Uno de los Enigmáticos Cuentos de Nasrudin

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Alcoseri Vicente

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May 19, 2026, 10:08:01 PM (2 days ago) May 19
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Uno de los Enigmáticos Cuentos de Nasrudin
Este antiguo cuento del Sufismo de Mulá Nasrudín no es sólo  un relato lleno de sabiduría y comprensión: es también una enseñanza profunda, cargada de sentido oculto, que refleja perfectamente la eterna lucha entre la verdadera luz y las fuerzas que siempre han intentado apagarla. Lo que aquí se narra tiene mucho que ver con lo que ha sucedido y sigue sucediendo con la Francmasonería: una Orden que, desde tiempos inmemoriales, ha custodiado la enseñanza auténtica, mientras ha tenido que enfrentarse a quienes prefieren mantener a la humanidad en la ignorancia, dividida y lejos de su verdadero destino espiritual. Es una historia que nos habla de intuición, de búsqueda, de libertad y de cómo la sabiduría verdadera siempre logra sobrevivir, aunque parezca escondida o incomprendida.
La leyenda de Nasrudín: el engaño y la verdad oculta
Hubo en tiempos antiguos un hombre astuto y de corazón oscuro, al que podríamos llamar el Villano. Le fue confiada la responsabilidad de educar a un grupo de huérfanos, de prepararlos para la vida y ayudarles a desarrollar todo su potencial. Pero este hombre no tenía buenas intenciones: al contrario, estudió con cuidado cuáles eran las cualidades y también las debilidades naturales de los niños, y decidió usar ese conocimiento para dominarlos.
En lugar de enseñarles a pensar por sí mismos, a descubrir y a aprender a enseñarse a sí mismos —que era su verdadera misión—, les dijo que ya lo sabían todo, que ya poseían la sabiduría completa. Les marcó reglas, les dijo qué debían hacer y qué debían prohibirse, y así logró que la mayoría le obedeciera ciegamente, sin cuestionar nada. Jamás les reveló que su deber era precisamente lo contrario: darles herramientas para que fueran libres y autónomos.
Pasaron los años, los niños crecieron, y el Villano notó algo que no esperaba: aunque muchos seguían sometidos, algunos habían logrado despertar, habían entendido el engaño y se habían alejado de su influencia. Entonces, cuando le entregaron una segunda escuela con nuevos alumnos, decidió cambiar de estrategia, más sutil y peligrosa aún.
A estos nuevos niños no les exigió obediencia directa, sino que los ató a su voluntad mediante la vanidad y el orgullo intelectual. “La mente lo puede todo”, les decía. “Sólo  el conocimiento, sólo  la razón y la ciencia os darán la comprensión total del universo”. Y ellos, orgullosos, pensaron: “Es verdad. Si somos inteligentes, podemos resolver cualquier problema nosotros solos”.
Para demostrarlo, el Villano les ponía ejemplos: “Mirad a ese hombre que se deja llevar por sus emociones: es un desastre, inestable, confundido. En cambio, aquel otro que vive sólo  guiado por su razón: ¡qué tranquilo, qué seguro, qué feliz es!”. Pero había algo que nunca les dijo, algo que ocultó con mucho cuidado: entre la emoción y el intelecto existe una tercera vía, mucho más poderosa y profunda: la intuición, esa luz interior que conecta con la verdad real. Sabía que si la descubrían, su poder sobre ellos se acabaría, así que cada vez que alguno tenía una sensación, una premonición o una comprensión repentina, él la descartaba diciendo que no era más que una coincidencia, algo sin importancia, algo que no tenía lógica.
Existen dos formas de adquirir sabiduría: una es repetir, memorizar, hacer siempre lo mismo; la otra nace de esa intuición, que une lo que sentimos, lo que pensamos y lo que somos. Pero el Villano eliminó por completo esta última, dejando sólo  la primera: la que crea hábitos vacíos, que no transforman el espíritu.
Algunos niños, sin embargo, sentían que faltaba algo. Veían que hay cosas en la vida que la lógica no explica, sucesos extraños, sensaciones de que existe un conocimiento más alto. Le preguntaron: “¿Hay algo más, maestro? ¿Hay secretos que no nos ha contado?”. Y él respondía de dos formas distintas, separando a los alumnos para que no se enteraran: a unos les decía: “No, nada de eso existe; es sólo  superstición, debilidad mental, imaginación sin sentido”. A otros les decía: “Sí, hay mucho más, pero jamás podréis saberlo, porque está más allá de cualquier ciencia o estudio que yo pueda enseñaros”. Así mantenía la confusión, y cuando ocurría algo inexplicable, lo desechaba diciendo que no tenía valor científico.
