El reflejo del maestre. Relato

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Marcelo D. Ferrer

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Nov 12, 2006, 5:17:26 AM11/12/06
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El reflejo del maestre
Marcelo D. Ferrer
La Plata, Buenos Aires, Argentina.
www.marcelodferrer.com.ar

“Humani iuris et naturalis potestatis, unicuique quod putaverit colere,  nec alii obest aut prodest alterius religio. Sed nec religionis est religionem colere, quae sponte suscipi debeat, non vi.”
 Tertuliano (Ad Scapulam, CII)


Capitulo I: Los vahos de París. 
 
        
Tras el peristilo se abriría un mundo. Fue por eso que antes de bajar del carruaje, se paralizó, se persignó, y después se movió. La lluvia persistía tan intensa como a media noche, la excitación lo mantuvo despierto desde que una ráfaga helada se metió en su cuarto tras vencer el ventanal; sobre su borde, intentando atrapar los postigos, vio la silueta de los tullidos recortarse en el centellear de la tormenta. Ahora, medio día, a pesar de la noche en vela, no acusaba síntomas de cansancio, o no daba atención a las señales de su cuerpo. Un lacayo reverente extendió la escalerilla y luego su brazo; se tomó de él un segundo antes de que su pie derecho se hundiera en el barro. Elevó el mentón para observar la fachada del enorme edificio; la lluvia caía paralela a la piedra y se estrellaba contra su rostro.  Comparó esa mole con la ilustración que había en su misario. Respiró profundo. Luego, comenzó a subir la escala hacia el pórtico de columnas.

Su línea recta avizoraba un codo, un punto de inflexión sin alternativa. Presentía los acontecimientos desde que aquel hombre cojo –hacía años-  se acercara a la reja de su clausura, y harapiento, y con signos de enfermedad, se alejara hablando un perfecto latín. ¿Cuál es mi pecado? Había preguntado el cojo antes de alejarse. La respuesta a la pregunta que el cojo le hizo fue una confesión que omitió. El hombre, al advertir su tribulación, consintió que no le respondiera. Esa noche, en martirio, pediría por él ante Dios. Mas tarde, en medio de la oscuridad, dolorido y exhausto por las laceraciones que se había impuesto, todavía trémulo, presintió por vez primera el cáliz que tenía frente a sí.

Trasponiendo el peristilo alguien vino a su encuentro.

-Maestre: soy Jean Chirreéis, seré su asistente mientras permanezca aquí. Chirreéis era un joven de veinte años con sonrisa bonachona. Buscó la mano derecha del visitante para besar su anillo. Éste se sometió. Debía habituarse a las costumbres seculares tan inusuales en los claustros templarios. Cuando Chirreéis se inclinó, una deformación en su espalda se hizo prominente.

Chirreéis le entregó una carpeta con un sello Vaticano conteniendo sus credenciales. -El cardenal Perilli está dispuesto a recibirle cuando lo desee -dijo, y agregó:- como ordenó usted, no hay espejos en sus aposentos.

El cardenal Perilli era un hombre robusto, ni bien traspuso la puerta de su despacho, lo halló de espaldas frente a un ventanal, se acercó lentamente en tanto Perilli giraba a su vez dirigiéndose hacia él; mientras bajaba su cabeza para besar la mano extendida de Perilli, observó la severidad de sus ojos. Su cuerpo no tenía deformaciones.

-Maestre Savino -dijo Perilli sin preámbulos- ¿qué lo motivó a enviar esta carta.

Con la misma mano con que sostenía la carta, Perilli hizo un ademán autoritario para que Savino se sentara. Conocía algunos antecedentes de Perilli y la enorme influencia que ejercía sobre su Santidad. Se sentó. Perilli permaneció de pie. Luego, capturando aire para comenzar, dijo:

-Treinta y seis templarios en Paris y veinticinco templarios en Sens murieron como resultado de la tortura; Jean Garland aplica este procedimiento con testigos y acusados de manera inhumana. Debo observar que la tortura es utilizada más cruelmente donde los inquisidores están expuestos a la presión de la autoridad civil. El Rey,  aunque siempre jactándose de su celo por la pureza de la fe, abusa del estante y la inquisición para apartar a sus enemigos personales.

Perilli detuvo su paseo por el centro del salón y se dirigió a su escritorio. Todavía  asiendo la carta de Savino, hizo sonar una campanilla y un asistente se presentó.

-Mande de inmediato por Jean Garland –dijo. Luego, solemne, pidió a Savino que se retirara.

Garland, que se consideraba discípulo de Roberto le Bougre, un búlgaro convertido al cristianismo y posteriormente un dominicano, parecía haberse rendido a un fanatismo ciego, provocando deliberadamente ejecuciones en masa. Cincuenta años antes, en Montwimer en Champágnen, Roberto le Bougre consignó a las llamas simultáneamente a ciento ochenta personas a la vez. Al recibir el rollo con el lacre pontificio, llamó  de inmediato a una reunión del tribunal inquisidor. A la mañana siguiente, muy temprano, con una ceremonia solemne en el sermo generalis, luego del juramento secular, simplificando todo trámite de culpabilidad, noventa y siete templarios fueron encontrados en pecado de herejía y condenados a la hoguera. Juliano Piña, clérigo de Nôtre Dame, su segundo en autoridad, se haría cargo de los detalles mientras él estuviese en Roma.

De París a Roma Garland recibió emisarios con noticias vaticanas. No había mucha información sobre Savino, sólo una escueta descripción de su apariencia: un hombre alto y huesudo bajo una pulcra túnica blanca bordada con la cruz roja de  ocho puntas; tenía prominentes ojeras que daban marco a dos enormes ojos tras un velo gris.

-¿Es ciego? -preguntó Garland.
   -No –respondió el emisario.

Varios días pasaron hasta que Savino fue llamado por Perilli. En ese tiempo, acostumbrado a su clausura, se había recluido a su habitación inmerso en la oración, preparándose para su destino ineluctable. Savino llegó donde Perilli antes que Garland. Por segunda vez escrutó al cardenal sin ver deformaciones en su cuerpo y eso lo reconfortó. La actitud de Perilli era preocupada y sin vestigios de autoritarismo. Apenas con el tiempo justo, Perilli pidió a Savino que recapacitara. No obtuvo respuesta.  Súbitamente las puertas se abrieron de par en par y Savino notó en la actitud de Perilli, que quien entraba, tenía más autoridad.

A sus espaldas estaba Garland. Su cuerpo era informe. Enormes llagas de su torso impreciso, supuraban viscoso líquido ambarino. A cada costado del prominente vientre, dos rostros como protuberancias del tamaño de un puño, gesticulaban un sordo dolor. Sus genitales presentaban cavidades putrefactas y agusanadas. Savino bajó el mentón y giró sobre sus piernas sin mirarlo, Garland levantó un desproporcionado brazo y puso ante él una mano de huesos desnudos. Savino no se inmutó.


-Mi anillo –dijo Garland-; ¡bese mi anillo! -inquirió.
-¡Jamás me inclinaré ante el demonio! –retumbó la voz de Savino en la habitación-.

Era muy temprano cuando Chirreéis entró a los aposentos Savino. Como cada día desde su llegada, lo encontró en oración dentro de su impecable túnica blanca. Se preguntó si ese hombre dormiría alguna vez; dada la apariencia de su rostro, y el velo que cubría sus ojos, concluyó que no. Desde el encuentro de Savino con Garland, Chirreéis se había mantenido atento a todo trascendido; especialmente a aquellos que provinieran del área pontificia. Con servicial vocación se los comentaba a Savino cada mañana. Éste se limitaba a escuchar sin preguntar sobre lo que ya conocía; incluso, de la tortura a la que eran sometidos los noventa y siete templarios condenados a la estaca en París, subyugados por el desquicio de Juliano Piña. A las siete estaba citado por Perilli. Puntualmente entró a su oficina y lamentó ver su rostro contorsionado. Perilli fue escueto: su caso había sido derivado al tribunal inquisidor de la diócesis de Sens.

