(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)
JESUCRISTO ES NUESTRO REINO DE LOS CIELOS:
El pueblo que moraba en tinieblas vio una gran luz celestial nunca
vista por nadie jamás, ni aún por los ángeles más sabios y gloriosos
del reino de los cielos. Pues, sin esperar más, a los que moraban en
tierras de sombras de muerte, la luz les amaneció tal como nuestro
Padre celestial se los había prometido a sus antepasados y sin
tardanza. A partir de entonces, nuestro Señor Jesucristo y su Espíritu
Santo no cesan de predicar y de decirles a las multitudes de toda la
tierra, comenzando con Israel, por ejemplo: “¡Arrepiéntanse!, porque
el reino de nuestro Padre celestial se ha cercado a ustedes en estos
días para quedarse en sus corazones para siempre”.
Por cuanto, el reino de los cielos tiene que entrar en los corazones
de los hombres, mujeres, niños y niñas de las naciones de la humanidad
entera, así como entro en el corazón de cada ángel, arcángel, serafín,
querubín y demás seres muy santos del reino de los cielos, por
ejemplo. En aquellos días, todas las gentes de la tierra estaban en
tinieblas, pues no conocían al Hijo de Dios, el Hijo de David, el
Cristo, como el reino de nuestro Padre celestial prometió a Abraham, a
Isaac y a Jacob, por ejemplo.
Lo único que ellos podían ver era tinieblas tras tinieblas y nada de
nuestro Padre celestial ni menos de su Hijo amado, ¡nuestro Señor
Jesucristo! Pues todo era ceguera espiritual para cada uno de ellos,
para maldición y para muerta en la tierra y en el más allá también,
porque no veían nada de Dios ni su Gran Rey Mesías de todos los
tiempos, ¡el Hijo de David! En verdad, ellos estaban viviendo en el
reino de Satanás pues aunque estaban viviendo sus vidas en las tierras
que nuestro Padre celestial les había entregado a sus antepasados por
medio de su siervo Moisés, por ejemplo.
Satanás había entrado en sus vidas, como un ladrón en el paraíso con
mentiras y decepción terrible de reconocer, para cegar sus corazones y
así jamás vean, ni menos conozcan al Hijo de David, como el Gran Rey
Mesías de sus nuevas vidas infinitas de La Nueva Jerusalén Santa y
Gloriosa del cielo. Satanás los tenía bien escondidos entre sus
propias alas de sombras de tinieblas y de muerte eterna en la tierra y
en el más allá también, como en el desierto sin vida, como en el
abismo, el mundo de los muertos, por ejemplo, para que no vean jamás
el camino antiguo de salvación de ¡el Hijo de David!
Ya que, Satanás jamás quiso que el nombre del Hijo de David, el Gran
Rey Mesías, sea creído en sus corazones como tal o que pronuncien su
nombre salvador, en un momento de fe y de oración, delante de nuestro
Padre celestial, para perdón de pecados y salvación infinita de sus
almas vivientes. Porque sólo el Hijo de David fue el salvador y Dios
de sus almas vivientes de las garras eternas de Egipto y así también
por el desierto muerto, camino a La Tierra Prometida, por ejemplo; y
fuera de Él, Israel jamás conoció ninguno otro Dios y salvador de sus
vidas delante de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo.
Es más, sólo el Hijo de David es el comienzo de Israel entre Abraham e
Isaac para bendición eterna, por los poderes sobrenaturales de su
sangre santísima y sumamente gloriosa para Jacob y para las naciones.
Es por eso que el Hijo de David se hizo conocer como el árbol de la
vida en llamas sobre el Sinaí, para empezar la predicación del
evangelio eterno de perdón, bendición, sanidad, salud y de vida eterna
con cada una de sus muy ricas glorias infinitas del cielo.
Es decir, también que fue el Señor Jesucristo, como el comandante en
jefe de los ejércitos de nuestro Padre celestial, fue el que peleo
siempre por Israel para derrotar a cada una de las naciones enemigas y
sus ejércitos del desierto hostil y sin vida de Egipto, camino a La
Tierra Prometida. Y el Hijo de David jamás perdió ninguna de las
batallas, de las cuales los hebreos siempre pelearon en contra de sus
enemigos crueles, siempre y cuando le sigan siendo fieles al llamado a
la obediencia de nuestro Padre celestial y de su Ley Santísima en sus
corazones y en cada día de sus vidas, por ejemplo.
Es más, ninguna de las muchas batallas que los hebreos pelearon en el
desierto de Egipto, camino a la tierra de Canaán, debieron haberlas
ganado jamás, pero como el Hijo de David los ayudaba, por mandato de
nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, entonces eran siempre
victoriosos sobre ejércitos superiores a ellos e imposible de
derrotarlos jamás. Nuestro Salvador Jesucristo estaba con ellos cada
día y cada noche para protegerlos y bendecirlos siempre. Entonces la
promesa de nuestro Padre celestial de salvar sus almas del poder del
pecado y de la muerte era firme para con ellos, sin duda alguna, es
decir, de salvarlos de los poderes de la mentira y del engaño eterno,
de los cuales no se habían alejado de ellos aún, porque Satanás
siempre quiso destruirlos con mentiras y engaños mortales.
Es decir, que nuestro Padre celestial y su Gran Rey Mesías los
protegía constantemente a pesar de las mentiras y maldades de Satanás
y de sus gentes terribles, puesto que la sangre santísima del pacto
eterno estaba en ellos y sobre ellos también, firmemente fiel a sus
vidas, por mandato de nuestro Padre celestial, ¡el Hijo de David! Si,
siempre fue el Hijo de David quien les predicaba su evangelio santo y
eterno del perdón, de la sanidad, de la santidad y de la justicia
infinita, cada paso por el desierto, para que llegasen a ser redimidos
por los poderes sobrenaturales de la sangre del pacto eterno entre
ellos y nuestro Padre celestial que está en los cielos.
