¿Cuál Es La Finalidad Del Ser Humano?

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Orlando Palacios

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Feb 18, 2026, 3:49:24 PM (yesterday) Feb 18
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¿Cuál Es La Finalidad Del Ser Humano?
La ciencia moderna avanza rápidamente en el descubrimiento de cómo funciona el universo, pero rara vez se pregunta para qué existe. Si el cosmos resulta demasiado vasto para abarcarlo en su totalidad, podemos reducir el enfoque al sistema solar o, aún más, a la Tierra. ¿Quién se interroga sobre la finalidad de esta pieza clave del mecanismo cósmico? El ser humano mismo es otra máquina perfectamente construida, más cercana a nosotros que cualquier otra. ¿Nos preguntamos para qué sirve este ingenioso aparato?
Hombres y sociedades —científicos y profanos— intentan descorrer el velo que oculta el futuro. Todos coincidimos en que la humanidad atraviesa una grave crisis, al punto de dudar de su supervivencia. Sin embargo, en estos análisis es difícil encontrar a alguien que plantee la pregunta primordial: ¿la existencia de la Tierra y de la humanidad que la habita sirve para alguna finalidad útil? Resulta paradójico, pues constantemente formulamos esta cuestión respecto a entidades secundarias: organizaciones humanas, actividades cotidianas, etc. Nos enorgullecemos de nuestra actitud utilitarista y rechazamos lo que carece de utilidad aparente, celebrando la capacidad humana para transformar recursos naturales en algo provechoso.
La vida en la Tierra es de una complejidad asombrosa. Es un mecanismo tan ingenioso —capaz no solo de mantenerse, sino de evolucionar hacia estados más complejos— que sorprende que pocos se pregunten por su propósito. Quien se hubiera limitado a formular esta interrogante merecería un lugar destacado entre los pioneros del pensamiento humano. Como ya hemos visto, esta pregunta surgió y se convirtió en la idea central de ciertos mundos interiores: ¿cuál es el sentido y el significado de la vida en la Tierra en general, y de la vida humana en particular?
Esta es una cuestión lógica y natural, pero al indagar por qué no se le ocurre a toda persona reflexiva, penetramos en lo más profundo de la condición humana. Estamos tan inmersos en problemas objetivos que olvidamos reflexionar sobre una pregunta esencial: ¿para qué existo? Durante más de dos mil años, los filósofos han intentado responder cuestiones como “¿cuál es la Realidad y cómo podemos conocerla?”, dejando de lado interrogantes como “¿quién lo ha hecho y por qué?”, ya sea por considerarlas irresolubles o por delegarlas en los teólogos, quienes suplirían las limitaciones de la razón con la revelación y la fe.
Los teólogos coinciden en que la primera parte ha sido revelada: la vida terrestre y humana fue creada por Dios. La segunda —su finalidad— la han dejado en el misterio. Un escéptico podría parafrasear: “Si Dios ha hecho esto, ha cometido un acto de suprema imprudencia”. Esta observación parece más vigente hoy que hace décadas. Quienes no adhieren a tradiciones religiosas, especialmente los que dudan o niegan la existencia de Dios, carecen de respuesta y suelen evitar estos temas por considerarlos carentes de sentido. Si la utilidad de la creación implica un Creador, Dios y utilidad parecen conceptos inseparables. Pero si Dios es autosuficiente, no busca utilidad. Aquí yace una insatisfacción profunda.
En las religiones y filosofías orientales, la utilidad tiene poca relevancia, por lo que no sienten necesidad de explicar nada. El budismo, en sus diversas formas, rechaza estas cuestiones como superficiales e insiste en que el objetivo humano es liberarse del sufrimiento inherente a la encarnación. La excepción notable es el zoroastrismo, que enseña que la vida terrestre y la humana —dotada de inteligencia— fueron creadas para aliarse con Ahura Mazda en la lucha contra las tinieblas. Los himnos avésticos abundan en referencias al rol del hombre como colaborador en el proceso cósmico: “¡Que podamos ser de los que renuevan el mundo y lo hacen progresar!” .
Desde el siglo XVII, el pensamiento europeo se ha centrado cada vez más en lo natural y menos en lo sobrenatural. Al descubrir que la naturaleza obedece leyes que el hombre puede conocer y modificar para su beneficio, la conquista del saber y el poder se convirtió en obsesión. La pregunta “¿para qué está todo esto?” recibió una respuesta simple: “Todo existe para el hombre y su satisfacción”. La utilidad auténtica se redujo a lo conveniente para fines humanos.
