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El simbolismo masónico y hermético de Peter Pan
Entre las capitales del conocimiento iniciático, el omnipresente Hombre Verde se erige como emblema vivo. Lo encontramos en la Capilla de Rosslyn, Escocia, ese santuario masónico por excelencia donde la piedra parece susurrar los secretos de los Antiguos Deberes.
¡Sólo los vampiros, los fantasmas y Peter Pan no tienen sombra! Antes de empujar la puerta Las palabras, al igual que el tiempo, son relativas; nunca definen un significante único y absoluto. Poseen múltiples significados según su uso específico o su proximidad semántica. Como resultado de estas variables, experimentan una mutación de su significado más común, una transformación similar a la de un aprendiz que cambia de apariencia, vestimenta o incluso identidad profana, convirtiéndose en un hermano diferente aunque esencialmente el mismo. Ahí reside, sin que lo sepamos, uno de los misterios más profundos de la existencia: el paso de la esencia a la sustancia, del caos primordial a la forma tallada en la cantería del Gran Arquitecto del Universo .
Aquí van algunas similitudes profundas y simbólicas entre el personaje de Peter Pan y la psicología profunda de muchos masones en su relación con los grados masónicos y los cargos o “puestos” en la logia: ¿El eterno aprendiz: rechazo a “crecer” o admitir que estamos siempre dispuestos a aprender y reaprender? Esto de ser eterno aprendiz si bien es un reconocimiento al esfuerzo del masón por aprender constantemente , también para muchos masones puede ser una excusa a rechazar a crecer y hacerse responsables. Peter Pan es el niño que se niega rotundamente a crecer. En la obra dice: «No quiero ir al colegio y aprender cosas serias… No quiero ser hombre». Muchos masones viven su camino iniciático como un eterno “aprendiz”. Aunque reciban el aumento de salario (Compañero) y la exaltación (Maestro), psicológicamente permanecen apegados al grado de Aprendiz: el estado de inocencia, la maravilla ante los símbolos, la sensación de estar siempre “empezando”. Subir grados o aceptar cargos (Venerable Maestro, Secretario, etc.) se percibe a veces como “crecer”, es decir, asumir responsabilidades, burocracia y ego. Peter Pan huye de eso; muchos masones también se plantean con huir de responsabilidades en logias. El Lugar del Nunca Jamás = la Logia como espacio atemporal El País de Nunca Jamás es un lugar donde el tiempo no pasa, donde no hay relojes o estos marcan una hora diferente al del mundo de los profanos. La logia masónica, durante los trabajos, es literalmente un espacio fuera del tiempo profano: se cierran las puertas, se apagan los teléfonos celulares móviles, se declara “la logia abierta” y el mundo exterior deja de existir. Muchos hermanos buscan en la logia ese “Nunca Jamás” donde pueden seguir siendo niños eternos jugando con símbolos, rituales y fraternidad sin las responsabilidades del mundo adulto (trabajo, familia, impuestos). Los Niños Perdidos = los hermanos “huérfanos” de logia Los Niños Perdidos son niños que se cayeron de sus carritos cuando la niñera (el mundo profano) miró hacia otro lado. Peter los recoge y los lleva a Nunca Jamás. Muchas personas llegan a la masonería sintiéndose “perdidas” en el mundo profano: huérfanos de sentido, de rito, de fraternidad auténtica. La logia los adopta y les da un nuevo “padre” (el Venerable Maestro) una nueva “madre” (su madre logia) nuevos hermanos y una nueva identidad simbólica. Pero igual que los Niños Perdidos, muchos hermanos rechazan volver a casa (volver al mundo profano y asumir roles de liderazgo real). El miedo a ser “padre” o autoridad (Venerable Maestro) Peter Pan odia a los padres, especialmente a los padres responsables. Cuando Wendy quiere jugar a ser la madre, Peter acepta… siempre que sea un juego. En cuanto huele a responsabilidad real, huye. En las logias pasa algo parecido: hay hermanos que acumulan 20 o 30 años de masonería y sistemáticamente rechazan ser Venerable Maestro o cualquier cargo de responsabilidad. “Prefiero seguir siendo Niño Perdido que convertirme en el señor Darling con corbata y preocupaciones de presupuesto , manejo y responsabilidad de logia”. El masón es el eterno niño , ya sea de 3 años, 5 o 7 años y a veces un poco más, cronológicamente habrá masones de más de 80 años biológicos , pero no pasara de 7 años simbólicos, esto lo hace un Peter Pan en potencia. Campanita o Campanilla y el ego