Dado que, ésta era la única manera, por la cual cada uno de ellos
«podía escribir su nombre» en el libro de la vida de nuestro Padre
celestial y de su Hijo amado, nuestro Salvador Jesucristo, ¡el Hijo de
David! Y sin la sangre del Hijo de David derramada sobre el altar de
nuestro Padre celestial, ya sea sobre el Moriah con Abraham e Isaac
para expiar los pecados originales de Adán y de sus descendientes, o
sobre la cima del monte santo de Jerusalén, ninguno de ellos podía
escribir su nombre en el libro de la vida jamás.
Es decir, que ya sea en la antigüedad u hoy en día o en las futuras
generaciones venideras, ningún hombre, mujer, niño o niña de la
humanidad entera podrá jamás escribir su nombre en el libro de la vida
de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, para perdón de pecados.
Ni menos podrá jamás alcanzar ninguna de las muchas bendiciones de
salud y de salvación infinita de su alma viviente en la tierra, en el
paraíso o de la nueva vida eterna de La Nueva Jerusalén Santa y
Gloriosa del cielo, por ejemplo, si no es por la presencia santa de
Jesucristo en su vida.
Es por eso que “nuestro Padre celestial envió a Israel a su Hijo
amado”: como el Cordero de Dios, como el Hijo de David, como el Gran
rey Mesías de todos los tiempos, como el sumo sacerdote, como el único
salvador posible para Israel y para las naciones del mundo entero, tal
como se lo prometió inicialmente a Abraham, por ejemplo. Y esto
sucedió cuando nuestro Padre celestial mismo le dijo, tú serás padre
de muchas naciones, y de ti saldrán naciones para llenar la tierra; es
más, nadie podrá jamás contar el numeró de tu ascendencia, pues serás
tan numeroso como las estrellas del cielo o tan numeroso como la arena
del mar.
Entonces ésta promesa de vida era lo único que tenían los hebreos en
sus escrituras y en sus corazones de parte de nuestro Padre celestial
y de su Espíritu, por ejemplo, para ser perdonados y llenos de vida y
de salud eterna, para que así Satanás los suelte “y puedan regresar a
su Padre celestial que está en los cielos”. Porque cuando Satanás ve
que el corazón del hombre, de la mujer, del niño o de la niña está
lleno del nombre glorioso del Hijo de David, entonces sabe Satanás
perfectamente que “ésta vida humana está llena del Espíritu Santo de
Dios”, por lo tanto, huye a las regiones profundas del más allá, con
mucho temor en su corazón perdido.
En vista de que, la verdad es que la vida que nuestro Padre celestial
nos entrego a cada uno de nosotros, en si, es una vida sumamente
gloriosa y victoriosa sobre Satanás y cada una de sus mentiras,
artimañas y maldades eternas del más allá, la vida misma de su Hijo
amado en nosotros, ¡nuestro Gran Rey Mesías, ¡Jesucristo! Y es esto
precisamente que el espíritu de la predicación de nuestro Señor
Jesucristo nos da día a día, desde cuando “él mismo empezó a predicar
en las tierras de Israel su evangelio eterno”, para que las gentes
sean perdonadas y sus cuerpos sanados de muchos de sus males eternos,
por ejemplo.
Entonces así cada uno de ellos, en sus millares, no sólo en Israel
sino en toda la tierra también, viva feliz y en paz con nuestro Padre
celestial y con su Espíritu Santo, siempre prosperando en su camino en
cada una de las cosas que emprenda en su vida cotidiana en todos los
lugares de la tierra, por ejemplo. Por ello, nuestro Padre celestial
luchaba por todos ellos como siempre en la antigüedad a diestra y a
siniestra, tal cual como hoy en día también, en contra de Satanás y de
sus profundas tinieblas: «para que acepten la vida de su unigénito en
sus mismas vidas, cuanto antes mejor; dado que la ceguera espiritual
entre ellos es peligrosa y engañosa».
Es decir, que las mentiras de Satanás están aún entre ellos
fuertemente, para que sigan por el camino de la muerte y de la
perdición eterna del infierno, sin que jamás vean la luz de la vida
eterna del árbol de la vida de nuestro Padre celestial, su Hijo amado,
nuestro Salvador Jesucristo, en sus corazones vivientes, por ejemplo.
Por esta razón, nuestro Señor Jesucristo descendió del paraíso para no
solo volver a darles vida a Adán y a Eva sobre la cima santa en las
afueras de Jerusalén, en Israel, como intento hacerlo así en el
paraíso, por ejemplo, sino que también a cada uno de sus
descendientes, comenzando con los descendientes de Abraham, Isaac y
Jacob.
Puesto que, ésta promesa de perdón y de salvación eterna, nuestro
Padre celestial se las había dado a ellos inicialmente, por medio de
la vida de Abraham e Isaac, su único hijo en aquellos días, para
bendición de Jacob; es decir, que el Dios de Abraham, de Isaac y de
Jacob establece a su Hijo como ¡el Hijo de David! O, también,
podríamos decir que nuestro Padre celestial por medio de Abraham e
Isaac establece al Hijo de Dios como el Gran Rey Mesías de Jacob,
Israel, el cual se manifestaría posteriormente en sus días, camino a
la Tierra Prometida y, finalmente, por medio del vientre virgen de la
hija del rey David de Israel, por ejemplo.
Ya que, ésta salvación viene por ellos de parte de nuestro Pare
celestial, es decir, de Abraham e Isaac sobre el monte Moriah para
todo Jacob, Israel, con el fin de bendecir a las naciones de toda la
tierra, en un momento de fe y de oración, delante de Él y de su Hijo
amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y asimismo como ellos, los
antiguos, ni más ni menos, somos nosotros, hoy en día, que vivimos
entre las penumbras mortales de Satanás y de sus ángeles caídos, para
sólo conocer de las mentiras y de las decepciones mortales del
espíritu de error y de gran maldad del más allá, como del mundo de los
muertos, ¡el infierno!
