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El paso hacia el Eterno Oriente Érase una vez dos masones que habían completado, con el paso de los años, el circuito iniciático en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Para ambos, el grado 33 representaba la culminación de sus ambiciones masónicas. A veces ocurre lo que unos llaman destino, otros azar y el común de la gente mala suerte. Lo cierto es que, aunque vivían lejos el uno del otro, murieron el mismo día y a la misma hora. Así, ambos se presentaron juntos ante el Gran Guarda Templo del Universo. — ¡Buenos días, hermanos! Los Voy a Retejar. Dadme todas las palabras de paso de vuestro Rito, además de signos , toques. Una vez entregadas, el Gran Guarda Templo continuó: — Ahora tomad el camino que tenéis delante. Si todo va bien, seréis recibidos por el mismísimo Gran Arquitecto del Universo. Pero antes, llevad vuestras mochilas de Compañeros, las necesitaréis, porque al final del camino os espera el Gran Experto del Universo, quien os inspeccionará. Nuestros dos compañeros emprendieron el sendero. Al principio no presentaba dificultad alguna, pero a medida que avanzaban, el paso se hacía más pesado… y también la mochila. Al entrar en un bosque, la angustia de no tener ningún punto de referencia los obligó a detenerse un momento. Aprovecharon para mirar dentro de sus mochilas, tratando de entender por qué pesaban tanto. No había nada visible, pero una de las dos parecía notablemente más ligera que la otra. Tras el breve descanso, reanudaron la marcha. Lo que más les intrigaba era el silencio absoluto del bosque: ni cantos de pájaros, ni crujidos de ramas, ni sonidos lejanos. Nada que diera una pista geográfica. No había cielo, ni día, ni noche, y sin embargo caminaban hacia un lugar preciso, aunque ellos aún no lo sabían. En ese mundo, el tiempo carecía de importancia. Caminaron largo rato hasta que, a lo lejos, divisaron una silueta que parecía esperarlos. Apresuraron el paso y desembocaron en una vasta explanada. La silueta se transformó en el Gran Experto del Universo. Sin pronunciar palabra, este sopesó las mochilas. Luego, con una frase breve, les pidió que le comunicaran de nueva cuenta todos los signos, palabras y toques de todos los grados del Rito. Una vez cumplido, con su espada flamígera les indicó el camino a seguir. Ahora el cielo tenía un claroscuro que facilitaba la marcha. Mientras caminaban, su atención fue atraída por el sonido de un río que parecía tumultuoso. El estruendo crecía a medida que se acercaban. De pronto, ante ellos se abrió una gran explanada y, cruzando el río, un enorme puente cuya otra orilla no se veía. La entrada del puente era amplia, pero en el centro el tablero se estrechaba hasta ofrecer sólo un paso muy angosto. Al llegar a la mitad, miraron a ambos lados y quedaron estupefactos: el río estaba dividido en dos. A la derecha corría un agua límpida y transparente; a la izquierda, un agua turbia, humeante y maloliente. A la perplejidad siguió la angustia. Durante su actividad masónica terrenal habían visto cosas muy extrañas, pero nunca algo como aquello. Además, el peso de las mochilas aumentaba cada vez más, aunque una de ellas seguía siendo notablemente más ligera. La inquietud se apoderó de uno de los dos. Era imposible retroceder. Una fuerza invisible, unida a la curiosidad, los impulsó a continuar. Al llegar al punto más estrecho, sin hacer ruido, aparecieron los Juvelones esos tres malos compañeros, asesinos de Hiram el Arquitecto. Se apoderaron de uno de los hermanos y lo arrastraron hacia las aguas turbias y negras. Se hundió rápidamente, arrastrado por su mochila, que se había vuelto extremadamente pesada. El hermano que quedó, atónito, se preguntó qué sería de él. Un Maestro Masón vestido de blanco le tomó la mano con suavidad pero firmeza y lo obligó a seguir adelante. Como su mochila no estaba tan cargada, el puente volvió a ensancharse. Aun así, la inquietud persistía. La mano del Maestro Masón lo guiaba con seguridad por un sendero hundido pero bordeado de flores perfumadas. Un poco más adelante, entrevió la silueta de una ciudad cuyos contornos apenas distinguía. Adivinando su pensamiento, el Maestro masón le susurró al oído el nombre de aquella ciudad: la Jerusalén Celestial. Delante de la puerta baja de la Jerusalén de Arriba, el Gran Retejador lo interpeló: — ¿Has actuado con Sabiduría? ¿Has utilizado la Fuerza para alcanzar tus fines? ¿Has hecho de tu vida una obra de Belleza? Podemos suponer que las respuestas fueron satisfactorias, porque la puerta baja se abrió. El Maestro Masón ya no estaba para guiarlo. Nuestro viajero tomó como referencia las altas murallas que se veían en el horizonte. Al llegar frente a un gran portal, instintivamente llamó veintisiete veces. La puerta se abrió y, ante su