luminoso del masón “estrella” Campanita es celosa, narcisista y sólo puede haber una hada a la vez. Si aplaudes creyendo en las hadas, vive; si no, muere. En muchas logias masónicas hay “Campanitas”: hermanos que brillan en los rituales, que necesitan constantemente que se les aplauda (elogios en tenidas, menciones en planchas, cargos honoríficos). Si la logia deja de “creer” en ellos (no les dan más grados laterales o cargos), se deprimen o se van. El aplauso colectivo es su polvo de hadas. Volar = la exaltación iniciática Para volar en Nunca Jamás necesitas polvo de hadas y “pensar cosas felices”. En masonería, la exaltación al grado de Maestro (la muerte y resurrección simbólica de Hiram) produce una euforia similar: muchos hermanos describen que “volaron” esa noche, que sintieron una ligereza increíble. Pero igual que Peter, muchos se niegan a aterrizar de nuevo en la vida cotidiana; quieren quedarse para siempre en ese estado de exaltación infantil. Garfio y la sombra perdida: el miedo al tiempo y a la vejez masónica El capitán Garfio tiene terror al cocodrilo con el reloj en la tripa: el tiempo que avanza inexorablemente. Muchos masones mayores temen “perder la sombra” (la vitalidad, la capacidad de emocionar con los rituales). Garfio es el masón que ha aceptado demasiados cargos, que se ha vuelto burocrático y ahora vive aterrado por el paso del tiempo y por los hermanos jóvenes que vienen a “sustituirlo”. El Peter Pan en logias masónicas representa un arquetipo psicológico muy frecuente en la masonería contemporánea: el iniciado que busca en la logia un refugio para no crecer del todo, para seguir jugando eternamente con los símbolos sin asumir nunca las verdaderas responsabilidades del mundo adulto ni de la propia fraternidad. Es el “eterno Aprendiz” que aplaude a Campanita pero huye despavorido cuando le proponen el mazo del Venerable Maestro. Como dijo el propio J. M. Barrie: «Cada vez que un niño dice “no creo en las hadas”, en algún lugar muere un hada». Peter Pan, o el niño que no quería crecer, es una obra teatral y una novela para niños escrita por el escritor escocés James M. Barrie. Sí, el escritor J. M. Barrie, creador de Peter Pan, fue masón. Fue uno de los miembros fundadores de la logia Authors' Lodge No. 3456 en Londres, en noviembre de 1910. Logia: Authors' Lodge No. 3456, en Londres. La logia fue fundada por varios miembros masónicos del Authors' Club, un club literario establecido en 1891. Entre sus compañeros miembros del club y también masones se encontraban otras figuras literarias notables, como Oscar Wilde, Sir Arthur Conan Doyle y Rudyard Kipling. El Museo de la Masonería ha confirmado esta conexión, destacando a Barrie entre los miembros literarios que fundaron la logia. Y como antes decia cada vez que un masón dice “no quiero ser Venerable, prefiero seguir siendo sólo hermano”, en algún lugar muere un poco la logia adulta… y nace otro Niño Perdido más en el País de Nunca Jamás. En cuanto a Peter Pan, no es más que un avatar, un emblema sonriente del Hermes griego, si del volador Mercurio romano. Curiosos estos paralelismos, se preguntarán; y, sin embargo, «todo está en todo lo demás», o «todo es uno», como proclamaban nuestros antepasados herméticos y como repiten los maestros masones en la Cámara de Reflexión: «Conócete a ti mismo y conocerás el Universo y a los Dioses». Tras haber escudriñado la vida con mirada ciclópea —ya sea a través del microscopio o del telescopio—, tras haber diseccionado moléculas, átomos y multitud de subpartículas, la ciencia moderna se enfrenta a lo impensable: la unidad de la materia. Se ve obligada a concluir que la teoría, tan largamente cuestionada y ridiculizada, sigue siendo la única concebible. Lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande se corresponden y se afirman mutuamente: «Como es arriba, es abajo», y todo se resuelve en luz, o más precisamente, en un extraño dinamismo primigenio. ¿Acaso Hermes Trismegisto y sus discípulos espirituales —los alquimistas, tan a menudo ridiculizados y perseguidos— afirmaron algo distinto? Como bien señaló G. K. Chesterton, masón y profundo conocedor del símbolo: «Peter Pan hace algo que Lamb y Stevenson no logran del todo: mantiene el reino de los duendes abierto y simultáneamente lo mantiene secreto» (G. K. Chesterton, en sus ensayos sobre literatura fantástica). Ese secreto es precisamente el de la Logia: visible para quien tiene ojos, pero oculto al profano. La