Los vahos de París enviciaban el aire de la campiña. Acostumbrado al incienso de su clausura y al perfume de azares de los patios vaticanos después, esos olores nauseabundos que se intensificaban, lo consternaban. Había fetidez en el pecado. París era un claustro de almas libertinas, un gran circo de morbidez sub humana. Gente harapienta y sucia deambulaba por las calles enlodadas. Callejuelas albergando miserables cubiertos de mugre, madres ojerosas amamantando desgarbados, niños jugando su adulta infelicidad a las canicas; tullidos por doquier, entre ellos, hombres santos asemejados a Dios. La plaza central, un enorme mercado de baratijas, telas y ollas humeantes donde se revolvía un espeso mejunje de desperdicios. A cada flanco de las ollas, los menesterosos en fila con sus vasijas. En la misma plaza, más allá, noventa y siete estacas, con sus piras, listas a ser encendidas.

Tres templarios había en el carruaje rumbo a Sens: el uno, un caballero que había negado protección a un dominicano que gozaba de aplicar tortura; el otro, un sacerdote negado a formar parte de un tribunal inquisidor; y él, por cometer blasfema contra un obispo.

A poco de atravesar París se detuvieron frente a un monasterio que ya conocía, allí pasarían la noche. El monasterio era una sórdida edificación húmeda en la que algunos monjes cabizbajos, con sus togas, deambulaban en penumbra. Sus cuerpos atroces denunciaban pecados de carne y conciencia. Savino fue conducido por un joven carente de ojos, de cuyas cavidades ensangrentadas, emanaban cristalinas gemas que abrían un surco rosado en la oquedad de sus mejillas. Antes de que se fuera, lo detuvo. El joven se paralizó ante la actitud de Savino quien de inmediato puso sus manos sobre su rostro. Tras quitarlas, como dos amatistas brillaron sus pupilas devolviéndole la piadosa mirada que Savino sabía. El joven, alivianado en la conciencia, se arrodilló y besó sus manos mientras lloraba con desconsuelo. Esa noche desfilaron por la celda de Savino cuarenta y un monjes; sólo a once consideró piadosos.

Al día siguiente lo despertaron muy temprano. Dos guardias pusieron grilletes en sus muñecas y tobillos.

“Nuestra  Señora  nos  mostró  un gran fuego  que parecía provenir del centro de la   tierra.”  Comenzó diciendo el abad de París y obispo de Sens sobre un púlpito erigido a los pies de Nôtre Dame, y frente a una multitud que aullaba mórbida por el comienzo de las incineraciones. “Sumergidos en esa hoguera los demonios y las almas de los condenados, como brasas transparentes, negras o bronceadas; con su forma humana contorsionada bajo el poder purificador del fuego; llevados por las llamas que de ellos se desprende hacia todos lados como pavesas al garete sin equilibrio ni peso; entre gritos de dolor y gemidos desesperados que horrorizan y estremecen, los demonios se distinguen por sus formas horribles y asquerosas de animales desconocidos y espantosos que se ennegrecen y transparentan. Disuelto el mal, la ceniza es devuelta al reino de Dios.” -Concluyó. Con un ademán de cabeza, Garland ordenó que las noventa y siete piras fueran encendidas. Savino, junto al resto de los templarios en viaje a Sens, engrillados a viejas carretas de heno, fueron obligados a observar el ardiente suplicio durante el tiempo en que el fuego consumió todo vestigio de forma humana. Él Bendijo y confortó el espíritu de los arrepentidos. Finalmente, encomendó sus almas a Dios.

Concluidas las atrocidades, Garland fue donde las carretas de heno a disfrutar del pavor de los reclusos. Savino intuyó su cercanía, percibió su odio como un fuerte vendaval. Haciendo caso omiso, se sumergió en la oración.

Todavía era penetrante el hedor de la carne chamuscada cuando las carretas se pusieron en movimiento por la rue du Cherche-Midi, que los conduciría a su destino.


 
          Capitulo II: La visita del hombre cojo
 
 
          
De todos los recuerdos elegía Jerusalén. La madrugada color cereza, amarilla-celeste-azul, en que aquella ciclópea embarcación se develó ante sus ojos, junto con el bullicio de los hombres de mar que colmaran su atención. “¡Un día seré marino!”. Había dicho después de dominar su asombro adolescente, mientras su padre le devolvía con desencanto una sonrisa de dientes menguados. “Tú serás un honorable Caballero de la Orden del Temple” –sentenció su padre-, segando de cuajo toda la fantasía marina. Jerusalén era la tierra del gran misterio, entonces. Allí había sido llamado el conde Donatelo Savino para cumplir con la obligación que le imponía la fe, y en la misma obligación, enrolaría a su hijo.

¡Capitán aborda! ¡Quitad el puente! ¡Soltad cabos de proa y popa!  ¡Salud al pabellón! ¡Izad las velas! ¡Marinos:! ¡A la mar! Luego la redondez bamboleante del fin del mundo, y aquella guardilla invadida de alimañas; un potaje lavado-salobre, y la irreprimible sed. Al fin: el despertar con la rugosidad del horizonte creciendo como la náusea ansía la quietud que la aplaca. Luego los templarios; los caballeros del Templo de Salomón, los pobres soldados de Cristo. Escuderos, caballeros, priores comendadores, maestres; sus gallardas enseñazas de Fe e hidalguía. Esa asociación religiosa entre la vida claustral y acética del monje, con la profesión militar. Cada aventura, cada peregrino camino a tierra santa; y, Anne Marie de Maistre Fénelon, su eterna devoción.

El conde Donatelo Savino falleció un año después de arribar a Jerusalén luchando en favor de la séptima cruzada. Dejaba en su hijo la convicción por la fe y el apego al dogma de los Caballeros Templarios.  Imbuido del título de nobleza que le correspondía por herencia, fue adoptado por la orden como escudero y entrenado con esmerado esfuerzo para transformarse rápidamente en caballero.  Participó en algunas escaramuzas contra bándalos curdos hasta que al fin tuvo oportunidad de mostrar enorme valor en la gran batalla de Tiberiades junto a mil cruzados de diversos orígenes guiados por el maestre Urbano Lugres.

Jerusalén, sobre la colina del Gólgota, ciudad del Santo Sepulcro, confluencia de judíos, cristianos y musulmanes, princesa de la paz; desde hacía mil doscientos años estaba en guerra. Medio siglo antes el Sultán Saladino o Salah al-Din Yusuf, había reconquistado la ciudad que por cien años estuviera en dominio papal; por tanto, la afluencia de cristianos peregrinos de occidente, que tenían al Santo Sepulcro como la reliquia más venerada, era sumamente resistida. Las refriegas se sucedían entre caballeros de las ordenes del temple y hospitalarios, contra los infieles mahometanos, mamelucos, curdos, beduinos y bandoleros.

Anne Marie de Maistre Fénelon era una peregrina venida de Francia en compañía de su padre marqués, que había confiado sus posesiones al abad de París, de quién había recibido el bordón, la calabaza, el rosario y la escarcela. Por aquel entonces Antonio Savino, de unos veinte años, era ya un caballero del Templo de Salomón con grandes honores, y le asistía la misión de escoltar a los cristianos occidentales hasta la ciudad santa.

Cuando Anne Marie de Maistre Fénelon y su padre arribaron al puerto de Baifa, la salud del marqués era precaria. A poco de partir sufrió un colapso, muriendo durante la noche, y dándosele cristiana sepultura al amanecer. Anne Marie, sin embargo, no se amedrentó; y pese al ofrecimiento de escoltarla nuevamente a las costas del mediterráneo, continuó resuelta su viaje a Jerusalén.

Anne Marie comenzó a habitarlo inmediatamente. Se profesaban mutua admiración. Él valoraba su determinación, fortaleza y desapego a las suntuosidades parisinas en aras de consolidar su fe; ella su gallardía y honor. Savino era un Italiano de los Alpes Peninos, de huesos grandes y mirada inteligente, con modales aprendidos de tutores bien pagos; Anne Marie emergía de la alta sociedad de deleites clásicos, pero con el temperamento de adecuarse y comportarse ante cualquier situación. De estatura media y caderas anchas, guardaba en su rostro la expresión de un ángel enfurecido prodigando misteriosa ternura. Se complementaban perfectamente. Juntos habían recorrido gran parte de oriente, y era usual verlos paseándose al atardecer recorriendo el muro del barrio cristiano, o departiendo a viva voz sobre política y religión.

