Cadauna de las novelas colombianas que leemos en el Club de Lectura de Diario de Paz nos permite conocer, desde un punto de vista especial, ms en profundidad nuestro pas. Esta vez, como parte del reto de lectura 5 Libros en 2022, convocamos a la comunidad lectora a disfrutar y sobre todo a reflexionar con La rebelin de las ratas.
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Antes todo era sencillez, rusticidad, paz. Y de pronto el valle se vio invadido por las mquinas; el medio da fue roto por el grito estridente de las sirenas; los caminos se perdieron bajo toneladas de polvo y anchas vas cruzaron el verdor de los sembrados; los rboles, cercados por el humo, envejecieron y terminaron por perder sus hojas y sus nidos; y el silencio, ese bendito silencio que era como un manto protector tendido sobre el campo, huy para siempre hacia las montaas.
As como el paisaje, los rostros cambiaron tambin. Ya no era la cara ancha y sonrosada del sembrador; ya no las mejillas frutales de las muchachas ni los ojos risueos de los nios. Era semblantes deformados por grandes cicatrices; con hirsutos pelos que les daban apariencias bestiales o ridculas; eran pieles ajadas por el sudor, ennegrecidas por el holln, picadas por las viruelas inclementes que diezmaron la poblacin del valle como plaga bblica; eran ojos asustados, huidizos, brillantes de codicia, sealados por las huellas imborrables de crmenes pasados.
A eso lo llamaban algunos pomposamente, civilizacin, progreso. La esperanza de la patria estaba all: con el sacrificio de unos pocos se aseguraba la tranquilidad de muchos; era necesario que el valle perdiera su aspecto buclico para que la nacin recobrara su estabilidad econmica. Al menos, tales cosas decan los oradores que acudieron a convencer a los campesinos de la conveniencia de abandonar las cosechas, de trocar la azada por la piqueta, de cambiar el maz por las piedras negras del carbn, y de acabar con los mansos burrillos de carga para reemplazarlos por los camiones de color rojo oscuro, como teidos de sangre.
No eran malas, quiz, las intenciones de los que esbozaron el proyecto. Pero a travs de centenares de labios y de cerebros diversos, las palabras y los pensamientos fueron deformndose. Y aquellos hombres silenciosos y rsticos no adivinaron lo que vendra.
Construyeron casas de aspecto raro, con los tejados terminados en punta, con puertas de vidrio y de metal. Y fundaron, a un lado del pueblo de los trabajadores, una especie de barrio, con calles pavimentadas. All vivan esas pocas familias, cuyos hombres vinieron pronto a mandar en los otros, en los dueos de la tierra. Seres rubios que decan very good, oui messie, o aufschaue, invadieron las oficinas, construidas apresuradamente en las estribaciones de la montaa. Y los que antes fueran amos absolutos de aquellos rincones, de los que haban huido para siempre el sosiego y la paz, se vieron obligados a obedecer a los extraos.
Principi la explotacin de carbn en gran escala. Las montaas que rodeaban maternalmente el valle contenan una incalculable riqueza. Bajo la tenue capa de verdura se ocultaban millones de toneladas de mineral. Tanto, que en cincuenta aos apenas s se hara pequea mella en su inmensidad.
Por los campos ya secos y abandonados, se tendieron los caminos metlicos. Los hombres, inclinados sobre la tierra, clavaban en su vientre largas pas de acero para sostener las lneas por las que, meses despus, corran veloces locomotoras lanzando al aire sus eructos negros, y arrastrando tras de s largas filas de carros que transportaban carbn hacia la capital.
Entre los hombres atrados por el vrtigo lleg una maana de tibio verano Rudecindo Cristancho. Era alto, delgado, de apariencia dbil; la espalda inclinada siempre; los ojos bajos; la boca cerrada hermticamente con las palabras justas para medio hacerse entender las manos grandes, nervudas, descarnadas; largas y magras las piernas. Esto en lo fsico. Y en lo intelectual, resinado hasta el sacrificio; pero no por herosmo, sino por ignorancia. No supo nunca quines fueron sus padres, ni le interes averiguarlo. Sus recuerdos arrancaban de una poca muy remota: trabajaba en una finca como mandadero, y soportaba los latigazos del dueo cada vez que no cumpla cabalmente sus deberes. Quiz desde entonces le naci esa resignacin fatal, completa, terrible, ya que su alma haba sido cruelmente deformada por la vida misma.
Luego naci el hijo: Francisco Jos de la Santa Cruz. Pero le decan Pacho, para ahorrar tiempo. Tena doce aos. Era delgaducho como el padre; pero al contrario que l, de un carcter vivo, alegre, emprendedor; y tambin violente. Porque en su alma infantil, que haba copiado como una filmadora las amarguras y las traiciones, brot una chispa de rebelin que permaneca oculta, agazapada como una fiera que, en ocasiones, enseaba las garras.
Pero Rudecindo Cristancho lleg al pueblo: a Timbal. A sus calles limpias, pavimentadas, a cuyas orillas se alzaban quintas construidas con todo lujo; a sus callejuelas torcidas, desiguales, bordeadas por covachas de lata y de ladrillos. A Timbal, el que estaba llamado a ser, sin duda, el principal centro minero del pas. Vino desde un punto indeterminado, desconocido. Desde la vida.
Con el brazo, largo y descarnado, hizo una sea en el aire. Pastora suba la cuesta trabajosamente. Tras ella, con una maleta a la espalda, iba Mariena. Y cerrando la marca caminaba Pacho, con sus doce aos y su rebelda.