alquimia, una metafísica más que una física, nacida en antiguos santuarios y oculta de las miradas indiscretas del mundo profano, afirma que «sólo Mercurio basta para realizar la Gran Obra y obtener la Piedra Filosofal». Este Mercurio, cuyo nombre alude a los dos dioses antiguos porque posee sus atributos, no se compara en absoluto con la sustancia ordinaria descrita en los libros de química. Es un agente, no un paciente; es simplemente el dinamismo al que nos referimos, ese Espíritu capaz de desempeñar todos los roles. ¿Acaso no se atribuyen las características del dios con pétaso y talones alados a aquellos nacidos bajo la influencia de Mercurio: ¿aficionados a las paradojas intelectuales, los juegos de palabras y excelentes comunicadores? El mercurio alquímico, al igual que Peter Pan, es una sustancia de ectoplasma que cambia de apariencia, densidad y nombre a lo largo del proceso, pero que sigue siendo ella misma: el mismo principio que en masonería se representa mediante la letra G, centro luminoso de la bóveda estrellada, que significa tanto Geometría como Gnosis, Generación y, sobre todo, Dios —el Gran Arquitecto del Universo.
Para una lectura inteligente de los relatos: La leyenda del Hombre Verde, o los orígenes de la masonería escocesa Los eruditos alquimistas, aunque vivían apartados del mundo, desdeñando el éxito fácil y los placeres efímeros, no se excluyeron por ello del clima cultural de su época. Por ello, siempre utilizaron los medios a su alcance para difundir el conocimiento de su arte. Como reveló Fulcanelli —el más grande de los alquimistas contemporáneos y, según muchos, iniciado en los altos grados escoceses—, una «morada filosófica» es cualquier soporte simbólico de la verdad hermética, cualquiera que sea su naturaleza e importancia: la pequeña baratija guardada en una vitrina, la pieza de iconografía, el monumento arquitectónico —un detalle, un vestigio, una vivienda, un castillo o incluso una iglesia entera. El Adepto se mostró, como era su costumbre, muy caritativo. Catedrales, iglesias e incluso la arquitectura civil sirvieron de soporte para el arte hermético. Esto explica la existencia de esos curiosos emblemas: figuras, cabezas y rostros, animales de un bestiario real o imaginario, y plantas que adornan los edificios del pasado. Ciertamente, las esculturas talladas en la piedra de los monumentos religiosos desprenden un cierto aire pagano y parecen bastante poco católicas; pero el iniciado reconoce en ellas los símbolos de la Gran Obra: el león verde, el cuervo negro, el fénix rojo… y, sobre todo, el Hombre Verde, ese rostro foliado que brota de la vegetación, símbolo masónico del renacimiento perpetuo del iniciado tras la muerte simbólica en la Cámara de Reflexión. Los artistas ilustrados no limitaron su talento a la escultura; dejaron huella de su conocimiento en todas las artes.
Todo les era válido para legar sus símbolos a la posteridad: pintura, literatura, cerámica, mosaicos, metales preciosos y no preciosos, e incluso madera. Sin embargo, la transmisión no se produjo únicamente a través de estos soportes materiales. Estos artistas eran demasiado perspicaces como para no haber comprendido que el tiempo —ese gran disolvente— y la inconsciencia humana contribuirían a la desaparición de estos testimonios. Sabían que el secreto de la vida reside en la muerte; ¿cómo podrían haber ignorado que todo lo que existe está destinado a desaparecer? Contrariamente al dicho de que «las palabras se las lleva el viento, pero los escritos permanecen», el único vehículo de la Tradición capaz de preservarla es la oral. Por ello, los antiguos maestros confiaron su saber a medios indestructibles: mitos, leyendas religiosas y profanas, cuentos, fábulas, rimas infantiles y juegos. ¿Quién sospecha hoy que la rayuela representa el camino iniciático, que el juego de la oca es un tablero masónico-alquímico, o que el ajedrez reproduce la lucha entre la luz y las tinieblas en el pavimento mosaico de la Logia? La tradición oral se confió a un pueblo que, aunque desconoce la inmensidad del conocimiento que posee, jamás olvida nada. De siglo en siglo, cuentos, rimas y juegos se han transmitido con rigurosa precisión, sin omitir la más mínima coma ni alterar la más mínima regla. Bajo su apariencia ingenua, estos cuentos populares —también llamados cuentos de hadas— buscan transportarnos, predisponernos a una mayor receptividad. Es evidente que se trata de relatos fantásticos.