Después de meses de relacionarse y de esperar esa palabra ansiada, ella comprendió que el hombre del que estaba desesperadamente enamorada, se encontraba impedido, por sus creencias, de insinuarle su amor. Una tarde como otras antes, Savino la encontró en los jardines del Hospital de San Juan donde solían conversar algunas veces por largas horas. Al cabo de unos momentos y silencios invadidos por el deseo, Anne Marie le confesó su amor y a la vez su comprensión. Por primera vez Savino veía ojos vidriosos en esa implacable mujer y le creyó. Ella extendió su mano y asió la de él; pero él se excusó y se marchó del lugar sin pronunciar palabra. Desistió de volver a verla.

Los días le sucedieron a Savino con la imagen imborrable de Anne Marie en confesión, mezclada con la nausea que le provocaba el ansia de poseerla. Una noche, en la penumbra de su cuarto, un tenue destello se fue corporizando desde el fondo de la habitación. El cuerpo desnudo de Anne Marie, con el cabello suelto y la mirada decidida, descorrió las mantas que lo cubrían, para deslizarse junto a él. La tibia y suave piel de Anne Marie lo envolvió mientras su aliento ligero y entrecortado, y la suavidad de sus pequeñas manos, recorrían su cuello, pecho y vientre con una delicadeza impregnada de dulce pasión.

A la mañana siguiente, Savino abandonó Jerusalén y se recluyó por unos días en Ascalón. Meditó profundamente sobre los misterios de su fe y el recuerdo devoto de su padre que lo inducía a una virtud autoimpuesta más allá del instinto, la razón y el sentimiento. Anne Marie era parte de él y él nada era sin Anne Marie -entendió-.  Esa misma madrugada regresó para corresponderle. De vuelta en Jerusalén alguien le dijo de su partida dos días atrás para abordar el barco que la devolvería a Francia. Desesperado por un amor que lo perseguiría irremediablemente a lo largo de su vida, marchó a buscarla siguiendo la ruta de los peregrinos, que un año antes recorriera junto a ella, en sentido contrario.

Cabalgó día y noche y finalmente creyó estar a escasos momentos de reunirse con ella. A lo lejos, el terreno se continuaba en un bacanal a escasos veinte kilómetros del mediterráneo, donde la ruta descendía sinuosamente las terrazas y ponía a los viajeros en el puerto de Baifa. Una columna de humo se elevaba tenue a cuatro kilómetros de donde él se encontraba, tras el barranco de una terraza, por dónde el camino de los peregrinos debía de continuarse. Su experiencia templaria trajo a su mente las hogueras que los beduinos solían hacer para inventariar y organizar los botines sustraídos a las caravanas y quemar todo objeto que comprometiera su marcha. Su corazón pareció detenerse. A medida que su cabalgadura se acercaba al desastre, la revelación de su desgracia se hacía latente. Las carrozas estaban incendiadas y había equipajes y cuerpos de peregrinos sin vida diseminados por todo el lugar. Algunos caballeros, conocidos la mayoría, yacían empalados con sus torsos desnudos exhibiendo profundas heridas con sangre coagulada. El cuerpo del maestre Urbano Lugres, atravesado por una lanza, estaba clavado al tronco de un espino, con su mandíbula apretada contra el pecho, y sus brazos colgando flácidos como los de una marioneta sin la mano que la guía. No había rastros de Anne Marie. Savino luchó entre la obligación de dar cristiana sepultura a los muertos, y el deseo de ir tras Anne Marie. Gana el deseo y la urgencia. Sigue las huellas de un carruaje que se desvía de la ruta de los peregrinos hacia las dunas de un desierto perpetuo; a poco de andar, encuentra el carromato semidestruido y las huellas de las bestias que se bifurcan. Decide seguir a un pequeño grupo que sin duda se dirigiría a través de las arenas ardientes hacia Ramalá, a los mercados esclavistas musulmanes. Luego de forzadas horas para su corcel, ve en la cercanía un campamento de beduinos musulmanes; se arroja de su montura y cae de bruces. Implora por Anne Marie: ¡Anne Marie! ¡Anne Marie! Suplica al dios del Santo Sepulcro y a los santos del cielo.

Su instinto lo pone precavido: debería aguardar la noche; pero la urgencia muerde sus entrañas. Se lanza a la carrera. Un beduino da el alerta, y en un instante, seis motas blancas emergen de entre las tolderías empuñando sables curvos. Su oportunidad es permanecer sobre el caballo todo el tiempo posible y no errar ningún embate de sus espadas. Antonio Savino es diestro de ambas manos y en cada una posee un arma. El primer musulmán lo aguarda sobre su izquierda; a sólo dos metros de él, y con una presión de sus piernas, el caballo frena y gira hábilmente a la izquierda, dejando al beduino sorprendido a la derecha; su espada es certera en el cuello y la cabeza del beduino se bambolea sobre un cuerpo del que comienza a emerger sangre en cascada. El caballo gira nuevamente y de frete acierta con la otra espada la garganta del segundo que cae de rodillas. De inmediato taconea las ingles del potro para hacer distancia de la turba enardecida que lo rodea y vuelve a acometer. La carga es sobre un moro al que embiste con el caballo. Desde el suelo de arena el moro hiere profundo al animal; sin embargo, se mantiene en pie y gira veloz sobre el beduino tendido. Savino lanza una de sus dos espadas y ésta lo atraviesa por el pecho estacándolo a la duna. El caballo se desploma entre soplidos. Comprendiendo que sobre él es vulnerable, se arroja al mismo nivel de sus contendientes. El siguiente es desgarbado y pequeño, recién cuando su turbante se echa hacia tras, observa el terror en la cara de un niño que mira con espanto el interminable viaje de la espada que pegará en su hombro izquierdo, y lo cortará al bies hasta la cintura. Una mota blanca corre rauda hacia una de las tolderías y Savino va tras ella. Detrás viene el quinto de los beduinos profiriendo gritos y aullidos que le resultan incompresibles. Presintiendo su cercanía, Savino se agacha de cuclillas y hace volar en abanico la espada rompiendo y cortando todo lo que en su trayecto encuentra; la voz del árabe se acalla y en cambio surgen los alaridos de un dolor indescriptible. Reanuda su carrera rumbo a la toldería y al trasluz de los paños ve como el brazo del último de sus oponentes se alza para asestar un golpe de sable curvo; en su otra mano sostiene la cabellera de quien es sin duda una mujer. El sable al fin cae y una forma redonda queda bamboleante en su mano. Trasponiendo los paños está el cuerpo de Anne Marie, decapitado; tiñendo de púrpura una manta con figuras arabescas; delante: su matador, que suelta al unísono la cabeza de Anne Marie y el sable ensangrentado para hincarse a implorar. Savino olvida su doctrina. Una sensación desconocida para él nace en su vientre, ensancha su pecho y le ennegrece el rostro. El musulmán postrado como orando hacia la meca, se levanta para volver a postrarse una y otra vez preso de la convulsión que el terror produce. Savino observa su cara oscura con un vello ralo que se esparce en torno a una desdentada boca; un rostro implorante que no olvidará. Une sus manos en la empuñadura de la espada  direccionando la punta a la columna vertebral. El golpe es preciso y contundente. La espada impulsada por una fuerza sobrenatural lo atraviesa hasta su empuñadura. Unos segundos demora Savino en reaccionar. La sangre de Anne Marie, todavía tibia, llega como una caricia hasta su bota. Su cuerpo ultrajado y desnudo sigue siendo, sin embargo, tan inmaculado como la imagen de aquella febril noche. Su rostro no, estaba lastimado y morado, denunciando su atroz martirio.

