Marcelo D. Ferrer
(Se autoriza su reenvío con mención precisa de la fuente. Fuente:
Marcelo D. Ferrer, http://www.marcelodferrer.com.ar)
El pasajero
Por Marcelo D. Ferrer (*)
Descendí del taxi. La construcción en esa esquina me devolvió de un
viaje con dual presente, de avenida Rossemary a la antigua botica sobre
la empedrada calle Garay, bajo la cual se yergue la estación Tortkings
de la línea "B" del metro.
Todo se endereza a mi rutina de sábado. La misma que cumplo, incluso
desde antes de ocupar el puesto vacante tras fallecer papá.
Salido de allí, camino tres cuadras hasta el subte en avenida
Rossemary. Y antes de que el aroma viciado y grasiento de la estación
Victoria golpee mi cara, pido al canillita apostado en la escalinata,
un periódico.
El canillita ha ido mutando su fisonomía al ritmo contrario de los
cambios habidos en la avenida Rossemary. El anciano, ya no vocea las
noticias como lo hacía según lo recuerdo de niño cuando vendía a
papá su periódico; ahora, sólo espera apostado en la puerta del
subterráneo y los vende en la medida de que alguien se los pida.
Llamó mi atención que hoy no estuviese; su ausencia, fragmentaba la
monotonía sesgándola de imprevisibilidad.
Soy una persona metódica hasta un extremo inconciliable con la
normalidad. Actitud que heredé de papá. En alguna medida, el
cumplimiento estricto de mi rutina, me da seguridad; esa sensación de
que las cosas marchan conforme lo predecible, confirmándose, a medida
de su paso, con sucesos más o menos invariables: mi llegada puntual al
trabajo, el sonido seco del reloj imprimiendo mi tarjeta de asistencia,
la presencia del guardia verificando el acceso de los vehículos y la
monótona tarea de controlar las agujas de un manómetro de apariencia
imperturbable. Así soy y a eso contribuyen también mis silencios. Al
igual de los que se hacen en el transcurso de un viaje corto en
compañía de desconocidos, porque lo circunstancial convierte en
efímeras las palabras.
Comprenderán ahora mi decepción al no verlo. Así fue que quedé
inmóvil, aguardándolo por unos momentos infinitos, deambulando
pensamientos, aún a riesgo de perder el arribo del tren de las 18:07.
"La estación Victoria tendría un aspecto desolado; circunstancia
que habría llamado poderosamente su atención. Los días sábados a
esa hora, son miles los que ascienden y descienden de los vagones del
metro rumbo y desde el centro de la ciudad. Empleados, turistas,
personas con paquetes o bien arregladas para un paseo nocturno. "
"Lo inhabitual de público, perfectamente le hubiera permitido
desplegar el periódico bajo su brazo y comenzar con su lectura sin que
los tocamientos y empujones normales de la hora lo interrumpiesen. Sin
embargo, aguardó para hacer lo que siempre hacía. Es Así que lo
mantuvo doblado en tres partes perfectamente iguales, bajo su brazo
izquierdo."
"No era un hecho menor este de ponerlo bajo su brazo izquierdo, al
ser diestro, liberaba su mano más hábil para los vaivenes del
trayecto."
"Avanzó y quedó inmóvil en el punto sobre el que siempre se
detenía cuando estaba en el andén..., aguardando la llegada del tren
de las 18.07..., con su vista perpendicular a las vías. Tras una
demora de apenas segundos, la formación se habría detenido frente a
él."
"Jamás abordaría el primer vagón de un tren. Una regla que
adquirió de su padre por simple observación. Tan arraigada estaba esa
norma en su subconsciente, que su ubicación sobre la plataforma era
estratégica. De modo tal, a veces errando por escasos centímetros,
aplicando su estrategia, siempre le quedaba frente a sí, la puerta
abierta del segundo vagón. Esa técnica le permitía no pensar
demasiado."
"Pero este día, para cuando el tren se detuvo en la estación
Independencia, siguiente a la estación Victoria, se habría dado
cuenta. Recordaba palmo a palmo los detalles del trayecto. La vista
desde el lugar donde se encontraba dentro de la formación, seguramente
no habría resistido otra conclusión; detrás de él, estaba el
conductor. "
"La secuencia de sucesos impredecibles habría puesto en ingravidez
su estómago. En primer lugar, la ausencia del canillita y la necesidad
de comprar su periódico en uno de los puestos sobre el andén; en
segundo, que estuviese en el lugar más indebido de un tren."