Es por eso que nuestro Señor Jesucristo viene a ti, así como vino en
el día que se manifestó a Israel, cuando Israel mismo vivía entre las
profundas tinieblas de las mentiras y de las maldades de siempre de
Satanás, para rescatarlos de sus garras mortales y darles perdón y
vida en abundancia. Y este perdón y vida en abundancia, sólo era
posibles entre todos ellos, si sólo creían en él, al recibirlo en sus
corazones como el Hijo de David, como el Hijo de Dios, como el Gran
Rey Mesías de todos los tiempos, para entregarles la bendición eterna
de nuestro Padre celestial y, a la vez, llenarlos de su Espíritu
Santo.
Porque para ellos era sumamente importante no sólo ser perdonados,
sino también ser llenos de su Espíritu Santo, como del Espíritu de la
Ley, para no sólo vivir en las bendiciones de cada día de nuestro
Padre celestial y de su Árbol de la vida, sino también poder
finalmente entrar a la nueva vida infinita de la Tierra Prometida del
cielo. Visto que, la llenura del Espíritu Santo es no sólo vida y
salud sino también, sin duda, la llenura de sus poderes
sobrenaturales, para poder vivir una vida angelical en la tierra así
como los ángeles del cielo viven sus vidas angelicales y llenas del
Espíritu Santo de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, ¡nuestro
Señor Jesucristo!
En otras palabras, la llenura del Espíritu Santo de Dios es, en si, la
llenura de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, en el corazón de los ángeles del cielo, para vivir cada
día en la perfecta armonía, paz, amor y santidad infinita de la vida
gloriosa del reino de los cielos. Es decir, que para los ángeles ser
santos y así vivir sus vidas sumamente gloriosas y angelicales en el
reino de los cielos, pues tienen que ser llenos del Espíritu Santo de
nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, el Hijo de David, ¡nuestro
Señor Jesucristo!
Y es, en si, este mismo Espíritu de la palabra, de Los Diez
Mandamientos y del nombre sagrado y sumamente glorioso de nuestro
Padre celestial, el cual nos da vida y bendiciones sin fin en nuestros
corazones y en cada día de nuestras vidas por toda la tierra, hoy en
día y para siempre en la eternidad venidera también. Por lo tanto, el
Espíritu Santo de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, nuestro
Señor Jesucristo, “viene descendiendo hacia cada uno de nosotros”
desde los días de la creación del cielo y la tierra, para ayudarnos a
ver la luz de la verdad y de la justicia de nuestro Padre celestial y
de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!
Porque cada uno de nosotros ha sido creado por las manos de nuestro
Padre celestial para despertar, de una vez por toda y para siempre, en
un momento de oración y de fe, como en un nuevo nacimiento santo y
eterno, en la luz de la vida y de la salud infinita de su árbol de la
vida, ¡nuestro Señor Jesucristo! Para que entonces seamos llenos de
cada una de las bendiciones santísimas, llenas de santidad y de
riquezas sin fin, de verdad y de justicia infinita del cuerpo y de la
sangre del pacto eterno del fruto del Árbol de la vida, ¡nuestro Señor
Jesucristo!
Es por eso que “hoy el Espíritu Santo es tan importante para cada uno
de nosotros”, como cuando yacíamos tendidos entre las profundas
tinieblas del fondo del polvo de la muerte en la tierra del pasado,
porque nos da luz y vida para ver a nuestro Señor Jesucristo, como el
Hijo de Dios, como nuestro sumo sacerdote, ¡nuestro salvador infinito!
Porque fuera del Señor Jesucristo, “nadie puede ser nuestro Cordero
Escogido por Dios”, ni nuestro sumo sacerdote tampoco, para que
interceda delante de Él y de su Espíritu Santo para perdón de nuestros
pecados y sanidades infinitas de nuestros corazones y de nuestros
cuerpos en la tierra y así también en la eternidad venidera del nuevo
reino celestial, por ejemplo.
Es más, es éste mismo Espíritu Santo de nuestro Padre celestial,
porque no hay otro igual, el cual está en los ángeles del cielo y así
también debe de estar en cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo, para vivir
la nueva vida eterna del nuevo reino celestial. Por lo tanto, ésta
bendición infinita, de ser lleno del Espíritu Santo de nuestro Padre
celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, es para cada
uno de nosotros hoy mismo, así como lo es para los ángeles del cielo,
por ejemplo, para que puedan permanecer viviendo sumamente santos sus
vidas celestiales y normales del reino sempiterno.
De otra manera, ningún ángel, arcángel, serafín, querubín y demás
seres muy santos del cielo, no puede ser santo jamás delante de
nuestro Padre celestial, ni menos vivir su vida angelical delante de
Él y de su Hijo amado, como siervo fiel; es decir, también que, nadie
puede existir en el cielo, sin la llenura del Espíritu Santo, para
siempre. Como Lucifer, por ejemplo, en el día de su creación, como
todos los demás ángeles, arcángeles, serafines, querubines, pues tenía
la llenura del Espíritu Santo de nuestro Padre celestial y de su Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo, pero la maldad entro en su corazón
para mal de su vida y para mal de la vida de muchos también.
En verdad, Lucifer era santo, perfecto y muy sabio, por cierto; más
sabio y perfecto nuestro Padre celestial no lo podía hacer; en verdad,
Lucifer era la gloria y el orgullo de la obra de la palabra de nuestro
Padre celestial delante de sus ángeles santos, en todo el reino de los
cielos. Es más, la grandeza de la gloria de Lucifer era tan alta y tan
inalcanzable para los ángeles, por lo cual ningún ángel lo podía
igualar, ni, aún así, él se podía igualar jamás a nuestro Padre
celestial ni a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y esto lo
lleno de un celo orgulloso mucho mayor que su corazón equivocado.
