De Pie Y Al Orden

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Alcoseri Vicente

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Apr 24, 2026, 9:37:35 PM (6 days ago) Apr 24
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De Pie Y Al Orden
En cada palabra hay un algo potente, esperando  que en el lector o en el escuchante se active algo para  emprender el vuelo. Por eso quisimos explorar una reflexión inspirada en textos que ofrecen una interpretación esotérica y exotérica de los orígenes, y desde allí realizar un recorrido analógico que nos lleva hasta el templo masónico. No hay intención catequizadora ni pretensión de enseñar: sólo  deseamos abrir una puerta para que un alma se libere , alce el vuelo y nosotros nos aferremos a sus alas.
El espacio se vive de manera distinta según cómo se habita. Cada cultura recorta del mundo ciertas porciones y les otorga significado. Un lugar no es sólo  un pedazo de tierra: es un espacio donde se teje un relato. Del mismo modo, nuestra historia personal —con sus alegrías, caídas y peripecias— nos construye como seres únicos.
Los griegos y los hebreos conciben la identidad de formas opuestas. Sus mitos fundadores hablan de categorías existenciales distintas.
Tomemos dos ejemplos:
Hefesto (Vulcano) forjó las cadenas que ataron a Prometeo en el Cáucaso, el rayo de Zeus y las flechas de Apolo y Artemisa. Nació de Hera y Zeus, y fue él quien abrió el cráneo de Zeus con un hacha para que naciera Atenea. Era tan feo que su madre lo arrojó a la tierra, dejándolo cojo para siempre. Más tarde se enamoró de Atenea. Su deseo fue tan intenso que, al ser rechazado, su semilla cayó sobre la tierra y de ella nacieron los espartos. Este mito funda la identidad griega como un surgimiento de la tierra, un arraigo geográfico y carnal.
En cambio, Abraham nació en Ur, en Mesopotamia. El lugar de su nacimiento no es el de su destino. Dios El Gran Arquitecto del Universo  le dice: “Lekh lekha” — "ve por ti mismo", "ve hacia ti" o "vete para tu propio beneficio". —. Y Abraham abandona Ur. Su identidad se funda en el arrancamiento de la tierra. Como Moisés, que muere antes de entrar en la Tierra Prometida, sabiendo que lo importante no era poseerla, sino caminar hacia ella con un pueblo entero.
Viajar es “ir hacia”. Es orientarse. Es dar sentido a la dirección y al significado.
La promesa de esa Tierra no es sólo  geográfica: es una destinación ética, un llamado a que el ser humano se realice plenamente.
La palabra hebrea ivrit proviene de la raíz ivr, que significa “pasar”, “transgredir”, “transmitir”. El hebreo es, por esencia, el ser del arrancamiento, del paso y de la transmisión.
Arraigo griego versus arrancamiento hebreo.
La guematría, clave de la Cábala, asigna valores numéricos a las letras hebreas. Así, palabras diferentes pero con la misma suma numérica revelan una conexión profunda. Por ejemplo: “madre” (em) vale 41 y “padre” (av) vale 3. Juntos suman 44, que es exactamente el valor de “hijo” (yeled). Madre y padre, unidos, equivalen al hijo. No es mera aritmética: es un sentido metafísico. Los números son nudos cualitativos que estructuran la realidad .
La violencia está presente en los orígenes griegos: castraciones, venganzas, ciclos de poder y miedo que se repiten (Hesíodo, Esquilo, Sófocles). La teogonía griega es un círculo de violencia estéril que frena la emergencia de la conciencia.
En el Libro de la Santa Ley, en cambio, las generaciones alternan bien y mal, pero la herencia no es repetición ciega. Dios no destruye por venganza: abre un proceso, un diálogo, un juicio. Busca un interlocutor. La historia no está escrita en bronce: se construye en la relación.
Violencia griega versus justicia hebrea.
El hombre se supera por el arrancamiento y por la justicia.
