El Gran Arquitecto del Universo

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Alcoseri Vicente

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Apr 26, 2026, 10:09:37 PM (4 days ago) Apr 26
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El Gran Arquitecto del Universo
La reflexión que comparto con ustedes hoy guarda para mí un valor profundo y muy íntimo. Pocas veces he leído publicaciones  que profundicen en este tema, por lo que me adentro en terrenos que, quizás, permanecían inexplorados para muchos. Ayer mientras caminaba por una vereda del Cerro de la Silla que está a lado de un arroyuelo, mi mente se detenía ante una misma pregunta que surgía como un susurro constante: ¿qué fuerza dio origen a todo lo que existe, y qué sabia mano hace que el universo funcione y gire como un mecanismo construido con precisión exquisita, engranado con un equilibrio que desafía toda comprensión humana? Fue en esos momentos de calma y contemplación en ese bosque  cuando decidí meditar sobre el Gran Arquitecto del Universo —ese principio que invocamos en cada uno de nuestros augustos trabajos masónicos, y del que hace demasiado tiempo no hemos tratado a fondo. Hoy, nuestro tema es precisamente Él.
En una conferencia masónica en los años de principios de los 90´s en una librería “El Grillo” ubicada en un sótano de la Macro Plaza en las calles Morelos cruz con Zaragoza en Monterrey, una mujer ajena a nuestros misterios se dirigió al conferencista masón — y le preguntó con franqueza:—Señor, ¿por qué los masones hacen referencia constante al Gran Arquitecto del Universo? ¿Acaso esta práctica convierte a su Orden en una secta cerrada y excluyente?
La respuesta del conferencista masón fue clara y llena de sentido:—Señora, en algún momento intentamos que nuestros Hermanos masones  trabajaran por y para la gloria de la Humanidad, pero los resultados no fueron los que esperábamos. Después, fue "Al triunfo de la verdad y al progreso del género humano", pasamos a tratar de que lo hicieran por el prestigio de nuestra augusta organización, y tampoco obtuvimos frutos duraderos. Si les pidiéramos trabajar por mi propia gloria, el fracaso sería más que seguro. El concepto del Gran Arquitecto del Universo ofrece una solución distinta: permite que cada quien trabaje conforme a su propio ideal, sin que nadie le imponga creencias o fines ajenos a su ser. Por eso, nuestra Orden no puede ser considerada una secta, tampoco una religión.
Para los masones regulares —la mayoría en México y en el mundo anglosajón—, sí, el Gran Arquitecto del Universo es Dios, sólo que lo llaman así para que cada quien lo entienda según su propia fe, sin imponer una religión específica.
En cambio, en obediencias más laicas como el Rito Nacional Mexicano o las que siguen la línea del Gran Oriente de Francia, el GADU se interpreta como un principio creador o símbolo de orden cósmico, y ahí sí aceptan ateos y agnósticos sin problema. Depende totalmente de la corriente masónica en la que estés.

¿Pero no es un eufemismo decir Dios y un principio creador?

No, no es exactamente un eufemismo. Es un símbolo intencionalmente ambiguo. En la masonería regular, para casi todos es Dios, pero con un nombre que permite que cada uno lo entienda según su fe —cristiano, judío, musulmán—. No imponen una imagen concreta.
En las corrientes más laicas, lo tratan como un principio creador o fuerza organizadora del universo, sin necesidad de que sea un ser personal. Por eso algunos masones lo ven como Dios y otros como un símbolo de orden cósmico. El término está diseñado para que quepan las dos lecturas.
Para desarrollar este tema, he escogido dos caminos: uno histórico y polémico, que recorre las vicisitudes que ha rodeado a este principio a lo largo del tiempo, y otro simbólico, que nos adentra en sus significados más profundos y espirituales.