Aquí, fue cuando Lucifer empezó a decirse asimismo, yo puede ser tan
grande como Dios y como su Hijo amado, el Santo del reino de los
cielos, ¡el Señor Jesucristo! En otras palabras, Satanás quiso ser
como el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, pero no podía; pues no
había sido creado por Dios, para ser como Jesucristo; es por eso que
Satanás odiaba a Adán, porque él si puede así como sus hijos e hijas
ser como Jesucristo. Y Satanás comenzó a pensar en su corazón errado,
por ejemplo, como exaltar su nombre angelical más alto que el nombre
glorioso y sumamente honrado del Hijo de Dios, el Árbol de la vida del
reino de los cielos y de toda la creación; y sólo pensaba en su
orgullo inflado, y en como derrotar a Jesucristo delante de los
ángeles.
Entonces cuando se rebelo en contra de nuestro Padre celestial y de su
Jesucristo, el Espíritu Santo lo abandono, y desde ese mismo instante
dejo de ser arcángel santo, perfecto y sabio y, por ende, se convirtió
en Satanás, el diablo malvado sin precedente, el cual todos conocemos
hoy en día, por ejemplo, por sus mentiras, traiciones y sus muchísimas
maldades. Aquí es cuando Lucifer no sólo deja de ser el arcángel
guardián de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, sino que se convirtió en el enemigo número uno de Dios y
de su vida santísima, y descendió a la tierra para seguir peleando en
contra del Espíritu de amor entre nuestro Padre celestial y su
¡Jesucristo!
Satanás descendió a la tierra con su inmenso celo orgulloso sumamente
inflado, sin duda alguna, convertido en ira en contra de nuestro Padre
celestial, para desacreditar en todo lo posible el Espíritu de amor,
el cual siempre ha unido a nuestro Padre celestial y a su Hijo en los
corazones de los ángeles del cielo, por ejemplo. Y posteriormente el
hombre fue creado en su imagen y conforme a su semejanza celestial,
para no sólo retomar el lugar santo del cielo al lado de nuestro Padre
celestial y de su Hijo amado, el cual Lucifer abandona en el día de su
pecado, sino para que viva, sumamente santo y perfecto, como nuestro
Señor Jesucristo en la eternidad venidera.
Es decir, que nuestro Padre celestial no sólo crea al hombre
primeramente y luego a la mujer para que ocupen el lugar santísimo, el
cual Lucifer y sus ángeles caídos abandonaron en el día de su rebelión
en contra de Dios y de su Hijo Santo, sino también para que vivan
santísimos como él mismo en el cielo y para siempre. Pues ésta es la
nueva vida infinita del nuevo reino celestial, el cual nuestro Padre
celestial junto con su Espíritu Santo y su Hijo amado soñaron siempre
crear para ellos y para sus huestes angelicales, vivir felices y en
perfecta armonía con cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, comenzando con Israel, por supuesto.
E aquí cuando nuestro Padre celestial empezó a llenar de nuevos seres
vivientes de su nuevo reino celestial, La Nueva Jerusalén Colosal,
creados en su imagen y conforme a su semejanza celestial, para que
sean llenos del Espíritu Santísimo de amor y paz de entre él y de su
unigénito, nuestro Señor Jesucristo, en cada uno de sus corazones
infinitos. En la medida en que, sólo con ellos, hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera, llenos de su Espíritu Santo de
amor entre él y su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, entonces
podría empezar libremente a vivir muy feliz en su nueva vida infinita
de sus huestes angelicales en La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del
cielo.
De otra manera, nuestro Padre celestial no podrá ser feliz con sus
ángeles ni menos con ningún hombre, mujer, niño ni niña de la
humanidad entera, si no son llenos de su Espíritu Santo de amor,
verdad y justicia infinita de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo,
¡el árbol de la vida eterna! Y nuestro Señor Jesucristo nació del
vientre virgen de una de las hijas de David, en Israel, para traer a
la humanidad entera el Espíritu limpio y sumamente santo para no sólo
cumplir con el Espíritu de los Diez Mandamientos, sino también para
entregarles del Espíritu Santo de él y de su Padre celestial que está
en los cielos.
Visto que, es la llenura del Espíritu Santo de Dios y de su Hijo
amado, el Hijo de David, el cual nos bendice grandemente hoy en día y
así también en la eternidad venidera, así como siempre bendice y sin
claudicar cada día a los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y
demás seres muy santos del nuevo reino inmortal, por ejemplo. Dado
que, nadie podrá jamás volver a nacer no sólo por medio del Espíritu
Santo y de su Jesucristo, sino que tampoco jamás entrara a vivir su
vida santa y gloriosa del nuevo reino de los cielos sin Él, si el
Mesías, como con los ángeles, por ejemplo, en el paraíso o en La Nueva
Jerusalén Santa y Perfecta del cielo.
Entonces el Espíritu de Dios es muy importante en nuestras vidas de
cada día en el paraíso, en la tierra y así también en la nueva era
venidera de La Nueva Jerusalén celestial de nuestro Padre celestial y
de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y nuestro Padre
celestial envía a su Jesucristo al mundo, para llenarnos grandemente
de su Espíritu Santo, así como llena de su Espíritu a sus ángeles
constantemente, para cambiar nuestras vidas de mejor a mayor, para que
no sólo volver a vivir nuestras vidas del paraíso, sino también para
vivir con él en su seno divino y celestial, como antes.