A finales del siglo XX y en las primeras décadas del XXI, ciencia y religión impulsaban al hombre en direcciones opuestas, pero ninguna consideraba seriamente el sentido de la vida humana en la Tierra. Ambas pretendían conocer la respuesta, pero ninguna podía explicarla convincentemente.
Hoy enfrentamos las consecuencias de haber olvidado esta pregunta. El futuro de la humanidad se ve amenazado por la inseguridad que genera la idea de que la vida carece de finalidad. Pocas personas aceptan ya la doctrina de que Dios creó al hombre para amarlo y servirlo en la Tierra, y luego vivir con Él en la gloria eterna. Las ideas ingenuas de cielo e infierno, incluso en sus versiones teológicas sofisticadas, carecen de sentido para el hombre moderno, incompatible con el avance científico.
Es extraño que no se haya buscado una explicación más convincente del significado de la vida terrestre. Los científicos saben que la ciencia no puede responder sola a estas cuestiones, pero reconocen la necesidad desesperada de un enfoque que restaure la confianza en un mundo desconcertado.
No es cierto que nadie se pregunte “¿qué es la vida?”. Todos lo hacemos alguna vez, a veces superficialmente, otras con anhelo de respuesta. Pero esta pregunta suele desviarse hacia lo personal: queremos que nuestra vida signifique algo. Si estamos satisfechos con relaciones y actividades externas, olvidamos su desconexión con un sentido superior. El sufrimiento mundial persiste, independientemente de la felicidad individual. La interrogante “¿por qué es así el mundo?” late en todos, y debemos explorar hasta dónde llegan los sabios en busca de una respuesta satisfactoria.
Existen dos escuelas principales de pensamiento. Una se contenta con descubrir leyes accidentales para conocer “cómo funciona todo” y adaptarlo a nuestra conveniencia, rechazando toda finalidad que no sea el progreso humano en conocimiento y poder. La otra intenta explicar fenómenos naturales mientras mantiene creencias en designios sobrenaturales; son dualistas que aceptan dos realidades sin unirlas.
Si rechazamos estas evasivas, debemos reconocer que los religiosos han errado al intentar racionalizar la fe. Los argumentos para probar la existencia de Dios han fallado, llevando a la conclusión engañosa de que su imposibilidad equivale a probar su inexistencia. El argumento del “orden del universo” persiste en algunos textos teológicos: “¿Cómo dudar que esta obra maravillosa sea de un Artífice Supremo?”. La ciencia lo invalidó al mostrar leyes universales sin finalidad aparente y la evolución de la vida desde formas simples.
Ni filósofos ni científicos advirtieron la trampa antropomórfica: juzgar la naturaleza como obra humana. Cuando alas y cerebro se explicaron como adaptaciones para la supervivencia, pareció innecesaria otra explicación. Nadie consideró una finalidad no humana, inalcanzable para el entendimiento terrenal. La ciencia amplió horizontes más allá de lo terrestre, descartando filosofías egocéntricas.
En la masonería, esta pregunta sobre el sentido de la vida ha sido central desde sus orígenes especulativos (siglo XVIII). La masonería, como fraternidad iniciática, promueve la búsqueda de la verdad y el perfeccionamiento moral. Sus rituales simbolizan el trabajo sobre la “piedra bruta” (el yo imperfecto) para transformarla en “piedra cúbica” pulida, apta para el Templo ideal de la humanidad. Reconoce al Gran Arquitecto del Universo como principio ordenador, sin dogmatismos religiosos, y enfatiza la fraternidad, la libertad y la igualdad.
La masonería propone que la vida humana participa en una conservación recíproca cósmica: todo ser produce energías o sustancias necesarias para otros. Utiliza los conceptos de involución (descenso de energías superiores hacia inferiores, degradándose entrópicamente) y evolución (ascenso de energías inferiores hacia superiores, contra la entropía, requiriendo “aparatos” como el cuerpo humano o la Tierra misma). El “trabajo masónico” —contra la corriente natural— busca esta transformación evolutiva, con “ayuda de arriba” (influencias superiores conscientes). Esto resuena con la idea masónica de colaboración en la Gran Obra: edificar un mundo mejor mediante el progreso ético y espiritual.
En sí, la masonería ofrece una respuesta distinta: la vida en la Tierra tiene sentido en un contexto cósmico más amplio, donde el hombre colabora en procesos de transformación y conservación recíproca. Si existe una finalidad superior, nuestra existencia adquiere valor al relacionarse con ella, liberándonos de valores subjetivos o conflictivos. Esta perspectiva, milenaria en sus raíces simbólicas y filosóficas, invita a todo ser humano a participar conscientemente en la evolución universal.
Alcoseri  

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