Una mirada histórica
En todos los rituales de principios del siglo XVIII, la invocación a un Ser Supremo se encontraba presente tanto al inicio como al final de cada trabajo. En aquella época, el Gran Arquitecto del Universo se identificaba claramente con la figura de Dios, tal como se le entendía en la fe cristiana. No debemos olvidar que, entonces, la Iglesia y el Estado formaban una sola estructura, y entre los primeros masones iniciados hubo numerosos sacerdotes que ingresaron a las logias de oficio u operativas  para aprender las artes necesarias en la construcción y restauración de templos y catedrales.
Algunos autores, como el estudioso del ocultismo Arthur Edward Waite, señalan que también existió la influencia de grupos místicos cristianos vinculados a la tradición rosacruz, quienes habrían aportado una dimensión más espiritual y trascendente a las prácticas de las Logias operativas del siglo XVII. Sin embargo, como advierten investigadores—en el estudio de las tradiciones esotéricas—, no contamos con pruebas irrefutables que confirmen el alcance real de esta influencia.
Hacia finales del siglo XIX, exactamente en 1877, el Gran Oriente de Francia tomó la decisión de eliminar la invocación al Gran Arquitecto del Universo de sus rituales. Este hecho marcó el inicio de una larga disputa que, lamentablemente, se mantiene hasta nuestros días. Tras esta medida, motivada por principios laicos y republicanos, la Gran Logia Unida de Inglaterra rompió todo vínculo con esta organización, separándola de la masonería anglosajona y de gran parte de la comunidad masónica mundial.
Las Constituciones de Anderson, texto fundamental de nuestra tradición, establecen claramente la referencia al Gran Arquitecto del Universo, y definen que un masón no debe ser ni un ateo cerrado ni un ser sin principios morales. Sin embargo, esta división dio origen a dos corrientes que persisten hoy: la llamada masonería regular, de tradición anglosajona, que reconoce al Gran Arquitecto y se rige por estas normas, y la masonería denominada irregular, a la que se han atribuido —de manera a menudo injusta— rasgos de laicismo extremo, falta de fe o incluso inmoralidad, y que se alinea con los postulados del Gran Oriente de Francia.
Resulta paradójico que, mientras las Constituciones de Anderson proclaman la fraternidad universal y la hermandad entre todos los que comparten nuestros signos y símbolos, en la práctica las diferencias han generado barreras difíciles de cruzar. Y lo más sorprendente es que estas disputas a menudo responden más a intereses políticos que a cuestiones de verdadera espiritualidad. El Vaticano, no reconoce a la masonería regular y menos a la irregular —paradójicamente , compuesta la masonería mayoritariamente por católicos en Latinoamérica —,rechaza cualquier vínculo con otras ramas de la Orden. Mientras tanto, la Iglesia Ortodoxa mantiene posturas contrarias, demostrando cuánto influyen los intereses terrenales en lo que debería ser un camino de elevación espiritual.
¿Hablamos de Dios o del Gran Arquitecto del Universo?
A menudo, quienes reflexionan sobre estos temas tienden a unir ambos conceptos o a confundirlos, mezclando posturas filosóficas y teológicas sin distinguir sus matices. Sin embargo, esta distinción es esencial. Como señala el filósofo y ocultista Paul Sédir, la espiritualidad no es patrimonio exclusivo de quienes profesan una fe determinada. Las Constituciones de Anderson excluyen de la iniciación a quienes rechazan toda idea de principio superior. Al igual que en cualquier grupo humano, entre quienes no profesan fe religiosa hay personas sabias y personas ignorantes, al igual que entre quienes sí creen.
Para mí, el Gran Arquitecto del Universo trasciende cualquier definición limitada. Es el principio que nos permite reunirnos en torno a un propósito común, aunque cada uno le dé un nombre o una interpretación distinta: para unos es Dios, para otros la Razón que ilumina el pensamiento humano y lo distingue de la naturaleza instintiva, y para otros la energía creadora que da vida a todo lo que existe. Como dice el maestro masón Éliphas Lévi, cada ser guarda su propia verdad, su propio santuario íntimo, y nadie tiene derecho a imponer su visión como la única válida. Lo importante es que este principio nos une en la reflexión constante sobre el ser humano y su lugar en el universo.
