente glorioso, en el más allá.

Por lo tanto, todo hombre y toda mujer deben de aferrarse a esta gloria
celestial, de la bondad y del amor infinito de Dios, porque es bueno para
nuestros días. Pero la realidad es que éste espíritu de amor y de gloria
celestial es también para nuestros largos días, en la eternidad venidera,
en el más allá, en el nuevo reino de los cielos. Por todo ello, hoy es el
día de la bendición y de la salvación de Dios, para cada uno de ustedes,
mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas.

Por eso, si hoy en día, oyen la voz de Dios, hablándoles a sus corazones,
por medio del espíritu de su palabra y de su nombre sagrado, entonces no
endurezcan sus corazones, por ninguna razón, sino por lo contrario. Abran
las puertas de sus corazones, cuanto más antes mejor. Hoy mismo si fuese
así posible con cada uno de ustedes, en toda la tierra, para recibir la
palabra y el nombre sagrado y salvador de Dios y de su Jesucristo, para la
eternidad venidera.

Para que entonces Dios entre con todos los poderes y con todas las
autoridades de la vida gloriosa de su Jesucristo y de su nuevo reino
celestial, en sus vidas terrenales y eternas, también. Para que luego
también ustedes mismos puedan comenzar a vivir poco a poco la vida que Dios
mismo siempre soñó y preparo para cada uno de ustedes, en sus millares, en
toda la tierra, en el más allá, en sus primeros días de la antigüedad.

Y, de hecho, ésta vida terrenal y celestial, en realidad, es la misma vida
gloriosa y eternamente santa de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, la
cual ha traído a la tierra, por medio del poder del Espíritu de Dios, en el
vientre virgen de una de las hijas de David, en Israel. Para que entonces
esta vida santa entre a formar parte de nosotros, eternamente, desde hoy
mismo, para la eternidad venidera, en tu vida y en tu corazón, mi estimado
hermano y mi estimada hermana para la eternidad, en el más allá de Dios y
de su Jesucristo.

Ya que, sólo el Señor Jesucristo es el Árbol de vida y de salud eterna, en
la tierra y en el cielo, también, para ti y para cada uno de los tuyos,
también. Por lo tanto, Dios ha hecho una gran obra con su Hijo amado y con
cada uno de nosotros, al hacernos nacer de nuevo, como el Señor Jesucristo,
en el poder sobrenatural de su Espíritu Santo. Además, éste nacimiento
espiritual de cada uno de nosotros, no es de la carne, sino como el
nacimiento del Señor Jesucristo: fruto eterno del Espíritu de Dios, para la
eternidad venidera, en el más allá, en el nuevo reino celestial.

ESTOY CONVENCIDO, DE QUE DIOS LOS AMA A TODOS USTEDES

Por esta razón, yo mismo estoy persuadido de ustedes, mis estimados
hermanos, de que ustedes también están colmados de ternura, llenos de todo
conocimiento, sabios en Dios y en su Jesucristo, de tal manera que podían
aconsejarse los unos a los otros, para bien de muchos, no sólo en sus
casas, en sus tierras, sino también para tierras lejanas. Ya que, éste es
el poder del Espíritu de Dios, por medio de su palabra, de su evangelio
eterno y viviente, de predicar la perfecta voluntad del Padre Celestial a
diestra y a siniestra, para gloria y para honra de su nombre santo, hoy y
siempre.

Puesto que, a éste nombre santo, que en su día de gran maldad y de gran
rebelión, Lucifer intenta deshonrar delante de Dios y de sus ángeles, para
la eternidad. Pero el Señor Jesucristo se interpuso ante la terrible maldad
del corazón de Lucifer, para que éste terrible mal no fuese consumado en la
tierra, ni mucho menos en los corazones santos de los ángeles de Dios, en
el cielo.

Por lo tanto, el Señor Jesucristo lucha a diestra y a siniestra para
defender la gloria y la integridad perfecta del nombre sagrado de Dios, en
el cielo y en toda la tierra, hasta hoy en día, por ejemplo, en tu mismo
corazón, mi estimado hermano y mi estimada hermana. Y, ciertamente,
Jesucristo lo venció, en su día, en el reino de los cielos, hasta
derrotarlo por completo, en tu corazón también.