Savino sepultó a Anne Marie donde se encontraba e improvisó para ella una cruz hecha con cuero de su montura. Permaneció allí, junto a ella, bajo la toldería, hasta el poniente. Sorpresivamente los paños comenzaron a agitarse y en segundos una descomunal tormenta de arena se abatió con inusitada furia. La toldería perdió su sujeción, y en un santiamén, había desparecido de la vista de Savino. Los camellos beduinos se dispersaron. La arena, como un esmeril, penetraba todo orificio. Entonces, Savino creyó estar recibiendo el castigo de un Dios impiadoso por haberse negado a la virtud del amor, y por su ira inmisericordiosa ante la súplica. Se arrodilló frente a la tormenta con los ojos abiertos dirigidos al cielo. Luego cayó de bruces sobre la arena dispuesto a sobrevivir.

Seis días después, un irreconocible Savino arribaba exhausto al Templo de Salomón. Por un mes, en semiinconsciencia, debatió con la muerte su subsistencia, y triunfó. El daño en sus ojos era irreparable. Su piel guardaba más el encanto de Anne Marie, que las hondas marcas que la arena y el sol le inflingieran. Al cabo de seis meses de convalecencia, casi ciego, era devuelto a Europa con el rango de maestre. Jerusalén quedaba en el pasado.

Recaló en Francia, en Ars; luego, deseoso de transformarse en un monje de clausura, se recluyó en un monasterio Benedictino del sur. Allí permanecería durante dieciséis años.

Los monasterios, en su mayoría, seguían la regla de San Benito dada en Cluny. La vida de los monasterios era rural y alejada de las ciudades. Obedecían a una norma propia diferente a la que seguían los sacerdotes seculares. Inculcaban los oficios, las artes y el trabajo agrario, de donde obtenían todo lo necesario para su subsistencia. Se reunían hasta ocho veces al día para rezar. Los monjes de clausura vivían en celdas, pero tenían acceso a un patio ajardinado y al scriptorium.

Savino fue recuperando poco a poco la visión, aunque en sus ojos quedarían laceraciones, como un velo grisáceo que esfumaba sus líneas. Durante los primeros años se autoinfligió gran castigo. Pasaba días ayunando postrado de rodillas, y cuando consideraba que la severidad del castigo autoimpuesto amenazaba su vida, se ofrendaba a Dios alimentándose y curando sus heridas. Anne Marie lo visitaba cada noche para mitigar sus dolencias. Cientos de veces ella le había perdonado que negara su amor; metiéndose dentro su catre hasta la salida del sol, o entibiando su cuerpo durante los crudos inviernos. A veces venía por las tardes; era cuando le proponía a Savino ir a pasear por los jardines y conversar. Anne Marie siempre estaba desnuda mientras permanecía dentro de su celda; vestía elegantes trajes franceses cuando paseaba junto a él por el jardín, o lo acompañaba al scriptorium. Aunque jamás la tocaba, los pensamientos de Savino eran morbosos. Entonces una lucha de ángeles y demonios se entablaba, y la única y retórica forma de acabar la pelea, era la oración y el castigo corporal. También el beduino aquel, que hubiera merecido su indulgencia, venía a veces a su celda. Se sentaba en un rincón opuesto al que él se encontrara, y permanecía en silencio con aquella cara amarga y deformada de terror.

Un abanico de recuerdos se le presentaban para su elección; de todos ellos elegía Jerusalén. Jerusalén era su padre, su emoción adolescente, el Templo de Salomón, Urbano Lugres, cada templario, los jardines del Hospital de San Juan, la puerta de Jaffa, las caminatas por el monte de los olivos, getsemaní, el Santo Sepulcro, su virtud y ... Anne Marie.

--o0o---

Era extraño que alguien que no fuera su padre o el beduino o Anne Marie, se acercara a la reja de su clausura. Por eso, cuando vio al hombre cojo, buscó de inmediato entre sus recuerdos. El hombre lucía harapiento y enfermo, caminaba lento y encorvado, arrastrando su pierna derecha como una carga ancestral. Se sostenía de una vara curva que asía con ambas manos, de cuya base brotaban delgadas ramas con incipientes hojas. Su capucha y toga lo asemejaban a un monje franciscano. Aunque no podía serlo dada la controversia que los benedictinos sostenían desde hacía años con esa congregación.

El cojo se acercó y lo llamo por su rango y nombre:
 
-¡Maestre Antonio!

Hacía tiempo que nadie lo llamaba así. Imaginó que era un templario aliado de luchas pasadas, pero el hombre mismo desairó esa idea.
 
-Me han mandado –dijo- para que sanes mi conciencia de pecados. ¿Cuál es mi pecado?
 
-¿Quién te ha enviado? –Replicó Savino con rostro incongruente.
 
-Alguien que bien te conoce.

Savino dio dos pasos hacia atrás mientras la imagen del mendigo se erguía y se ponía en posición firme y victoriosa tras la reja. La capucha impidió que viera su rostro.
 
-¿Cuál es mi pecado? –Repitió el mendigo en tono compasivo. Luego de un silencio, agrego:
 
- Tú mismo descubrirás lo que se te pide.

Savino cayó de rodillas y comenzó a tiritar como si un frío congelante desde dentro, le blanqueara la piel. El hombre erguido frente a la reja volvió a la postura de su deformación, y se alejó diciendo frases en un perfecto latín.

Esa noche, todavía turbado, rezó por horas encomendando el alma del mendigo a Dios. Luego, conciente de las felonías de su encierro, se laceró de manera feroz. Mas tarde, en medio de la oscuridad, dolorido y exhausto; todavía trémulo, presintió que su misión se asemejaba al cáliz de Cristo, y no le sería apartada.

Los años que siguieron fortalecieron el quebrantado espíritu de Savino. Anne Marie ya no se paseaba desnuda por su celda, y en cambio, su imagen, era la de los días en que ambos departían con elocuencia mientras andaban con lentitud por los jardines del barrio cristiano en Jerusalén. También el alma del beduino y la de su padre habían sido liberadas de su obsesión. Otras imágenes reemplazaban ahora a las anteriores. Sus ángeles, susurraban que poseía un don; sus demonios, aseguraban que estaba desquiciado.

       Capitulo III: La prostituta impura.


         “
Entonces vino uno de los siete Ángeles que tienen los siete cálices y se dirigió a mí diciendo: Ven y te mostraré el juicio de la gran prostituta que está sentada sobre grandes aguas, con ella fornicaron los reyes de la tierra, y los habitantes de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución. Y me llevó al desierto, en espíritu. Y vi una mujer sentada sobre una Bestia escarlata, cubierta de nombres blasfemos, con siete cabezas y diez cuernos. Vestida la mujer de púrpura y escarlata, refulgente de oro, gemas y perlas; tenía en la mano una copa de oro, llena de las impurezas de su prostitución.”
Apocalipsis, 17, 1-3.

    El verano de 1280 embistió con inusitada alevosía. Desde finales del mes de mayo no se registraban precipitaciones en toda Europa. La inclemencia del sol  desnudaba la tierra, la injuriaba mostrando sus entrañas. En Roma, la escasez de agua sumaba a la sed la hambruna, y ese aletargado sopor que ansía la muerte.  Multitudes se agolpaban en las inmediaciones de los monasterios, iglesias y palacios para debatirse los desperdicios revueltos de suciedad. Decenas morían dentro de sus casas y en las calles. Dos veces al día, con el fin de evitar las plagas, en cumplimiento de un edicto papal, un carromato recorría las calles y recogía los cuerpos para trasladarlos a un osario común. Sacerdotes jóvenes se encargaban de bendecir las almas e impartir consuelo a las familias. Algunos rumores sugerían que las fosas eran visitadas por los menesterosos al caer la noche para alimentarse de los cadáveres en estado de putrefacción. El aire viciado y hediondo de Roma producía náuseas. Un céfiro polvoriento que parecía moverse en círculos sin solución de continuidad, esparcía la fetidez sin distinción de linaje. En el Vaticano, Nicolás III, primer Papa en habitarlo, enfatizaba, pese a tantos males, la atención en los jardines que por dos años había cultivado con esmerado orgullo. Una carreta con dos toneles de roble y tres seglares, traía desde el Tíber, varias veces al día, el líquido vital que requerían sus plantaciones.