Me siento orgulloso de pertenecer a una organización que es un verdadero microcosmos: en ella conviven personas de todas las creencias, tradiciones y formas de pensar, y aun así todos invocamos al Gran Arquitecto del Universo, cada uno desde su propia experiencia y comprensión. Por ello, es natural que podamos mantener diálogos respetuosos con autoridades de distintas tradiciones, como el budismo, que comparten principios de sabiduría y compasión. Sin embargo, las relaciones con la Iglesia Católica han sido históricamente tensas, y a menudo las diferencias de pensamiento dan lugar a juicios y rechazos mutuos, lejos de la luz y la tolerancia que deberían guiar nuestros pasos.
El universo es una obra de complejidad infinita y belleza perfecta, y todo esto es manifestación del Gran Arquitecto del Universo.
En nuestros tiempos, los prejuicios se han vuelto demasiado comunes: a menudo se asocia una religión con el fanatismo, y se generalizan conductas de una minoría como si fueran propias de todos los que comparten una misma fe. Es triste ver que creencias que deberían ser fuente de amor y comprensión se hayan convertido, en algunos casos, en motivo de odio y exclusión. Pero no debemos caer en el error de extender estas actitudes a todos. Desde 1877, las distintas ramas de nuestra Orden han mantenido posturas distintas respecto al Gran Arquitecto, y quizás nunca hayan estado plenamente de acuerdo. El puente que cruza el río de nuestra intolerancia es estrecho, pero pido con fuerza que todas las personas de buena voluntad tengan la libertad de cruzarlo, de pensar más allá de los prejuicios y de reconocer que la diversidad es parte de la riqueza de nuestra búsqueda espiritual.
El significado simbólico
El Gran Arquitecto del Universo es uno de los símbolos más importantes de la masonería. No es sólo una frase, es un concepto simbólico que representa el principio creador u orden cósmico, y se suele representar con el ojo que todo lo ve dentro de un triángulo. Es un símbolo central, especialmente en logias regulares.
En el espacio de la logia, el Gran Arquitecto del Universo se representa alegóricamente a través de dos símbolos fundamentales. El primero es el Triángulo Luminoso, situado en lo más alto del recinto, dominando todo lo que sucede en él. En su centro se encuentra el Ojo: ¿es el ojo de Dios, el de la sabiduría o el de la razón? Cada uno puede darle el significado que más resuene en su ser. En algunos templos y lugares sagrados, este símbolo se sustituye por las cuatro letras hebreas que forman el nombre sagrado: Yod, He, Vav, He. Como explica el especialista en cábala Gershom Scholem, el valor numérico de estas letras es 26, cifra que guarda relación con conceptos fundamentales como la unidad, el amor y la paternidad, todos con valores simbólicos que invitan a comprender las leyes que rigen la vida y el cosmos. Este nombre es tan sagrado que, desde hace siglos, se evita pronunciarlo, sustituyéndolo por términos que expresan respeto y veneración.
En algunos diseños creados por nuestro Hermano Oswald Wirth, uno de los grandes pensadores de nuestra tradición, sólo aparece la letra Yod en el centro del triángulo. Esta letra representa el fuego divino, esa energía creadora que en la tradición india recibe el nombre de Agni, y que simboliza la chispa espiritual que habita en todo ser.
El ojo, desde la antigüedad, ha sido considerado como un órgano que permite percibir realidades que van más allá de lo físico. En la mitología, encontramos ejemplos de su poder: el ojo de los cíclopes, que veía con una fuerza inigualable, o el de Medusa, que transformaba en piedra a quien lo miraba. Pero también, en muchas tradiciones orientales, el ojo es símbolo de la visión interior, de la capacidad de mirar dentro de uno mismo para descubrir la verdad. Shiva, la divinidad hindú, posee un tercer ojo que le permite alcanzar la perfección a través de la meditación. En nuestra tradición, este símbolo nos recuerda que la luz que descubrimos en nuestro camino espiritual debemos compartirla con los demás. También representa la capacidad de observar con objetividad, de analizar las situaciones sin dejarnos llevar por prejuicios o pasiones, buscando siempre la verdad más profunda.
