Inventario
Marcelo D.
Ferrer
Al cumplir cincuenta años,
a mitad de la travesía,
me sentaré junto al fuego.
He de hacer un inventario:
sumar créditos; restar débitos.
El saldo de encuentros y
desencuentros.
De amores eternos... De arrepentimientos.
Habré de revisar
mi idea de la vida:
si vale más una mirada introspectiva,
que una mirada
distante, mundana y altiva.
Si decir: "¡me pertenece!"
es mas placentero
que "le pertenezco".
Si un lugar en la tierra puede ser mi
universo.
Si el fuego de la hoguera,
me embriaga con aroma a
leños.
Al cumplir cincuenta años deseo no tener la mirada
resentida,
un abre manos incálido... o la voz partida.
Aspiro la mirada
de un niño explorando la vida.
El abrazo de un náufrago salvado de la
mar bravía.
Una voz clara, sin porfía.
Deseo ver a través de mis ojos a
aquel que fui,
dentro del que hoy me mira.
Y si alguna desdicha torciera
mis hombros
y volviera mi rostro hacia el pasado consumado,
ruego ser
magnánimo conmigo mismo
o con quienes me hubieren lastimado.
Porque el
tiempo, el lugar y las circunstancia son irrepetibles,
y porque el azar
se divierte a veces, siendo impredecible.
Al cumplir cincuenta
años,
Que mis mayores inventarios sean olores,
sabores
y colores.
Que sume risas y besos y caricias;
y momentos... y
rostros y lugares.
Y si las lágrimas, profundas o difusas,
tornaran a mi
mente con añeja carga de angustia,
que el recuerdo sea la sabiduría
por el
simple paso de la vida.
Con todo, al cumplir cincuenta años,
espero ganar
algunas partidas.
Sorprender a un pícaro en su picardía,
desnudar a un
mentiroso de su mentira.
Llegar primero a una despedida,
marcharme al
último de una bienvenida.
Aspiro a un lugar dentro de un tierno
corazón
y a unos labios dispuestos a la calidez del
amor.
Al fin, después de ese día,
atesoraré el valor para
continuar mi marchar
sin ninguna predestinación.
Marcharé a la espesura
que guarda mi horizonte,
improvisando entre el instinto y la
razón.
Permitiéndome equívocos mientras haya enmienda,
otorgando
indultos..., solicitando perdón.
Porque otro balance más serio se
acerca,
cuyo resultado es la mera sensación,
de haber andado el
camino con el alma,
indemne,
para la próxima ocasión.