Las ideas de renovar moralmente al clero habían fracasado. Las reformas Gregorianas en pos de que la Iglesia se liberara de los poderes temporales, parecía haber sucumbido ante una seguidilla de Papas simoníacos. El tráfico de dignidades eclesiásticas; como la venta de obispados y abadías, que en muchos casos incluían importantes bienes materiales, convertía a sus nuevos señores en personas sumamente influyentes. El nepotismo era uno de los peores males. El feudo era una gran propiedad formada por tierras de cultivos, bosques y pastos, donde sus dueños, nobles o eclesiásticos, eran soberanos absolutos de quienes lo habitasen.

Las tierras eran concedidas por el rey o por el Papa en compensación por servicios diversos. Entre ellos: los militares; a cambio: un juramento de fidelidad. En la disputa por rescatar a la Iglesia de su prostitución, se enrolaban los benedictinos de Roma y Cluny, contra las ordenes mendicantes de franciscanos y dominicos, inclinados por la prebenda y el afán temporal de poseer bienes y poder. En el medio de la disputa, los templarios, los soldados de Cristo.

Jean Garland había prestado importantes servicios al poder civil en su condición de inquisidor, librando a la corona y al Papa de ingentes enemigos. Nombrado obispo de Sens por tales servicios, buscaba usurpar las riquezas templarias y diezmar el enorme poder que atesoraba la orden templaria. Aunque a Garland no le bastaba solamente eso; en él, había una furia visceral que clamaba venganza.

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Un cuarto de siglo antes, Garland, entonces Pierre Lefevre, como tantos otros campesinos con afán de gloria  e ilustración, habíase enrolado en la VII Cruza para recuperar Jerusalén del poder de los musulmanes. La intención era pelear en favor de la Fe y de Luis IX, y ser admitido, luego, como  aspirante a caballero de la Orden del Temple; paso indispensable para un seguro ascenso social. Pero la Cruzada desde su inicio había naufragado en el fracaso. Después de capturar Damietta, doscientos noventa caballeros templarios y otros tantos cruzados, fueron emboscados en Mansourah; sólo cinco Caballeros Templarios, con heridas diversas, sobrevivieron. Mientras, un único cruzado, Pierre Lefevre, arrancado de su vestimenta para evitar ser reconocido como tal, regresaba en cobarde desnudez, ileso.

Lefevre fue juzgado por una improvisada corte y condenado a cincuenta latigazos con más la afrenta de ser devuelto a Europa con el emblema de los desertores. Partió rumbo a Baifa con algunos cristianos peregrinos y una escolta de caballeros al mando del maestre Urbano Lugres. Con ellos marchaba Jean Garland, un diácono dominico que por cinco años había prestado en Jerusalén, honorables servicios al emperador y al Papa. A escasos veinte kilómetros de Baifa, a media mañana del segundo día, una horda beduina redujo la custodia templaria.

En el primer carruaje, junto a Lefevre y Garland  , viajaba también una mujer. Varios árabes se aproximaron con cautela, y viendo a la mujer cristiana, de inmediato la abusaron sin misericordia al costado del camino, profiriéndole insultos y golpes. Garland fue decapitado ni bien intentó evitar el ultraje.

Mientras la cabeza de Garland era aporreada al son de chillidos y risas nerviosas de los unos y de los otros que en tanto empalaban y martirizaban a los templarios, Urbano Lugres era atravesado por una lanza. Aunque Lugres murió por un certero golpe bajo su nuca que dejó su cabeza tiesa  incrustada entre sus costillas.  Lefevre, seguro de su destino, pudo huir en un corcel -para su fortuna-, dejando tras de sí la muerte, al igual que lo había hecho en Mansourah. El terror lo mantuvo al galope hasta que al fin supo que nadie lo seguía. Entonces se apartó del camino de los peregrinos y se ocultó hasta sentirse plenamente a salvo. Poco tiempo tardó Lefevre en urdir su plan; cambiaría su identidad con Jean Garland y con ella su sino.

Al anochecer, retornó al sitio de la emboscada. Apenas una débil columna de humo se elevaba desde uno de los carruajes y pronto la brisa la iba disipando. El otro carruaje no estaba. Los cuerpos yacían desparramados por el camino. Jean Garland se encontraba de espaldas y delante de sus hombros, donde debía estar su cabeza, una enorme aureola guinda teñía la arenisca. Giró el rígido cadáver y extrajo de él sus papeles. Lo despojó de sus ropas. Luego se quitó las propias y vistió con ellas el cadáver de Garland. Finalmente se puso las que éste traía. A pocos pasos halló su cabeza; a golpes de sable comenzó la morbosa tarea de hacerla irreconocible. Luego se marchó.

Pierre Lefevre murió ese día dentro de Pierre Lefevre. En la arenisca del camino de los peregrinos quedaba su cuerpo; también su alma. Había traspuesto toda frontera. Manchado por la secreción inmunda de su cobardía, tendría una larga vida para odiarse y abominar de la Fe y la honorabilidad. Sumergido entonces en el insondable infierno de su conciencia vil, descendería todavía más... para disputarle al mismísimo demonio, el poder de su reino.

Jean Garland, Pierre Lefevre en realidad, arribó a Francia después de largos años de servicios distinguidos en la ciudad santa. Tenía heridas de consideración en su cara y algunas laceraciones en el cuerpo. Por años se rehusó a recibir a los antiguos conocidos recluyéndose en un monasterio dominico.  Allí aprendería los oficios eclesiásticos y se haría conocedor de los intricados laberintos del poder.

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Afuera la hediondez era insufrible. Como nunca los romanos ansiaban una celestial lluvia que lavara las calles y los urinales de excrementos. La antesala de la oficina papal olía a azares e incienso. Garland se anunció y debió aguardar breves momentos. Desde donde estaba se apreciaba el deteriorado esplendor romano de la Iglesia de San Pedro; pero más allá, el verde fulgurante de los jardines oteaba con indiferencia la seca e irradiaba nuevos esplendores.  Lo hicieron entrar. El despacho de Nicolás III era brillo y ostentación. La riqueza de la familia Orsini, que había ofrendado tres papas a la cristiandad, era incalculable. Garland no podría tentar a ese Papa, ni a ninguno de sus cardenales venidos a señores feudales, con bienes que a ellos le sobraban y a él sí le hacían falta; entonces fue directo. Contó con minuciosidad al Papa y a sus asistentes sobre el plan que urdían en su contra los caballeros de la Orden del Templo de Salomón. Dijo que este plan lo conocía por haber convivido junto a ellos durante cinco largos años en Tierra Santa. Los templarios, que desde aquellos tiempos habían acrecentado su poder, eran ahora prestamistas de los reyes de Francia y de Aragón. Con tal influencia y poder, impondrían con elevada probabilidad de éxito, al próximo sucesor al trono de Pedro. Si un templario llegaba al Vaticano, las ordenes mendicantes –sustento de la riqueza vaticana- serían disueltas. Era imperioso actuar con celeridad. Si Francia se aliaba a los templarios, la suerte estaría echada. Francia debía ver que los templarios eran una amenaza a su propia integridad. Sicilia era la clave. Debía incitarse una rebelión campesina contra Carlos de Anjou y culpar de ello a los templarios. No sería difícil. Carlos de Anjou, Rey de las dos Sicilias, había desplazado a muchos terratenientes Sicilianos para entregar sus feudos a sus seguidores franceses; los sicilianos lo odiaban. Pedro III de Aragón, que reclamaba el trono Siciliano por herencia de su esposa Constanza, hija de Manfredo, colaboraría en la cruzada contra los franceses. De desatarse una guerra entre Francia y Aragón y una persecución contra los caballeros de la orden, el Vaticano se beneficiaría con la extensión de sus dominios y con el fin de la amenaza templaria.

No hubo respuestas inmediatas. Jean Garland ignoraba que a Nicolás III le quedaban pocos días de pontificado y que ya tenía un sucesor. En agosto de ese año de 1280, Nicolás III fue encontrado muerto en un sillón, frente a un ventanal con vista a los jardines. Su sucesor, Martín IV, de inmediato mandó buscar a Garland. Tiene amplios poderes para llevar a los templarios a la hoguera –le dijo.

     Capitulo IV: Bulas de holocausto.

“... sólo sombras que al sol vitorean el nombre de María, y en las tinieblas de la noche, en el limbo de su sordidez, la escaldan y violan, abreviándola al tamaño de sus instintos viles; de sus bulas de holocausto.”