Por lo tanto, por culpa del pecado, del corazón malvado de Lucifer, en
contra el nombre sagrado de Dios y de su Jesucristo en el cielo, entonces
tuvo que salir de la tierra santa para descender a sus lugares más
terribles y de gran oscuridad en el más allá, en el Abadón. Aquí es donde
Lucifer y a cada uno de sus ángeles fuertes han seguido planeando día y
noche, de cómo deshonrar el nombre glorioso y eternamente santo de Dios y
de su Jesucristo, en la tierra y en tu corazón, también, mi estimado
hermano.

Pero también ellos han sido vencidos una y otra vez, cada uno de ellos,
comenzando con Lucifer, por el espíritu de amor y de justicia celestial de
Dios y de su Jesucristo, en el cielo y en la tierra, cada vez que se han
vuelto a levantar, en contra del nombre del Señor, en el corazón de todos
los hombres. Por lo tanto, la lucha sigue para defender el nombre sagrado
de Dios, en los corazones de los hombres de la tierra, como en el tuyo hoy
en día, mi estimado hermano.

Por todo ello, la victoria celestial para el nombre de Dios, en contra de
Lucifer y de sus profundas tinieblas es el fruto del Espíritu de Dios, en
el corazón de todo hombre de la tierra. Además, es por éste propósito, que
el evangelio viviente de Jesucristo ha llegado a Israel y a cada rincón de
la tierra, de hoy en día, para luchar y defender hasta el fin el nombre
salvador de Dios, en los corazones y en las vidas, de cada uno de los hijos
e hijas de la fe, del Señor Jesucristo.

Es por esta razón, que hoy en día, por ejemplo, tu corazón, también, ha
sido en gran medida tocado por el espíritu de la palabra, de la vida, del
cuerpo, de la sangre y del nombre sagrado y muchas más bendiciones de
Jesucristo y de su Padre Celestial. Realmente en éste día como hoy, por
ejemplo, Dios mismo está abriendo las puertas del cielo para recibirte en
su reino, en su paraíso celestial, para que regreses a Él y a su vida santa
y eternamente honrada, en el paraíso.

Y sólo así entonces jamás vuelvas a irte lejos de Él, como sucedió con Adán
y Eva, por ejemplo, en el día de su caída, ante la presencia del fruto del
Espíritu y de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! En verdad,
Adán y Eva ya están de regreso con sus vidas normales, como antes, en el
paraíso celestial y eterno. Pero esta vez, ellos han llegado llenos en sus
corazones del espíritu de amor, de verdad y de justicia del Señor
Jesucristo.

Aquellos que en su día de error y de ceguera espiritual se negaron a comer
de su fruto de vida y de salud celestial, ¡el Árbol de la vida!, ¡El Señor
Jesucristo! En realidad, esta vez, cada uno de ellos está tan lleno del
Señor Jesucristo, en su corazón y en su alma viviente, que desearía de todo
corazón bajar del cielo, como el Señor Jesucristo, en su día, tuvo que
hacerlo para predicar esta gran verdad de la justicia, del amor y de la
sabiduría de Dios.

Y si, hacerlo así, con todo hombre, mujer, niño y niña de todas las
familias de la tierra, sin jamás dejar a ninguno de ellos, en las tinieblas
y a la suerte malvada de su pecado y de su muerte eterna, en el más allá,
en la eternidad venidera. Como sucedió con ellos, Adán y Eva, en el
paraíso, en el día de su caída, de la gracia de Dios, al creer en sus
corazones la mentira y comer con sus bocas del fruto prohibido, del árbol
de la ciencia del bien y del mal.

Por lo tanto, Adán y Eva desean predicar el evangelio de Jesucristo, en
esta hora misma, como a tu corazón, por ejemplo, para que todos sus
descendientes sean llenos de igual forma, que ellos han sido llenos del
espíritu de amor, de verdad, de justicia y del gozo celestial de Dios. Y
esta felicidad de sus corazones es por haber comido y haber bebido, por
fin, del Árbol de vida y de salud eterna de Dios, sobre la cima de la roca
eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para cumplir toda verdad y
toda justicia divina, en sus corazones y ante el Padre Celestial, en el
cielo, para siempre.

Pero, sin embargo, éste evangelio no les ha sido concedido a Adán y a Eva
predicar, sino a sus descendientes, a cada uno de nosotros, en nuestros
millares, de todas las razas, tribus, pueblos y reinos del mundo entero.
Por lo tanto, Adán y Eva sólo esperan y oran continuamente día y noche en
el paraíso, por el bienestar de cada uno de los suyos, nosotros mismos hoy
en día, de todos sus hijos e hijas, de todas las familias, razas, tribus,
linajes, pueblos y reinos del mundo entero, para que oigan a Dios.

