Israel escucha la promesa del Señor: “Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Jeremías 31:33-34). Israel pidió a Dios: “Crea en mí un corazón limpio, oh Dios, y pon en mí un espíritu nuevo y justo” (Salmo 51:10). Y el Señor forjó en la carne de Israel un corazón limpio, Su propio corazón en el hombre Jesús, en quien habita el Espíritu justo. En Él – el Hijo de Abraham, el Hijo del Hombre – todo Israel y toda la humanidad sería gloriosa. Pero la gloria no se ve como pensamos que debería verse. El camino hacia la gloria pasa directo por la tumba (Juan 12:23). Cuando esta hora de gloria llega, decimos con Jesús: “Mi alma está turbada” pero sabemos que es precisamente para esta hora que hemos sido enviados (Juan 12:27).
Necesitamos un Salvador que pueda estar con nosotros aquí en nuestra agonía. Para ser exactamente el Salvador que necesitamos, el Santo Hijo entró él mismo en nuestra agonía. Su sufrimiento lo perfeccionó para su papel como aquel que nos trae salvación a cambio de nuestro más profundo dolor (Hebreos 5:8-9). Su sufrimiento y muerte juzga al mundo, vence el mal, y acerca al mundo a su abrazo para siempre (Juan 12:31-32). Al compartir su sufrimiento, encontramos la verdadera gloria.
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Publicado por David Agreda para Ágreda el 3/26/2009 12:37:00 PM