En hebreo, cham (“allá”) y shem (“nombre”) tienen el mismo valor guemátrico: 340. La identidad es “un allá”, un lugar de invención de sí mismo. Curiosamente, sefer (“libro”) también vale 340. El Libro es el lugar de la identidad hebrea.
Para los judíos, la Torá es donde Dios se manifiesta. Los cinco libros de la Torá son el Nombre del Santo, según Ezra ben Salomón. Dante, en el Paraíso, usa la imagen del libro para evocar la Forma de todas las cosas unidas por el amor en el Intelecto divino.
El Zohar describe el proceso primordial: antes de la creación, una luz infinita llenaba todo. Dios se contrajo en su centro (Tsimtsum), dejando un vacío. En ese vacío envió un hilo de luz (Kav) que formó diez círculos: las diez Sefirot, que son a la vez recipientes y revelación de la luz divina. Es el Árbol de la Vida, un pléroma, un inter-mundo entre lo Uno y lo material.
Después del Tsimtsum, ya no se le llama simplemente Dios, sino Creador, Gran Arquitecto del Universo (GADU).
La Torá es un Árbol de la Vida. El Libro es la finitud de lo Infinito, pero también su revelación. La primera letra de la creación, el Bet de Bereshit, indica que lo anterior, lo superior y lo inferior permanecen inaccesibles. Sólo  podemos mirar hacia adelante.
La interpretación constante evita la idolatría. No se trata de poseer el sentido, sino de mantener una distancia respetuosa. Como  se dice en Masonería , se necesita un “saber metafísico sin dogmas”: una relación con Dios que evite tanto la fusión mística como la idolatría y el dogmatismo.
El Libro de la Ley para el masón no es un manual cerrado: es siempre el “libro por venir”. La lectura, más que la escritura, genera autoridad. La interpretación es constitutiva de sentido. Todo es símbolo, y el símbolo vive en la relación.
“Si soy imagen de este Dios de liberación —por tanto—, debo producir libertad. ¿Cómo? Interpretando los textos, inventando mi historia, saliendo del destino de forma literal escrito.”
La libertad se inventa interpretando. El texto se convierte en vergel (Pardes): sentido literal, alusivo, solicitado y secreto.
La clave es la bondad (tsedaká), no sólo  el bien abstracto. La tsedaká equivale a todos los mandamientos: ser tocado por el dolor ajeno, dar algo de lo propio y de sí mismo, acompañar incondicionalmente, sin humillar ni triunfar sobre el otro.
La Cábala no es sólo  “amor a la sabiduría”: es “sabiduría del amor”.
Salvar a un sólo  ser humano equivale a salvar a toda la humanidad.
El templo es el lugar donde el hombre se pone de pie, se interroga y se orienta. Los pilares Jakin y Boaz recuerdan la verticalidad y el cuestionamiento permanente. Estar “de pie y al orden” es el surgimiento del templo interior: estar listo para avanzar hacia uno mismo y hacia el Otro.
En gematría hebrea tradicional:
Yaquín (Jakin / Iakín):
יָכִין (Yod=10 + Kaf=20 + Yod=10 + Nun final=50) = 90
Reducido: 9 + 0 = 9
Boaz:
בֹּעַז (Bet=2 + Ayin=70 + Zain=7) = 79
Reducido: 7 + 9 = 16, luego 1 + 6 = 7
El 9 se asocia a la columna de la Misericordia (lado derecho, Jakin), y el 7 a la columna del Rigor (lado izquierdo, Boaz). Juntos forman el equilibrio del Árbol de la Vida.
El 9 y el 7 en la Cábala masónica:
El 9 (Yaquín) representa la misericordia, la expansión y la fuerza constructiva. Es el número de la finalización de un ciclo y del paso a un nivel superior. En la columna derecha simboliza la energía que da y que bendice.
El 7 (Boaz) representa el rigor, el juicio y la disciplina. Es el número de la perfección espiritual y del trabajo interior. En la columna izquierda simboliza la energía que limita y que define para que las cosas tengan forma.