Para cuando los enjuiciados llegaron a Sens, Garland estaba al tanto de los sucesos del monasterio, y había recabado otros testimonios que hablaban de un estado de exaltación del espíritu ante la presencia de Savino. Conocía también que Chirreéis, aceptado por la autoridad del Gran Maestre, había solicitado destino en el diminuto poblado de Ars.

La decisión de Chirreéis había causado gran conmoción en el Vaticano. El joven, heredero de gran fortuna y tierras, había despreciado la suntuosidad vaticana para sepultarse en un remoto paraje de Francia. Garland, sumido en la ira y sospechando un acto de hechicería, solicitó al Papa que Chirreéis se presentara en Sens como testigo de la Santa Inquisición.

El pedido de Garland llegó a manos de Perilli. Al momento de recibirlo, fue a los aposentos de su santidad. Era suficiente, debía detenerse a Garland de inmediato. Ya era incierto el destino de Savino y era inhumana la matanza en masa de los templarios; “no estoy dispuesto a permitir que lo mismo suceda con el joven Chirreéis” –le dijo Perilli al Papa. Éste se ofuscó: “¿Qué es lo que no está dispuesto a permitir usted Perilli? ¿Acaso cree tener la autoridad para decirme lo que debo hacer? El obispo Garland se encuentra cumpliendo una misión encomendada por mí. ¡No interfiera en sus actividades!” –bramó. Perilli se retiró apesadumbrado, todo el poder temporal de la iglesia se había encolumnado en una cruzada dentro de su propio seno. Si quién ostentaba la representación de Cristo en la tierra, en su nombre, favorecía a los demonios, todo estaba perdido; su propia vida estaba en peligro. Preso del temor, escribió la orden que obligaba a Chirreéis ir a Sens.

Era de madrugada cuando Perilli finalizo dos misivas que Chirreéis y Savino jamás recibirían. Les imploraba su perdón; a Savino especialmente encomendaba su alma. Luego, arrancó los cordeles de los suntuosos paños de su habitación, amarró un extremo al enorme candil del techo, y con el otro hizo un lazo que deslizó hasta su cuello. Toda su vida la había consagrado con devoción a la Fe; había cuidado el templo de Dios: su espíritu y su cuerpo. Dios no estaba ahora allí. Tampoco en las hogazas de pan ni el fruto de la vid. Cristo hubiera echado del templo a los indecorosos que en su nombre las ofrendaban. Con violencia empujó la silla donde se encontraba de pie y quedó suspendido en el aire. Al cabo de unos momentos, el crucifijo que había entre sus manos, cayó al suelo haciéndose mil pedazos.

Chirreéis llegó a pie a París cuatro días después de la tumultuosa incineración. Aún se encontraban allí los restos de las piras como testimonio. Un hedor fétido a carne podrida hacía el aire irrespirable. El fuego no lo consumía todo. Varias veces el hedor le provocó vómitos. El espectáculo era estremecedor; más consternador incluso que cualquier historia que hubiera llegado hasta sus oídos. Sin embargo, los gentíos deambulaban por las inmediaciones con rostros morbosamente viles; indiferentes a la danza que ofrecían los cuerpos mutilados mecidos por el viento. Entonces recordó las palabras de Savino: “Fuimos creados a semejanza de Dios en cuerpo y espíritu; con dominio sobre las tentaciones; con discernimiento acerca del bien que debe hacerse y del mal que debe evitarse. El mal gana los espíritus que ceden a la tentación; el mal no respeta linaje ni consagración. La pura semejanza a Dios, infectada por el mal, se envilece y se torna sedienta; aunque es tan irresistible la sed por el bien, como la sed por el mal. Dios ve en el reflejo de cada alma, cómo ha sido saciada la sed.” Dolientes mujeres, sin embargo, gemían a distancia prudente en espera de coger los restos de sus seres queridos; en sus rostros piadosos, se reflejaba Dios.

Al atardecer solicitó asilo nocturno en una abadía dominica de las afueras de París. Lo alojaron en uno de los pisos altos del enorme y antiguo edificio. Exhausto por la travesía y asqueado por las imágenes, se echó sobre el jergón; al cabo de unos momentos, dormía.

La noche era avanzada cuando se incorporó de sobresalto sin una razón. Una luna brillante, junto con la luz y el bullicio de la ciudad, se mentían por la diminuta claraboya de su celda. Las imágenes de esa tarde le rondaban provocándole náuseas y terror. Nadie estaba a salvo de  la terrible tempestad que asolaba a la iglesia. Deambuló por unos momentos dentro de su diminuto claustro; luego, próximo a la claraboya, oró.

Unas voces que venían del borde de la explanada por donde los matorrales y la negrura no dejaban ver, lo interrumpieron. Dos figuras emergieron de la oscuridad rumbo a la galería que conducía al portón de entrada. Con sigilo quitó el madero que trababa la puerta; y apoyando sus espaldas contra la pared de piedra, se dirigió por el pasillo hacia un faldón desde donde se veía el piso inferior. Una joven y harapienta mujer masticando un trozo de pan, seguía a un monje que asía un candelabro; se dirigían por la gradería hacia donde él se encontraba. Chirreéis se deslizó a un hueco con saliente que lo puso a resguardo de la penumbra del candil; pasaron frente a él, el monje y la mujer con su hogaza de pan. La luz se fue opacando a medida que avanzaron por el pasillo hasta quedar éste sumido en una completa oscuridad. Al cabo de un instante, la luz volvió profanando las profundidades del corredor hasta que la figura del monje se corporizó en soledad. Alejado el monje, Chirreéis se adentró en el pasillo hasta dar con un muro que parecía sellarlo. Palmo a palmo recorrió la pared. Una piedra estaba suelta, detrás de la piedra, había una cuerda; la jaló. Parte del muro se deslizó dejando una abertura del tamaño de una persona. Entró. Bajó por unas escaleras tenuemente iluminadas por la luz de una antorcha al final. A la derecha, otra escalera descendía otros tantos metros. A ambos lados los muros de la abadía transpiraban su agonía. El bullicio de voces le recordó las vilezas gentiles parisinas. Echado de bruces donde moría la segunda escala, una terraza le permitía observar sin ser visto. Más abajo había una treintena de monjes desnudos; sobre un breve pedestal, una figura obesa conservaba sus ropas y observaba con regodeo la sodomía, mientras tocaba sus genitales. El cobrizo y enmarañado cabello de la mujer caía sobre sus pechos turgentes mientras se contorsionaba y gemía. Varios la rodeaban frotando y lamiendo sus partes íntimas. Chirreéis se asqueó. Preso del terror subió las escaleras rumbo a la salida. Atravesó la pequeña abertura y corrió por el pasillo iluminado por la penumbra de aquel infierno. Se metió en su celda y trabó la puerta con el madero.

Ni bien el celeste del alba tiñó el horizonte, tomó sus breves pertenencias, y se marchó. Para el mediodía estaba sobradamente lejos de la abadía como para concederse la serenidad. Sin embargo, una inquietud lo mantenía en vilo: la puerta al abismo...; la puerta al abismo... estaba abierta.

A media tarde llegó a Sens y fue alojado en una habitación del edificio administrativo de la diócesis. Estaba hambriento; pero mucho más, exhausto. Durmió hasta que alguien lo despertó al día siguiente muy temprano. Un sacerdote le entregó ropas limpias y le comunicó que el obispo lo recibiría de inmediato. Lo condujeron a través de un hermoso jardín a una edificación no muy alta. Las puertas se abrieron y una figura con sus manos juntas abrazando un pesado vientre lo aguardaba dentro con sarcástica mirada. Chirreéis empalideció al ver frente a sí al hombre obeso de la abadía.

- ¿Pasó buena noche en mi abadía? –Preguntó Garland conociendo con antelación la respuesta. A Chirreéis le vino un temblor que Garland percibió.

