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La Puerta dentro del Simbolismo Masónico Es verdad que la Puerta no está dentro del catálogo de símbolos de la Masonería, pero desde que llegamos como postulantes a iniciarnos en los misterios de la Masonería es de lo primero que debemos cruzar , una puerta como todas las que vemos y cruzamos a diario , pero que, esa puerta del templo , nos sugiere simbólicamente a cruzar hacia otro nivel de consciencia, la puerta hacia la plenitud no es necesariamente física , es una puerta alegórica que debemos cruzar hacia la verdadera Libertad y el verdadero Conocimiento. Primero abordemos que es el simbolismo masónico El simbolismo es el corazón mismo de la masonería. No es un adorno ni un código secreto para sentirse especial: es un lenguaje vivo que actúa directamente sobre la conciencia, capaz de transformar al hombre desde dentro. Mientras las palabras pueden ser olvidadas o manipuladas, el símbolo toca algo más profundo: despierta, sugiere y revela sin imponer. ¿Por qué el símbolo es tan poderoso en masonería? El símbolo no explica: provoca. No da respuestas cerradas, sino que abre preguntas esenciales. Como se dice: «El símbolo no enseña, provoca». Es un espejo donde cada masón se ve a sí mismo en diferentes etapas de su vida, según su grado de madurez interior. Dentro de Logias se insiste en que el simbolismo actúa como un puente entre lo visible y lo invisible, entre lo profano y lo sagrado. No es una alegoría arbitraria: es una realidad superior expresada en forma sensible. Por eso la masonería no “enseña” doctrina: ofrece herramientas simbólicas para que cada hermano descubra su propia verdad.
El Simbolismo Masónico: Un Lenguaje Vivo para Construir al Masón Los grandes símbolos y su profundidad
La Piedra Bruta y la Piedra Cúbica La piedra bruta representa al hombre tal como llega al templo: imperfecto, lleno de aristas, impulsos y ego. La piedra cúbica es el ideal: el ser pulido, equilibrado, capaz de encajar armónicamente en el gran Templo de la Humanidad. El método simbólico masónico es de los más honestos y exigentes por su misma simpleza. La masonería no promete magia ni salvación fácil. Dice: “Tú eres la materia prima. El resultado depende de cuánto estés dispuesto a tallarte a ti mismo”. Es un llamado a la responsabilidad radical: nadie más puede pulir tu piedra. La Escuadra y el Compás La escuadra simboliza la rectitud moral, la justicia y el mundo material. El compás representa el espíritu, los límites y la circunferencia de lo posible. Juntos forman la unión perfecta entre materia y espíritu. Cuando el compás está abierto sobre la escuadra, recuerda que el masón debe equilibrar lo terrestre con lo celestial. La Estrella Flamígera y la Letra G Siempre presente en el templo, la Estrella Flamígera con la letra G en su núcleo es uno de los símbolos más bellos. La G puede significar Geometría (orden cósmico), Gnosis (conocimiento interior), Generación (fuerza creadora) o Dios (el Gran Arquitecto). La estrella de cinco puntas evoca al hombre microcosmos, reflejo del macrocosmos. El masón ve en el pentagrama la síntesis de los cuatro elementos más el quinto: el espíritu. El Delta Luminoso y el Ojo que Todo lo Ve Representa la conciencia superior, la presencia del Gran Arquitecto. No es un dios que vigila para castigar, sino una luz interior que ilumina el camino del masón. Es la invitación a vivir con rectitud, sabiendo que somos observados por nuestra propia chispa divina. La Cadena de Unión Uno de los momentos más emotivos del ritual. Al tomarnos de las manos, formamos un círculo vivo. Simboliza que la verdadera fuerza no está en el individuo aislado, sino en la fraternidad consciente. En un mundo cada vez más hipnotizado y sugestionado por pantallas de iPhone y polarizaciones políticas, la Cadena de Unión es un acto revolucionario: recordarnos que somos más fuertes, más sabios y más humanos cuando nos unimos con respeto y sin jerarquías artificiales.