El segundo símbolo es el Libro de la Ley Sagrada, que reposa sobre el altar de las promesas, cubierto por el compás y la escuadra. Es la expresión escrita de la verdad divina, y su valor no depende de su origen o su forma, sino de lo que representa. San Agustín afirmaba que las escrituras son un gran símbolo cuya clave se encuentra en el interior de cada persona. Así, nuestra interpretación depende de nuestra experiencia, de nuestro grado de madurez espiritual y de nuestro recorrido en el camino de la iniciación. Como señala el investigador y escritor Edouard Schuré, los grandes iniciados son quienes han logrado descifrar los significados más profundos de estos símbolos, pero cada uno de nosotros debe buscar sus propias respuestas a lo largo de su vida.
A menudo se ha planteado la idea de que el Gran Arquitecto del Universo podría ser también la mirada sabia y guía de la Gran Logia Blanca, esa comunidad de seres iluminados que, según muchas tradiciones, han existido a lo largo de la historia para guiar el destino de la humanidad. Historias sobre reinos de sabiduría oculta, como la ciudad de Agharta o la civilización de la Atlántida, han alimentado esta creencia durante siglos.
 También esta la Escuela Sarmoung o Hermandad Sarmoung. Es una fraternidad esotérica muy antigua que Gurdjieff menciona en su libro Encuentros con hombres notables.
Según él, se originó en Babilonia alrededor del 2500 a.C., guardaba sabiduría secreta de civilizaciones antiguas, y en su época estaba oculta en un monasterio en el corazón de Asia Central, cerca de Bukhara.
Gurdjieff dice que lo llevaron ahí vendado, pasó tres meses en un monasterio con cuatro patios concéntricos, vio danzas sagradas impresionantes y aparatos antiguos para entrenar danzantes. Para él, esa hermandad fue una de sus principales fuentes del Cuarto Camino, que es el sistema de autoconocimiento y despertar que enseñó después.
El nombre "Sarmoung" significa algo como "abeja" en persa antiguo —el símbolo de quienes recolectan y preservan la miel de la sabiduría tradicional.
Muchos creen que es simbólico o ficticio, pero para Gurdjieff representaba la tradición viva que él trajo al mundo moderno.
El Sarmoung de Gurdjieff es una fraternidad esotérica secreta, milenaria, escondida en Asia Central —posiblemente en Afganistán, cerca del Hindu Kush—.
Ahora asalta la idea de relacionar Sarmoung con, lo que cuenta el hermano masón Kipling en El hombre que debió reinar (la película de John Huston con Sean Connery y Michael Caine) es masonería pura: los dos aventureros llegan a Kafiristan (hoy Nuristan, en Afganistán) y descubren que los locales practican un rito masónico antiguo, probablemente traído por Alejandro Magno. Usan signos y contraseñas masónicas para hacerse pasar por dioses y reyes.
La única conexión es el lugar: ambos hablan de una sabiduría secreta oculta en las montañas de Afganistán. Pero uno es misticismo sufí-esotérico y el otro es francmasonería clásica. Son dos tradiciones distintas que coinciden geográficamente y en la misma época, ¿simple coincidencia?.
 Aunque no podamos confirmar su existencia, esta visión nos habla de la esperanza de que hay fuerzas y seres que trabajan por el bienestar universal. ¿Acaso esa voz interior que nos aconseja, que nos dice cuándo avanzar y cuándo detenernos, no es también una manifestación de ese principio superior?
El reconocimiento de nuestra propia ignorancia es el primer paso hacia el conocimiento. El Libro de la Ley Sagrada nos recuerda constantemente que siempre hay más por descubrir, que nuestra comprensión es limitada y que debemos mantener una actitud humilde y abierta ante la verdad.