"Para cuando el convoy arribó a la estación Centenario,
antepenúltima de su recorrido, era el único ocupante del primer
vagón. Entonces la asfixia complementaría aquella angustia estomacal
a medida que la ingravidez se alongaba por su tráquea hasta la
garganta para expandirse por su cuello y contracturarle los hombros.
"
A decir verdad, habría algo de sórdido en la soledad de aquel vagón
amplificando el eco de los sonidos hasta el ensordecimiento. Sumado a
ello, el deambular de formas avanzando entre los asientos con el sigilo
intermitente de la iluminación. Formas semejantes a las de ciertas
noches desveladas de reflejos, como intrusos escurriéndose a través
de las ventanas cerradas de mi dormitorio, para recorrer las paredes en
círculos, al ritmo del ronroneo de un motor.
Yo cerraba los ojos preso por el pánico e imaginaba que al abrirlos,
esas presencias etéreas me acecharían a los lados de mi cama. Mucho
más desgarradora era la sensación cuando coincidía con el movimiento
telúrico que provocaba el paso del subte bajo la calle Garay. En su
lugar, era un alivio descubrir la silueta de papá, con su rutinario
tazón de leche en sus manos y la consigna de desearme una buena noche.
En este momento, creo que cerré mis ojos también. Y al percibir el
semanario reposando bajo la axila de mi brazo izquierdo doblado en tres
partes perfectamente iguales, me tranquilicé. Pensé en la posibilidad
de desplegarlo y distraerme. Sin embargo, gozaba especialmente de ese
instante en que, una vez sentado en mi mesa de siempre en el bar del
Ruso, lo extendía, mientras una atmósfera con aroma a café torrado
me iba invadiendo al igual que el moderado y habitual bullicio de los
sábados; a papá le sucedía también.
"Al día siguiente la estación Tortkings estaba completamente
vacía. Sentí que mis pasos retumbaban más allá de la cavidad de los
túneles y concluí que así serían todas las estaciones los días
domingo. Un estruendo monstruoso comenzó a claquear sobre los rieles
de acero hasta que una formación emergió fantasmagórica desde la
oscuridad y prosiguió sin detenerse hacia el otro extremo de la
estación en la continuidad del túnel; las luces intermitentes de sus
vagones vacíos denunciaban un recorrido fuera de servicio."
"Papá no había vuelto a casa dado que el portón estaba con la
cadena y el candado."
"Salí de la sordidez subterránea de la estación Tortkings a mi
zona, mi barrio de siempre, compré el semanario Sundaypress para
esperar a papá en el bar del Ruso. Mi desasosiego se atenuó. "
El bar del Ruso es un clásico a diez cuadras a la redonda. Antes era
una botica. Todavía conserva aquella ornamentación de estantes en
madera de caoba que tanto me asombraba cuando era chico; por aquel
tiempo, rebosante de medicamentos. El Ruso simplemente amplió el
espacio entre los estantes y los colmó de botellas vacías de vino
ordinario y licores; inidentificables ahora por el polvo.
En frente, sobre la misma empedrada calle Garay, bajo la cual corre el
metro, está mi casa.
Al Ruso lo conozco desde chico; ni rivales ni amigos. El Ruso rara vez
salía de su casa; y cuando lo hacía, era para completar una venta de
jabones, peines y peinetas que con seguridad había iniciado su padre.
A través del tiempo construimos una relación de tolerancia; entre su
parquedad y mis silencios, no había intermediarios.
"Respiré profundo el aire del bar y desdoblé el semanario. El Ruso
se acercó profiriendo aquel sonido que significaba "hola". Repasó
la mesa con un trapo grasiento. Se sorprendió al verme fuera de mi
rutina de los sábados."
Lo suyo, era ni más ni menos que una sobreactuación, él sabía muy
bien lo que le diría yo; todos los sábados, a esa misma hora, en
compañía de papá, repetíamos la misma historia. Creo que era porque
el Ruso tenía muy impreso el rol de mozo; y aunque supiera cada
palabra que saldría de nuestra boca, actuaba su papel decorosamente.
