Comparto con Uds, devotos de San José, esta entrada escrita por el
Padre Terzio en el blog ex orbe. Me pareció de tanta belleza y amor!
Para ver la ilustración a la que se refiere (y la entrada completa):
http://exorbe.blogspot.com.es/2010/03/sobre-las-manos-del-carpintero-y-otras.html
Dios los bendiga,
Sobre las manos del Carpintero y otras partes del Misterio
Tengo un gusto iconográfico muy tradicional, bastante fijo. San Pedro,
por ejemplo, como todo el mundo sabe, es calvo y con llaves; el
caballo de Santiago es blanco, la Magdalena lleva melena y llora, y
San José es más bien viejo, con canas y varita florida. Ita! No me
gustan las novelerías porque me distraen la devoción; si un artista
pinta o esculpe fuera de la tradición iconográfica de mi real gusto,
le excluyo para los restos sin marcha atrás. Y si hubiera Inquisición
vigente y corriente y yo estuviera de inquisidor censor iconográfico,
la fogata que iba a armar dejaba a Las Fallas en candelorio
anecdótico.
Pero yo iba a escribir de San José, no de Las Fallas; y especialmente
del San José de la estampa que pongo de ilustración, del que no sé el
autor, ni más detalles. Parece un dibujo, una sanguina, o algo por el
estilo. Me resultó dulcemente amable desde que lo ví en la portada de
un librito sobre el Patriraca, que me regaló un devoto. Después me
procuré una estampa, pero sin más señas sobre el dibujo. Deduzco de él
algunas cosas, sobre su autor-a; aunque su formato es más bien de
estampería, con remotos ecos del Raffaello y de Murillo, sin
pretensiones de gran arte, tiene esa ingenuidad certera de la
imaginería devocional popular, que atina muchas veces lo que el gran
arte malogra, quizá por un exceso en la pretensión. Pero tampoco voy a
eso, sino a otra cosa.
Me resulta facil hacer oración con imagen y con música de fondo; me
ayudan a componer las escenas del Evangelio, me conectan. No me son
imprescindibles, pero sí me ayudan. Esa imagen, por ejemplo, me sirve
porque me conmueve.
Tuvieron que pasar en Belén, o en Egipto, o en Nazareth, momentos,
escenas, como la del dibujo. Cuando el Verbo se hizo carne se hizo
también tacto, y olor, y oido, y sabor. Un dia el Niño supo que las
lágrimas saben saladas, que salen templadas de los ojos y se enfrían
mientras corren por las mejillas, y que pican en los ojos, como parece
representar ese dibujo. Y aprendió a reconocer el olor del Patriarca
José, y el tacto de sus manos, y de su barba, y de su ropa; el eco y
el tono de su voz, las expresiones de su cara, el brillo de sus ojos.
Me imagino el despertar de un sueño. Una mañana, con el Niño recien
recogido de su cuna, todavía envuelto en la mantilla, o los pañales.
José se ha acercado silencioso, despacio, con los ojos fijos en Jesús,
con los pensamientos mitad en la Gloria, mitad en el rostro del Niño -
¡su Niño! - que duerme, los ojos cerrados, los labios medio abiertos;
se inclina y le besa y lo recoge de la cuna. Y el niño abre los ojitos
y mira sin ver, sin despertar del todo, y sonrie, y se restriega los
ojos con las manitas.
Y el Patriarca le mira, sintiendo en sus manos duras de carpintero la
carne templada y suave del Hijo de Dios, que es su Hijo en encomienda,
el Hijo engendrado por el Espíritu en el seno virgen de su esposa,
María. El Mesías del Señor despertando en brazos de José, el artesano
de Nazareth, de la estirpe de David, de la tribu de Judá, en cuya casa
se van a cumplir, se están cupliendo, las promesas de Dios, los
oráculos de los Profetas. Y él, José, tiene y sostiene entre sus manos
el Misterio, el corazón del Hijo latiendo cabe el suyo, el aliento del
Altísimo rozando el suyo, respirando con Dios el mismo aire, oliendo
la piel de Dios que es Niño, tocando el cuerpo de Dios, el Salvador,
que se le ha encomendado.
La mirada de José admira, ama, siente, acaricia y adora. La escena
termina con un beso, tan limpio y profundo como nunca un padre ha
besado a un Hijo en la tierra. María, la esposa virgen y la Madre,
está viendo, también amando a los dos y adorando a Uno en brazos del
otro. Son su esposo y su Hijo, y ella la siempre virgen esposa y
madre. No hay misterio igual, no lo habido, ni lo habrá más.
Pero también imagino otra escena, parecida pero distinta: El Niño está
llorando; ha despertado de un sueño con el corazón acongojado, y José
lo ha recogido de la cuna, lo ha besado, lo ha serenado mientras lo
mecía en su brazos, la cabeza del Niño sobre su hombro. ¿Qué soñaba
Dios, Emmanuel, cuando soñaba, qué temía, cuando y por qué lloraba?
¿Lloraba por el mundo, por los horrores del mundo, por los pecados de
los hombres que veía en sueños? ¿Lloraba también por mí, por mis
pecados, que también sabía, que ya le dolían?
---------------------- AQUÍ VA OTRA IMAGEN QUE PUEDEN VER EN EL
BLOG-----------------------------
Es una iconografía que se representó mucho durante el Barroco, en
España e Hispanoamérica, que fue muy frecuente en Andalucía: El Niño
de la Pasión, imaginando al Niño durmiendo sobre la Cruz, sobre la
Corona de Espinas, sobre los clavos; o esa otra ingénua y preciosa
imaginería del Niño Pasionista, con Jesus vestido de morado, con la
cruz a cuestas, la corona de espinas, y en un cestillo de plata los
demás atributos de la Pasión. Y el Niño va llorando, unas veces con
los ojos mirando al cielo y otras con la vista en el suelo.
Es raro el convento de clausura que no tiene su Niño Pasionista,
incluso dos o tres, en talla del XVII final o del XVIII, en su fanal,
revestido con túnica de terciopelo morado, bordada, con los encajillos
del enaguado asomando dos dedos por debajo.
Cuando el sacerdote y profeta Simeón anuncia a la Madre la Pasión del
Hijo profetizándole a ella la espada que le traspasaría el alma, el
esposo, el Patriarca José, estaba también presente, y oyó la profecía
tremenda, y también, desde aquel momento, supo algo de la Pasión que
llegaría. Algo que, como María, guardaría en su corazón para
meditarlo. Y en las horas del taller, al compás de la sierra y el
martillo, los clavos y la madera, José el carpintero meditaría en
aquellas palabras dolorosas sobre el Hijo y la Madre.
Y en las miradas, los besos, las caricias al Niño, las manos fuertes
de José temblaban temerosas por el Niño, su Niño, el que el Padre le
había confiado para que custodiara al Salvador del mundo, el Hijo del
Eterno que la gente conocía como el Hijo de José.
"...Dejad el tierno llanto,
divino Emmanuel,
que perlas entre pajas
se pierden sin por qué.
No piense vuestra madre
que ya Jerusalén
previene sus dolores,
y llore con Joseph.
Que aunque pajas no sean
corona para Rey,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel”
+T.