¿Por qué La Sospecha sobre Masones?

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Orlando Palacios

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Aug 29, 2026, 9:51:56 PMAug 29
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¿Por qué La Sospecha sobre Masones?

Dicen los antiguos que la Masonería no tiene murallas de piedra, sino de conciencia. Que su verdad no se oculta tras puertas cerradas, sino en la disposición del corazón. Y que hay tiranías que llevan corona, y otras tiranías que llevan mandil; todas igualmente ciegas ante lo que no pueden dominar. Esta historia cuenta cómo un reino entero intentó desvelar lo que sólo se revela a quien busca sin engaño.
 
 
 
La Sospecha del Trono
 
Había un reino donde la fraternidad comenzaba a extenderse como luz entre las sombras. El Rey Valerio, inquietado por el creciente número de hombres que entraban y salían de aquellos Templos, llamó a su consejero más astuto: Jubentino.
 
—Ve —le ordenó—. Descubre qué hacen, qué traman, qué pactan. Trae la verdad sin adornos.
 
Jubentino buscó a los hermanos masones. Los encontró afables, pero callados por voto sagrado. Al no obtener respuestas, la amenaza brotó de inmediato:
—Hablad, o encarcelaré a todos.
 
Los masones, para proteger la obra, le dieron pistas confusas. Pero Jubentino era perspicaz y notó la trampa. Con voz tajante advirtió:
—Decidme la verdad, o caerán cabezas.
 
Entonces los hermanos masones le hablaron con claridad de la Orden: de la búsqueda de la Verdad, del trabajo sobre sí mismos, de la filantropía , de la fraternidad sin fronteras… Y el consejero, aunque escuchó cada palabra, no comprendió nada. Algo esencial le era ajeno.
 
Regresó ante el Rey y repitió todo cuanto oyó. Ni el monarca ni su consejero entendieron. Valerio frunció el ceño:
—Eres el hombre más sabio de mi reino, Jubentino . Si tú no comprendes, es porque ocultan algo. Llamemos al Gran Sacerdote del reino; tal vez él vea lo que se nos escapa.
 
 
 
La Sombra del Fanatismo
 
El Gran Sacerdote, hombre de aguda mirada y lengua afilada, vio de inmediato la oportunidad. Ante el Rey, lanzó acusaciones, calumnias y miedos. Pero Valerio y Jubentino percibieron la trampa: no buscaba la verdad, sino borrar a quienes no seguían su dogma. Comprendieron que aquel fanatismo religioso era otra tiranía: la de quien cree poseer toda la Verdad y condena al que piensa distinto.
 
—No —decidió el Rey—. Enviaremos ojos propios a las Logias.
 
Y así comenzó la infiltración. Espías del trono y del templo sagrado pidieron el ingreso. Pero los masones, que saben leer en la mirada lo que la boca calla, reconocieron de inmediato a quienes entraban con doble intención. No los expulsaron: simplemente, no les mostraron más que la fachada.
 
 
 
La Farsa que Creció
 
Los informes que llegaban al palacio eran cada vez más abundantes… y más confusos. Los espías subían grados, ocupaban puestos, presidían Logias; uno de ellos llegó incluso a ser Gran Maestro de aquel Oriente. Vestían el mandil, repetían las fórmulas, conocían el ritual… y sin embargo, no sabían nada. Creyeron verlo todo, cuando sólo veían la sombra.
 
Porque hay también tiranías que nacen dentro de la propia Orden: hermanos que confunden el mando con el dominio, el celo con la intolerancia, la fidelidad con la obediencia ciega. Ellos también son ciegos: ocupan el torno de oriente, pero su luz no calienta. Y así como los espías desde fuera, muchos desde dentro viven la Masonería sin comprenderla, atrapados en la forma sin tocar el espíritu.
 
 
 
La Última Pieza
 
Años pasaron. Jubentino , paciente y meticuloso, fue uniendo fragmentos. Poco a poco, la imagen comenzó a formarse en su mente. Comprendió el propósito, la filosofía, la transformación que la Orden busca en cada ser humano. Pero no se lo dijo al Rey. Algo le impedía hablar: había comprendido que aquello no era secreto que se revela con palabras, sino misterio que se guarda por respeto.
 
Un día, se presentó sólo ante los hermanos. Les expuso cuanto había descubierto. Lo escucharon en silencio. Al terminar, uno de ellos asintió:
 
—Has visto mucho, Jubentino . Pero te falta una sola pieza.
 
Un escalofrío recorrió su espalda:
—¿Qué pieza? Dímelo. Tengo poder para mandar quitaros la cabeza.
 
El hermano respondió con calma:
—La pieza que falta no se dice: se vive. Puedes leer todos los libros masónicos del mundo, conocer cada rito, cada palabra… pero si no entras con corazón sincero, si no transformas tu propia vida, si no amas a tu hermano sin preguntar quién es, verás siempre el Templo desde fuera. Esa es la esencia que ningún espía, ningún infiltrado, ningún poder puede robar. Los que enviaste creen ser masones; vestirán el mandil hasta el último día sin saber jamás lo que significa.
 
 
 
Conclusión — Directa y Sin Rodeos
 
Escúchalo bien, hermano:
 
La Masonería no se descubre: se merece.
 
Quien entra fingiendo, encuentra farsa. Quien entra dominando, encuentra servidumbre. Quien entra buscando poder, encuentra soledad. Y hay tiranías de afuera que nos persiguen, sí; pero hay tiranías de adentro que visten de mandil —disfrazadas de autoridad, de celo masónico, de pureza fraternal — que nos dañan más, porque confunden la Orden con su propio ego.
 
La verdadera Masonería no se oculta: se hace visible sólo a quien la vive. No hay llave que la abra si no es la del corazón sincero. Y quien intente entrar de otra forma, hallará puertas que se cierran solas, aunque estén abiertas de par en par.

 Alcoseri 



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