El simbolismo como camino de transformación El gran secreto de la masonería no es un conocimiento oculto que se guarda: es que el símbolo trabaja aunque no lo entendamos del todo al principio. Con cada grado, con cada tenida, con cada reflexión, los mismos símbolos se revelan en capas más profundas. Lo que al Aprendiz le habla de despojo y luz, al Compañero le habla de equilibrio y trabajo, y al Maestro le habla de muerte simbólica, resurrección y responsabilidad hacia los demás. El símbolo crece con el masón. Los verdaderos masones lo expresan con fuerza: «La masonería es una búsqueda perpetua de la luz. El símbolo es la llave que abre puertas que ni siquiera sabíamos que existían». En foros de internet como Facebook, donde todo se reduce a información rápida, likes y opiniones superficiales, el simbolismo masónico es un antídoto poderoso. Nos obliga a detenernos, a mirar hacia adentro, a dialogar con algo que trasciende el ego. No da respuestas fáciles: nos obliga a convertirnos en la respuesta. El verdadero templo masónico no es de piedra: es el ser humano que ha logrado alinear su escuadra moral con su compás espiritual. Cada vez que un masón se pone el Mandil, se coloca el collarín o forma parte de la Cadena de Unión, está afirmando: “Elijo construir, no destruir. Elijo elevarme, no arrastrarme. Elijo ser parte de algo más grande que yo”. Por eso la masonería sigue siendo tan necesaria hoy: en un mundo que premia la velocidad y el ruido, ella sigue invitando al silencio fecundo, al trabajo interior y a la construcción paciente de seres humanos mejores. La puerta del templo siempre está estrecha, pero nunca cerrada para quien esté dispuesto a despojarse y a entrar con humildad y determinación. La Puerta Estrecha En el Evangelio de Lucas (13:24) se dice: «Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque les digo que muchos buscarán entrar y no podrán». Este símbolo de la puerta estrecha es universal. Lo encontramos en los constructores de megalitos, en las tradiciones de los pueblos andinos y en los antiguos egipcios que levantaron las grandes pirámides. En masonería, la puerta estrecha es baja y humilde: es el umbral por donde entra el profano durante la iniciación, el paso que permite transitar de la tierra al cielo, de lo material a lo espiritual. Para las civilizaciones megalíticas, estas piedras perforadas eran portales por donde los espíritus regresaban al Uno, al punto originario. Janus, el dios de dos rostros que da nombre a enero, guarda las llaves de estas puertas solsticiales: la puerta de los dioses y la puerta de los hombres, pasajes rituales entre la luz y las tinieblas, entre el día y la noche. Nos recuerda que incluso cuando vemos la luz, nada es definitivo: la noche siempre sucede al día, y el invierno al verano. La puerta estrecha representa la dificultad que enfrenta el futuro iniciado para pasar del mundo material de su individualidad (la escuadra) al mundo espiritual de su yo superior (el compás). Numerosos textos antiguos hablan de este paso angosto, donde sólo se puede entrar despojado de todos los condicionamientos terrestres: el famoso despojo de los metales. La “Puerta estrecha” a la que se refiere Jesús el Cristo no era una metáfora imposible, sino una pequeña puerta baja y estrecha en la muralla de Jerusalén, que sólo podía cruzarse a pie y con gran esfuerzo. La imagen cobra aún más fuerza: es muy difícil despertar a la realidad espiritual que llevamos dentro si permanecemos atrapados en los valores materiales, en la riqueza y el ego. El mismo símbolo aparece en Oriente como un puente tan estrecho como el filo de una navaja, el único que permite cruzar el río de la existencia para llegar a la otra orilla: la espiritual. Los budistas insisten en la meditación como la puerta que, al desprenderse del cuerpo material y bajar el nivel de conciencia, permite penetrar en las profundidades del ser. Esto nos invita a reflexionar sobre la ilusión de “elevarse” hacia un Dios externo. La verdadera divinidad no está arriba, sino dentro: esa chispa espiritual, ese “hombrecito de oro del tamaño de un pulgar” del que hablan los brahmanistas, ese “Eso” que es al mismo tiempo ser y no-ser, según el Tao. La idea de “La puerta estrecha”, nos recuerda las trepanaciones rituales en Oriente y cómo ciertas tradiciones buscaban abrir simbólicamente esa puerta en el cráneo para liberar el espíritu. La puerta estrecha no es un obstáculo cruel puesto por un dios caprichoso. Es una invitación a la transformación radical. En un mundo obsesionado con puertas anchas, accesos fáciles y atajos, la masonería nos recuerda que lo valioso exige despojo. No se entra al templo con el ego inflado, con las manos llenas de metales ni con el corazón dividido. Sólo se cruza cuando uno acepta dejar atrás lo que ya no sirve. Esa estrechez no es castigo: es precisión. Es el filtro que separa lo superficial de lo esencial. La puerta estrecha simboliza también el paso del siete (el plano de la creación, propio del grado de Maestro) al nueve (tres veces tres), la batería del tercer grado en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Según el Evangelio de Juan (14:6): «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí». Para el iniciado, esa “puerta” puede entenderse como el Cristo interior: la conciencia despierta que permite trascender lo creado para aproximarse al Creador. Al final, la puerta estrecha no separa sólo dos mundos: nos separa de nuestra propia ilusión de separación. Cruzarla es aceptar que el verdadero templo no está afuera, sino que se construye dentro de nosotros, paso a paso, despojo tras despojo, con humildad y perseverancia. Un viejo maestro zen recibió a un discípulo ansioso que le dijo: —Maestro, quiero alcanzar la iluminación. ¿Qué debo hacer? El maestro lo miró en silencio y luego señaló una pequeña puerta baja en el muro del monasterio. —Pasa por allí —le dijo. El discípulo se agachó, pero su mochila llena de libros y objetos personales le impidió cruzar. Tuvo que quitársela. Luego intentó pasar con su grueso abrigo de invierno y tampoco pudo. Tuvo que quitárselo también. Finalmente, descalzo y sin nada, logró atravesar la puerta estrecha. Al otro lado, el maestro sonreía. —¿Ves? —le dijo—. La iluminación no está al final del camino. Está al otro lado de todo lo que crees necesario llevar contigo. La puerta estrecha nos enseña que no se entra al templo —ni a la verdadera luz— cargando el peso del ego, las posesiones o las ideas preconcebidas. Sólo se cruza cuando uno se atreve a despojarse de lo superfluo. La grandeza no está en cuántas cosas acumulamos, sino en cuántas estamos dispuestos a dejar atrás para poder avanzar. La masonería nos invita constantemente a cruzar esa puerta despojándonos de los metales: no para humillarnos, sino para liberarnos. Porque sólo quien se atreve a cruzar desnudo de vanidades puede descubrir, al otro lado, la verdadera amplitud del ser. Alcoseri