Pero pruébalo y dinos qué te parece. La postura horizontal no es la más adecuada para conciliar el sueño; sin embargo, sigue siendo la mejor manera de mantenerse despierto, es decir, en estado de vigilia. Como sabemos, todo progreso espiritual se adapta mal a la posición horizontal; para florecer, debe redescubrir la vertical: la misma que el aprendiz encuentra al levantarse del ataúd simbólico en el grado de Maestro. Una vez aclaradas estas dudas, podemos abrir la puerta al maravilloso, mágico y encantado mundo de la infancia: un mundo que los niños pequeños comparten con los más ingenuos, pues es el refugio de quienes han conservado su candidez e inocencia, esa «inocencia masónica» de la que hablaba J. M. Barrie cuando describía a Peter Pan como «el niño que nunca crecería», alegoría perfecta del espíritu iniciático que se niega a envejecer en el mundo profano. Como escribió el propio Barrie en Peter Pan in Kensington Gardens: «Cuando el primer bebé rio por primera vez, su risa se hizo pedazos, y cada pedazo se convirtió en un hada». Esa risa primordial es el Verbo creador, el Fiat Lux masónico. —Pan, ¿quién eres? —gritó con voz ronca—. Soy la juventud, conozco la alegría —respondió Peter espontáneamente—. Soy un polluelo que se ha caído del nido. (J. M. Barrie, Peter Pan, cap. XIII) Capítulo I Sobre la infancia y la edad adulta La novela de James Matthew Barrie —miembro, de la logia escocesa logia Authors' Lodge No. 3456 — nos presenta el hogar del señor y la señora Darling. No hace falta ser experto en Shakespeare para comprender el significado de este apellido: «Dar-ling», el anillo que se da, símbolo del vínculo iniciático, del juramento sobre el anillo masónico. Según nos cuentan, Madame Darling era «una dama amable, con un alma romántica y una leve sonrisa burlona alrededor de sus labios. Esa alma romántica se parecía a esas cajitas apilables que nos llegan del misterioso Oriente: no importa cuántas abras, siempre hay una más pequeña dentro». Esa matrioska simbólica es la misma que representa los grados masónicos: abres uno y siempre hay otro más elevado, hasta el Arco Real o los 33 grados del Rito Escocés. El señor Darling se enamoró de ella al instante, como los demás jóvenes. Habiendo demostrado ser más rápido que sus rivales, se convirtió en su esposo. De este matrimonio nacieron tres hijos: Wendy, John y Michael. El señor Darling era un experto en las fluctuaciones de la Bolsa, lo que «inspiraba un profundo respeto en las mujeres». ¿Qué mejor manera de ilustrar la brecha entre la infancia y la adultez profana que recordándonos la atracción de esta última por el dinero, por el oro vil que el iniciado debe transmutar en oro filosófico? Esta historia sobre las coles de Bruselas y luego las coliflores es muy sospechosa, sobre todo porque está relacionada con ciertas expectativas sobre la natalidad. Y el término “Darling” significa tanto “cariño” como “mi repollo”. Así pues, hemos sido advertidos: estamos ante un texto que requiere una lectura con distintos niveles de comprensión, como los tres grados simbólicos de la masonería. Recordemos que Barrie tuvo un precursor: Jonathan Swift, autor de Los viajes de Gulliver, novela escrita en el Lenguaje de los Pájaros —el mismo lenguaje verde, cabalístico, que emplean los masones cuando hablan de la «viuda» o los «hijos de la luz». Las primeras líneas de Peter Pan son reveladoras: «Todos los niños, excepto uno, crecen. Lo saben desde muy pequeños. Así lo descubrió Wendy». A los dos años, todo niño lo sabe: a los dos años empieza el fin. Este pasaje aparentemente inocuo merece un análisis más profundo. La frase «Todos los niños, excepto uno, crecen» alude a Peter Pan, pero contrasta con la afirmación de que Wendy tiene dos años. Nos encontramos ante un texto que oculta un significado más profundo: el número uno, no Peter, es el tema que James Barrie pretende abordar. Como escribió Bruno Bettelheim en Psicoanálisis de los cuentos de