Es decir, para que oigan a la palabra de Jesucristo y así entonces sean
lavados de todos sus pecados por el poder de su sangre santísima, desde
cualquier lugar del mundo entero, para la eternidad venidera del nuevo
reino celestial de Dios y de su Árbol de vida eterna, en el más allá. Y
sólo así entonces cada uno de nosotros poder encontrar nuestro camino de
regreso a nuestro lugar de nuestros primeros pasos, en el más allá, en el
paraíso celestial y eterno de nuestros progenitores, Adán y Eva.

EL FRUTO DEL ÁRBOL DEL ESPÍRITU DE DIOS ES LUZ, SALUD Y VIDA

Ciertamente el fruto de la luz celestial de Dios y de su Árbol de vida
eterna consiste en toda bondad, justicia y verdad divina, en cada hombre,
mujer, niño y niña de todas las familias de la tierra. Y esto es lo que
agrada al corazón de Dios y de su Espíritu Santo, en el cielo y en toda la
tierra también, para siempre, para con nosotros, en nuestros millares, en
todo el mundo.

En verdad, cuando Moisés vio el Árbol de la vida de Dios que iluminaba como
un gran fuego desde lejos, pero no consumía nada en su alrededor, entonces
tuvo temor y se lleno de curiosidad su corazón. Pues Moisés veía la gran
luz del Árbol del evangelio de vida y de salud de Dios, el cual ardía como
una gran llama de fuego desde lejos y su fuego no se expandía, sino que
permanecía fiel como un árbol sin moverse hacia ningún lado.

Esta fidelidad del árbol en llamas brillantes despertó la atención y una
gran curiosidad, en el corazón de Moisés, que lo estremeció y lo hizo
mover, en su corazón y en su cuerpo también, al comenzar a dar los primeros
pasos para acercarse a su Dios y a su salvador eterno, en aquellos días tan
cruciales para todo Israel.

Entonces sin más pensarlo, luego comenzó Moisés a caminar, de la oscuridad
del lado del Sinaí, hacia donde la luz del árbol lo llenaba todo de la luz
del cielo, sin quemar nada en su alrededor. Esto era algo fenomenal para
los ojos de Moisés. Porque ningún hombre en toda la historia del mundo
entero jamás había visto algo así parecido.

La luz de la vida de Dios y de su Jesucristo ante sus ojos pecadores, el de
Moisés, por ejemplo, en aquella hora crucial para la humanidad entera.
Ciertamente esto era la misericordia y la gracia de Dios manifestándosele a
todo hombre de la tierra, por medio del mismo hombre, Moisés.

Pero por la misericordia de Dios, Moisés en aquel día no murió en su
pecado, de haber visto con sus ojos pecadores a la luz, del fuego del Árbol
de Dios, del Dios Altísimo. Realmente Moisés sólo había visto al Hijo amado
de Dios, tal como siempre ha sido, desde los días de la antigüedad: ¡El
Árbol de vida y de salud eterna de Dios! para todos sus ángeles del cielo y
para los hombres de la tierra.

Por lo tanto, esto no le fue contado para Moisés, como pecado por el cual
tuviese que entregar su cuerpo a la tierra y su espíritu de vida a Dios, de
donde había salido para él. Ciertamente, en aquel día, Dios bendijo
grandemente a Moisés, porque le comenzó a hablar de su amor por Israel y de
su amor por la humanidad entera, también, para miles de siglos venideros,
en el más allá, en su nueva eternidad venidera.

Realmente Dios había comenzado a liberar a los hebreos de sus profundas
tinieblas y a los gentiles egipcios de la ceguera espiritual de tenerlos
cautivos, sin el permiso de Dios. Cuando verdaderamente los hebreos eran
para Dios, los escogidos y llamados de Dios, para una vida nueva en la
tierra y una nueva vida celestial, en el más allá, también, en La Nueva
Jerusalén Eterna de Dios y de su Árbol de vida, Jesucristo.

Por lo tanto, el Señor Jesucristo quien realmente era el que le hablaba a
Moisés, para enseñarle de su amor y de su nombre salvador, para comenzar a
redimir a Israel, de todos sus pecados antes que fuesen consumados por el
poder de las profundas tinieblas de gran maldad, en la tierra de su
cautiverio, en Egipto. Y Moisés realmente, aunque asustado, aun así le oía
de buena gana al Señor hablarle de su misericordia y de su perdón eterno
para Israel y para toda la humanidad entera.

