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La Cólera del Gran Arquitecto del Universo Uno podría pensar que el Gran Arquitecto del Universo se había desentendido de la Masonería. Nada más lejos de la verdad. Aquí está la prueba. Un día, mientras observaba con atención su obra —y en particular la masonería sobre la Tierra—,GADU se indignó profundamente. Vio cómo muchos masones, en lugar de respetar y transmitir fielmente las antiguas liturgias masónicas y rituales propios de la Masonería, los adulteraban, los recortaban, los simplificaban o los convertían en meros espectáculos vacíos para complacer egos, no incomodar a políticos o adaptarse a modas pasajeras. Indignado, convocó a todos los masones que se consideraban “grandes constructores” del rito: Venerables Maestros, expertos en ritualística, reformadores y “modernizadores” de liturgias. Organizó varias tenidas y claro unos ágapes dignos de su nombre. Fue asi que los ágapes que ofreció GADU estaban bien dotados de pólvoras de todos colores , para comenzar hubo ricos terraplenes , luego varias tejas con fortificaciones , muchas pólvoras flojas y claro al final no faltaban las municiones dulces. Durante uno de los ágapes masónico GADU más relajado y sin cólera, mencionó que todo lo que había puesto a disposición de los masones en el Libro de la Ley como guía: ya que justo ahí estaban los símbolos puros, las palabras sagradas, las herramientas tradicionales y la gran luz original del Templo. Luego el Gran Arquitecto del Universo al momento de disparar planos les dirigió un discurso lleno de impacto divino. He aquí algunos fragmentos: «¡Masones ingratos! Os entregué los planos perfectos del Templo, las liturgias ancestrales y los rituales que permiten al masón elevarse y colaborar conmigo en la Gran Obra. Os di la posibilidad de ser los mejores constructores, para que, a través de vuestro trabajo interior, me glorificarais. Os favorecí con la luz de la Tradición, os honré vestíos con el mandil y la banda, y os permití ser celosos guardianes de lo sagrado. Pero eso no os bastó. Considerasteis mis rituales “anticuados”, “demasiado largos” o “poco adaptados a los tiempos”. Os atrevisteis a recortar las palabras sagradas, incluso a recortar al mínimo la iniciación masónica , y a suprimir de la ceremonia de iniciación pasajes esenciales, a modificar símbolos y a convertir el Templo en un simple escenario de vanidades. Una vez más, habéis profanado el Árbol de la Vida del diseño de la Logia y habéis adulterado los planos arquitectónicos que yo mismo tracé.» Los masones convocados, avergonzados e inquietos, guardaban silencio. Estaban ante el Gran Juez del Universo, no ante el Fiscal de su logia. Lo que aún no comprendían era que ya habían dejado el plano terrestre y se encontraban en ese espacio intermedio donde las almas rinden cuentas. GADU pronunció entonces su sentencia con voz firme: «Habéis abandonado el sentido sagrado de los rituales masónicos originales. Pero antes de dirigíos al Eterno Oriente, os envío a las heladas tinieblas del arrepentimiento, para que reflexionéis sobre algo muy simple: el Ritual es el fuego creador de la iniciación, mientras que la adulteración y el recorte son su contrario, el hielo que congela el espíritu. Al modificar y simplificar mis liturgias masónicas por complacer a los poderosos , o ya por comodidad o vanidad, os habéis entregado a las fuerzas de la disolución. Ahora debéis pagar por vuestro error. Durante unos días meditaréis en silencio sobre vuestro orgullo y vuestra insuficiencia, recordando que nadie puede mejorar lo que el Arquitecto ya trazó perfecto.» Así se cumplió la sentencia del Gran Arquitecto del Universo. Una advertencia clara y eterna para todos los masones: no se debe jugar a ser reformadores de lo sagrado sin asumir las consecuencias. Como masón aquí agrego mi visión Esta parábola nos confronta con una verdad incómoda pero necesaria. Muchos maestros masones insisten una y otra vez en que las formas tradicionales (rituales, símbolos, liturgias) no son caprichos humanos que se puedan modificar a voluntad. Son vehículos de una influencia espiritual real. Cuando se adulteran, recortan o “modernizan” por razones de comodidad, gusto personal o adaptación al mundo profano, se pierde la eficacia iniciática y la cadena de transmisión se debilita. Un Maestro Masón bien formado en la Catedra Masónica recordaría que el ritual no es un texto que se pueda editar como un artículo de revista. Es un acto vivo, una operación alquímica que actúa sobre el ser profundo del hombre. Cambiarlo arbitrariamente es como alterar la fórmula de la Piedra Filosofal: el resultado ya no será oro, sino escoria. En la tradición hermética y en las grandes corrientes iniciáticas de Oriente y Occidente, se repite la misma enseñanza: el rito debe conservarse en su pureza porque actúa más allá de la comprensión racional. Es un lenguaje simbólico que habla directamente al alma cuando se pronuncia correctamente. La ira o cólera del GADU no es un castigo caprichoso, sino una llamada de atención amorosa y firme. La masonería no necesita “actualizarse” constantemente para sobrevivir; necesita recuperar su esencia. Cuando los rituales se recortan para que duren menos, cuando se eliminan partes “incómodas” o cuando se convierten en meros espectáculos, se está profanando el Templo interior que cada masón debería construir. El verdadero rito no es largo ni corto: es exacto. No busca entretener, sino transformar. El fuego sagrado de la iniciación necesita ser preservado con reverencia, no diluido por vanidad o pereza. Que esta fábula nos despierte: mientras sigamos adulterando las liturgias y los rituales por “facilidad” o “modernidad”, seguiremos condenados a los “hielos del olvido”: una masonería fría, sin fuerza transformadora y sin verdadera luz. El Gran Arquitecto sigue observando. Y su cólera, como su amor, es una invitación a volver a lo esencial: respetar los planos originales, tallar con humildad nuestra piedra y transmitir intacta la llama que nos fue confiada. Moraleja No se trata de rechazar toda evolución, sino de recordar que hay cosas que no deben tocarse. El Ritual es sagrado porque es el puente entre el hombre y lo Divino. Quien lo profana, aunque lo haga con buena intención, termina enfriando el fuego que debería calentar el Templo. Que cada masón se pregunte hoy: ¿estoy preservando la llama o la estoy diluyendo?