Descendi de la piedra. Mariena le entreg el paquete que contena la ropa de todos La ropa! Unos pantalones de dril de Rudecindo; dos batas viejas de Pastora; dos faldas y una blusa blanca de Mariena, y un vestido de pao, muy gastado ya, que el ltimo patrn haba regalado a Pacho.
Bajaron de la colina. El sol enviaba sobre la tierra seca, calcinada, estril, sus llamaradas de verano. All, en la falda de la montaa, con ronco son vibraban los motores que controlaban los largos cables por donde avanzaban las gndolas, llenas de carbn, que depositaban bajo los brazos metlicos de una enorme torre, en donde luego eran cargados los vagones del ferrocarril. Un vaho turbio, espeso, casi negro, ocultaba a veces el cierlo. Era el humo producido por las mquinas que continuaban penetrando con el acero de sus cuchillas en las entraas de la cordillera, para sacar de ella grandes bloques de roca que facilitaran el paso de los mineros.
Rudecindo llegaba con su familia, como tantos otros. Timbal era un puerto, una ciudad abierta. Todos sus caminos estaban francos. Y los que all penetraban crean que esas trochas llevaban al progreso, a la estabilidad econmica, al ahorro, al bienestar. Con ese mismo pensamiento, con idntico anhelo, los cuatro (cinco?) descendieron rpidamente al valle
Pero los dueos no consintieron. Rudecindo volvi con el nimo oprimido; cabizbajo, como si buscara algo dentro del polvo amarillo y pegajoso de la calleja. Todas las puertas estaban cerradas para ellos. No haba cuartos; no se reciban forasteros; se trataba de una casa de familia. En fin, oyeron todas las disculpas imaginables. Perdieron una hora en su infructuosa bsqueda. De pronto se dieron cuenta de que llegaban al lmite del pueblo.
Oyeron, ntido, el llanto de un nio. Vena de una de aquellas chozas. Lo vieron luego asomarse a la puerta de la cabaa. Era plido, delgado. Desde lejos se vea la anemia en su cuerpo dbil y blanco. Tras l apareci una mujer joven. El pelo alborotado le tapaba la frente y le caa por detrs sobre los hombros, que el traje modelaba. Se qued quieta, mirndolos. Los ojos claros tenan una fijeza martirizante. Rudecindo baj la cabeza, conforme a su costumbre. Pero Pastora, desesperada ya de la intil caminata, se acerc a la desconocida.
Rudecindo se alej. Lo dominaba el miedo; lo posea la timidez. Sintindose solo era incapaz de obrar; le faltaba el apoyo de Pastora. La mujer haba aprendido a dominarlo, sin violencias, ni groseras, ni insultos. Necesitaba de ella tanto cmo del aire. Era su gua, su consejera. Lo impulsaba cuando las fuerzas le fallaban, como ahora Cunto deseaba tenerla a su lado!
Camin decidido. Al doblar una esquina del edificio vio una larga fila de hombres. Se detuvo. Estudi los rostros con mirada quieta, estpida. Todos eran sujetos de su misma edad: cuarenta aos, quiz menos, quiz ms; los ojos enrojecidos; las manos nervudos y negras; las barbas crecidas. Iban unos con overoles de dril azul y otros llevaban ruana, a pesar del calor sofocante del medio da.
Quiso preguntar, pedir una ayuda, un consejo. Pero de nuevo se sinti dbil, dominado. Era el mismo miedo, ese maldito miedo de siempre, esa ansiedad doloras que le oprima la garganta impidindole respirar.
Estaba decidido a todo. Se enganchara en lo que fuera. Pero ojal lo dejaran en un lugar donde las mquinas no hicieran tanto ruido. Les tena miedo. Miraba pasar por sobre su cabeza, a considerable altura, las gndolas que venan de las distantes puertas de las minas llenas de carbn. No comprenda ese fenmeno: enormes carretillas resbalando tranquilamente sobre lazos al parecer de acero. Instintivamente se haca a un lado cuando pasaba la gndola Un obrero que estaba delante de l lo not.
Pastora sali con Cndida hacia la casa vecina. Rudecindo se sinti avergonzado. Aquella muchacha desconocida tena que compartir con ellos su almuerzo, para que no padecieran hambre! Interiormente la bendijo. Deba ser un ngel. Era su salvadora.
Las dos mujeres se afanaron en torno del rstico fogn. Sobre tres piedras desiguales se sostena una olla de barro, de regular tamao. De ella sala un humillo blanco y tenue, que se perda en el aire canicular del medio da. Pastora sopl con fuerza y las llamas lamieron los negros costados de la olla.
Devoraron la sopa. Neco, dbil y pequeo, blanco y rubio, trepado sobre las rodillas de la madre, peda con su lenguaje todava infantil el nico pedazo de carne. Pacho tomaba su aliento en silencio. No se resignaba. Quera algo. Siempre lo haba querido, sin saber qu era. Pero se rebelaba. A pesar de sus doce aos y de su educacin rudimentaria tena ensueos, ilusiones, y una concepcin especial de la vida. Pastora miraba la carne y le temblaban las manos. No era hambre: era un deseo interno de saborearla, de apretarla con los dientes; era uno de aquellos que la gente del pueblo llama antojos. Pero Neco la ped y Cndida se la puso entre los labios, blanco sy marchitos. Pastora palideci. El sol se fue momentneamente de sus ojos y crey que la tierra hua, que se hunda en un abismo. Luego todo pas. Tan solo le qued un agudo e intermitente dolor en el vientre.
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