Entonces Moisés le oía al Señor Jesucristo desde el fuego de la zarza,
porque realmente jamás se había manifestado "un libertador a Israel", desde
los días de la antigüedad hasta aquel día, sobre la cima del Sinaí y
rodeado de la luz del Espíritu de Dios y de vida, para la tierra y para
toda su humanidad, también. Por lo tanto, ésta luz de vida y de salud
eterna, para el corazón y el alma viviente del hombre de la tierra,
entonces entro en Moisés para quedarse y para comenzar a darle vida y vida
en abundancia, para Israel y para la eternidad venidera, también.

Además, ésta nueva esperanza de vida y de salud celestial, no era sólo para
Moisés, sino también para todo aquel, para todo hombre, que creyese a su
visión y en las palabras que le habían sido rebeladas desde el fuego del
Árbol brillante, sobre la cima del Sinaí. Es decir, que ésta luz misma,
brillante y gloriosa, aun tiene poder hoy en día para bendecir, sanar y
libertar del pecado y de la muerte a cualquier hombre de la tierra, si tan
sólo creemos como Moisés creyó en su corazón delante de Dios y delante de
todo Israel.

De Israel, que se encontraba sumergido en las profundas tinieblas del
cautiverio cruel y mortal de sus enemigos y sin ningún salvador como el
Hijo de David, el Señor Jesucristo, por ejemplo, para salvarlo de su muerte
segura en la tierra y de su segunda muerte, en el infierno y en el Lago de
Fuego, también, en el más allá.

Es decir, también, que esta luz salvadora sobre la cima del Sinaí, o sobre
la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, es aun nuestra
bendición y nuestra salvación eterna delante de Dios y de sus santos
ángeles en el cielo y en cualquier tiempo o lugar de la tierra, de hoy en
día.

Además, ésta luz, sin palabra, brillante y gloriosa, llena de milagros,
maravillas, poderes y autoridades especiales de parte del Padre Celestial,
está hoy en día manifestándose en toda la tierra, cada vez que el nombre
del Señor Jesucristo es honrado y grandemente glorificado en el corazón del
hombre pecador.

Por eso, es que hoy en día, ésta misma "luz celestial", la cual
resplandeció desde la cima del Sinaí, ante los ojos de Moisés, es, en
verdad, la misma luz de vida y de salud eterna, que emana el Señor
Jesucristo sobre la cima de la roca eterna de Dios. Y esto es, en verdad,
desde las afueras de Jerusalén, en la tierra y desde las afueras de La
Nueva Jerusalén celestial del cielo, desde el más allá, hacia la eternidad
venidera, tocando cada corazón de todo hombre, mujer, niño y niña de todas
las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo entero,
también, para salvarlos para Dios.

EL ESPERAR EN DIOS, PRODUCE NUESTRA PACIENCIA

Mis estimados hermanos, pues tengan por sumo gozo, en sus corazones, cuando
se encuentren en diversas pruebas, sabiendo que la experiencia de su fe
produce paciencia. Pero que la paciencia tenga su obra completa en sus
vidas, para que sean completos y cabales en el poder del Espíritu de Dios y
no quedando atrás en nada, ni por nadie.

Ya que, nuestro Dios nos ha llamado a ser más que vencedores ante todos los
poderes más terribles del enemigo y de sus profundas tinieblas del más
allá, en el infierno. Es por, que el Árbol de la vida, el Señor Jesucristo,
ha descendido y se le ha manifestado a Moisés, como "fuego y luz
resplandeciente" la cual alumbraba sobre todas las tinieblas del monte para
que sea hecha luz el camino de Moisés y así se acercase más y más a su
Dios, para entonces conversar con Él.

Porque era necesario que Dios hablase con Moisés sobre el destino de
Israel, en aquellos días tan cruciales, no sólo para Israel, sino para la
humanidad entera, también, como hoy en día, por ejemplo. Además, en esta
conversación que Dios tuvo con Moisés, entonces todo lo que era oscuridad,
al momento se volvió luz y claridad, en el corazón y en su mente. Para que
entonces en esta manera única y muy especial, por cierto, todo lo que fuese
tinieblas en Egipto, luego llegase a ser luz y vida para Israel y para
muchos más en todo el mundo, hasta hoy en día y hasta siempre, en la
eternidad venidera, por ejemplo.