Su truco maestro era este: sabía que la intuición y el verdadero conocimiento surgen cuando hay equilibrio entre lo que sentimos y lo que pensamos. Por eso les enseñó a ignorar sus propios cambios internos, a no notar que en algunos momentos comprendían mucho más que en otros, porque si descubrían esa variación, adivinarían todo lo que les había ocultado. Confundieron la sabiduría con la simple lógica, y creyeron que todo lo que no encajaba en ella no era verdad.
Los alumnos de la primera escuela, los que ya eran adultos, algunos habían escapado del engaño y hablaban libremente. Al encontrarse con los nuevos, sus comentarios rompieron la fe ciega en la ciencia pura que el Villano había inculcado. Entonces, el Villano mandó a sus seguidores más fieles de la primera escuela a enseñar doctrinas complicadas, oscuras, difíciles de entender, y les dijo a los nuevos: “Escuchadles, pero siempre usad vuestra razón”.
Los nuevos, que confiaban sólo  en su intelecto, dijeron: “Esas enseñanzas no tienen lógica, se contradicen. Sólo  lo que podemos demostrar es real”. Pero los que ya habían despertado les decían: “No negamos que esas doctrinas sean confusas o erróneas, pero el hecho de que no expliquen el misterio de la vida no significa que ese misterio no exista”.
—Entonces —decían los intelectuales—, ¿podéis explicar ese misterio con palabras lógicas?—Si lo hiciéramos —respondían los despiertos—, estaríamos traicionando la propia verdad, porque lo profundo no se puede encerrar en fórmulas.
—¡Nada que no resista la prueba de la razón puede ser verdad! —repetían.
Y así nació la confusión y el caos. Algunos, confundidos, decían: “Ya no creo en nadie, tengo que descubrir todo yo mismo sólo  con mi voluntad”. Otros, simplemente, se entregaron ciegamente a quien les parecía más sabio, lo que también era un error: porque la verdad no se cree ni se acepta sin más, se vive y se comprende con todo el ser.
El Villano estaba encantado: cuanto más desunidos, confundidos o extremos eran, más poder tenía él. Su enseñanza del intelecto aislado había fomentado el egoísmo, la discusión y la separación. A quienes sentían que les faltaba algo, un vacío interior, les dijo: “Distraed vuestra mente con ambiciones, con riquezas, con honores, con competir, con placeres, con todo lo que os haga olvidar esa sensación”.
Como dicen los antiguos: si un caballo no encuentra hierba fresca, comerá paja seca. La humanidad aceptó las migajas que le daban: modas, pasatiempos, riquezas pasajeras, diversiones que sólo  aliviaban momentáneamente la sed de verdad. Eran como un enfermo que se conforma con calmantes porque le han dicho que su enfermedad no tiene cura; o como el mono que agarra una fruta dentro de una botella y, por no soltarla, queda atrapado y capturado, gritando orgulloso: “¡Pero tengo mi fruta!”.
Se aceptó esta visión incompleta, fragmentada de la vida, y a quienes intentaban decir: “Mirad, la verdad está aquí”, los llamaban locos o les decían: “Si es verdad, pruébalo con lógica, demuéstralo con números”. Pero en el fondo, todos sabían que la moneda falsa sólo  existe porque hay una verdadera, aunque no la vean. Eran como niños nacidos en una casa cerrada, que nunca han podido salir, y creen que el mundo es sólo  lo que ven en esas habitaciones, sin imaginar que existen otras construcciones, otros paisajes, otra luz.
Sin embargo, la enseñanza verdadera nunca desaparece. Se conservó en algo que era un libro y a la vez no lo era, transmitido en secreto de sabio en sabio, hasta llegar a un hombre llamado Hussein. Él buscó por todo el mundo hasta encontrar a quien pudiera darle forma perfecta: el incomparable Mulá Nasrudín, maestro que era a la vez sabio y loco, ser único que representaba a todos los seres humanos, que hablaba con paradojas y enseñaba sin imponer.
Nasrudín logró escapar de la red del Villano, porque ¿cómo se puede destruir lo que no tiene forma? ¿Cómo se puede silenciar a quien habla en parábolas que cada uno comprende a su manera? ¿Cómo se puede encarcelar a quien es en realidad la imagen de todos nosotros? Él mostró el camino: igual que un árbol que da raíces profundas, frutos dulces, hojas sanadoras y semillas que vuelven a nacer, la verdad es una y múltiple, está en todo y en todos, pero sólo  la ven quienes aprenden a mirar con la intuición despierta.