– Si –contestó balbuceante.
- ¿Sabe por qué ha sido llamado? - Me han dicho que solicitan mi testimonio.
- Así es. Debe prestar testimonio respecto de la influencia que maestre Savino ha ejercido sobre usted; sospechamos un acto de hechicería. ¿Conoce los procedimientos, alcances y facultades de la Santa Inquisición?
- Si –respondió titubeante Chirreéis.
- ¿Y está consciente del castigo que recibe la mendacidad?
- Si.
- ¡Bien! -Exclamó Garland con ironía- Hoy por la tarde iniciaremos el interrogatorio.

Junto a Garland estaba Juliano Piña y tres clérigos franciscanos; todos sobre un púlpito tras una larga mesa de caoba. Le hicieron decir el juramento sobre los cuatro evangelios, y aceptar y someterse pacíficamente a las normas de la inquisición.

Juliano Piña habló: -El perjurio resulta una ofensa enorme a este Tribunal. Si brinda testimonio en favor del herético, puede ser considerado consecuente con la herejía y cómplice del herético. Siendo así, este Tribunal se verá obligado a acusarlo de hereje. ¿Está dispuesto a que comencemos?

Chirreéis contestó con un ademán de cabeza. Poco tardó en darse cuenta de la trampa: la única manera de salir indemne de allí, era testimoniar en contra de Savino; de lo contrario, seguiría su suerte.

-¿Fue usted el asistente del monje templario Savino mientras éste fue alojado en el Vaticano?
-Si.
-¿Durante ese tiempo mantuvo conversaciones espirituales con el monje Savino?
-Si.
-¿En alguna instancia el monje Savino posó sus manos sobre usted?
-Si.
-Cuándo este suceso ocurrió, ¿percibió usted alguna reacción extranatural en su cuerpo o en su espíritu?
-Si.
-El maestre Savino indujo en usted un sentimiento de reproche hacia la autoridad pontificia?
-No.
-¿Niega que su decisión de apartarse de sus quehaceres vaticanos no fuera por influencia del maestre Savino?
-Sí.
-¿Niega lo que es evidente? ¡Su cambio de actitud ocurre al tiempo de su relación con el maestre Savino!
-No fue el maestre Savino quien obró en mí.
-Si no fue Savino, ¿quién fue?
-Fue Cristo.
-¡Pudiera haber sido el diablo!
-No fue el diablo.
-¿Y por qué está tan seguro?
-Porque mi espíritu sólo tiene sed de bien.
-¿Manifiesta usted que el maestre Savino se arroga el poder de Cristo sobre la tierra? –Inquirió Garland.
-El maestre Savino no es quien lo dice.
-¿Usted es quien lo cree y lo dice?
-Si.
-¡Hereje! -Aulló Garland- ¡¡Hereje!! ¡El único que ostenta ese poder es su santidad el Papa! -Aulló con mayor vehemencia aún-. ¡Llévenselo!

Para Garland era lo mismo. Tenía suficientes testimonios para culpar a Savino de sublevarse contra el orden eclesiástico, y ahora, también lo tenía a Chirreéis.

Por tres días Chirreéis fue empicotado frente a la iglesia con la cabeza calva y sus manos atadas. Luego fue engrillado a los muros del sótano y hambreado. Junto con él había una docena de templarios. Entre ellos, en semiinconsciencia; con las cavidades oculares vaciadas, el maestre Antonio Savino.

         Capitulo V: De tinieblas, crepúsculos y reflejos.


¿Dónde están los que conocieron a Cristo? Ellos esperan el final del crepúsculo de después de la muerte, junto a los virtuosos de antes de su tiempo; junto a los que observaron actos de justicia, prudencia, fortaleza y templanza, sin ser sacramentados. Al purgatorio no se accede desde las tinieblas; no hay más luz en el purgatorio que el reflejo de quienes vivieron en Cristo. Cuando el amargo fruto de aquellos que lo desafiaron se pudra en sus entrañas, la muerte, oscura y eterna, se abatirá  sobre ellos.

La carreta de heno avanzó a los tumbos por la rue du Cherche-Midi, había pavor en los templarios que marchaban junto a Savino porque presumían su destino. El hedor de las incineraciones reverberaba como un eco de aullidos de pánico y dolor. Al fin llegaron y fueron conducidos a las tinieblas en la entraña misma de la tierra, a los confines de la abadía. Allí permanecieron, estacados y hambreados, hasta el día del juicio.

Luego vinieron por Savino. Tras la mesa de caoba estaba Garland secundado por Juliano Piña y tres franciscanos. El juicio sería sumario; Garland ya lo había condenado desde su odio visceral a los templarios y la inasible sed por vengar la ofrenda cometida a Pierre Lefevre.

Aquella carta que Savino escribiera al Papa relataba su historia; un secreto que Pierre Lefevre, hoy obispo Garland, pensó sólo de él. Ese hombre escuálido e indefenso, casi ciego, sabía la verdad; verdad que Garland había transformado en blasfemia ante los ojos de Perilli y el mismísimo Papa; y que, de conocerla Chirreéis, se incineraría también con él.

-¿Tiene usted dones? –Preguntó Garland.
-No poseo más dones que el conocimiento de la revelación –contestó Savino sin dirigirle la mirada.
-¿Y en qué consisten esos dones dados por la revelación?
-El hombre ha sido creado a semejanza de Dios, y cuánto más se aleja de Dios por obra del pecado, menos se le parece; puedo ver como obra el pecado en otros, porque veo las formas atroces que moldea el pecado en sus cuerpos.

Hubo un silencio y Garland se puso de pie; caminó hasta donde estaba Savino, de rodillas, bajo su túnica blanca bordada con la cruz de ocho puntas...

-¿Y cómo me ve a mí? –Preguntó.
-Veo su cabeza en el camino de los peregrinos a Jerusalén y lo veo a usted sin ella. –respondió.

Los reunidos en el salón exclamaron horrorizados ante semejante injuria.
 
-Pero todos aquí pueden ver que llevo mi cabeza puesta; ¿no es así? –preguntó a los allí reunidos y la respuesta fue un si prolongado que se acompañaba de movimientos afirmativos de sus cabezas.

Garland deambuló con notable nerviosismo por el salón hasta que al fin se detuvo.
 
-¿Qué otra cosa ve? –Inquirió con un tono irónico que pretendió disimular su exaltación.
-No veo en usted el reflejo de Cristo, usted no es hombre de Dios.

Savino se negaba a describir lo que en realidad observaba en el cuerpo atroz de Garland. Aquellas dos cabezas que había observado en el despacho de Perilli, eran ahora más grandes que un puño y devoraban sus entrañas con depravado placer; los desnudos huesos de sus brazos y manos; y el hedor putrefacto de sus genitales alimentando a un enjambre de gusanos.
 
-¿Cuál es mi pecado? –Preguntó Garland.

Savino recordó aquella misma pregunta y noto el abismo que existía entre quienes se la habían formulado. Luego levantó su cabeza y miró a los allí reunidos; ni uno de los presentes merecía ser redimido; todo aquel que lo hubiere merecido estaría ahora de su lado, del lado de los acusados.

-Usted ha cometido pecados de carne y conciencia; ha tomado lo que por derecho no le corresponde; usted es dos personas y una única a la vez regocijándose en las llamas del infierno. Ha ... –Garland lo interrumpió temeroso de que revelara su secreto.
 
-¡Han oído! –gritó Garland- ¡¡Han oído!! –repitió enfáticamente.

Hubo un silencio condenatorio y varios de los presentes se arrodillaron y persignaron. Garland volvió a su sitial tras la mesa de caoba. El ánimo de los reunidos allí como testigos y el de los hermanos franciscanos, no ameritaba continuar con el juicio; Garland sabía además que Savino no pediría ni perdón ni clemencia, su suerte estaba sellada. Pero a él lo hostigaba la curiosidad, el cómo ese hombre conocía el suceso del camino de los peregrinos. Fue entonces que recordó a aquella mujer: Anne Marie de Maistre Fénelon, y cada instante de aquella noche en que descendiera a los infiernos. Al regresar al sitio de la emboscada, notó que el cuerpo de la mujer no estaba, y que tampoco estaba uno de los carruajes; luego, cuando con el paso del tiempo se transformó en abad de París y tomó contacto con las posesiones que el Marqués de Maistre Fénelon había encargado a su antecesor: joyas y demás objetos entre los que había una pintura con un retrato del Marqués junto a su hija, hizo relación con su origen. Siempre creyó que aquella bella mujer había sido muerta o vendida en los mercados esclavistas de Ramalá; quizá no, quizá hubiere escapado o hubiere sido rescatada por algún templario. Quizá ese templario fuera Savino.
 