Efectivamente, éste acto de fe, de Moisés y del Árbol de la vida de Dios,
sobre la cima del Sinaí, fue en su día, el vinculo perfecto, por el cual,
el comienzo de la nueva vida de Israel y de cada una de las naciones del
mundo entero comenzó para la eternidad venidera, en la tierra y en el más
allá.

Dado que, solamente Dios necesitaba que un sólo hombre de Israel le creyese
a Él, sobre la manifestación gloriosa y eternamente santa de su Hijo amado,
el Hijo de David. Y este ser santo de Dios es el Señor Jesucristo sobre la
cima del Sinaí, o sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de
Jerusalén, en Israel, en el día de su crucifixión y muerte, para alcanzar
una mayor liberación eterna, en la tierra y en el más allá, también.

Para que entonces ésta experiencia única fuese "luz de Israel y del mundo
entero", para miles de generaciones venideras, en el más allá, en la nueva
eternidad celestial de Dios y de su Jesucristo. Y como Moisés le creyó a
Dios, por medio de la voz y de la luz resplandeciente de su Árbol de vida,
entonces muchas cosas comenzaron a cambiar no sólo para Israel, sino
también para la humanidad entera, como ha estado sucediendo hoy en día, por
ejemplo, en la tierra, con el poder del evangelio de Dios y de Jesucristo.

Por lo tanto, por el espíritu de fe, que Moisés encontró en su experiencia
personal con el fuego, la luz resplandeciente del "Cordero Escogido" de
Dios, entonces Israel pudo ver el camino que no solo lo sacaría de Egipto.
Sino que realmente lo llevaría paso a paso a través del desierto hostil y
sin vida hacia una vida nueva, en tierras especialmente escogidas por Dios
mismo, para que en su día "nazca entre ellos" el dador de la vida eterna,
el Hijo de David, ¡el Cristo de Israel y de la humanidad entera, para la
nueva eternidad venidera!

En vista de que, sólo con el nacimiento del Señor Jesucristo, entre los
hebreos, en Israel, era lo que iba a dar vida y vida en abundancia: a cada
hombre, mujer, niño y niña de todas las familias, razas, pueblos, linajes,
tribus y reinos del mundo entero. Y sin éste nacimiento celestial del Hijo
de Dios en Israel, entonces no hubiese llegado la vida eterna jamás a
Israel, ni a ningún lugar de la tierra, para siempre.

Por lo tanto, damos gracias a Dios, por la luz del Espíritu de vida y de
salud que nos ha dado al Señor Jesucristo. Porque el Espíritu de Dios
descendió del cielo para entrar en el vientre virgen, de una de las hijas
de David. Para que luego, a los nueve meses, después de haber estado en la
profunda oscuridad, del vientre virgen de la hija del hombre, entonces nos
diese el fruto de vida y de salud del Espíritu de Dios.

Y éste fruto del Espíritu de Dios es el Hijo de David. Porque al cumplirse
los nueve meses, el mismo Espíritu que entro en el vientre virgen de la
joven madre, entonces (éste mismo Espíritu) volvió a salir, o a nacer,
entre las tinieblas de los hombres, para darles un cuerpo santo, lleno de
luz y de vida eterna en abundancia para todo aquel que crea en Él, en toda
la tierra.

Por lo tanto, éste ser santo, es el Señor Jesucristo, el Hijo amado de
Dios, y amado de todos los ángeles y hombres redimidos del reino de los
cielos, también, desde los días de la antigüedad, para miles de siglos
venideros, en el más allá, en la nueva eternidad venidera. Es decir, que si
el mismo Espíritu Celestial que entro en el vientre virgen de la joven
madre, luego salio a los nueve meses con un cuerpo santo y lleno de Dios.
Pues entonces, sin lugar a duda alguna: éste es "el Emmanuel Bíblico y
Celestial", ¡el Mesías!, el Santo de Israel, el prometido de Dios para la
salvación de Israel y de la humanidad entera, ¡el Hijo de David!

DIOS NO DESEA QUE SUS SIERVOS SEAN CONTANCIOSOS CON NADIE

Pues ciertamente el siervo del Señor no debe ser contencioso, en ningún
momento con nadie, ni mucho menos con el Señor, ni con sus cosas santas,
sino por lo contrario. Él debería de ser amable para con todos,
especialmente con los de su fe, la familia de Dios, apto para enseñar y
sufrido en todo y para todos.