En la medida en que, desde el día que nuestro Padre celestial nos crea
en sus manos santas, desde entonces no cesa de desear grandemente
volvernos a ver en su corazón y en su alma santísima, pero siempre
llenos de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, ¡nuestro Señor
Jesucristo! Es más, nuestro Padre celestial desea mucho más que
nosotros mismos que volvamos ya a la vida santa y eterna del paraíso,
pero con la llenura de su Espíritu Santo y de su Hijo, nuestro Señor
Jesucristo, para que ya no vivamos más engañados por el espíritu de
mentiras y de engaños crueles de Satanás y de su serpiente antigua.
A causa de que son las palabras mentirosas de Satanás y de la
serpiente antigua, las cuales primeramente Eva creyó y luego Adán
también, las que día y noche nos hacen mucho daño, alejándonos así
cada vez más, sin que nos demos cuenta, de nuestro Padre celestial y
de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y es aquí cuando Satanás
nos ataca sin piedad y enferma nuestros corazones, nuestros espíritus
y almas infinitas también, como él sólo lo sabe hacer así con sus
mentiras, artimañas y falsedades terribles del más allá, de la misma
manera que engaño y enfermo grandemente a Adán y a Eva en el paraíso,
por ejemplo.
Además, nuestro Padre celestial mismo nos ha dado poderes
sobrenaturales en el nombre bendito de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, para que ningún mal de Satanás nos haga ningún daño, como
se lo hizo a Adán en el paraíso y así también a casi todos sus
descendientes en la tierra y hasta en el día de hoy también, por
ejemplo. Por ello, desde el principio nuestro Padre celestial no ha
llamado a cada uno de nosotros, así como llamo a Adán y a Eva en el
paraíso, por ejemplo, ha creer en el corazón y confesar con los labios
el nombre poderoso de su Hijo amado, para perdón y para bendición
eterna de nuestras vidas terrenales, espirituales y celestiales.
Dado que, nuestro Padre celestial sólo nos puede bendecir cada día de
nuestras vidas por medio del Espíritu de fe, del nombre sagrado y
sumamente glorioso de su Hijo amado, el Hijo de David, ¡el Santo de
Dios! En verdad, fue por esta razón más que ninguna otra por la cual,
Adán y Eva dejaron de vivir sus vidas normales y celestiales en el
paraíso, porque nuestro Padre celestial ya no podía bendecir sus vidas
más, si Jesucristo no estaba instalado en sus corazones eternos, por
ejemplo.
Ya que, sin el Señor Jesucristo en el corazón del hombre, de la mujer,
del niño y de la niña de las familias de las naciones, entonces
nuestro Padre celestial no pude bendecirlos como él sólo sabe bendecir
a sus hijos e hijas en el cielo y en la tierra, y esto es con la
llenura de su Espíritu Santo, claro está. Porque nuestro Padre
celestial bendice cada día a sus ángeles infinitos del reino de los
cielos grandemente y sin medida alguna, porque están siempre llenos de
su Espíritu Santo; y sin la presencia de su Espíritu Santo nuestro
Padre celestial no los puede bendecir jamás a ninguno de ellos, en el
nombre sagrado de su Hijo, ¡nuestro Señor Jesucristo!
Pues así también nuestro Padre celestial desea bendecirnos grandemente
a cada uno de todos nosotros, comenzando con Adán y Eva en el paraíso,
como a sus ángeles, por ejemplo, pero siempre y cuando si su Espíritu
Santo está en cada uno de nosotros, por los poderes extraordinarios
del nombre milagroso de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! De
otra manera, si su Espíritu Santo no está en nosotros, ha de ser
porque no hemos creído a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en
nuestros corazones, para que su corazón santísimo y así también las
ventanas del cielo se habrá para nosotros; en sentido opuesto, somos
infieles a él, como Satanás, para jamás vivir en bendición sino en
maldición.
Pero nuestro Padre celestial no quiere vernos vivir en la maldición,
es decir, vivir en el espíritu de error, de mentiras y de maldades sin
fin de Satanás y de sus ángeles caídos, sino que nuestro Padre
celestial desea vernos en el Espíritu Santo de su Hijo amado, nuestro
Señor Jesucristo, para que ninguna bendición nos falte jamás. Es por
eso que nuestro Padre celestial nos dio todo de su Hijo amado sin
escatimar nada, para que vivamos por el Espíritu de su verdad y de su
justicia infinita, con tan sólo creer en él y en su nombre santísimo
en nuestros corazones y así confesarle cada día de nuestras vidas por
su nombre santísimo y sumamente milagroso.
De otra manera, “no somos nada para nuestro Padre celestial sin su
Espíritu Santo”, pues estamos viviendo en el espíritu rebelde de Adán
y Eva, por ejemplo, desdichadamente, para mal eterno de nuestras vidas
de cada día por la tierra y así también en el más allá, eternamente y
para siempre. Pero si vivimos en el Espíritu Santo de amor, paz, gozo,
felicidad, santidad, verdad y de justicia infinita, entonces estamos
viviendo en el camino de las bendiciones sin fin de nuestro Padre
celestial y de su Árbol de la vida, el Hijo de David, nuestro
Jesucristo, para que todo nos vaya bien siempre en la tierra y en el
cielo también.
Y sólo así entonces vivamos la vida santa del cielo, la cual está
llena de bendiciones de su Espíritu Santo y de su Hijo amado;
bendiciones eternas las cuales bendicen con grandes milagros y
maravillas gloriosas nuestras vidas en la tierra y así también en la
nueva eternidad venidera del nuevo reino celestial. Es decir, también
que nuestro Padre celestial desea que vivamos siempre llenos de su
verdad y de su justicia infinita, las cuales sólo son posibles en
nuestros corazones al creer en su Hijo amado, como nuestro fruto de
vida y de salud eterna, para que nuestras almas vivientes con nuestros
espíritus y cuerpos humanos sean enriquecidas grandemente cada día.