-¿Y cómo se ve a usted mismo? –Preguntó Garland con tono precavido.
-Nunca me he mirado a mí mismo –contestó Savino con una voz apenas audible.
-¿Y por qué no lo ha hecho? ¿Es que quizá hubiera descubierto su farsa?

Savino no contestó. La respuesta era que por miedo; que porque dudaba de su virtud. Tenía motivos de qué arrepentirse. Las morbosas noches de lujuria incontrolable junto al recuerdo de Anne Marie por las cuales purgaba continuas penas de hambre y laceración; o su inclemencia con el beduino aquel. Pero por sobre todas las cosas, se culpaba de la negación de su amor por Anne Marie, y se culpaba de su muerte. No le bastaba la profunda sensación de perdón que lo invadía al invocar su nombre; como si ella, desde algún sitio desde la eternidad misma, lo redimiera. Quería que fuese su voz, su tacto, su aroma...

Entonces Garland hizo algo que él no había previsto: mandó por un espejo. Savino nunca había osado verse a sí mismo frente a un espejo.

Dos lacayos pusieron frente a él un espejo que lo reflejaba entero. Savino permaneció con su cabeza gacha y sus ojos cerrados. Quizá fuera tiempo de la verdad, de preparar su alma para el viaje que iba a emprender; entonces fue levantando lentamente su cabeza, al tiempo que abría sus velados ojos.
 
-¿Qué ve usted ahora? –inquirió Garland dirigiéndose a las espaldas del acusado.
-Veo a un siervo de Dios –contestó con alivio Savino; y su rostro se relajó con una expresión profunda de paz. Detrás suyo el cuerpo atroz de Garland comenzó a reflejarse con todas y cada una de sus deformaciones a medida que tomaba ubicación a sus espaldas. Entonces Garland profirió un alarido de espanto al que le siguieron idénticas exclamaciones de cuanto presente estaba en dirección de observar la imagen monstruosa del espejo. Por unos instantes, hasta que éste se apartó del ángulo de reflejo, todos pudieron observar obnubilados la imagen pecaminosa de Garland. Fue entonces que Juliano Piña hablo por primera vez:
 
-¡Brujería! ¡Brujería! ¡¡Brujería!! –exclamó; y todos los presentes comenzaron a gritar ¡brujería! presos del terror y la incomprensión.
-¡Cubridle la cabeza al hechicero! –Ordenó Juliano Piña. Tal y cómo si con ese simple acto terrenal pudiera esfumarse todo maleficio.
-¡Arrancadle los ojos! –exclamó luego exaltado, al tiempo que dirigía su mirada a Garland en busca de que ratificara su orden. Garland, absorto, preso por el desconcierto, asqueado y envuelto de terror, hizo un ademán de consentimiento y se retiró tambaleante.

Savino fue conducido a su sitio de reclusión; lo encadenaron y amordazaron. De la fragua trajeron un hierro candente. Alguien lo tomó de su cabellera sin que él se resistiera. Había paz en su alma y podía oler el aroma de Anne Marie como si estuviese a su lado; tal y como la viese y oliese junto a él al mirarse al espejo; entre ellos, aquella luz de virtuosa armonía.

Le clavaron el hierro en un ojo y este se evaporó junto con la carne y la piel que lo cubría hasta el hueso de su órbita; movieron en círculos el metal incandescente para perfeccionar la obra. De igual modo procedieron con el otro. Savino se retorció de dolor hasta que la conciencia lo abandonó.

       Capitulo VI: De los hombres sin reflejo.

No se detiene Cristo donde reside el mal, ni habita donde en vano se lo menciona. Hombres sin su reflejo se arrogan en su nombre y consagran a hombres que tampoco lo representan. Dícese: “esta es la casa de Cristo”, pero Cristo no está en esa casa ni en quién lo dice. Cristo está en las virtudes de quienes en él se reflejan; en todo sitio y lugar.


        
El día era esplendoroso, radiante. “Dios existe” – pensó Garland esbozando una sonrisa sarcástica.
 
-Todo está listo señor –dijo Juliano Piña.

Frente a él, más abajo, una multitud aullaba mórbida por el comienzo de las incineraciones.

Savino y Chirreéis se encontraban estacados sobre una pira de leña junto a otros diez templarios.

“Nuestra  Señora  nos  mostró  un gran fuego  que parecía provenir del centro de la   tierra.”  Comenzó diciendo Garland. “Sumergidos en esa hoguera los demonios y las almas de los condenados, como brasas transparentes, negras o bronceadas; con su forma humana contorsionada bajo el poder purificador del fuego; llevados por las llamas que de ellos se desprende hacia todos lados como pavesas al garete sin equilibrio ni peso; entre gritos de dolor y gemidos desesperados que horrorizan y estremecen, los demonios se distinguen por sus formas horribles y asquerosas de animales desconocidos y espantosos que se ennegrecen y transparentan. Disuelto el mal, la ceniza es devuelta al reino de Dios.” -Concluyó.

Piña ordenó que encendieran las piras.

Savino rezó por el alma de los tullidos que se habían reunido para la cruel ceremonia de su incineración. Recordó cada palabra del hombre cojo y la revelación que en la noche de su visita había tenido sobre este día. Su labor estaba cumplida, la semilla había sido sembrada, estaba en paz.

La nueva Iglesia de los reflejados en Cristo; de los hombres asemejados a Dios, crecería y se expandiría sobre la faz de la tierra a la espera de su venida. “La fe es más poderosa que el más poderoso de los ejércitos; porque la fe libra su batalla en el alma de los combatientes, dándoles valor o debilitándolos”.

En minutos los doce cuerpos se evaporaron entre aullidos y risas morbosas. No hubo gritos ni gemidos desesperados;  todos, incluso Garland, abandonaron la plaza descontentos por el espectáculo.

-¡Eso es todo! ¡¡Es todo!! –Gritó Garland desafiante y rió con fuerza por su victoria sobre un Dios ausente.

Al día siguiente, Garland recibió un escueto parte de noticias mientras aún se encontraba en sus aposentos.

Once monjes de un monasterio en las afueras de París habían pedido ser trasladados a Ars. Otros tantos de otros monasterios imitaban su actitud; y aquí mismo, varios solicitaban ser trasladados.

Por las calles de París los rumores eran que el linaje de los benditos por Cristo en Pentecostés se había quebrantado en los primeros siglos de la cristiandad; que el genuino reflejo de Cristo era un nuevo comenzar.

Garland dio poca importancia a esos rumores; con Cristo o sin él, la Iglesia ostentaba el suficiente poder terrenal como para imponer sus dictados. Su influencia como clérigo era tal, que bien podía darse el lujo de soñar con el pontificado. Profetas existieron siempre; también quienes sacan provecho de una verba docta. Tampoco le preocupaba el éxodo de monjes de poco rango; ya llegaría el tiempo de denostarlos, de enjuiciarlos o enviarlos a la hoguera, si fuere necesario.

Un asistente se acercó con un espejo luego de que otro terminó de arroparlo y acomodarle su peluca. Su imagen en el espejo no distaba de aquella otra del sí mismo con la que había convivido durante tantos, tantos años.


Nota del autor:
Es esta tal vez mi primera aproximación a la novela. "El reflejo del maestre" pudiera catalogarse de "híbrido". 
He invertido muchas horas de investigación en él con el objeto de entregar al lector, junto con la ficción, mojones de la historia.
Al arribar al final, tuve cierta impresión de haber alcanzado un pequeño logro; un paso más de mi aprendizaje literario.
El final fue algo que me insumió gran tiempo. Esta historia debía terminar esperanzadamente y no estrictamente bien. Es la lectura que hago de la realidad y que he pretendido transmitir. Según creo, el legado de Cristo es la esperanza. Cada tanto él nos envía un ángel para que sigamos creyendo en ella. Todo lo demás, es cuestión de los hombres.
Marcelo D. Ferrer
 
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