Corrigiendo así entonces con amor, con mansedumbre, con verdad, con
justicia, a los que se oponen a la verdad y a la justicia celestial, del
conocimiento santo del nombre del Señor Jesucristo, puesto que quizás Dios
les conceda que se arrepientan de sus malos pensamientos de sus corazones
perdidos en el pecado y en la maldad de este mundo corrupto.

Para que entonces ellos puedan comprender la verdad, la verdad salvadora y
celestial de Jesucristo, y así entonces se escapen de la trampa del diablo,
quien los tiene cautivos a su voluntad malvada de sus profundas oscuridades
del más allá, del mundo de los muertos y del infierno. Porque Lucifer no
desea que el hombre llegue a ser hijo o hija del mundo de los vivos, del
reino de Dios, en los cielos, sino por todo lo contrario.

Realmente Lucifer desea que los hombres de la tierra vivan en sus pecados
hasta que mueran y luego desciendan con él mismo a su fosa común en la
tierra y a su lugar eterno, entre las llamas ardientes del fuego eterno, en
el infierno candente y eternamente tormentoso.

Por lo tanto, el que conoce a Jesucristo no puede ser contencioso con
nadie, sino que siempre tiene que hablar y poner en practica: la verdad y
la justicia celestial de Dios y de su Espíritu Santo, en cualquier lugar de
la vida, del hombre de la tierra. Y a que Dios mismo nos ha llamado a ser
hijos e hijas del fruto del Espíritu de Dios. Y éste fruto del Espíritu de
Dios es la bendición, la presencia santa y eternamente gloriosa de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!

Es decir, Jesucristo viviendo día a día en nuestros corazones, hasta aun en
el más allá, en el nuevo reino celestial de Dios y de su Árbol de vida y de
salud eterna. Por lo tanto, así como el Señor Jesucristo ha sido hecho
fruto del Espíritu de Dios, pues así también nosotros tenemos que ser
hechos frutos del Espíritu de Dios, por medio del Espíritu de Dios y de fe
eterna del Señor Jesucristo.

Y la única manera, por la cual nosotros podemos ser hechos "frutos del
Espíritu de Dios", es volviendo a nacer, no de la carne de nuestros cuerpos
de pecado, sino del Espíritu humano de nuestras almas viviente, en nuestros
corazones, en nuestro ser interior, al confesar a Jesucristo. (Ese es el
secreto espiritual del corazón del hombre, del ayer, de hoy y de siempre:
el confesar a Jesucristo, para la eternidad venidera, en la tierra y en el
paraíso, también.)

Confesando a Jesucristo, en nuestro ser interior e espiritual, es vida y
salud eterna, para luego seguir viviendo eternamente con Dios y con su
fruto de vida, Jesucristo, es decir, si le aceptamos como nuestro salvador
personal de acuerdo a la Escritura o perfecta voluntad de nuestro Padre
Celestial. O, por lo contrario, como Lucifer, por ejemplo, si decidimos
permanecer en nuestra vida de pecado, y de grandes tinieblas eternas, para
luego pasar a seguir viviendo en el bajo mundo de gran maldad y de tormento
eterno, el infierno, pues, entonces sigamos igual, porque estamos perdidos
para la eternidad con nuestro pecado, para el infierno candente y
eternamente tormentoso.

Por eso, si no deseamos vivir con Lucifer en su mundo de los muertos y de
tormento eterno, en el infierno, para toda una eternidad de tormentos y de
gran dolor sin fin, entonces tenemos que volver a nacer, no de nuestra
carne humana. Porque nuestra carne humana no podrá jamás entrar en el reino
de los cielos. Sino que tendremos que volver a nacer del mismo Espíritu de
Dios que ha traído al Señor Jesucristo, a la profunda oscuridad, del
vientre de la hija de David, para que nazca en el mundo y en la vida del
hombre de la tierra.

Por cuanto, era necesario que el Señor Jesucristo naciese en la tierra y en
la vida del hombre, para entonces poderle poner fin de una vez por todas y
para siempre: al imperio del pecado y de la muerte en su vida, es decir, en
la vida de todo hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra, de hoy en día
y de siempre.