Cuando juntas las dos columnas, el 9 + 7 = 16, y 16 se reduce a 7 (1+6=7). Eso significa que el equilibrio entre misericordia y rigor termina dando perfección espiritual, que es exactamente lo que busca el masón en su camino.
El diálogo verdadero exige inclinarse ante el otro, concederle importancia real y penetrar en su espíritu para comprender no sólo  al individuo, sino lo que dice. Requiere aceptar la finitud del propio saber y construir un consenso.
La frase “de pie y al orden” viene directamente del lenguaje militar y naval de los siglos XVII y XVIII.
“Al orden” es una orden militar clásica que significa “¡firmes!” o “¡en posición de atención!”. Cuando un oficial decía “al orden” o “de pie y al orden” en el ejército o la marina, los soldados se ponían derechos, en posición reglamentaria, listos para recibir instrucciones.
Los masones la adoptaron tal cual porque en esa época muchos hermanos eran militares o marinos, y la logia funciona como un espacio muy estructurado, casi como un cuartel simbólico. “De pie” es obvio: levantarse. “Al orden” es adoptar la postura ritual correcta —con los pies en escuadra, manos en posición, cuerpo recto— que representa respeto, atención y control de las pasiones.
O sea, no es una frase esotérica antigua, es una orden práctica que los primeros masones especulativos tomaron prestada del ejército y la convirtieron en tradición ritual.
La postura “de pie y al orden” en masonería significa tres cosas al mismo tiempo:
Cuerpo recto — pies en escuadra, uno en ángulo recto con el otro, espalda derecha, cabeza alta.
Manos colocadas — la mano derecha colocada según el grado y la izquierda según el grado.
Mirada al frente — mirando directo al Oriente, nunca al suelo ni a los lados.
Simbólicamente representa que el masón está presente, respetuoso y dueño de sí mismo. El cuerpo en escuadra muestra que sus acciones están guiadas por la rectitud, y la mano sobre el lugar indicado, muestra  que sus pensamientos y sentimientos están bajo control, listos para recibir luz o para trabajar.
Es la forma física de decir “aquí estoy, con el cuerpo y el espíritu en orden”.
En Conclusión
El rito de “estar de pie y al orden” no es sólo  una postura corporal: es la concreción simbólica de una memoria viva que nos invita a la trascendencia. Es el momento en que el ser humano se yergue, se abre al diálogo y se hace disponible para el Otro y para el Gran Arquitecto.
Como masón , agrego: en un mundo que premia la velocidad, el ruido y la posesión, “estar de pie y al orden” es un acto revolucionario de quietud y apertura. Es elegir la verticalidad interior frente a la horizontalidad del instinto. Es recordar que nuestra verdadera libertad no consiste en hacer lo que queremos, sino en convertirnos en lo que estamos llamados a ser: puentes entre lo finito y lo infinito, entre el yo y el nosotros, entre la tierra y el cielo.
Anécdota y moraleja
Un viejo rabino caminaba con su discípulo por un bosque cuando vieron a un hombre arrodillado, golpeando la tierra con furia.
—¿Qué haces? —preguntó el rabino.
—Busco a Dios —respondió el hombre—. ¡Pero no lo encuentro!
El rabino sonrió y le dijo:
—Levántate, hijo. Dios no se encuentra cavando en la tierra como quien busca un tesoro escondido. Dios se encuentra cuando tú te pones de pie, miras al horizonte y decides caminar hacia el otro con el corazón abierto.
No se trata de buscar a Dios (o al sentido) agachados en la oscuridad de nuestro ego. Se trata de erguirnos, de ponernos “de pie y al orden”, y de caminar hacia el Otro. Sólo  entonces la trascendencia deja de ser una idea lejana y se convierte en experiencia viva. La verdadera libertad comienza cuando elegimos levantarnos y tender la mano.
Alcoseri

Orlando Galindo Alcoseri

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