El odio que destila el libro del Mallku contra
Bolivia, contra los mestizos y los no indígenas es aterrador
Don Felipe
Quispe Huanca, el Mallku, acaba de presentar su libro La caída de Goni, diario
de la huelga de hambre, que es un testimonio del desplome de dicho gobierno en
2003 y de su participación directa en dicho suceso. Según el autor, fue él
quien organizó, dirigió y culminó esa insurrección, de la que finalmente se
apropió y benefició el actual Presidente del Estado, a quien trata con extrema
dureza. Pero, lo que más llama la atención del libro es el enfoque equivocado,
inoportuno e intolerante que hace de nuestro país, al que juzga con criterios y
valores del siglo XVIII, más concretamente de 1781, luego de la derrota y
muerte de Túpac Katari.
El odio que
destila el libro contra Bolivia, contra los mestizos y los no indígenas es
aterrador. El abuso que se cometió en el pasado colonial y republicano contra
los indígenas, que es una verdad histórica, pervive en el libro como una verdad
actual, como si los indígenas de hoy seguirían siendo siervos de los “q’aras
blancos coloniales” y convictos de la mita en los veneros de Potosí. Para don
Felipe no existen los tiempos históricos, y en su concepto los indígenas tienen
que lanzar nuevos cercos a las ciudades “criollas y coloniales”, someterlas por
el hambre y fundar el Estado indígena del Kullasuyu.
A continuación,
algunos párrafos del libro. “Somos aimaras, pero no somos bolivianos, pues
la Bolivia es de los q’aras coloniales. Nuestra lucha es por una nación y por
un Estado propio” (pág. 19). “Tarde o temprano vamos a ser dueños del poder y
del territorio que habíamos perdido con la muerte del Inka Atahuallpa en 1533,
frente a la invasión de la raza blanca-española” (28). “Pueden matarnos… pero
no podrán jamás aniquilar nuestro proyecto político; el restablecimiento del
Estado qullasuyano y la reconquista del poder” (61). “Cortar los suministros de
agua y electricidad, quemar a la ciudad por una parte, y por otra, asaltar el
Palacio de Gobierno, los cuarteles, las casas de los ricos y matar a los q’aras
ministros y otros de la zona Sur…” (78). “Juramos de pie con los dos puños en
alto, para rebelarnos una vez más contra el q’ara blanco colonial, usurpador,
opresor, explotador y discriminador” (10). “Hay que optar por la lucha violenta
y armada, arrasar con todo…” (21).
El Mallku
propone tres planes para la toma de las ciudades: “Pulga”, “Sikimira-hormigas
coloradas” y “Taraxchi”, la última es el asalto y ejecución de los q’aras. Don
Felipe no toma en cuenta que estamos en pleno tercer milenio y que Bolivia está
gobernada por un indígena dentro los marcos de un Estado Plurinacional. Es tal
la desincronización de don Felipe con el tiempo, que sigue llamando a La Paz
“ciudad de Sebastián de Segurola”; a El Alto, “ciudad Túpac Katari”; a Bolivia,
“República Q’ara”.
A continuación,
algunos calificativos que don Felipe da a algunos de sus propios compañeros:
“Jaime Solares, demagogo y hormonal, que nunca da soluciones, pero es un buen
agitador y verdadero anarquista”; “Eugenio Rojas —según el libro, alcalde de
Achacachi— maleante, pasa pasa y oportunista de mierda”; “Román Loayza, perro
del hortelano, ladra, ladra y no muerde”; “Mateo Laura, llunk’u y títere de
Edith Paz Zamora”; “Roberto de la Cruz, valiente cuando está a lado del indio y
cobarde cuando está a lado del q’ara”, etc.
El libro de don
Felipe es de obligada lectura para entender a la Bolivia diversa de hoy y, con
el mayor respeto, debo recomendar a mi compatriota Felipe Quispe Huanca que sea
más tolerante con sus hermanos bolivianos no indígenas, si busca tener algún
protagonismo en la arena política actual.