Es decir, de limpiarlo todo, toda tiniebla del pecado del maligno, con su
sangre santísima: el corazón, el alma y el cuerpo de cada hombre, mujer,
niño y niña de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus, pueblos
y reinos de toda la tierra. Porque esta era la única manera, en la cual,
Dios podía no sólo borrar todo pecado del corazón y del alma viviente del
hombre, sino también, entonces podía escribir su nombre en "el libro de la
vida", en el más allá, en el reino de los cielos.

Por lo tanto, hoy en día, todo aquel que haya recibido por medio del
espíritu de la fe, el nombre sagrado del Señor Jesucristo en sus corazones,
entonces tiene su nombre escrito en el más allá, aunque le parezca difícil
creérselo, pero es así. Ciertamente su nombre está escrito en "el libro del
Señor", en el reino de Dios, para entrar en su nueva vida celestial y
santa, en el paraíso, para vivir toda una nueva eternidad con Dios y con su
fruto del Espíritu de Dios, el Señor Jesucristo, su único: ¡Gran Cordero
Escogido de Israel y de Dios para las naciones!

EL FRUTO DEL ESPÍRITU SANTO ES DOMINO PROPIO EN LA VIDA DEL HOMBRE

Ciertamente el fruto del Espíritu de Dios, en el corazón del hombre, es
salvación y vida eterna llena de amor, paz, gozo, felicidad, paciencia,
bondad, misericordia, perdón, fe, mansedumbre y, sobre todas las cosas,
dominio propio contra el pecado y la maldad. Contra todas estas cosas, en
verdad, no hay Ley.

Por que la Ley de Dios y de Moisés está sobre encima de todas estas cosas,
en el cielo y por toda la tierra, también, por su puesto. Por lo tanto, si
el hombre sigue el fruto del Espíritu de Dios en su corazón y en su alma,
entonces ha de hacer siempre lo que ha agradado a Dios, desde el comienzo
de todas las cosas, en el cielo y en la tierra, también.

Es decir, también, que el que vive por los frutos del Espíritu de Dios,
entonces ha cumplido la Ley de Dios y de su Jesucristo, en su corazón y en
toda su alma viviente. Porque la ley de Jesucristo nos enseña de que
debemos amar a nuestro prójimo, como a nosotros mismos. Y sobre todas las
cosas, en esta vida, debemos amar a Dios y a su Jesucristo más que a
nuestra madre, padre, hermano, hermana, tío, tía, primo, prima o cualquier
otro ser viviente de la tierra.

Porque el que ama a otra persona más que a Dios y a su Jesucristo, entonces
el tal no es digno de Dios, ni de su Jesucristo. Y el que no es digno del
Señor Jesucristo, entonces no puede tener la bendición de la presencia
gloriosa de la sangre viviente del pacto eterno, ni mucho menos su nombre
glorioso y eternamente santo, ha de poder vivir en su corazón y en toda su
vida, en la tierra, ni en el reino de los cielos, tampoco.

Por lo tanto, todo aquel no ame al Señor Jesucristo, entonces aun vive en
su pecado mortal, para descender en su día final a su lugar eterno, en el
más allá, en el infierno candente y eternamente tormentoso. Y de éste
horrendo lugar, no hay otro Cristo que lo pueda salvar, como sólo el Señor
Jesucristo, ¡el Hijo de David!, lo puede hacer hoy en día, con tan sólo
creer en el Él, en su corazón, en un momento de fe y de oración, en el
nombre del Señor Jesucristo.

Es decir, creer en el corazón y confesar con los labios en su sangre santa
y en su nombre sobrenatural, para bendición y para redención eterna de su
alma y de su vida, en la tierra y en el más allá, también, para siempre.
Por todo esto, como escogidos de Dios, santos y amados de verdad, por Dios
en el Señor Jesucristo, entonces vístanse de la misma profunda compasión,
de benignidad, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia.

Y sólo así entonces podrán soportarse los unos a los otros y perdonarse los
unos a los otros también, especialmente, cuando uno tenga alguna queja del
otro. Pues perdónense día a día, asimismo como Dios los ha perdonado en la
vida y en la sangre preciosa de su Jesucristo, en la tierra, sobre la cima
de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, y en cielo, en las afueras
de La Nueva Jerusalén Eterna y Celestial.