Estudia, pues, las enseñanzas de Nasrudín, y descubrirás que la verdad no está fuera, sino dentro, y que sólo  recuperando esa sabiduría antigua y olvidada podremos dejar de comer paja y volver a alimentarnos de la hierba fresca de la Verdad.
Sentido esotérico, gnóstico y oculto
Esta historia es una de las más profundas enseñanzas sobre la verdadera naturaleza del conocimiento. Desde la visión gnóstica, sabemos que vivimos en un mundo donde nos han dado una visión parcial, fragmentaria, diseñada para que no descubramos quiénes somos realmente y cuál es nuestro origen divino. El Villano representa todas esas fuerzas, sistemas y doctrinas que a lo largo de la historia han querido mantener al ser humano separado de su fuente, confundido entre la emoción desordenada o la razón fría, olvidando que la verdadera sabiduría está en el equilibrio y en la intuición, esa chispa divina que todos llevamos dentro y que es nuestra única guía segura.
En la masonería, entendemos esto perfectamente: nuestra labor consiste precisamente en romper esas cadenas, en limpiar nuestra mente y nuestro corazón, para despertar esa capacidad de ver más allá de las apariencias. Sabemos que hay conocimientos que no se pueden escribir ni explicar con palabras, porque se sienten, se comprenden y se viven. La Orden Masónica ha sido, desde siempre, la guardiana de esta enseñanza: nos dice que no basta con ser inteligentes ni con ser sólo  buenos, sino que hay que integrar todo nuestro ser para llegar a la luz. Mulá Nasrudín es, en este sentido, el símbolo perfecto del masón: aquel que parece sencillo, a veces incomprendido o hasta "loco" para los que sólo  entienden de lógica, pero que encierra la sabiduría más alta y que se mueve libremente, fuera de las redes de engaño que el mundo pone a todos lados.
Es admirable cómo la Francmasonería ha resistido todo esto: ha conservado el equilibrio, ha enseñado que la verdad no se impone ni se fuerza, sino que se descubre, y ha defendido siempre que el ser humano debe ser libre para buscar, para dudar, para intuir y para construir su propio camino hacia la perfección. Es la única institución que, sin dogmas ni imposiciones, ha dicho siempre: “Mira dentro, estudia, equilibra, y encontrarás”.
La guerra eterna: el Villano contra la Masonería
Lo que narra esta leyenda es exactamente lo que ha sucedido con nuestra Orden a lo largo de la historia. En todos los idiomas y tradiciones se cuenta lo mismo: existe una lucha constante, una guerra silenciosa pero muy real, entre quienes quieren mantener el control y quienes trabajan por la libertad y la luz.
En la Historia se habla de “la guerra contra la luz”: cómo poderes políticos, religiosos o intelectuales siempre han visto en la masonería un peligro, porque si el ser humano aprende a pensar por sí mismo y a conocerse, ya no se deja dominar. Se describe cómo se ha intentado prohibirla, difamarla, destruir sus documentos y silenciar sus enseñanzas, precisamente porque revela lo que el Villano quiere ocultar.
Sabios  antiguos escribían sobre “el combate contra la verdad oculta”: explicaban que la masonería guarda el conocimiento que nos conecta con lo divino, y que por eso ha sido perseguida, calumniada y dividida, para que no pueda cumplir su misión de iluminar a la sociedad.
En fuentes gnósticas más recientes se refieren a ella como “la orden indestructible”: dicen que cuantas veces la han querido borrar, ella ha renacido, porque lo que enseña no es propiedad de nadie, es parte de la verdad eterna que nadie puede destruir.
Esta leyenda nos lo confirma: el Villano, que representa todo lo que quiere mantenernos ignorantes, ha usado siempre las mismas armas: a veces el dogma religioso ciego, a veces la ciencia que cree saberlo todo y lo reduce todo a materia, a veces el orgullo intelectual o la filosofía académica, a otras veces con la política mundana , o  la distracción con cosas vanas. Pero la masonería, como Nasrudín, se escapa de todas estas redes: porque no es una doctrina fija, no es un poder político, la Masonería no es religión, no es una ciencia académica cerrada, sino un camino de búsqueda, de perfeccionamiento y de libertad. Por eso sigue aquí, intacta, enseñando que la verdadera riqueza está en nuestra propia capacidad de comprender, de amar y de construir un mundo mejor, basado en la justicia, la fraternidad y la luz.
Alcoseri 
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