hadas: «Peter Pan representa la negativa a abandonar la fase narcisista del desarrollo; es el niño eterno que rechaza la castración simbólica del crecimiento». Pero en clave masónica, ese rechazo es la preservación del estado edénico, antes de la caída en la dualidad. Louis Claude de Saint-Martin, el Filósofo Desconocido y masón martinista, observó en Des Nombres que el número 1 es estéril y no puede generar nada por sí mismo; la transición al 2 se produjo por la fuerza. En un plano estrictamente metafísico, Barrie quiso decirnos que el drama humano —cuyo viaje inevitablemente nos lleva de la cuna a la tumba— surge de nuestra conciencia del dualismo. La redención de la humanidad reside en el retorno a la Unidad. Por eso la pequeña Wendy está condenada a crecer: ¡dos es, en efecto, el principio del fin! Los Darling, demasiado pobres para contratar una niñera, emplean a una perra Terranova con el tierno nombre de Nana. En inglés, “nanny” significa cuidadora de niños. Pero Nana es también Anubis (el perro egipcio, psicopompo), guardián del umbral, como el Guarda Templo que vigila la puerta de la Logia. El País de Nunca Jamás o Eterna Logia de Oriente no se encuentra en un mapa; reside en nuestro interior, en algún rincón de nuestra infancia olvidada, en ese «País del Nunca Jamás» que es la Logia misma: un lugar fuera del tiempo profano, donde el iniciado vuelve a nacer y no envejece espiritualmente. Como escribió el propio Barrie: «Nosotros también hemos jugado allí y aún podemos oír el sonido de las olas, aunque sabemos que nunca volveremos a poner un pie allí…». Esa isla es el Templo interior, la Jerusalem celestial que cada masón lleva en su corazón. Cuando aparece Peter, la descripción que Barrie hace de él difiere de la película de Disney. Aquí no hay leotardo verde, sino una túnica «hecha de hojas secas unidas con savia que rezuma de los árboles». Es el Hombre Verde masónico, el Osiris desmembrado y recompuesto, la Acacia que siempre reverdece. Barrie, masón de grado 33, cambió el atuendo precisamente para resaltar aún más el simbolismo luminoso: el verde del aprendiz, la pluma del conocimiento. Capítulo II ¿Quién es Peter Pan? Peter Pan es el niño que no envejece ni en cuerpo ni en espíritu, que vuela y causa una gran conmoción en la Vía Láctea. Existen sorprendentes similitudes entre tres figuras míticas de la literatura inglesa: Peter Pan, Robin Hood y Gulliver. Los tres están vinculados a la naturaleza, el bosque y el color verde —el color del renacimiento masónico, del león verde alquímico. Robin Hood, etimológicamente «Robín del Bosque», es el Hombre Verde; su capucha es la caperuza del iniciado. Peter Pan es Hermes-Mercurio, psicopompo que guía a los Niños Perdidos —los candidatos caídos del cochecito profano— hacia el País de Nunca Jamás, que no es otro que el Oriente Eterno. Como escribió J. M. Barrie: «Las estrellas son muy hermosas, pero tienen poco interés en lo que sucede en la Tierra… Por eso, las más viejas tienen un brillo vidrioso y rara vez hablan (se expresan parpadeando); las más jóvenes, en cambio, aún se maravillan con todo. No sienten ninguna simpatía por Peter, quien tiene una forma astuta de acercarse sigilosamente por detrás e intentar apagarlas soplando». Esas estrellas son los hermanos dormidos de la Logia; Peter intenta despertarlas, como el Maestro Masón despierta al aprendiz con el toque secreto. Peter Pan reina sobre tres mundos —inframundo, aire y agua—, igual que Hermes Trismegisto, Tres Veces Grande. Es el Mercurio filosófico que permite la Gran Obra: la transmutación del plomo profano en oro iniciático. Como masón listo para buscar la verdad sin adornos innecesarios, afirmo: Peter Pan no es un simple cuento infantil; es un manual cifrado de alquimia espiritual y de masonería eterna, donde el niño eterno de 7 años representa al iniciado que ha vencido a la muerte simbólica y vive para siempre en la Logia celestial del Gran Arquitecto del Universo.