Pero sobre todas las cosas vístanse del Espíritu de amor de Dios y de su
Jesucristo, el cual es el camino perfecto para agradar a Dios y al prójimo,
también, en cualquier tiempo y lugar de la tierra, de hoy en día. Y si lo
hacen así, entonces el Espíritu de paz y de amor de Dios ha de reinar en
sus corazones y en sus almas vivientes, también, como nunca antes, en la
tierra y en el paraíso.

Pues a esto han sido llamados por Dios mismo para ser agentes de su paz y
de su Espíritu de amor, en todos los lugares de la tierra y del reino de
los cielos, también, no sólo por un tiempo de vida humana, por ejemplo,
sino toda una eternidad, en el más allá, en el nuevo reino de los cielos.
Por lo tanto, hombre y mujer de Dios, huye siempre de toda maldad del
enemigo, por muy pequeña e indefensa (que sea ella), en tu corazón y en tu
vida.

Para que entonces la fe, el amor, la mansedumbre, la humildad, la justicia,
la verdad, no sean manchadas por ninguna tiniebla del más allá, delante de
Dios y delante de los hombres, mujeres, niños y niñas de toda la tierra.
Porque Dios no te ha llamado a manchar su nombre, ni su Ley Eterna, sino ha
levantarlos bien en alto (su nombre y su palabra) en tu corazón y en toda
tu alma viviente, también, para siempre.

Por lo tanto, es mejor no ofender a ninguna de las cosas santas del Señor,
con ninguna tiniebla del maligno, por muy pequeña que sea, entonces la
repuesta a ella, a esa pequeña tiniebla, es rotundamente: No. Pues como
enseñaba el Señor Jesucristo a sus discípulos, por todo Israel,
diciéndoles: "…el que ofendiese a uno de estos pequeños que cree en mi, es
mejor que no haya nacido, en este mundo jamás…"

Y el Señor Jesucristo les enseñaba así a sus discípulos para que entiendan
de que cada hombre, mujer, niño o niña de todas las familias, razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, de los que han creído en su
nombre y en su obra salvadora, es fruto del Espíritu de Dios y de su vida
eternamente santísima. Por lo tanto, a Dios jamás le ha agradado, ni por un
sólo instante, de que uno de los suyos, de los que le han creído a Él y a
su Jesucristo, entonces sea ofendido por el poder del pecado y del maligno
del más allá, el enemigo numero uno de Dios y de la vida del hombre,
Lucifer.

Por esta razón, Dios ha llamado a todo hombre, mujer, niño y niña de toda
la tierra, ha bendecir a su misma vida y a cada uno de los suyos, también.
Porque si ellos han creído a la verdad y a la justicia celestial de Dios y
de su Jesucristo, entonces han sido hechos, en su momento de fe y de
confesión del nombre sagrado del Señor Jesucristo, en frutos eternos del
Espíritu de Dios y de su nuevo reino celestial: ¡La Nueva Jerusalén Eterna
y Eternamente Gloriosa!


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del
Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran,
Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra
santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo también, para siempre,
Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON, UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad
de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida de acuerdo, a la voluntad perfecta
del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en
tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el
fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus
días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te
seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del
infierno, por haber desobedecido a la ley viviente de Dios. En verdad, el
fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el
Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe
en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la
presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales
en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, en la eternidad
del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su ley santa es de día en día
honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimado hermana, has
sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración,
cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor,
cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la
tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el
reino santo de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El
Todopoderoso de Israel y de las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA), ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón,
para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el
cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la
antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que
esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de
la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy
Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre
los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman
y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque
Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis
días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para
Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu
hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la
tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día.
Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se
prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da".

SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la
mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni
cosa alguna que sea de tu prójimo".


Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males
en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también.
Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la
vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres
de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta
hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el
poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han
llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo
sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males
en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada
nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo.
Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente
oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial,
nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu
nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea
hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan
nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas
líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos
los siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la
VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES
DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA
DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su
MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día
por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea
tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR
SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y
necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y
ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo
a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva
maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando
todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU
SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo
donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee Libros cristianos que
los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden
leer y te ayuden a entender mas de Jesús y su palabra sagrada, la Biblia.
Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas,
en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las
librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de Libros está a tu
disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te
goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a
crecer en Él, desde el día de hoy y hasta siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén
día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra,
desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas
nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos
dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman.
Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén".
Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti,
siempre Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el
cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a
toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira,
alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de
toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su
voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en
la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la eternidad.

http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%
20///


http://radiovision.net/envivo.htm


http://radioalerta.com

0 new messages