Porque la verdad es que nuestro Padre celestial nos desea ver alegres
cada día de nuestras vidas y más no tristes y enfermos; es por eso que
él mismo ha ordenado bendiciones sin fin para cada uno de nosotros,
desde el comienzo de todas las cosas en el cielo, pero sólo por medio
de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Visto que, es su
verdad la que nos da vida cada día, por tanto, su palabra es la
verdad, la que nos hace libre no sólo de las mentiras de Satanás sino
también de cada una de sus artimañas, de las cuales Satanás tenga
preparada en contra de nosotros en nuestros días o para futuras
generaciones, por ejemplo.
Porque la verdad es también que la verdad y la justicia de Jesucristo
matan cada mentira y cada calumnia infame de Satanás y de sus
seguidores crueles en todos los tiempos y en todos los lugares de la
tierra; es por eso que tenemos que tener a Jesucristo en nuestros
corazones, antes hoy que mañana, tal como Dios manda. Y, además,
nuestro Padre celestial sólo piensa en su corazón santísimo en
librarnos de cada una de las mentiras malvadas de Satanás y de sus
gentes malvadas hoy mismo, si tan sólo le somos fieles y obedientes a
él, por medio del Espíritu de fe, de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador
Jesucristo!
Porque así como Satanás ataco a Eva y luego a Adán, sin duda, fue para
posteriormente atacarnos a cada uno de nosotros, en nuestros millares,
de todas las familias, razas, pueblos, tribus, linajes y reinos de la
tierra; es por eso que somos atacados por Satanás y por sus ángeles
caídos siempre, porque nuestros progenitores fueron atacados
primeramente y vencidos fatalmente. Y Satanás venció a Adán y a Eva,
porque el Señor Jesucristo no estaba en ninguno de ellos ni menos el
Espíritu Santo; es decir, que cuando nuestro Padre celestial los lleva
al pie del Árbol de la vida eterna, en el epicentro del paraíso, fue
realmente para que sean llenos de su Espíritu Santo juntos con sus
retoños.
Aquí, fue nuestro Padre celestial quien realmente le predica por vez
primera el evangelio de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, a Adán y a
cada uno de sus descendientes también, así como ha tocado tu vida
grandemente, hoy en día, por ejemplo; porque la primera predicación
del paraíso de Jesucristo a Adán y a sus hijos no ha terminado aún. Y
nuestro Padre celestial le hablo a Adán de su Árbol de la vida, su
Hijo amado, para llenarlo grandemente de su Espíritu Santo, para que
jamás sea vencido por Satanás en ninguna de sus artimañas infames, por
ejemplo.
Puesto que, sólo con la llenura de su Espíritu Santo, entonces Adán y
Eva iban a ser como sus querubines delante de Él y de sus huestes
angelicales en el reino celestial; por eso es que ambos tenían que
comer y beber del Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, para ser
así por fin ambos llenos del Espíritu Santo infinitamente. De otra
manera, Adán, Eva y cada uno de sus descendientes no podían ser seres
vivientes o celestiales para vivir con Él y con su Árbol de la vida en
el paraíso ni menos en el nuevo reino de La Nueva Jerusalén Santa y
Gloriosa del cielo, en donde todo es vida, paz y salud infinita para
todos y para siempre.
Por ello, sin el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo viviendo en
nuestros corazones, entonces no podremos jamás escapar de las mentiras
y maldades terribles de Satanás ni de sus ángeles caídos, en la tierra
ni menos en la eternidad, eternamente y para siempre, sino que
seguiremos sufriendo sus maldades y tinieblas de siempre de Satanás y
de sus ángeles caídos. Y es precisamente esta la razón porque siempre
sufres, mi estimado hermano y mi estimada hermana, porque el Espíritu
Santo de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado no está instalado
en tu corazón ni menos en tu vida; por eso el espíritu de error entra
y sale libremente de tu corazón, para hacerte daño cada vez que quiera
Satanás.
Porque cada vez que sufres algún mal en tu corazón y en toda tu vida,
no es nuestro Padre celestial haciéndote algún daño en tu vida, él no
le hace mal a nadie, sino que es Satanás mismo obrando en el espíritu
de sus mentiras, las cuales Adán creyó en su corazón equivocado para
mal de cada día de muchos. Y nuestro Padre celestial desea hacerte
libre de la misma manera que deseo hacer libre inicialmente a Adán y a
Eva en el paraíso, si tan sólo creían en sus corazones y comían con
sus bocas de su fruto de vida y de riquezas infinitas de su Árbol de
la vida, ¡su Jesucristo Celestial!
Entonces si hoy mismo crees en tu corazón, en el llamado de nuestro
Padre celestial, de creer en su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como
tú único y suficiente salvador de tu alma infinita, por los poderes
sobrenaturales de su sangre resucitada en el Tercer Día, entonces has
vencido grandemente a Satanás infinitamente, es decir, que todas las
mentiras han muerto para ti. Y ésta vida sin mentiras es, en si, una
vida gloriosa, llena de la verdad y de la justicia infinita de su
Árbol de la vida, Jesucristo, de la misma manera que los ángeles del
cielo la disfrutan cada día delante de nuestro Padre celestial y de su
Espíritu Santo en el cielo y en la eternidad.
Es por eso que necesitamos oír de nuestro Padre celestial, pero sólo
por medio del Espíritu Sagrado de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
para que ya no muramos más en las manos crueles de nuestros enemigos,
sino que vivamos por siempre para nuestro Padre celestial y para su
vida santísima del nuevo reino venidero, ¡La Nueva Jerusalén Colosal
del cielo! En donde sólo la palabra verdadera, la cual está llena de
justicia infinita del Espíritu de amor de nuestro Padre celestial
hacia su Hijo amado y así también de su Hijo amado hacia su Padre
celestial, nuestro Creador divino, nos da paz, salud, y gozo infinito
de nuestros corazones para vivir para nuestro Creador y para su
Jesucristo continuamente.