asombro, se encontró frente a un ángel que le preguntó: — ¿Tienes Fe? ¿Has practicado la Caridad? ¿Qué esperas al venir aquí? Desconcertado, el hermano evitó responder con prisa. Comprendió que el ángel le pedía un examen de conciencia y que nada podía ocultar. En la vida terrestre se pueden disimular defectos; en el mundo celestial, es prácticamente imposible. Terminado el examen, el ángel no dijo nada, pero le indicó la dirección a seguir. Curiosamente, su mochila estaba ahora vacía. Con paso ligero y confiado, continuó su camino. ¿Cuánto tiempo? Comprendió que en el mundo celestial el tiempo ya no existía. Había leído en el Génesis que un día podía equivaler a mil años. Su marcha se volvió más ligera, su cuerpo más etéreo. Al borde de un valle profundo se detuvo a observar. Lo que vio lo dejó maravillado: un gigantesco arcoíris con colores de una intensidad desconocida en la Tierra. Escuchó una voz que le ordenaba atravesar el valle y buscar, al pie del arcoíris, las respuestas a las preguntas que se había hecho durante su vida terrestre. Reanudó la marcha por aquel valle profundo, húmedo y silencioso. Sólo consigo mismo, llegó hasta uno de los pies del arcoíris. Allí encontró el Tetragrámaton. Se inclinó tres veces ante el Nombre Sagrado, lo pronunció, se levantó e hizo una serie de invocaciones a la gloria del Altísimo. Luego continuó su camino hacia la Logia de Arriba, situada en la Jerusalén Celestial. Su trayecto se volvió más fácil y agradable, lleno de alegría. Se encontró frente a una muralla y a un portal. Llamó tres veces veintisiete veces. La puerta se abrió… Pero lo que vio allí… quizá tú lo veas cuando llegues al Oriente Eterno.
Esta alegoría del puente es una de las más bellas y profundas que se pueden encontrar en la literatura masónica contemporánea. Gurdjieff y Ouspensky hablaban de los diferentes niveles de ser y de cómo el hombre debe atravesar “puentes” interiores para pasar de un estado de conciencia a otro. El puente del relato representa exactamente eso: el paso del mundo terrenal al espiritual, donde el peso de la mochila (nuestras acciones, defectos y méritos) determina si podemos cruzar o nos hundimos. J.G. Bennett, discípulo de Gurdjieff, desarrolló la idea de los “puentes sistémicos” y de cómo la evolución consciente requiere un esfuerzo equilibrado entre los tres centros (intelectual, emocional y motor). En el cuento, uno de los hermanos se hunde porque su mochila está demasiado cargada de acciones desequilibradas; el otro logra cruzar porque, aunque lleva algo de peso, su esfuerzo interior ha sido más armónico. Bennett propuso que la comprensión de estructuras complejas (o "puentes" entre diferentes aspectos de la realidad) no se logra solo a través del análisis cuantitativo, sino entendiendo la cualidad de las relaciones entre sus partes. En la tradición hermética y en muchas corrientes esotéricas (incluido el sufismo y el cristianismo místico), el puente simboliza el “Sirat” o puente del juicio: estrecho como un filo de espada, donde sólo quienes han trabajado seriamente su ser pueden pasar sin caer. El relato nos muestra con claridad que la iniciación no termina con el grado 33. Ese grado es sólo un hito, no la meta final. El verdadero examen ocurre después, cuando ya no hay disfraces ni excusas. La mochila que cada uno lleva representa el balance de su vida: no sólo lo que hizo, sino cómo lo hizo, con qué intención y con qué grado de conciencia. El hecho de que uno de los hermanos se hunda mientras el otro cruza nos recuerda que no basta con acumular grados o conocimientos. Lo que cuenta es la calidad del ser. Un masón puede llegar al 33 y seguir siendo un “Profano” en el plano espiritual si no ha transformado su naturaleza interior. La Jerusalén Celestial no es un premio automático. Es el resultado de un trabajo constante de purificación. El puente se estrecha precisamente en el centro porque ahí se decide todo: si predominan las acciones egoístas y mecánicas (el agua turbia) o si hemos cultivado la sabiduría, la belleza y la rectitud (el agua cristalina). Al final, el mensaje es esperanzador y exigente a la vez: mientras estemos vivos, todavía podemos aligerar nuestra mochila. Cada acto de generosidad, cada momento de presencia consciente, cada vez que elegimos la rectitud sobre la conveniencia, es un gramo menos de peso que llevaremos al cruzar el puente. Que este cuento nos invite a revisar, mientras aún estamos a este lado, qué estamos cargando en nuestra mochila de Compañeros. Porque al final del camino, sólo lo esencial podrá sostenernos. Moraleja No es el grado que alcanzamos lo que determina nuestro paso al Oriente Eterno, sino el peso real de nuestra mochila interior. Trabaja hoy para aligerarla con sabiduría, amor y rectitud. El puente espera a todos… pero no todos logran cruzarlo. Alcoseri