El Gran Arquitecto del Universo, principio de libertad y guía espiritual
Para mí, el Gran Arquitecto del Universo es también el garante de la libertad de cada ser humano. ¿Acaso hay alguien que no tenga un ideal, una meta o un propósito que le da sentido a su vida? A lo largo de nuestra existencia, nos trazamos metas, algunas logramos alcanzarlas y otras quedan en el camino, pero todas convergen hacia un mismo punto, que podríamos llamar el Punto Omega. Es el lugar donde se unen todos nuestros esfuerzos, pensamientos y sentimientos, el ideal que nos atrae con fuerza y nos guía en cada paso.
El Gran Arquitecto del Universo es precisamente ese ideal que me orienta, esa luz que me invita a seguir avanzando. Una persona sin ideales, sin metas ni propósitos, ¿puede ser realmente libre? Yo creo que no: quien no tiene un rumbo definido se convierte en prisionero de sus propios impulsos y limitaciones.
La diferencia fundamental que yo establezco entre Dios y el Gran Arquitecto del Universo radica en la forma en que comprendemos su influencia. Cuando pensamos en Dios, solemos hacerlo en términos de bien y mal, de lo correcto y lo incorrecto, estableciendo distinciones que responden a normas morales y religiosas. Sin embargo, el Gran Arquitecto del Universo nos invita a mirar más allá de estas categorías. Nos enseña a observar la realidad con objetividad, a comprender que la luz y la oscuridad no son opuestos absolutos, sino partes de un todo. La luz nos guía en nuestro camino, y la oscuridad nos invita a buscar con más empeño la verdad, sin que ninguna de las dos sea buena o mala por sí misma. Esta forma de ver el mundo es uno de los mayores regalos que nos brinda la iniciación: la capacidad de comprender que todo tiene un propósito y un significado dentro del orden universal.
Recuerdo una anécdota masónica que escuché hace años, sobre un sabio masón que vivía en lo alto de una montaña. Un día, llegó a su morada un joven aprendiz de Masón que le preguntó: —Q.: H:., ¿cuál es el secreto para comprender el origen y el sentido de todo lo que existe? El sabio no respondió de inmediato, sino que le invitó a caminar hasta el borde de un acantilado. Desde allí, podían ver el valle extenso, los ríos que lo cruzaban, los bosques y las montañas que se extendían hasta el horizonte. El anciano masón  le dijo: —Mira todo esto: cada piedra, cada árbol, cada corriente de agua tiene su lugar y su función. Nadie los diseñó según un gusto personal o una regla arbitraria, sino que forman parte de un orden que se mantiene por sí mismo, que se adapta y evoluciona sin dejar de ser completo y armónico. Ese orden, esa sabiduría que se manifiesta en todo lo que ves, es lo que muchos llaman Dios, lo que otros llaman Naturaleza o Razón, y lo que nosotros llamamos el Gran Arquitecto del Universo.
La enseñanza de esta historia es clara: no importa el nombre que le demos ni la forma en que lo entendamos, lo esencial es reconocer que existe un principio superior que da sentido a nuestra existencia y que nos invita a vivir con respeto, tolerancia y búsqueda constante de la verdad. El Gran Arquitecto del Universo no es un concepto cerrado ni una verdad inamovible, sino una puerta abierta a la exploración espiritual, un camino que se construye a cada paso conforme elevamos nuestra conciencia y ampliamos nuestra comprensión de lo sagrado. Es la luz que nos guía más allá de las apariencias, la fuerza que nos impulsa a buscar la unidad en medio de la diversidad y el fundamento sobre el que construimos nuestro propio crecimiento como seres libres y pensantes. Porque al final, hablar de Él no es hablar de una definición única, sino de la posibilidad infinita de comprender el misterio que da vida a todo lo que existe.
Alcoseri 
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