Y, hoy en día, nuestro Señor Jesucristo te vuelve a decir, sin demora,
tal cual como les hablo a los antiguos: arrepiéntanse, porque el reino
de Dios se ha acercado a ustedes, para que ya no vivan más en las
mentiras de Satanás, sino para que crean en el Espíritu de la verdad y
la justicia de su nuevo reino celestial. Ahora, si crees a lo que
nuestro Padre celestial te está diciendo, a través de la palabra y de
la vida gloriosa de la sangre sacrificada de su Hijo, nuestro Señor
Jesucristo, entonces ya no vivirás más en el espíritu de error de las
primeras mentiras de Satanás, las cuales creyó Adán para su mal y de
sus hijos también.
Desde hoy mismo puedes ser un hombre, una mujer, un niño o una niña
nueva para nuestro Padre celestial en la tierra y así también en el
paraíso, si le obedeces a él, por medio de su fruto de vida eterna,
¡nuestro Salvador Jesucristo!, para cumplir con él en toda su verdad y
en su justicia infinita. Y así las mentiras de Satanás, las cuales
atacan tu vida cada día, ya no estarán en ti más, como estuvo en Adán
y así también en tu vida de siempre, como desde el día en que naciste,
por ejemplo; pues sólo en la verdad y la justicia de Jesucristo has de
ser grandemente libre de toda mentira y maldad eterna.
Porque estas mentiras terribles del paraíso no sólo están para hacerle
mal a Adán y a Eva inicialmente sino también a ti, mi estimado hermano
y hermana, para destruir tu vida poco a poco y hasta que por fin
desaparezcas de la vida de toda la tierra y para siempre también en el
más allá, sin jamás ver el paraíso. Y son estas mentiras del paraíso,
las cuales no sólo están en ti cada día de tu vida por la tierra, sino
también son las que te hacen errar siempre para que caigas en algún
mal de Satanás y así perjudiques tu vida terriblemente en la tierra y
así también en la eternidad; Satanás es malo contigo, como siempre
indudablemente.
Pero si crees a nuestro Padre celestial, por todo lo que él mismo te
ha estado diciendo todos estos tiempos a través de la vida gloriosa de
su Hijo amado, el Hijo de David, entonces ya no seguirás sufriendo ni
una sola vez más los males del espíritu de mentira y de maldad de
Satanás en tu corazón, sino todo lo contrario. Pues ahora recibirás
las bendiciones del Espíritu Santo de Dios en tu mismo corazón
penitente, porque en este momento es nuestro Señor Jesucristo quien
mora en ti para hacerte sólo el bien cada día de tu vida por la tierra
y así también en el paraíso, eternamente y para siempre.
En otras palabras, cuando aceptas al Señor Jesucristo en tu corazón,
entonces estás rechazando tajantemente las mentiras con sus
enfermedades de Satanás, para que ningún mal del pasado vuelva a tocar
tu vida, como ha tocado la vida de muchos para hacerles males
terribles y hasta causarles la misma muerte también, de sus almas
eternas en la tierra, por ejemplo. Pues ahora habrás recibido el
Espíritu de la verdad y de la justicia infinita de nuestro Padre
celestial y de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, por lo tanto, ahora
estás caminando en un camino santo, lleno del Espíritu Santo de Dios,
para que sólo conozcas las grandes bondades infinitas de nuestro Padre
celestial y de su Hijo, nuestro Jesucristo, por ejemplo.
Realmente, has de estar caminando en un camino santísimo, el cual
Abraham e Isaac conocieron perfectamente y a tal grado también Jacob,
Moisés, Josué, David, Salomón y en fin todos los profetas y hombres,
mujeres, niños y niñas muy santos y fieles a nuestro Padre celestial y
a su Hijo amado, el Hijo de David, ¡nuestro Gran Rey Mesías de todos
los tiempos! Y en éste camino santísimo, de nuestro Padre celestial y
de su Gran Rey Mesías, está lleno de milagros, sanidades, maravillas y
prodigios increíbles al instante en los cielos y en la tierra de su
nombre santísimo viviendo ya en tu corazón y confesado con tus labios
también, el nombre de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo!
En verdad, en éste camino santísimo de nuestro Padre celestial y de su
Jesucristo, el cual los antiguos conocieron perfectamente en sus
vidas, como los que escaparon de Egipto y así muchos más, hoy en día,
es el que llenara de bendiciones sobrenaturales no sólo tu vida sino
también la vida de muchos, empezando con tu casa y amistades, por
ejemplo. En éste camino muy santo de nuestro Padre celestial y de su
Árbol de la vida eterna ya no es camino de muerte y de tinieblas del
más allá, sino un camino santo, justo y glorioso, lleno de la vida
santísima de su Espíritu Santo, para que sólo conozcas el bien de cada
día y jamás el mal del pasado.
En éste camino glorioso del cielo, el cual nuestro Padre celestial te
ha confiado a ti, por amor a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo,
no sólo ha cubierto tus pecados con su sangre santísima sino que
también está lleno de ricas victorias y bendiciones de paz, amor y
alegrías sin fin, para tu corazón y para tu alma infinita. Visto que,
fue en éste camino santísimo, en donde nuestro Señor Jesucristo
derrota a Satanás grandemente y muchas veces, como por ejemplo, cuando
lo llevo a lo alto del templo de Jerusalén y le dijo, si eres el Hijo
de Dios échate abajo, porque Dios mismo enviara a sus ángeles para que
protejan tus pies y no tropieces con ninguna piedra.