"Me ahorré el saludo. -Ayer tuve que hacer; acabo de regresar.
-dije adivinando su extrañeza. --Café doble bien cargado, un vaso
de soda y un tostado."
"Se fue el Ruso y puse la atención en el Sundaypress. En minutos
estuvo mi orden sobre la mesa."
"Al pie de la primera plana estaba la noticia. En la página 9, un
cronista la desarrollaba."
"Por causas que se tratan de establecer, en el día de ayer, sábado,
aproximadamente a las 18:30, se produjo el descarrilamiento de una
formación de la línea 'B' entre las estaciones Centenario y
Tortkings. El accidente ocasionó el hecho luctuoso de la muerte de un
pasajero que aún no ha podido ser identificado."
"--Ayer, sábado. -Murmuré."
"Salí de ese lugar sin probar siquiera un sorbo de aquel café que
debió ser servido ayer."
"Atravesé el empedrado de la calle Garay y sobre el centro de su
calzada una enorme rejilla exhaló en mi cara el aliento del
subterráneo. Me detuve frente a la robusta puerta de molduras y
bronces que era mi casa. La cadena y el candado estaban tal y como
papá los había dejado la última vez al cerrarla con aquel ademán de
su brazo inmovilizado por apresar un periódico. El polvo era deponente
de que en el interior de la vivienda no había ni inquilino ni
propietario."
El aire viciado de la estación Victoria invadió mis fosas nasales y
regresé de mi abstracción. El canillita se disculpó por su tardanza.
-No importa -dije con un tono de profunda parquedad que había dejado
de sorprender al anciano. Me entregó el vespertino del día y lo
retuve en mi mano derecha. Descendí por las escaleras rumbo al anden y
allí lo arrojé a un cesto. La formación del tren de las 18.07 se
detuvo frente a mí ofreciéndome las puertas abiertas de su primer
vagón; justo, donde debían encontrarse las del segundo, de no haber
perdido su eficacia la estrategia de papá. Apenas una tonta
modificación en las marcas de frenado echaban por tierra un metodismo
de años.
Di varios pasos hacia atrás mientras aquel pasajero con un periódico
vespertino bajo su brazo izquierdo se ubicaba en el asiento donde
posiblemente se hubiera sentado papá. El tren se marchó rumbo a un
viaje corto en cuyo transcurso seguramente serían superfluas las
palabras.
Hace tiempo que cambié esta parte de mi rutina de los días sábado.
Llego hasta el andén, me ubico en el punto estratégico donde papá se
detuvo aquel fatídico día, retrocedo unos pasos, veo partir el tren
y emerjo hacia la avenida Rossemary para abordar el auto que me dejará
en la empedrada calle Garay, donde el bar del Ruso Petrov y la casa
donde vivía yo.
Tras el mostrador con molduras antiguas se expande la pesada
estantería de caoba repleta de botellas vacías de vino y licores
cubiertas por el polvo. El Ruso se acerca, me dice "hola" y repasa
la mesa con su trapo grasiento.
--Un café doble -digo yo.
--¿Un café doble? -repite el Ruso todavía no habituado al cambio.
--Un café doble -repito yo.
El Ruso se marcha arrastrando los pies y al rato regresa con el café.
--¿Qué día es hoy Ruso?
--¡Sábado! -dice él marcando su tono ante la evidencia de verme
allí con aquel viejo ejemplar del Sundaypress bajo mi brazo izquierdo.
--Hubo un accidente -le digo con una voz que emerge del pasado.
--Hoy, en la línea 'B' del subte. Alguien murió. Viajaba en el
primer vagón.
Es cuando el Ruso se esmera más por actuar bien su papel y dice:
--Creo que no, las copas no han dejado de chocarse entre si por toda la
tarde.
Luego, haciendo culto a su parquedad, se marcha a sus cosas.
FIN
(*) MARCELO D. FERRER nació en la ciudad de La Plata, provincia de
Buenos Aires, República Argentina. Es Contador Público y Licenciado
en Economía; Escritor, Poeta y Ensayista. Es miembro y ha presidido
diversas O.N.G. dedicadas a la educación y al servicio comunitario.