Y nuestro Señor Jesucristo le contesta a Satanás, asegurándole, que
escrito está, no tentaras al Señor tu Dios. (Aquí, nuestro Señor
Jesucristo le declara abiertamente a Satanás y a cada uno de sus
seguidores también, para decirle que Él es Dios; en otras palabras,
nuestro Señor Jesucristo le decía a Satanás, que escrito está, no
tentaras al Señor tu Dios en ninguna de tus cosas, hablando así de si
mismo para Israel y las naciones, por ejemplo.)
Luego, Satanás, no queriendo ser vencido por el Señor Jesucristo,
entonces insistió una vez más en contra de él y lo llevo a lo alto de
un monte, para decirle sagazmente y engañosamente, vez toda la gloria
de las naciones de la tierra, pues, son mías. A mí me lo han sido
dadas todas ellas, hoy mismo yo te las daré a ti, si postrado me
adorares así como todos mis servidores se postran ante mí y me sirven
siempre en toda la tierra, como muy bien tú mismo puedes ver, porque
no te conocen a ti ni Dios, Creador del cielo y la tierra.
Entonces nuestro Señor Jesucristo le dijo a Satanás, vete de mí, a tu
Dios y Señor sólo adoraras y servirás todos los días de tu vida. (Aquí
también nuestro Señor Jesucristo se manifestó una vez más como el Dios
Todopoderoso a Satanás y a cada uno de sus seguidores también, para
que sólo a él le sirvan y le amen infinitamente y por siempre, sin
jamás tentarlo o ponerlo a prueba en nada las cosas del hombre y de
este mundo pecador de siempre, por ejemplo.)
Es más, cuando Satanás se alejo de nuestro Señor Jesucristo, derrotado
por el poder del Espíritu Santo de su palabra, llena de verdad y de
justicia infinita, entonces los ángeles descendieron del cielo para
ministrarle a él, como su Dios y Señor de toda la vida celestial; es
decir, que los ángeles le servían y le adoraban como el Dios
Todopoderoso. Entonces cuando nuestro Señor Jesucristo le hablaba a
Israel, en verdad, le estaba hablando como el Hijo de David, la
promesa del Gran Rey Mesías de todos los tiempos, para empezar su
nuevo reino sempiterno, el cual nuestro Padre celestial le prometió
entregar fielmente a David y sus pueblos eternos también, por
ejemplo.
Es decir, también, que nuestro Señor Jesucristo es el reino de los
cielos para los ángeles de nuestro Padre celestial en el cielo, pues,
así también él es el reino de los cielos para Adán y para cada uno de
sus descendientes, comenzando con Eva, sin duda alguna, y hasta tocar
tu misma vida hoy en día, por ejemplo, mi hermano. En otras palabras,
cuando el Señor Jesucristo le hablaba a Israel y a cada una de sus
familias, así como le ha estado hablando a cada uno de ellos en todos
los lugares de la tierra, por medio de su palabra y de su Ley
Santísima, en verdad, les estaba diciendo claramente, yo soy el nuevo
reino de Dios.
Aquí nuestro Señor Jesucristo se manifestó como la luz celestial, la
cual alumbra a toda vida del reino de los ángeles, para alumbrar
gloriosamente sobre todo Israel, el cual estaba viviendo entre
penumbras y tinieblas de mentiras y de engaños terribles de Satanás y
de gente de gran maldad, como sus enemigos escondidos de siempre, por
ejemplo, como el diablo. Y el Señor Jesucristo les decía a los
hebreos, por ejemplo: Yo soy la vida santísima de La Nueva Jerusalén
Santa y Gloriosa del nuevo reino de Dios y de sus huestes angelicales
hoy en día en la tierra y así también en la nueva era venidera de
nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, eternamente y para
siempre.
Y las gentes, gentiles y hebreas, le creían al Señor Jesucristo por
igual, palabra por palabra, especialmente cuando les hablaba así, como
el mismo nuevo reino celestial de Dios en la tierra y en el cielo
también, por ejemplo, porque no solamente les manifestaba las
grandezas de nuestro Padre celestial, sino mucho más aún. Y esto es
que realmente también les manifestaba grandes señales en los cielos y
en la tierra, para que las gentes se curaran de males mortales y así
comenzasen a ver con sus ojos humanos, en vez de tinieblas, pues
entonces vean la luz de sus nuevas vidas eternas del paraíso, él
mismo, el Hijo de David, ¡el Árbol de la vida!
Los pueblos de la antigüedad, las cuales vivían ciegos entre las
penumbras y tinieblas de las mentiras y engaños terribles de Satanás,
pues, vieron la luz de la vida eterna del paraíso, el Hijo de la
promesa eterna, cumplida cabalmente para ellos infinitamente, ¡nuestro
Señor Jesucristo!, para perdonarlos, sanarlos, bendecirlos y salvarlos
del fuego eterno del infierno del más allá. Y, hoy en día, nuestro
Señor Jesucristo te afirma lo mismo que les dijo a los antiguos, por
ejemplo, al decirles, yo soy la luz del mundo y de tu nueva vida
eterna de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, cree en mí y
vivirás eternamente y para siempre.
Es decir, que nuestro Señor Jesucristo te dice abiertamente, una vez
más como en la antigüedad con Israel, ¡Yo soy el nuevo reino de los
cielos para los ángeles y así también para Israel y las naciones de
toda la tierra! Y, en esta misma hora, nuestro Padre celestial te pide
que le creas a Él, así como se lo pidió inicialmente en el paraíso a
Adán y Eva, y sólo por medio del Espíritu de la vida y de la sangre
sacrificada y resucitada de su Hijo en el Tercer Día, para perdón y
para salvación infinita de tu alma viviente. ¡Amén!
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):
“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!
SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.
SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.
TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.
CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.
QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.
SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.
SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.
OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.
NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.
DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.
http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%20///